Sábado XII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Lm 2, 2. 10-14. 18-19: Grita al Señor, laméntate, Sión
- Salmo: Sal 73, 1-2. 3-5a. 5b-7. 20-21: No olvides sin remedio la vida de tus pobres
+ Evangelio: Mt 8, 5-17: Vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Lamentaciones 2,2.10-14.18-19: Grita al Señor, levántate, Sión. Después de haber descrito el desastre de la ciudad santa, el autor del libro de las Lamentaciones llora su dolor ante las ruinas. Echa en cara a los profetas el que no le revelaran a Israel su pecado, para provocar su penitencia y perdón divino. Finalmente invita a los supervivientes a que oren con fervor. San Jerónimo explica:

«Jeremías se lamenta sobre un pueblo que no hace penitencia... Llora a quienes salen de la Iglesia por sus crímenes y pecados y no quieren volver a ella arrepintiéndose de sus pecados. Por eso, dirigiéndose a los hombres de Iglesia, a los que son llamados muros y torres de la Iglesia, la palabra profética dice: «Muros de Sión, derramad lágrimas» (Lam 2,18), como cumpliendo con el precepto del Apóstol de «alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran» (Rom 12,15).

«Así, con vuestras lágrimas incitaréis a llanto a los duros corazones de los que pecan para que no tengan que oír, obstinados en su malicia: «Yo te planté como viña fructífera, de simiente legítima. ¿Cómo has degenerado en amarga vid silvestre?...» No han querido volverse a Mí para hacer penitencia, sino que por la dureza de su corazón me han vuelto la espalda para injuriarme... Cuánta es la clemencia de Dios, cuánta nuestra dureza, que después de tantos pecados nos llama a la salvación. Y ni aun así queremos convertirnos al Bien» (Carta 122,1-2, a Rústico).

–Con el Salmo 73 decimos: «No olvides sin remedio la viña de tus pobres. El enemigo ha arrancado del todo el Santuario... prendieron fuego a tu Santuario, derribaron y profanaron la morada de tu nombre».

Este Salmo apasionado, como las mismas Lamentaciones, refleja una época trágica, si las ha habido en la historia de Israel. El templo destruido, los profetas dispersos, Dios mismo parece haber abandonado a su pueblo. Pero el salmista no desespera, sino que se vuelve a Dios suplicante y Dios otorga el perdón. Todo se restaura. Esto se repite constantemente en la historia de Israel, como hemos visto en diversas ocasiones.

Tiene aplicación en nosotros, porque el cristiano en gracia es templo vivo de Dios. Por el pecado ese templo queda destruido, profanado, como nos decía San Jerónimo en su Carta anterior. Dios nos aguarda, como el Padre del hijo pródigo. Espera de nosotros el arrepentimiento y siempre está dispuesto a la misericordia y al perdón.

Mateo 8,5-17: Vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob. La fe del centurión romano logra la salud de su criado. Jesús ve en ellos el augurio de la conversión de los pueblos paganos. Luego curó a la suegra de San Pedro. Se cumplen las profecías: «Tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades». Comenta San Agustín sobre este milagro que Jesús hace en favor del centurión:

«Podemos nosotros medir la fe de los hombres, pero en cuanto hombres. Cristo, que veía el interior, Cristo a quien nadie engañaba, dio testimonio sobre el corazón de aquel hombre, al escuchar las palabras de humildad y pronunciar la sentencia de la sanción.

«El Señor, aunque formaba parte del pueblo judío, anunciaba ya la Iglesia futura en todo el orbe de la tierra, a la que había de enviar a sus apóstoles. Los gentiles no lo vieron y creyeron; los judíos lo vieron y le dieron muerte. Del mismo modo que el Señor no entró con su cuerpo en la casa del centurión, y, sin embargo, ausente en el cuerpo y presente por su majestad, sanó su fe y su casa, de idéntica manera el mismo Señor sólo estuvo corporalmente en el pueblo judío; en los otros pueblos ni nació de una Virgen, ni sufrió la pasión, ni caminó, ni soportó las debilidades humanas, ni hizo las maravillas divinas. Ninguna de estas cosas realizó en los restantes pueblos. Él se había dicho: El pueblo, al que no conocí, ése me sirvió. ¿Cómo si faltó el conocimiento? Tras haber oído me obedeció (Sal 17,45). El pueblo judío lo conoció y lo crucificó; el orbe de la tierra oyó y creyó» (Sermón 62,4).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997

1. II Reyes 25,1-12

a) El destierro del año 597 no fue el definitivo. Entonces, Nabucodonosor y sus tropas saquearon todo lo valioso de Jerusalén y deportaron a los mejores del pueblo. Quedaron los más sencillos, con unos gobernantes más débiles que los anteriores.

Jeremías fue el profeta que habló en este tiempo, entre la primera y la segunda deportación. Intentó por todos los medios convencer al pueblo para que volviera a la práctica religiosa de la alianza y, políticamente, que desistiera de las alianzas con Egipto, porque no les iban a librar del poderío de los babilonios. No le hicieron caso y, en el año 586 (once años después), volvió Nabucodonosor y el destierro fue ya total.

Es la página más negra de la historia del pueblo elegido: el fin del reino de Judá, como antes había sucedido con el del reino de Samaria. Nabucodonosor quiso dar a Sedecías un castigo ejemplar: mandó ajusticiar en su presencia a sus hijos y luego le dejó ciego. Destruyó Jerusalén y envió a todos al destierro.

El salmo de hoy no podía ser otro: «Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión». Es un salmo que surgió hacia al final de este destierro (un poco antes de que el rey Ciro abriera el camino para que volvieran a Jerusalén los israelitas). Estuvo a punto de consumarse la desaparición total del pueblo y de su religión, incluida la promesa mesiánica. Si también los ancianos se hubieran olvidado de la Alianza, era lógico que dijeran: «si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha... que se me pegue la lengua al paladar» (ya no necesitaban las manos para tocar la cítara o la lengua para cantar salmos).

b) En nuestra historia personal y comunitaria hay días que parecen totalmente negros, como en la del pueblo elegido del AT.

El Templo destruido, la nación deshecha, la fe perdida, las promesas de Dios irrealizables. La Iglesia se debilita, las vocaciones escasean, la sociedad se paganiza, las familias se tambalean en su misma estructura, nuestras fuerzas fracasan.

Muchas veces, es culpa nuestra. Como en el caso de los judíos, que no hicieron caso al profeta Jeremías y se fiaron de alianzas efímeras -políticas, militares- con Egipto, cuando lo que tenían que haber hecho es volver a los caminos rectos de la Alianza, que incluían los verdaderos valores personales y comunitarios, que les hubieran salvado del desastre. Así nosotros, a veces, nos hemos apoyado en alianzas humanas o nos hemos dejado seducir por ideales que no nos llevan a ninguna parte.

Escarmentar en cabeza ajena es de sabios. A la fidelidad de Dios debe responder, día a día, nuestra propia fidelidad, corrigiendo los desvíos que pueda haber en nuestro camino. Pero Dios es fiel a sus promesas. A la oscuridad le sigue la luz, como a la noche la aurora o al túnel la salida. La puerta sigue abierta.

2. Mateo 8,1-4

a) Ayer, con el capítulo séptimo de Mateo, terminamos de leer el sermón del monte. Ahora, con el octavo, iniciamos una serie de hechos milagrosos -exactamente diez-, con los que Jesús corroboró su doctrina y mostró la cercanía del Reino de Dios. Como había dicho él mismo, a las palabras les deben seguir los hechos, a las apariencias del árbol, los buenos frutos. Las obras que él hace, curando enfermos y resucitando muertos, van a ser la prueba de que, en verdad, viene de Dios: «si no creéis a mis palabras, creed al menos a mis obras».

Esta vez cura a un leproso. La oración de este buen hombre es breve y confiada: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Y Jesús la hace inmediatamente eficaz. Le toca -nadie podía ni se atrevía a tocar a estos enfermos- y le sana por completo. La fuerza salvadora de Dios está en acción a través de Jesús, el Mesías.

b) Jesús sigue queriendo curarnos de nuestros males.

Todos somos débiles y necesitamos su ayuda. Nuestra oración, confiada y sencilla como la del leproso, se encuentra siempre con la mirada de Jesús, con su deseo de salvarnos. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa: tiene él más deseos de curarnos que nosotros de ser curados.

Jesús nos «toca» con su mano, como al leproso: nos toca con los sacramentos, a través de la mediación eclesial. Nos incorpora a su vida por el agua del Bautismo, nos alimenta con el pan y el vino de la Eucaristía, nos perdona a través de la mano de sus ministros extendida sobre nuestra cabeza.

Los sacramentos, como dice el Catecismo, son «fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante, acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, obras maestras de Dios en la nueva y eterna alianza» (CEC 1116).

Además, tenemos que ser nosotros como Jesús, acercarnos al que sufre, extender nuestra mano hacia él, «tocar» su dolor y darle esperanza, ayudarle a curarse. Somos buenos seguidores de Jesús si, como él, salimos al encuentro del que sufre y hacemos todo lo posible por ayudarle.

«Nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión» (salmo II)
«Señor, si quieres, puedes limpiarme» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Lamentaciones 2,2.10-14.18ss

Una vez terminada la lectura de los libros de los Reyes, la mejor reflexión sobre el sentido que tienen los acontecimientos narrados es esta página de las Lamentaciones atribuidas a Jeremías (es la única lectura de este libro que se realiza durante el tiempo ordinario). El texto, resumido en la versión litúrgica -texto alfabético de 22 versículos en el original-, está constituido por la totalidad del capítulo 2 de las Lamentaciones y representa una sufrida meditación sobre el exilio, sobre la responsabilidad de los falsos profetas y de las prácticas idolátricas, sobre el inevitable hundimiento de Jerusalén y de su templo. Este conjunto de acontecimientos conduce al arrepentimiento y a la súplica. La lejanía de la patria es la imagen palpable de la lejanía de Dios. Es el Dios que domina sobre los acontecimientos de la historia y revela su significado íntimo y providencial por medio de sus mensajeros. Tras haber hablado de la infausta suerte corrida por el rey, por los sacerdotes y los profetas, los ancianos y los jóvenes, el canto se dirige a Sión, le recuerda los engaños de los que fue víctima y la invita a llorar sobre su propia suerte.

Evangelio: Mateo 8,5-17

El milagro del centurión aparece también en Lc 7,1-10 y en Jn 4,46-54. Mateo nos habla de un hijo-criado (páis), Lucas de un criado (dúlos) y Juan de un hijo (huiós). De hecho, se trata de un prodigio en el que confluyen el poder taumatúrgico de Cristo, que obra de inmediato («en aquel momento») incluso a distancia, y la fe del funcionario, elogiada por el Maestro. Esto brinda a Cristo la ocasión de condenar el rechazo de sus paisanos y describir su triste desenlace. El «llanto» y el «rechinar de dientes» es una expresión idiomática que indica una gran desesperación con plena conciencia del mal realizado.

Cristo se hospeda en Cafarnaún en la casa de Pedro, cuya suegra tiene fiebre. Aquí -único caso en Mateo-es Jesús quien toma la iniciativa y realiza el milagro, con el mismo toque reservado al leproso. Es interesante señalar los diferentes rasgos con que narran el episodio los sinópticos (el realismo de Mc 1,33 y los matices de Lc 4,39). Los tres concuerdan en el hecho de que, inmediatamente después de ser curada, la mujer se puso a servir, es la primera «diaconisa» de la historia cristiana.

Los vv. 16ss resumen la obra desplegada por Cristo hasta aquí en favor de los endemoniados (de los que, sin embargo, no ha hablado Mateo todavía) y de los enfermos. Y puesto que Cristo ha venido a cumplir las Escrituras, se cita al profeta Isaías (53,4), adaptándolo, no obstante, al nuevo contexto: en vez de los sufrimientos y dolores con los que habría de cargar el Siervo de YHWH, se habla aquí de flaquezas y enfermedades. Se trata de una expiación liberadora.

MEDITATIO

Entrar en contacto con leprosos, paganos y mujeres no era conveniente para un rabí y, en todo caso, podía producir un estado de impureza legal. A pesar de todo, Jesús no se sustrae a las peticiones de curación (según Lucas, también le pidieron que curara a la suegra de Pedro) e infringe los tabúes que habrían contradicho la lógica misma de la encarnación. Si Dios asume un cuerpo humano es para comunicarse con el cuerpo del hombre: «El cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo», dirá Pablo (1 Cor 6,13). Jesús interviene en consideración a la fe del enfermo (el leproso) o de la comunidad (en el caso de la suegra de Pedro), pero tiene palabras de elogio sobre todo para la fe que un pagano ha manifestado en su palabra. Una fe de la que dice Jesús: «Jamás he encontrado en Israel una fe tan grande», una fe que nadie había sido capaz de igualar hasta entonces.

Hoy no es ya el toque taumatúrgico que el Señor despliega en la eucaristía lo que pretendo experimentar, sino la «simple» fuerza de su palabra. Traigo a mi mente las palabras de vida que me ha transmitido el Señor, y me interrogo sobre el impacto curador que estas han producido y siguen produciendo todavía en mi persona.

ORATIO

Tú, oh Señor, nos has enseñado que «se redime sólo aquello que se asume» (cf. Ad gentes, 3). Por eso «tomaste nuestras flaquezas y cargaste con nuestras enfermedades», y no buscaste un «chivo expiatorio» sobre el que cargar el mal que aflige el corazón del hombre, sino que cargaste tú mismo con él.

Reavivo en mí la certeza de que tú pretendes restituir el género humano a la condición originaria de belleza y sanidad con que salió de las manos del Creador. Y, mientras pretendo secundar en mí tu obra taumatúrgica, acojo las penas y los sufrimientos que la vida me reserva, a fin de asociarme a tu pasión redentora en favor de la santa Iglesia y de toda la humanidad (cf. Col 1,24).

CONTEMPLATIO

¿Qué dice, pues, el centurión? Señor, no soy digno de que entres en mi casa... Oigámosle cuantos hemos aún de recibir a Cristo, porque es posible recibirle también ahora. Oigámosle e imitémosle y recibamos al Señor con el mismo fervor que el centurión; porque cuando a un pobre recibes hambriento y desnudo a Cristo recibes y alimentas. Pero di una sola palabra y mi criado quedará sano. Mira cómo este centurión, a la par que el leproso, tiene de Cristo la opinión conveniente. Porque tampoco el centurión dijo: «Suplícalo a Dios», ni: «Haz oración y ruega», sino: Mándalo solamente.

El centurión no busca, en efecto, la presencia física de Jesús para salvar a su siervo, ni lleva el enfermo al médico: su comportamiento atestigua que no tiene una idea limitada de Cristo. Como le tiene, efectivamente, una estima digna de su divinidad, le pide: Di una sola palabra. Y, al comienzo, ni siquiera le manifiesta su petición, sino que se limita a exponer la enfermedad del criado. Su gran humildad le impide pensar que Cristo consentirá concederle de inmediato la curación y accederá a visitar su casa.

Sin embargo, con tener una fe tan grande, todavía se consideraba indigno a sí mismo. Cristo, empero, para mostrar que era digno de que él entrara en su casa, hizo mucho más que entrar: admirarle y proclamarle y darle más de lo que había venido a pedir. Porque había venido a pedir la salud corporal para su criado y se fue con el Reino de Dios en las manos. Mirad cómo ya aquí se cumple lo de «buscad el Reino de los Cielos y todo eso se os dará por añadidura». Pues por haber dado muestras de una fe y una humildad tan grandes, no sólo le dio el Señor el cielo, sino la salud de su criado por añadidura (Juan Crisóstomo, Comentario al evangelio de Mateo, 26, 1-4 [edición de Daniel Ruiz Bueno, BAC, Madrid 1955]).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Di una sola palabra y quedaré sano» (cf. Mt 8,8).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Preguntas qué has de hacer cuando sientes que te asaltan por todas partes tuerzas aparentemente irresistibles, por oleadas que te cubren y pretenden arrancarte del suelo. En ocasiones, estas oleadas proceden del sentimiento de ser rechazado, olvidado, mal entendido. Algunas veces proceden de la rabia, del resentimiento o incluso dge un deseo de venganza; otras veces, de la autocompasión o del desprecio a nosotros mismos. Estas oleadas te hacen sentirte como un niño impotente, abandonado por sus padres.

¿Qué debes hacer? Toma la opción consciente de desplazar la atención desde tu corazón ansioso por estas oleadas para dirigirlo hacia aquel que camina sobre las olas y dice: «Soy yo. No tengáis miedo» (Mt 14,27; Mc 6,50; Jn 6,20). Continúa teniendo tu mirada fija en él, con la confianza de que él llevará la paz a tu corazón. Míralo y dile: «Señor, ten piedad». Dilo una vez y otra, pero no con ansiedad, sino con la confianza en que él está muy cerca de ti y llevará tu alma al reposo (H. J. M. Nouwen, La voce dell'amore, Brescia 21997, pp. 131 ss [edición española: La voz interior del amor, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1997]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su Ungido.
Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su pastor y llévalos siempre.
(Sal 27, 8-9)

Oración colecta
Concédenos vivir siempre, Señor,
en el amor y respeto a tu santo nombre,
porque jamás dejas de dirigir
a quienes estableces
en el sólido fundamento de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor,
este sacrificio de reconciliación y alabanza,
para que, purificados por su poder,
te agrademos con la ofrenda de nuestro amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Los ojos de todos te están aguardando, Señor,
tú les das comida a su tiempo.
(Sal 144, 15)

O bien:

Yo soy el buen Pastor, yo doy mi vida por las ovejas -dice el Señor-.
(Jn 10, 11. 15)

Oración post-comunión
Renovados con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
imploramos de tu bondad, Señor,
que cuanto celebramos en cada eucaristía
sea para nosotros prenda de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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