Lunes XIV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Os 2, 1415-16. 19-20: Me casaré contigo en matrimonio perpetuo
- Salmo: Sal 144, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9: El Señor es clemente y misericordioso
+ Evangelio: Mt 9, 18-26: Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, y vivirá




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Oseas 2,14-16.19-20: Me casaré contigo en matrimonio perpetuo. El próximo exilio es comparado por el profeta como un retorno al desierto. Israel volverá a encontrar el amor de su primera juventud en la fidelidad al amor de Dios.

«Todo lo que está escrito son misterios, porque Cristo quiere también desposarse contigo, ya que te habla por el profeta diciendo: Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en la fe y en la misericordia, y conocerás al Señor» (Os 2,19).

Yavé se presenta aquí como un Esposo que ha atraído a su infiel esposa, Israel, y la lleva al desierto, aislándola de las influencias paganas de la vida sedentaria de Canaán. La vida sencilla de Israel en las peregrinaciones por las estepas del Sinaí era nostálgicamente recordada por los profetas como la época ideal de la historia de Israel, pues en el «desierto» Israel, totalmente impotente, vivía de la providencia especialísima de su Dios. Toda la perícopa es un símbolo de la íntima unión con su pueblo, con la Iglesia, con las almas que han llegado a un grado elevado en la vida interior, como nos lo describen los autores místicos: «Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada» (Jn 14,21). A esto hemos de aspirar todos.

–Con el Salmo 144 proclamamos: «el Señor es clemente y misericordioso». El salmista tiene necesidad de bendecir y alabar al Señor por siempre jamás y el alma que ha llegado a una unión tan íntima con Dios también siente la misma necesidad. La alabanza que brota al contacto con Dios vivo, despierta al hombre entero y lo arrastra a una renovación de vida. El hombre, para alabar a Dios, se entrega con todo su ser. La alabanza, si es sincera, es incesante, es explosión de vida. Pero son los corazones rectos, los humildes, los que pueden comprender la grandeza de Dios y entonar sus alabanzas. Alabar a Dios es exaltarlo, magnificarlo, es reconocer su superioridad única, ya que es el que habita en lo más alto de los cielos, puesto que es el Santo. La alabanza brota de la conciencia exultante por esta santidad de Dios, que el alma ha percibido en la unión transformante con Él y a la vez esta exultación muy pura y muy religiosa une más profundamente con Dios.

Mateo 9,18-26: Mi hija acaba de morir. Pero ven Tú y vivirá. Jesús es la Vida por excelencia y la da. San Juan Crisóstomo dice:

«Considerad, os ruego, no sólo la resurrección, sino el mandato que da el Señor de no decir nada a nadie. Y aprendamos siempre la lección que nos da de humildad y de modestia. Después de esto, pensemos también que el Señor echó fuera a toda aquella chusma del duelo y los declaró indignos de presenciar el milagro de la resurrección de la niña. Por vuestra parte, no os salgáis con los tañedores de flauta, sino quedaos dentro juntamente con Pedro, con Juan y con Santiago. Porque, si entonces arrojó afuera a aquéllos, mucho más los arrojará ahora. Entonces no era aún claro que la muerte fuera sólo un sueño; mas ahora esta verdad es más clara que el sol.. Mas, ¿me objetas que el Señor no ha resucitado ahora a tu hija? Pero la resucitará con absoluta certeza y con más gloria que ahora. La hija del presidente de la sinagoga, después de resucitar, volvió otra vez a morir; mas la tuya, cuando resucite, permanecerá inmortal para siempre. Nadie haga, pues, duelo, nadie se lamente y rebaje así la gloria de Cristo. Porque Cristo ha vencido a la muerte. ¿A qué, pues, lamentarse inútilmente? La muerte se ha convertido en un sueño» (Homilía 31,3, sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 114-117

1. Oseas 2,14-20

Desde hoy hasta el viernes leeremos unos pasajes del Libro de Oseas, un profeta que surgió después de Amós en el reino del Norte, a mediados del siglo Vlll antes de Cristo, durante los acontecimientos, nada gloriosos, que precedieron al destierro a Babilonia de este reino del Norte. Por ejemplo, con el rey Jeroboam. Seguía la crisis política (los reyes se van sucediendo rápidamente unos a otros, casi siempre con violencia) y la religiosa (el pueblo prefiere el culto de Baal, el dios de la naturaleza y de la fecundidad, que no el de Yahvé, el Dios que le eligió y le libró de Egipto).

Lo específico de Oseas es que vive una doble dimensión: en su vida personal, sufre el drama de su mujer, y como miembro del pueblo, le duele la infidelidad de Israel a su Dios.

Oseas se casó con Gómer, una «cortesana sagrada de Baal», intentando redimirla de su oficio. Pero, después de unos años felices, ella vuelve a caer en la tentación y es infiel a Oseas, quien, a pesar de todo, la seguirá queriendo e intentando recuperar. En este hecho ve el profeta el símbolo de la tormentosa relación del pueblo elegido con Dios, y el amor de Dios a su pueblo, a pesar de su pecado.

a) Dios, el esposo, intenta convencer a su esposa, Israel, para que vuelva a él. Dios la «corteja», como en el desierto, en la soledad, cuando seguía el enamoramiento, porque era reciente la liberación y el éxodo de Egipto. Dios la quiere de nuevo como esposa, para siempre. Y anuncia que aportará -¿como dote, esta vez por parte del novio?- el derecho, la justicia, la misericordia, la compasión, la fidelidad.

Oseas está intentando lo mismo con su esposa, que se ha alejado de nuevo del hogar.

b) ¿Tenemos alguna historia de escapadas y de infidelidades en nuestra relación con Dios?

Esta relación la describen varios profetas con el simbolismo del matrimonio. En el evangelio lo hace también Jesús, presentándose a sí mismo como novio y esposo, que se entrega por su esposa la Iglesia. En el Apocalipsis, uno de los momentos culminantes de la lucha entre el bien y el mal es la gran fiesta de las bodas del Cordero.

Pero, como todos somos débiles, tenemos el peligro, como también pasa en la vida matrimonial humana, de que se enfríe el amor y se vea tentada la fidelidad.

Oseas nos transmite la voz emocionada de Dios que nos anuncia su perdón y nos quiere «reconquistar», llevándonos a la soledad del desierto, para ver si recapacitamos y volvemos al fervor primero. Quiere que volvamos a mirarle con los ojos con que se miran los novios, llenos de ilusión y amor. Que abandonemos nuestros «baales» particulares y le tengamos sólo a él como esposo.

Sea cual sea nuestra situación personal, Dios nos invita a recomenzar de nuevo, a iniciar una nueva etapa de amor y fidelidad. Evitando los devaneos y las idolatrías con las que nos tienta el mundo de hoy, que el profeta considera como «aventuras extramatrimoniales» y, por tanto, adulterios.

El salmo nos ayuda a emprender este camino de vuelta con confianza: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad: el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas».

2. Mateo 9,18-26

a) Mateo nos narra hoy dos milagros de Jesús, intercalados el uno en el otro: un hombre le pide que devuelva la vida a su hija que acaba de fallecer, y una mujer queda curada con sólo tocar la orla de su manto.

Ambas personas se le acercan con mucha fe y obtienen lo que piden. Jesús es superior a todo mal, cura enfermedades y libera incluso de la muerte. En eso consiste el Reino de Dios, la novedad que el Mesías viene a traer: la curación y la resurrección.

b) En los sacramentos es donde nos acercamos con más fe a Jesús y le «tocamos», o nos toca él a nosotros por la mediación de su Iglesia, para concedernos su vida.

En el caso de aquella mujer, Jesús notó que había salido fuerza de él (como comenta Lucas en el texto paralelo). Así pasa en los sacramentos, que nos comunican, no unos efectos jurídicamente válidos «porque Cristo los instituyó hace dos mil años», sino la vida que Jesús nos transmite hoy y aquí, desde su existencia de Señor Resucitado. Como dice el Catecismo, «los sacramentos son fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo, siempre vivo y vivificante» (CEC 1116).

El dolor de aquel padre y la vergüenza de aquella buena mujer pueden ser un buen símbolo de todos nuestros males, personales y comunitarios. También ahora, como en su vida terrena, Jesús nos quiere atender y llenarnos de su fuerza y su esperanza. En la Eucaristía se nos da él mismo como alimento, para que, si le recibimos con fe, nos vayamos curando de nuestros males.

«Yo la cortejaré, le hablaré al corazón» (1ª lectura II)
«El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad» (salmo II)
«Animo, hija. Tu fe te ha curado» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Oseas 2,16-18.21 ss

El profeta Oseas escribió en tiempos de Jeroboán III (713-743 a. de C. ), en un período bastante florido, desde el punto de vista social, para Israel, aunque amenazado por la prostitución del pueblo a los baales, ídolos cananeos de la sexualidad, de la fecundidad, de la vegetación. La misma mujer del profeta abandona a su marido y se convierte en prostituta sagrada en un templo de Baal. Oseas, con la pena del corazón traicionado, es introducido en un significado más amplio de ese adulterio: no sólo su mujer, sino todo Israel es adúltero respecto a Dios.

Y en el hecho de que el profeta, por voluntad del Señor, vuelva a tomar consigo a la mujer infiel comprende el autor sagrado que debe expresar, con su propia vida y con su escrito, el drama de un Dios hasta tal punto fiel a Israel que lo atrae de nuevo hacia sí para renovarlo en un encuentro de profunda intimidad. Los «viñedos», los bienes perdidos por Israel cuando abandonó al Señor, él mismo -el esposo- los devolverá otra vez a la amada que se convierte a él.

Israel, yendo aún más al fondo en la alianza nupcial con Dios, experimentará la transfiguración de las mis-mas experiencias más dolorosas. Precisamente como el «valle de Acor», un estrecho y oscuro desfiladero que evocaba atroces recuerdos de estragos (cf. Jos 7,24ss), se convertirá en «puerta de esperanza». Y será muy bello -dice Oseas-, como en los tiempos de la liberación de Egipto, dirigir cantos de amor a un Dios que desea cada vez más apasionadamente unir a la creación consigo, renovándola con sus dones nupciales.

Éstos son la justicia, fuente de toda la acción de Dios que une consigo a la esposa fiel; el derecho, que es defenderla del mal; la ternura y ese amor intenso y tiernísimo -rahamfm- que caracteriza las nuevas relaciones del Dios-Esposo con Israel-Esposa, convertida en lo más profundo de su ser. De este modo es como la esposa «conocerá» a su Dios: no de modo formal, exterior, sino en lo hondo del corazón.

Evangelio: Mateo 9,18-26

Este relato presenta la típica estructura de encaje. Se trata, en efecto, de dos episodios tan insertados entre sí que se revelan como dos aspectos de una única realidad: la fe en Jesús, que, si es auténtica, hace pasar de la muerte a la vida. Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaún, se postra ante Jesús en casa de Mateo precisamente cuando estaba hablando de bodas, de ropa nueva y de vino nuevo (cf. 9,16ss). En su discurso de vida se inserta la pena de quien acaba de ver morir a su hija de doce años (cf. Lc 8,42), la edad de las nupcias para los judíos. Jesús se dirige hacia la casa de la difunta cuan-do una mujer, que sufría hemorragias desde hacía doce años, le toca la orla de su manto, persuadida, por la fe, de que «tocarle» significa salvarse. Y eso es precisa-mente lo que le oye decir al Señor: «Animo, hija, tu fe te ha salvado» (v. 22). Si perder sangre de continuo simboliza la amenaza de la muerte, la curación de la mujer es preludio de la victoria sobre la muerte que lleva a cabo Jesús enseguida en casa de Jairo. Dice Jesús: «La niña no ha muerto; está dormida» (v. 24).

En efecto, allí donde se hace sitio a Jesús, que vivió la muerte por nosotros en su persona y la «engulló» con su resurrección (cf. 1 Cor 15,55), la muerte corporal se convierte en «dormición», y dejarse «tocar» por Jesús se convierte en certeza de resurrección. La vida -como un caminar hacia la plenitud de las bodas de amor eterno, teniendo plena confianza en Jesús- encuentra en esta página una interpretación ejemplar. Vivir es caminar en la fe, en esa fe que, en concreto, es «tocar» y «dejar-se tocar» por Cristo vivo en la Palabra, en la eucaristía y en el prójimo.

MEDITATIO

Los baales, los ídolos de muerte denunciados por Oseas, también nos seducen hoy. Son el dinero, la ropa, el culto a la imagen, el sexo, el hedonismo y también ese sutil, aunque obstinado, dominio del ego, mediante el cual, incluso cuando hacemos el bien, nos buscamos más a nosotros mismos y nuestras propias gratificaciones que la gloria del Señor y la venida del Reino. Sin embargo, nuestro corazón está profundamente insatisfecho e inquieto. Es preciso escucharlo mientras grita la desolación de su vacío, de ese adulterio que es dejar perder a Dios en el torbellino del activismo, en la carrera hacia la exageración para prostituirse con alguno de los ídolos que hemos citado más arriba. Y es preciso que nos dejemos conducir por el Señor «al desierto». Para ver con perspicacia que la idolatría del vivir compro-metidos con las lógicas de este mundo no sólo es un insulto al Señor de la vida, sino también una progresiva pérdida de vida, como experimentaba la mujer antes de tocar la orla del manto de Jesús, para todo esto, decíamos, resultan preciosos algunos momentos de meditación. Poco a poco se pierde el gusto por la oración, la alegría de hacer el bien, la sensibilidad del «hacerse prójimo». Y, a la larga, se va apagando la vida espiritual. Hay muertos ambulantes con mucho activismo por dentro y apariencia -¡puede darse!- de bien.

Con todo, es posible la salvación. Se llama Jesús. Este sólo pide que le conozcamos, aunque en lo pro-fundo del corazón: con ese conocimiento de la fe que es «tocarle» como la mujer del evangelio y «dejarse tocar» (coger por la mano) por él como la niña de doce años que se levanta. Jesús es el Esposo que libera a quien habita en las tinieblas (en el vacío) y en sombras de muerte (todo adulterio, prostitución a los ídolos). Con todo, es preciso entrar en contacto con él con una fe orante.

ORATIO

Señor Jesús, me reconozco idólatra y, con frecuencia, adúltero. Tú me hablas con gran amor. Derrama tu espíritu para que me deje coger y conducir a ese desierto interior que, de lugar de horrible vacío y de muerte, se puede convertir en lugar de intimidad nupcial contigo, si busco momentos de silencio y de retirada al corazón habitado por ti. Es en el corazón donde llamo: aumenta en mí la fe que es precisamente la experiencia del «tocarte» y del «dejarme tocar» por ti.

Si el Espíritu suscita en mí la voluntad de tocarte y de ser tocado por ti, orando, recibiéndote eucarísticamente vivo en la comunión, entrando en contacto con el prójimo con la conciencia de entrar en contacto contigo, entonces vencerás en mí el sentido de pérdida de las energías espirituales, la muerte que advierto si me se-paro de ti. Gracias a esta fe, al tocarte, te conozco matrimonialmente y experimento que en mi vivir o todo se revela como muerte o todo –incluido el dolor– se transfigura y se convierte en ti.

CONTEMPLATIO

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Retenían-me lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalas-te tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y abraséme en tu paz (Agustín, Las confesiones, X, 27, 38, edición española de Ángel Custodio Vega, BAC, Madrid 51968).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Aumenta mi fe y sálvame, Señor».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Cómo quisiera, amigo de Dios, que estuvieras siempre lleno del Espíritu Santo en esta vida! «Os juzgaré en la condición en que os encuentre», dice el Señor (cf. Mt 24,42; Mc 13,33-37; Lc 19,12ss). ¡Ay de nosotros si nos encuentra cargados de preocupaciones y fatigas terrestres!

Es cierto que toda buena acción hecha en nombre de Cristo confiere la gracia del Espíritu Santo, pero la oración lo hace más que cualquier otra cosa, ya que siempre está a nuestra disposición. Podrías sentir el deseo, por ejemplo, de ir a la iglesia, pero ++la iglesia está lejos o bien han acabado los oficios; podrías sentir deseos de hacer limosna, pero no encuentras a ningún pobre o bien no tienes monedas en el bolsillo; es posible que quisieras encontrar alguna otra buena acción para hacerla en nombre de Cristo, pero no tienes fuerza suficiente o bien no se te presenta la ocasión; nada de todo esto, sin embargo, afecta a la oración: todo el mundo tiene siempre la posibilidad de orar.

Es posible valorar la eficacia de la oración, hasta cuando es un pecador el que la hace, si la hace con un corazón sincero, a partir de este ejemplo que nos refiere la santa Tradición: al oír la imploración de una madre desgraciada que acababa de perder a su único hijo, una prostituta, que había encontrado por el camino y se sentía conmovida por la desesperación de aquella madre, se atrevió a gritar al Señor: «No por mí, indigna pecadora, sino a causa de las lágrimas de esta madre que llora a su hijo y sigue creyendo en tu misericordia y en tu omnipotencia, resucítalo, Señor». Y el Señor lo resucitó. Amigo de Dios, éste es el poder de la oración (I. Garainof, Serafino di Sarov, Milán 1995, p. 161).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo; como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra;
tu diestra está llena de justicia.
(Sal 47, 10-11)

Oración colecta
Oh Dios,
que por medio de la humillación de tu Hijo
levantaste a la humanidad caída,
concede a tus fieles la verdadera alegría,
para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado
alcancen también la felicidad eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
La oblación que te ofrecemos, Señor, nos purifique,
y cada día nos haga participar con mayor plenitud
de la vida del reino glorioso.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él.
(Sal 33, 9)

O bien:
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados
y yo os aliviaré -dice el Señor-.
(Mt 11, 28)

Oración post-comunión
Alimentados, Señor,
con un sacramento tan admirable,
concédenos sus frutos de salvación
y haz que perseveremos siempre cantando tu alabanza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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