Jueves XIV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Gn 44, 18-21. 23b-29; 45, 1-5: Para salvación me envió Dios a Egipto
- Salmo: Sal 104, 16-17. 18-19. 20-21: Recordad las maravillas que hizo el Señor
+ Evangelio: Mt 10, 7-15: Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Génesis 44, 18-21.23-29;45, 1-5: Para vuestra salvación me envió Dios a Egipto. José se da a conocer a sus hermanos en una escena emocionante y manifiesta el carácter providencial de su historia, como se apuntó ayer. En los Hechos de los Apóstoles y puesto en los labios de San Esteban, se lee a propósito de José: «Dios estaba con él y lo libró de todas sus tribulaciones» (7,9-10). De este modo José prefiguró a Cristo en su pasión y resurrección.

–La historia de José nos la exaltan los versos 16-22 del Salmo 104, escogido como Salmo responsorial, que tiene como estribillo: Recordad las maravillas que hizo el Señor. Esos versos son un magnífico ejemplo de las intervenciones de Dios en su pueblo. Son un nuevo canto a la misericordia y a la providencia de Dios para con su pueblo. Nos sirve del lección en los momentos de peligro, de prueba, de contradicción en que podemos encontrarnos. Dios quiere lo mejor para nosotros, aunque en ocasiones no lo entendamos. Dios sabe más, como lo muestran los testimonios que presentamos:

«Cualquier cosa que te suceda, recíbela como un bien, consciente de que nada pasa sin que Dios lo haya dispuestos» (Carta de Bernabé 19).

También San Agustín:

«Si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra» (Carta 130 a Proba).

Y el mismo autor:

«El Señor conoce mejor que el hombre lo que conviene en cada momento, lo que ha de otorgar, añadir, quitar, aumentar, disminuir y cuándo o ha de hacer» (Carta 138).

Mateo 10, 7-15: Lo que habéis recibido gratis dadlo gratis. Jesús da a los Doce sus consignas en orden a la misión de Galilea. Deberán reproducir la actividad de su Maestro: proclamar la proximidad del Reino de Dios y manifestar su presencia por medio de milagros.

Cristo no se contenta con entregar a sus enviados un mensaje que les encarga transmitir; desea que su estilo de vida sea la reproducción viva de la palabra proclamada.

Las modalidades de este estilo de vida no dependen totalmente de una decisión privada de los evangelizadores y catequistas. Cristo tiene sus exigencias y la Iglesia, por Él fundada, también. Por eso no debe extrañarnos que la competente jerarquía de la Iglesia indique los modos y los medios para toda clase de evangelización. Esto cambia con los tiempos y los espacios. No todo es bueno para todos.

Con respecto al último versículo sobre el castigo de los que no reciben o rechazan la Buena Nueva, comenta San Agustín:

«Hay dos lugares de moradas: una en el fuego eterno y otra en el reino también eterno. Mi opinión es que dentro del fuego eterno, los tormentos serán distintos; pero todos estarán allí para ser atormentados, aunque unos más y otros menos, pues en el día del juicio será más tolerable la suerte de Sodoma que la de alguna otra ciudad (Mt 10,15)» (Sermón 161,4).

Al rechazar a los apóstoles del Evangelio que llaman a las puertas de una ciudad o una casa en aquella hora de la misión de los mismos, cuando ya los milagros de Cristo los habían acreditado como legados de Dios (Jn 3,2), no se les podía rechazar impunemente. Esto era cerrar los ojos a la luz mesiánica. Y en este sentido, la culpa de éstos era superior a la aberración moral, pagana, de Sodoma y Gomorra. Santo Tomás de Aquino lo justifica así:

«Pecan más los que oyen y no practican que los que nunca oyeron» (Coment. in Mt).

De ahí la gran responsabilidad de los que rechazan la predicación evangélica y de los que no acomodan su conducta a ella.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 126-130

1. Génesis 44,18-21.23-29; 45,1-5

a) Sigue la historia de José, que llega a la escena culminante del reencuentro y la reconciliación con sus hermanos, una de las páginas más bellas de la Biblia, tanto en el aspecto literario como en el humano y religioso.

Antes de esta página, en el Génesis se cuenta que en el segundo viaje de sus hermanos a Egipto, en busca de víveres, José retiene a Benjamín, su hermano predilecto, con el pretexto de que ha «robado» un cáliz, que él se había encargado de que escondieran precisamente en el saco de Benjamín.

Cuando Judá, intercediendo patéticamente por su hermano pequeño, le cuenta un relato que él conocía muy bien, el de su venta por unas monedas, José no puede ya contenerse más y, entre lágrimas, se da a conocer a sus hermanos, creando en ellos una situación de sorpresa indecible y, también, de miedo: «yo soy José, vuestro hermano, al que vendisteis a los egipcios». Pero no tienen que temer, porque les perdona: «acercaos a mí».

La lección se pone en boca de José: «para salvación me envió Dios delante de vosotros». El salmo comenta y desarrolla esta misma idea: «Recordad las maravillas que hizo el Señor. Llamó al hambre sobre aquella tierra... por delante había enviado a José, vendido como esclavo». Los planes de Dios son admirables. El va llevando a cumplimiento su promesa mesiánica por caminos que nos sorprenden.

b) La historia de José nos recuerda la de Jesús,

- que también es vendido por los suyos y llevado a la cruz;

- que muere pidiendo a Dios que perdone a sus verdugos;

- que parece haber fracasado en la misión encomendada, pero que nos muestra cómo Dios consigue sus propósitos de salvación también a través del mal y del pecado de las personas.

Nosotros tendríamos que aprender, sobre todo, a perdonar a los que nos han ofendido.

Difícilmente nos harán un mal tan grande como el que los hermanos de José o los discípulos de Jesús les hicieron a ellos. Y perdonaron.

¿Hubiéramos tenido nosotros, en su lugar, la grandeza de corazón que aquí muestra José? ¿y Cristo en la cruz? ¿facilitamos que se puedan rehabilitar las personas, dándoles un voto de confianza, a pesar de que hayan fallado una o más veces? Aunque nos cueste, ¿sabemos perdonar?

2. Mateo 10, 7-15

a) El Maestro da a sus apóstoles -a todos nosotros, miembros de la Iglesia «apostólica» y «misionera»- unas consignas, para que cumplan su misión siguiendo su estilo:

- ante todo, lo que tienen que anunciar es el Reino de los Cielos, el proyecto salvador de Dios, que se ha cumplido en Jesús: ésta era la última idea del evangelio de ayer y la primera de hoy,

- pero, además, a las palabras deben seguir los hechos: curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios;

- los enviados de Jesús deben actuar con desinterés económico, no buscando su propio provecho, sino «dando gratis lo que han recibido gratis»;

- este estilo es la llamada «pobreza evangélica»: que no se apoya en los medios materiales (oro, plata, vestidos, alforjas), sino en la ayuda de Dios y en la fuerza de su palabra;

- y les avisa Jesús que, en algunos sitios los recibirán y en otros no los querrán ni escuchar.

b) Nos conviene revisar nuestro modo de actuar, comparándolo con estas consignas misioneras de Jesús. No se trata de tomarlas al pie de la letra (no llevar ni calderilla), sino de asumir su espíritu:

- el desinterés económico:

- la generosidad de la propia entrega: ya que Dios nos ha dado gratis, tratemos de igual modo a los demás; recordemos cómo Pablo no quiso vivir a costa de la comunidad, sino trabajando con sus propias manos, aun reconociendo que «bien merece el obrero su sustento»;

- confiemos más en la fuerza de Dios que en nuestras cualidades o medios técnicos; nos irá mejor si llevamos poco equipaje y si trabajamos sin demasiados cálculos económicos y humanos;

- no nos contentemos con palabras, sino mostremos con nuestros hechos que la salvación de Dios alcanza a toda la persona humana: a su espíritu y a su cuerpo; a la vez que anunciamos a Dios, luchamos contra el mal y las dolencias y las injusticias;

- no dramaticemos demasiado los fracasos que podamos tener: no tienen que desanimarnos hasta el punto de dimitir de nuestro encargo misionero; si en un lugar no nos escuchan, vamos a otro donde podamos anunciar la Buena Noticia: dispuestos a todo, a ser recibidos y a ser rechazados;

- sin olvidar que, en definitiva, lo que anunciamos no son soluciones técnicas ni políticas, sino el sentido que tiene nuestra vida a los ojos de Dios: el Reino que inauguró Cristo Jesús.

«Para salvación me envió Dios delante de vosotros» (1a lectura I)
«Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca» (evangelio)
«Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (evangelio).

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