Sábado XIV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 6, 1-8: Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos
- Salmo: Sal 92, 1ab. 1c-2. 5: El Señor reina, vestido de majestad
+ Evangelio: Mt 10, 24-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Isaías 6,1-8: Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos. El profeta Isaías relata su vocación: vio al Señor en toda su majestad. Se repite en la liturgia eucarística diaria el triple Santo que Isaías oyó en el cielo. San Jerónimo comenta:

«Y entonces, con sus labios realmente purificados, dijo al Señor: «Heme aquí, envíame». Antes había dicho: «¡Miserable de mí, que estoy perdido!». Mientras vive Ozías, tú no entiendes, Isaías, que eres miserable, y no eres movido a compunción; pero una vez que ha muerto, entonces te das cuenta de que tienes labios impuros, entonces comprendes que eres indigno de la visión de Dios.

«Ojalá también yo sea movido a compunción y, después de la compunción, me haga digno de predicar a Dios; pues además de ser yo hombre y tener los labios impuros, habito en medio de un pueblo que tiene labios impuros. Isaías, que era justo, había pecado sólo de palabra. Pero yo, que miro con ojos de concupiscencia, a quien mi mano escandaliza y peco con el pie y con todas las partes de mi cuerpo, todo lo tengo impuro y, habiendo manchado mi túnica después de haber sido bautizado es espíritu, necesito la purificación del segundo bautismo, es decir, del de fuego» (Carta 18 A,11, a Dámaso).

–Con el Salmo 92 proclamamos: «El Señor reina, vestido de majestad... Tu trono está firme desde siempre y Tú eres eterno». Es el trono que vio Isaías. Pero nosotros lo vemos también con un sentido cristológico. Cristo es el Señor, con su Resurrección. Nosotros somos el reino de Dios y de Cristo. La Iglesia, con palabras de este Salmo aclama a Cristo y reconoce en Él al Rey magnífico y poderoso, al Príncipe de la Paz, cuyo reino no tiene fin y diariamente lo llamamos Rey y Señor.

Mateo 10,24-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Cristo da ánimo a sus discípulos para el tiempo de la persecución, de las contrariedades y de las pruebas. Proclamemos sin temor nuestra fe en todos los lugares y ante todos los hombres, con nuestras palabras y con nuestras obras. San Juan Crisóstomo dice:

«Mirad cómo los pone por encima de todo. Porque no les persuade a despreciar sólo toda solicitud y la maledicencia y los peligros y las insidias, sino a la muerte misma, que parece ser lo más espantoso de todo. Y no sólo la muerte en general, sino hasta la muerte violenta... Como lo hace siempre, también aquí lleva su razonamiento al extremo opuesto. Porque, ¿qué es lo que viene a decir? ¿Teméis la muerte y por eso vaciláis en predicar? Justamente porque teméis la muerte, tenéis que predicar, pues la predicación os librará de la verdadera muerte. Porque, aun cuando os hayan de quitar la vida, contra lo que es principal en vosotros, nada han de poder, por más que se empeñen y porfíen...

«De suerte que si temes el suplicio, teme el que es mucho más grave que la muerte del cuerpo. Mirad cómo tampoco aquí les promete el Señor librarlos de la muerte. No; permite que mueran; pero les hace merced mayor que si no lo hubiera permitido. Porque mucho más que librarlos de la muerte es persuadirlos que desprecien la muerte. Así, pues, no los arroja temerariamente a los peligros, pero los hace superiores a todo el dogma de la inmortalidad del alma y cómo, plantada en ella esa saludable doctrina, pasa a animarlos por otros razonamientos...

«No los temáis, pues. Aun cuando lleguen a dominaros, sólo dominarán lo que haya de inferior en vosotros, es decir, vuestro cuerpo. Y éste, aun cuando no lo mataran vuestros enemigos, la naturaleza vendrá sin remedio a arrebatároslo. De manera que ni aun en eso tienen vuestros enemigos verdadero poder, sino que se lo deben a la naturaleza. Y si eso temes, mucho más es razón que temas lo que es más que eso; que temas al que puede echar alma y cuerpo en el infierno» (Homilía 34, 2-3 sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 134-138

1. Isaías 6,1-8

Durante seis días, a partir de hoy, vamos a oír al profeta Isaías.

En Adviento escuchamos las páginas que este profeta dedica a anunciar los tiempos mesiánicos. Aquí, los capítulos de su vocación como profeta en Judá, en aquellos calamitosos tiempos que hemos ido siguiendo en los libros históricos. Es contemporáneo de Oseas, pero profetiza en el reino del Sur, en Jerusalén.

No todo el libro atribuido a Isaías parece que es suyo. Los estudiosos distinguen, además del auténtico Isaías (que sería el autor de los capítulos 1-39), otros dos autores, seguramente discípulos de su escuela, que completaron los oráculos del maestro (uno, los capítulos del 40 al 55 y otro, del 56 al 66). Las lecturas de esta semana pertenecen al primer bloque.

a) Isaías era un joven de unos veinticuatro años, de una familia noble de Jerusalén, cuando fue llamado por Dios para ser su portavoz en medio del pueblo «el año de la muerte del rey Ozías», o sea, el 740 antes de Cristo.

La visión o experiencia mística del joven es una escena solemne, una teofanía, en la que se destaca la grandeza y la santidad de Dios, rodeado de ángeles, con una escenificación idealizada de la liturgia del cielo. Los ángeles cantan «Santo, santo, santo el Señor de los ejércitos».

A la llamada de Dios, Isaías responde prontamente, después de haber sido purificado por uno de los serafines: «Aquí estoy, mándame».

b) Es Dios quien lleva siempre la iniciativa. Es su santidad y su grandeza y su amor al pueblo quien pone en marcha la dinámica de una vocación: a la vida sacerdotal o religiosa, o sencillamente, al encargo de ser cristianos convencidos y testigos del evangelio en medio de la sociedad.

El salmo pone de relieve, no tanto el mérito de la respuesta del joven Isaías, sino la grandeza de Dios: «el Señor reina, vestido de majestad... tus mandatos son fieles y seguros, la santidad es el adorno de tu casa». Es lo que hacemos también nosotros, cuando en la Eucaristía aclamamos a Dios, dentro de la plegaria eucarística, con el «Santo, santo, santo...» que Isaías oyó cantar a los ángeles en la presencia de Dios.

Ahora bien, porque es el Dios todo santo y todopoderoso, es también el Dios cercano. Quiere comunicar su vida a todos y para ello se sirve de colaboradores. Ojalá encuentre en nosotros, cada uno en su vocación específica, una disponibilidad generosa como en Isaías: «aquí estoy, mándame».

2. Mateo 10,24-33

a) Sigue el sermón misionero de Jesús a sus apóstoles, en el que les da oportunos avisos para su trabajo de evangelizadores.

Insiste de nuevo en el anuncio de las persecuciones. Esta vez la comparación es del mundo de la enseñanza: si a Jesús, el Maestro, le habían calumniado y tramaban su muerte, lo mismo pueden esperar sus discípulos.

Pero no tienen que dejarse acobardar:

- «nada hay escondido que no llegue a saberse»: el tiempo dará la razón a los que la tienen;

- todos estamos en las manos de Dios: si él se cuida hasta de los gorriones del campo, cuánto más de sus fieles;

- y el mismo Jesús saldrá en ayuda de los suyos: «si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo».

b) «No tengáis miedo». Es la frase que más se repite en el pasaje de hoy.

Jesús avisó muchas veces a los suyos de que iban a tener dificultades en su misión. No les prometió éxitos fáciles o que iban a ser bien recibidos en todas partes. Al contrario, les dijo -nos dijo- que el discípulo no será más que el maestro. Y el Maestro había sido calumniado, perseguido, condenado a la cruz.

Pero este anuncio va unido a otro muy insistente: la confianza. «No tengáis miedo». No es el éxito inmediato delante de los hombres lo que cuenta. Sino el éxito de nuestra misión a los ojos de Dios, que ve, no sólo las apariencias, sino lo interior y el esfuerzo que hemos hecho. Si nos sentimos hijos de ese Padre, y hermanos y testigos de Jesús, nada ni nadie podrá contra nosotros, ni siquiera las persecuciones y la muerte.

El ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús, que fue objeto de contradicciones y acabó en la cruz. Pero nunca cedió, no se desanimó y siguió haciendo oír su voz profética, anunciando y denunciando, a pesar de que sabía que incomodaba a los poderosos. Y salvó a la humanidad y fue elevado a la gloria de la resurrección.

Las pruebas y las dificultades de la vida -las que nacen dentro de nosotros mismos, o en el seno de la comunidad o fuera de ella- no nos deben extrañar ni asustar. La comunidad de Jesús lleva un mensaje que, a veces, choca contra los intereses y los valores que promueve este mundo. Nos pueden perseguir, pero la fuerza del Espíritu de Dios nos asiste en todo momento. No nos cansemos, ni nos avergoncemos de dar testimonio de Cristo, y sigamos anunciando a plena luz, a los cercanos y a los lejanos, la buena noticia de la salvación que Dios nos ofrece.

«Santo, Santo, Santo es el Señor, rey del universo, llenos están los cielos y la tierra de su gloria» (1ª lectura II)
«Aquí estoy, mándame» (1ª lectura II)
«No tengáis miedo» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

Primera lectura: Isaías 6,1-8

Esta perícopa del profeta Isaías es importantísima para comprender su mensaje. Fue escrita en torno al año 724 a. de C., año de la muerte del rey Ozías. Marca la conclusión de un período de prosperidad y de autonomía para Israel y le sirve al profeta para destacar un tema que le es propio: la santidad y la gloria eterna de un Dios que trasciende con mucho toda grandeza humana y es «el Santo de Israel» por excelencia. Es por este Dios por quien se siente llamado Isaías. El escenario es el templo de Jerusalén y la antropomórfica descripción del Señor sobre el trono, rodeado por los serafines (criaturas con semejanza humana, pero dotadas de seis alas), refleja las representaciones del Oriente próximo, si bien la solemnidad y el arrebato de Isaías dicen mucho más.

La triple repetición del «Santo, santo, santo» intenta expresar la infinita santidad de Dios, su trascendencia, su absoluta diferencia respecto a aquello que, por ser terreno, se corrompe o sólo es limitado. El sentido de la presencia de Dios lo proporciona tanto el temblor de las puertas del templo como el humo (v. 4), semejante, en la función de significar la gloria de Dios, a la nube que cubría el tabernáculo durante el tiempo que permaneció Israel en el desierto. En este punto queda Isaías como turbado, abrumado por el sentido de su indignidad, ligada a su pecado y al del pueblo, frente a la infinita pureza y santidad de Dios. Nos viene a la mente Ex 33,20: «No podrás ver mi cara, porque quien la ve no sigue vivo». Sin embargo, Dios no quiere la muerte del hombre e interviene a través de un acto simbólico de purificación, con el que expresa que se trata siempre, ante todo, de una iniciativa de Dios y no del hombre (vv. 7ss).

El Señor se dirige aún a la asamblea de los serafines, que son consultados sobre el gobierno del mundo (v 8a); sin embargo, de manera indirecta, la voz del Señor interpela y llama a Isaías para que, investido por la gloria y por la santidad de Dios, vaya a profetizar en su nombre: «Aquí estoy yo, envíame» (v. 8b). Es la plena disponibilidad de quien se deja invadir por un Dios que salva.

Evangelio: Mateo 10,24-33

Lo que leímos ayer nos ponía vigorosamente frente a las exigencias de la misión, incluidas sus extremas consecuencias de la persecución y la muerte. Hoy introduce Jesús en su discurso el tema, típicamente bíblico, del «no tener miedo», que aparece en la Sagrada Escritura 366 veces. El pasaje está estructurado precisamente por la repetición, a modo de imperativo, de la invitación a no tener miedo (vv. 26.28.31), a la que en cada ocasión siguen los motivos por los que la confianza debe poner en jaque mate al temor. El primer motivo es éste: aunque el bien está ahora como velado y la astucia y la virulencia del mal parecen ocultarlo, se producirá una inversión total y veremos, en el triunfo de/Cristo, el triunfo de todos los que han elegido hacer el bien.

Ésa es la razón de que se anime a los discípulos a la audacia del anuncio. Lo que se nos entrega es pequeño como un pábilo en las tinieblas, como un susurro al oído, pero ha de ser entregado a plena luz del día, gritado (con todos los medios, incluidos los que emplean antenas y repetidores) incluso desde los techos. Aunque el precio sea la muerte, ha de saber el discípulo que la muerte del cuerpo será siempre un hecho natural que hemos de afrontar con paz, sobre todo cuando estamos seguros de que nada ni nadie, si vivimos y anunciamos el Evangelio, podrá matar la vida en nosotros, puesto que el verdadero mal destructor de esta vida y de la otra es el pecado.

La argumentación de Jesús sobre las razones para no tener miedo se une, a continuación, a dos imágenes tiernísimas: la de los «pájaros», que, aunque tienen un precio irrisorio, son objeto del amor providente del Padre, y la de los «cabellos» de nuestra cabeza, contados todos ellos. En verdad, dice el Señor, es preciso que no dejemos que el miedo ocupe lugar alguno en nosotros y nos decidamos, en cambio, a llevar una vida consagrada a dar testimonio de Cristo y del Evangelio.

MEDITATIO

La sociedad del «tener más» margina cada vez más a Dios mediante una serie de mecanismos que tienen que ver con el placer a cualquier precio, por cualquier medio. Ropa, dinero, servicios, experiencias: todo se ofrece en el gran supermercado del mundo. Sin embargo, el hombre, antes que perseguir la paz del corazón, experimenta un gran vacío, amplificado precisamente por estar abrumado por bienes de fortuna. Si no quiere morir de asfixia espiritual, ha llegado el tiempo de invertir por completo su marcha.

«Buscad a Dios y viviréis», advierte el profeta Amós. Y los ángeles de la natividad cantan: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Lo que el corazón (mucho más que la mente) debe comprender es el hecho de que, si busco la gloria del Señor en mi obrar, si mi ojo interior se abre a contemplarle, a querer obrar por amor a él, llego también a la paz. Si, en cambio, busco mi paz adhiriéndome a este mercado de propuestas consumistas apoyadas por el psicologismo, me pierdo en callejones sin salida, donde se encuentran dispuestos a sofocarme miedos cada vez más insurrectos.

Ahora bien, para que busque yo la gloria del Señor y sepa descubrirla por doquier -en la flor apenas entreabierta, en el cielo poblado de estrellas, en el rostro amigo, en el día alegre y en el cansado- necesito dejarme purificar. El Señor sabe de quién y de qué servirse para que yo no esté bajo el dominio del egoísmo, sino de la gloria de Dios. El otro elemento fundamental es que reciba el repetido: «No tengáis miedo». En un mundo profundamente turbado, absorber el «no tengáis miedo» en los ámbitos más profundos del ser me hace adquirir confianza, solidez, soltura, incluso en orden al apostolado. Diré con Isaías: «Aquí estoy yo, envíame».

ORATIO

Señor, sabes que me atrae el placer y que tiendo a cambiarlo por la alegría y por la paz que necesito. Te suplico, en medio de la corrupción del gran mercado en que vivo, que me hagas dejarme purificar por ti no sólo los labios, como Isaías, sino en lo profundo del corazón.

Ayúdame a aceptar aquello de que tú quie es servirte para realizar esta necesaria purificación. Espabílame en el combate espiritual contra las pasiones, para que desee y anhele, en todo, tu gloria y no las mezquinas satisfacciones de mi egoísmo. Y que tu «no tengáis miedo» sostenga esta voluntad mía un día tras otro.

Si tú me persuades de que buscar tu gloria significa obtener asimismo la paz del corazón, viviré mejor estos mis breves días y los viviré en plenitud: no replegado en mí mismo, sino entregado al anuncio de esta paz, de esta alegría, también a mis hermanos. Purifícame, Señor, fortifícame y, después... «aquí estoy yo, envíame».

CONTEMPLATIO

Ahora sólo te amo a ti, sólo a ti te sigo, sólo a ti te busco y estoy dispuesto a pertenecerte del todo, para que sólo tú ejerzas la soberanía, Señor mío, sólo deseo ser tuyo. Manda y ordena lo que quieras, te lo ruego, pero cura y abre mis oídos, a fin de que pueda oír tu voz. Cura y abre mis ojos, a fin de que pueda ver tus señas. Aleja de mí lo que me impide reconocerte. Muéstrame tú el camino y dame lo que necesito para el viaje (Agustín, Soliloquios, Libro primero).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

Toda la tierra está llena de tu gloria (cf. Is 6,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra carne está hecha para morar en Dios,
para convertirse en templo de Dios.
La carne de Jesús es el templo de Dios.
De este templo
correrán ríos de agua viva
para alimentar, curar, revelar el amor y la compasión.
Nuestra carne,
transfigurada por el Verbo encarnado,
se vuelve un instrumento
para difundir el amor de Dios.
Igual que para María, también para nosotros
la carne de Cristo, su humanidad,
son el medio a través del cual y en el cual
nos encontramos con Dios.
La llamada que hemos recibido no es a dejar la humanidad de Cristo
para ir al encuentro de Dios, que trasciende la carne,
sino a descubrir y a vivir
la carne de Jesús como carne de Dios,
su cuerpo como un sacramento
que da un sentido nuevo a nuestra carne humana,
que nos revela el amor eterno de la Trinidad
donde el Padre y el Hijo, en la unidad del Espíritu Santo,
se aman desde toda la eternidad.
Nuestros cuerpos han sido concebidos en el silencio y en el amor.
Nuestra primera relación, con nuestra madre,
ha sido una relación de comunión,
a través del tacto y de la fragilidad de la carne.
Hemos sido llamados a crecer, a desarrollarnos,
a volvernos competentes
y a luchar por la justicia y por la paz;
pero, en definitiva, todo está destinado a la entrega de nosotros mismos,
al reposo y a la celebración de la comunión.
Todo empieza en la comunión,
todo culmina en la comunión.
Todo empieza en la fiesta de las bodas
y todo se consuma en la fiesta de las bodas,
en la que nos entregamos con amor.

(Jean Vanier, Gesú: il dono dell'amore, Bolonia 1995, pp. 173ss [edición catalana: Jesús, el don del amor, Editorial Claret, Barcelona 1994]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo; como tu renombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra;
tu diestra está llena de justicia.
(Sal 47, 10-11)

Oración colecta
Oh Dios,
que por medio de la humillación de tu Hijo
levantaste a la humanidad caída,
concede a tus fieles la verdadera alegría,
para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado
alcancen también la felicidad eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
La oblación que te ofrecemos, Señor, nos purifique,
y cada día nos haga participar con mayor plenitud
de la vida del reino glorioso.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Gustad y ved qué bueno es el Señor; dichoso el que se acoge a él.
(Sal 33, 9)

O bien:
Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados
y yo os aliviaré -dice el Señor-.
(Mt 11, 28)

Oración post-comunión
Alimentados, Señor,
con un sacramento tan admirable,
concédenos sus frutos de salvación
y haz que perseveremos siempre cantando tu alabanza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Archiva este contenido

Pulsando en el icono respectivo descargarás esta entrada en PDF, ePub o Mobi.
A veces los ePubs dan errores. Si esto ocurre házmelo saber por e-mail. De este modo el documento quedará definitivamente corregido.

Comments on this entry are closed.