Miércoles XV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 3, 1-6. 9-12: El ángel del Señor se apareció en una llamarada entre las zarzas
- Salmo: Sal 102, 1-2. 3-4. 6-7: El Señor es compasivo y misericordioso
+ Evangelio: Mt 11, 25-27: Has escondido estas cosas a los sabios, y se las has revelado a la gente sencilla




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Éxodo 3, 1-6.9-12: La zarza ardiendo sin consumirse. La primera manifestación de Moisés manifiesta la grandeza y el poder de Dios, así como una providencia y amor para con su pueblo. Muchas veces los Santos Padres tratan de ese hecho y lo aplican a la virginidad de María en la Encarnación. Oigamos a San Gregorio de Nisa:

«¡Oh acontecimiento admirable: una virgen madre, permaneciendo virgen! Mira el nuevo orden de la naturaleza. En el caso de todas las demás mujeres, mientras que una permanece virgen, ciertamente no puede ser madre al mismo tiempo; una vez que llega a serlo, ya no posee la virginidad.

«Conviene, en efecto, que aquel que hacía su entrada en la vida humana para la salvación de los hombres íntegro e incorrupto, trajera su origen de una integridad absoluta y dada a Él sin reservas; ahora los hombres habitualmente llaman incorrupta a una mujer que no había tenido unión carnal alguna.

«Pienso que el gran Moisés conoció ya este acontecimiento por el fuego en el que Dios se le apareció, cuando veía la zarza ardiendo y no se consumía (Ex 3 1ss.). Efectivamente, entonces en el fuego y en la zarza, se ponía de manifiesto aquello que en su momento oportuno se manifestó claramente en el misterio de la Virgen. Del mismo modo que la zarza, aunque quemada por el fuego, no se consumió, igualmente la Virgen, engendrando la Luz, no se corrompió» (Sermón sobre el nacimiento de Cristo).

–El Salmo 102, ya tantas veces expuesto, sigue con la idea de la misericordia de Dios: «El Señor es compasivo y misericordioso... Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades... El Señor defiende a todos los oprimidos». El salmista es un israelita y tiene un título especial para agradecer a Dios los beneficios que ha hecho con su pueblo, muchas veces oprimido, pero siempre liberado. Los Santos Padres cantan la amplísima misericordia de Dios. Bien lo resume San Bernardo:

«Se da prisa en buscar la centésima oveja que se había perdido... ¡Maravillosa condescendencia de Dios que así busca al hombre; dignidad grande la del hombre, así buscado por Dios!» (Sermón del primer domingo de Adviento, 7)

Mateo 11, 25-27: Has escondido estas cosas a los sabios y se las has revelado a la gente sencilla. A la incredulidad de los pueblos cultos se contrapone la fe de los sencillos. Comenta San Agustín:

«Confesamos ya cuando alabamos a Dios, ya cuando nos acusamos a nosotros mismos. Piadosas son ambas confesiones, ya cuando te reprendes tú que no estás sin pecado, ya cuando alabas a Aquel que no puede tener pecado... A los ridículos sabios y prudentes, a los arrogantes, en apariencia grandes y en realidad hinchados, opuso a los incipientes, no los imprudentes, sino los pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños? Los humildes... ¡Oh camino del Señor! O no existía o estaba oculto, para que se nos revelase a nosotros. ¿Y por qué exultaba el Señor? Porque el camino fue revelado a los pequeños.

«Debemos ser pequeños; pues si pretendemos ser grandes, como sabios y prudentes, no se nos revelará el camino. ¿Quiénes son grandes? Los sabios y prudentes, diciendo que son sabios (Rom 1,22). Pero tienes el remedio por contraste. Si diciendo que eres sabio te haces necio, dí que eres necio y será sabio. Pero dílo, y dílo interiormente. Porque no es así como lo dices. Si lo dices, no lo digas ante los hombres y lo calles ante Dios... Con tu Luz, Señor, iluminarás mis tinieblas (Sal 17,29). Nada tengo, sino tinieblas, pero Tú eres la Luz que disipas las tinieblas al iluminarme. La luz que tengo no viene de mí, sino que es luz participada de ti» (Sermón 67,1 y 8).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 149-152

1. Éxodo 3,1-6.9-12

a) La visión de la zarza ardiente representa un momento decisivo en la vida de Moisés y de su pueblo: Dios le llama para llevar a cabo la liberación de su pueblo.

Han pasado varios años desde la huida de Moisés. Se ha instalado en tierras de Madián. Se ha casado allí con la hija del sacerdote pagano Jetró. Ha tenido familia. Ha madurado en su carácter. Es pastor de oficio y está cuidando los rebaños de su suegro. Y allí se le aparece Dios, en forma de fuego. (A Pedro le hará impresión el Jesús de la pesca milagrosa; a Pablo, el Jesús que se le aparece en el camino de Damasco. Cada uno tenemos algún momento en que Dios sale a nuestro paso).

Quien se aparece a Moisés es el Dios de los patriarcas. El Dios de la promesa. El Dios que ve cómo sufre su pueblo y no lo puede soportar y decide intervenir, enviando a Moisés.

La vocación no es nada fácil. De momento, su temperamento decidido responde: «aquí estoy». Pero, luego, se da cuenta de lo que le está pidiendo Dios y presenta sus objeciones: ¿precisamente él, huido de la justicia de Egipto, es el que va a volver allí, nada menos que a pedir al Faraón que deje salir a los suyos?

La respuesta de Dios es una de las que más veces aparece en la Biblia: «yo estoy contigo».

b) El Dios del éxodo es también el Dios Padre de Jesús. Es el Dios de ahora, nuestro Padre, que sigue con su corazón apenado por tanto dolor e injusticia como hay en este mundo: «el clamor de los israelitas ha llegado a mí». El Dios que quedó retratado en las parábolas y en la actuación de Jesús de Nazaret: el que se apiadaba de la gente que tenía hambre, que perdonaba a los pecadores, que denunciaba las injusticias, que curaba de todo mal.

Nosotros, con mayor razón que el mismo salmista, podemos decir sus palabras: «el Señor es compasivo y misericordioso... Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades, él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura... El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos: enseñó sus caminos a Moisés». Podríamos rezar hoy entero, por ejemplo después de comulgar, el salmo 102: un canto a la misericordia de Dios Liberador.

Al mismo tiempo, sintámonos enviados a practicar la misma misericordia y comunicar un poco de esperanza a quienes se encuentren hoy con nosotros en nuestra familia o comunidad o en el entorno social, ayudándoles a salir de sus diversas esclavitudes. Si nos parece que es misión difícil, nos hará bien recordar la palabra de Dios a Moisés: «yo estoy contigo».

2. Mateo 11,25-27

a) Las personas sencillas, las de corazón humilde, son las que saben entender los signos de la cercanía de Dios. Lo afirma Jesús, por una parte, dolorido, y por otra, lleno de alegría.

Cuántas veces aparece en la Biblia esta convicción. A Dios no lo descubren los sabios y los poderosos, porque están demasiado llenos de sí mismos. Sino los débiles, los que tienen un corazón sin demasiadas complicaciones.

Entre «estas cosas» que no entienden los sabios está, sobre todo, quién es Jesús y quién es el Padre. Pero la presencia de Jesús en nuestra historia sólo la alcanzan a conocer los sencillos, aquellos a los que Dios se lo revela.

b) En el evangelio podemos constatar continuamente este hecho. Cuando nació Jesús en Belén, le acogieron María y José, sus padres, una humilde pareja de jóvenes judíos; los pastores, los magos de tierras lejanas y los ancianos Simeón y Ana. Los «sabios y entendidos», las autoridades civiles y religiosas, no lo recibieron.

A lo largo de su vida se repite la escena. La gente del pueblo alaba a Dios, porque comprenden que Jesús sólo puede hacer lo que hace si viene de Dios. Mientras que los letrados y los fariseos buscan mil excusas para no creer.

La pregunta vale para nosotros: ¿somos humildes, sencillos, conscientes de que necesitamos la salvación de Dios? ¿o, más bien, retorcidos y pagados de nosotros mismos, «sabios y entendidos», que no necesitamos preguntar porque lo sabemos todo, que no necesitamos pedir, porque lo tenemos todo? Cuántas veces la gente sencilla ha llegado a comprender con serenidad gozosa los planes de Dios y los aceptan en su vida, mientras que nosotros podemos perdernos en teologías y razonamientos. La oración de los sencillos es más entrañable y, seguramente, llega más al corazón de Dios que nuestros discursos eruditos de especialistas.

Nos convendría a todos tener unos ojos de niño, un corazón más humilde, unos caminos menos retorcidos, en nuestro trato con las personas y, sobre todo, con Dios. Y saberles agradecer, a Dios y los demás, tantos dones como nos hacen. Siguiendo el estilo de Jesús y el de María, su Madre, que alabó a Dios porque había puesto los ojos en la humildad de su sierva.

«El clamor de los israelitas ha llegado a mi» (1a lectura I)
«Yo estoy contigo» (1a lectura I)
«Has revelado estas cosas a la gente sencilla» (evangelio).

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