Jueves XV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 26, 7-9. 12. 16-19: Despertarán jubilosos los que habitan en el polvo
- Salmo: Sal 101, 13-14ab y 15. 16-18. 19-21: El Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra
+ Evangelio: Mt 11, 28-30: Soy manso y humilde de corazón




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Isaías 26,7-9.12.16-19: Despertarán jubilosos los que habitan en el polvo. Es una plegaria en la que el autor busca ardientemente a Dios y su justicia; y profetiza la futura resurrección en unos términos que auguran ya la revelación del Nuevo Testamento. Comenta San Agustín:

«De esa paz dice el profeta Isaías: «Señor, Dios nuestro, danos la paz, pues nos has dado todo» (Is 26,12). Prometiste a Cristo y lo diste; prometiste su cruz, la sangre que se derrama para el perdón de los pecados y la diste; prometiste su Ascensión y el Espíritu Santo enviado desde el cielo, y lo diste; prometiste la Iglesia, fundada por toda la redondez de la tierra, y la diste; prometiste herejes futuros para ejercitación y probación y la victoria de la Iglesia sobre los errores de ellos, y los diste; prometiste la supresión de los ídolos de los gentiles, y los diste. Señor, Dios nuestro, danos la paz, pues todo nos lo diste. Entretanto, mientras llegamos a aquella paz, en que no tendremos enemigo alguno, peleemos larga, fiel y valientemente, para merecer ser coronados por el Señor Dios... Cada uno es tentado por su concupiscencia. Por lo mismo, pelee, resista, no consienta, no se deje llevar... He ahí que la concupiscencia solicita, estimula, insiste, exige, para que hagas algo malo; no consientas... El pecado es dulce, pero la muerte es amarga» (Sermón 77,A,2-3).

El Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra, dice el Salmo 101. Este salmo nos enseña a ser solidarios con todo el pueblo de Dios. Jesucristo, como el salmista, vio las ruinas de Jerusalén castigada por no querer escuchar la voz de Dios y lloró sobre ella (Lc 19,41). El cristiano ha de pensar que sus pecados afean el rostro de la Iglesia y, en cuanto de ellos dependa, procuran su ruina. Esto nos de-be ayudar a recapacitar sobre nuestros actos que pueden ser útiles a la Iglesia o perjudiciales. La santidad personal ya es, de por sí, un magnífico apostolado, pues en la Iglesia todos debemos ser solidarios unos de otros. Con este salmo el Señor quiere reanimar nuestra esperanza y darnos consuelo y fortaleza de ánimo. Hemos de acoger con confianza esta palabra de consuelo sabiendo que, por la gracia de Cristo, seremos introducidos en la vida eterna.

Mateo 11,28-30: Soy manso y humilde de corazón. Cristo se inclina hacia los menesterosos y los invita a buscar en Él descanso para sus almas. San Juan Crisóstomo,

«No os espantéis –parece decirnos el Señor– al oír hablar de yugo, pues es suave; no tengáis miedo de que os hable de carga, pues es ligera. Pues, ¿cómo nos habló anteriormente de la puerta estrecha y del camino angosto? Eso es cuando somos tibios, cuando andamos espiritualmente decaídos; porque si cumplimos sus palabras, su carga es realmente ligera. ¿Y cómo se cumplen sus palabras? Siendo humildes, mansos y modestos. Esta virtud de la humildad es, en efecto, madre de toda filosofía. Por eso, cuando el Señor promulgó aquellas sus divinas leyes al comienzo de su misión, por la humildad empezó. Y lo mismo hace ahora aquí, al par que señala para ella el más alto premio. Porque no sólo –dice– serás útil a los otros, sino que tú mismo, antes que nadie, encontrarás descanso para vuestras almas. Ya antes de la vida venidera te da el Señor el galardón, ya que aquí te ofrece la corona del combate y de este modo, a par que poniéndosete Él mismo por dechado, te hace más fácil de aceptar su doctrina. Porque, ¿qué es lo que tú temes? parece decirte el Señor­. ¿Quedar rebajado por la humildad? Mírame a Mí, considera los ejemplos que yo os he dado y entonces verás con evidencia la grandeza de esta virtud. ¿Veis cómo por todos los medios los conduce a la humildad?» (Homilía 38,2-3  sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 153-156

1. Isaías 26.7-9.12.16-19

a) Isaías pone una hermosa oración en boca del pueblo, en un momento de lucidez.

Es como un salmo o una profecía hecha oración: «te esperamos, Señor... mi alma te ansia de noche, porque tus juicios son luz de la tierra... tú nos darás la paz, porque todas nuestras empresas nos las realizas tú». Son sentimientos muy repetidos en los salmos, rezados aquí en un momento en que amenaza la ruina del pueblo.

Es muy fuerte y expresiva la metáfora del parto. El pueblo se compara a una mujer «encinta cuando le llega el parto y se retuerce y grita angustiada», y tiene que reconocer que, después de tantos esfuerzos, confiando en si mismos, resulta que «concebimos, nos retorcimos, y dimos a luz... viento: no trajimos salvación al país, no le nacieron habitantes al mundo».

b) Una buena lección. El pueblo de Israel irá pronto al destierro. Hubiera sido muy distinto si se hubieran mantenido fieles a la Alianza con Dios. Pero buscaron sus propios caminos y fueron a parar a la ruina.

¡Cuántos fracasos nuestros se parecen a este parto ridículo! Fiados de nuestras propias fuerzas, de nuestras técnicas y de nuestros talentos, parecía que íbamos a resolver todos los problemas. Pero dimos a luz sólo viento. «No traemos salvación al país». Después de tanta propaganda, «no le nacieron habitantes al mundo».

Esto pasa a menudo en la sociedad. En la Iglesia. En el apostolado. Con nuestras solas fuerzas, sólo damos a luz viento. Vamos escarmentando sólo a base de golpes: «en el peligro acudíamos a ti, cuando apretaba la fuerza de tu escarmiento».

Orientemos nuestra esperanza según las palabras de Isaías: «mi espíritu madruga por ti... tú nos darás la paz... todas nuestras empresas nos las realizas tú». Entonces sí, «vivirán tus muertos, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo».

O los del salmo: «Tú permaneces para siempre... levántate y ten misericordia de Sión... Que el Señor desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte».

Nos va bien recordar que no somos nosotros quienes traemos la salvación al mundo. Ni los que engendran vocaciones. Sino Dios.

2. Mateo 11,28-30

a) Es muy breve el evangelio de hoy, pero rico en contenido y consolador por demás. Jesús nos invita, a los que podemos sentirnos «cansados y agobiados» en la vida, a acercarnos a él: «venid a mi».

Nos invita también a aceptar su yugo, que es llevadero y suave. Los doctores de la ley solían cargar fardos pesados en los hombros de los creyentes. Jesús, el Maestro verdadero, no. El nos asegura que su «carga es ligera», y que en él «encontraremos descanso».

b) No es que el estilo de vida de Jesús no sea exigente. Lo hemos leído muchas veces en el evangelio y lo experimentamos en la vida. Su programa incluye renuncias y nos pide cargar con la cruz.

Pero, a la vez, él nos promete su ayuda. Cargamos con la cruz, si, pero en su compañía «Yo os aliviaré». Como el Cireneo le ayudó a él a llevar la cruz camino del Calvario, él nos ayuda a nosotros a superar nuestras luchas y dificultades. Cuando nos sentimos «cansados y agobiados», cosa que nos pasa a todos alguna vez, recordemos la palabra alentadora del Señor, que conoce muy bien lo difícil que es nuestro camino.

Así mismo, deberíamos aprender la lección para nuestras relaciones con los demás.

Para que no nos parezcamos a los sabios legalistas que agobian a los demás con sus normas y exigencias, sino a Jesús, que invita a ser fieles, pero se muestra comprensivo con las caídas y debilidades de sus seguidores, siempre dispuesto a ayudar y perdonar. No quiere que nos sintamos movidos por el temor de los esclavos, sino por el amor de los hijos y la alegría de los voluntarios.

Cuando es el amor el que mueve, toda carga es ligera.

«Mi alma te ansía de noche, mi espíritu en mi interior madruga por ti» (1ª lectura II)
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Isaías 26,7-9.12.16-19

La plegaria de Is 26,7-19, de la que están tomados los versículos que constituyen el texto litúrgico de hoy, forma parte del así llamado «Apocalipsis de Isaías», considerado como posterior a la profecía del Isaías histórico. Se trata de un bloque de capítulos (24-27) formado por liturgias proféticas, anuncios apocalípticos, cantos y plegarias de lamento y de acción de gracias. El centro de atención está constituido por la ruina de la ciudad excelsa, cuya identificación resulta problemática, y por el juicio que pronuncia Dios sobre ella y sobre toda la tierra, un juicio en el que están implicadas asimismo todas las fuerzas de la naturaleza. Entre los trastornos cósmicos y las perspectivas de la paz definitiva, se invita al pueblo a que confíe en el Señor, que mantiene su promesa y cuida de los pobres y de los oprimidos. Del mismo modo que devasta las ciudades paganas, haciendo impracticables sus caminos, allana la senda de quien conforma la vida a sus preceptos (vv. 7ss). Dios realiza sus grandes obras entre las naciones, a fin de que todos puedan conocerle y vivir según su voluntad.

La esperanza que el orante pone en YHWH alimenta el deseo de estar en comunión con aquel que le concederá -está seguro de ello- la plenitud de todos los bienes y llevará a buen puerto las iniciativas emprendidas (vv. 9.12). Eso mostrará, no obstante, la débil fe del pueblo, cuya oración está exenta de contenido y de fuerza vital (vv. 16-18). La intervención de Dios volverá a dar energía vivificadora a un pueblo de «muertos», para una nueva existencia jubilosa (v. 19). La que proclama el orante es una esperanza cierta, expresión de la fe en aquél a quien sabe pertenecer.

Evangelio: Mateo 11,28-30

El canto de alabanza de Jesús anuncia la salvación para quienes acogen con estupor y admiración el amor del Padre. Jesús acaba de hablar de la imposibilidad de conocer al Padre si no es por la revelación del Hijo. Y ahora él, el Hijo, invita a todos a ir a él, a entrar en comunión de vida con él acogiendo su amor y el del Padre, fuente de reposo, satisfacción de todo deseo en el goce, en la paz. El, el único y verdadero Maestro, dirige a todos la invitación a hacerse discípulos, y se trata de una invitación que lleva en sí misma los caracteres de la urgencia y de la alegría. Jesús, Sabiduría del Padre que se revela a los sencillos, a todos los que experimentan y reconocen la fatiga opresora de la observancia de la Ley en sí misma, manifiesta el misterio del Reino de Dios en cuanto anuncia que el amor es la plenitud de la Ley (cf. Rom 13,10; Gal 5,14) y convierte el amor en la norma, en el mandamiento supremo (cf. Jn 13,34; Mt 22,36-40).

El discípulo está invitado a ponerse junto a Jesús, a tomar su mismo yugo. Aprende del Maestro a llevarlo haciendo suyo el mismo estilo de vida: el de los sencillos y el de los humildes, el de los pobres y los pequeños, que han comprendido el mandamiento nuevo de la obediencia a Dios y del servicio a los hermanos. El yugo en sí sigue siendo pesado, pero llevarlo con Cristo es causa de suavidad: el amor reclama la fatigosa renuncia a nuestro propio instinto egoísta, pero abre de par en par los horizontes de la vida verdadera, la vida misma de Dios.

MEDITATIO

Dios cuida de su pueblo. Quiere el bien para cada uno de sus hijos creados, amados y custodiados por él. La última palabra de Dios es «vida», no «muerte», como nos mostró al resucitar a Jesús. Nuestra experiencia terrena es con frecuencia una experiencia de fatiga, de tener que cargar con pesos bajo los cuales nos abatimos: pesos físicos, pesos interiores. Cada uno de nosotros se reconoce con facilidad entre los «fatigados y agobiados» a quienes Jesús invita a ir con él. O bien entre quienes gritan en la prueba, como los judíos de la profecía de Isaías. Vale la pena preguntarse cómo vivimos las situaciones difíciles que llamamos «pruebas», cómo reaccionamos frente a lo que nos parece demasiado pesado para nuestras fuerzas o nos espanta, nos desorienta. ¿Tal vez nos limitamos a enfadarnos (contra los otros, contra el destino, contra Dios)? Se trata de una reacción comprensible, pero corremos el riesgo de que nos haga sentir los dolores, para, a continuación, dar a luz «sólo viento», usando la imagen del profeta Isaías.

Si queremos caminar con el Señor por las sendas que él en su bondad no deja de allanar, podremos cargar con su yugo, un yugo ligero, porque lo llevamos con él, y él mismo nos enseña a llevarlo con amor. De todos modos, las pruebas, las contrariedades, los sufrimientos provocados, nos hacen mal y continúan haciéndolo, pero tienen un significado: si vivimos sin cesar de amar, de dar alegría y paz a los que están junto a nosotros, venceremos, como Jesús, el mal con el bien: primero en nosotros mismos y, a continuación, en nuestro entorno. Nos convertiremos en sembradores de esperanza.

ORATIO

Vengo a ti, Señor, cargado con la fatiga de mi jornada y con los pesos de los sufrimientos de los que viven junto a mí. Te encuentro cargado con la cruz y con todas las cruces construidas, tanto ayer como hoy, por la mezquindad y por el egoísmo de tantos.

Mírame, Señor: mira cómo, a pesar de las apariencias y de cierto perfeccionismo religioso, y aun llenándome a menudo la boca con hermosas palabras, ni siquiera soy capaz de llevar con amor mi propio peso. A la invitación que hoy me diriges: «Venid a mí todos los que...», responde tu oración en la cruz: «Padre, perdónalos...». Gracias, Jesús, por atraerme a ti con tanta suavidad. A mi vez, quisiera, con tu ayuda, entregar suavidad: tal vez descubriría que con el amor todo peso se vuelve ligero.

CONTEMPLATIO

Tened una gran humildad, porque es la virtud de las virtudes, pero una humildad generosa y tranquila. Os recomiendo, más que las otras, las dos queridas virtudes que tanto desea nuestro Señor que aprendamos de él: la humildad y la sencillez de corazón, pero llevad buen cuidado en que sean verdaderas virtudes del corazón. Animad de continuo vuestro valor con la humildad, y vuestra humildad, esto es, vuestra miseria y vuestro deseo de ser humildes, animadla con vuestra confianza en Dios, de suerte que vuestro valor sea humilde y vuestra humildad sea animosa. Permaneced alegremente humildes ante Dios, pero sed alegremente humildes también ante el mundo (Francisco de Sales, Lettere di amicizia spirituale, Roma 1984, pp. 967ss [edición española: Cartas a religiosas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988]).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Jesús, sencillo y humilde de corazón, concédeme un corazón semejante al tuyo» (cf. Mt 11,29).
 

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Se ha llegado a decir que Jesús habría crecido frágil, que se habría vuelto delicado sencillo: a partir de ahí se habría inclinado por la vida decadente, se habría puesto de parte de los pobres, de los perseguidos, de los oprimidos, de los candidatos al sufrimiento y a la miseria. Quien piense así basta con que abra los ojos y mire bien a Jesús. Que no juzgue debilidad y fuerza, exclusivamente, según alguien se abra camino con ardor y con los puños, sino pensando que hay también una fortaleza superior que tal vez tiene que ver con los estratos inferiores del ser.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras vidas» (Mt 11,28ss). Se trata del mismo misterio que las bienaventuranzas. La conciencia de dar la vuelta a lo que tiene valor en el mundo, para edificar lo que realmente cuenta. Jesús no viene por el gusto de añadir un nuevo elemento a la serie de experiencias humanas realizadas hasta aquí; no, Jesús aporta, desde la plenitud del cielo, reservada a Dios, una realidad santa. Trae al mundo sediento una corriente de vida desde el corazón de Dios.

Para tener parte en ella es necesario que el hombre se abra, deje el apego a la vida terrena y salga al encuentro de aquel que viene. Es preciso superar la rancia y arraigada pretensión según la cual el mundo es la única realidad que cuenta y se basta de verdad a sí misma. Se comprende, no obstante, de inmediato a quién le debe resultar particularmente difícil semejante renuncia: a aquellos que están bien situados en el mundo, a los poderosos, a aquellos que tienen parte en la grandeza y en la riqueza de la tierra. Los pobres, en cambio, son felices no porque su estado, en sí, sea feliz, sino porque reconocen con mayor facilidad que hay algo además del mundo e, iluminados por su miseria, aspiran de una manera más expedita a eso otro (R. Guardini, Il Signore, Milán 1977 [edición española: El Señor, Ediciones Rialp, Madrid 1965]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada

Oración colecta
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad
a los que andan extraviados
para que puedan volver al buen camino,
concede a todos los cristianos rechazar
lo que es indigno de este nombre
y cumplir cuanto en él se significa.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración,
y concede a los que van a recibirlos
crecer continuamente en santidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos;
tus altares, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío.
Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.
(Sal 83, 4-5)

O bien:
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi y yo en él -dice el Señor-
(Jn 6, 56)

Oración post-comunión
Alimentados con esta eucaristía, te pedimos, Señor,
que cuantas veces celebramos este sacramento
se acreciente en nosotros el fruto de la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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