Viernes XV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 38, 1-6. 21-22. 7-8: He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas
- Salmo: Is 38, 10. 11. 12abcd. 16: Tú, Señor, detuviste mi alma ante la tumba vacía
+ Evangelio: Mt 12, 1-8: El Hijo del Hombre es señor del sábado




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Isaías 38,1-6.21-22.7-8: He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas. Ezequías ora a Dios, y Él lo cura y prolonga su vida. De ahí está tomada la lectura y el salmo responsorial. Esto nos da oportunidad de reflexionar sobre la muerte. Oigamos a San Jerónimo:

«Lo mismo muere el justo que el impío, el bueno y el malo, el limpio y el sucio, el que ofrece sacrificios y el que no lo hace. La misma muerte es para el bueno que para el que peca. El que jura que el que teme el juramento. De igual modo se reducen a pavesas hombres y animales... Pase que se llore a un muerto, pero a aquel que se lo lleva la gehenna, al que devora el tártaro, y para castigo del cual arde el fuego eterno. Pero nosotros, cuya salida del mundo acompaña el ejército de los ángeles, a quienes sale Cristo al encuentro, deberíamos sentir pesar de permanecer demasiado tiempo en esta tienda de muerte. Porque mientras vivimos aquí, andamos peregrinos lejos del Señor...» (Carta 39, a Paula).

Dice San Ambrosio:

«No te perturbe el oír el nombre de la muerte, antes bien, deléitate en los dones que te aporta este tránsito feliz, ¿Qué significa en realidad para ti la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes?» (Tratado sobre el bien de la muerte, 4).

Y San Cipriano:

«El que está lejos de la patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra... La muerte no es un punto final, es un tránsito. Al acabar nuestro viaje en el tiempo viene el paso a la eternidad» (Tratado sobre la muerte, 18, 20).

Mateo 12, 1-8: El Hijo del hombre, Señor del sábado. San Juan Crisóstomo explica sobre los preceptos referidos al sábado:

«Habla de Sí mismo. Marcos, nos cuenta que también se refirió el Señor a la común naturaleza humana, y así dijo: «el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado». Entonces ¿por qué fue castigado de muerte aquel que recogía leña el día de sábado? (Num 15,33ss). Porque si desde el principio se hubiera tolerado el desprecio de la ley, mucho menos se hubiera observado posteriormente.

«Y a la verdad, muchos y grandes provechos vino a traer en los comienzos la guarda del sábado. El sábado, por ejemplo, hacía que los judíos fueran más blandos y humanos para con sus propios familiares, les enseñaba a conocer la providencia y la obra de Dios, como dice Ezequiel (20, 12,20), y los iba instruyendo para que, poco a poco, se apartaran de la maldad, y les obligaba, al fin, a prestar alguna atención a las cosas del espíritu.

«Si Dios, al promulgar la ley del sábado, les hubiera dicho: «el día del sábado haced el bien, pero no os entreguéis al mal», no habrían contenido. De ahí que se lo prohibió todo por igual. No hagáis absolutamente nada. Y ni aun así le obedecieron. Sin embargo, el mismo que les da la ley del sábado, aun dentro de aquella generalidad, deja entender que solo quiere que se abstengan de toda obra mala. Porque no haréis nada –dice– fuera de lo que haga el alma (Ex 12,16) Y todo aquello se hacía en el templo y se hacía con duplicado fervor y multiplicada faena. De este modo, por la sombra misma, revelábales el Señor a sus contrarios la verdad» (Homilía 39,3, sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 157-160

1. Isaías 38,1-6.21-22.7-8

a) Hoy leemos a Isaías por última vez, en esta serie de pasajes proféticos suyos.

El rey es ahora Ezequías, hijo de Acaz, mucho mejor que su padre. Pero enferma gravemente y se le anuncia la próxima muerte. El rey dirige entonces a Dios una hermosa oración. El salmo 38, que cantamos como responsorial, se suele identificar como esta oración de Ezequías: «yo pensé: en medio de mis días tengo que marchar hacia las puertas del abismo, me privan del resto de mis años». Y consigue de Dios la curación: «me has curado, me has hecho revivir».

Como le dice el profeta, Dios «atrasa el reloj diez grados»: le concede unos años más de vida. Ezequías es también el que consiguió hacer retroceder al general Senaquerib y sus ejércitos, cuando quería apoderarse de Palestina como paso hacia Egipto.

b) Nuestra oración es siempre escuchada, como la de Ezequías. No sabemos en qué dirección, pero siempre es eficaz, si nos pone en sintonía con el Dios que quiere la salvación de todos.

No hace falta que cada vez se atrase nuestro reloj o que sucedan cosas portentosas.

Como a él, también a nosotros nos dice: «He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas...

Os libraré... os protegeré».

Jesús nos urgió también a orar. Ante la constatación de que la mies era abundante y los obreros pocos, Jesús lo primero que nos dijo fue: «rogad, pues, al dueño de la mies que envíe operarios a su mies». Luego, tendremos que trabajar en la misma dirección de lo que pedimos: la paz del mundo, la abundancia de vocaciones, la solución de los problemas.

Pero la oración es la que nos pone en onda con Dios y su Espíritu. La que nos da fuerzas para seguir luchando y la que nos ayuda a trabajar en la dirección justa.

Si alguna vez nos sentimos desanimados en nuestra empresa o no vemos el final del túnel o la noche parece que no vaya a tener aurora, haremos bien en repetir la oración de Ezequías, el salmo 38, poniéndonos totalmente a disposición de Dios. Ojalá podamos experimentar como el salmista: «los que Dios protege, viven, y entre ellos vivirá mi espíritu; me has curado, me has hecho revivir».

2. Mateo 12,1-8

a) Según los evangelistas, la controversia con los fariseos se refería, una y otra vez, al tema del sábado.

Ciertamente, los fariseos exageraban en su interpretación: ¿cómo puede ser falta arrancar unas espigas por el campo y comérselas? Jesús defiende a sus discípulos y aduce argumentos que los mismos fariseos solían esgrimir: David, que da de comer a los suyos con panes de la casa de Dios, y los sacerdotes del Templo, que pueden hacer excepciones al sábado para ejercer su misión.

Pero la afirmación que más les dolería a sus enemigos fue la última: «el Hijo del Hombre es señor del sábado».

b) La lección nos toca también a nosotros, si somos legalistas y exigentes, si estamos siempre en actitud de criticar y condenar.

Es cierto. Debemos cumplir la ley, como lo hacía el mismo Jesús. La ley civil y la religiosa: acudía cada sábado a la sinagoga, pagaba los impuestos... Pero eso no es una invitación a ser intérpretes intransigentes. El sábado, que estaba pensado para liberar al hombre, lo convertían algunos maestros en una imposición agobiante. Lo mismo podría pasar con nuestra interpretación del descanso dominical, por ejemplo, que ahora el Código de Derecho Canónico interpreta bastante más ampliamente que antes: «se abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso («relaxationem») de la mente y del cuerpo» (CIC 1247).

Jesús nos enseña a ser humanos y comprensivos, y nos da su consigna, citando a Oseas: «quiero misericordia y no sacrificios». Los discípulos tenían hambre y arrancaron unas espigas. No había como para condenarles tan duramente. Seguramente, también nosotros podríamos ser más comprensivos y benignos en nuestros juicios y reacciones para con los demás.

«Celebraréis fiesta en honor del Señor, de generación en generación, para siempre» (1ª lectura I)
«Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles» (salmo I)
«Quiero misericordia y no sacrificios» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Isaías 38,1-6.21-22.7ss

Los capítulos 36-39, que cierran el libro atribuido al primer Isaías, son un añadido posterior llevado a cabo por el redactor después del exilio de Babilonia. Los hechos que allí se narran se remontan a los últimos años del siglo VIII a. de C., durante el reinado de Ezequías, y están documentados desde el punto de vista histórico tanto por el segundo libro de los Reyes como por textos asirios. El pasaje que examinamos se sitúa en el contexto precedente al asedio que el rey asirio Senaquerib puso a Jerusalén, unos quince años antes de la muerte del rey Ezequías. El relato de la gravísima enfermedad que aqueja al rey y de su curación milagrosa, mediante la intervención de Isaías, pone de relieve la actitud de confianza de Ezequías con Dios y con el profeta, que es reconocido por lo que es: portavoz de YHWH. Por otra parte, emerge el prestigio de Isaías y se exalta el poder que le viene de su fidelidad al mandato profético.

Ezequías reacciona al anuncio de su muerte inminente con una oración que, siguiendo el estilo de los salmos de súplica, apela a la misericordia de Dios. A él le presenta el rey su propia vida, una vida vivida con rectitud, rica en buenas obras; por consiguiente, siguiendo la doctrina de la retribución temporal, ¿cómo es posible que esta vida sea tan breve? La bondad de la oración del rey queda demostrada por el hecho de que es escuchada. Esa escucha se le hace saber por medio del profeta: Ezequías se curará y Jerusalén será liberada.

Evangelio: Mateo 12,1-8

El evangelista Mateo cuenta en este pasaje una de las numerosas controversias entre Jesús y los fariseos respecto a la observancia del precepto sabático. La Ley mosaica prescribía abstenerse de todo trabajo el día del sábado, aunque fuera particularmente urgente, como las labores del campo en tiempos de aradura y de cosecha (cf. Ex 20,8-11; 31,12-17; 34,21; Lv 23,3; Dt 5,12-15).

La antigua institución del sábado como día de reposo dedicado a Dios, que «descansó el día séptimo de todo lo que había hecho» (Gn 2,2), había tomado una gran importancia durante el exilio de Babilonia y en el período posterior, convirtiéndose, por tanto, en una ley férrea en el judaísmo hasta los tiempos de Jesús. El precepto del sábado, vivido al principio como día de alegría para todos (hombres, libres o esclavos, y animales), en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, y como anticipación del reposo escatológico, en el que toda criatura participará del reposo del mismo Dios (cf. Hb 4,9-11), el precepto del sábado, decíamos, se había transformado en una casuística opresora y vinculante de lo que estaba permitido y lo que estaba prohibido, una casuística en torno a la cual divergían las diferentes escuelas rabínicas.

La afirmación de Jesús «el Hijo del hombre es señor del sábado» (v. 8) tiene un alcance desconcertante. Afirma, en primer lugar, que tiene una autoridad superior a la de Moisés, en virtud de su relación especial con el Dios a quien se quiere honrar observando el precepto del sábado. El y sólo él puede establecer lo que es lícito y lo que no lo es. Jesús, revelador del amor del Padre, vuelve a situar al hombre en el centro del verdadero culto: rendir honor a Dios no puede ser separado del estar atentos al hombre, a quien Dios ha creado y ama. En consecuencia, no puede haber conflicto entre la ley religiosa y las exigencias del amor. La historia de Israel, dado que el carácter sagrado de los panes de la ofrenda no impidió a David y a sus hambrientos hombres alimentarse con ellos (vv. 3ss), lo confirma.

El Dios misericordioso busca la misericordia y no el sacrificio, como mostrará Jesús poco después curando al hombre de la mano atrofiada (Mt 12,9-13). Si los mismos sacerdotes deben infringir las normas del sábado para ejercer su ministerio (v. 5), tanto más pasarán éstas a segundo plano frente a las exigencias del amor al hombre, signo imprescindible del amor y de la obediencia al Dios del amor.

MEDITATIO

Es fácil intentar encerrar a Dios en un conjunto de reglas religiosas prácticas, que nos pongan en paz la conciencia aquí en la tierra y nos aseguren la vida eterna en el más allá. Es fácil porque da seguridad y ofrece un criterio de juicio inmediato entre lo que es justo y lo que no lo es. Facilita también, por tanto, la aproximación a los otros, que pueden ser etiquetados «objetivamente» como «justos» e «injustos» o como «buenos» y «malos». Como en tiempos de Jesús, se trata de una operación que tiene mucho éxito también hoy, en una época en la que tenemos tanta necesidad de puntos de referencia ciertos, controlables, pero en la que no estamos dispuestos a trabajar para formarnos una conciencia ilustrada, capaz de discernimiento, para aprender a acoger a cada persona en su inconfundible unicidad.

Jesús recuerda a los fariseos de ayer y de hoy que Dios es misericordia y que todo lo que se le ha atribuido o tiene los signos característicos de la misericordia o se le ha atribuido en falso. La Palabra de Dios, que siempre nos interpela de una manera personal, nos incita a proceder a una verificación: ¿es Jesús mi Señor? ¿O me construyo una religión propia, con ídolos y fetiches que -tal vez- tienen una apariencia devota, pero expresan el carácter pagano de mi corazón? Si nos las damos de señores de Dios y de su gracia, si planteamos la relación con él y con el prójimo sobre la base de la medida, siempre mínima, de la ley y del deber, terminaremos por excluir a Dios de la vida, declarándonos, de hecho, señores de nosotros mismos y de los otros, y nos encontraremos en la desnudez y en la necesidad de escondernos como Adán y Eva (cf. Gn 3,8-10). El grito lleno de confianza del rey Ezequías nos sirve de ejemplo: Dios no se deja vencer en generosidad; su misericordia rebosa sobre aquellos que confían en él y están dispuestos a dilatar su corazón a la medida del corazón de Dios.

ORATIO

Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Tú me has creado libre porque deseas mi amor, no mi sometimiento pasivo. Tú ves qué difícil me resulta vivir el don que me has dado: la libertad del amor me da miedo y muchas veces prefiero encerrarme en los angostos espacios de una ley sin corazón, desde cuyo interior emito graves sentencias sobre mis hermanos y me siento poderoso.

Me confío a ti, Señor, Dios misericordioso y fiel. Enséñame a olvidar mi despiadada «justicia» para hacerme un poco más semejante a ti y ser «sacramento» de tu misericordia, para los hermanos y hermanas que me des.

CONTEMPLATIO

El pueblo infiel, que abandonó los preceptos divinos porque se consideraba rico con aquella ley que no era más que sombra de los bienes futuros, y que hizo un mal uso de las riquezas adquiridas, fue arrancado de la tierra de los seres vivos, desarraigado y expulsado del sagrado tabernáculo. Se consideraba demasiado fuerte, puesto que confiaba en las vanidades humanas, a saber: en la gloria de su poder, en el oro del templo, en los preceptos de los hombres, según lo que había dicho el profeta: «Me veneran sin razón, enseñando doctrinas y preceptos humanos», y sustituyeron la Ley de Dios por la regla de la costumbre terrena, que ultraja a Dios (Hilario de Poitiers, Tractatus in Psalmum 51, citado en Riccheza e povertá nel cristianesimo primitivo, Roma 1998, p. 159).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Quieres misericordia, oh Señor» (cf. Mt 12,7).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Jesús, a causa de su amor por los hombres, está en lucha con los fariseos. ¿Qué quieren los fariseos en vez de los beneficios de todo tipo? Prodigios. Más que buenas acciones quisieran obras estrepitosas, obras que impresionen a su inteligencia, sin tender a la conversión de sus corazones. Intentan sustituir el amor de Jesús, que apela a sus posibilidades de generosidad y de amor, por un compromiso entre dos egoísmos, a saber: que Jesús acepte, por una parte, emprender una carrera gloriosa y, por otra, que renuncie a acechar sus comodidades.

Notemos que la vivacidad de las reacciones del Maestro se debe al hecho de que las malas intenciones de sus adversarios tienden a impedirle hacer el bien y a causar daño a aquellos a quienes profesa un afecto particular: los inválidos y menos favorecidos por la vida. Cuando algunos fariseos reprochan a los discípulos que arrancan espigas en día de sábado, interviene Jesús para justificar su acción: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Porque el Hijo del hombre también es señor del sábado».

Al dar esta respuesta a los sofismas que le planteaban, Jesús afirma no sólo su propia soberanía, que le permite hacer el bien en sábado, sino también el significado de esta soberanía. El sábado ha sido hecho para el hombre, y, puesto que el Mesías ha recibido todo poder sobre la humanidad, es señor de todo lo que ha sido puesto al servicio de los hombres, en especial del sábado. Es el amor a los hombres lo que rige todo, y a causa de este amor se enfrenta a los fariseos: Jesús quiere que el sábado, que había sido convertido en una institución importuna destinada a provocar oposiciones, sirva para testimoniar la bondad divina (J. Galot, Il cuore di Cristo, Milán 1992).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada

Oración colecta
Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad
a los que andan extraviados
para que puedan volver al buen camino,
concede a todos los cristianos rechazar
lo que es indigno de este nombre
y cumplir cuanto en él se significa.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Mira, Señor, los dones de tu Iglesia en oración,
y concede a los que van a recibirlos
crecer continuamente en santidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina, un nido donde colocar sus polluelos;
tus altares, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío.
Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre.
(Sal 83, 4-5)

O bien:
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mi y yo en él -dice el Señor-
(Jn 6, 56)

Oración post-comunión
Alimentados con esta eucaristía, te pedimos, Señor,
que cuantas veces celebramos este sacramento
se acreciente en nosotros el fruto de la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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