Viernes XVI Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Jer 3, 14-17: Os daré pastores conforme a mi corazón; esperarán en Jerusalén todas las naciones
- Salmo: Jer 31, 1010-12ab. 13: El Señor nos guardará como pastor a su rebaño
+ Evangelio: Mt 13, 18-23: El que escucha la Palabra y la entiende, ése dará fruto




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Jeremías 3,14-17: Os daré pastores conforme a mi Corazón; esperarán en Jerusalén todas las naciones. Restauración del reino de Judá e Israel. En la nueva era mesiánica no será necesaria la presencia del arca, como símbolo de la presencia de Yavé. Ahora toda la ciudad de Jerusalén podrá ser llamada trono de Yavé, porque Dios se hará sentir plenamente en ella. Es más esta nueva Jerusalén será el punto de convergencia de todos los pueblos. Tenemos reflejado aquí el universalismo mesiánico, como aparece también en Isaías y en Miqueas. El profeta presenta una nueva religión basada no en lo puramente externo, sino vinculada al corazón como punto de arranque. Es bien claro la alusión a los tiempos de Cristo con su culto litúrgico, centrado principalmente en la Eucaristía.

–Como salmo responsorial se han escogido algunos versos del capítulo 31 de Jeremías, que es una invitación a celebrar el retorno glorioso de Israel, la primera de las naciones en cuanto que ha sido escogida por Dios como heredad particular para que participara de sus beneficios materiales y espirituales. Se invita a la naciones a oír la palabra de Yavé y a que la den a conocer en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño. Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte. Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor. Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré en gozo su tristeza, los alegraré y aliviaré sus penas».

Mateo 13,18-23: El que escucha la palabra y la entiende ése dará fruto. Explicación de la parábola del sembrador. El reino de Dios comienza ya aquí abajo con las palabras sublimes, y al mismo tiempo sencillas, de Cristo. La acogida que se dé en el espíritu nos convertirán en ciudadanos del Reino.

Jesús se plantea el problema de los fracasos y de las resistencias que se oponen a su mensaje: ceguera de los escribas, entusiasmo superficial de las masas, desconfianza de los parientes, dureza de corazón, afición a las cosas del mundo, a las riquezas, a los honores, al poder. Pretende dar un sentido a esta incomprensión y lo descubre en la oposición entre el trabajo casi infructuoso del sembrador y la rica cosecha que se recogerá en el tiempo oportuno. Jesús piensa en su misión difícil y la analiza a la luz del juicio que se acerca. Dificultades las tuvo Cristo y las ha tenido la Iglesia en toda su historia, pero también ubérrimos frutos de santidad. San Efrén comenta:

«¿Quién es capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos que concentrara su reflexión» (Comentario al Diatésaron 1,18).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 183-186

1. Jeremías 3,14-17

a) En el juicio entablado por Dios contra su pueblo, ayer oíamos unas quejas amargas. Hoy, Dios les dice una palabra esperanzadora: «volved».

El esposo abandonado le abre el camino de la vuelta a su esposa infiel. Le da la posibilidad de rehabilitarse, de volver a la casa que nunca debió abandonar. Los verbos son a cual más esperanzadores: «volved... os escogeré... os traeré... os daré pastores...».

En el futuro no se hablará del Arca de la Alianza: o sea, no se volverá a repetir la experiencia del desierto, cuando viajaba el Arca con su pueblo, sin morada estable. Ahora, el Templo es un lugar seguro, fijo. Y en él, no apreciarán el Arca, sino la presencia de Dios mismo: «llamarán a Jerusalén Trono del Señor, por el nombre del Señor que está en Jerusalén».

El salmo prolonga esta perspectiva esperanzadora: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño».

b) Los cristianos leemos esta profecía de Jeremías sabiendo que, en Jesús, Dios ha hecho su morada entre nosotros. Y Jesús, antes de despedirse, nos aseguró: «yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». No le vemos, pero sabemos que el Señor Resucitado está con nosotros a lo largo del camino.

Si es el caso, también nosotros deberemos desandar el camino que nos haya alejado de Dios y volver a él, con el mismo amor que hemos tenido en nuestros mejores momentos de fe.

Oigamos como dicha para cada uno de nosotros la palabra de Dios: «volved, que yo soy vuestro dueño». Sea cual sea nuestra situación, siempre es posible el regreso. Una vez más se nos presenta Dios como el que perdona, y Jesús, como el que ha venido, no a condenar, sino a salvar.

Esta página nos asegura que tenemos solución, que este mundo tiene solución, que la juventud de hoy tiene solución, que nuestra comunidad tiene solución. La puerta, por parte de Dios, está abierta, como los brazos del padre para el hijo pródigo. Sus planes son de alegría y de vida: «Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas».

2. Mateo 13,18-23

a) Jesús explica otro aspecto de la parábola del sembrador: las diversas clases de terreno que suele encontrar la Palabra de Dios. Jesús mismo hace hoy la «homilía»: la aplicación de la Palabra a nuestra vida.

Los diversos terrenos que encuentra la semilla que sale de la mano del sembrador se describen muy claramente:

- la que cae al lado del camino y desaparece pronto por obra del maligno;
- la que cae entre piedras y no arraiga, porque es superficial e inconstante y ante cualquier dificultad sucumbe;
- la que se siembra entre zarzas y espinas, que no llega a prosperar por las diversas preocupaciones de la vida, sobre todo la de las riquezas;
- y, finalmente, la semilla que cae en tierra buena, la tierra de quien escucha y acoge la Palabra, y produce el ciento o el sesenta o el treinta por uno.

b) Dios quiere que, en nuestro terreno, su Palabra produzca siempre el ciento por ciento de fruto.

¿Nos atreveríamos a decir que es así? Bueno será que nos preguntemos cada uno por qué la semilla del Sembrador, Cristo, no produce todo el fruto que él espera: ¿estamos distraídos? ¿somos superficiales? ¿andamos preocupados por otras muchas cosas y no acabamos de prestar atención a lo que Dios nos dice? ¿tenemos miedo a hacer caso del todo a su Palabra?

A lo largo de las páginas del evangelio, se ve que la predicación de Jesús no en todos produce fruto: por superficialidad, hostilidad o inconstancia. Cuando, por ejemplo, Jesús les anunció el don de la Eucaristía -diciéndoles que sólo si creían en él, más aún, si le comían, iban a tener vida-, se le marchó un buen grupo de discípulos, asustados de lo que exigía el Maestro (Jn 6,60).

La Palabra que Dios nos dirige es siempre eficaz, salvadora, llena de vida. Pero, si no encuentra terreno bueno en nosotros, no le dejamos producir su fruto. ¿Se nos nota durante la jornada que hemos recibido la semilla de la Palabra y hemos recibido a Cristo mismo como alimento?

«Volved, hijos apóstatas, que yo soy vuestro dueño» (1ª lectura II)
«El Señor nos guardará como pastor a su rebaño» (salmo II)
«El que escucha la Palabra y la entiende, ése dará fruto» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 3,14-17

Después de las palabras de reprensión por el pecado de idolatría, he aquí la exhortación a convertirse dirigida por el profeta a sus contemporáneos. «Volved»: es la palabra-clave de la invitación al cambio de vida. Este último implicará, antes que nada, el reconocimiento de YHWH como único Señor, como verdadero guía del pueblo. Los reyes y los jefes, sus representantes, actuarán entonces de manera responsable, de acuerdo con su voluntad manifestada en la ley sinaítica (w. 14ss). A la exhortación le sigue la promesa de un futuro aún más espléndido que el pasado antes anhelado (cf. Jr 2,2ss), en el que Dios será el único rey de Jerusalén. Su presencia hará superflua la del arca de la alianza, cuya desaparición nadie echará de menos. El reconocimiento de la soberanía de Dios unirá a todos los pueblos, que, perdida la dureza de corazón, seguirán su voluntad y no sus propios proyectos (vv. 16ss).

Evangelio: Mateo 13,18-23

La explicación de la parábola del sembrador desplaza la atención desde aquel que esparce la semilla a las causas de su diferente recepción. Al explicitar la comparación, se pasa de la constatación del resultado, combatido aunque a fin de cuentas sorprendente, de la predicación del Reino de Dios por parte de Jesús y de los continuadores de su obra, a la consideración de los motivos que llevan a los oyentes a cerrarse o abrirse al anuncio y, por consiguiente, a la conversión.

El evangelista, releyendo la parábola de manera alegórica, pone de manifiesto que el fondo de la dureza de corazón es obra del maligno, del que es mentiroso desde el principio (cf. 1 Jn 2,22; 3,8). El hombre secunda esa obra cuando vive de modo que no permite a la Palabra de Jesús arraigar en su vida. De esta forma, distrae fácilmente su atención de ella y deja que los sufrimientos, las incomprensiones, las riquezas, ocupen todo el espacio de su corazón y de su mente. Da frutos abundantes, por el contrario, quien es dócil a la Palabra de Jesús: figura entre los «bienaventurados» (Mt 13,16) a los que ha sido revelado el misterio del Reino; figura entre los «pequeños» en los que se complace el Padre y a los que introduce en la comunión trinitaria (cf. Mt 11,25-27).

MEDITATIO

La Palabra del Señor nos invita hoy, con la imagen de los diferentes terrenos, a reconocer nuestra disponibilidad para acogerla. A la constatación de la presencia de obstáculos que impiden la obtención de un fruto abundante le sale al encuentro la llamada suave, pero insistente: «¡Vuelve! ¡Conviértete!». Allí donde nos encontremos, en cualquier lugar donde -tal vez- nos hayamos perdido, allí mismo somos buscados, porque interesamos profundamente a ese Dios que nos ama hasta tal punto que nos renueva el don de la vida cada día y que no nos quita la posibilidad de ser sus amigos, ni siquiera cuando nosotros mismos le decimos, de palabra o con hechos, que no queremos saber nada de él. Volver parece una derrota, una experiencia humillante; sin embargo, es el preludio de una sinfonía de vida verdadera, capaz de satisfacer los deseos más profundos e inexpresados.

Dios, nuestro Padre, continúa velando a la puerta de casa para captar la primera señal del regreso de su hijo, de cada uno de nosotros. Nuestra respuesta a la Palabra nace del dejarnos interpelar por la pregunta, como si nos la dirigiera el Señor: «Sea cual sea el "terreno" en el que reconoces estar, ¿quieres volver a mí?».

ORATIO

Gracias, Señor, por hacerme volver a ti. Tu voz, que con tanta suavidad me dice: «¡Vuelve!», me hace sentir todo el amor que me tienes, tu espera, tu deseo de mí. Tú me deseas más a mí que yo a ti. Si me alejo de ti, tú continúas buscándome; si no escucho tu voz, tú continúas esparciendo como semilla tu Palabra, de manera abundante. Si dejo caer tu invitación en la nada, tú me la renuevas cada día; más aún, en cada instante.

Gracias, Señor, por tu fidelidad. Me hace bien saber que eres así, no para alargar el tiempo de mi retorno sosegándome según mi conveniencia, sino para no desanimarme cuando me dé cuenta de que sigo preso en condicionamientos interiores y exteriores de los que todavía no me he liberado.

Gracias, Dios fiel, por continuar pronunciando tu Palabra para mí. Con la fuerza y el apoyo de tu Espíritu sé que puedo caminar por el camino de la conversión, del retorno a la verdadera casa tuya y mía. Y escuchar en ella tu voz con el corazón desembarazado de todo lo que hasta ahora me ha bloqueado para vivir como hijo, para llamarte y sentirte como eres: mi padre. Ahora comprendo, Dios mío, que ése es el fruto que puedo dar y que tú esperas de mí.

CONTEMPLATIO

Seremos verdaderamente dichosos si lo que escuchamos o cantamos lo ponemos también en práctica. En efecto, nuestra escucha representa la siembra, mientras que en las obras tenemos el fruto de la semilla. Quisiera exhortaron a no ir a la Iglesia y quedaros, después, sin dar fruto, es decir, a escuchar tantas hermosas verdades sin moveros, después, a obrar. Hermanos, no teníamos obras buenas, sino que todas eran malas. Sin embargo, aun siendo tales las obras de los hombres, no los abandonó la misericordia divina. Es más, Dios mismo envió a su Hijo a redimirnos al precio de su sangre. Ésa es la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, de una manera digna de la misma, para no ultrajar un don tan grande (Agustín, Sermón 23a, 1-4, en CCL 41, 321-323).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Vuelvo a ti, oh Dios: tú eres mi Señor».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Corazón duro. Así podemos sintetizar la situación de los terrenos incapaces de recibir la Palabra de la manera debida (camino, pedregal, espinas). Podemos plantear así nuestro problema: ¿cómo es que escuchamos las palabras justas y, después, cuando hemos salido de la iglesia, hacemos las equivocadas? Nos defendemos de la Palabra, porque la consideramos peligrosa, porque puede empujarnos a realizar gestos locos, ciertamente incómodos. No hemos de buscar la culpa en nuestra poca cultura (Jesús no eligió a los Doce entre los más cultos, ni tuvo la pretensión de que fueran licenciados), ni siquiera en nuestra indignidad (Jesús reveló una verdad que guardaba con gran celo nada menos que a una mujer de mala vida, la samaritana: «Soy yo, el que está hablando contigo».

La causa profunda hemos de buscarla en una actitud de fondo nuestra que está equivocada. Precisamente en nuestro corazón duro. El terreno ya está ocupado por nosotros mismos, por nuestros esquemas, por nuestros prejuicios, por nuestro «sentido común». Hemos de pensar si acaso no habremos contribuido también nosotros a volver «insólito» el Evangelio, cuando, en realidad, debíamos hacerlo habitual, común, en la vida de cada día, en medio del mundo, frente a cualquier situación. ¡Si nos tomáramos en serio la Palabra! ¡Si la lleváramos a la vida! De manera habitual. La Palabra de Dios, con nuestra colaboración, es capaz de realizar el milagro: hacer florecer el desierto. Hacer germinar la semilla hasta en medio del árido pedregal de este mundo (A. Pronzato, Vangeli scomodi, Turín 1983 [edición española: Evangelios molestos, Sígueme, Salamanca 1997]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario
dando gracias a tu nombre, que es bueno.
(Sal 53, 6. 8)

Oración colecta
Muéstrate propicio con tus hijos, Señor,
y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia,
para que, encendidos de fe, esperanza y caridad,
perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley.
Por nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Oh Dios,
que has llevado a la perfección del sacrificio único
los diferentes sacrificios de la antigua alianza,
recibe y santifica las ofrendas de tus fieles,
como bendijiste la de Abel,
para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros
en honor de tu nombre
sirva para la salvación de todos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente:
él da alimento a sus fieles.
(Sal 110, 4-5)

O bien:
Estoy a la puerta llamando -dice el Señor-:
si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.
(Ap 3, 20)

Oración post-comunión
Muéstrate propicio a tu pueblo, Señor,
y a quienes has iniciado en los misterios de tu reino
concédenos abandonar el pecado
y pasar a una vida nueva.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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