Sábado XVI Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Jer 7, 1-11: ¿Creéis que es una cueva de bandidos el templo que lleva mi nombre?
- Salmo: Sal 83, 3. 4. 5-6a y 8a. 11: ¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los Ejércitos !
+ Evangelio: Mt 13, 24-30: Dejadlos crecer juntos hasta la siega




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Jeremías 7,1-11: El templo no se puede convertir en una cueva de bandidos. El profeta interpela a los peregrinos junto al templo, denunciando la hipocresía de sus compatriotas y vaticinando la ruina del lugar santo. Los exhorta a practicar una religión comprometida, interior y sincera, no sólo un culto externo, aunque este también sea necesario. San Jerónimo así lo explica:

«Si han de pasar el cielo y la tierra, sin duda que pasará también todo lo terreno. Por consiguiente, los lugares de la cruz y de la resurrección aprovecharán sólo a quienes llevan su cruz y resucitan con Cristo cada día, a los que se hacen dignos de tan excelsa morada. Por el contrario, los que dicen: «el templo del Señor, el templo del Señor» (Jer 7,4), oigan al Apóstol... Vosotros sois templo de Dios y el Espíritu Santo mora en vosotros. La corte celeste está abierta lo mismo si se mira desde Jerusalén como si se mira desde Bretaña, pues el Reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21)» (Carta 58,3, a Paulino presbítero).

–El Salmo 83 expone los deberes del santuario del Señor: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos!» El alma del piadoso israelita se consume y anhela los atrios del Señor, su corazón y su carne retozan por el Dios vivo... Anhela vivir en la Casa del Señor, alabándolo siempre y encontrar su gozo y su alegría y toda su fuerza en Dios y en su culto auténtico. Por eso prefiere el umbral de la Casa del Señor a vivir con los malvados, y vivir un día en los atrios del Señor a mil en su propia casa.

El cristiano tiene muchos motivos para superar el fervor del piadoso israelita. El antiguo templo de Jerusalén era sólo un símbolo y signo de la presencia dinámica de Dios; pero el templo cristiano es la morada del Dios vivo, ya que allí está Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía. Allí se reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario. Todo esto es mucho más que lo que significaba el templo judío de Jerusalén.

Mateo 13,24-30: Dejadlos crecer juntos hasta la siega. Manifiesta la paciencia de Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y que viva. Dice Clemente de Alejandría:

«Si decimos, como se admite universalmente, que todas las cosas necesarias y útiles para la vida nos vienen de Dios, no andaremos equivocados. En cuanto a la filosofía, ha sido dada a los griegos como su propio testamento, constituyendo un fundamente para la filosofía cristiana, aunque los que la practican de entre los griegos se hagan voluntariamente sordos a la verdad, ya porque menosprecian su expresión bárbara, ya también porque son conscientes del peligro de muerte con que las leyes civiles amenazan a los fieles.

«Porque igual que la filosofía bárbara, también en la griega ha sido sembrada la cizaña (Mt 13,25) por aquel cuyo oficio es sembrar cizaña. Por esto nacieron las herejías juntamente con el auténtico trigo, y entre ellos, los que predican el ateísmo y el hedonismo de Epicuro, y todo cuanto se ha mezclado en la filosofía griega contrario a la recta razón, son fruto bastardo de la parcela que Dios había dado a los griegos...» (Stromata 6,8,67).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 187-191

1. Jeremías 7,1-11

a) Es valiente Jeremías, denunciando las falsas seguridades del pueblo y señalando su pecado.

Seguramente, se trata de un período de su misión profética que coincide con los tiempos de un rey como Joaquín, nada fiel a la religión, y de una sociedad decadente en sus costumbres y en su justicia social.

La falsa seguridad se basaba en un aprecio mal entendido del Templo. El profeta les grita que no deben considerarse a salvo porque visitan el Templo. ¿Es acaso un talismán que les va a librar de todo mal?: «Os fiáis de palabras engañosas que no sirven de nada».

Lo que tienen que hacer, además de apreciar el Templo, es vivir en su existencia de cada día lo que les pide la Alianza: juzgar rectamente a los demás, no explotar a los débiles, no derramar sangre inocente, no robar, no cometer adulterio y no adorar a dioses falsos, no «quemar incienso a Baal».

Si no, el Templo no les sirve de nada. Cuando Jesús arrojó a los vendedores del Templo, citó esta frase de Jeremías: «¿creéis que es una cueva de bandidos este templo que lleva mi nombre?».

b) Nosotros no nos escudamos en el Templo para buscar seguridades. Pero sí podemos tener otros puntos de apoyo psicológico, que estaríamos tal vez buscando como tapadera a nuestra conducta poco coherente.

Ni ser cristianos, o religiosos, o ministros de la comunidad, son, de por sí, una garantía de fidelidad o de salvación. Ni el decir unas oraciones o llevar medallas o participar en la Eucaristía, nos salvarán por eso solo. Jesús nos dijo que «no el que dice... sino el que cumple la voluntad de Dios». Jeremías nos advierte que la prueba de nuestra fidelidad no está en nuestras visitas al Templo que, naturalmente, son cosa buena -«¡qué deseables son tus moradas!»-, sino en la caridad, en la justicia, en nuestro trato con el prójimo y en nuestra fe en Dios, evitando quemar incienso al Baal de turno: «Atención, que yo lo he visto».

Dios dice a su pueblo que se conviertan, que cambien de conducta, y entonces sí que él estará también a gusto con ellos: «enmendad vuestra conducta y habitaré con vosotros en este lugar». Lo mismo podríamos pensar de nuestra Eucaristía, de nuestra comunión con Cristo y de su presencia continuada en el sagrario.

¿Nos sentimos denunciados por nuestra excesiva seguridad y conformismo en la vida cristiana? ¿entendemos la oración y la Eucaristía como algo que, además, compromete nuestra conducta a lo largo de la jornada, sobre todo en el terreno de la caridad y la justicia? No sólo se trata de ser cristianos, sino de vivir como cristianos, llegando a la síntesis entre la fe y la vida.

2. Mateo 13,24-30

a) Otra parábola tomada del campo y también relacionada con la semilla: el trigo que crece mezclado con cizaña.

Jesús les da a sus discípulos una lección de paciencia. Dios ya sabe que existe el mal, pero tiene paciencia y no quiere intervenir cada vez, sino que deja tiempo para que las personas cambien.

A lo largo del evangelio hay momentos en que los apóstoles se muestran impacientes e intolerantes. Como cuando en un pueblo no les recibieron: «Maestro, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo?». Juan el Precursor también usaba un lenguaje duro: «ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Lc 3,9). Pero Jesús mostró paciencia con los pecadores, y contó la parábola de la higuera a la que el dueño, antes de darla definitivamente por estéril, le concedió tiempo para ver si daba fruto.

El jueves de la próxima semana leeremos otra parábola de Jesús, la de la red del pescador que recoge peces buenos y malos, con la misma lección de paciencia que la de hoy.

b) En este mundo -y también en la Iglesia y dentro de cada uno de nosotros- conviven, de momento, el bien y el mal. Conviene que lo recordemos y no nos pongamos nerviosos.

Jesús nos dice que hay quien siembra cizaña en su campo. Más adelante (lo leeremos el martes de la semana próxima), él mismo nos explicará la parábola. Él habla de «un enemigo» que actúa de noche. No hay que extrañarse de que existan fuerzas opuestas al Reino de Jesús. Hay que tener paciencia y serán poco más tolerantes, no ser demasiado precipitados en nuestros juicios ni dejarnos llevar de un excesivo celo, queriendo arrancar a toda costa la cizaña. Si Dios tiene paciencia y concede a todos un margen de rehabilitación, ¿quiénes somos para desesperar de nadie y para tomar medidas drásticas, con un corazón sin misericordia?

Si, pero ¿y el escándalo? ¿y el mal que pueden hacer los «malos» en la comunidad? No es que Jesús nos invite a no luchar contra el mal, o que no nos advierta que hemos de saber discernir lo que es trigo y lo que es cizaña, lo que son ovejas y lo que son lobos. Sino que nos avisa que no seamos impacientes, que no condenemos ni tomemos la justicia por nuestra mano. Eso lo dejamos a Dios, para cuando él crea llegado el momento, «cuando llegue la siega». Y, por tanto, no nos ponemos en una actitud de queja continua ni de condena sistemática de los demás, buscando una comunidad perfecta y elitista, o como los fariseos, que se creían los perfectos y juzgaban a los demás.

Dios no es ciego. Ve el mal, ve a los malos. Pero tiene paciencia. Todo tiene su tiempo.

Jesús come con los pecadores y publicanos, y consigue, a veces, su conversión. El Reino ya está actuando, aunque no lo parezca y conviva, de momento, con el mal. La Iglesia no es la comunidad de los ya perfectos. Es la comunidad de los que van camino de la salvación, luchando contra el mal en sí mismos y en el mundo. Con respeto a la situación personal y al ritmo de maduración de cada uno. Como hizo Jesús.

«Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones, y habitaré con vosotros en este lugar» (1ª lectura II)
«¿Quieres que vayamos a arrancar la cizaña? No, que podríais arrancar también el trigo» (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 9-17 Años Pares). , Vol. 6, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Jeremías 7,1-11

La Palabra del Señor manda a Jeremías a la entrada del templo, lugar santo por excelencia, por ser morada de Dios. El profeta condena la hipocresía de los que se acercan por allí queriendo dar culto a Dios, mientras transgreden sus mandamientos.

Nadie puede considerarse a salvo del castigo divino sólo porque entra en el templo y ofrece sacrificios, cuando, a renglón seguido, es injusto, mata, roba, comete adulterio, jura en falso y mantiene una práctica sincretista de la fe (vv 5-10). Ya es absurdo sólo pensar que Dios pueda mostrar connivencia con tales acciones abominables. El ve las obras que realiza cada uno. El templo es el lugar santo porque Dios está presente: quien entre en él debe vivir de manera conforme a esa santidad. Pero si alguien es malo, hace malo el lugar más santo, y eso no puede dejar de merecer el castigo de Dios (v 11).

Suena de nuevo la llamada a la conversión. Consiste ésta en mejorar la propia conducta y las propias acciones, es decir, en vivir según los mandamientos de Dios: juzgar según la justicia, establecer relaciones sociales equitativas y respetuosas con cada uno, abandonar todo compromiso con la idolatría (vv. 3-5).

Evangelio: Mateo 13,24-30

La segunda parábola propuesta por Jesús presenta también una siembra llevada a cabo por dos sembradores. El primero siembra buena semilla, el otro siembra semilla de plantas nocivas que se mezclarán con el trigo. Jesús compara el Reino de Dios -por consiguiente, la Iglesia (que es su inicio) y, en sentido lato, toda la humanidad- con este campo en el que conviven el trigo y la cizaña. Si el instinto de los criados les lleva a eliminar de inmediato el elemento nocivo, la lógica del dueño es diametralmente opuesta. Jesús nos presenta de este modo el corazón del Padre: así como el dueño del campo deja que crezcan juntas las plantas nuevas y las nocivas, que sólo serán separadas en el tiempo de la siega para seguir una suerte diferente, así Dios tampoco interviene para desarraigar el mal que está presente en la Iglesia y en el mundo -en última instancia en el corazón del hombre-, y sólo en el momento del juicio se hará evidente quién ha obrado el bien y quién ha obrado el mal. La acción del maligno, puesta ya de manifiesto en la explicación de la parábola del sembrador (cf. Mt 13,19), es acogida aquí en el despliegue de la historia.

Al exceso de celo de quien quisiera ver triunfar el bien y está dispuesto por ello a eliminar violentamente en nombre de Dios tanto el mal como al que lo hace, se contrapone la tolerancia del Padre, que, lejos de ser mero pacifismo o indiferencia, conoce los tiempos de crecimiento y el corazón de cada uno. Como cantaba ya estupefacto el autor del libro de la Sabiduría (11,23): «Tú tienes compasión de todos, porque todo lo puedes, y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan».

A la mentalidad de los «puros», que no quieren entrar en contacto con los «impuros», se contrapone la del Dios tres veces Santo que ama al pecador, come con él, lo abraza y celebra una fiesta por el retorno a casa (cf. Lc 15,11-24).

MEDITATIO

El mal es tan evidente y sus consecuencias nefastas nos afectan del tal modo que nace en nosotros de una manera espontánea la rebelión. Constatar la imposibilidad de defendernos de él nos hace gritar: ¿no podría Dios erradicar el mal de una vez por todas, eliminando el sufrimiento provocado por las enfermedades, y también por la prepotencia, por el egoísmo de tantos...? ¿No podría morir el que hace tanto daño y siembra dolor, evitando la muerte injusta de tantos? Estas preguntas brotan del dolor y del sentido de impotencia que nos hace experimentar el mal. Dios no parece responder, del mismo modo que tampoco dio una respuesta inmediata al grito de Jesús crucificado, sino «tres días después» con la resurrección. El misterio del mal nos hace reflexionar sobre la paciencia de Dios, una paciencia incómoda asimismo para el que padece viendo sufrir a sus hijos, aunque tampoco puede disminuir el don más grande que nos ha hecho: la libertad.

Por nuestra parte, hemos de preguntarnos cómo usamos esa libertad: si la ponemos al servicio del bien o del mal. No es posible llegar a un compromiso, y cuando llegue el momento de encontrarnos cara a cara con Dios se hará manifiesto a todos la opción que hayamos tomado. No ha de servirnos de máscara una religiosidad que se limita a prácticas exteriores, pero sin que el corazón se implique en ella. La pregunta que más tiene que ver con nosotros, entonces, no es tanto: «¿Por qué existe el mal?»; sino: «¿Qué hago yo para desarrollar el bien?».

ORATIO

Tu paciencia, Dios mío, tiene algo de escandaloso. Me resulta incomprensible. Va contra tus mismos intereses, en especial cuando tolera que el mal marque a tu Iglesia de manera llamativa: ¿acaso no la has constituido para que sea testigo de tu santidad? Con el corazón siempre dispuesto a señalar la viga en el ojo ajeno, aunque incapaz de aceptar tener que quitar la paja del propio, no comprendo tu modo de actuar, tal vez porque intuyo, y con razón, que me propones hacer lo mismo. Estoy aquí, hoy, rezándote, porque sé que no soy capaz, instintivamente, de tener esta paciencia si no te pido lo que dijiste que nunca negarías: el Espíritu Santo, uno de cuyos frutos es precisamente la paciencia.

Haz, Señor, por medio de tu Espíritu, que yo comprenda lo que cuenta de verdad, a saber: que el bien se difunda, crezca, se vigorice. Hazme comprender que el mal no se arranca a fuerza de juicios, que, en el fondo, no me cuesta nada pronunciar, sino empezando yo mismo a no darle cobijo en mi corazón. «Hacer el bien» es algo más que una intención piadosa: ayúdame, Señor, a mejorar la calidad de mis relaciones con los otros, a hacer transparentes mis acciones y sincera mi profesión de fe. Junto a ti, Señor, que yo te alabe con mi misma vida.

CONTEMPLATIO

Volved al Señor, vuestro Dios, de quien os alejasteis por el mal que hicisteis, y no desesperéis nunca del perdón por la gravedad de las culpas, porque la infinita misericordia las cancelará todas, por muy graves que sean. El Señor es, en efecto, bueno y misericordioso. Prefiere la penitencia a la muerte del pecador. Es paciente y rico en compasión y no imita la impaciencia de los hombres;

más aún, espera durante mucho tiempo nuestra conversión. Está plenamente dispuesto a perdonar y a arrepentirse de la sentencia condenatoria que había preparado para nuestros pecados. Si nos arrepentimos del mal que hayamos hecho, también él se arrepentirá de la decisión de castigo que había adoptado y del mal con el que nos había amenazado. Si cambiamos de vida, también él cambiará la sentencia que había predispuesto. Cuando decíamos que nos había amenazado con el mal, no nos referíamos, a buen seguro, a un mal moral, sino a una pena debida justamente a quien ha faltado. Después de que el Señor nos haya concedido su bendición y haya perdonado nuestros pecados, podremos ofrecer nuestros sacrificios a Dios (Jerónimo, Comentario a Joel, en PL 25, 967ss).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Tú lo ves todo, Señor» (cf. Jr 7,11).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La cualidad esencial para vivir en comunidad es la paciencia: reconocer que nosotros mismos, los otros y toda la comunidad necesitamos tiempo para crecer. Nada se hace en un solo día. Para vivir en comunidad es preciso saber aceptar el tiempo y amarlo como a un amigo. Es terrible ver a algunos jóvenes, entusiastas, que tenían como un gran ideal compartir con los otros y llevar una vida comunitaria, perder en unos cuantos años las ilusiones, sentirse heridos, volverse irónicos, después de perder todo el gusto por entregarse, y quedar encerrados en movimientos políticos o en las ilusiones del psicoanálisis. Eso no quiere decir que la política o el psicoanálisis carezcan de importancia. Ahora bien, resulta triste que algunas personas se cierren porque se han sentido desilusionadas o porque no han podido aceptar sus límites. Hay falsos profetas entre los que viven en comunidad. Esos tales atraen y estimulan los entusiasmos, pero por falta de sensatez o por orgullo llevan a los jóvenes a la desilusión. El mundo comunitario está lleno de ilusiones, y no siempre resulta fácil distinguir lo verdadero de lo falso, sentir si crecerá el buen grano o si vencerán las malas hierbas.

Si pensáis fundar comunidades, rodeaos de mujeres y de hombres sensatos, que sepan discernir. Pido perdón a todos aquellos que han venido a mi comunidad o a nuestras comunidades del Arca llenos de entusiasmo y se han sentido desilusionados por nuestra falta de apertura, por nuestros bloqueos, por nuestra falta de verdad y por nuestro orgullo (J. Vanier, La communitá, luogo del perdono e della festa, Milán 1980 [edición española: La comunidad, lugar del perdón y de la fiesta, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1998]).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida.
Te ofreceré un sacrificio voluntario
dando gracias a tu nombre, que es bueno.
(Sal 53, 6. 8)

Oración colecta
Muéstrate propicio con tus hijos, Señor,
y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia,
para que, encendidos de fe, esperanza y caridad,
perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley.
Por nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
Oh Dios,
que has llevado a la perfección del sacrificio único
los diferentes sacrificios de la antigua alianza,
recibe y santifica las ofrendas de tus fieles,
como bendijiste la de Abel,
para que la oblación que ofrece cada uno de nosotros
en honor de tu nombre
sirva para la salvación de todos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Ha hecho maravillas memorables, el Señor es piadoso y clemente:
él da alimento a sus fieles.
(Sal 110, 4-5)

O bien:
Estoy a la puerta llamando -dice el Señor-:
si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.
(Ap 3, 20)

Oración post-comunión
Muéstrate propicio a tu pueblo, Señor,
y a quienes has iniciado en los misterios de tu reino
concédenos abandonar el pecado
y pasar a una vida nueva.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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