Lunes XVII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ex 32, 15-24. 30-34: Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo haciéndose dioses de oro
- Salmo: Sal 105, 19-20. 21-22. 23: Dad gracias al Señor porque es bueno
+ Evangelio: Mt 13, 31-35: El grano de mostaza se hace un arbusto y vienen los pájaros a anidar en sus ramas




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Éxodo 32, 15-24,30-34: El pecado de idolatría del pueblo. El becerro de oro. Dos concepciones de religión: una falsa y otra verdadera. Una que adora a las criaturas, llamemos ídolos, honores, riquezas, prestigio, fama...; y otra que adora al verdadero Dios en Jesucristo, que nos dejó el culto al que hemos de dedicarnos con la reactualización sacramental de su sacrificio redentor en la celebración de la Eucaristía, en los demás sacramentos y sacramentales, todo dirigido por su Iglesia santa.

Al final de esa lectura Moisés intercede por su pueblo prevaricador. Comenta San Agustín:

«El pueblo de Dios, después de haber visto tantos prodigios y milagros..., no obstante todo esto, pidió un ídolo, lo exigió, lo hizo, lo adoró y le ofreció sacrificios. Indica Dios a su siervo lo hecho por el pueblo y promete hacerlo desaparecer delante de sus ojos. Intercede Moisés... ; se adhiere a los pecadores y pide por ellos. ¿Y cómo pide? ¡Gran prueba de amor, hermanos! ¿Cómo pide? Ved aquella prueba de amor materno del que hemos hablado con frecuencia.

«Cuando Dios amenazaba al pueblo sacrílego, se estremecieron las piadosas entrañas de Moisés y se puso en su lugar ante la ira de Dios: «Señor, dijo, si le perdonas el pecado, perdónaselo; de lo contrario bórrame del libro que has escrito» (Ex,32,31-32). ¡Con qué entrañas a la vez paternales y maternales, con cuánta seguridad dijo esto, confiando en la justicia y misericordia de Dios!. Para que siendo justo no perdiera al justo, y siendo misericordioso perdonara a los pecadores» (Sermón 88).

–El Salmo 105 nos ofrece materia para meditar y reflexionar aún más sobre el contenido de la lectura anterior: «Dad gracias al Señor, porque es bueno... En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición, cambiaron su gloria por un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su Salvador... Dios hablaba ya de aniquilarlos, pero intercedió Moisés...» El Salmo es un poema histórico que sintetiza la historia de Israel. Nosotros tenemos mucho que aprender de él. También nos hacemos con frecuencia ídolos de fundición: el poder, las riquezas, los honores, la fama..., y miles de manifestaciones del amor propio. Pero Dios, siempre misericordioso, nos aguarda, espera la hora de la conversión, del arrepentimiento, como el Padre esperaba al hijo pródigo de la reina de las parábolas. Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia, nos enseña San Pablo.

Mateo 13,31-35: El grano de mostaza se hace arbusto... Así el Reino de los cielos, pequeño al principio y luego esplendoroso. San Juan Crisóstomo comenta esta parábola:

«¿Quiénes, pues, y cuántos serán los que crean? A fin de quitarles este temor, incítalos a la fe por medio de esta parábola del grano de mostaza y les hace ver que, de todos modos, se propagaría la predicación del Evangelio. De ahí que les ponga delante la imagen de una legumbre muy propia para el objeto que el Señor se proponía... Quiso el Señor dar una prueba de su grandeza, pues así exactamente sucederá con la predicación del Reino de Dios. Y, a la verdad, los más débiles, los más pequeños entre los hombres, eran los discípulos del Señor; mas como había entre ellos una fuerza grande, desplegóse ésta y se difundió por todo el mundo» (Homilía 46,2 sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 194-198

1. Éxodo 32,15-24.30-34

a) La escena de hoy nos relata el pecado del pueblo de Israel, el más emblemático de su larga historia de infidelidades a Yahvé: la construcción y adoración del becerro de oro. El pueblo se cansa fácilmente, no soporta la ausencia de Moisés («ese Moisés que nos sacó de Egipto, no sabemos qué le ha pasado») y pide «un dios que vaya delante de nosotros». No se sabe si el pecado consistió en adorar a otros dioses, o que se atrevieron a representar a Yahvé en forma de becerro, en contra de lo que estaba severamente prohibido, para evitar el peligro de los dioses falsos: hacer imágenes de Dios.

Por la debilidad de Aarón y de otros responsables, se llega a la escena que leemos hoy, con la ruidosa fiesta en torno al becerro y la ira de Moisés, que rompe las tablas de la Alianza y tritura el becerro hasta convertirlo en polvo y hacerlo beber con agua al pueblo (acción simbólica de cómo la idolatría penetra hasta lo más profundo del ser humano).

La escena termina con un gesto magnífico de Moisés, que sube de nuevo al monte para interceder por su pueblo, pidiendo el perdón de Dios. Hasta tal punto, que le dice: «o perdonas a tu pueblo o me borras del libro de tu registro». Dios escucha a Moisés. El castigo llegará a su tiempo (no entrarán en la tierra prometida), pero, de momento, sigue la historia de la liberación.

El salmo es un eco de la lectura, describiendo cómo «en Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición, cambiaron su gloria por la imagen... Dios hablaba de aniquilarlos, pero Moisés se puso en la brecha frente a él».

b) Podemos aplicarnos la lectura de hoy, pensando si imitamos la ligereza del pueblo de Israel. ¿Nos hacemos dioses a nuestra medida? A los israelitas les gustaban más los dioses que habían abandonado en Egipto o los de los pueblos que iban encontrando en el camino.

Querían un dios visible, no invisible.

Puede ser que también nosotros nos fabriquemos ídolos a nuestro gusto, más permisivos, sin tantas exigencias de conducta moral según la Alianza. O bien, nos hacemos una imagen de Dios, o de Cristo, a nuestra medida.

¿Cuál es nuestro «becerro de oro» preferido, al que, de alguna manera, rendimos culto, más o menos a escondidas? Tendríamos que ser consecuentes con la Alianza y deshacernos de nuestros ídolos.

También podemos espejarnos en Moisés. Como él, tal vez sufrimos por la pérdida de la fe y por los ídolos que se adoran en torno nuestro. No romperemos tablas de la ley ni trituraremos becerros, pero sí podemos tener la tentación de dejarlo correr y de abandonar la tarea de la evangelización o del testimonio cristiano.

¿Cómo reaccionamos ante el mal que vemos en la sociedad o en la Iglesia? ¿somos capaces de compaginar nuestro disgusto con la solidaridad y la súplica ante Dios? ¿hubiéramos subido, como Moisés, de nuevo al monte a interceder ante Dios, haciendo causa común con esta humanidad? ¿oramos por nuestros contemporáneos, o sólo se nos ocurre criticarlos? ¿sabemos ser tolerantes y perdonar, o somos de los precipitados que quisieran arrancar en seguida la cizaña que crece en el campo?

Gracias a la oración de Moisés, Dios perdonó y continuó conduciendo a su pueblo por el desierto. Dios no condena definitivamente. Deja margen a la rehabilitación. Tiene paciencia.

2. Mateo 13,31-35

a) Estamos todavía en el capítulo de las parábolas de Jesús: esta vez, dos muy breves, la del grano de mostaza y la de la levadura en el pan.

Un grano de mostaza se convierte en una planta respetable. La intención es clara: Dios parece elegir lo pequeño e insignificante, pero luego resulta que, a partir de esa semilla, llega a realizar cosas grandes.

La levadura también es pequeña, pero puede hacer fermentar toda una masa de harina y permite elaborar un pan sabroso.

Es el estilo de Dios. No irrumpe espectacularmente en el mundo, sino a modo de una semilla que brota y germina silenciosamente y se convierte en planta. Como la levadura, que, también silenciosamente, transforma la masa de harina.

b) Esta manera de actuar de Dios, a partir de las cosas sencillas, se ha visto sobre todo con Jesús. Se encarnó en un pueblo pequeño (a su lado había otros como Egipto, Grecia y Roma), y se valió de personas sin gran cultura ni prestigio (no recurrió a los sumos sacerdotes o doctores de la ley). Pero el Reino que él sembró, a pesar de que fue rechazado por los dirigentes de su tiempo, se ha convertido en un árbol inmenso, que abarca toda la tierra, transformando la sociedad y produciendo frutos admirables de salvación.

También en nuestros días tenemos la experiencia de cómo sigue obrando Dios. Con personas que parecen insignificantes. Con medios desproporcionados. Con métodos nada solemnes ni milagrosos, pero eficaces por su fuerza interior. Y suceden maravillas, porque lo decisivo no son los medios y las técnicas humanas, sino Dios, con su Espíritu, quien da fuerza a esa semilla o a esos gramos de levadura.

La Eucaristía que celebramos es algo muy sencillo. Unos cristianos que nos reunimos, que escuchamos lo que Dios nos quiere decir, y realizamos ese gesto tan sencillo y profundo como es comer pan y beber vino juntos, que el mismo Jesús nos ha dicho que son su Cuerpo y Sangre. Pero esa Eucaristía es como el fermento o el grano que luego fructifica -debería fructificar- durante la jornada, transformando nuestras actitudes y nuestro trabajo.

Tal vez nos gustarían más las cosas espectaculares. Pero «el Reino está dentro» (Lc 17,20), y no fuera. Y, si le dejamos, produce abundante fruto y transforma todo lo que toca.

Como es increíble lo que puede producir un granito pequeño sembrado en tierra, es increíble y esperanzador lo que puede hacer la semilla del Reino -la Palabra de Dios, la Eucaristía- en nuestra vida y en la de los demás, si somos buen fermento y semilla dentro del mundo.

«Este pueblo ha cometido un pecado gravísimo, pero ahora perdona su pecado» (1a lectura I)
«Dad gracias al Señor porque es bueno» (salmo I)
«El Reino de los Cielos se parece a la levadura» (evangelio).

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