Sábado XVII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Lv 25, 1. 8-17: El año jubilar cada uno recobrará su propiedad
- Salmo: Sal 66, 3-3. 5. 7-8: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben
+ Evangelio: Mt 14, 1-12: Herodes mandó decapitar a Juan, y sus discípulos fueron a contárselo a Jesús




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Levítico 25, 1.8-17: Año jubilar. Cada cincuenta años hay que celebrar un jubileo a las deudas. Jesús, comentando una página del profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret, proclamará el año de gracia del Señor, que traerá el perdón de los pecados (Lc 4,21). Será un año jubilar espiritual. Cristo enfoca su ministerio como un verdadero año jubilar. Lo pone de manifiesto en muchas ocasiones (Mt 11,2-6; Lc 1,77; cf. Ef 1,7). Lo manifiesta de modo particular por su poder de perdonar los pecados, cosa que irrita a sus enemigos (Mt 9,6). El ministerio público de Jesucristo será, en efecto, una serie ininterrumpida de liberaciones, curaciones, perdón de deudas y de pecados. Esto mismo confía a sus apóstoles y a sus sucesores: obispos y presbíteros. El sacramento de la penitencia es un gran regalo hecho por Cristo a su Iglesia. Hemos de acercarnos frecuentemente a él con verdadero espíritu, con dolor de haber ofendido a Dios, con arrepentimiento de todos los pecados.

–Esto debe movernos a dar gracias a Dios y alabarlo como se hace con el Salmo 66: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben... El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros... que canten de alegría las naciones... que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe».

Es como el padrenuestro del Antiguo Testamento. Lo que se pretende con este Salmo es que Dios sea reconocido como Señor universal de toda la tierra. Es lo que pedimos en el padre ha mostrado al Padre. Rostro misericordioso y sereno que ilumina a cuantos creen en Él. En Cristo hemos conocido la benignidad de Dios, su infinita misericordia, siempre dispuesta al perdón. Todos los pueblos están llamados a dar gracias al Señor a alabarlo, porque a todos llama Él a la salvación y los hace partícipes de sus bendiciones.

Mateo 14,1-12: Juan decapitado por Herodes. Sus discípulos acuden a Cristo». El Bautista muere como víctima de la prioridad de lo político sobre lo espiritual, del instinto sobre el espíritu. San Jerónimo dice:

«Juan Bautista, que había venido con el espíritu y la fuerza de Elías, quien había reprendido a Ajab y a Jezabel, reprocha a Herodes y Herodías, por haber contraído matrimonio ilícito, porque en vida de su hermano no le estaba permitido casarse con la hermana de éste. Prefirió arriesgarse a perder el favor del rey antes que adularlo olvidando los preceptos de Dios... Temía una sedición del pueblo a causa de Juan, sabía Herodes que él había bautizado a numerosas multitudes en el Jordán, pero lo vencía el amor de la mujer cuyo ardor le había hecho descuidar los preceptos de Dios...

«Herodías, temiendo que un día Herodes se arrepintiera o que se reconciliara con su hermano Filipo y que un repudio dejara sin efecto su matrimonio ilícito, aconseja a su hija que pida de inmediato en pleno banquete la cabeza de Juan: digno premio de sangre por la digna obra de una bailarina... Excusa su crimen pretextando el juramento; bajo el manto de la piedad deviene el impío... Quiere que todos participen en su crimen para que se presenten alimentos sangrientos en el banquete de la lujuria y la impureza... La que bailó pide como precio sangriento la cabeza del profeta, para tener en su poder la lengua que censuraba un matrimonio ilícito. Esto sucedió literalmente. Pero nosotros hasta hoy vemos en la cabeza del profeta Juan a Cristo, Cabeza de profetas, a quien los judíos hicieron perecer» (Comentario al Evangelio de Mateo 1-11).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 215-219

1. Levítico 25,1.8-17

a) A la lista de fiestas de ayer hay que añadir la de hoy: el Jubileo, cada cincuenta años.

Cada siete semanas de años, y empezando en la fiesta de la Expiación, se celebraba en Israel un año especial, del que tenemos pocas noticias en la Biblia, y que está de actualidad por el Jubileo del año 2000 convocado por Juan Pablo II.

Sus características son interesantes, sobre todo desde el punto de vista social: cada uno recobra la propiedad de lo que había enajenado; las tierras vuelven a la familia, se condonan las deudas, los esclavos son liberados («promulgaréis manumisión en el país»), incluso el campo descansa en barbecho durante ese año. De ahí que los precios de los campos o de las cosas variasen mucho, según si era inminente o lejano el año jubilar.

El Jubileo tenía, pues, para los judíos un sentido religioso, de culto a Dios; pero, también, un carácter social, de una justicia igualitaria, que contribuye a que las propiedades no se vayan acumulando en unas pocas manos y todos tengan con qué vivir.

b) Los cristianos no hemos seguido esta costumbre de los años jubilares hasta muy tarde. El año 1300, el papa Bonifacio VIII lo proclamó por primera vez. A partir de entonces, se han ido celebrando cada cincuenta años, al principio y, luego, cada veinticinco.

Juan Pablo II, con su carta «Tertio millennio adveniente», nos ha convocado a todos a un Jubileo con ocasión de los dos mil años del nacimiento de Jesús y el inicio del tercer milenio. En Jesús se cumple la plenitud de los tiempos, en él llegan al sentido más pleno los años y las fiestas, la salvación y la alegría. Como él dijo en su primera homilía de Nazaret, «hoy -en mí- se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír: el año de gracia del Señor» (Lc 4,21). Los Jubileos del AT se cumplen en él, que es un año de gracia continuado para nosotros.

El Papa, en su carta, resumía lo que leemos hoy en el Levítico sobre la igualdad social que persigue el Jubileo (TMA 11-13), destacando la «emancipación de todos los habitantes necesitados de liberación», porque «el año jubilar debía devolver la igualdad entre todos los hijos de Israel, abriendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal»; y «la justicia, según la ley de Israel, consistía, sobre todo, en la protección de los débiles».

Por tanto, el Jubileo debería servir para el restablecimiento de la justicia social. A la vez que nos gozamos de que todo ese año sea como un «sacramento de la gracia salvadora de Dios», recogemos el espíritu social del Levítico. Iniciativas como la condonación de deudas al Tercer Mundo, la ayuda económica del 0'7, la aportación personal y la valiosa colaboración de las diversas clases de voluntariado a los países más pobres, serían buenos pasos hacia una justicia social más concreta, para que la distancia entre países ricos y pobres no vaya agrandándose, como hasta ahora, sino reduciéndose. Y eso, tanto en el nivel internacional como en la distribución de bienes en el nacional.

En el fondo, un Jubileo es un homenaje a Dios, dueño del tiempo y del cosmos, que quiere que todos puedan vivir de sus dones. El culto a Dios va siempre unido a la justicia para con sus hijos, sobre todo los más débiles. Por una parte, podemos cantar con el salmo: «la tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios»; pero, por otra, no podemos olvidar su voluntad de que seamos justos con los demás: «porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra».

No estará mal que, en torno al Jubileo del año 2000, cada uno conceda «amnistía» a los que tenga, por así decirlo, «presos» o «secuestrados», y contribuya, en su ambiente familiar o comunitario, a un mejor reparto de los bienes de Dios. Como nos lo recomienda el Levítico: «nadie perjudicará a uno de su pueblo: teme a tu Dios, yo soy el Señor vuestro Dios».

2. Mateo 14,1-12

a) A Jesús le espera el mismo destino que a su precursor, Juan el Bautista. Un profeta auténtico no sólo es rechazado en su tierra -como decía Jesús ayer-, sino que ese rechazo termina, muchas veces, con la muerte.

A Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, hijo de Herodes el Grande (el de los inocentes de Belén), lo que oye contar de Jesús le recuerda a Juan el Bautista. No tiene la conciencia tranquila, porque le había hecho matar en la cárcel, por instigación de Herodías.

b) La figura del Bautista es recia y admirable, en su coherencia, en la lucidez de su predicación y de sus denuncias.

También en eso es Precursor de Jesús. Es valiente y comprometido. Dice la verdad, aunque desagrade.

Es figura, también, de tantos cristianos que han muerto víctimas de la intolerancia por el testimonio que daban contra situaciones inaguantables. Los profetas mudos prosperan. Los auténticos suelen terminar mal.

Jesús nos dijo que debíamos ser luz y sal y fermento de este mundo. O sea, profetas. Profetas son los que interpretan y viven las realidades de este mundo desde la perspectiva de Dios. Por eso, muchas veces, tienen que denunciar el desacuerdo entre lo que debería ser y lo que es, entre lo que Dios quiere y lo que los intereses de determinadas personas o grupos pretenden.

Un cristiano deberá estar dispuesto a todo. Ya anunció Jesús a los suyos que los llevarían a los tribunales, que los perseguirían, que los matarían. Como a él. Y, sin embargo, vale la pena ser coherentes y dar testimonio del mensaje de Jesús en nuestro mundo, empezando por nuestra familia, grupo o comunidad.

«Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación» (salmo I)
«Juan le decía que no le estaba permitido vivir con la mujer de su hermano» (evangelio).

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