Jueves XVIII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Nm 20, 1-13: Ábreles tu tesoro, la fuente de agua viva
- Salmo: Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»
+ Evangelio: Mt 16, 13-23: Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los cielos




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Números 20, 1-13: Ábreles tu tesoro, la fuente de aguas vivas. El pueblo se queja a Moisés por faltar el agua. Y Dios le indica que haría brotar agua de la roca. El pueblo tiene sed y murmura. Pone en duda la presencia de Dios. El simbolismo del agua ocupa un lugar importante en la vida del pueblo elegido y en el mismo Cristo.

También en nuestros días tiene esto una plena realidad, no obstante tantísimos adelantos como hay. Hay épocas, temporadas e incluso años de sequía. Esto es más vivo en la época en que se escribió este libro bíblico. El pueblo debió experimentar con frecuencia, durante su vida en el desierto (Ex 17; Num 20), y en la misma Jerusalén en la que sólo había una fuente, la bendición que significa para él el descubrimiento de un punto de agua. De ahí que el tema del agua viva sea uno de los más evocadores de la presencia de Dios en su pueblo (Sal 45-46; Is 30,25; 35,4-7; 41,15-18; Ez 47; Zac 13,1). Es Cristo quien distribuye el agua viva, don de su propia vida (Jn 7,37-38;1 Cor 10,1-11), agua llena del Espíritu.

–El oráculo divino del Salmo 94 sigue siendo actual. «¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!... No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto». El hoy de la misericordia de Dios brilla sobre nosotros. San Pablo también cita este salmo al invitar a la conversión a los cristianos:

«Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros un corazón malo e incrédulo, que se aparte del Dios vivo; antes exhortaos mutuamente cada día, mientras perdura el hoy, a fin de que ninguno se endurezca con el engaño del pecado. Porque hemos sido hechos participantes de Cristo en el supuesto de que hasta el fin conservemos la firme confianza del principio; mientras se dice: Si hoy oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la rebelión» (Carta a los Hebreos 3,12-15).

Mateo 16,15-23: Tú eres Pedro, te daré las llaves del Reino de los cielos. Pedro proclama en nombre de los Doce su fe en que Jesús es el Mesías y Éste lo proclama dichoso y le anuncia su futura misión en la Iglesia. Muchas veces ha comentado San Agustín este pasaje evangélico:

«Él les dijo: «Los hombres que pertenecen al hombre dicen esto y aquello; pero vosotros, hombres ciertamente, que pertenecéis al Hijo del Hombre, ¿quién decís que soy yo?» Entonces respondió Pedro, uno por todos, la unidad en todos: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo». Cristo encarece su humildad; Pedro confiesa la majestad de Cristo. Era justo y conveniente que fuera así. Escucha, Pedro, lo que Cristo se hizo por ti y tú di quien se hizo Hijo del Hombre por ti. «¿Quién dice la gente que soy yo, el Hijo del Hombre?» ¿Quién es Este que por ti se hizo Hijo del Hombre?... «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo». Yo, dijo, recomiendo mi humildad; tú reconoce mi divinidad. Yo digo que me he hecho por ti; di tú cómo te hice a ti (Hebreos 3,12-15):» (Sermón 306, D).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 236-241

1. Números 20,1-13

a) Desde luego, es terco este pueblo y difícil de contentar. Además, olvidadizo: pronto han olvidado lo que ha hecho Dios -y su siervo Moisés- durante su liberación de Egipto y el camino a la tierra prometida.

El desierto resulta realmente incómodo, y cuando no falta una cosa falta otra. Hoy es el agua para las personas y para el ganado lo que lleva a un nuevo brote de rebelión y protesta. Es el último episodio que leemos del Libro de los Números, porque mañana pasaremos al Deuteronomio.

Moisés y Aarón, siguiendo la inspiración de Dios, obtienen agua de la roca. Lo que parecería que termina con el problema: Dios, una vez más, se ha mostrado benigno con su pueblo.

Pero esta página contiene, seguramente, otras intenciones. Por ejemplo, justificar el nombre de aquel lugar, «Meribá», que significa «litigio, pleito, contestación». Y, sobre todo, explicar un hecho difícil de entender: ¿por qué Moisés y Aarón, los grandes guías del éxodo, no pudieron entrar en la tierra prometida, a pesar de su ardiente deseo? No sabemos bien en qué consistió el «pecado» de Moisés. Aquí parece como si Dios le reprochara el haber dudado de él, al golpear dos veces la roca o no haber dado testimonio muy seguro ante el pueblo. Mientras que en otros pasajes (como los capítulos 1 y 3 del Deuteronomio) parece que la culpa es del pueblo. Lo cierto es que no entraron en Canaán, como no entró la generación del desierto. También María, la hermana de Moisés y Aarón, ha muerto.

b) Situaciones parecidas pueden suceder en nuestra vida: descontento contagioso, protestas, ingratitud, olvido de lo bueno para fijarse sólo en lo malo.

Veamos cómo reaccionan Moisés y Aarón: van a la tienda del encuentro a rezar a Dios.

También nosotros deberíamos saber «orar nuestros disgustos», verlo todo desde Dios: no con un ánimo ofendido, a partir de nuestros sentimientos más o menos lastimados, sino buscando la voluntad de Dios y el bien del pueblo, no nuestro propio honor o prestigio.

Tal vez, nuestro pecado sea también la falta de fe («¿creéis que podemos sacaros agua de esta roca?»). La duda. Que, en cierto modo, es normal que nos asalte en diversos momentos de la vida. La duda no es necesariamente mala. Los mejores creyentes -basta recordar, además de Moisés, a Abrahán o a Jeremías- tienen momentos en que no lo ven todo claro, más aun, en que se les eclipsa la cercanía de Dios y quedan perplejos. Pero siempre superan la crisis con la oración. Como Jesús en la dramática escena de Getsemaní.

Además, experimentar en nuestra propia carne la duda y el desánimo nos puede ayudar a ser más comprensivos con los demás: con un joven que ha perdido la fe, con un grupo que va teniendo altibajos, con una comunidad llena de defectos. Todo eso nos recuerda que no son nuestras fuerzas las que van a salvar al mundo. Sino la gracia, siempre activa, de Dios.

2. Mateo 16,13-23

a) La página de Mateo es doble: contiene una alabanza de Jesús a Pedro, constituyéndolo como autoridad en su Iglesia y, a la vez, una reprimenda muy dura al mismo Pedro, porque no entiende las cosas de Dios.

Ante todo, la alabanza. Jesús pregunta (hace una encuesta) sobre lo que dicen de él: unos, que un profeta, o que el mismo Bautista. Y, ante la pregunta directa de Jesús («y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»), Pedro toma la palabra y formula una magnífica profesión de fe: «tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Jesús le alaba porque ha sabido captar la voz de Dios y, con tres imágenes, le constituye como autoridad en la Iglesia, lo que luego se llamará «el primado»: la imagen de la piedra (Pedro = piedra = roca fundacional de la Iglesia), la de las llaves (potestad de abrir y cerrar en la comunidad) y la de «atar y desatar».

Pero, a renglón seguido, Mateo nos cuenta otras palabras de Jesús, esta vez muy duras. Al anunciar Jesús su muerte y resurrección, Pedro, de nuevo primario y decidido, cree hacerle un favor: «no lo permita Dios, eso no puede pasarte»; y tiene que oír algo que no olvidará en toda su vida: «quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar: tú piensas como los hombres, no como Dios». Antes le alaba porque habla según Dios. Ahora le riñe porque habla como los hombres. Antes le ha llamado «roca y piedra» de construcción.

Ahora, «piedra de escándalo» para el mismo Jesús.

b) En nosotros pueden coexistir una fe muy sentida, un amor indudable hacia Cristo y, a la vez, la debilidad y la superficialidad en el modo de entenderle.

No se podía dudar del amor que Pedro tenía a Jesús, ni dejar de admirar la prontitud y decisión con que proclama su fe en él. Pero esa fe no es madura: no ha captado que el mesianismo que él espera (fruto de la formación religiosa recibida) no coincide con el mesianismo que anuncia Jesús, que incluye su muerte en la cruz.

Todos tendemos a hacer una selección en nuestro seguimiento de Cristo. Le confesamos como Mesías e Hijo de Dios. Pero ya nos cuesta más entender que se trata de un Mesías «crucificado», que acepta la renuncia y la muerte porque está seriamente comprometido en la liberación de la humanidad. No nos agrada tanto que sus seguidores debamos recorrer el mismo camino. Como a Pedro, nos gusta el monte Tabor, el de la transfiguración, pero no, el monte Calvario, el de la cruz. A Jesús le tenemos que aceptar entero, sin «censurar» las páginas del evangelio según vayan o no de acuerdo con nuestra formación, con nuestra sensibilidad o con nuestros gustos.

Más tarde, ayudado en su maduración espiritual por Cristo, por el Espíritu y por las lecciones de la vida, Pedro aceptará valientemente la cruz: cuando se tenga que presentar ante las autoridades que le prohíben hablar de Jesús, cuando sufra cárceles y azotes, y, sobre todo, cuando tenga que padecer martirio en Roma. Valió la pena la corrección que Jesús le dedicó.

«Moisés y Aarón fueron a la tienda del encuentro y se echaron rostro en tierra» (1a lectura I)
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios» (evangelio)
«Tú piensas como los hombres, no como Dios» (evangelio).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Dios mío, dígnate librarme;
Señor, date prisa en socorrerme.
Que tú eres mi auxilio y mi liberación:
Señor, no tardes.
(Sal 69, 2. 6)

Oración colecta
Ven, Señor, en ayuda de tus hijos;
derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican,
y renueva y protege la obra de tus manos
en favor de los que te alaban como creador y como guía.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Santifica, Señor, estos dones,
acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual
y a nosotros transfórmanos en oblación perenne.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Nos has dado pan del cielo, Señor,
que brinda toda delicia y sacia todos los gustos.
(Sb 17, 20)

O bien:
Yo soy el pan de vida.
El que viene a mi no pasará hambre
y el que cree en mí no pasará sed -dice el Señor-.
(Jn 6, 35)

Oración post-comunión
A quienes has renovado con el pan del cielo,
protégelos siempre con tu auxilio, Señor,
y, ya que no cesas de reconfortarlos,
haz que sean dignos de la redención eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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