Sábado XVIII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Dt 6, 4-13: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón
- Salmo: Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza
+ Evangelio: Mt 17, 14-19: Si tuvierais fe, nada os sería imposible




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana X-XVIII del Tiempo Ordinario. , Vol. 5, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Deuteronomio 6, 413: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón. Jesús reiterará a sus discípulos que en esto consiste el primero y el más grande mandamiento. Comenta San Agustín:

«La ley contiene muchos preceptos; aquella misma ley que recibe el nombre de decálogo tiene diez. Pero son como los diez preceptos generales a los que han de referirse todos los demás, innumerables por cierto... No te envió a cumplir muchos preceptos; ni siquiera diez, ni siquiera dos; la sola caridad los cumple todos. Pero la caridad es doble; hacia Dios y hacia el prójimo. Hacia Dios, ¿en qué medida? Con todo.

«¿A qué se refiere ese todo? No al oído, o a la nariz, o a la mano, o al pie. ¿Con qué puede amarse de forma total? Con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente. Amarás la fuente de la Vida con todo lo que en ti tiene vida. Si, pues, debo amar a Dios con todo lo que en mí tiene vida, ¿qué me reservo para poder amar al prójimo? Cuando se te dio el precepto de amar al prójimo no se te dijo «con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente», sino «como a ti mismo». Has de amar a Dios con todo tu ser, porque es mejor que tú, y al prójimo como a ti mismo, porque es lo que eres tú» (Sermón 179,A).

–Sigue la misma idea en el Salmo 17: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza... Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte... Viva el Señor...sea ensalzado mi Dios y Salvador». El Señor nos sigue con un rostro lleno de amor y de misericordia, con el poder del Espíritu. En la Carta a los Hebreos se dice:

«No os habéis allegado al monte tangible, al fuego encendido, al torbellino, a la oscuridad, a la tormenta, al sonido de la trompeta y a la voz d las palabras, que quienes las oyeron rogaron que no se les hablase más...Pero vosotros os habéis allegado al Monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, a la Jerusalén celestial... y al Mediador de la nueva Alianza, Jesús...» (12,18-19.22.24).

Habría que traducir: «yo te amo entrañablemente, desde lo más íntimo de mi ser». Con estas palabras se expresa el sentido de lo preceptuado en Deuteronomio 6,4, según la lectura anterior.

Mateo 17,14-19: Si tuvierais fe, nada os será imposible. Con ocasión de la curación del epiléptico, Jesús recomienda siempre la fe. La incredulidad no puede hacer milagros. Pero la fe es capaz de obtener de Dios grandes cosas. San Juan Crisóstomo dice:

«La Escritura nos muestra que este hombre era muy débil en la fe, Muchas circunstancias nos patentizan esta debilidad de fe: el haberle dicho Cristo «para el que cree todo es posible»; la respuesta misma del hombre a Cristo «Señor, ayuda a mi incredulidad»; el haber mandado al demonio que no volviera a entrar en el enfermo. Y otra prueba de poca fe es haber dicho el hombre a Cristo: «Si puedes»...

–«Mas si la falta de fe del padre –me dirás– fue la causa de que el demonio no saliera del enfermo, ¿cómo es que el Señor reprende a sus discípulos?

–«Porque quiere hacerles ver que podían ellos mismos, sin contar con los que se les acercaban, curar en muchas ocasiones con sola su fe. Porque así como muchas veces ha bastado la fe del suplicante para recibir la gracia aun de taumaturgos inferiores, así otras muchas ha bastado la fuerza del taumaturgo, aun sin la fe de los que se les llegaban, para obrar el milagro... De uno y otro caso se muestran ejemplos en la Escritura» (Homilía 57,3 sobre San Mateo).

San Agustín comenta:

«Nuestro Señor Jesucristo... reprochó la infidelidad hasta en sus mismos discípulos... Si los apóstoles eran incrédulos, ¿quién puede llamarse creyente?... No obstante, ni siquiera cuando eran incrédulos los abandonó la misericordia del Señor, sino que los censuró, los nutrió, perfeccionó y coronó. Pues también ellos, conscientes de su debilidad le dijeron: «Señor, auméntanos la fe» (Lc 17,5). La primera cosa útil era la ciencia, saber de qué estaban escasos; la gran felicidad saber a quien lo pedían... Ved si no llevaban sus corazones como a la fuente y llamaban para que se les abriera y los llenara. Quiso que se llamase a la puerta, no para rechazar a los que lo hicieran, sino para ejercitar sus deseos» (Sermón 80,1).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 245-248

1. Deuteronomio 6,4-13

a) «Cuidado: no olvides al Señor que te sacó de Egipto». La preocupación de Moisés, en su testamento, es que el pueblo tiene poca memoria: olvida fácilmente lo que Dios ha hecho.

El encargo último de Moisés es: «escucha, Israel», «shema, Israel», que es la oración principal de los judíos, aún hoy. Una oración que recitan los creyentes tres veces al día. El «shema» es el resumen de toda la espiritualidad del pueblo israelita. Es la actitud de apertura a Dios, de escucha de su palabra.

La consecuencia tiene que ser ésta: «amarás al Señor tu Dios con todo el corazón».

Amarle: no sólo obedecerle, o temerle, o intentar aplacarle. Amarle. Es la única respuesta al amor inmenso que Dios ha mostrado a su pueblo a lo largo de esos cuarenta años y ante la perspectiva de un don como el que les va a hacer, la tierra prometida.

b) Cuando a Jesús le preguntaron cuál era el mandamiento principal, no dudó en responder con esta cita del Deuteronomio: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...

Este es el mayor y el primer mandamiento». A éste une estrechamente el otro: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37-39). He aquí el testamento de Moisés y el encargo fundamental de Jesús: que amemos a Dios.

Probablemente, necesitamos que se nos vuelva a recordar: «cuidado, no olvides al Señor... al Señor tu Dios temerás, a él solo servirás». El mundo nos invita a otros altares y a otros cultos, con ídolos más o menos atrayentes. Pero nuestro Dios, el que luego se ha mostrado como el Padre de nuestro Señor Jesús, es el único que nos ha amado de veras y está pidiendo nuestro amor indivisible.

La consigna de los judíos es también nuestra: «escucha, cristiano», ponte en actitud de apertura hacia ese Dios que te dirige su palabra. Es la única palabra que te ayudará a encontrar el camino verdadero.

Hoy podemos recitar, cada uno, el salmo: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza...Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. Viva el Señor, bendita sea mi Roca...».

2. Mateo 17,14-19

a) Al bajar del monte, después de la escena de la transfiguración -que no hemos leído-, Jesús se encuentra con un grupo de sus apóstoles que no han sido capaces de curar a un epiléptico.

Jesús atribuye el fracaso a su poca fe. No han sabido confiar en Dios. Si tuvieran fe verdadera, «nada les sería imposible». Después, «increpó al demonio y salió, y en aquel momento se curó el niño».

b) ¡Cuántas veces fracasamos en nuestro empeño por falta de fe! Tendemos a poner la confianza en nuestras fuerzas, en los medios, en las instituciones. No planificamos con la ayuda de Dios y de su Espíritu.

Jesús nos avisó: «sin mí no podéis hacer nada». Apoyados en él, con su ayuda, con un poco de fe, fe auténtica, curaríamos a más de un epiléptico de sus males. El que cura es Cristo Jesús. Pero sólo se podrá servir de nosotros si somos «buenos conductores» de su fuerza liberadora. Como cuando Pedro y Juan curaron al paralítico del Templo.

La de cosas increíbles que han hecho los cristianos (sobre todo, los santos) movidos por su fe en Dios. Tener fe no es cruzarse de brazos y dejar que trabaje Dios. Es trabajar no buscándonos a nosotros mismos, sino a Dios, motivados por él, apoyados en su gracia.

«Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón» (1a lectura I)
«Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza» (salmo I)
«Si vuestra fe fuera como un grano de mostaza, nada os sería imposible» (evangelio).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Dios mío, dígnate librarme;
Señor, date prisa en socorrerme.
Que tú eres mi auxilio y mi liberación:
Señor, no tardes.
(Sal 69, 2. 6)

Oración colecta
Ven, Señor, en ayuda de tus hijos;
derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican,
y renueva y protege la obra de tus manos
en favor de los que te alaban como creador y como guía.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Santifica, Señor, estos dones,
acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual
y a nosotros transfórmanos en oblación perenne.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Nos has dado pan del cielo, Señor,
que brinda toda delicia y sacia todos los gustos.
(Sb 17, 20)

O bien:
Yo soy el pan de vida.
El que viene a mi no pasará hambre
y el que cree en mí no pasará sed -dice el Señor-.
(Jn 6, 35)

Oración post-comunión
A quienes has renovado con el pan del cielo,
protégelos siempre con tu auxilio, Señor,
y, ya que no cesas de reconfortarlos,
haz que sean dignos de la redención eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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