Viernes XIX Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ez 16, 1-15. 60. 63: Tu belleza era completa con las galas con que te atavié; y te prostituiste
- 1ª Lectura: Ez 16, 59-63: Me acordare de la alianza que hice contigo, y tú te sonrojarás
- Salmo: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6: Ha cesado tu ira y me has consolado
+ Evangelio: Mt 19, 3-12: Por lo tercos que sois os permitió Moisés divorciaros de vuestras mujeres; pero al principio no era así




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Ezequiel 16,1-15.60.63: Dios bondadoso otorga sus bienes, pero el hombre los rechaza. Resumen de la historia de Israel, que es mimado por Dios, pero él no le corresponde. Castigo y perdón, pues Dios, que es infinito en todo, lo es también en su amor misericordioso.

El amor de Yahvé por Jerusalén se manifiesta como una elección personal, como un don del corazón, como instituciones, culto... Se trata de una comunión total, y nada en la vida de la ciudad es ignorado por el amor y la gracia divina. Por todo esto, la infidelidad de Jerusalén es particularmente grave. Ningún pueblo ha sido tan favorecido por Dios, por lo cual son menos culpables que Jerusalén. ¿Qué decir de la vida cristiana, de nuestra elección a la vida de la gracia, a la íntima unión con Dios, a pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo? Nuestras infidelidades son más graves que las de Jerusalén.

–Como Salmo responsorial se han escogido algunos versos de Isaías 12: «Ha cesado tu ira y me has consolado». Por eso el piadoso profeta exulta de gozo: «El Señor es mi Dios y Salvador; en Él confío y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor. Él fue mi salvación. De la Fuente de la Salvación saco agua, es decir, de su Sagrado Corazón. Doy gracias, invoco su nombre, cuento a los pueblos sus hazañas, proclamo que su nombre es excelso...¡Qué grande es el Señor en medio de nosotros!».

–Mateo 19,3-12: Matrimonio indisoluble y exaltación del celibato. Dios quiere que marido y mujer estén unidos como una sola carne. Nadie es quien para cambiar el sentido de unas palabras tan claramente enunciadas: «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre», aunque este hombre fuese Moisés. San Juan Crisóstomo dice:

«Mirad la sabiduría del Maestro. Preguntado si es lícito abandonar a la mujer, no responde a bocajarro: «No, no es lícito», con lo que podían alborotarse y turbarse sus preguntantes. No; antes de pronunciar su sentencia, pone la cuestión en evidencia por el hecho mismo de la Creación, haciendo así ver que el mandato venía también de su Padre, y que, si Él mandaba aquello, no era por oponerse a Moisés. Pero mirad cómo no lo afirma solo por el hecho mismo de la Creación, sino por el mandamiento mismo de su Padre. Porque no solo dijo que Dios hizo un solo hombre y una sola mujer, sino que mandó también que uno solo se uniera con una sola. Si Dios, en cambio, hubiera querido que el hombre pudiera dejar a una y tomar a otra, después de hacer un solo varón, hubiera formado muchas mujeres. Pero, la verdad es que tanto por el modo de la Creación como por los términos de su Ley, Dios demostró que uno solo ha de convivir con una sola para siempre y que jamás puede romperse la unión» (Homilía 62,1, sobre San Mateo).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 267-271

1. Ezequiel 16,1-15.60.63 (16,59-63)

a) La queja de Dios contra su pueblo se expresa hoy con una fuerte parábola que podríamos llamar «la parábola de la niña expósita», una alegoría escrita con gran realismo, que puede chocar un poco a nuestros oídos, pero que está escrita con un lenguaje poético y expresivo de lo que son las relaciones entre Dios y su pueblo. La historia de un amor no correspondido.

Una niña que Dios ha encontrado abandonada de todos y la adopta. La descripción de los favores con que rodea a esta niña, hasta convertirla en una mujer madura y hermosa, está cargada de detalles muy humanos. Pero ella, al verse llena de atractivo, se olvida de su bienhechor y se prostituye con cualquiera de los que pasan a su lado: olvida a su Dios y se va con los dioses falsos.

Yahvé es el Esposo, Israel la esposa, en la línea de la comparación esponsal que siguen otros profetas como Jeremías y Oseas. La niña es Jerusalén, que al principio era una ciudad pagana y sin importancia, pero que Dios eligió como su ciudad, sobre todo con David, y la hizo grande y famosa. Y cuando podía esperar amor de ella, se encontró con una esposa infiel. La parábola resume toda la historia del pueblo de Israel, esposa casquivana y prostituida, infiel al amor de Dios.

(Si en vez de esa parábola, se prefiriera la lectura alternativa, el mensaje es el mismo: Israel es la muchacha que ha sido infiel, y que se tendría que sonrojar, porque ha faltado a la Alianza que había prometido a Yahvé, su Esposo).

b) La parábola no se dirige sólo a Israel. Se puede aplicar a la Iglesia, el nuevo Israel, que ha sido adornada por Dios con dones todavía más extraordinarios que el primero.

Como comunidad eclesial, ¿hemos sido siempre, y estamos siendo ahora mismo, una esposa fiel a Cristo, orgullo del Esposo? ¿o también nosotros, en otras épocas de la historia, o en la actualidad, se podría decir que estamos flirteando con otros dioses (poder, dinero, prestigio)?

También puede aplicársenos personalmente. Porque Dios ha puesto sus ojos en nosotros y se ha hecho ilusiones sobre lo que podíamos hacer para colaborar en la salvación de este mundo. ¿Le somos fieles? ¿seguimos a Cristo Jesús con rectitud de intención? Pablo expresaba así su convicción de cómo Dios nos amó primero: «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo: por gracia habéis sido salvados» (Ef 2,4).

La Palabra de Dios se proclama para que nos la apliquemos a nuestra vida. Cada uno debería hacerse esta pregunta: ¿he cometido adulterio, faltando a la fidelidad para con Dios? Más aún, ¿me he prostituido, siguiendo al primero que me ofrece algo apetecible, según la moda del momento? Cada uno sabe su propia historia.

La voz del profeta termina con un arco iris de perdón: «haré contigo una alianza eterna... cuando yo te perdone todo lo que hiciste». Y es que el amor de Dios no tiene límites. Sigue enamorado, sigue deseando que volvamos a él de nuestros desvíos y escapadas. Y por eso el salmo ya piensa en la reconciliación: «ha cesado tu ira y me has consolado... el Señor es mi Dios y salvador, confiaré y no temeré... dad gracias al Señor, invocad su nombre».

2. Mateo 19,3-12

a) Terminado ya el «discurso eclesial» del cap. 18, siguen unas recomendaciones de Jesús en su camino a Jerusalén: esta vez, la célebre cuestión del divorcio.

La pregunta no es acerca de la licitud del divorcio, que era algo admitido. Sino sobre cuál de las dos interpretaciones era más correcta: la amplia de algunos maestros como Hillel, que multiplicaban los motivos para que el marido pudiera pedir el divorcio (no aparece que lo pueda pedir la mujer), o la más estricta de la escuela de Shammai, que sólo lo admitía en casos extremos, por ejemplo el adulterio.

Jesús deja aparte la casuística y reafirma la indisolubilidad del matrimonio, recordando el plan de Dios: «ya no son dos, sino una sola carne: así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre». Al mismo tiempo, negando el divorcio, Jesús restablece la dignidad de la mujer, que no puede ser tratada, como lo era en aquel tiempo, con esa visión tan machista e interesada. La excepción que admite («no hablo de prostitución») no se sabe bien a qué se puede referir. Pero lo que sí queda muy claro es el principio de que «lo que Dios ha unido el hombre no lo separe».

b) Cristo toma en serio la relación sexual, el matrimonio y la dignidad de la mujer. No con los planteamientos superficiales de su tiempo y de ahora, buscando meramente una satisfacción que puede ser pasajera. En el sermón de la montaña (lo veíamos el viernes de la semana décima) ya desautorizaba el divorcio. Aquí apela a la voluntad original de Dios, que comporta una unión mucho más seria y estable, no sujeta a un sentimiento pasajero o a un capricho.

El plan es de Dios: él es quien ha querido que exista esa atracción y ese amor entre el hombre y la mujer, con una admirable complementariedad y, además, con la apertura al milagro de la vida, en el que colaboran con el mismo Dios.

Lo cual nos recuerda la necesidad de que lo tomemos en serio también nosotros, dentro de la comunidad eclesial: la preparación humana y psicológica del matrimonio, su celebración, su acompañamiento después... El amor que quiere Dios es estable, fiel, maduro.

Si el matrimonio se acepta con todas las consecuencias, no buscándose sólo a sí mismo, sino con esa admirable comunión de vida que supone la vida conyugal y, luego, la relación entre padres e hijos, evidentemente es comprometido, además de noble y gozoso. Como era difícil lo que nos pedía Jesús ayer: perdonar al hermano. Como es difícil tomar la cruz cada día y seguirle.

Podríamos completar hoy nuestra escucha de la Palabra bíblica leyendo lo que el Catecismo dice sobre «el matrimonio en el Señor» (CEC 1612-1617); valora el matrimonio cristiano desde su simbolismo del amor de Dios a Israel y de Cristo a su Iglesia, y alude también, con la cita de ese pasaje de Mt 19, a la cuestión del divorcio.

La lección de la fidelidad estable vale igualmente para los que han optado por otro camino, el del celibato. De eso habla hoy Jesús cuando afirma que hay quien renuncia al matrimonio y se mantiene célibe «por el Reino de los Cielos». Como hizo él. Como hacen los ministros ordenados y los religiosos: no para no amar, sino para amar más y de otro modo. Para dedicar su vida entera -también como signo-, a colaborar en la salvación del mundo. El celibato lo presenta Jesús como un don de Dios, no como una opción que sea posible a todos.

«Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (salmo II)
«Haré contigo una alianza eterna, cuando yo te perdone todo lo que hiciste» (1a lectura II)
«Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (evangelio).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Piensa, Señor, en tu alianza,
no olvides sin remedio la vida de tus pobres.
Levántate, oh Dios, defiende tu causa,
no olvides las voces de los que acuden a ti.
(Sal 73, 20. 19. 22. 23)

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
a quien podemos llamar Padre,
aumenta en nuestros corazones el espíritu filial,
para que merezcamos alcanzar
la herencia prometida.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor,
los dones que le has dado a tu Iglesia
para que pueda ofrecértelos,
y transformarlos en sacramento de nuestra salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Glorifica al Señor, Jerusalén,
que te sacia con flor de harina.
(Sal 147, 12.14)

O bien:
El pan que yo daré es mi carne
para vida del mundo -dice el Señor-.
(Jn 6, 51)

Oración post-comunión
La comunión en tus sacramentos nos salve, Señor,
y nos afiance en la luz de tu verdad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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