Sábado XXIII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Tm 1, 15-17: Vino al mundo para salvar a los pecadores
- Salmo: Sal 112, 1-2. 3-4. 5a y 6-7: Bendito sea el nombre del Señor por siempre
+ Evangelio: Lc 6, 43-49: ¿Por qué me llamáis «Señor, Señor» , y no hacéis lo que digo?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Timoteo 1,15-17: Vino para salvar a los pecadores. San Pablo se considera el primero de ellos. Comenta San Agustín:

«Se había extraviado el hombre por su libre albedrío; vino el Dios hombre por su gracia liberadora. ¿Quieres saber lo que vale para el mal el libre albedrío? Centra tu atención en el hombre pecador. ¿Quieres saber lo que vale el auxilio del Dios hombre? Considera la gracia liberadora que hay en Él. En ningún lugar se pudo manifestar y expresar más claramente que en el primer hombre el poder real de la voluntad humana usurpada por la soberbia, para evitar el mal sin la ayuda de Dios. He aquí que pereció el primer hombre; pero, ¿dónde estaría si no hubiera venido el segundo? Porque era hombre aquél es hombre también éste... Con toda seguridad, en ningún lado aparece la benignidad de la gracia y la libertad de la omnipotencia de Dios como en el hombre mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (Sermón 174,2).

–Con esta consideración de nuestra liberación del pecado, cantamos al Señor, llenos de alegría, con el Salmo 112: «Bendito sea el nombre del Señor por siempre... Alabemos el nombre del Señor. Desde la salida del sol hasta el ocaso alabado sea el nombre del Señor. El Señor se eleva sobre todos los pueblos, su gloria sobre el cielo. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro, que se abaja para mirar al cielo y a la tierra? Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre». En realidad desvalidos y sentados en la basura estábamos nosotros por el pecado y nos alzó a la vida de la gracia y nos hizo coherederos suyos de la gloria.

Lucas 6,43-49: No solo en decir: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21). Oigamos a San Juan Crisóstomo:

«Si no me hubiera retenido el amor que os tengo, no hubiera esperado hasta mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo al Señor: Señor, hágase tu voluntad, no lo que quiera éste o aquél, sino lo que Tú quieres que se haga. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande le doy gracias también» (Homilía antes del exilio 1-3).

«Esforcémonos en guardar sus mandamientos, para que su Voluntad sea nuestra alegría» (Carta de Bernabé 2).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas X-XXI. , Vol. 5, CPL, Barcelona, 1997
pp. 60-64

1. I Timoteo 1,15-17

a) Continúa Pablo recordando rasgos de su autobiografía, en forma de una acción de gracias a Dios por su benevolencia con él.

Su catequesis sobre Jesús se resume en esta afirmación: "Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores". Pero en seguida se lo aplica a sí mismo: "y yo soy el primero, y por eso se compadeció de mí''.

b) Cambiaría bastante nuestra postura para con los demás si recordáramos con sincera humildad que Cristo ha venido a salvarnos a nosotros, en primer lugar. No sólo a los que llamamos "pecadores", sino a nosotros, que somos los primeros.

Si los padres en relación con los hijos, o los hijos con los padres, y los educadores para con los jóvenes, y cada uno en su relación con los demás de la familia o de la comunidad, dijéramos desde lo más profundo del ser: "se compadeció de mí"', "en mí, el primero, mostró Cristo toda su paciencia", entonces sí podríamos presentarnos como modelos para los demás, porque seguramente lo haríamos, no con aires autosuficientes y farisaicos, sino con humildad de hermanos.

Lo haríamos con los mismos sentimientos del salmo de hoy: "alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor... el Señor, Dios nuestro, se abaja para mirar al cielo y a la tierra. Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre". No somos ricos, no somos poderosos, sino pobres y débiles. Así se sentía Pablo en su ministerio. Y así hizo lo que hizo, fiado más de Dios que de sí mismo.

Si nos sintiéramos "perdonados", como Pablo, estaríamos mucho más dispuestos a perdonar a los demás y a trabajar por ellos.

2. Lucas 6,43-49

a) Las comparaciones que ponía Jesús, tomadas de la vida diaria, eran muy expresivas para transmitir sus enseñanzas. Hoy son dos: la del árbol que da frutos buenos o malos, y la del edificio que se apoya en roca o en tierra.

Los árboles se conocen por sus frutos, no por su apariencia. Las zarzas no dan higos.

Así las personas: "el que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal".

El futuro de un edificio depende en gran parte de dónde se apoyan sus cimientos. Si sobre roca o sobre tierra o arena. En el primer caso la casa aguantará embestidas y crecidas. En el otro, no. Lo mismo pasa en las personas, según construyan su personalidad sobre valores sólidos o sobre apariencias. Es como un comentario a las antítesis de las bienaventuranzas que Jesús nos dictó el miércoles de esta misma semana.

b) ¡Qué sabiduría y qué retrato tan exacto de nuestra vida nos ofrecen estas frases!

"Lo que rebosa del corazón, lo habla la boca". Cuando nuestras palabras son amargas, es que está rezumando amargura nuestro corazón. Cuando las palabras son amables, es que el corazón está lleno de bondad y eso es lo que aparece hacia fuera. Tenemos motivos de examen de conciencia, al final del día, si recordamos las varias intervenciones que hemos tenido durante la jornada.

Lo mismo con el otro símil de la construcción. A veces el edificio de nuestra personalidad -la fachada exterior- aparece muy llamativo y prometedor. Pero no hemos puesto cimientos, o los hemos puesto sobre bases no consistentes: el gusto, la moda, el interés. No sobre algo permanente: la Palabra de Dios. ¿Nos extrañaremos de que estos edificios -nuestras propias vidas, o las de otros, que parecían muy seguras- se "derrumben desplomándose"?

Siempre estamos a tiempo para corregir desviaciones. ¿Cómo tenemos el corazón? ¿es estéril, malo, lleno de orgullo? Entonces nuestras obras serán estériles y malignas.

¿Trabajamos por cultivar sentimientos internos de misericordia, de humildad, de paz?

Entonces nuestras obras irán siendo también benignas y edificantes. Tenemos que cuidar y examinar nuestro corazón, que es la raíz de las palabras y de las obras.

También podemos hacernos la pregunta de cómo construimos nuestro porvenir. Sea cual sea nuestra edad, ¿podemos decir que estamos poniendo la base de nuestro edificio en valores firmes, en la Palabra de Dios? ¿o en modas pasajeras y en el gusto del momento? ¿cuidamos sólo la fachada o sobre todo la interioridad?

"En mí, el primero, mostró Cristo toda su paciencia" (1a lectura I)
"El que escucha mis palabras y las pone por obra, pone los cimientos sobre roca" (evangelio).

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