Jueves XXIV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Co 15, 1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído
- Salmo: Sal 117, 1-28: Dad gracias al Señor porque es bueno
+ Evangelio: Lc 7, 36-50: Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Corintios 15,1-11: San Pablo predica su mensaje salvífico del Evangelio y sobre todo el Misterio Pascual del Señor que padeció, murió y resucitó. Reducida así a lo esencial, la fe transmitida por San Pablo se reduce esencialmente al acontecimiento pascual. No se trata solo de un acontecimiento histórico ni de sus pruebas, sino también de su significación doctrinal: Cristo muere por nuestros pecados, lo que supone que estamos muertos al pecado y esto hemos de actuarlo en todo momento. La misma resurrección es considerada en su significación doctrinal. De este modo, la resurrección de Cristo introduce un régimen religioso inédito que nos afecta directamente: implica un nuevo es-tilo de vida, signo de nuestra resurrección (cf. Rom 6,1-6; 1 Cor 15,20; 2 Cor 4,14). San Juan Crisóstomo dice:

«Para Pablo no se trata de ayunar, sino de sufrir hambre; sin embargo, él mismo se llama un aborto (1 Cor 15,8)... Porque este hombre no obraba jamás a la ligera, sino siempre con motivo justo y razonable; y perseguía designios opuestos con tanta sabiduría que obtenía siempre los mismos elogios... Pablo glorificándose (2 Cor 11,21–12,10), se ha atraído más honor que otros disimulando grandes virtudes; nadie, en efecto, hace tanto bien ocultando sus méritos como este hombre revelando los suyos» (Homilìa 5 sobre las alabanzas de Pablo).

«¿Tú has visto a Pablo como león furioso en sus correrías en todos los sentidos? Míralo ahora con la mansedumbre de un cordero: ¡qué cambio tan súbito! Mira a aquél que en otro tiempo encadenaba, metía en prisión, perseguía con ahínco y combatía a cuantos creían en Cristo, bajando por la muralla en una espuerta para poder escapar de las trampas de los judíos, huido de noche a Cesarea y de allí enviado a Tarso para no ser despedazado por el furor de los judíos. ¡Has visto, querido, cómo ha cambiado! ¡Has visto cómo se ha transfigurado! Has visto cómo, después de haberse beneficiado de la generosidad de lo alto, él puso de su parte su generosidad, quiero decir el celo, el fervor, la fe, la decisión, la paciencia, la grandeza de alma, la firmeza inflexible. Por ello ha merecido un mayor socorro de lo alto que le ha hecho exclamar: «yo he trabajado más que todos ellos; pero, no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo» (1 Cor 15,10). Ese ejemplo, yo os lo pido, imitadlo, vosotros que ahora habéis merecido abrazar el yugo de Cristo, y recibido la gracia de la filiación» (Ocho Catequesis 4,10-11).

–Cantamos el Salmo 117, lleno de espíritu pascual: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque su misericordia es eterna. La diestra del Señor es poderosa, la diestra del  Señor es excelsa. No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor». Su resurrección nos conducirá a la resurrección final. Damos gracias al Señor, que es nuestro Dios, y lo alabamos.

Lucas 7,36-50: Se le perdonó mucho porque amó mucho. Comenta San Agustín:

«Creyó que no la conocía porque no la rechazó ni le prohibió acercarse y permitió ser tocado por una pecadora... Alimentas al Señor y no sabes por quién has de ser alimentado tú. ¿De dónde deduces que Él no sabía quien era aquella mujer, sino de que toleró que le besara los pies, se los secara y ungiese? Si tal vez se hubiera acercado a los pies del fariseo, hubiera dicho las palabras de Isaías respecto a esa gente: «Apártate, no me toques, que estoy limpio». No obstante, la impureza se acercó al Señor para regresar limpia; se acercó enferma, para volver sana; arrepentida para convertirse en seguidora de Cristo. Oyó el Señor el pensamiento del fariseo. De este hecho puede comprender ya el fariseo si no podía ver que era una pecadora, Él que podía oír su pensamiento» (Sermón 99,2-3).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 18-25 Años Pares). , Vol. 7, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: 1 Corintios 15,1-11

Parece ser que entre los cristianos de Corinto se propagaba la duda sobre la verdad de la resurrección de Cristo, con perjuicio no sólo para la integridad de la fe cristiana, sino también para la unidad de la iglesia de Corinto. Pablo no puede eludir la cuestión e interviene más o menos así.

El acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto del testimonio apostólico: son muchos, y todos ellos dignos de fe, los que vieron el sepulcro vacío y vieron resucitado al Señor. Entre ellos estoy también yo -afirma Pablo-, que «por la gracia de Dios soy lo que soy» (v 10). El acontecimiento de la resurrección de Jesús ha entrado también en la predicación apostólica. A partir de ella los apóstoles no sólo se adhirieron a la novedad de Cristo con todas sus fuerzas, sino que fueron investidos también para su tarea misionera. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra predicación sería vana -afirma Pablo- y nosotros habríamos trabajado en vano. El mismo acontecimiento de la resurrección de Cristo es objeto directo e inmediato de la fe de los primeros cristianos: si Cristo no hubiera resucitado, vana sería también vuestra fe -remacha el apóstol-, y nosotros seríamos las personas más infelices del mundo: infelices porque habríamos vivido engañados y nos sentiríamos decepcionados. Está claro, por tanto, que al servicio de este acontecimiento fundador del cristianismo está no sólo la tradición apostólica, sino también el testimonio de la comunidad creyente y de todo auténtico discípulo de Jesús.

Evangelio: Lucas 7,36-50

En este fragmento evangélico se entrelazan dos temas de fondo: el primero asume un tono polémico y contempla a Jesús contrapuesto a un fariseo; el segundo, en cambio, tiene un tono de propuesta y está ligado a la relación entre Jesús y la mujer pecadora. Considerando atentamente el relato advertimos, no obstante, que los dos temas se entrelazan y se iluminan recíprocamente.

Al fariseo le quiere hacer comprender Jesús que la persona no ha de ser considerada sólo a partir del exterior, ni siquiera sólo a partir de su experiencia anterior. Una mujer, aunque sea notoriamente pecadora, siempre es capaz de levantarse y emprender un camino nuevo. Lo único que necesita es encontrar, no hermanos hipercríticos y quizás también envidiosos, sino por lo menos un hermano que la comprenda y la redima. Y él, Jesús, ha venido para eso.

A la mujer le quiere hacer comprender Jesús que la vida vale, no por el cúmulo de las experiencias realizadas, por lo general negativas y deletéreas, sino por el encuentro central y decisivo con una persona capaz no sólo de comprender y perdonar, sino también de rescatar y renovar. Y él, Jesús, ha venido para eso.

A nosotros, destinatarios del Evangelio de Jesús, nos quiere hacer comprender que es la fe lo que nos salva: la fe en él, verdadero hombre, amigo de los hombres, especialmente de los pecadores, y verdadero Dios, el Dios hecho hombre, que se hizo amigo de los publicanos, de los pecadores y de las meretrices, el Dios capaz de perdonar todos nuestros pecados, el Dios que, con su Palabra consoladora y eficaz, nos dice también a cada uno de nosotros: «Tu fe te ha salvado; vete en paz» (v. 50).

MEDITATIO

Si la eucaristía constituye el centro de la fe cristiana -lo hemos estado meditando estos últimos días-, la resurrección de Jesús es la cumbre de su vida y de toda la historia de la salvación y, por consiguiente, también de nuestro camino de fe. En verdad, para usar las palabras del mismo apóstol Pablo, si ese acontecimiento no fuera real, se desmoronarían el testimonio apostólico y nuestra misma fe. Para profundizar en esta verdad podemos considerar algunas expresiones de este fragmento paulino.

La resurrección es, en primer lugar, un evangelio, una alegre noticia, precisamente porque en ella se manifiesta de modo luminoso la omnipotencia de Dios para salvar a toda la humanidad. Es una noticia bella destinada a embellecer nuestra historia personal y comunitaria, y a difundir belleza y armonía por todo el cosmos. La resurrección es el punto de llegada de la vida de Jesús y el punto de partida de la historia de la Iglesia: es cima y fuente. Constituye el punto de conexión entre la historia de Cristo y la historia de la Iglesia, creando entre ambas una unidad indisoluble. En consecuencia, nosotros no creemos en una verdad abstracta, sino en un acontecimiento histórico que nos compromete de manera personal y comunitaria. El acontecimiento de la resurrección de Jesús es también una promesa, porque ha abierto y abre de continuo una perspectiva de novedad de vida y de renovación de la historia para todo hombre y toda mujer de buena voluntad. Desde este punto de vista, la resurrección de Jesús puede ser considerada también como un acontecimiento inconcluso hasta que también nosotros resucitemos.

ORATIO

Oh Señor, la pecadora se convierte para todos nosotros en una llamada discreta, aunque vigorosa y provocadora, al amor incondicionado. Le perdonaste sus pecados de manera gratuita, enseñándonos la lógica del perdón, que da sin razones y sin intereses. Dar, pero sobre todo darse, es una cosa bella. Oh Señor, «tu misericordia es eterna».

A la pecadora le perdonaste mucho sólo porque hizo palanca sobre tu amor, enseñándonos la lógica del perdón, que valora a cada persona por el don que es. Donar, pero sobre todo perdonar, es una cosa bella. Oh Señor, «tu misericordia es eterna».

A la pecadora le entregaste el don de tu paz porque creyó en ti con fe, enseñándonos la lógica del abandono que ofrece compasión a quien se confía. Abandonar lo superfluo, pero sobre todo abandonarse a ti, es una cosa bella. Oh Señor, «tu misericordia es eterna».

CONTEMPLATIO

Hay dos cosas que son de la exclusiva de Dios: la honra de la confesión y el poder de perdonar. Hemos de confesarnos a él. Hemos de esperar de él el perdón. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios? Por eso, hemos de confesar ante él. Pero, al desposarse el Omnipotente con la débil, el Altísimo con la humilde, haciendo reina a la esclava, puso en su costado a la que estaba a sus pies. Porque brotó de su costado. En él le otorgó las arras de su matrimonio. Y, del mismo modo que todo lo del Padre es del Hijo, y todo lo del Hijo es del Padre, por-que por naturaleza son uno, igualmente el Esposo dio todo lo suyo a la esposa, y la esposa dio todo lo suyo al Esposo, y así la hizo uno consigo mismo y con el Padre: Este es mi deseo, dice Cristo, dirigiéndose al Padre en favor de su esposa, que ellos también sean uno en nosotros, como tú en mí y yo en ti.

Por eso, el Esposo, que es uno con el Padre y uno con la esposa, hizo desaparecer de su esposa todo lo que halló en ella de impropio, lo clavó en la cruz y en ella expió todos los pecados de la esposa. Todo lo borró por el madero. Tomó sobre sí lo que era propio de la naturaleza de la esposa y se revistió de ello; a su vez, le otorgó lo que era propio de la naturaleza divina. En efecto, hizo desaparecer lo que era diabólico, tomó sobre sí lo que era humano y comunicó lo divino. Y así es del Esposo todo lo de la esposa (Isaac de Stella, Sermón 11, en PL 194, 1728ss).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día según las Escrituras» (1 Cor 15,3ss).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El Dios Uno y Trino, en un decreto de amor rebosante, llamó a los hombres a que fueran, en cierto modo, miembros de su familia trinitaria, que consiste en una inefable comunión de amor. Por esta pietas suya, por la que ve en nosotros no sólo criaturas, sino hijos amados, se siente tan herido por nuestros pecados, se indigna tanto y experimenta tan viva misericordia por nosotros. A buen seguro, la «santa misericordia de Dios» exige corazones dispuestos a hacer penitencia, pero también este hecho es una prueba de que él nos considera como suyos.

Su pietas -su amor de Padre, su sentido familiar- es superior a nuestros pecados: éstos son una violación de la pietas, del sentimiento de pertenecer a la familia divina, pero la pietas de Dios está más arraigada, es más tenaz que la nuestra; más aún, es ella también la que va despertando continuamente en nosotros el espíritu de adopción y del sentido de familia (B. Hdring, Grazie e compito dei sacramenti, Roma 1965, p. 194 [edición española: La vida cristiana a la luz de los sacramentos, Herder, Barcelona 1972]).

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