Viernes XXIV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Tm 6, 2-12: Tú, en cambio, hombre de Dios, practica la justicia
- Salmo: Sal 48, 6-7. 8-10. 17-18. 19-20: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos
+ Evangelio: Lc 6, 39-42: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?
+ Evangelio: Lc 8, 1-3: Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Timoteo 6,2-12: Tú, practica la justicia. El Apóstol debe evitar las querellas por las palabras y atender al ejercicio de las virtudes cristianas. En eso consiste el combate espiritual para alcanzar la vida eterna. Comenta San Agustín:

«He aconsejado a los ricos. Oíd ahora los pobres. Los primeros, dad; los segundos, no robéis. Los unos dad de vuestra riqueza; los otros frenad vuestras apetencias. Escuchad los pobres al Apóstol: Es una gran ganancia la piedad con lo suficiente. Tenéis en común con los ricos el mundo, pero no la casa. Tenéis en común con ellos el cielo y la luz. Buscad lo que basta; buscad eso, nada más. Las demás cosas oprimen, no elevan; cargan, no honran... Nació el rico, nació el pobre. Os encontrasteis caminando al mismo tiempo por un camino. Tú no oprimas; tú no engañes. Este necesita, aquel tiene. A ambos los hizo el Señor. A través del que tiene socorre al necesitado; a través de quien no tiene prueba al que tiene. Lo hemos escuchado; lo hemos dicho; hermanos, preocupémonos, oremos, lleguemos» (Sermón 85,5-7).

–Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos. Con el Salmo 48 decimos: «¿Por qué habré de temer los días aciagos, cuando me cerquen y acechen los malvados que confían en su opulencia y se jacten de sus inmensas riquezas? Nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate... No te preocupes si se enriquece un hombre y aumenta el fasto de su casa; cuando muera, no se llevará nada, su fasto no bajará con él». Todo esto no quiere decir abandono de los bienes de este mundo. El sentido es el que de tal modo utilicemos las cosas temporales que no perdamos las eternas. «Todas las cosas son para vosotros, vosotros para Cristo y Cristo para Dios», dice San Pablo.

Lucas 8,1-3: Las mujeres que acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes. La Iglesia primitiva tuvo gran veneración de estas mujeres que seguían a Jesús y le ayudaban. Es un inmenso bien contribuir a las obras de apostolado.

Durante veinte siglos de cristianismo han sido muchas las mujeres que han hecho un firme y eficaz apostolado; otras, no pudiendo hacer esos ministerios han contribuido con sus bienes a la ayuda de tales obras de caridad que la Iglesia ha prodigado siempre por doquier, de modo que sin esa aportación no se hubiera podido realizar la inmensa labor apostólica, que se ha hecho y hace la Iglesia. Otras, muy especialmente han contribuido y contribuyen eficacísimamente con su vía de oración y de sacrificio en la vida religiosa contemplativa, como muchas veces lo ha manifestado con gratitud la competente jerarquía de la Iglesia. Oigamos a San Agustín:

«El mismo Señor poseía bolsa, en la que depositaban las cosas necesarias y encerraba también el dinero para sus propias necesidades y las de quienes le acompañaban. En efecto, cuando el evangelista dice que sintió hambre (Mt 4,2; 21,18) no mentía. Quiso sentir hambre por ti, para que tú no sintieras hambre en aquel que, siendo rico, se hizo pobre para que nosotros participáramos en su riqueza (2 Cor 8, 9). También el Señor tuvo bolsa, y se nos narra que ciertas mujeres devotas lo seguían a los lugares a donde iba a evangelizar y le servían de sus propios haberes, entre las cuales estaba también la mujer de un cierto Cusa, procurador de Herodes (Lc 8,3)» (Comentario al Salmo 103,3).


Textos Litúrgicos

Antífona de entrada
Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos.
Trata con misericordia a tu siervo.
(Sal 118, 137. 124)

Oración colecta
Señor, tú que te has dignado redimirnos
y has querido hacernos hijos tuyos,
míranos siempre con amor de Padre
y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo,
alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
Oh Dios, fuente de la paz y del amor sincero,
concédenos glorificarte por estas ofrendas
y unirnos fielmente a ti
por la participación en esta eucaristía.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión
Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío;
tiene sed de Dios, del Dios vivo.
(Sal 41, 2-3)

O bien:
Yo soy la luz del mundo -dice el Señor-.
El que me sigue no camina en las tinieblas,
sino que tendrá la luz de la vida.
(Jn 8, 12)

Oración post-comunión
Con tu palabra, Señor, y con tu pan del cielo,
alimentas y vivificas a tus fieles;
concédenos, que estos dones de tu Hijo
nos aprovechen de tal modo
que merezcamos participar siempre
de su vida divina.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

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