Jueves XXV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Qo 1, 2-11: Nada hay nuevo bajo el sol
- Salmo: Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación
+ Evangelio: Lc 9, 7-9: ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XIX-XXVI del Tiempo Ordinario. , Vol. 6, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

Eclesiástico 1,2-11: Nada nuevo bajo el sol. Todo es pasajero. Hemos de estar desprendidos de todo lo caduco y poner los ojos en la eternidad. Todo es vano.  Utilizarlo para nuestra ayuda, para nuestra utilidad, pero no quedar aprisionados por lo puramente cuantitativo. Para corresponder a la gracia hemos estar libres de esas ataduras. Esto no es desprecio de los bienes terrenos, sino apreciarlos en su justo valor. De tal modo utilicemos las cosas temporales que no perdamos las eternas, como tantas veces lo hemos manifestado. Lo dijo el Señor: «buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33).

Los Santos Padres lo han expuesto muchas veces, con expresiones muy elocuentes y precisas. San Ignacio de Antioquía escribe:

«No os doy mandatos, como Pedro y Pablo. Ellos eran Apóstoles, yo no soy más que un condenado a muerte... Pero si logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo y resucitaré libre con Él. Ahora, en medio de mis cadenas es cuando aprendo a no desear nada» (Carta a los Romanos 3,1-2).

Y San Gregorio Magno:

«Considerad bien qué poco valor tienen las cosas que pasan con el tiempo. El fin que tienen todas las cosas temporales nos manifiestan cuán poco vale lo que ha podido pasar. Fijad vuestro amor en el amor de las cosas que perduran» (Homilia 14 sobre los Evangelios).

–La brevedad de nuestra vida debe hacernos anhelar y estimar la vida eterna. Esto es lo que nos sugiere el Salmo 89 escogido como responsorial de la lectura anterior: «Tú reduces el hombre a polvo... Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna. Los siembras año por año, como hierba que se renueva; que florece y se renueva por la mañana y por la tarde la siegan y se seca. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato»... Por eso anhelamos los bienes eternos. «Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos».

Lucas 9,7-9: Admiración por los prodigios de Cristo. Se fijan en las cosas maravillosas, que no son un fin, sino un medio, y descuidan lo principal de la misión del Salvador, que predica para realizar la conversión de los oyentes y de todo el mundo. No invertir el orden. Sigamos el mensaje salvífico de Cristo, busquemos primero el reino de Dios. Lo demás ya vendrá, cuando el Señor lo quiera, pues Él tiene más deseos de hacernos bien que nosotros de recibirlo.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 103-107

1. Qohelet 1,2-11

a) Después del Libro de los Proverbios, durante tres días leemos una breve selección de otro libro sapiencial del AT: el Qohelet, o Eclesiastés.

"Qohelet" significa "el predicador", el que habla a los demás en una asamblea de hermanos: de ahí el nombre griego de "Eclesiastés", el que habla a la asamblea o iglesia.

Contiene unas recomendaciones que nos orientan a vivir según la voluntad de Dios. El predicador tiñe sus palabras de un sano escepticismo, fruto de la experiencia humana.

La primera frase, dicen los estudiosos que ya resume todo el espíritu del libro: "vanidad de vanidades, todo es vanidad". O "vaciedad". Las comparaciones se suceden expresivamente: una generación sigue a la otra, el sol sale y se pone, el viento va cambiando de dirección y nunca se está quieto, los ríos van al mar y no parecen saciarlo.

Lo que pasó, eso pasará, "nada hay nuevo bajo el sol"...

b) Es una perspectiva que no parece precisamente alentadora: "¿qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol?".

Pero es un escepticismo que nos puede resultar sano. ¿Para qué nos afanamos tanto y andamos con tantas preocupaciones por la vida, víctimas del estrés? ¿vale la pena? ¿no estaremos perdiendo el humor y la serenidad, y por tanto, calidad de vida y de fraternidad y de acción misionera? Jesús nos enseñó a no angustiarnos por las pequeñeces de la vida: y nos puso el ejemplo de los pájaros y los lirios, invitándonos a un poco más de confianza en Dios y un poco menos de angustia.

Si trabajáramos con un poco más de serenidad, todo seguiría su curso igual y no habríamos perdido la paz. Y no tendríamos los desengaños que nos pasan por buscar la felicidad donde no está.

Es interesante que hace dos mil doscientos años ya se nos diga que "nada hay nuevo bajo el sol". Si alguien afirma que algo es nuevo, tanto de las cosas buenas como de las malas, será porque ha perdido la memoria, porque seguro que ya ha pasado antes. Cada uno tiende a creer que es el único o el primero en amar o en sufrir o en hacer cosas importantes o en ser inteligente.

Lo único que no pasa es Dios. Por eso el salmo nos hace decir: "Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación... mil años en tu presencia son un ayer, que pasó". Este salmo 89 tiene un versículo que gustaba mucho a Juan XXIII, porque le parecía que ahí estaba el secreto para ver con sabiduría el discurrir de la historia: "enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato". Sin entusiasmarnos demasiado por nada. Sin desanimarnos demasiado por nada. Fija la mirada en Dios, que no cambia y da sentido a todo.

2. Lucas 9,7-9

a) La fama de Jesús se extiende y llega a oídos de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, el asesino de Juan el Bautista.

Este Herodes era hijo de Herodes el Grande, el de los inocentes de Belén. Su actitud parece muy superficial, de mera curiosidad. Está perplejo, porque ha oído que algunos consideran que Jesús es Juan resucitado, al que él había mandado decapitar.

Este Herodes es el que más tarde dice Lucas que amenaza con deshacerse de Jesús y recibe de éste una dura respuesta: "id y decid a ese zorro..." (Lc 13, 31-32). En la pasión, Jesús, que había contestado a Pilato, no quiso, por el contrario, decir ni una palabra en presencia de Herodes, que seguía deseando verle, por las cosas que oía de él "y esperaba presenciar alguna señal o milagro" (Lc 23,8-12).

b) Ante Jesús siempre ha habido reacciones diversas, más o menos superficiales.

Entonces unos creían que era Elías, que ya se había anunciado que volvería (Jesús afirmó claramente que este anuncio de Malaquías 3,23 se había cumplido con la venida del Bautista, su Precursor). Otros, que había resucitado Juan o alguno de los antiguos profetas. Por parte de Herodes, el interés se debe a su deseo por presenciar algo espectacular. Otros reaccionaron totalmente en contra, con decidida voluntad de eliminarlo.

En el mundo de hoy, por parte de algunos, también hay curiosidad y poco más. Si lo vieran por la calle, le pedirían un autógrafo, pero no se interesarían por su mensaje. Otros buscan lo maravilloso y milagrero, cosa que no gustaba nada a Jesús: "esta generación malvada pide señales". Para otros, Jesús ni existe. Otros le consideran un "superstar", o un gran hombre, o un admirable maestro. Otros se oponen radicalmente a su mensaje, como pasó entonces y ha seguido sucediendo durante dos mil años. Abunda la literatura sobre Jesús, que siempre ha sido una figura apasionante. Una literatura que en muchos casos es morbosa y comercial.

Sólo los que se acercan a él con fe y sencillez de corazón logran entender poco a poco su identidad como enviado de Dios y su misión salvadora. Nosotros somos de éstos. Pero ¿ayudamos también a otros a enterarse de toda la riqueza de Jesús? Son muchas las personas, jóvenes y mayores, que también en nuestra generación "desean ver a Jesús", aunque a veces no se den cuenta a quién están buscando en verdad. Nosotros deberíamos dar testimonio, con nuestra vida y nuestra palabra oportuna, de que Jesús es la respuesta plena de Dios a todas nuestras búsquedas.

"Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación" (salmo II)
"Tenía ganas de verlo" (evangelio)

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 18-25 Años Pares). , Vol. 7, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Eclesiastés 1,2-11

«Todo es vanidad» (v. 2), responde el libro del Eclesiastés al preguntarse por el sentido de la vida. «Vanidad», en hebreo hevel, es una palabra que puede significar muchas cosas, pero todas relacionadas con la imagen del soplo, de la niebla, del humo, de algo, en suma, inconsistente: tal vez de lejos te encanta, pero cuando lo tienes entre las manos te decepciona. Así es la vida del hombre: una realidad engañosa, caduca y absurda. Qohélet se muestra verdaderamente drástico y provocador. ¿Cuáles son las razones de una afirmación tan negativa? Por ejemplo, el estridente contraste entre la precariedad del hombre y el permanecer de la naturaleza: «Una generación pasa, otra generación viene, y la tierra permanece siempre» (v 4).

Todos dicen que el hombre es más importante que las cosas; sin embargo, el hombre desaparece, mientras que las cosas permanecen. Y, además, si miras más allá de las apariencias, te das cuenta de que el hombre está como dentro de un círculo en el que se debate impotente sin comprender la razón. Todo se mueve, pero, en realidad, todo sigue igual. Todo vuelve al punto de partida, como el movimiento del sol, del viento y del agua de los ríos.

También el afán del hombre («Todos sus días son sufrimiento, disgusto sus fatigas, y ni de noche descansa»: 1,23) es un dar vueltas sobre sí mismo, un hacer y un deshacer, sin llegar nunca a un atracadero definitivo. El mundo nuevo que el hombre se esfuerza en construir huye continuamente de sus manos, y así cada generación comienza desde el principio.

Quizás Qohélet esté pensando sin más en la esperanza mesiánica de los profetas y la contesta. Se trata de una esperanza religiosa, aunque siempre terrestre. Pero, entonces, ¿cómo se puede hablar verdaderamente de novedad? Siempre estará el límite de la muerte, el ojo del hombre continuará sin saciarse de ver y el oído sin cansarse de oír, y siempre se le escapará al hombre el sentido del conjunto.

Así pues, ¿todo es vanidad? El Nuevo Testamento nos brindará una precisión esencial: todo es vanidad, pero no la caridad.

Evangelio: Lucas 9,7-9

Herodes está perplejo: ¿quién es ese Jesús de quien tanto se habla? En la corte se hacen diferentes conjeturas: es Juan, que ha resucitado; es Elías, es un profeta. Como podemos ver, la gente capta algo de la grandeza de Jesús, pero su error fundamental es comparar a Jesús con figuras del pasado, con figuras ya conocidas. Jesús es una novedad y, para comprenderlo, es preciso mirarle a él mismo, no a otro.

Herodes es un hombre culto, práctico. Quisiera reunirse con Jesús e informarse personalmente de quién es. Pero ¿de qué le serviría? Se reunirá con él, en efecto, más tarde, durante la pasión, pero no conseguirá comprender nada de Jesús e intentará comprender e intentará ocultar su propia torpeza recurriendo a un humor vulgar. La fe no nace de semejantes verificaciones ni está hecha para hombres como Herodes.

MEDITATIO

La amarga página del libro del Eclesiastés depende mucho del momento en el que la leas: si te encuentras en la plenitud de tus fuerzas o estás comprometido con tareas absorbentes, te parecerá muy amarga e incluso inoportuna. Si te encuentras desconsolado o en un momento de hacer balance de tu vida, te parecerá como luz solar y despiadadamente verdadera. Ahora bien, por encima de los estados de ánimo, se trata de una página realista y necesaria. Y lo es porque fotografía la situación del hombre en el mundo, destinado a pasar, a desaparecer, a no dejar huella. Es una página que tanto poetas como pensadores han retomado de continuo y representado con acentos conmovedores y a menudo desesperados. Sin embargo, para ti, cristiano, es sólo el primer paso, al que no debe dejar de seguir el segundo: la seguridad de que es a partir de esta nada como se puede construir el todo, si lo aceptas de Dios, si lo orientas a él, si lo usas como quiere la voluntad que lo ha creado y lo puede y lo quiere conservar.

Estamos, pues, ante una doble meditación sobre la nada y sobre el todo. Sobre el cómo no dejarse absorber por la nada y, por consiguiente, deshacerse en humo, y sobre el cómo dar consistencia a estas apariencias tan frágiles. Una doble meditación en la que están comprometidos a fondo el realismo de la razón y el realismo de la fe, en la que un realismo presupone el otro, en la que uno completa al otro. El libro del Eclesiastés es un libro necesario para la formación de la conciencia cristiana, con tal de que no sea el único. El misterio pascual, fundamento de la fe, empareja muerte y resurrección, denota y victoria, fracaso y reconocimiento de la perennidad de quien permanece fiel a Dios.

ORATIO

Sé bien, oh Señor, que no me dejas pasar por alto las ocasiones para que reflexione sobre la «infinita vanidad del todo». Quieres que no me aferre a nada, porque el todo de este mundo es nada cuando está separado de ti. Una nada que se arrastra en la nada. Te doy gracias por recordármelo hoy con las vigorosas palabras de Qohélet. Pero tú no quieres que me detenga aquí, porque la vida así sería demasiado desconsolada. Me haces entrever que «todo es vanidad», excepto amarte a ti. Tu amor da consistencia a las cosas, las sustrae de la nada, las redime de la vanidad y las coloca en tu Reino.

Concédeme, mi amantísimo Señor, este amor tuyo para que no me detenga en las cosas que pasan, para que mantenga fija la mirada en ti, origen y fin de todas las cosas. Concédeme tu amor para que pueda rescatar las cosas que toco por su vanidad. Concédeme ese gran amor tuyo que me proyecta hacia ti cuando el sentido de la nada, de la vanidad, de la oscuridad, quiere encerrarme en un pesimismo sin esperanza. Porque, como sé muy bien, querido Señor mío, tú cavas en mí un vacío para llenarlo de ti. Tú remueves lo que pasa para atraerme hacia el Reino de las realidades perennes. Ayúdame a mantener viva en mí esta certeza, para ascender cada día más cerca de ti.

CONTEMPLATIO

¿Qué te aprovecha disputar altas cosas de la Trinidad, si careces de humildad, por donde desagradas a la Trinidad?

Por cierto, las palabras subidas no hacen santo ni justo, mas la virtuosa vida hace al hombre amable a Dios.

Más deseo sentir la contrición que saber definirla.

Si supieses toda la Biblia a la letra y los dichos de todos los filósofos, ¿qué te aprovecharía todo sin caridad y gracia de Dios?

«Vanidad de vanidades y todo vanidad» (Ecl 1,2), sino amar y servir solamente a Dios.

Suma sabiduría es, por el desprecio del mundo, ir a los reinos celestiales.

Vanidad es, pues, buscar riquezas perecederas y esperar en ellas.

También es vanidad desear honras y ensalzarse vanamente.

Vanidad es seguir el apetito de la carne y desear aquello por donde después te sea necesario ser castigado gravemente.

Vanidad es desear larga vida y no cuidar que sea buena.

Vanidad es mirar solamente a esta presente vida y no prever lo venidero.

Vanidad es amar lo que tan presto se pasa y no buscar con solicitud el gozo perdurable.

Acuérdate frecuentemente de ese dicho de la Escritura: «No se harta la vista de ver ni el oído de oír» (Ecl 1,8).

Procura, pues, desviar tu corazón de lo visible y traspasarlo a lo invisible, porque los que siguen su sensualidad manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, I, 2, San Pablo, Madrid 1997, pp. 36-37).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Concédeme, oh Dios, la sabiduría del corazón» (de la liturgia).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La existencia humana está sostenida, en sus dimensiones esenciales, por una desconocida fuerza ascensional, es decir, por una tensión del espíritu que tiende hacia valores todavía lejanos. Eso es lo que los antiguos filósofos definieron como extensio animi ad magna y nosotros quisiéramos llamar «esperanza primordial».

La conciencia del hombre está hecha para el futuro. El momento presente está todavía sumergido en la oscuridad. Lo que vivimos ahora es, por lo general, decepcionante. La vida humana sigue siendo, por tanto, siempre preludio de otra. El hombre sigue creándose siempre nuevos deseos; sus expectativas no se aplacan nunca, sino que se proyectan infaliblemente hacia el futuro, hacia el Reino del «todavía no». Y, efectivamente, existe en él un impulso imposible de suprimir que le impulsa hacia un «buen fin». Esta esperanza en un futuro mejor echa sus raíces en el deseo de ser feliz propio de la naturaleza humana. Estamos, como es evidente, frente al «motor» de todo pensamiento y actividad, de todo sueño y de toda aspiración del hombre. En consecuencia, el «nacimiento» del hombre está continuamente en devenir, hasta el momento de su muerte. Esta «esperanza primordial» se resuelve, por lo que respecta a la concepción cristiana de la vida, en la esperanza del cielo. El hombre se ha sentido atraído siempre por lo desconocido como por una realidad más bella y digna de conquistar. La realidad última, hacia la cual tendemos, en medio de las múltiples expresiones de la esperanza primordial, es la «patria», el «instante pleno y completo». Según la expresión de Abelardo, es «aquella comunión en la que el deseo no previene a la cosa, ni el cumplimiento se revela inferior a la expectativa» (L. Boros, Vivere nella speranza, Brescia 1972, pp. 95ss [edición española: Vivir de esperanza, Verbo Divino, Estella 1974]).

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