Lunes XXVII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ga 1, 6-12: No he recibido ni aprendido de ningún hombre el Evangelio, sino por revelación de Jesucristo
- Salmo: Sal 110, 1-2. 7-8. 9 y 10c: El Señor recuerda siempre su alianza
+ Evangelio: Lc 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Gálatas 1,6-1: Vocación peculiar de Pablo para la predicación del Evangelio. El mismo Señor lo instruyó, y conformó su doctrina con la de los apóstoles y jerarcas de la Iglesia. El Evangelio de Jesucristo no puede, no debe, ser falsificado. San Juan Crisóstomo comenta:

«Observa con cuánta firmeza sostiene [San Pablo] que es discípulo de Cristo, sin mediación humana, sino porque Él mismo lo ha considerado merecedor de revelarle todo conocimiento. ¿Y cómo probarás a los incrédulos que Dios te ha revelado por Sí mismo y sin mediar nadie aquellos inefables misterios? Con la vida pasada, contesta. Si Dios no fuera el autor de la revelación, no habría tenido una conversión tan repentina. Los instruidos por hombres, cuando sostienen tenaz y radicalmente opiniones contrarias, precisan de tiempo y mucho ingenio para ser persuadidos. En cambio, es evidente que el que cambia así de repente y permanece verdaderamente sobrio en la cumbre misma de la locura, en tanto que ha alcanzado la visión y la enseñanza divina, ha vuelto repentinamente a un estado de salud perfecta» (Comentario a la Carta a los Gálatas 1,8).

–Con el Salmo 110 damos gracias al Señor por todas las maravillas que ha hecho en la historia de la salvación, sobre todo por Cristo y por su prolongación en la Iglesia. Todos, congregados en la asamblea litúrgica, alabamos al Señor, porque son grandes todas sus obras y dignas de estudio para los que la aman. Justicia y Verdad son las obras del Señor, todos sus preceptos merecen ser escuchados y observados, pues son estables para siempre jamás y se han de cumplir con verdad y rectitud. Él nos redimió, y ratificó para siempre su alianza. Su nombre es santo y sagrado. Por eso merece una alabanza continua y llena de fervor.

–Lucas 10,25-37: ¿Quién es mi prójimo? Según Orígenes, desde las primeras generaciones cristianas se ha identificado el Buen Samaritano con el propio Jesucristo que «una vez llegado junto al hombre medio muerto y habiéndole visto bañado en sangre, tuvo piedad de él y se abajó hasta hacerse su prójimo» (Comentario a San Lucas 3,5)

Así comenta San Ambrosio:

«Puesto que nadie es tan verdaderamente nuestro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémosle, viendo en Él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro prójimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la Cabeza. Y amemos también al que es imitador de Cristo y a todo aquel que se asocia al sufrimiento de su Cuerpo» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,84).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997

1. Gálatas 1,6-12

Durante semana y media leeremos la carta de Pablo a los cristianos de Galacia, en la actual Turquía. Él había evangelizado en aquella región hacia el año 50, y escribe la carta unos años más tarde, hacia el 56-57, poco antes de escribir otra a los Romanos, que desarrolla más el mismo tema.

Es una carta dura y polémica. Pablo está muy preocupado por las doctrinas que propalan allí un grupo de judaizantes, cristianos provenientes del judaísmo que defienden la vuelta a las leyes de Moisés también para los que se han convertido del paganismo.

Además, atacan a Pablo dando a entender que no es apóstol del todo, porque no conoció a Jesús y no pertenece al grupo de los "doce".

a) La primera página que leemos, sin detenernos siquiera en el saludo, se refiere ya al tema central de la carta: "me sorprende que tan pronto hayáis pasado a otro evangelio".

Pablo desautoriza duramente a estos falsos maestros que se infiltran en Galacia: "si alguien os predica un evangelio distinto, sea maldito", "lo repito, sea maldito" (en un pasaje que no leemos, llegará a decir que "ojalá que se mutilaran -se castraran- los que os perturban": 5,12).

Porque el evangelio que enseñó Pablo "no es de origen humano", ni lo ha predicado "buscando la aprobación de los hombres", sino que viene "de la revelación de Jesucristo".

No es que necesariamente haya tenido revelaciones particulares: sino que esa doctrina proviene del mismo Cristo.

Se trata de si la salvación cristiana es válida por Cristo mismo, o si necesita todavía del apoyo de la ley de Moisés. Para Pablo, ésta es una cuestión fundamental, que afecta a la identidad misma del cristianismo.

b) La Iglesia transmite al mundo, siglo tras siglo, la verdad que ha aprendido de la fuente misma de la revelación: Cristo. A través de esa tradición viva que ya dura dos mil años, la comunidad de Jesús intenta serle fiel y, si es el caso, defender la pureza de esa fe contra posibles desviaciones en una dirección o en otra.

Aquí el problema es la fuerza salvadora de la fe en Cristo, y no de la ley antigua. Es un tema que vemos muy presente en los Hechos de los Apóstoles, con los episodios de Pedro y Cornelio, y sobre todo el llamado "concilio de Jerusalén", en que la comunidad apostólica tuvo que discernir sobre el problema (cf. Hch 15).

A lo largo de la historia, los interrogantes pueden ser de distinta naturaleza. Siempre hay la tendencia a configurar la doctrina de Jesús según nuestro gusto y nuestra mentalidad. O sea, a crear "un evangelio de origen humano", que merecerá seguramente el aplauso de muchos, porque nos construimos una imagen de Dios -o de Cristo o del estilo de vida- más conforme a nuestros gustos.

La indignación de Pablo se explica: como también la vigilancia que siempre ha de tener la Iglesia -sobre todo sus responsables últimos, pero no sólo ellos- para no falsear la gracia y la salvación de Dios. No podemos inventarnos el evangelio que nos guste. Un evangelio "light" es una manera de faltar a la verdad a veces más peligrosa que la herejía más llamativa.

Como en el caso de Jerusalén, el discernimiento tenemos que hacerlo bajo la luz del Espíritu, pero también con un alto sentido de corresponsabilidad comunitaria, para no perder la riqueza y la fuerza de la palabra revelada de Dios. El salmo nos orienta en esa dirección: "doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea... todos sus preceptos merecen confianza, son estables para siempre jamás, se han de cumplir con verdad y rectitud".

2. Lucas 10, 25-37

a) La de hoy es una de las páginas más felizmente redactadas y famosas del evangelio: la parábola del buen samaritano, que sólo nos cuenta Lucas.

La pregunta del letrado es buena: "¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?".

Jesús, en un primer momento, le remite a la ley del AT, a unas palabras que los judíos repetían cada día: amar a Dios y amar al prójimo como a ti mismo (cf. Deuteronomio 6,5 y Levítico 19,18). Jesús hace que el letrado llegue por su cuenta a la conclusión del mandamiento fundamental del amor.

Pero, ante la siguiente pregunta, Jesús concreta más quién es el prójimo. En su parábola, tan expresiva, quedan muy mal parados el sacerdote y el levita, ambos judíos, ambos considerados como "oficialmente buenos". Y por el contrario queda muy bien el samaritano, un extranjero ("los judíos no se tratan con los samaritanos": Jn 4,9). Ese samaritano tenía buen corazón: al ver al pobre desgraciado abandonado en el camino le dio lástima, se acercó, le vendó, le montó en su cabalgadura, le cuidó, pagó en la posada, le prometió que volvería, y todo eso con un desconocido.

b) ¿Dónde quedamos retratados nosotros? ¿en los que pasan de largo o en el que se detiene y emplea su tiempo y su dinero para ayudar al necesitado?

¡Cuántas ocasiones tenemos de atender o no a los que encontramos en el camino: familiares enfermos, ancianos que se sienten solos, pobres, jóvenes parados o drogadictos que buscan redención! Muchos no necesitan ayuda económica, sino nuestro tiempo, una mano tendida, una palabra amiga. Al que encontramos en nuestro camino es, por ejemplo, un hijo en edad difícil, un amigo con problemas, un familiar menos afortunado, un enfermo a quien nadie visita.

Claro que resulta más cómodo seguir nuestro camino y hacer como que no hemos visto, porque seguro que tenemos cosas muy importantes que hacer. Eso les pasaba al sacerdote y al levita, pero también al samaritano: y éste se paró y los primeros, no. Los primeros sabían muchas cosas. Pero no había amor en su corazón.

El buen samaritano por excelencia fue Jesús: él no pasó nunca al lado de uno que le necesitaba sin dedicarle su atención y ayudarle eficazmente. Ahora va camino de la cruz, para entregarse por todos, y nos enseña que también nuestro camino debe ser como el suyo, el de la entrega generosa, sobre todo a los pobres y marginados. Al final de la historia el examen será sobre eso: "me disteis de comer... me visitasteis".

La voz de Jesús suena hoy claramente para mí: "anda, haz tú lo mismo". También podríamos añadir: "acuérdate de Jesucristo, el buen samaritano, y actúa como él".

"Me sorprende que tan pronto hayáis pasado a otro evangelio" (1a lectura II)
"Anda, haz tú lo mismo" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 1,6-12

En su segundo viaje misionero había atravesado Pablo «Frigia y la región de Galacia» (Hch 16,6), a saber, la región que se extiende en torno a la actual Ankara, y había fundado allí comunidades cristianas que visitó después en su tercer viaje (Hch 18,23), en los años 53-57 d. C. Lo que propugnaba Pablo es que el creyente se salva en virtud de la fe en Jesucristo crucificado y resucitado, y no a causa de la sola observancia de la Ley. Esta -dirá Pablo- es libertad. Los cristianos judaizantes, no obstante, pretendían adaptar la práctica del Evangelio a la religión judía y a algunas de sus prácticas (como la circuncisión y otras prescripciones). También la Iglesia que estaba en Galacia padeció esta «intrusión» por parte de los judaizantes. Pretendían éstos nada menos que ironizar sobre la autoridad y la doctrina de Pablo. La reacción del gran convertido de Damasco es vigorosa.

Pablo, dirigiéndose a los «¡gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado?» (Gal 3,1), expresa una indignación que no es tanto autodefensa como constatación de que corren el riesgo de abandonar el Evangelio de Cristo o de contaminarlo, subvertirlo. El tono de esta perícopa ya es encendido. Estas palabras encendidas persiguen sobre todo obtener que los gálatas se declaren a favor de Cristo y acojan de modo pleno la única certeza que cuenta: el Evangelio, tal como les ha sido predicado, el Evangelio del Señor Jesús. Precisamente porque está convencido hasta el fondo de que se trata de la única alegre noticia que cuenta, puede declarar Pablo con toda franqueza que con la predicación del Evangelio no busca agradar a los hombres, sino a Dios. Lo que él ha venido a anunciar es, en efecto, la Palabra de Dios, recibida por revelación de Jesús y no por enseñanza humana.

Evangelio: Lucas 10,25-37

Jesús va de viaje hacia Jerusalén. Un judío, experto legista, durante una parada, se propone «atraparlo» con una pregunta de extrema importancia: ¿qué se debe hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús, siguiendo su estilo, responde con otra pregunta que remite al experto legista a la Ley misma de Moisés. ¿Qué está escrito en ella? El hombre responde recordando el precepto del amor total a Dios, tal como aparecía formulado en Dt 6,3 y había sido retomado en el shema' («Escucha, Israel»), recitado a diario por los israelitas. Une a este precepto el del amor al prójimo, tal como aparece en Lv 19,18.

Tras aprobar Jesús esta perfecta síntesis, el legista le plantea otra pregunta-trampa: «¿Y quién es mi prójimo?» (v. 29). Si pensamos que en el Antiguo Testamento sólo era «prójimo» el israelita y, más tarde, el emigrante inserto en la comunidad israelita (cf. Lv 19,33ss); si tenemos en cuenta que en la época de Jesús el concepto de «prójimo» prácticamente se refería al miembro de la propia secta (fariseos, zelotas, etc.), percibiremos la agitadora fuerza innovadora expresada en el relato de Jesús. Su respuesta no es teórica, sino que se inserta en el orden concreto de la vida con la narración de una parábola que debía recordar a los oyentes hechos acaecidos en la vida diaria.

También es importante el escenario: el camino que lleva desde Jerusalén (740 metros) a Jericó (bajando a 350 metros bajo el nivel del mar) presenta un recorrido impracticable, con un desnivel de 1.000 metros, lleno de quebradas donde se escondían los salteadores. Así pues, la acción es animada y fuerte: al hombre agredido, lacerado y sangrante, lo encuentran casualmente un sacerdote y un levita (en aquella época volvían a casa cada semana después de su turno en el templo de Jerusalén); dos hombres, religiosos por excelencia, ven lo sucedido y pasan de largo; por último, el protagonista del relato, un samaritano mestizo, bastardo y hereje, ve la misma escena y se ocupa del herido. Jesús se complace en describir con vivas pinceladas todas las acciones de este hombre con tan mala fama entre los judíos. Este no se contenta con ver, sino que -sintiendo compasión- se acerca al malaventurado: desinfecta las heridas con el vino, fuertemente alcoholizado, de Palestina, le alivia el dolor con el aceite, le lleva al mesón, donde paga de su propio bolsillo las atenciones que se dispensen a este pobrecillo.

Jesús plantea aún otra pregunta: «¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». ¡Ojo!: aquí se encuentra el núcleo del relato. Cuando Jesús, aprobando la respuesta del maestro de la Ley, le dice: «Vete y haz tú lo mismo» (v. 37), desplaza totalmente el centro del problema. La cuestión no es saber quién es nuestro prójimo, puesto que todo hombre que comparta con nosotros la naturaleza humana lo es; se trata más bien de saber cómo se llega a ser prójimo para el otro. El que expresa su propia compasión en el orden concreto de su acción cotidiana es verdadero discípulo de Dios, porque «se hace prójimo» del hombre.

MEDITATIO

También yo estoy llamado a vigilar para que mi fidelidad al Evangelio sea total. No eran sólo los gálatas quienes corrían el riesgo de confundir la verdadera «alegre noticia» que es el Evangelio de Cristo. También hoy circulan ideas confusas y resbaladizas dentro de un falso irenismo, con barullos de actitudes que no tienen nada que ver con el ecumenismo, con el diálogo interreligioso y con el mundo: realidades sacrosantas todas ellas y que hemos de buscar. La palabra de Pablo me interpela en orden a mi anuncio personal de Jesús, que no puede ser «teleguiado» por modas culturales y espiritualistas.

Si quiero agradar a Dios, es preciso que sea siervo alegre del evangelio y, precisamente por eso, libre de amar. Esta es mi verdadera libertad, una libertad que está en plena consonancia con el Evangelio. «El buen samaritano se hace prójimo a pesar de la distancia étnica, social y hasta religiosa. No pide contrapartidas» (C. M. Martini). No se protege en pseudoseguridades o miedos, ni en integrismos para lanzar flechas de juicios puntiagudos sobre quienes no piensan lo mismo.

Seguir el camino del Evangelio de Jesús supone una adhesión plena y, por consiguiente, no sólo mental, sino del corazón y de la vida. Es dentro de mi vida diaria donde Jesús -el buen samaritano por excelencia, que se hizo tan prójimo que me entregó su vida en la cruz- me pide que me convierta. Desde la indiferencia del sacerdote y del levita estoy llamado a «hacerme prójimo» con un corazón atento y cálido. Desde la intolerancia del legista que también anida en mí he de pasar a la mansedumbre, a la escucha, al diálogo. De su dureza de corazón he de convertirme «preocupándome» por quienes están a mi lado, especialmente por los que sufren.

Hacerme prójimo en la familia, en el trabajo, en la parroquia o en el movimiento eclesial significa en la práctica revestirme por dentro de paciencia, de benevolencia, de empatía y simpatía; significa hacer desaparecer las muy posibles sombras de envidia y de celos y deseos de conseguir aprobaciones. Hacerse prójimo significa anegar en el mar de la misericordia de Dios resentimientos, amarguras e intereses recónditos. Hacerme prójimo supone, a fin de cuentas, estar revestido por completo de su amor, que, en el orden concreto, se convierte en disponibilidad para ocuparse, para hacerse cargo del otro.

ORATIO

Señor Jesús, que has dicho: «Sin mí no podéis nada, pero conmigo daréis mucho fruto» (cf. In 15,5), te pido que me ayudes a «introducirme vivo» en tu Evangelio, a creer con plena adhesión de mente y de corazón. Concédeme, pues, hacer desaparecer, con la energía de tu Espíritu, toda la indiferencia, la comodidad y la intolerancia que tanto me hacen asemejarme a quienes, por el camino de Jericó, dejaron en tierra al hombre herido.

Crea en mí, Señor, un corazón nuevo, un corazón capaz de advertir el grito secreto de quien sufre, un corazón tan persuadido de tu amor y tan enamorado de ti que viva sólo para reconocerte, para amarte y «ocuparse» de todo prójimo.

CONTEMPLATIO

La Iglesia tiene necesidad de su perenne pentecostés,
necesita fuego en el corazón,
palabras en los labios,
profecía en la mirada.
La Iglesia necesita ser
Templo del Espíritu Santo,
de una pureza total y de vida interior [...].

La Iglesia necesita recuperar
la sed, el gusto, la certeza de la verdad
y escuchar con inviolable silencio
y con dócil disponibilidad
la voz, el coloquio
en el asentimiento contemplativo del Espíritu,
que nos enseña toda verdad.

Y necesita también la Iglesia
volver a sentir fluir
por todas sus humanas facultades
la onda del amor que se llama caridad
y que ha sido difundida en nuestros corazones
«por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»

(Pablo VI, en D. Ange, La Pentecoste perenne, Milán, 1998, pp. 39ss).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Despierta, Jesús, mi corazón: hazlo capaz de amar».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«El amor es paciente y bondadoso; no tiene envidia, ni orgullo, ni jactancia.» Si lleváis todos estos ingredientes a vuestra vida, todo lo que hagáis será eterno. Es algo a lo que merece que le dediquemos tiempo. Nadie puede hacerse santo durmiendo. Hacen falta la oración, la meditación y tiempo; el perfeccionamiento tanto en el plano físico como en el espiritual exige preparación y cuidados. Desead esta única cosa a cualquier precio, cambiad este «yo» viejo que tenéis para hacer sitio a la «novedad» del amor, al don de vosotros mismos. Volviendo al pasado, por encima y más allá de los placeres efímeros de la vida, aparecen también momentos en los que habéis podido realizar actos de bondad en favor de aquellos que os rodean: cosas demasiado pequeñas como para que valga la pena hablar de ellas, pero que también os producen la sensación de haber entrado en la verdadera vida.

He visto casi todas las cosas maravillosas que Dios ha hecho, he probado casi todos los placeres que Dios ha proyectado para el hombre. Sin embargo, mirando hacia atrás, veo brotar de la vida ya transcurrida breves experiencias en las que el amor de Dios se reflejaba en una modesta imitación de él, en un pequeño acto de amor mío. Estas son las únicas cosas que sobreviven. Todo lo demás es transitorio. Cualquier otro bien es fruto de la fantasía. Pero los actos de amor que todos ignoran –e ignorarán siempre- no fracasan nunca (E. Drummond, La cosa piú grande del mondo, Roma 1992, pp. 67ss).

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