Miércoles XXVII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ga 2, 1-2. 7-14: Reconocieron el don que he recibido
- Salmo: Sal 116, 1. 2: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio
+ Evangelio: Lc 11, 1-4: Señor, enséñanos a orar




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Gálatas 2,1-2.7-14: Reconocieron el don que Pablo había recibido. Pablo es un modelo para todos. No obstante sus altísimos carismas, fue a encontrarse con los principales de la Iglesia: Pedro, Santiago y Juan, que aprobaron su modo de actuar. El incidente de Antioquía nos muestra por un lado la santa libertad de expresión para anunciar el Evangelio, según la doctrina de Cristo, y la humildad del jerarca de la Iglesia para recibir la corrección. Comenta San Juan Crisóstomo:

«Pablo hace el reproche y Pedro lo acepta, para que, viendo los discípulos que el maestro es acusado y calla, rectifiquen ellos cuando sea preciso con más facilidad. Si no hubiera sucedido así, y Pablo hubiera exhortado a abandonar la ley, no habría conseguido nada. Ahora bien, con un violento reproche, infunde un temor mayor a los discípulos de Pedro. Y si Pedro, después de escucharle, le hubiese replicado, con razón se le podría haber reprendido, ya que habría echado a perder este plan. Pero no, mientras el uno hace reproches y el otro permanece en silencio, un gran temor se apodera de los fieles de procedencia judaica, ya que Pablo trata con mucha dureza a Pedro» (Comentario a la Carta a los Gálatas 2,11-12).

–Con el Salmo 116 decimos: «Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre». Éste es el sentido de universalidad de la Iglesia, como lo quiso Cristo: «id al mundo entero y proclamad el Evangelio».

–Lucas 11,1-4: Señor, enséñanos a orar. El lugar de la oración en la vida de la Iglesia es de máxima importancia. San Agustín comenta:

«Hemos hallado un Padre en el cielo, veamos cómo hemos de vivir en la tierra. Quien ha hallado tal Padre debe vivir de manera tal que sea digno de llegar a su herencia. Todos juntos decimos: “¡Padre nuestro!” ¡Cuánta bondad! Así lo dice el emperador, lo dice el mendigo, lo dice tanto el siervo como su señor. Unos y otros dicen: “Padre nuestro, que estás en los cielos”. Reconozcan, pues, que son hermanos, cuando tienen un mismo Padre. No considere el señor indigno de su persona el tener como hermano a su siervo, a quien quiso tener como hermanos Cristo Jesús» (Sermón 58).

San Efrén dice:

«Jamás ceséis de orar: arrodillaos, cuando podáis, y cuando no, invocad a Dios de corazón, por la noche, por la mañana y al mediodía. Si tenéis cuidado de orar antes de poneros al trabajo, y si al levantaros empezáis por ofrecer a Dios vuestra oración, como las primicias de vuestras acciones, estad persuadidos de que el pecado no hallará entrada en vuestra alma» (Sobre la Oración 5).

Y San Basilio:

«Orarás sin intermisión si tu oración no se reduce a solas palabras, sino que todo el método de tu vida es conforme a la divina voluntad, de tal modo, que puede y merezca tu vida llamarse una continua oración» (Homilía sobre el martirio 5).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 149-154

1. Gálatas 2,1-2.7-14

a) Sigue Pablo contando el itinerario de su conversión personal, desde el judaísmo convencido a la fe cristiana y al ministerio apostólico. Lo hace -lo veíamos ayer- para defender la legitimidad del evangelio que ha predicado a los Gálatas: el que salva es Cristo Jesús y hay que considerar caducada la ley de Moisés.

Él había subido a Jerusalén a exponer su evangelio a los apóstoles, "por si acaso mis afanes eran vanos". Todos vieron claro que Dios había llamado a Pablo a ser apóstol de los gentiles, como Pedro el de los judíos, y así "nos dieron la mano en señal de solidaridad". La consigna de apertura universal es la que nos repite el salmo 116, el más breve del Salterio, claramente misionero: "alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos".

Pero aquí Pablo nos da cuenta del famoso "episodio de Antioquía", en que tuvo que enfrentarse nada menos que a Pedro, y en el que estaba en juego el mismo problema que ahora en Galacia. En Antioquía se había formado un estilo de vida más abierto y universal que en Jerusalén. Un estilo que, cuando llegó de visita, aprobó y asumió también Pedro, que aceptó tranquilamente comer con judíos procedentes del paganismo. Pero, al llegar "ciertos individuos" de Jerusalén en plan de inspectores, cambió de conducta y evitó juntarse con los paganos convertidos. Esto nos puede parecer extraño, pero la sensibilidad de los judíos era muy meticulosa en esto.

Para Pablo esto era una "simulación" que "no cuadraba con la verdad del evangelio", y se lamenta de que Pedro arrastrara con su ejemplo a Bernabé y a otros. Ya recordamos cómo en el libro de los Hechos se resolvió en principio la cuestión en Jerusalén, donde los apóstoles, junto con Pablo y Bernabé y la comunidad, llegaron a un acuerdo muy abierto y universalista.

b) Uno puede dudar de si Pedro había cometido esta grave falta de incoherencia. ¿Fue cobarde, por miedo a los emisarios de Santiago? ¿se le puede tildar de hipocresía? ¿o su cambio de actitud fue motivado por la prudencia pastoral y por una cierta flexibilidad pedagógica, para no provocar innecesariamente a nadie? Los que venían de Jerusalén no estaban preparados para asumir la sensibilidad universalista que en Antioquía reinaba tan espontáneamente.

Lo cierto es que Pablo le plantó cara, y que Pedro no parece haber reaccionado. Pedro, dentro de su carácter primario, fue también humilde. Se dejó interpelar muchas veces por el mismo Jesús, y luego por la comunidad (Hch 10-1 1), cuando él había tomado la decisión de bautizar a la familia del centurión Cornelio: dio las explicaciones, que fueron aceptadas por los demás. Aquí se deja interpelar por Pablo.

En cada época de la Iglesia hay situaciones parecidas. Puede ser, por ejemplo, la tensión entre mentalidades que acentúan más la fidelidad a los valores tradicionales, y otras que buscan una mayor apertura a nuevos métodos y más sintonía con el mundo. Las decisiones no suelen ser fáciles.

Dentro de la tensión que refleja la página, el episodio nos da lecciones sobre cómo tenemos que actuar en la comunidad cristiana:

- Pablo va a Jerusalén a confrontar su evangelio con los apóstoles: no somos francotiradores, sino todos debemos trabajar en comunión con los responsables de la Iglesia,

- en los momentos de duda y diálogo, cada uno tiene que aportar su punto de vista al discernimiento comunitario, y lo tiene que hacer con humildad, no con violencia ni cerrazón, no buscando el triunfo de las propias opiniones, sino lo que el Espíritu quiere y lo que va a ser para bien de la comunidad;

- tenemos aquí un ejemplo de libertad de expresión, por parte de Pablo, y de humildad "democrática" por parte de Pedro, que acepta la sana crítica de los hermanos, a pesar de haber sido constituido por Jesús como jefe de la comunidad.

2. Lucas 11,1-4

a) En el camino de Jesús a Jerusalén, también se va describiendo el camino de sus seguidores en su vida de fe. Si ayer era la escucha de la palabra de Dios lo que recomendaba Jesús, hoy y mañana nos enseña la importancia de la oración.

El Padrenuestro del evangelio de Lucas es menos desarrollado que el de Mateo: contiene dos peticiones referentes a Dios: "santificado sea tu nombre, venga tu reino" (Mateo añade "hágase tu voluntad") y tres para nosotros: "danos el pan", "perdona nuestros pecados" y "no nos dejes caer en la tentación" (Mateo añade "mas líbranos del mal"). Los especialistas dicen que es más fácil pensar que Mateo haya añadido matices que no que Lucas los haya suprimido, y por tanto la versión de Lucas podría considerarse más cercana a lo que dijo Jesús. Todavía hay otra versión del primer siglo, la de la Didaché, que añade una doxología final: "tuyo es el reino ", que nosotros también decimos en la Misa como conclusión del Padrenuestro.

No importan mucho estas diferencias en el texto. Nosotros rezamos la forma eclesial, la que la Iglesia ha creído más conveniente poner en labios de sus fieles, teniendo en cuenta la de las otras confesiones cristianas y también la traducción que más ayude a rezar en común a todos los que utilizan la misma lengua, como en el caso del castellano, que desde 1988 se ha unificado para los veintitantos países de habla hispana.

b) A Jesús le pidieron que les enseñara a rezar porque le vieron rezando a él. Él es el mejor modelo: él, que se dedicaba continuamente a evangelizar y atender a las personas, pero que también oraba, con una actitud filial de comunión con el Padre.

Rezamos muchas veces el Padrenuestro, y por eso tiene el peligro de que la rutina no nos permita sacarle todo el gusto espiritual que merece. Es la más importante de las oraciones que decimos, la que nos enseñó el mismo Jesús.

El Padrenuestro es una oración entrañable, que nos ayuda a situarnos en la relación justa ante Dios, pidiendo ante todo que su nombre sea glorificado y que se apresure la venida de su Reino. El centro de nuestra vida es Dios. Luego pedimos por nosotros: que nos dé el pan de nuestra subsistencia, nos perdone las culpas y nos dé fuerza para no caer en la tentación.

Es nuestra oración de hijos. Lucas trae como invocación inicial una sola palabra: "Padre", que la comunidad primera conservó cariñosamente, recordando que Jesús llamaba a Dios "Abbá, Papá". Mateo añade lo de "nuestro, que estás en los cielos".

Hoy haríamos bien en decir el Padrenuestro por nuestra cuenta, despacio, saboreándolo, por ejemplo después de la comunión, creyendo lo que decimos. Además, tendríamos que enseñar a otros a rezarlo con fe y con amor de hijos. Las demás oraciones son glosas, comentarios, no tan importantes como ésta. A los hijos de una familia, a los niños de la catequesis, les tenemos que iniciar en la oración sobre todo "orando con ellos", no tanto "mandándoles que recen", y precisamente con estas palabras que nos enseñó Jesús.

Si tenemos la sana costumbre de hacer alguna lectura de tipo espiritual a lo largo del día, podemos hoy leer los comentarios del Catecismo de la Iglesia Católica a las peticiones del Padrenuestro, en sus números 2759-2865, en los que presenta esta oración como "corazón de las sagradas Escrituras", "la oración del Señor y oración de la Iglesia" y "resumen de todo el evangelio".

"Su conducta no cuadraba con la verdad del evangelio" (1a lectura II)
"Cuando oréis, decid: ¡Padre!" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 2,1-2.7-14

En la perícopa de hoy continúa el tono autobiográfico. Pasados catorce años, Pablo se dirige a Jerusalén acompañado por un levita de Chipre llamado José, a quien los apóstoles le habían puesto el nombre de Bernabé (= hijo de la consolación). Este acompañó después a Pablo durante todo el primer período de su actividad evangelizadora. Aquí el apóstol lleva consigo también a Tito, un griego cristiano que reconcilió a Pablo con la Iglesia de Corinto (cf. 2 Cor 3,13; 7,6.13ss) y que no estaba circuncidado.

La espinosa cuestión de la circuncisión -que Pablo decía que no había que imponer a los nuevos cristianos, mientras que en Jerusalén había quien sostenía lo contrario- encuentra en su persona su expresión fundadora: libertad en todo aquello que no forma parte de la primera enseñanza de Cristo. En consecuencia, Pablo expone a los jefes de Jerusalén su Evangelio. Lo expone porque no quiere «afanarse inútilmente» (v. 6). Es un grave momento el que vive la Iglesia de los orígenes a través de la venida de Pablo a Jerusalén. Es un momento de comunión. El texto lo expresa con el hecho de darles la mano Pedro, Santiago y Juan, llamados «las columnas» (styloi: v 9) tal vez porque gobernaban colegiadamente la Iglesia-madre que estaba en Jerusalén. Existe, por tanto, un pleno acuerdo en el reparto de las áreas de evangelización: para las «columnas», los circuncisos; para Pablo y sus compañeros, los paganos. Si existe una recomendación, es la relacionada con mostrarse atentos con los pobres, cosa que Pablo tuvo muy en cuenta (v. 10).

Viene ahora el acalorado enfado del convertido de Damasco. No puede aprobar que Pedro, llegado después a Antioquía, se deje dominar por el miedo a los cristianos judaizantes y empiece -dejándose casi esclavizar con ello- a no frecuentar la mesa de los cristianos convertidos del paganismo, que se consideraban justamente libres de tomar cualquier tipo de alimento. También aquí emergen dos realidades: la primera es la toma de posición de Pablo, tan franca y libre de toda simulación a la hora de decirle su verdad al mismo Pedro, el cual «cojea» en esta ocasión en cuanto a su práctica de creyente; la segunda es la espléndida realidad del mensaje de Cristo, que es siempre libertad respecto a todo formalismo, exterioridad, hipocresía y constricción.

Evangelio: Lucas 11,1-4

Se habla aquí de un tiempo y de un lugar indeterminados en los que Jesús está orando. En efecto, es posible orar en todo lugar y en todo tiempo, aun cuando haya tiempos y lugares expresamente propicios para la oración. Apenas terminó, uno de los discípulos le pide que les enseñe a orar.

Lo que sorprende en comparación con el texto de Mateo es la invocación de apertura: «Padre», y no «Padre nuestro». Lucas pone, por tanto, el acento en la palabra Padre, que en el texto original es Abbá, tiernísimo término arameo que significa «papá» -«papi», diríamos hoy-. No es casual que este término aparezca unas 180 veces en los evangelios. Introduce, por consiguiente, un modo de relacionarse con Dios marcado por la mayor confianza, por la confianza típica del niño respecto a sus padres. Dirigirse a Dios llamándole «Padre» es dejarse configurar con Jesús, el Hijo por excelencia; es entrar en su íntima relación de amor con el tiernísimo Abbá. Para nosotros los cristianos, esto es la oración por excelencia.

«Santificado sea tu nombre» es pedir que Dios, Creador y Padre, sea glorificado por todos y en todos: tanto por los que son inteligentes y cultos como por los que no lo son, en el mundo de los hombres y en todo el cosmos. Es potenciar al hombre, que, sólo buscando la gloria de Dios y no la propia, se realiza a sí mismo y entra en comunión con Dios, con los hombres, con el cosmos.

«Venga tu Reino». Toda la historia -de manera consciente o inconsciente- es aspiración a este Reino, que «no consiste en lo que se come o en lo que se bebe; consiste en la fuerza salvadora, en la paz y la alegría que proceden del Espíritu Santo» (Rom 14,17).

Viene, a continuación, la petición del «pan que necesitamos». El pan es el elemento vital. Si permanece sólo «mío» se vuelve fuente de muerte. En cambio, si, aunque haya sido ganado con el sudor de la frente (cf. Gn 3,19; 2 Ts 3,6-13), es compartido, hace crecer. Tanto más cuando se trata del pan «supersustancial» que se rompe en el memorial de la asamblea eucarística (cf. Hch 2,14), alimentando en todos nosotros la espera del retorno de Cristo.

«Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofende». El perdón de Dios se vincula a nuestra actitud de perdón, como la raíz al árbol. La raíz de nuestra capacidad de perdonar está en sabernos perdonados siempre por Dios, con una misericordia que sobrepasa todo lo que nos es posible imaginar y desear. Por otra parte, sólo nuestra actitud de perdón hacia los hermanos hace posible que la vida de Dios fluya en nosotros.

«No nos dejes caer en la tentación» es una expresión típicamente aramea. Dios es padre y no cabe imaginar que quiera cogernos en la trampa de la tentación. Nuestra petición es más bien no sucumbir cuando seamos probados y tentados en nuestro estado de gran debilidad. Sabemos que el Padre nos escucha porque «podéis confiar en que Dios no permitirá que seáis puestos a prueba por encima de vuestras fuerzas» (1 Cor 10,13).

MEDITATIO

Lo que más me provoca en la perícopa de la Carta a los Gálatas es la libertad con respecto a todo lo que no sea el Evangelio de Cristo y su enseñanza -precisamente- liberadora. Todo formalismo, constricción y oportunismo o tradicionalismo vacíos de alma son quemados por su fuego. Existe en Pablo una apasionada adhesión a Cristo y a su verdad. Nada ni nadie le ata. Ni siquiera el temor a perder su prestigio en su confrontación con Pedro. Ejerce sin más la corrección fraterna con el mismo Pedro no para hacer triunfar su idea, sino más bien para que triunfe el esplendor de la coherencia entre el Evangelio y la vida. También es urgente que nosotros instauremos en el interior de las comunidades cristianas y religiosas esta parresía, esta franqueza de relaciones, esta apasionada búsqueda de la verdad de Cristo, como escucha de las urgencias del Reino y no de nuestros pequeños y mezquinos intereses.

Está claro que sólo en espacios y tiempos precisos de oración se consigue el coraje necesario para hacer saltar trabas, vínculos, así como viejas incrustaciones y confusiones que contaminan la verdad pura del Evangelio y esclavizan nuestro corazón. Si oro al Abbá, al tiernísimo Padre mío y de los hermanos, si le pido que sea glorificado como conviene y que su Reino de justicia, de amor y de paz venga también por medio de mi pequeña vida, tendré ciertamente la fuerza para llegar a ser cada vez más, en la parte de la Iglesia en que vivo, el que hoy estoy llamado a ser. A buen seguro, no un elemento de polémica soberbia dinamitera, que sólo destruye en sí mismo y en los otros, sino una persona tan unida a Jesús, tan embebida de todo su humilde amor, que no teme el posible resentimiento de quien es corregido por amor. Repetir también a menudo durante el día «Venga tu Reino», la ardiente petición del Padre nuestro, es un secreto de energía espiritual para querer el Reino y buscarlo en toda actitud personal y de relación.

ORATIO

Señor Jesús, tú nos dijiste que si escuchamos y vivimos tu Palabra conoceremos la verdad, «y la verdad nos hará libres» (cf. Jn 8). Concédenos, pues, orar y vivir la ardiente petición: «Venga tu Reino», que es verdad y libertad tanto de Dios como del hombre. Concédenos pedirlo con tal perseverancia que se convierta no sólo en la respiración-deseo del corazón, sino también en el coraje y el compromiso liberador de todo nuestro modo de obrar y de relacionarnos con aquellos que, como nosotros, serán Iglesia en camino hacia los esplendores del Reino.

CONTEMPLATIO

Los fundamentos espirituales del futuro deben encarnarse en un nuevo estilo de vida, hecho simultáneamente de humildad y de orgullo, de ascesis y de fantasía, de verdad en medio de la caridad más incondicionada. Un estilo real, aunque sin olvidar que ser cristiano en el mundo, tal como es y tal como será, exigirá siempre cierta «locura» [...]. Un estilo que exigirá la más elevada ascesis, porque será necesaria toda la fuerza del Espíritu para que el hombre pueda tener poder sobre su propio poder [...]. Un estilo en el que se respire el Espíritu, en el que se dance la no-muerte, porque Cristo ha resucitado (O. Clément, Fondamenti spirituali del futuro, Roma 1997, p. 102).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Venga tu Reino» (Lc 11,2c).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Cuando, a solas o con otros, no sabemos cómo orar, nos tranquiliza saber que se puede orar con casi nada. A veces nuestros labios permanecen cerrados, nos quedamos en silencio, pero nuestra alma está abierta ante Dios, le habla, y el Espíritu Santo ora en nosotros.

¿Hay otros valores que hagan bella la vida? Está la sencillez del corazón, que lleva a la sencillez de vida. Un día, oyó Cristo a un creyente que le decía: «Creo, pero ven en ayuda de mi incredulidad». Cristo comprende estas dudas y esta petición de ayuda, puesto que ya había dicho en el evangelio: «¿Quién de vosotros, por más que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida?». Así comprendemos que lo esencial es vivir con toda sencillez lo poco, sí, lo poquísimo que hayamos cogido del evangelio.

Con mis hermanos, tanto los que viven aquí en Taizé como los que viven entre los más pobres en distintas partes del mundo, tengo conciencia de que nuestra vocación nos llama a ser sencillos, como pobres del Evangelio. Eso significa no imponernos, no ser maestros espirituales, sino hombres que escuchan para comprender a los otros y discernir en ellos la belleza profunda del espíritu humano. Una de las afirmaciones más luminosas de nuestro tiempo ha sido pronunciada en el último concilio del Vaticano: «Cristo está unido a todo ser humano sin excepciones, aunque éstos no tengan conciencia de ello». En efecto, hay en la tierra multitudes de personas que ignoran que Dios nos busca incansablemente. ¿Lo sabemos bastante? Todos podemos hacer bella la vida a aquellos que están cerca o lejos de nosotros. ¿Cómo? Con nuestra acogida, con la sencillez de nuestro corazón y de nuestra vida (tomado de Atelliers et presses de Taizé, 1999).

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