Jueves XXVII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ga 3, 1-5: ¿Recibisteis el Espíritu por observar la ley, o por haber respondido a la fe?
- Salmo: Lc 1, 69-70. 71-72. 73-75: Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo
+ Evangelio: Lc 11, 5-13: Pedid y se os dará




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Gálatas 3,1-5: Dios da el Espíritu a los que creen. En la fe tuvieron lugar las manifestaciones del Espíritu Santo, y no en la Ley. Es bien explícito San Pablo: los fieles recibieron el Espíritu, no por la Ley, sino porque creyeron en el Evangelio que él, como Apóstol de Jesucristo, les anunció. Así pasaron de ser carnales a ser espirituales. Pero no siempre los cristianos vivimos la vida grandiosa de la fe. Comenta sobre esto San Juan Crisóstomo:

«Con el paso del tiempo, es necesario que progreséis, mas no solo no habéis avanzado, sino que habéis retrocedido. Los que comienzan con lo que tiene poca relevancia, avanzan y llegan a algo más importante; vosotros, en cambio, que habéis comenzado por lo sublime, habéis llegado a su contrario. Si hubierais empezado por lo carnal, forzoso habría sido que avanzárais hacia lo espiritual; ahora bien, después de haber comenzado por lo espiritual, habéis acabado en lo carnal... Tuvisteis en vuestras manos la verdad y, sin embargo, caísteis en la apariencia de la verdad; mirasteis el sol y, no obstante, buscáis la luz; tras el alimento sólido, tomáis la leche... Es el mismo caso que si uno de los más valerosos estrategas, después de obtener innumerables trofeos y victorias, se expusiera al desprecio reservado a los desertores y entregara su cuerpo a los que desearan imprimir en él la marca del deshonor» (Comentario a la Carta a los Gálatas 3,2).

–Los versos del Benedictus (Lc, 69-70.71-72.73-75) sirven hoy de Salmo responsorial: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado a su pueblo. Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza, y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días».

–Lucas 11,5-13: Parábola del amigo importuno. Partiendo de ella, San Ambrosio encarece la vocación de todos los cristianos a la oración continua:

«Este es el pasaje del que se desprende el precepto de que hemos de “orar en cada momento”, no solo de día, sino también de noche; en efecto, ves que éste que a media noche va a pedir tres panes a su amigo y persevera en esa demanda instantemente, no es defraudado en lo que pide... Haciendo caso, pues, de la Escritura, pidamos el perdón de nuestros pecados con continuas oraciones, día y noche; pues si hombre tan santo y que estaba tan ocupado en el gobierno del reino alababa al Señor “siete veces al día” (Sal 118,164), pronto siempre a ofrecer sacrificios matutinos y vespertinos, ¿qué hemos de hacer nosotros que debemos rezar más que él, puesto que, por la fragilidad de nuestra carne y espíritu, pecamos con más frecuencia, para que no falte a nuestro ser, para su alimento, “el pan que robustece el corazón del hombre” (Sal 103,15), a nosotros que estamos cansados ya del camino, muy fatigados del transcurrir de este mundo y hastiados de las cosas de la vida?» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, lib. VII, 87).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 154-157

1. Gálatas 3,1-5

a) Es duro el lenguaje con el que Pablo reprocha a los cristianos de Galacia su ligereza en "cambiar de evangelio": les llama insensatos y estúpidos, porque se han dejado embaucar o embrujar.

Resulta que ya tenían lo mejor, y ahora lo dejan escapar. Les había tocado la suerte de seguir a Jesucristo, el verdadero salvador, y de recibir su Espíritu y sus carismas, y ahora se ponen a dudar de si tienen que servir a Moisés. Caminan hacia atrás: "empezasteis por el espíritu para terminar con la materia". Es como si, después de salir libres de Egipto, quisieran volver atrás.

b) Hay momentos en la vida de un cristiano, y de la comunidad entera, en que es bueno repensar la dirección que llevamos, y qué valores estamos descuidando o perdiendo, empobreciéndonos y caminando hacia atrás.

¿Se podría decir de mí que de alguna manera, seducido por argumentos falaces, estoy volviendo atrás en mi fe en Cristo y perdiendo facultades en mi estilo de vida? ¿me pasa, como en el caso de los Gálatas, que me dejo arrebatar la alegría y la libertad interior, como hijo de Dios y hermano de Jesús, dejándome encerrar en ideas más mezquinas, esclavo de mis propias obras y leyes?

Ciertamente Pablo no nos está invitando a no cumplir con las reglas de la vida comunitaria, ni nos presenta una fe cristiana poco exigente. Lo que no quiere es que, centrados como estamos gozosamente en Cristo Jesús, nuestra espiritualidad cambie y se apoye de nuevo en nuestros propios legalismos. Que, siendo hijos que aman y se sienten libres, volvamos a hacer caso a los que nos quieren convertir en esclavos de normas quisquillosas y caducas.

Es lo que el cántico del Benedictus, en labios de Zacarías, nos invita a mantener: "para que, libres de temor, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días".

2. Lucas 11,5-13

a) Siguiendo con su enseñanza sobre la oración -anteayer la escucha de la palabra, ayer el Padrenuestro-, hoy nos propone Jesús dos pequeños apólogos tomados de la vida familiar: el del amigo impertinente y el del padre que escucha las peticiones de su hijo.

En los dos, nos asegura que Dios atenderá nuestra oración. Si lo hace el amigo, al menos por la insistencia del que le pide ayuda, y si lo hace el padre con su hijo, ¡cuánto más no hará Dios con los que le piden algo! Jesús nos asegura: "vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden", o sea, nos dará lo mejor, su Espíritu, la plenitud de todo lo que le podemos pedir nosotros.

b) Jesús nos invita a perseverar en nuestra oración, a dirigir confiadamente nuestras súplicas al Padre. Y nos asegura que nuestra oración será siempre eficaz, será siempre escuchada: "si vosotros sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial...?".

La eficacia consiste en que Dios siempre escucha. Que no se hace el sordo ante nuestra oración. Porque todo lo bueno que podamos pedir ya lo está pensando antes él, que quiere nuestro bien más que nosotros mismos. Es como cuando salimos a tomar el aire o nos ponemos al sol o nos damos un baño en el mar: nosotros nos ponemos en marcha con esa intención, pero el aire y el sol y el agua ya estaban allí. Cuando le pedimos a Dios que nos ayude -manifestando así nuestra debilidad y nuestra confianza de hijos-, nos ponemos en sintonía con sus deseos, que son previos a los nuestros.

Lucas tiene una variante expresiva: Dios nos concederá su Espíritu Santo. Nos concederá el bien pleno que él nos prepara, no necesariamente el que nosotros pedimos, que suele ser muy parcial. Es como cuando Jesús pidió que "pasara de él este cáliz", o sea, ser liberado de la muerte. En efecto, dice la Carta a los Hebreos (Hb 5,7) que "fue escuchado", pero fue liberado de la muerte a través de ella, después de experimentarla, no antes. Y así se convirtió en causa de salvación para toda la humanidad. No sabemos cómo cumplirá Dios nuestras peticiones. Lo que sí sabemos -nos lo asegura Jesús- es que nos escucha como un Padre a sus hijos.

Podríamos leer hoy unas páginas del Catecismo que nos pueden ayudar a entender en qué consiste la eficacia de nuestra oración. Son las que dedica al "combate de la oración", describiendo las objeciones a la oración en el mundo de hoy, por ejemplo las "quejas por la oración no.escuchada", a la vez que invita a orar con confianza y perseverancia (números 2725-2745).

"Empezasteis por el espíritu para terminar con la materia" (1a lectura II)
"Para que, libres de temor, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días" (Benedictus)
"Vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Gálatas 3,1-5

Para comprender la invectiva de Pablo, tan airado con los gálatas, es preciso recordar que este padre y maestro de su fe vive para comunicar su convicción fundamental: «Sabemos, sin embargo, que Dios salva al hombre no por el cumplimiento de la Ley, sino a través de la fe en Jesucristo. Así que nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la salvación por medio de esa fe en Cristo y no por el cumplimiento de la Ley. En efecto, por el cumplimiento de la Ley ningún hombre alcanzará la salvación» (2,16). Pablo interpela a los gálatas para que reflexionen sobre su insensatez: la de volver a ser deudores de la Ley como si no hubieran conocido «a Jesucristo clavado en una cruz» (3,1), fuente única de la salvación. Pablo sabe que es posible vivir en este mundo, que es posible vivir en la carne (o sea, plenamente encarnados en la propia realidad física, psíquica y socio-cultural), aunque viviendo al mismo tiempo «creyendo en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (2,20). Y el horizonte cambia por completo. Es como pasar de una cámara en la que estamos obligados a accionar una manivela para poder respirar a un lugar abierto inundado por el sol y por el vivificante aire del mar.

Precisamente por eso el Dios que concede el Espíritu y obra maravillas (cf. 3,5) también entre los gálatas obra en orden a un creer que se vuelve operativo, a continuación, en la caridad, aunque nunca en virtud de un voluntarista «justificarse» por las obras prescritas por la Ley. Está claro que el hecho de que los gálatas crean en Cristo y en su Evangelio, anunciado por Pablo, no significa que deban omitir el cumplimiento de los mandamientos de la Ley (no robar, no levantar falso testimonio, no atentar contra nuestra propia vida ni contra la de los otros, etc.). Creer significa -como dice Pablo- ser crucificados en nuestra propia parte egoísta hasta poder decir: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (2,20). Es evidente, por tanto, que, en virtud de él y con él, no sólo omitiremos hacer el mal, sino que intentaremos, con el amor del Espíritu, realizar todo el bien posible.

Evangelio: Lucas 11,5-13

No es casualidad que Lucas inserte esta reflexión de Jesús sobre la oración inmediatamente después del Padre nuestro, la oración por excelencia del cristiano. En efecto, ahora se trata de aprender cuál debe ser la actitud interior del que se dirige a un Dios que es Padre y profundamente amigo del hombre. La enseñanza está coloreada con dos pequeñas, aunque vivaces, parábolas: la primera es la del que va a media noche a casa de un amigo. La petición a esa hora, en condiciones incómodas para quien debe abrir la puerta de su casa, no puede ser atendida de inmediato. El acento del relato está puesto en la insistencia de quien sabe que llama al corazón (más que a la puerta) de un gran amigo con confianza, con la certeza confiada de obtener. El mensaje está aquí.

La segunda parábola profundiza en la categoría de la paternidad usando vivas imágenes de contraste: pan/piedra, pez/serpiente, huevo/escorpión. El pez, como el pan, es símbolo de Cristo; la serpiente evoca a la serpiente de Gn 3, el enemigo por excelencia del hombre. El huevo es símbolo de la vida; el escorpión, que lleva el veneno en la cola, evoca la muerte. La serie de verbos, fuertemente correlacionados entre sí, que aparecen después de la primera parábola -«Pedid y recibiréis; buscad y encontraréis; llamad y os abrirán»- quiere persuadirnos a fondo de que la oración nunca es una pérdida de tiempo ni un desafío a un dios lejano y sordo. La oración tiene siempre una respuesta positiva. Con todo, debe ser perseverante (cf. Lc 18,1).

La pregunta de Jesús que aparece después de la segunda parábola supone una interpelación a nuestra sensibilidad más profunda. Sabemos que no somos buenos por naturaleza; sin embargo, el vínculo de la paternidad es tal que un padre, por el hecho de serlo, no puede más que dar cosas buenas y positivas a su hijo. ¡Ojo! Lo más positivo, el bien por excelencia, es el don de los dones: el Espíritu Santo, que se concede siempre a quien ora. Eso es lo que dice Lucas, a diferencia de Mateo, que habla, en cambio, de «cosas buenas» (Mt 7,11). Aunque la oración parezca no tener respuesta según nuestra lógica, siempre excesivamente «terrena», en realidad siempre es escuchada. Y el hecho de que Dios dé su Santo Espíritu a quien ora significa que el don incluye todo verdadero bien en orden a la salvación.

MEDITATIO

Un exasperado antropocentrismo y un secularismo que gesticula sin resultado alguno dentro de un afanoso «traficar» exclusivamente humano marcan en nuestros días un ambiente sociocultural en el que faltan puntos de referencia y los ejes estructurales del pensamiento y de la acción. Pablo la emprendería también con nosotros cuando, según las imposiciones de los medios de comunicación en que estamos sumergidos, creemos salvarnos a fuerza de correr para hacer esto o lo otro, proyectando y verificando por nosotros mismos, ciegos seguidores con excesiva frecuencia de un mundo tecnologizado, pero no iluminado, penetrado y sostenido por el Espíritu del Señor y por sus tiempos de oración.

Sin embargo, es posible -y urgente- renovar ahora este rancio y pernicioso abdicar de la autenticidad del propio Evangelio dilatando el corazón a una fe que sea un confiado y confidente gritar a Dios. Lo que nos hace falta para vivir esa novedad de vida, que se juega toda ella en el «no» a las perspectivas del egoísmo y en el «sí» a la verdadera expansión de nuestro «sí», que es el compromiso de amar, sólo lo obtendremos si nos mostramos decididos y serios a la hora de tener tiempos precisos de oración. Querer ser realistas y concretos constituye precisamente la aportación de lo que predica también, hoy, el mundo del materialismo más asfixiante. La realidad es creer que, si busco junto a Dios, encontraré ciertamente; si le pido a él, que es Padre, obtendré; si llamo a la puerta de su corazón, me abrirá y entraré en las perspectivas de su Espíritu, que consisten en creer de verdad que «él nos amó primero» (1 Jn 4,19), que me salvó con independencia de mi santidad y de mis fallos.

Cultivar la fe porque solamente de ella procede la salvación (cf. Gal 2,16), orando siempre, sin cansarse nunca (Lc 18,1), es encontrar los ejes reales y concretos para innovar el hoy en Cristo y prever un mañana de autenticidad cristiana.

ORATIO

Señor, te ruego que aumentes mi fe. En un mundo, por una parte, ebrio de sus propios éxitos científicos y tecnológicos y, por otra, incierto, desesperado en sus propios egoísmos, concédeme fundamentar plenamente en ti mi pensamiento y mi acción.

Concédeme la lucidez de un pensamiento fuerte y verdadero por estar sostenido por la verdad de tu Espíritu Santo y, también, la audacia de un obrar honesto y bueno, todo él penetrado por la fuerza de la caridad, que sólo tu Espíritu puede derramar en mi corazón, si estoy libre del orgullo de creerme bueno.

CONTEMPLATIO

Ser como niño ante Dios es reconocer nuestra propia nada y esperarlo todo de él, como un niño que lo espera todo de su padre; es no inquietarse por nada, no querer ganar riquezas [...]. Ser pequeño significa también no atribuirse en absoluto las virtudes que practicamos, creyéndonos capaces de algo, sino reconocer que el buen Dios pone todo este tesoro en las manos de su hijo para que se sirva de él cuando tenga necesidad. Con todo, es siempre un tesoro del buen Dios.

Por último, no hay que desanimarse en absoluto por nuestras propias culpas, porque los niños caen a menudo, pero son excesivamente pequeños para hacerse demasiado mal (Teresa de Lisieux, Opere complete, Ciudad del Vaticano 1997, pp. 1060ss [edición española: Obras completas, Monte Carmelo 1990]).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Jesús, me fío de ti. Obténme del Padre el Espíritu Santo».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Llamar a Dios «Abbá, Padre» (cf. Rom 8,15; Gal 4,6) es algo diferente a darle a Dios un nombre familiar. Llamar a Dios Abbá significa entrar en la misma relación íntima, libre de miedo, confiada y rica, que Jesús mantenía con su Padre. Esa relación se llama Espíritu, y ese Espíritu nos ha sido dado por Jesús y nos hace capaces de gritar con él: «Abbá, Padre». Llamar a Dios Padre «Abbá, Padre» es un grito del corazón, una plegaria que brota de lo más íntimo de nuestro ser. No tiene nada que ver con el hecho de darle un nombre a Dios, sino que es proclamar a Dios como fuente de nuestro ser. Esta declaración no procede de una intuición inesperada o de una convicción adquirida, sino que es la declaración de que el Espíritu de Jesús está en comunión con nuestro espíritu. Y... una declaración de amor.

El Espíritu, a continuación, no nos revela sólo que Dios es «Abbá, Padre», sino también que pertenecemos a Dios corno hijos suyos amados. El Espíritu nos restablece así en la relación de la que todas las otras relaciones toman su significado. Abbá es una palabra muy íntima. Expresa confianza, seguridad, confidencia, pertenencia y el máximo de la intimidad. No tiene la connotación de autoridad, de poder y de dominio que evoca a menudo la palabra padre. Al contrario, Abbá implica un amor que nos envuelve y alimenta. Este amor incluye y trasciende infinitamente todo el amor que nos viene de nuestros padres, madres, hermanos, hermanas, esposos y seres amados. Es el don del Espíritu (H. J. M. Nouwen, Pane per il viaggio, Brescia 1997, pp. 178ss [edición española: Pan para el viaje: una guía de sabiduría y de fe para cada día del año, Ediciones Obelisco, Barcelona 2001 ]).

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