Sábado XXVII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Jl 3, 12-21: Mano a la hoz, madura está la mies
- Salmo: Sal 96, 1-2. 5-6. 11-12: Alegraos, justos, con el Señor




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Joel 3, 12-21: Mano a la hoz. Madura está la mies. Esta descripción poética del juicio final y del Día del Señor, muestra como precedente el tiempo jubiloso de la restauración de Israel, «cuando el Señor habitará en Sión». Cada día de Yahvé va precedido de las profecías de una destrucción o de una catástrofe cósmica. El Dios que viene irradia una santidad tal que todo lo que es impuro, idolátrico, será necesariamente aniquilado. El día de Yahvé supone que el creyente espera que Dios intervenga en la vida de los hombres en momentos privilegiados, a lo largo de una historia de salvación, y de modo especial al fin de los tiempos. Esto es para nosotros una gran revelación. No sabemos ni el día ni la hora. Por eso mismo, siempre hemos de estar dispuestos y vigilantes para recibir al Señor con toda pureza del corazón, destruyendo todo lo que en nuestra vida es impuro, idolátrico, opuesto a la santidad de Dios.

–El Salmo 96 nos asegura: el Señor está rodeado de tiniebla y de nube, «justicia y derecho sostienen su trono, los montes se derriten como cera, ante el dueño de toda la tierra. Los cielos pregonan su justicia y todos los pueblo proclaman su gloria. El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Amanece la luz para el justo y la alegría para los rectos del corazón. Alegraos justos con el Señor, celebrad su santo nombre». Así hemos de esperar el «día del Señor», en cualquier momento. Así ha de ser nuestra vida.

–Lucas 11,21-28: Dichosa la Virgen María, que fue la Madre del Señor, escuchó su palabra y la cumplió perfectamente en su vida. Ella fue la elegida por Dios para darnos al Autor de la Vida. Ella fue fidedigna en el cumplimiento de la Palabra de Dios: «hágase en mí según tu Palabra» (Lc 1,38). Ella estuvo, como ningún otro ser humano, unida indisoluble-mente a la persona y a la obra de Cristo. Para esto Dios la colmó de sus gracias y dones, y Ella correspondió con toda su generosidad a esa prerrogativa especialísima de Dios. Es nuestra Madre en la vida de la gracia. Aclamémosla, pues, invoquémosla, imitémosla. Predica San Agustín en un sermón:

«¿Acaso no hacía la voluntad del Padre la Virgen María, que en la fe creyó, en la fe concibió, elegida para que de ella nos naciera la salvación entre los hombres, creada por Cristo antes de que Cristo fuese en ella creado? Hizo sin duda Santa María la voluntad del Padre; por eso es más para María ser discípula de Cristo que ser Madre de Cristo. Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su Madre. Por eso era María bienaventurada, pues antes de dar a luz llevó en su seno al Maestro... Por eso era bienaventurada María, porque oyó la Palabra de Dios y la guardó; guardó la verdad en su mente mejor que la carne en su seno» (Sermón 72,A,7).

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