Miércoles XXIX Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ef 3, 2-12: El misterio de Cristo ha sido revelado ahora: que también los gentiles son coherederos de la Promesa
- Salmo: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación
+ Evangelio: Lc 12, 39-48: Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Efesios 3,2-12: Gracias a Cristo, también los gentiles son herederos de la promesa. San Pablo, con gran humildad, afirma que es el último de los apóstoles, pero que ha recibido el gran privilegio de revelar el misterio de la vocación de los gentiles a la herencia divina, lo mismo que los judíos. Benedicto XV escribió en 1917:

«El fin que los predicadores deben proponerse está claramente indicado por San Pablo: “Somos embajadores de Cristo” (2 Cor 5,20). Todo predicador debe hacer propias estas palabras. Mas, si son embajadores de Cristo en el ejercicio de su misión, tienen la obligación de atenerse estrictamente a la voluntad manifestada por Cristo, cuando les confirió el encargo, y no pueden proponerse finalidades diversas de las que Él mismo se propuso mientras habitó en esta tierra... Por lo tanto, los predicadores han de proseguir estas metas: difundir la verdad enseñada por Dios, despertar y acrecentar la vida sobrenatural en quienes los escuchan. En resumen: buscar la salvación de las almas, promover la gloria de Dios» (encíclica Humani generis).

San Jerónimo enseña:

«Durante los siglos pasados estas riquezas de su bondad estuvieron ocultas en Dios, que es el Creador de todas las cosas. ¿Dónde están Marción y Valentín y todos los herejes que afirman que uno es el Creador del mundo, esto es, de lo visible, y otro distinto el Creador de lo invisible?... Pero “el Misterio escondido durante siglos” puede entenderse de otra manera, en el sentido de que lo ignoraron los propios siglos, es decir, todas las criaturas espirituales y racionales que existieron en esos siglos» (Comentario a la Carta a los Efesios 2,3,8-9).

–Con el texto de Isaías 12 proclamamos, como salmo responsorial: «Sacaréis aguas con gozo de la fuente de la salvación. Él es mi Dios y Salvador; confiaré y no temeré; porque mi fuerza y mi poder es el Señor, Él fue mi salvador... Dad gracias al Señor, invocad su nombre; contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso. Tañed para el Señor, que hizo proezas, anunciadlas a toda la tierra, gritad jubilosos, habitantes de Sión: ¡qué grande es en medio de ti el Santo de Israel!». Él nos ha llamado a la vida grandiosa de la gracia.

–Lucas 12,39-48: La vigilancia es propia del pueblo cristiano, y especialmente de sus responsables. Cristo enseña que el tiempo presente se nos ha concedido para hacer méritos con respecto a la vida eterna. Escuchemos a San Gregorio Magno:

«La misma cualidad de la condición humana nuestra cuánto es más excelente que todas las otras cosas, porque la razón dada al hombre afirma cuánto excede la naturaleza racional a todas las cosas que carecen de vida, de sentido y de razón. Mas, porque cerramos los ojos a las cosas interiores e invisibles, y nos apacentamos de las visibles, honramos muchas veces al hombre no por aquello que él es, sino por lo que puede, y venimos a caer en la acepción de personas, no por las mismas personas, sino por las cosas que ellas tienen... Mas el Dios todopoderoso examina la vida de los hombres por la sola cualidad de los merecimientos; y muchas veces da mayor pena por donde dio estas cosas mayores, en razón del ministerio y oficio, según la misma Verdad da testimonio diciendo: “al que mucho se le ha dado, mucho se le exigirᔠ(Lc 12,48)» (Morales sobre Job 25,1).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 200-203

1. Efesios 3,2-12

a) Pablo no puede ocultar el orgullo que siente por haber recibido la misión de anunciar el misterio de Cristo a los paganos.

Ésa es "la gracia de Dios que se le ha dado", anunciar "que también los paganos son coherederos, miembros del mismo cuerpo y participes de la promesa en Jesucristo".

Hasta entonces podía parecer que los únicos herederos de la promesa de Dios eran los judíos. Ahora Pablo tiene la alegría de "anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo" y proclamar que todos los que creen en Jesús, vengan del judaísmo o del paganismo, "tenemos libre y confiado acceso a Dios por la fe en Cristo".

b) Al igual que Pablo, todos nosotros deberíamos sentirnos satisfechos, no sólo por la suerte de creer nosotros mismos, sino de poder comunicar, a todos los que nos quieran oír, la Buena Noticia de que todos somos "coherederos", que no hay privilegiados ante Dios.

Que sea uno de la raza y de la edad y de la cultura que sea, si cree en Jesús, es coheredero, o sea, está llamado a compartir con los creyentes y los santos de todos los tiempos la vida que Dios nos tiene preparada.

Por eso el salmo que hace eco a la lectura es eufórico: "dad gracias al Señor, invocad su nombre, contad a los pueblos sus hazañas, gritad jubilosos". Lo podemos decir cantando, pero todavía mejor con nuestra vida y con nuestra cara de convicción y de alegría.

2. Lucas 12,39-48

a) A la comparación de ayer -los criados deben estar preparados para la vuelta de su señor- añade Jesús otra: debemos estar dispuestos a la venida del Señor como solemos estar alerta para que no entre un ladrón en casa. La comparación no está, claro está, en lo del ladrón, sino en lo de "a qué hora viene el ladrón".

Pedro quiere saber si esta llamada a la vigilancia se refiere a todos, o a ellos, los apóstoles. Jesús le toma la palabra y les dice otra parábola, en la que los protagonistas son los administradores, los responsables de los otros criados. La lección se condensa en la afirmación final: "al que mucho se le confió, más se le exigirá".

b) Todos tenemos el peligro de la pereza en nuestra vida de fe. O del amodorramiento, acuciados como por tantas preocupaciones.

Hoy nos recuerdan que debemos estar vigilantes. Las comparaciones del ladrón que puede venir en cualquier momento, o el amo que puede presentarse improvisamente, nos invitan a que tengamos siempre las cosas preparadas. No a que vivamos con angustia, pero sí con una cierta tensión, con sentido de responsabilidad, sin descuidar ni la defensa de la casa ni el arreglo y el buen orden en las cosas que dependen de nosotros.

Si se nos ha confiado alguna clase de responsabilidad, todavía más: no podemos caer en la fácil tentación de aprovecharnos de nuestra situación para ejercer esos modos tiránicos que Jesús describe tan vivamente.

La "venida del Hijo del Hombre" puede significar, también aquí, tanto el día del juicio final como la muerte de cada uno, como también esas pequeñas pero irrepetibles ocasiones diarias en que Dios nos manifiesta su cercanía, y que sólo aprovechamos si estamos "despiertos", si no nos hemos quedado dormidos en las cosas de aquí abajo. El Señor no sólo nos "visita" en la hora de la muerte, sino cada día, a lo largo del camino, si sabemos verle.

En el Apocalipsis, el ángel les dice a los cristianos que vivan atentos, porque podrían desperdiciar el momento de la visita del Señor: "mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap 3,20). Sería una lástima que no le abriéramos al Señor y nos perdiéramos la cena con él.

"Anunciar a todos la riqueza insondable que es Cristo" (1a lectura II)
"Estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Efesios 3,2-12

Antes de dejar que se convierta en oración la profunda meditación del capítulo precedente, se abre Pablo confidencialmente a sus destinatarios. Le concede una gran importancia a decir cuál es el ministerio que Dios le ha confiado: anunciar el misterio de Cristo a los paganos. Pablo es consciente de la grandeza del designio de Dios, que sólo ahora, en Cristo, se ha manifestado del todo. Por eso anuncia a los efesios y celebra la eficacia de un poder que no viene de él, sino de la insondable riqueza de Cristo (v. 8). Los cristianos de Efeso están llamados, precisamente como los judíos, a formar el mismo cuerpo místico de Jesús que es la Iglesia, a participar en las mismas promesas divinas, en la misma herencia, que es la vida eterna en la alegría. Sí, Pablo llama también a los paganos, a todos los hombres, por voluntad del Altísimo, a gozar de la magnanimidad de un Dios en el que, desde siglos, estaba escondido el misterio de la salvación total que ahora, precisamente a él, el más pequeño (= «ínfimo»: v. 8) entre los santos, o sea, entre los creyentes, le corresponde anunciar como pleno cumplimiento de las antiguas promesas de Dios.

La inagotable riqueza del misterio de Cristo, expresado por su Iglesia, no corresponde, en efecto, sólo a los hombres; es mucho más amplio. Hasta las realidades angélicas (principados, potestades) están implicadas en orden a la múltiple sabiduría (v 10) de un Dios que, justamente a través del misterio de su Hijo -encarnado, muerto y resucitado por nosotros-, guía la historia de la salvación. Precisamente esta realidad -concluye Pablo-crea en nosotros el coraje de una fe auténtica que se convierte en plena confianza en el Señor.

Evangelio: Lucas 12,39-48

Con esta parábola nos pone en guardia Jesús contra el hecho de llevar una vida espiritualmente soñolienta, sin tener en ninguna consideración el hecho de que no se nos avisará de la hora en que el Señor nos llamará para que le demos cuenta de nuestra vida. El tema sigue siendo, por tanto, todavía el de la vigilancia. Pedro, a quien probablemente irrita la pequeña parábola donde aparece la figura del ladrón que asalta la casa de quien no ha estado vigilante, siente la tentación de acomodarse en una paz fingida. Y, en vez de dejarse provocar por la parábola de una manera positiva, le pregunta a Jesús si el relato va por los discípulos o por todos: es como si quisiera insinuar con su pregunta si los que han seguido a Jesús, o sea, los que viven como creyentes y practicantes, pueden estar tranquilos. ¿Por qué dirigirles a ellos, a los privilegiados, un discurso tan inquietante? Jesús, tal como hace con frecuencia, responde con otra pregunta: «¿Quién es el administrador fiel y prudente?» (v. 42).

El Señor Jesús es un gran provocador. Ahora echa mano de otra pequeña parábola para expresar lo que agrada al dueño (= el Señor) que, al volver y encontrar al siervo en su puesto de trabajo cumpliendo honestamente su voluntad, le asciende y le nombra incluso administrador de todas sus riquezas (vv. 43ss). En cambio, con el siervo que se aprovecha de su lejanía para entregarse al festín del egoísmo, dando rienda suelta a su violencia prevaricadora y a sus instintos desordenados, el dueño se mostrará a buen seguro severo (vv. 45ss). Pero la mayor severidad recaerá sobre aquellos que, por estar en condiciones de conocer más al Señor y penetrar en el sentido de su voluntad, en vez de entregarse a un cumplimiento lleno de amor se han comportando como el siervo infiel (vv. 47ss).

MEDITATIO

Ciertamente, en ambas lecturas, pero sobre todo en el evangelio, nos avisa el Señor de que el amor de Dios por nosotros es exigente y de que la vida no puede ser vivida bajo el lema de la falta de compromisos. Ahora bien, ¿cómo evitar ese cansancio, esa especie de soñolencia en la vida espiritual que penetra a veces en los pliegues de nuestra vida?

Ante todo, se trata de abrir bien los ojos del corazón a las maravillosas riquezas de la llamada que, arraigada en el misterio de Cristo, libera en nosotros una gran capacidad de asombro y de amor. «A mí, el más insignificante de todos los creyentes -dice Pablo- se me ha concedido este don» (v. 8a). El apóstol percibe la amplitud y la profundidad de este don, y vive su asombro hasta comunicarlo, hasta persuadirme de que el designio del Padre -realizado en Cristo por amor a nosotros- es tal que puedo acercarme a él con plena confianza (cf v. 12). Eso es: lo que importa es no descuidar la dimensión contemplativa que, por gracia del Espíritu Santo en nosotros, abre los ojos de nuestro corazón a los ricos y maravillosos horizontes de nuestra fe.

Si mi mirada es una mirada rejuvenecida cada día por el asombro producido por «la insondable riqueza de Cristo», no llegaré a sobrecargarme de ocupaciones y preocupaciones, ni me ahogaré de una manera eufórica en el éxito ni con signos de depresión en el fracaso, ni perseguiré consensos e intereses personales. Si me dejo aferrar por el maravilloso misterio de Cristo, que día tras día me revela y me narra la Palabra, no seré como el siervo descuidado que se olvida del regreso del Señor, no me entregaré a las incitaciones del egoísmo y de sus delirios, sino a las de una laboriosidad confiada en la gran fuerza que Jesús me da para que viva la alegría de hacer brillar, también ante los ojos de los hermanos, las maravillas de su amor.

ORATIO

Oh Padre, concédeme tu Espíritu, para que me enseñe a descubrir cada día las inenarrables riquezas de Jesús, tu Hijo unigénito, mi hermano mayor y Señor. No permitas que mi vida espiritual se vuelva asfíctica y se anquilose en pequeños espacios de agitado activismo, sin apertura de horizontes a las maravillas de tu proyecto, que es salvación para mí y para todos, en Cristo Señor.

Concédeme querer a cualquier precio espacios contemplativos en mis días frecuentemente quemados por el demasiado «hacer» en el interior del aparato de las lógicas mundanas. Fascíname de tal modo que el asombro que me produzcas me permita vivir trabajando con solicitud en la entrega de mí mismo, pero sólo por ti y por tu Reino.

CONTEMPLATIO

Con la ascensión, el cuerpo de Cristo, entrelazado con nuestra carne y con toda la carne de la tierra, ha entrado en el ámbito trinitario. Ahora lo creado está en Dios; es «su zarza ardiente», como dice Máximo el Confesor. Al mismo tiempo, sigue sepultado en la muerte, en la opacidad y en la separación a causa del odio, de la crueldad y de la inconsciencia de los hombres. Hacerse santo es desplazar estas pesadas cenizas y hacer aflorar la incandescencia secreta, permitir a la vida, en Cristo, absorber la muerte.

Dice, en efecto, san Ambrosio: «En Cristo lo tenemos todo. Si quieres curar tus heridas, él es médico. Si ardes de fiebre, él es fuente. Si temes a la muerte, él es vida. Si aborreces las tinieblas, él es luz. Dichoso el hombre que espera en él» (O. Clément, Alle fonti con i Padri, Roma 1999, pp. 54ss).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Que resplandezca en mis acciones, oh Señor, tu misterio de vida y salvación».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La educación progresiva de nuestro pensamiento cristiano y su correlativo obrar (en proporción al estado y a la llamada recibida por cada uno) con respecto a todos los grandes problemas de la vida y de la historia, tiene que ver con lo que podríamos llamar la «sabiduría de la praxis». Esta última consiste sobre todo en la adquisición de hábitos virtuosos: unos hábitos que son necesarios todos ellos no sólo para actuar, sino también y en primer lugar para pensar correcta y exhaustivamente sobre los juicios y las consiguientes acciones que puedan exigir los problemas de las vicisitudes de la vida individual, familiar, social, política e internacional que el hoy presenta a la conciencia de cada uno y de la comunidad cristiana.

Es preciso reconocer que los resultados poco brillantes de las experiencias de los cristianos en la vida social y política no se deben tanto a la malicia de los adversarios, ni tampoco únicamente a las propias deficiencias culturales, como sobre todo a deficiencias de los hábitos virtuosos adecuados, y no sólo en el sentido de carencias de las dotes sapienciales necesarias para ver las direcciones concretas de la acción social y política. Justamente, creo que la causa de muchos fracasos ha sido, en primer lugar, la falta de sabiduría de la praxis: esa sabiduría que -supuestas las esenciales premisas teologales de la fe, la esperanza y el amor cristiano- requiere además un delicadísimo equilibrio de probada prudencia y de fortaleza magnánima; de luminosa templanza afinada justicia, tanto individual como política; de humildad y sincera y de mansa, aunque real, independencia en el juicio; de sumisión y, al mismo tiempo, deseo veraz de unidad, aunque también de espíritu de iniciativa y sentido de la propia responsabilidad; de capacidad de resistencia y, al mismo tiempo, mansedumbre evangélica (G. Dossetti, La parola e il silenzio, Bolonia 1997, p. 93).

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