Lunes XXX Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ef 4, 4—5, 8: Vivid en el amor como Cristo
- Salmo: Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6: Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos
+ Evangelio: Lc 13, 10-17: A ésta, que es hija de Abrahán, ¿no había que soltarla en sábado?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Efesios 4,32–5,8: Vivid en el amor, como Cristo. San Pablo nos exhorta a que pongamos en práctica el amor a imitación de Cristo. Debemos evitar a toda costa las obras impías que se realizan en el mundo pagano. Comenta San Agustín:

«Nuestro mismo Dios nos exhorta a que le imitemos a Él... El que, ciertamente, no tenía pecado alguno, murió por nosotros y derramó su sangre para que lográramos el perdón. Él recibió por nosotros lo que no le era debido, para librarnos de la deuda. Ni Él debía morir, ni nosotros vivir. ¿Por qué? Porque éramos pecadores. Ni a Él le correspondía la muerte, ni a nosotros la vida. Tomó para sí lo que no le correspondía; y nos dio lo que no se nos debía. Mas, puesto que se habla del perdón de los pecados, para que no juzguéis que es mucho para vosotros imitar a Cristo, escuchad lo que dice el Apóstol: “perdonándoos mutuamente... Sed, pues, imitadores de Dios” (Col 3,13; Ef 4, 32), Son palabras del Apóstol, no mías. ¿Es acaso de soberbios imitar a Dios?... “Como hijos amadísimos”. Tú te llamas hijo. Si rechazas la imitación de Dios, ¿cómo aspiras a obtener la herencia?» (Sermón 34,2).

–«Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos». Este es el estribillo del Salmo 1: «Dichoso el hombre que no sigue el camino de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia... No así los impíos, no así... El camino de los impíos acaba mal».

–Lucas 13,10-17: Una curación en sábado escandaliza a los hipócritas, pero el pueblo sencillo se llena de júbilo. La bondad de Jesús se aparta de todo formalismo y de todo legalismo. La ley solo ha de servir para ayudar al amor. Ésta es la gran Ley. El mismo Jesucristo reduce toda la ley amor a Dios y al prójimo. Él vino a dar cumplimiento a la ley. Solo el pueblo sencillo y humilde puede apreciar esos gestos y esa doctrina sublime. Los soberbios, los autosuficientes, quedan vacíos. Son los más humildes los que mejor reciben la sanación y la salvación de Cristo, son ellos los que se atreven a pedírsela y a esperarla de su bondad. Escribe San Jerónimo:

«¿Por qué andas encorvado y pegado a la tierra y estás hundido en el cieno? Aquella mujer a la que Satanás mantuvo atada durante dieciocho años, tan pronto como fue curada por el Salvador, se irguió y empezó a mirar al cielo (Lc 13, 11ss)» (Carta 147,9, a Sabiniano, diácono).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 216-219

1. Efesios 4,32 -5,1-8

a) En la parte exhortativa de la carta a los Efesios, que empezamos a leer el viernes pasado, toca hoy Pablo dos aspectos básicos: la caridad fraterna y la llamada a evitar la inmoralidad reinante en la sociedad de la época.

Para el amor a los demás tenemos dos buenos maestros, Dios Padre y Cristo Jesús: "como Dios os perdonó en Cristo, sed imitadores de Dios, como hijos queridos", "vivid en el amor, como Cristo os amó y se entregó por nosotros".

Hay otros aspectos que los cristianos deben evitar en su vida: "de inmoralidad, indecencia o afán de dinero, ni hablar". Esas cosas "son las que atraen el castigo de Dios".

Los cristianos han cambiado de vida y se les tiene que notar: "por algo sois un pueblo santo", "antes erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz: vivid como gente hecha a la luz".

b) Buen programa para nuestra jornada. Si lo tenemos en cuenta, seguro que mejorará la calidad de nuestra vida personal y el clima de la familia o de la comunidad.

Ante todo, que seamos "buenos, comprensivos" y nos perdonemos unos a otros "como Dios nos ha perdonado". El ejemplo más cercano lo tenemos en Cristo Jesús, que se ha entregado por todos: así tenemos que actuar nosotros. Eso es vivir como hijos de la luz.

Además, los cristianos hemos de evitar toda indecencia e inmoralidad en las conversaciones y en la vida. Parece como si Pablo estuviera viendo, no las costumbres de su época, sino las de ahora: el lenguaje de los medios de comunicación y los espectáculos.

Es antigua la cosa: se ve que lo que agrada a los "bajos instintos" siempre ha sido comercial y se tiende a fomentar. A lo mejor tendría que repetirnos la advertencia: "que nadie os engañe con argumentos especiosos". Porque se invoca la libertad de expresión y la adultez de las personas y la realidad pluralista del mundo, y así se abre el campo; sin casi limites, a la inmoralidad de las costumbres. Junto a esta indecencia, Pablo sitúa otro de los defectos de entonces y de ahora: "el afán de dinero, que es una idolatría".

Los cristianos, "pueblo santo", debemos mostrar, con sencillez pero con valentía, que no queremos ser como la mayoría, si esa mayoría está abandonando valores fundamentales.

Aunque la mayoría estadística sea egoísta, un cristiano no lo debe ser. Si la mayoría ha caído en el deterioro ético de las costumbres, un cristiano debe luchar contra corriente y saber defender la limpieza de corazón en medio de la permisividad reinante. A pesar de que sea general en este mundo, un cristiano evita la carrera por enriquecerse a toda costa.

De nuevo el salmo primero nos pone en el camino de la verdadera sabiduría: "dichoso el que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores... será como un árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas".

2. Lucas 13,10-17

a) En su camino hacia Jerusalén, Jesús realiza otro gesto de "curación en sábado", sanando milagrosamente a una mujer encorvada que no se podía enderezar.

Parece como si Jesús provocara escenas como la presente, que realiza en sábado: quiere mostrar que la fuerza curativa de Dios ya está presente y actúa eficazmente en el mundo.

Llama "hipócritas" a los que se escandalizan de que él haya hecho este gesto en sábado, cuando ellos sí se permitían ayudar a un animal propio llevándolo a abrevar, aunque fuera en sábado. ¡Cuánto más no se podrá ayudar a esta pobre mujer, "que es hija de Abrahán" y que desde hace diez y ocho años "Satanás tiene atada"!

b) Jesús se dedica a curar, a salvar, a transmitir vida. El sábado -para nosotros, con mayor razón, el domingo- es el día semanal que recuerda a los creyentes la victoria de Dios contra todo mal y toda esclavitud.

Nos enseña que la caridad con las personas es superior a muchas otras cosas: sobre todo a unas leyes exageradas que nos hemos inventado nosotros mismos, y que invocamos oportunamente cuando no queremos gastar nuestro tiempo en beneficio de los demás. Con los muchos "trabajos" que no se podían hacer en sábado, las escuelas más rigoristas de la época lo habían convertido, no en un día de liberación y alegría, sino de preocupación escrupulosa. Se puede ser esclavo también de una ley mal entendida. Jesús se opone a este legalismo exagerado.

Pensemos si también nosotros necesitamos que nos recuerden que "no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre", si en vez de predicar y practicar una religión de hijos la hemos convertido en un ritualismo de esclavos.

En el día de domingo, además de participar en la celebración eucarística, que ciertamente es el punto culminante de la jornada, ¿ayudamos a enderezarse a las personas que están agobiadas por diversos males? Podríamos proponernos hacer cada domingo algún acto de caridad, tener un detalle para con algún enfermo o anciano, hacer una llamada telefónica amable, escribir una carta, visitar a algún pariente que tenemos abandonado, "desatar" a alguien al que tal vez nosotros mismos hemos "atado" con nuestros juicios o nuestro trato despectivo.

"De inmoralidad, indecencia o afán de dinero, ni hablar" (1a lectura II)
"Un sábado, Jesús dijo a la mujer: quedas libre de tu enfermedad" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Efesios 4,32–5,8

El bautizado vive en Cristo (cf. Ef 2,10), es morada del Espíritu (cf. 2,22): sus acciones deben estar en armonia con la verdad y la caridad (cf. 4,15) y deben corroborar la unidad de la comunidad (cf. 4,16). La benevolencia, la misericordia, el perdón recíproco, son las actitudes que califican las relaciones entre cristianos. Éstos son conscientes de haber recibido gratuitamente el amor de Dios en Cristo (4,32). Pablo exhorta a los creyentes a actuar como actúa Dios. Nos vienen a la mente aquellas palabras de Jesús: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Los cristianos, convertidos en hijos adoptivos de Dios, han de vivir ese amor del que Jesús dio ejemplo con su entrega total (Ef 5,2; cf. Jn 15,13).

Dicho de manera negativa, la auténtica vida nueva en Cristo comporta el abandono de las costumbres y tendencias que no se corresponden con el amor. Pablo enumera aquí una serie de acciones que, por manifestar una relación desordenada con la sexualidad y con los bienes, ignoran el único señorío de Jesucristo y del Padre (vv. 3-5). El placer y el tener, convertidos en ídolos, las palabras torpes y las conversaciones estúpidas que llevan a la vulgaridad: todo eso no puede ser más que objeto de condena por parte de Dios y motivo de exclusión de su Reino. De ahí la invitación apremiante del apóstol, a fin de que los efesios que se han hecho cristianos no sigan a los que intentan asociarlos a su propia rebelión contra Dios y volver a llevarlos al primitivo estado prebautismal en el que antes se encontraban (vv. 6ss). Tras haber sido iluminados por la gracia del sacramento, ya no han de vivir en las «tinieblas» de la lejanía de Dios, sino en la «luz» de la comunión con él, de quien ahora son hijos (v 8; cf. Jn 8,12).

Evangelio: Lucas 13,10-17

Jesús está en marcha hacia Jerusalén (cf. Lc 9,51), lugar donde tuvo comienzo su manifestación (cf. 2,22ss; 2,41ss) y donde se consumará su misión salvífica (cf. 13,33; 19,28ss). Lucas sitúa en el interior de este gran viaje las enseñanzas de Jesús a sus discípulos. Estos están llamados a recorrer de nuevo su mismo camino, volviendo a partir de Jerusalén (cf. 24,47; Hch 1,8).

El milagro de la curación de la mujer encorvada sólo lo narra Lucas. La curación realizada en sábado presenta la ocasión de afirmar el aspecto central del mensaje evangélico: el amor de Dios revelado por Jesús libera al hombre de las estrecheces de una ley que, entregada para asegurar la libertad, había terminado por hacerlo esclavo. Se trata de un amor gratuito, como la curación de esta mujer, que no la había pedido (v 12). La ley del sábado, convertida durante el período postexílico en el fulcro de la religiosidad judía, había perdido la motivación originaria del tiempo sagrado por la comunión con Dios. La casuística rabínica había asimilado ciertas acciones, como las de llevar a cabo curaciones, a la prohibición de realizar cualquier trabajo, una prohibición sólo derogable en caso de peligro para la supervivencia. Jesús, con su gesto gratuito, afirma que el sábado está al servicio de la vida: para quien ama a Dios, no hacer el bien equivale a hacer el mal. Y, efectivamente, es un «mal» el desdén del jefe de la sinagoga (v. 14), así como los pensamientos rencorosos, fácilmente adivinables, de los adversarios de Jesús, para quienes el anuncio del Reino de Dios se resuelve en vergüenza y confusión (v 17a).

Jesús, cuya palabra realiza lo que dice y cuyos gestos son sencillos (v 13) en comparación con los de los taumaturgos orientales, se presenta como el liberador del espíritu maligno -considerado como origen del mal- que deforma la imagen divina del hombre (cf. Gn 1,26ss) haciéndolo esclavo, incapaz de levantar la mirada a su Creador (cf. Sal 121,1; 123,1). El hombre, restituido a la dignidad de la relación vital con Dios, está nuevamente colmado de alegría y, viviendo en plenitud su existencia, da gloria a su Señor y Salvador, exaltando su maravilloso obrar (vv. 13b.17b).

MEDITATIO

Los cristianos son personas liberadas de la opresión del carácter finito de las criaturas: éste ya no es obstáculo que impida la relación personal con Dios, porque Dios mismo la ha hecho posible y la ha manifestado en el Señor Jesús. Los cristianos han sido liberados de todo vínculo que dificulte la convivencia humana: el único vínculo es el amor, que promueve la vida de todos, porque anima a cada uno a hacer el bien. ¿Cómo atestiguar este don de libertad?

Hay una elección precisa que, en cuanto cristiano, debo llevar a cabo en la vida de cada día: la de comportarme como se comportó Jesús. Misericordia, perdón,benevolencia: ésos son los atributos de Dios que estoy llamado a hacer visibles en mi ambiente. Con todo, me doy cuenta a menudo de que, siendo misericordioso, teniendo un corazón benévolo, intentando perdonar..., me pongo a contracorriente respecto a la mayoría y me encuentro solo. Parece paradójico: ¿es que acaso vivir en comunión con Dios me aleja de los otros?

Es así, porque la propuesta de un amor que se da por completo a sí mismo parece incómoda, mientras que la riqueza y el sexo fáciles parecen seductores. Yo, cristiano de hoy, ¿de qué parte me encuentro?

ORATIO

Cuántas veces ni siquiera te pido que me ayudes a mirar hacia arriba, Señor, y finjo estar satisfecho con mi mirada a ras de tierra... Cuántas veces me digo que, después de todo, no es tan malo escarbar en la superficialidad y camuflo el vacío que experimento con ebriedades epidérmicas...

¡Señor, toma tú una vez más la iniciativa! Despierta en mí la conciencia de ser como tú me has hecho con el bautismo: hijo libre de amar, capaz de gestos que son chispas de luz en las tinieblas de la mezquindad y del egoísmo. Señor, salvador de mi vida.

CONTEMPLATIO

La perfección de la vida cristiana consiste en unirnos con el alma, con las palabras y con los hechos de la vida misma a todos los términos que explican el nombre de Cristo. Alguien podría objetar que este bien es dificilmente realizable, puesto que sólo el Señor de lo creado es inmutable, mientras que la naturaleza humana es

mutable y está inclinada a los cambios. El hombre no es mutable sólo en relación con el mal. La más bella manifestación de la mutabilidad está representada por el crecimiento en el bien: el ascenso a una condición mejor convierte en un ser más divino a quien se transforma en sentido bueno. Lo que nos parece temible (hablo de la mutabilidad de nuestra naturaleza) es, en realidad, un ala adaptada al vuelo hacia las cosas más excelsas. La verdadera perfección consiste, en efecto, precisamente en esto, en no detenerse nunca en el propio crecimiento y en no circunscribirlo dentro de un límite (Gregorio de Nisa, Fine, professione e perfezione del cristiano, Roma 21996, pp. 113-115, passim).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Cristo me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí» (cf. Ef 5,2).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Existe una vida escondida en el hombre que sostiene su esperanza. ¿Serás capaz de prestarle atención? Sin esa esperanza, arraigada en el centro de tu corazón, sin ese ir más allá de tu persona, pierdes el gusto de avanzar. No se trata de una esperanza que es pura proyección de tus deseos, sino de esa que conduce a vivir lo inesperado, incluso en situaciones sin vía e salida. Esta esperanza engendra un impulso de creatividad: este impulso destruye los determinismos de la injusticia, del odio, de la opresión. En íntimo coloquio, se trata de una esperanza que procede de Otro y que puede reinventar el mundo.

Cuando pones el centro del universo en ti mismo, te hundes en el egocentrismo y se dispersan las energías de la creatividad y del amor. Para trasladar a otro lugar ese centro y para que en él se encienda el amor, dispones del mismo fuego que cualquier otro hombre posee en la tierra: el Espíritu que está dentro de ti. Deja que sus impulsos, su espontaneidad, sus inspiraciones, se despierten y verás que tu vida se vuelve fuerte y densa.

Una vez situado en las vanguardias de la Iglesia, ¿serás portador de agua viva? ¿Apagarás la sed del que busca la fuente? No basta con el deseo de ser servidor de la paz y de la justicia para llegar a serlo. Es preciso subir a la fuente y reconciliar en nosotros mismos lucha y contemplación. ¿Quién podría aceptar ser un conformista de la oración, de la justicia o de la paz? ¿Quién podría soportar que se dijera de él: dice, pero no hace? Dice «Señor, Señor», pero no hace su voluntad; dice «Justicia, justicia», pero no la practica; dice «Paz, paz», pero dentro de él está la guerra (R. Schutz, Vivere I'inesperato, Brescia 21978, pp. 7-9, passim).

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