Miércoles XXX Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ef 6, 1-9: No como quien sirve a los hombres, sino como esclavos de Cristo
- Salmo: Sal 144, 10-11. 12-13ab. 13cd-14: El Señor es fiel a sus palabras
+ Evangelio: Lc 13, 22-30: Vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Efesios 6,1-9: Todos, padres e hijos, siervos y amos, sirvamos al Señor. Comenta San Agustín:

«De ningún modo se atreverán el padre o la madre a pedir que se les prefiera a Dios. Yo no digo que se les anteponga, pero ni siquiera que se les compare... Dios te ha dicho: “Honra a tu padre y a tu madre”. Lo reconozco, Dios me lo ha dicho... Ama, dice, a los padres, pero no más que a mí (Mt 10,37)... Ama ordenadamente, para que seas ordenado. Distribuye las cosas en sus pesos e importancia. Ama al padre y a la madre, aunque tienes a Alguien a quien has de amar más que al padre y a la madre. Si los amas a ellos más, serás condenado, y si no los amas, serás condenado. Ofrezcamos el honor a los padres, pero prefiramos a nuestro Creador, al que hemos de amar más en el temor, amor, obediencia, honor, fe y deseo» (Sermón 65, A,8).

Esto que se dice con respecto al amor a los padres, se ha de aplicar igualmente al amor de los padres a los hijos, y al amor entre hermanos y amigos, socios y compañeros.

–Con el Salmo 144 proclamamos: «El Señor es fiel a sus palabras. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de tu reinado, pues tu reinado es un reinado perpetuo, tu gobierno va de edad en edad. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». San Agustín afirma que lo único que manda la Sagrada Escritura es amar, primero y sobre todo a Dios, y luego al prójimo por amor a Dios.

–Lucas 13,22-30: Todos están llamados a participar en el Reino de Dios. Podemos pensar que la sentencia de Jesús, acerca de que el Reino iba a ser rechazado por muchos judíos y recibido en cambio por los gentiles, fue ante todo un aviso para sus contemporáneos, que no comprendían los signos de los tiempos y que no se percataban del alcance decisivo del misterio de Jesucristo. No se daban cuenta los judíos de que estaban en la plenitud de los tiempos, no reconocían en Jesús el Mesías esperado, y no entendían por eso que entre la Antigua Alianza y la Nueva que se les ofrecía se daba una perfecta continuidad maravillosa. Oigamos a San Ambrosio:

«El que construye debe poner unos buenos cimientos. Este sólido fundamento es la fe, este buen “fundamento son los apóstoles y los profetas” (Ef 2,10), porque nuestra fe surge de los dos Testamentos, no faltando a la verdad el que dice que la medida de la fe perfecta está en ambos, ya que el mismo Señor dice: “si creyerais en Moisés, creeríais también en mí” (Jn 5,46), puesto que el Señor habló por Moisés. Y resulta exacto decir que la perfecta medida está en uno y en otro, porque Él ha cumplido ambos y porque la fe de los dos es la misma, puesto que el que habla y la respuesta tienen el mismo sentido» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib. VII,189).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 224-228

1. Efesios 6,1-9

a) Hace dos días, Pablo había recomendado a los Efesios que fueran "buenos, comprensivos", y que "se perdonaran unos a otros como Dios les perdonó en Cristo". Ayer lo había aplicado en concreto a las relaciones entre marido y mujer. Hoy, a las de los hijos con los padres y de los esclavos con sus dueños, y viceversa.

A los hijos les dice que obedezcan a sus padres, para cumplir al antiguo y siempre actual mandamiento: "honra a tu padre y a tu madre", al que él llama "primer mandamiento" (se entiende, de los referentes al prójimo). A los padres les recuerda que no deben ejercer su autoridad con tiranía, exasperando a sus hijos, sino "como haría el Señor".

A los esclavos les pide que obedezcan a sus amos con respeto, de buena gana, "como a Cristo", "como quien sirve al Señor y no a hombres". Mientras que a los amos les urge a que no sigan una política de amenazas y castigos: también ellos tienen que recordar que "tienen un amo en el cielo y que ése no es parcial con nadie".

b) Si ayer veíamos que ha cambiado notablemente la relación del marido y de la mujer, hacia una mayor igualdad y complementariedad, también hay que reconocer que ahora es muy distinta la relación de los hijos con los padres desde el tiempo de Pablo (y, dentro de nuestra historia, de unos pocos decenios a esta parte).

Pablo no se dedica a cambiar la sociedad en sus estructuras, pero sí a predicar unos criterios que la transformarán desde dentro. A los hijos les inculca obediencia y respeto, y a los padres tolerancia y amabilidad: que ejerzan cuando haga falta la corrección, pero "como haría el Señor".

Tanto en el seno de una familia, como en cualquier otro grupo humano, siguen válidas las consignas de Pablo. El que tiene una responsabilidad sobre los demás, no tiene que hacer sentir el peso de su autoridad caprichosamente, sino con diálogo y respeto. Y la obediencia tiene que estar hecha de sinceridad y de corresponsabilidad. Tanto a los hijos como a los padres, nos recuerda Pablo un criterio básico, el ejemplo de Cristo Jesús: "como el Señor quiere", "como haría el Señor". ¿No está ahí, para todo cristiano, el principio fundamental de la dignidad de la persona humana y de su compromiso de fraternidad?

También de los esclavos hemos de decir que Pablo -y la Iglesia de aquel tiempo- no podían hacer nada por cambiar la situación social, que sólo se corregiría (casi) definitivamente en nuestros tiempos. Pero sí establece principios para una convivencia digna, que para aquel tiempo eran sorprendentes: que los esclavos (cristianos) obedezcan con lealtad, "como a Cristo", pensando en que su amo verdadero es el Señor, "que se lo pagará". Y que los amos (cristianos) gobiernen su casa pensando en que tienen que rendir cuenta al que es Señor de unos y otros, Cristo Jesús.

En toda relación con los demás, tengamos presente esta consigna de Pablo: ¿cómo lo haría Jesús? ¿cómo querría él que tratara a esta persona? O, de nuevo, el principio que Pablo establece en la carta a los de Galacia: "todos sois hijos por la fe en Cristo Jesús: ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre; todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3,27-28). Con esta clave, seguro que trataremos bien a todos.

2. Lucas 13, 22-30

a) Lucas nos recuerda que "Jesús va de camino hacia Jerusalén". Y, mientras tanto, nos va enseñando cuál es el camino que sus seguidores tienen que recorrer.

La pregunta tiene su origen en una curiosidad que siempre ha existido: "¿serán pocos los que se salven?". En la mentalidad del que preguntaba, la respuesta lógica hubiera sido: "sólo se salvarán los que pertenecen al pueblo judío". Pero a Jesús no le gusta contestar a esta clase de preguntas, y sí aprovecha para dar su lección: "esforzaos en entrar por la puerta estrecha". El Reino es exigente, no se gana cómodamente. En otra ocasión dirá que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que no un rico, uno lleno de sí mismo, entre en el Reino.

Y puede pasar que algunos de los de casa no puedan entrar, a pesar de que "han comido y bebido con el Señor" y que Jesús "ha predicado en sus plazas". No basta, no es automático. Otros muchos, que no han tenido esos privilegios, "vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios". O sea, hay personas que parecían últimas y serán primeras, y otras que se consideraban primeras -el pueblo de Israel, ¿o nosotros mismos?- serán últimas.

b) Esta clase de advertencias no sólo resultaba incómoda para los judíos que escuchaban a Jesús, sino también para nosotros.

Porque nos dice que no basta con pertenecer a su Iglesia o haber celebrado la Eucaristía y escuchado su Palabra: podríamos correr el riesgo de que "se cierre la puerta y nos quedemos fuera del banquete". Depende de si hemos sabido corresponder a esos dones.

En el sermón de la montaña ya nos había avisado: "entrad por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida!" (Mt 7,13-14). El Reino es exigente y, a la vez, abierto a todos. No se decidirá por la raza o la asociación a la que uno pertenezca, sino por la respuesta de fe que hayamos dado en nuestra vida. Al final del evangelio de Mateo se nos dice cuál va a ser el criterio para evaluar esa conversión: "me disteis de comer... me visitasteis". Ahí se ve en qué sentido es estrecha la puerta del cielo, porque la caridad es de lo que más nos cuesta.

El Apocalipsis nos dice que es incontable el número de los que se salvan: "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar" (Ap 7), gritando la victoria de Cristo y participando de su alegría. La puerta es estrecha pero, con la ayuda de Dios, muchos logran atravesarla. Los malvados, los idólatras y embusteros, caerán en el lago que arde con fuego (Ap 21,8), y los que han seguido a Cristo "entrarán por las puertas en la Ciudad" (Ap 22,14).

Es de esperar que nosotros estemos bien orientados en el camino y que lo sigamos con corazón alegre. Para que al final no tengamos que estar gritando: "Señor, ábrenos", ni oigamos la negativa "no sé quiénes sois", sino la palabra acogedora: "venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros".

"Lo que uno haga de bueno, sea esclavo o libre, se lo pagará el Señor" (1a lectura II)
"Esforzaos en entrar por la puerta estrecha" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Efesios 6,1-9

Después de haber exhortado a los cónyuges a vivir su relación matrimonial en conformidad con su identidad cristiana (cf. Ef 5,22-33), el apóstol se dirige a los hijos y a los padres. También a ellos les dirige la invitación al mutuo respeto en la común obediencia a Cristo (cf. 5,21).

A los hijos les recuerda el mandamiento mosaico: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20,12a). La obediencia a los padres tiene que ver con la relación con Dios, el cual liga a esta relación su bendición, expresada en términos de fecundidad, según la doctrina de la retribución temporal (v. 3; cf. Ex 20,12b).

A los padres les ha sido confiada la tarea de educar a los hijos, y la deben llevar a cabo con mansedumbre y premura, no siguiendo sus propios intereses, sino como servidores de la obra de Dios (v. 4): en él debe inspirarse y orientarse la acción educadora. La relación con el Señor y la obediencia a su voluntad califican, pues, las relaciones entre padres e hijos, iluminando y corroborando la paciente y suave firmeza de unos y el respeto de los otros.

También las relaciones entre esclavos y amos reciben nueva luz del anuncio cristiano. Se trata de relaciones entre personas sometidas todas ellas al mismo «Señor» v 9b), que, sin favoritismo alguno, reconoce y aprecia el bien realizado por cada uno, no la situación social que tiene (v. 8). Tanto para los esclavos como para los amos vale la misma Palabra de Jesús: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Por eso, el esclavo, cuando obedece a su amo, obedece a Cristo: su servicio, realizado con sencillez y generosidad, asume un valor religioso que excluye todo tipo de servilismo y la búsqueda de ambiguas complacencias (vv 5-7). El amo, por su parte, debe tratar al esclavo del mismo modo que trataría a Cristo, con un corazón animado por la caridad, exento de arrogancia y autoritarismo (v. 9a).

Evangelio: Lucas 13,22-30

Comienza una nueva etapa en el viaje hacia Jerusalén, marcada por la anotación sumario del paso de Jesús por pueblos y aldeas y su incesante enseñanza (v 22). La pregunta que abre la nueva sección tiene que ver con los que formarán parte del Reino de Dios (v. 23). Jesús no da una respuesta directa sobre el número de los que se salvarán, sino que exhorta a estar preparados y a mostrarse solícitos en la acogida del Reino que viene.

Se trata de la urgencia ineludible de comprometernos con todo nuestro ser, de concentrar todas nuestras fuerzas, como haríamos si tuviéramos que pasar por una puerta estrecha (v 24). «Hoy» es el momento oportuno para este compromiso, un compromiso que no hemos de aplazar: la salvación es el don de Dios al que nos adherimos haciendo el bien, no simplemente reivindicando vínculos de familiaridad con Jesús (vv. 25ss).

La imagen del banquete escatológico, en el que participan todos los pueblos de la tierra (v. 29), manifiesta la salvación ofrecida a todos los hombres y acogida por muchos paganos. Así éstos, los «últimos» en recibir el anuncio del Evangelio, serán los «primeros» en entrar en el Reino de Dios, mientras que Israel, primero en escuchar el anuncio, se verá excluido si no lo acoge (v 30). La salvación no es cuestión de pertenencia étnica, sino de fe en Jesús. No es el ser hijo de Abrahán lo que asegura la participación en el Reino (v. 28), sino la realización de las obras de Abrahán (cf. Jn 8,39), el cual, con la esperanza de la redención futura (cf. 8,56), tuvo fe y por esa fe fue reconocido como justo (cf. Sant 2,23).

MEDITATIO

Nuestra comunión con el Señor tiene su comienzo ahora, en esta tierra, y durará más allá de la muerte, durante un tiempo sin fin. Se trata de un comienzo muy concreto: se lleva a cabo haciendo el bien y no el mal. Este modo de proceder se convierte en el signo distintivo que nos hace ser reconocidos como personas que pertenecen a Jesucristo. La fe en él no puede dejar de convertirse en amor que penetra las relaciones con los otros.

No tenemos que mirar muy lejos: la familia es el primer «lugar» donde podemos convertir la fe en Jesús en comportamientos consecuentes. Si invoco el nombre del Señor, ¿acaso puedo pretender apelar a ciertas jerarquías de poder para regular sobre ellas las relaciones con los que viven junto a mí? La salvación toma forma en la entrega, en el respeto, en la delicadeza con que vivo mi rol-servicio familiar y mi rol social. No tiene ninguna salida positiva buscar otros caminos.

ORATIO

Señor, me resulta muy fácil demorarme en razonamientos a propósito de tu mensaje de salvación sin comprometerme. Perdóname: me parece «estrecha» la puerta del amor a los que viven más cerca de mí, el único amor en el que verdaderamente estoy dispuesto a poner en juego la verdad de mi fe en ti. Prefiero la puerta «abierta de par en par» de las grandes afirmaciones verbales, que no me exigen un compromiso, de una familiaridad formal con las «cosas de la Iglesia», a las que no me preocupo de dar respuesta en la vida. Dime que la mía es una ilusión y que sólo si amo en serio no a los que están lejos, sino a los que viven junto a mí, a aquellos a los que primero y sobre todo me has confiado, entonces y sólo entonces viviré la salvación que eres tú.

CONTEMPLATIO

Acuérdate, hijo mío, de lo que dice la Escritura: «Una buena palabra vale a menudo más que un rico don»... Acuérdate de que, puesto que soy yo quien recibe todo lo que das, dices o haces a los otros, no basta con decir, hacer o dar cosas buenas; es preciso hacerlas también con suavidad, de una manera tan grata como las harías si yo, Jesús, estuviera delante de tus ojos... Es menester que todas las relaciones con el prójimo, por pequeñas que sean, rebosen de amor (Ch. de Foucauld, La vita nascosta. Ritiri IX/1, Roma 1974, p. 130).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Tú eres el Señor de todos» (cf. Ef 6,9).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Nuestra misión es una misión de amor. Es una misión de bondad, sobre todo hoy, en que hay tanta hambre de Dios. Noto que, con el tiempo, cada uno de nosotros se transformará en mensajero del amor de Dios. Para obtener esto, debemos ahondar en nuestra vida de amor, de oración, de sacrificio. Es muy difícil dar a Jesús a los otros si no lo tenemos en nuestros corazones. Si esto no nos interesa, estamos perdiendo el tiempo, porque limitarse a trabajar no es un motivo suficiente: sí lo es, en cambio, llevar la paz, el amor y la bondad al mundo de hoy, y para eso no tenemos necesidad ni de ametralladoras, ni de bombas. Necesitamos un amor profundo y una profunda unión con Cristo para ser capaces de dar a Cristo a los otros. Ahora bien, antes de poder vivir esta vida con el exterior, debemos vivirla en nuestras familias. El amor empieza en casa, y debemos ser capaces de mirar a nuestro alrededor y decir: «Sí, el amor empieza en la familia». Por eso nuestro primer esfuerzo debe ir encaminado a hacer de nuestras familias otros tantos Nazarets donde reinen el amor y la paz. Esto sólo se consigue cuando la familia se mantiene unida y reza unida.

A todos vosotros os ofrece una magnífica oportunidad la gran misión de vivir esta vida de amor, de paz, de unidad. Y, haciendo esto, proclamaréis a los cuatro vientos que Cristo está vivo (Madre Teresa de Calcuta, La gioia di darsi agli altri, Roma 31981, pp. 82-84, passim [edición española: La alegría de darse a los demás, Ediciones San Pablo, Madrid 1997]).

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