Miércoles XXXI Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Flp 2, 12-18: Seguid actuando vuestra salvación, porque es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad
- Salmo: Sal 26, 1. 4. 13-14: El Señor es mi luz y mi salvación
+ Evangelio: Lc 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Filipenses 2,12-18: Es Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar. El Señor, viviendo en nosotros, nos hace posible caminar hacia la salvación con una vida ejemplar, y ser luz en medio de las tinieblas de este mundo. Así en el día del juicio podremos gozar de su gozo eterno. En la Carta a Diogneto leemos:

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás... Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida sobrepasan las leyes... Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo» (Diogneto V-VI).

–Con el Salmo 26 proclamamos: «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? Una cosa pido al Señor, eso buscaré; habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, gozar de la dulzura del Señor, contemplando su rostro. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida»... Esperaré en el Señor con gran valor y confianza. Él es mi salvación y mi alegría. Él es mi Luz, la luz que debo irradiar en mi vida.

–Lucas 14,23-35: Renunciamos a todo, para venir a ser discípulos del Señor. El Señor creó todo para nosotros. Todo es bueno: «todas las cosas son para nosotros», para nuestro provecho, para nuestra utilidad, pero «nosotros somos de Cristo, y Cristo de Dios». Usemos todas las cosas del mundo presente de tal modo que no nos incapacitemos para las eternas. No pongamos todo nuestro interés en las cosas de este mundo. Guardemos el corazón en una santa indiferencia. Oigamos a Casiano:

«No vayamos a creer que aquellos que han sido elevados en este mundo a las cumbres de las riquezas, del poderío y de los honores hayan alcanzado con ello el bien por excelencia, pues éste consiste únicamente en la virtud. Esas otras cosas son indiferentes. Son útiles, son provechosas para los justos que usan de ellas con recta intención y para cumplir sus menesteres ineludibles, pues brindan la ocasión para hacer obras buenas y para producir frutos para la vida eterna. Son, en cambio, lesivas y dañinas para aquellos que abusan de ellas, encontrando en ellas ocasión de pecado y de muerte» (Colaciones 66,3).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 249-252

1. Filipenses 2,12-18

a) "Seguid actuando vuestra salvación". No basta haber creído, haber empezado bien.

Pablo, a sus comunidades, las exhorta siempre a crecer, a seguir trabajando, a madurar todavía más en su fe.

Las recomendaciones son bien sustanciosas: "hacedlo todo sin protestas ni discusiones", siempre "irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin tacha", ya que "en medio de una gente torcida y depravada", los cristianos debemos "brillar como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir".

Termina el pasaje con una clave litúrgica que aproxima el culto a la vida: la vida de fe de los Filipenses es el "sacrificio litúrgico" (en griego "thysia" y "leitourgia", sacrificio y liturgia) y Pablo está dispuesto a derramar su propia sangre como libación sobre ese sacrificio, y además con alegría.

b) "En medio de una gente torcida y depravada", que sigue sus propios criterios, muy distintos de los de Cristo, los cristianos debemos ser "lumbreras del mundo", "irreprochables y límpidos", "hijos de Dios sin tacha".

Buen programa de crecimiento en nuestra fe y de testimonio ante los demás. Cuando un cristiano tiene riqueza interior de fe, es cuando da un testimonio creíble, sin necesidad de discursos. Un cristiano debe tener valentía para ser distinto; para ir contra corriente, si hace falta; para seguir los caminos de Dios y no dejarse contaminar por la mentalidad del mundo.

Necesitará esa valentía de la que habla también el salmo: "espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor".

Una de las cosas que podemos aportar a este mundo es la esperanza, "mostrando una razón para vivir". Pablo transmite a su comunidad la convicción de que vale la pena vivir los valores del evangelio, que todo lo que ha hecho valía la pena: "mis trabajos no fueron inútiles ni mis fatigas tampoco". Más aún, si hay que dar la propia vida, "yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría", y les pide a ellos lo mismo: "por vuestra parte estad alegres y asociaos a la mía". Eso se llama contagiar esperanza, comunicar optimismo. Un optimismo que sólo puede venir de la fe, de la convicción de que "es Dios quien activa en vosotros el querer y la actividad para realizar su designio de amor".

La Plegaria Eucarística Vb pide a Dios, para los que van a comulgar, que se dejen llenar de este espíritu: "que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando". Es la consigna de Pablo: "mostrando una razón para vivir".

2. Lucas 14,25-33

a) El seguimiento de Jesús no va a ser fácil. Podemos explicarnos en parte lo que él lamentaba ayer, que algunos no aceptan la invitación al banquete de su Reino, porque es exigente y no se trata sólo de sentarse a su mesa.

Hoy nos dice que, para ser discípulos suyos, hay que "posponer al padre y a la madre, a la familia, e incluso a sí mismo", y que hay que estar dispuestos a "llevar la cruz detrás de él".

Pone Jesús dos ejemplos de personas que hacen cálculos, porque son sabias, y buscan los medios para conseguir lo que vale la pena. Uno que ajusta presupuestos para ver si puede construir la torre que quiere. Otro que hace números, para averiguar si tiene suficientes soldados y armas para la batalla que prepara. Así deberían ser de espabilados los que quieren conseguir la salvación.

b) Seguir a Jesús es algo serio. Comporta renuncias y cargar con la cruz y posponer otros valores que también nos son muy queridos.

Si se tratara de hacer una selección en las páginas del evangelio, y construirnos un cristianismo a nuestra medida, "a la carta", entonces sí que podríamos prepararnos un camino fácil y consolador. Pero el estilo de vida de Jesús es exigente y radical, y hay que aceptarlo entero. La fe en Cristo abarca toda nuestra vida.

¿Hemos hecho bien los cálculos sobre lo que nos conviene hacer para conseguir la vida eterna? ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para ser discípulos de Jesús y asegurarnos así los valores definitivos? ¿somos inteligentes al hacer bien los números y los presupuestos, o nos exponemos a gastar nuestras energías en la dirección que no nos va a llevar a la felicidad? Para las cosas de este mundo solemos ser muy sabios, y las programamos y revisamos muy bien: negocios, estudios, deportes. ¿También nos sentamos a hacer números en las cosas del espíritu?

Jesús, para llevar a cabo su misión salvadora de la humanidad, renunció a todo, incluso a su vida. Por eso fue constituido Señor y Salvador de todos. Y nos dice que también nosotros debemos saber llevar la cruz de cada día, para hacer el bien como él y con él.

"Brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir" (1a lectura II)
"Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Filipenses 2,12-18

Del corazón de Pablo brotan algunas recomendaciones paternas dirigidas a los cristianos de la comunidad de Filipos, pero a cada una de ellas le corresponde su motivación y precisión concreta.

En primer lugar, los cristianos deben dedicarse con santo temor a obtener su salvación (v. 12); al mismo tiempo, sin embargo, deben recordar que sólo Dios puede suscitar en ellos la capacidad de vivir de un modo conforme a su voluntad (v 13). En segundo lugar, los cristianos deben «brillar como lumbreras en medio del mundo» (v. 15) no para presumir ante los otros, sino únicamente con la finalidad de mantener con «firmeza la Palabra de vida» (v. 16a). En tercer lugar, los cristianos contribuyen a hacer crecer la alegría del apóstol en la medida en que se disponen a ofrecer su vida en sacrificio agradable a Dios, y no por una mera gratificación personal, sino para asimilarse a Cristo Jesús y disponerse a la comunión con el Padre (v 16b-17).

De este modo, la exhortación apostólica se arraiga en el misterio de Cristo y de la salvación anunciada y realizada por él y, al mismo tiempo, se traduce en líneas de ortopraxis cristianas, las cuales valen no sólo para los destinatarios de la carta, sino también para nosotros, a quienes llega, aquí y ahora, el alegre mensaje de la salvación.

Evangelio: Lucas 14,25-33

Después de abandonar la casa del fariseo Jesús se encuentra con la muchedumbre. Cuando tiene lugar este paso, la enseñanza evangélica asume, por lo general, unos acentos más íntimos y, en algunas ocasiones, más radicales. Este es el caso de la lectura evangélica de hoy. En ella -como ya había ocurrido con las «bienaventuranzas»- confía Jesús a la muchedumbre el ideal evangélico, que, si es acogido en su integridad, compromete, arrolla y desconcierta toda la vida.

La disposición de este pasaje evangélico es muy simple: contiene dos parábolas (vv. 28-32), precedidas (vv. 25-27) y seguidas por dos invitaciones a la renuncia (v. 33). En ambas parábolas se ilustra la necesidad de reflexionar antes de emprender una empresa, calculando bien las posibilidades de llevarla a puerto. Es menester evitar toda ligereza o temeridad. Una vez que se ha tomado una decisión, es preciso proceder con la más absoluta fidelidad: un fracaso debido a la indecisión o la nostalgia sería imperdonable. Incluso el «seguir a Jesús» por el camino que le está llevando decididamente a Jerusalén y hacia el Calvario es una empresa bastante arriesgada, en la que es necesario comprometer toda la vida. En la verdad de esta reflexión se injertan la invitación inicial y la final de este pasaje, que contiene una de las exigencias más radicales del Evangelio.

Renunciar a nuestro padre y nuestra madre, llevar la cruz e ir detrás de Jesús, renunciar a todos los bienes que poseemos (vv 26ss y 33), son algunas de esas exigencias que no dejan lugar a ninguna duda; al contrario, con su valor paradójico chocan con nuestra sensibilidad y nos hacen escandalizarnos. Proceder así sería una manera, más o menos elegante, de sustraernos a la invitación de Jesús, para seguir haciendo lo que nos viene en gana.

MEDITATIO

Nos encontramos frente a una de las «palabras duras» de Jesús, de las que se desprende con unos términos extremadamente claros el radicalismo evangélico del que hemos hablado en la lectio. Con todo, este radicalismo no ha de ser considerado de un modo genérico y mucho menos de un modo irracional. En efecto, la invitación de Jesús implica algunas decisiones que dejan aparecer las grandes motivaciones del radicalismo evangélico cuando lo situamos en el contexto general del Evangelio.

La primera de estas decisiones recae sobre la persona misma de Jesús: «Si alguno quiere venir conmigo... El que no carga con su cruz y viene detrás de mí no puede ser discípulo mío». Está claro, por tanto, que la renuncia a los bienes y a las personas no es un fin en sí misma, no tiene ningún valor autolesivo, no puede ser desarrollada en perjuicio propio, sino que encuentra en Jesús, maestro y salvador, su motivación primera y última. La posibilidad de llegar a ser «discípulo de Jesús» constituye el otro gran deseo de todo verdadero creyente, y para alcanzar esta meta se debe estar dispuesto a dejar todo y a todos por amor, sólo por amor. Si es lógico o no emplear la propia vida de este modo no puede decirlo más que aquel o aquella que sabe que de la fe se desprende un estilo de vida. En consecuencia, no debemos buscar una racionalidad puramente humana, sino una racionabilidad que satisfaga la mente y el corazón del verdadero discípulo.

Como sabemos, ha sido precisamente Lucas quien ha recogido este tipo de enseñanzas de Jesús. En efecto, el tercer evangelista escribía para una comunidad que necesitaba hacer cada vez más esencial su propia adhesión al Evangelio. Por eso Lucas la invita a practicar opciones fundamentales en favor del Evangelio, sin dejarse distraer por preocupaciones terrenas y sin alegar excusas fútiles. Y esto vale también para nosotros.

ORATIO

«Pierde tu vida y la encontrarás». Señor, esta invitación tuya suena ilógica, absurda, empapada de fracaso y de muerte. Sin embargo, la vida no puede ser poseída como un tesoro que escondamos celosamente o para administrar sólo como propio, porque se marchitaría en su propia limitación. Tú, en cambio, me has mostrado que mi existencia tiene que encarnarse poniéndome en movimiento entre tu proyecto misterioso y ya establecido y mi decisión de realizarlo o no; se ha de desarrollar entre una sucesión de aventuras placenteras o dolorosas, padecidas o compartidas, que orientan los pasos inseguros de mi vida diaria vivida con otros y para otros.

Lo he comprendido, Señor: mi vida es un don para compartir, es un bien para dar, es un tesoro para revelar; para gozarla plenamente, para vivirla a fondo, debo entregarla. ¡Lo quiero, Señor!

CONTEMPLATIO

Tanto que, por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo; porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá. Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos (Col 2,3), en los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos si (como habemos dicho) no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría; porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual; porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.

¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios —que son de muchas maneras— si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer para entrar en ella en la espesura de la cruz! Que por eso san Pablo amonestaba a los de Efeso que no desfalleciesen en las tribulaciones [...] Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta, y desear entrar por ella es de pocos, mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos (Juan de la Cruz, Cántico espiritual [B], Canción 37, 4; Canción 36, 13, en Obras completas, BAC, Madrid 141994, pp. 884 y 882).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Debéis brillar como lumbreras en medio del mundo,
manteniendo con firmeza la Palabra de vida»
(F1p 2,15ss).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

¡Ser tuya! Pongo en el seno de la Santísima Trinidad mi voluntad, mi corazón, mi cuerpo, mi pensamiento, para que sean consumidos por las llamas del amor divino. Señor Jesús, los abandono a ti para que en mí se produzca el vacío y en él puedas depositar tú tu pensamiento, tu corazón, tu voluntad, todo. Un intercambio silencioso e inefable a los pies del tabernáculo, después de la santa comunión y por la mañana: tu acción interior. Tú y yo; yo y tú; tú en mí, más aún que yo en ti. Yo estoy en ti para morir ahí, tú estás en mí para vivir ahí. Tengo la impresión de que mi pobre ser debe ser incinerado por el poder, por la fuerza, por el ardor de tu divinidad reviviente en él. Siento que mi corazón... más aún, siento que tu corazón dejará en mi pecho latidos de amor.

Es terrible dejarte revivir en nosotros, es terrible esta unión contigo, porque nos amas con un amor que parece aniquilarnos, porque sufres con un sufrimiento que destruiría en virtud de su violencia nuestro ser, si tú no lo sostuvieras. Me pregunto si el perenne y oscuro sufrimiento de mi alma no deriva precisamente de esto: que no sé amar cuanto quisiera, que no sé dejarte vivir en mí como quisiera, que no sé transformarme en ti como quisiera. Quisiera perderme en ti, guardar silencio, gozar de mi transformación (Itala Mela).

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