Miércoles XXXII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Sab 6, 1-11: Oíd, reyes, para que aprendáis sabiduría
- Salmo: Sal 81, 3-4. 6-7: Levántate, oh Dios, y juzga la tierra
+ Evangelio: Lc 17, 11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Sabiduría 6,2-12: Aprendamos la Sabiduría, que es el arte de gobernar y dirigir nuestra propia vida. Es necesaria la sabiduría a los que rigen los pueblos, pero también a los que son regidos. Todo hombre tiene siempre algo que regir, si no a los demás, sí al menos a sí mismo. Toda autoridad viene de Dios. El ejercicio de la autoridad en la Sagrada Escritura aparece sometido a las exigencias imperiosas de la voluntad divina. La autoridad confiada por Dios no es absoluta: está limitada por las obligaciones morales.

Esto ha de cumplirse en los gobernantes de los países, en los padres con respecto a sus hijos, en los maestros con respecto a sus alumnos, en los patronos con respecto a sus empleados, etc. y también ha de realizarse en el dominio de uno mismo. Lo contrario a esto engendra en nosotros endiosamiento respecto a los demás y con respecto a nosotros mismo. Caemos así en una verdadera idolatría.

–Con el Salmo 81 decimos al Señor que juzgue la tierra. «Él protege al desvalido y al huérfano, hace justicia al humilde y al necesitado, defiende al pobre y al indigente, sacándolos de las manos del culpable». El Salmo da una sentencia precisa con respecto a los que gobiernan los pueblos, una sentencia que podemos aplicar a todos los que de algún modo ejercen autoridad, al menos sobre sí mismos. «Aunque seáis dioses e hijos del Altísimo todos, moriréis como cualquier hombre, caeréis, príncipes, como uno de tantos». Es una gran lección que todos hemos de aprender para gobernarnos como Dios quiere y para gobernar a los demás según la ley del Señor.

–Lucas 17,11-19: De los diez leprosos curados solo uno volvió a dar las gracias, y era un samaritano. La lepra aparece frecuentemente en la Biblia como símbolo del pecado. El milagro de Cristo supera el propio significado de una maravillosa curación. Nos lleva a considerar su gran obra de la sanación del pecado. Podemos parecernos a los nueve leprosos judíos, si no somos agradecidos; si comulgamos, pero no sabemos dar gracias. Parece que estamos replegados sobre nosotros mismos, sobre nuestro amor propio, y que no nos damos cuenta de los beneficios incontables que nos hace constantemente el Señor. Por eso es nuestra gratitud tan escasa. Hemos de dar gracias a Dios «siempre y en todo lugar», con una correspondencia continua de amor, y no solo con palabras, sino también con nuestra conducta y con nuestra vida.

Los primeros cristianos, conscientes del don recibido y animados por le ejemplaridad del Maestros divino, hacen de la acción de gracias la trama misma de su vida renovada. La abundancia de estas manifestaciones tiene algo sorprendente. Es notable que el mismo Señor no se muestra indiferente a la gratitud manifestada, sino que la reconoce con agrado, y lamenta la ingratitud de los otros.

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