Jueves XXXII Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Sab 7, 22—8, 1: La sabiduría es reflejo de la luz eterna, espejo nítido de la actividad de Dios
- Salmo: Sal 118, 89. 90. 91. 130. 135. 175: Tu palabra, Señor, es eterna
+ Evangelio: Lc 17, 20-25: El Reino de Dios está dentro de vosotros




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Sabiduría 7,22–8,1: La Sabiduría es reflejo de la Luz eterna y espejo nítido de la actividad de Dios. En realidad la Sabiduría divina es el Verbo encarnado, Cristo (cf. 1 Cor 1,24). El texto marca los jalones de una teología de la Trinidad. Contempla, efectivamente, la Sabiduría divina en su trascendencia y a la vez en su inmanencia. De esta manera, el Dios único y Santo de Israel es al mismo tiempo el Dios que salva y que comparte su ser, comunicándolo por la vida de la gracia. Comenta San Agustín:

«Este Unigénito, que permanece todo entero junto al Padre, todo entero brilla en las tinieblas, todo entero está en el cielo, todo entero en la tierra, todo entero en la Virgen, todo entero en su cuerpo de Niño, y no de forma sucesiva, como si pasase de un lugar a otro... No se desparrama como el agua, ni cual tierra se le retira de un lado y se lleva a otro con fatiga. Cuando está todo entero en la tierra no abandona el cielo y, de la misma manera, cuando está en el cielo, tampoco se aleja de la tierra, pues “alcanza de un extremo a otro con fortaleza y dispone todas las cosas con suavidad” (Sab 8,1)» (Sermón 277,13).

¡Oh beatísima Trinidad, nosotros te adoramos y te reverenciamos como Dios unitrino!

–Con el Salmo 118 decimos: «Tu palabra, Señor, es eterna, más estable que el cielo. Tu fidelidad de generación en generación, igual que fundaste la tierra y permanece. Por tu mandamiento subsisten hasta hoy, porque todo está a tu servicio. La explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, enséñame tus leyes, que mi alma viva para alabarte, que tus mandamientos me auxilien».

–Lucas 17,20-25: El Reino de Dios está dentro de nosotros. Jesús enseña siempre la primacía de lo interior. Comenta San Ambrosio:

«“El Reino de Dios está dentro de nosotros” por la realidad de la gracia, no por la esclavitud del pecado. Por lo tanto, el que quiera ser libre, sea esclavo en el Señor (1 Cor 7,22), pues en la misma medida que participamos de esa esclavitud, en esa misma participamos del Reino. Por eso dijo: “el Reino de Dios está en medio de vosotros”. No quiso decir cuándo iba a venir, sino que anunció que el día del juicio tenía que venir de tal modo que producirá en todos un gran terror. Y ese día, ciertamente, se va acercando, aunque no determina el tiempo que tardará en llegar» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VIII,33).

El hombre festeja su propio tiempo en la medida en que busca la eternidad de cada instante y la vive en la misma vida de Dios. No existe ningún día que haya que esperar más allá de la historia; cada día encierra en sí la eternidad para quien lo vive en unión con Dios, sobre todo en la celebración eucarística que reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 277-281

1. Filemón 7-20

a) Esta carta de Pablo a Filemón es breve y entrañable. El esclavo Onésimo, perteneciente a Filemón, un cristiano de la comunidad de Colosas, había huido, con evidente enfado de su amo.

Por esas casualidades de la vida, este esclavo, que debía ser una buena pieza, se encontró con Pablo en la cárcel (¿de Éfeso? ¿de Roma?), y se convirtió al cristianismo.

Pablo le llama "Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión". Y ahora intercede con esta carta ante Filemón para que le perdone y le acepte de nuevo, más aún, que lo acepte "no como esclavo, sino como hermano querido", ya que ahora los dos, el amo y el esclavo, son cristianos. Pablo apela al amor y la gratitud que Filemón siente por el apóstol, para que reciba bien a Onésimo: "si te debe algo, ponlo en mi cuenta: yo, Pablo, te firmo el pagaré de mi puño" (claro que Filemón no esperaría que Pablo se lo pagara).

b) El tema no es tanto la esclavitud y su supresión. Al igual que Cristo con las cuestiones políticas y económicas, tampoco Pablo ni la primera comunidad pueden cambiar de golpe la situación social: por ejemplo el grado de marginación del niño o de la mujer y ahora del esclavo. Eso sí, Pablo, implícitamente, parece que le está pidiendo a Filemón que conceda la libertad a Onésimo. Y, sobre todo, da consignas que, a su tiempo, harán evolucionar desde dentro la situación social y llegarán a suprimir la esclavitud.

A nosotros esta carta nos interpela sobre el trato que damos a los demás, libres 0 esclavos, familiares o extraños, hombres o mujeres, niños o mayores.

¿Qué es lo primero que se nos ocurre esgrimir: nuestros derechos, los agravios que nos han hecho, la justicia? ¿o tenemos sentimientos de misericordia y tolerancia? Los que nos sabemos gratuitamente perdonados y salvados por Dios, ¿tenemos luego con los demás sólo exigencia e intransigencia, como aquel empleado de la parábola de Jesús, al que se le perdonó una suma enorme de dinero y luego no supo perdonar una pequeña cantidad a su compañero?

Cada vez que celebramos la Eucaristía, recibiendo al "Cristo que se entrega por nosotros", deberíamos hacer el propósito de conceder alguna amnistía a nuestro alrededor, sabiendo olvidar agravios, "liberando" a alguien de nuestros juicios condenatorios, cerrando un ojo ante sus defectos, mostrándonos disponibles y serviciales: todo ello "no por la fuerza, sino con toda libertad", sin darnos importancia ni pregonar nuestra generosidad. Entre padres e hijos, empresarios y trabajadores, pastores y fieles, superiores y súbditos: ¿nos tratamos como hermanos?

2. Lucas 17,20-25

a) Una de las curiosidades más comunes es la de querer saber cuándo va a suceder algo tan importante como la llegada del Reino. Es lo que preguntan los fariseos, obsesionados por la llegada de los tiempos que había anunciado el profeta Daniel.

Jesús nunca contesta directamente a esta clase de preguntas (por ejemplo, a la que oíamos hace unos días: ¿cuántos se salvarán?). Aprovecha, eso sí, para aclarar algunos aspectos. Por ejemplo, "que el Reino de Dios no vendrá espectacularmente" y que "el Reino de Dios está dentro de vosotros".

Por tanto, no hay que preocuparse, ni creer en profecías y en falsas alarmas sobre el fin. "Antes tiene que padecer mucho".

b) El Reino -los cielos nuevos y la tierra nueva que anunciaba Jesús- no tiene un estilo espectacular. Jesús lo ha comparado al fermento que actúa en lo escondido, a la semilla que es sepultada en tierra y va produciendo su fruto.

Rezamos muchas veces la oración que Jesús nos enseñó: "venga a nosotros tu Reino".

Pero este Reino es imprevisible, está oculto, pero ya está actuando: en la Iglesia, en su Palabra, en los sacramentos, en la vitalidad de tantos y tantos cristianos que han creído en el evangelio y lo van cumpliendo. Ya está presente en los humildes y sencillos: "bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos".

Seguimos teniendo una tendencia a lo solemne, a lo llamativo, a nuevas apariciones y revelaciones y signos cósmicos. Y no acabamos de ver los signos de la cercanía y de la presencia de Dios en lo sencillo, en lo cotidiano. Al impetuoso Elías, Dios le dio una lección y se le apareció, no en el terremoto ni en el estruendo de la tormenta ni en el viento impetuoso, sino en una suave brisa.

El Reino está "dentro de vosotros", o bien, "en medio de vosotros", como también se puede traducir, o "a vuestro alcance" (en griego es "entós hymón", y en latín "intra vos"). Y es que el Reino es el mismo Jesús. Que, al final de los tiempos, se manifestará en plenitud, pero que ya está en medio de nosotros. Y más, para los que celebramos su Eucaristía: "el que me come, permanece en mí y yo en él".

"Te recomiendo a Onésimo, recíbelo a él como a mí mismo" (1a lectura II)
"El Reino de Dios está dentro de vosotros" (evangelio).

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