Sábado XXXII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 3 Jn 1, 5-8: Debemos sostener a los hermanos, cooperando así en la propagación de la verdad
- Salmo: Sal 111, 1-2. 3-4. 5-6: Dichoso quien teme al Señor
+ Evangelio: Lc 18, 1-8: Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–3 Juan 5-8: Debemos sostener a los hermanos, colaborando así a la propagación de la verdad. El problema de la remuneración de los predicadores es abordado más de una vez en el Nuevo Testamento. El ministro de la Palabra es un testigo de la gratuidad de Dios, por tanto debe reflejarla en su comportamiento. Pero no se pone en duda que el obrero del Evangelio «merece su salario». Él da gratuitamente la palabra de salvación y los que la reciben deben, en conciencia, dar gratuitamente a quienes les da gratuitamente tan precioso don.

San Pablo, en general, no quiso seguir esa pauta, y apenas aceptó algunas ayudas. Los apóstoles de la Palabra divina dan gratuitamente y solo gratuitamente han de recibir. La palabra que ellos proclaman mueve el agradecimiento de los fieles. Siempre ha sido así. Los fieles son agradecidos a quienes les entregan bienes espirituales que les ayudan a vivir la vida presente y a conseguir la vida eterna.

–Por eso decimos con el Salmo 111: «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos... En su casa habrá riqueza y abundancia, su caridad es constante, sin falta. En las tinieblas brilla como luz, el que es justo, clemente, compasivo... Dichoso el que se apiada y presta y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo». Dios es providente. Él suscita en el hombre los buenos sentimientos para con los que dirigen sus pasos a la Casa de Dios, a una vida buena, santa y comprometida con el Evangelio.

–Lucas 18,1-8: Dios hará justicia a sus elegidos, que le suplican día y noche. Ésta es la maravillosa eficacia de la oración. Comenta San Agustín:

«¿Pensáis, hermanos, que no sabe Dios lo que os es necesario? Lo sabe y se adelanta a vuestros deseos, Él que conoce nuestra pobreza. Por eso, al enseñar la oración y exhortar a sus discípulos a que no hablen demasiado en la oración, les dice: “no empleéis muchas palabras”... (Mt 6,7-8). Si sabe nuestro Padre lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, ¿para qué las palabras aunque sean pocas?... Porque Él también dijo: “pedid y se os dará”. Y para que no pienses que se trata de algo incidentalmente dicho, añade: “buscad y hallaréis”. Y para que ni siquiera esto lo consideres como dicho de paso, advierte lo que añade, mira cómo concluye: “llamad y se os abrirá”... Él quiso, pues, que pidieras para recibir, que buscases para hallar y que llamases para entrar» (Sermón 80,2).

Debemos aceptar en nuestra oración los tiempos y plazos que Dios tenga determinado para todas las circunstancias de nuestra vida. Oremos sin descanso, sin decaimiento, constantemente. Oremos confiadamente, con humildad, a ejemplo de la Virgen, que conserva lo que ve en su Hijo, meditándolo en su corazón, y lo exalta en el Magnificat.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 285-288

1. 3 Juan 5-8

a) Después de leer ayer la segunda carta de Juan, y antes de pasar, a partir del lunes próximo, a escuchar durante las dos últimas semanas del año el libro del Apocalipsis, leemos hoy unos pocos versículos de la tercera carta de Juan.

Esta vez va dirigida a Gayo, un cristiano que nos resulta desconocido. Pero el autor de la breve carta habla bien de él: se ve que atendía a los misioneros itinerantes que pasaban por su comunidad y les proveía de lo necesario, "cooperando así en la propagación de la verdad".

b) Hay maneras y maneras de colaborar en la evangelización. A unos les encomendó Cristo el ministerio de apóstoles. En una ocasión envió a setenta y dos discípulos a predicar. Pero aparecen otras muchas personas, hombres y mujeres, que ayudaban a Jesús y al grupo de los apóstoles, o luego a la comunidad cristiana, con su hospitalidad, con su apoyo económico, con su disponibilidad también misionera. Todos trabajan por el Reino, todos contribuyen a la evangelización del mundo.

Y eso, en tiempos de la comunidad apostólica y a lo largo de los dos mil años de la Iglesia. También hoy, ¡cuántos laicos y laicas realizan una labor humilde, sencilla, pero meritoria: con su trabajo de misioneros o catequistas o voluntarios! Cuántos cristianos colaboran con su ayuda al trabajo de los misioneros o al sostenimiento de las obras de la Iglesia -iglesias, seminarios, mantenimiento del personal- y lo hacen calladamente!

Este buen hombre Gayo, al que alaba la carta de Juan, puede considerarse el representante de todas estas personas anónimas que también "cooperan en la propagación de la verdad". Y reciben la bienaventuranza del salmo: "dichoso el que se apiada y presta ... su caridad es constante, sin falta".

2. Lucas 18,1-18

a) Lucas es el evangelista de la oración. Es el que más veces describe a Jesús orando y más nos transmite su enseñanza sobre cómo debemos orar.

Hoy lo hace con la parábola de la viuda insistente. El juez no tiene más remedio que concederle la justicia que la buena mujer reivindica. No se trata de comparar a Dios con aquel juez, que Jesús describe como corrupto e impío, sino nuestra conducta con la de la viuda, seguros de que, si perseveramos, conseguiremos lo que pedimos.

b) Jesús dijo esta parábola "para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse".

Dios siempre escucha nuestra oración. Él quiere nuestro bien y nuestra salvación más que nosotros mismos. Nuestra oración es una respuesta, no es la primera palabra. Nuestra oración se encuentra con la voluntad de Dios, que deseaba lo mejor para nosotros.

El Catecismo lo expresa con el ejemplo del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, junto a la boca del pozo. "Nosotros vamos a buscar nuestra agua", pero resulta que ya estaba allí Jesús: "Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de él" (CEC 1560).

A veces esta oración la tenemos que expresar a gritos, día y noche, como dice Jesús, porque hay momentos en nuestra vida de turbulencia y de dolor intenso. Nos debe salir desde una actitud de humildad, no de autosuficiencia, desde una actitud de apertura confiada a Dios. O sea, desde la fe, como la del centurión que pedía por su criado, como la de la pobre viuda que insistía para conseguir justicia. La pregunta final de Jesús, en la página que hoy leemos, es provocativa: "cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?".

"Dichoso el que se apiada y presta: el justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo (1a lectura II)
"Jesús explicó a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: 3 Juan 5-8

Esta carta de Juan permite presuponer una situación de vida dramática: la comunidad cristiana sufre a causa de una división interna que amenaza con paralizar también su carácter misionero. Juan se dirige a un miembro de esta comunidad y, a través de él, quiere animar a todos a la fidelidad, a la comunión eclesial y al valor del testimonio.

Por lo que respecta al destinatario de la carta, habla Juan sobre todo de su amor, un amor que lo señala a la atención de todos. Es un amor tanto más digno de crédito por el hecho de que no se limita a favorecer a los que comparten la misma fe, sino que se entrega también a los que son forasteros (v. 5). Los confines de la caridad cristiana son, necesariamente, ilimitados, a ejemplo de Jesús, que vino para todos y no hizo acepción de personas. Ese amor se traduce, espontáneamente, en acogida -siempre a ejemplo de Jesús, que acogió preferentemente entre sus contemporáneos a los últimos: los pobres, los enfermos, los pecadores-. Acoger en su nombre a los que se encuentran en situación de necesidad significa acogerle a él mismo, y, de este modo, nos convertimos en «colaboradores de la verdad» (v. 8). Resulta, por lo menos, iluminador poner de manifiesto que la verdad de Dios, en particular la verdad revelada en Cristo, quiere ser difundida no sólo con la ayuda de la Palabra, sino sobre todo con el compromiso de la caridad.

Al mismo tiempo, el compromiso misionero es deber de toda la Iglesia: cuando uno de sus miembros se dedica a la misión, es toda la comunidad la que se compromete con él. El misionero representa a su Iglesia y la Iglesia se hace cargo de todo misionero.

Evangelio: Lucas 18, 1-8

Dos son los «focos» en torno a los cuales se construye la parábola que nos propone la liturgia de hoy: por un lado, la perseverancia y la testarudez que muestra la viuda al pedir justicia; por otro, la decisión final del juez, que termina cediendo a la petición que se le hace. Así pues, si bien es cierto que la parábola nos recuerda la perseverancia en la oración, también lo es que repite la enseñanza de Jesús sobre la seguridad del retorno y sobre la gravedad del juicio que pronunciará sobre aquellos que no hayan obrado con justicia.

Es obligatorio destacar lo que afirma Jesús en el v. 7a: «¿No hará, entonces, Dios justicia a sus elegidos que claman a él día y noche?». Pensando en Dios, este «hacer justicia» implica, ciertamente, su fidelidad a sus promesas y, en consecuencia, su voluntad de perdón y de salvación. Dios es justo en cuanto justifica: ésta es la concepción bíblica de la justicia. «¿Les hará esperar?» (cf v. 7b). También esta pregunta ilumina nuestra búsqueda. En efecto, Dios, según la enseñanza bíblica, no sólo es justo, sino también paciente y bueno. De este modo es como manifiesta su arte pedagógico no sólo escuchando nuestras oraciones, sino también estableciendo los tiempos en que intervendrá y los modos con que lo hará. Existe, por tanto, un aspecto de «escándalo» en este comportamiento de Dios, y consiste en el hecho de que él espera, tal vez demasiado, para hacer justicia. En ocasiones, esta paciencia suya pone impacientes a sus fieles.

«Yo os digo que les hará justicia inmediatamente» (v. 8a). Este es el verdadero «final» de la parábola, mientras que lo que sigue puede ser considerado como un añadido posterior. De este modo pretende confirmar Jesús nuestra fe en que Dios, como Padre, contrariamente a nuestras incertidumbres y crisis, no puede dejar de hacerse cargo de la situación de todos los que, en su pobreza, le eligen como su único Salvador.

MEDITATIO

«Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?». La pregunta de Jesús supone para nosotros una abierta provocación. Antes que nada, por el hecho de poner en el centro de su discurso la fe: ésta, en efecto, es el don más precioso que podemos recibir de Dios, y estamos llamados a conservarla a cualquier precio. La apertura al futuro nos deja entender también que, si bien es hermoso acoger el don, no es igual de fácil conservarlo y vivir de él.

¿Qué respuestas podemos dar, hoy, a esta provocación de Jesús? Por un lado, observando de manera atenta la situación espiritual del mundo contemporáneo, parece que podemos decir que la humanidad camina hacia un futuro cada vez menos rico de fe, cada vez más atado a los bienes terrenos, cada vez más solicitado por sus propios intereses. En general, el espectáculo que tenemos delante no figura, a buen seguro, entre los más seductores, y es precisamente eso lo que nos induciría a dar una respuesta negativa.

No obstante, por otro lado, si hacemos uso no sólo de la lupa para ver de cerca las cosas que suceden, sino también del catalejo para tener una visión panorámica de la realidad, entonces veremos que la semilla de la fe está presente y escondida en el corazón de no pocas personas, y eso es lo que más cuenta. Lo que constituye la diferencia no es tanto la visibilidad externa, y mucho menos la eficiencia de las estructuras creadas por quien cree, sino el don de Dios, que, por su propia naturaleza, tiende a crear relaciones profundas y le gusta ocultarse en ellas.

La provocación de Jesús la podemos interpretar también como una consigna: le corresponde al «resto de Israel» asumirla como propia, hacerse cargo, hoy como en todas las épocas, de la historia y obrar de modo que, cuando venga el Hijo del hombre, pueda encontrarnos ricos en fe.

ORATIO

¡Señor, enséñame a orar!

Tu oración consistía, a veces, sólo en una mirada dirigida al cielo antes de actuar o en una breve invocación; otras veces consistía en una expresión de abandono, en un grito de reparación, en un agradecimiento filial o en una manifestación de la voluntad del Padre. Era una oración dulce y gozosa, pero también una oración de tensión cuando se acercaba la última hora, de miedo y de angustia al beber el cáliz. Orabas solo o con otros, de noche o por la mañana, de pie o sentado, en el desierto o en la soledad absoluta de tu alma. Orabas siempre, porque -a diferencia de los fariseos- tu oración se convertía en vida, y tu vida -expresión de tu fe- era una efusión de la oración.

¡Señor, enséñame a vivir!

CONTEMPLATIO

La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades; esta fe es útil al alma, como lo dice el mismo Señor: Quien escucha mi Palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no se le llamará a juicio; y añade: El que cree en el Hijo no está condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.

¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los antiguos justos, ciertamente, pudieron agradar a Dios empleando para este fin los largos años de su vida, mas lo que ellos consiguieron con su esforzado y generoso servicio de muchos años, eso mismo te concede a ti Jesús realizarlo en un solo momento. Si, en efecto, crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos, conseguirás la salvación y serás llevado al paraíso por el mismo que recibió en su Reino al buen ladrón. No desconfíes ni dudes de si eso va a ser posible o no: el que salvó en el Gólgota al ladrón a causa de una sola hora de fe te salvará también a ti si crees.

La otra clase de fe es esa que Cristo concede a algunos como don gratuito: Uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe, y otro, por el mismo Espíritu, el don de curar.

Esta gracia de fe que da el Espíritu no consiste solamente en una fe dogmática, sino también en esa otra fe capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana; quien tiene esta fe podría decir a una montaña que viniera aquí, y vendría. Cuando uno, guiado por esta fe, dice esto y cree sin dudar en su corazón que lo que dice se realizará, entonces este tal ha recibido el don de esta fe.

Es de esta fe de la que se afirma: Si fuera vuestra fe como un grano de mostaza... Porque así como el grano de mostaza, aunque pequeño de tamaño, está dotado de una fuerza parecida a la del fuego y, plantado aunque sea en un lugar exiguo, produce grandes ramas donde pueden cobijarse las aves del cielo, así también la fe, cuando arraiga en el alma, en pocos momentos realiza grandes maravillas. El alma, en efecto, iluminada por esta fe, alcanza a concebir en su mente una imagen de Dios y llega incluso a contemplar al mismo Dios en la medida en que eso es posible; le es dado recorrer los límites del universo y ver, antes del fin del mundo, el juicio futuro y la realización de los bienes prometidos.

Procura, pues, llegar a esa fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también esa otra que actúa por encima de las fuerzas humanas (Cirilo de Jerusalén, Catequesis 5, sobre la fe y el símbolo, 10-11).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«En el corazón de los justos resplandece la bondad del Señor» (de la liturgia).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Un día despertó Hitler la antigua ilusión que contrapone la ciencia y la religión. Estaba convencido ciertamente de que afirmaba una verdad definitiva cuando declaraba: «Colocad un telescopio en un país y habréis terminado con Dios». Bajo la ordinariez de la propuesta se esconde un a priori que no corresponde sólo a la ideología nazi. Toda generación tiene su contingente de individuos que piensan haber terminado con la imagen de Dios gracias a la ciencia. Los hombres seríamos sólo el objeto de una manipulación genética, títeres producidos por casualidad. La idea de Dios se habría convertido, definitivamente, en una antigualla.

Sin embargo, precisamente la experiencia del telescopio puede llevar a una conclusión opuesta a la de Hitler. Si se os presenta la ocasión, no la dejéis escapar. Al contrario, buscadla. Es fascinante. Creo que en la vida humana hay un «antes» y un «después» cuando, gracias al telescopio, se ha tenido la posibilidad de experimentar de una manera visible, concreta, el infinito y su esplendor, por una parte, y nuestro límite y el vuelco que se impone a la inteligencia bajo la impresión y el de tal realidad, por otra. La historia de la civilización confirma la experiencia (B. Bro).

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