Lunes XXXIII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ap 1, 1-4; 2, 1-5a: Recuerda de donde has caído y conviértete
- Salmo: Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6: Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida
+ Evangelio: Lc 18, 35-43: ¿Qué quieres que haga por ti? Señor, que vea otra vez




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Apocalipsis 1,1-4; 2,1-5: No nos enfriemos en el amor. Cristo, autor de la Nueva Alianza, es el Primogénito de toda criatura, en cuanto que está por encima de todo otro poder celeste o terrestre. San Cesáreo de Arlés escribe:

«En realidad todo lo que parece decir [el Señor] a las siete Iglesias se aplica a la única Iglesia extendida por toda la tierra, porque en el número siete se hace referencia a toda la plenitud. Así, pues, mediante los ángeles designa a la Iglesia; y en los ángeles muestra las dos partes, es decir, a los buenos y a los malos. Por ello no solo alaba, sino que también increpa, de modo que la alabanza se dirige a los buenos y la increpación a los malos. Así el Señor en el Evangelio ha designado a todo un cuerpo de propósitos como un solo siervo bienaventurado y malvado, que cuando venga será dividido por el mismo Señor (Mt 24,51; Lc 12,46).

«¿Y cómo puede ser que un solo siervo sea dividido si, dividido, no puede vivir? Es que el único siervo significa todo el pueblo cristiano. Porque si el pueblo fuese enteramente bueno no sería dividido, pero como no solo contiene a los buenos sino también a los malos, por eso ha de ser dividido. Y los buenos oirán: “venid, benditos de mi Padre”...; pero los ladrones y los adúlteros, los que no han hecho misericordia, oirán: “apartáos de mí, malditos”... (Mt. 25, 34 y 41). Todo lo que en el Apocalipsis se dice a cada una de las iglesias, hermanos muy queridos, conviene a cada uno de los hombres que forman parte de la Iglesia única» (Comentario al Apocalipsis 2,5).

–Con el Salmo 1 decimos: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas, y cuanto emprende tiene buen fin. No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento; porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».

–Lucas 18,35-43: Señor, que veamos. La obediencia amorosa de Cristo hasta entregar su vida inaugura en Él un Reino, que no es de este mundo. En toda su vida terrestre fue peregrino de la Jerusalén celestial. Así es también la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Ella peregrina en esta tierra continuamente en su afán cotidiano hasta la realización perfecta, más allá de la muerte. La Iglesia convoca a todo miembro suyo a ser un peregrino del Reino. Este peregrinar le lleva a dar su vida entera por la construcción del Reino. Ser peregrino del Reino es, en definitiva, seguir a Jesús, caminando iluminado por la luz de la fe. San Agustín se fija más en la curación del ciego:

«Gritaba el ciego cuando pasaba Jesús. Temía que pasara y no le curara. ¿Cómo gritaba? Hasta el punto de no callar, aunque la muchedumbre se lo ordenaba. Venció oponiéndose a ella, y voceando consiguió al Salvador. Al vocear la muchedumbre y prohibirle gritar, se paró Jesús, lo llamó y le dijo: “¿Qué quieres que haga?” Y él contestó: “Señor, que vea”. “Mira, tu fe te ha salvado”. Amad a Cristo. Desead la luz de Cristo. Si aquel ciego desea la luz corporal, ¡cuánto más debéis desear vosotros la del corazón! Gritemos ante Él no con la voz, sino con las costumbres. Vivamos santamente, despreciemos el mundo, consideremos como nulo todo lo que pasa» (Sermón 349,5).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 290-294

1. Apocalipsis 1,1-4; 2,1-5

Durante las dos últimas semanas del Año Litúrgico, antes del Adviento, la lectura que nos va a acompañar es el Apocalipsis, el último libro del NT y, por tanto, de la Biblia. Apocalipsis significa en griego "revelación". Los libros "apocalípticos" tiene unas características muy especiales, y usan un lenguaje misterioso, lleno de imágenes y símbolos, no fáciles de entender. Se nos hablará de dragones y caballos, de trompetas y cataclismos cósmicos, del simbolismo de los colores y de los números, y sobre todo de la lucha entre la Bestia y el Cordero.

El autor se llama a sí mismo Juan, pero es dudoso que se trate del mismo Juan al que se atribuye el cuarto evangelio y las cartas. Estas visiones las tuvo, dice él, en la isla de Palmos (por eso se le llama "el vidente de Palmos"), y precisamente en "el día señorial", el día del Señor, el domingo. Lo cual acentúa el carácter "pascual" de todo el libro, con la clave de la lucha, la muerte y la resurrección del Cordero, que acaba triunfando contra el mal y la muerte. Se nos hablará de luchas cruentas en la tierra y liturgias gozosas en el cielo.

Probablemente se escribe este libro a fines del siglo I, y por tanto la clave en que hay que interpretarlo es la situación que pasa la Iglesia en esta época, duramente perseguida por el emperador Domiciano (81-96), y marcada también por crisis internas de cansancio, herejías y divisiones. Así se puede entender la dramática batalla que se libra entra el dragón y el Cordero, entre el mal y el bien. El libro transmite un claro mensaje de esperanza, porque la Bestia fracasa estrepitosamente y el Cordero triunfa, asociando a toda la comunidad eclesial en su alegría.

a) La primera parte de la lectura de hoy es el inicio del libro, "la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder pronto". Cristo, por medio de un ángel, se la comunica al "siervo Juan", el cual, "narrando lo que ha visto, se hace testigo de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo".

A los que iniciamos hoy esta lectura con fe, se nos felicita ya desde la primera página: "dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito".

Pero en seguida, el Apocalipsis pasa, en los capítulos 2 y 3, a transcribir siete cartas a otras tantas Iglesias del Asia Menor. Hoy leemos la dirigida a la comunidad cristiana de Éfeso, a la que "la voz del cielo" alaba por su entereza -"has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga"- y además por haber sabido discernir quiénes eran los falsos profetas en su seno. Pero le recrimina que "ha abandonado el amor primero".

b) La revelación de Dios, su plan de salvación, nos ha sido manifestada en Cristo Jesús, y luego, ya desde hace dos mil años, a través de su comunidad la Iglesia, que la va difundiendo por el mundo. Nosotros también, una vez evangelizados, nos convertimos en evangelizadores. Cada uno según la misión recibida en la comunidad, todos tratamos de transmitir a otros la Buena Noticia del triunfo de Cristo sobre el mal.

El Apocalipsis nos va a ayudar a interpretar la historia desde los ojos de la fe, a no perder nunca la confianza, a tener una visión pascual de los acontecimientos, por penosos que sean, y por duras que sean las dificultades internas y externas: porque el Cordero vencerá e invitará a bodas a su Esposa la Iglesia.

La primera carta de las siete dirigidas a las Iglesias del Asia puede ser que nos retrate a nosotros. Seguro que en nuestra vida hemos sufrido por Cristo, hemos demostrado nuestro aguante y ha habido períodos en que no parecía cansarnos el trabajar por el bien. Seguro, también, que hemos tenido momentos de lucidez para discernir quiénes son verdaderos apóstoles y quiénes no.

Pero tal vez merecemos también el reproche que el ángel dedica a los Efesios: "has abandonado el amor primero". La perseverancia nos cuesta a todos, y más en medio de un mundo que no nos ayuda a seguir los caminos de Jesús. Cada uno sabrá en qué ha decaído y, por tanto, en qué ha de recapacitar en estos últimos días del año y en el Adviento próximo. Que resuene dentro de nosotros la invitación del vidente: "recuerda de dónde has caído, conviértete y vuelve a proceder como antes". "¡Vuelve!".

El salmo primero nos invita a una renovada fidelidad: "dichoso el que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor... el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal". Exhortaciones que van acompañadas por un estribillo insistente y esperanzador, tomado del Apocalipsis: "al que venciere le daré a comer del árbol de la vida".

2. Lucas 18,35-43

a) La curación del ciego está contada por Lucas con detalles muy expresivos.

Alguien explica al ciego que el que está pasando es Jesús. Él grita una y otra vez su oración: "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí". La gente se enfada por esos gritos, pero Jesús "se paró y mandó que se lo trajeran". La gente no le quiere ayudar, pero Jesús sí. El diálogo es breve: "Señor, que vea otra vez", "recobra tu vista, tu fe te ha curado". Y el buen hombre le sigue lleno de alegría, glorificando a Dios.

b) Nosotros no podemos devolver la vista corporal a los ciegos. Pero en esta escena podemos vernos reflejados de varias maneras.

Ante todo, porque también nosotros recobramos la luz cuando nos acercamos a Jesús.

El que le sigue no anda en tinieblas. Y nunca agradeceremos bastante la luz que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Con su Palabra, que escuchamos tan a menudo, él nos enseña sus caminos e ilumina nuestros ojos para que no tropecemos. ¿O tal vez estamos en un período malo de nuestra vida en que nos sale espontánea la oración: "Señor, que vea otra vez"?

También podemos preguntarnos qué hacemos para que otros recobren la vista: ¿somos de los que ayudan a que alguien se entere de que está pasando Jesús? ¿o más bien de los que no quieren oír los gritos de los que buscan luz y ayuda? Si somos seguidores de Jesús, ¿no tendríamos que imitarle en su actitud de atención a los ciegos que hay al borde del camino? ¿sabemos pararnos y ayudar al que está en búsqueda, al que quiere ver? ¿o sólo nos interesamos por los sanos y los simpáticos y los que no molestan?

Esos "ciegos" que buscan y no encuentran tal vez estén más cerca de lo que pensamos: pueden ser jóvenes desorientados, hijos o hermanos con problemas, amigos que empiezan a ir por malos caminos. ¿Les ayudamos? ¿les llevamos hacia Jesús, que es la Luz del mundo?

"Prefirieron la muerte antes que profanar la alianza santa" (1a lectura I)
"Has abandonado el amor primero: vuelve a proceder como antes" (1a lectura II)
"Señor, que vea otra vez" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

1. Apocalipsis 1,1-4; 2,1-5

Durante las dos últimas semanas del Año Litúrgico, antes del Adviento, la lectura que nos va a acompañar es el Apocalipsis, el último libro del NT y, por tanto, de la Biblia. Apocalipsis significa en griego "revelación". Los libros "apocalípticos" tiene unas características muy especiales, y usan un lenguaje misterioso, lleno de imágenes y símbolos, no fáciles de entender. Se nos hablará de dragones y caballos, de trompetas y cataclismos cósmicos, del simbolismo de los colores y de los números, y sobre todo de la lucha entre la Bestia y el Cordero.

El autor se llama a sí mismo Juan, pero es dudoso que se trate del mismo Juan al que se atribuye el cuarto evangelio y las cartas. Estas visiones las tuvo, dice él, en la isla de Palmos (por eso se le llama "el vidente de Palmos"), y precisamente en "el día señorial", el día del Señor, el domingo. Lo cual acentúa el carácter "pascual" de todo el libro, con la clave de la lucha, la muerte y la resurrección del Cordero, que acaba triunfando contra el mal y la muerte. Se nos hablará de luchas cruentas en la tierra y liturgias gozosas en el cielo.

Probablemente se escribe este libro a fines del siglo I, y por tanto la clave en que hay que interpretarlo es la situación que pasa la Iglesia en esta época, duramente perseguida por el emperador Domiciano (81-96), y marcada también por crisis internas de cansancio, herejías y divisiones. Así se puede entender la dramática batalla que se libra entra el dragón y el Cordero, entre el mal y el bien. El libro transmite un claro mensaje de esperanza, porque la Bestia fracasa estrepitosamente y el Cordero triunfa, asociando a toda la comunidad eclesial en su alegría.

a) La primera parte de la lectura de hoy es el inicio del libro, "la revelación que Dios ha entregado a Jesucristo para que muestre a sus siervos lo que tiene que suceder pronto". Cristo, por medio de un ángel, se la comunica al "siervo Juan", el cual, "narrando lo que ha visto, se hace testigo de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo".

A los que iniciamos hoy esta lectura con fe, se nos felicita ya desde la primera página: "dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito".

Pero en seguida, el Apocalipsis pasa, en los capítulos 2 y 3, a transcribir siete cartas a otras tantas Iglesias del Asia Menor. Hoy leemos la dirigida a la comunidad cristiana de Éfeso, a la que "la voz del cielo" alaba por su entereza -"has sufrido por mí y no te has rendido a la fatiga"- y además por haber sabido discernir quiénes eran los falsos profetas en su seno. Pero le recrimina que "ha abandonado el amor primero".

b) La revelación de Dios, su plan de salvación, nos ha sido manifestada en Cristo Jesús, y luego, ya desde hace dos mil años, a través de su comunidad la Iglesia, que la va difundiendo por el mundo. Nosotros también, una vez evangelizados, nos convertimos en evangelizadores. Cada uno según la misión recibida en la comunidad, todos tratamos de transmitir a otros la Buena Noticia del triunfo de Cristo sobre el mal.

El Apocalipsis nos va a ayudar a interpretar la historia desde los ojos de la fe, a no perder nunca la confianza, a tener una visión pascual de los acontecimientos, por penosos que sean, y por duras que sean las dificultades internas y externas: porque el Cordero vencerá e invitará a bodas a su Esposa la Iglesia.

La primera carta de las siete dirigidas a las Iglesias del Asia puede ser que nos retrate a nosotros. Seguro que en nuestra vida hemos sufrido por Cristo, hemos demostrado nuestro aguante y ha habido períodos en que no parecía cansarnos el trabajar por el bien. Seguro, también, que hemos tenido momentos de lucidez para discernir quiénes son verdaderos apóstoles y quiénes no.

Pero tal vez merecemos también el reproche que el ángel dedica a los Efesios: "has abandonado el amor primero". La perseverancia nos cuesta a todos, y más en medio de un mundo que no nos ayuda a seguir los caminos de Jesús. Cada uno sabrá en qué ha decaído y, por tanto, en qué ha de recapacitar en estos últimos días del año y en el Adviento próximo. Que resuene dentro de nosotros la invitación del vidente: "recuerda de dónde has caído, conviértete y vuelve a proceder como antes". "¡Vuelve!".

El salmo primero nos invita a una renovada fidelidad: "dichoso el que no sigue el consejo de los impíos ni entra por la senda de los pecadores, sino que su gozo es la ley del Señor... el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal". Exhortaciones que van acompañadas por un estribillo insistente y esperanzador, tomado del Apocalipsis: "al que venciere le daré a comer del árbol de la vida".

2. Lucas 18,35-43

a) La curación del ciego está contada por Lucas con detalles muy expresivos.

Alguien explica al ciego que el que está pasando es Jesús. Él grita una y otra vez su oración: "Jesús, hijo de David, ten compasión de mí". La gente se enfada por esos gritos, pero Jesús "se paró y mandó que se lo trajeran". La gente no le quiere ayudar, pero Jesús sí. El diálogo es breve: "Señor, que vea otra vez", "recobra tu vista, tu fe te ha curado". Y el buen hombre le sigue lleno de alegría, glorificando a Dios.

b) Nosotros no podemos devolver la vista corporal a los ciegos. Pero en esta escena podemos vernos reflejados de varias maneras.

Ante todo, porque también nosotros recobramos la luz cuando nos acercamos a Jesús.

El que le sigue no anda en tinieblas. Y nunca agradeceremos bastante la luz que Dios nos ha regalado en Cristo Jesús. Con su Palabra, que escuchamos tan a menudo, él nos enseña sus caminos e ilumina nuestros ojos para que no tropecemos. ¿O tal vez estamos en un período malo de nuestra vida en que nos sale espontánea la oración: "Señor, que vea otra vez"?

También podemos preguntarnos qué hacemos para que otros recobren la vista: ¿somos de los que ayudan a que alguien se entere de que está pasando Jesús? ¿o más bien de los que no quieren oír los gritos de los que buscan luz y ayuda? Si somos seguidores de Jesús, ¿no tendríamos que imitarle en su actitud de atención a los ciegos que hay al borde del camino? ¿sabemos pararnos y ayudar al que está en búsqueda, al que quiere ver? ¿o sólo nos interesamos por los sanos y los simpáticos y los que no molestan?

Esos "ciegos" que buscan y no encuentran tal vez estén más cerca de lo que pensamos: pueden ser jóvenes desorientados, hijos o hermanos con problemas, amigos que empiezan a ir por malos caminos. ¿Les ayudamos? ¿les llevamos hacia Jesús, que es la Luz del mundo?

"Prefirieron la muerte antes que profanar la alianza santa" (1a lectura I)
"Has abandonado el amor primero: vuelve a proceder como antes" (1a lectura II)
"Señor, que vea otra vez" (evangelio).

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