Jueves XXXIII Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ap 5, 1-10: El Cordero fue degollado, y con su sangre nos ha comprado de toda nación
- Salmo: Sal 149, 1-2. 3-4. 5-6: Nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes
+ Evangelio: Lc 19, 41-44: ¡Si comprendieras lo que conduce a la paz!




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Apocalipsis 5,1-10: El Cordero fue degollado y con su sangre nos ha comprado de toda nación. El Cordero que nos ha comprado con su sangre es Cristo, muerto y resucitado, el único que puede abrir el libro, esto es, el único que sabe hacer patentes los secretos de Dios sobre el porvenir de la Iglesia y del mundo. Escribe San Cesáreo de Arlés:

«“Cantan un cántico nuevo”, es decir, profieren públicamente su profesión de fe. Es verdaderamente una novedad el que el Hijo de Dios se haga hombre, muera, resucite y suba al cielo y conceda a los hombres la remisión de los pecados. Pues la cítara, es decir, una cuerda tensa sobre la madera, significa la carne de Cristo unida a la pasión; mas la copa representa la confesión y la propagación del nuevo sacerdocio. “La apertura de los sellos” es el desvelamiento del Antiguo Testamento» (Comentario al Apocalipsis 5).

–Con el Salmo 149 cantamos nosotros al Señor un cántico nuevo, y así resuena su alabanza en la asamblea de los fieles, se alegra Israel, la Iglesia, por su Creador y por su Redentor, los hijos de Sión y de la Iglesia por su Rey. «Alabemos su nombre con danzas, cantémosle con tambores y cítaras, porque el Señor ama a su pueblo». Dios nos entregó a su Unigénito para redimirnos, y Él adorna con la victoria a los humildes. Festejemos su gloria, cantemos jubilosos en la asamblea litúrgica, con vítores a Dios en la boca. Esto es un honor para todos sus fieles, para toda la Iglesia.

–Lucas 19,41-44: Jesús llora por su amada Jerusalén, que no ha comprendido su gran amor, y prevé los castigos que le vendrán. Es un gran misterio. Adoremos los designios del Señor. Es verdad que la Iglesia de Jesucristo es el Israel de los tiempos nuevos. Es verdad que los apóstoles eran todos judíos, así como la mayor parte de los miembros de las primeras comunidades cristianas. Pero también es cierto que el pueblo judío, tanto en sus representantes cuanto en sus instituciones, rechazaron la salvación mesiánica que les ofrecía el Señor, como herederos de las promesas. Es un misterio. Israel no entró en la conversión suprema que Jesucristo exigía de él para que fuera el gran instrumento de su misión universal. El pueblo judío rechazó a Jesucristo, y por eso Él llora. Orígenes dice:

«hay que ver ante todo la significación de sus lágrimas. Todas las bienaventuranzas de las que Jesús habló en el Evangelio las confiesa Él mismo con su ejemplo, y lo que enseñó lo prueba con su propio testimonio... Conforme a lo que ha dicho: “bienaventurados los que lloran” (Mt 5,5), Él lloró para plantar también el fundamento de esta bienaventuranza. Lloró sobre Jerusalén, diciendo: “si hubieras conocido también tú la visita de la paz”» (Comentario al Evangelio de San Lucas 38,1-2).

También a nosotros nos puede pasar algo semejante si no sabemos discernir en las vicisitudes de nuestra vida lo que conduce a la paz, si no correspondemos con gran amor al inmenso amor que Cristo nos tuvo y nos tiene.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 302-306

1. Apocalipsis 5,1-10

a) La solemne liturgia de ayer no estaba completa. El autor del Apocalipsis escenifica muy bien la entrada en escena de Cristo.

¿Quién abrirá los sellos del libro de la historia? ¿quién será capaz de interpretarlo? La respuesta apunta al "león de Judá" que ha vencido, "el vástago de David". El vidente descubre entonces delante del trono a un Cordero, que ha sido degollado, pero ahora vive y está de pie. A este Cordero, Cristo Jesús, el triunfador de la muerte, se le da el libro para que lo abra, y entonces los cuatro seres y los veinticuatro ancianos le rinden homenaje entonando himnos de gloria.

Es lógico que también el salmo tenga tono de victoria: "cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles", con un estribillo tomado del himno del Apocalipsis: "nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes".

b) Cristo es el centro de toda la liturgia. De la del cielo y de la de la tierra. Él es el Sacerdote y el Maestro y la Palabra y el Cantor y el Orante y el Templo. Él da sentido a la historia: abre los sellos del libro que resulta misterioso para los demás. Tiene los siete cuernos del poder y los siete ojos de la sabiduría.

Unidos a él rezamos y alabamos al Padre y le elevamos nuestras súplicas, que concluimos siempre diciendo: "por Cristo Nuestro Señor". Unidos a él, somos también nosotros mediadores y sacerdotes: "has hecho de ellos una dinastía sacerdotal". Hoy podemos cantar con más sentido la aclamación del Santo, y las súplicas en que llamamos a Cristo "Cordero de Dios". En el momento en que se nos invita a participar de la comida eucarística, que es anticipo y garantía del banquete festivo del cielo, el "banquete de bodas del Cordero", se nos dice: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".

El himno de los veinticuatro privilegiados, "Eres digno de tomar el libro", lo cantamos en Vísperas una vez por semana. Tendríamos que imitar el entusiasmo de esa asamblea de los salvados en el cielo, rindiendo homenaje a Jesús Salvador.

Sería bueno leer hoy una breve página del Catecismo (nn. 1136-1139). Se pregunta: "¿quién celebra?", y responde: el "Cristo total", no sólo nosotros, los que nos reunimos aquí abajo para la Eucaristía o para Vísperas, sino todos los salvados, unidos a Cristo. Para ello comenta precisamente este pasaje del Apocalipsis y se recrea describiendo la gran asamblea de los bienaventurados. Los que celebramos aquí abajo, "participamos ya de la liturgia del cielo, allí donde la celebración es enteramente comunión y fiesta".

2. Lucas 19,41-44

a) Jesús lloró una vez por la muerte de su amigo Lázaro. Hoy nos lo describe Lucas llorando por Jerusalén, previendo su ruina. Después del largo camino desde Galilea a la capital, en vez de prorrumpir en cantos de gozo -"¡qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor!"-, a Jesús se le saltan las lágrimas.

Su ciudad preferida no ha sabido "comprender en este día lo que conduce a la paz", "no reconociste el momento de mi venida", y no sabe que se acerca la gran desgracia. La destrucción que, en efecto, le acarrearon las tropas de Vespasiano y Tito el año 70.

b) ¿Qué resumen podría hacer Jesús de nuestra historia? ¿tendría que lamentarse porque tampoco nosotros hemos "reconocido el momento de su venida"? ¿o nos alabaría porque le hemos sido fieles?

Todos podríamos aprovechar mejor las gracias que nos concede Dios. Ayer se nos decía lo de las monedas de oro que deben producir beneficios. Hoy se nos pone delante, para escarmiento, la imagen de un pueblo que no ha sabido abrir los ojos y comprender el momento de la gracia de Dios.

Dentro de pocos días iniciaremos un nuevo año con el Adviento. Una y otra vez se nos dirá que hemos de estar vigilantes, porque Dios viene continuamente a nuestras vidas, y es una pena que nos encuentre dormidos, bloqueados por preocupaciones sin importancia, distraídos en valores que no son decisivos.

¿Dejaremos escapar tantas oportunidades como nos pone Dios en nuestro camino, oportunidades que nos traerían la verdadera felicidad? No pensemos tanto en si Jesús lloraría hoy por la situación de nuestro mundo. Pensemos más bien en si cada uno de nosotros le estamos correspondiendo como él quisiera, o le estamos defraudando.

"Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos" (1a lectura II)
"¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz!" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 5,1-10

También este capítulo del libro del Apocalipsis se caracteriza por una visión grandiosa y sencilla al mismo tiempo. Esta visión nos aporta un mensaje claro: la historia humana es, ciertamente, un misterio, porque en ella está la presencia de Dios, pero es un misterio, al menos en parte, comprensible, porque Dios mismo nos ofrece la clave de lectura de la misma.

El símbolo del libro «sellado con siete sellos» (v. 1) se puede interpretar con bastante facilidad: todo queda envuelto en el misterio si no hay alguien que venga a «romper sus sellos» (v. 2). Este es Jesús, el Cordero inmolado, el único «digno de recibir el libro y romper sus sellos, porque has sido degollado y con tu sangre has adquirido para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (v. 9). También el símbolo del llanto tiene un significado evidente: mientras no venga Jesús a romper los sellos de ese libro, cada uno de nosotros está como condenado a vivir en medio de la tristeza y de la amargura más profundas. Se alude así al drama de todos aquellos que, por diferentes motivos, tienen los ojos cerrados para el gran acontecimiento de salvación que se sitúa en el centro de la historia humana y la ilumina con la luz del día.

En contraste con el llanto de los que no pueden leer su contenido, se eleva el «cántico nuevo» (v. 9) de los que siguen al Cordero y son introducidos por él en la comprensión del misterio. Esos forman el reino de sacerdotes (v. 10) que Jesús ha constituido para su Dios y nuestro Dios, salvándolos del pecado. Se trata de ese sacerdocio universal del que participan todos los que, por medio del bautismo, han sido lavados con la sangre del Cordero y revestidos con sus vestiduras blancas.

Evangelio: Lucas 19,41-44

Comparada con la página del evangelio de Marcos, ésta de Lucas presenta una característica peculiar. En efecto, mientras que Marcos insiste más en la incredulidad del pueblo frente a la persona y al mensaje de Jesús, Lucas subraya más el lamento y el llanto de Jesús por Jerusalén, y esto crea un fuerte contraste con las aclamaciones de alabanza dirigidas a Jesús poco antes (cf. Lc 19,38). Es ésta una de las raras veces que sor-prendemos a Jesús llorando, lo que constituye un signo no sólo de su auténtica humanidad, sino también de su plena participación en el drama de una humanidad a la que le cuesta trabajo entrar en el proyecto salvífico de Dios, al que incluso se resiste en ocasiones. Jesús nos salva no sólo con su omnipotencia divina, sino también con su debilidad humana.

El lamento de Jesús contiene un juicio y presenta una motivación. El primero está contenido en las palabras «tus ojos siguen cerrados [por Dios]» (v. 42), que, con unos términos drásticos y fuertes, atribuyen directamente a Dios -estamos frente a lo que se llama «pasiva teológica»- lo que, en realidad, depende de la libre decisión humana. La motivación la expresan las palabras «si en este día comprendieras» (v. 42), que corresponden a una afirmación: ni has comprendido ni quieres comprender. Pero lo que más importa es destacar dos elementos positivos que caracterizan el lamento de Jesús: la paz y el tiempo de la visita.

La paz, efectivamente, es el don mesiánico por excelencia, y Jesús ha venido a proclamarla para todos y a ofrecerla a cada uno. Es necesario abrirse a ella y acogerla como don para poder caminar detrás de Jesús hasta el final de su itinerario. El tiempo del que habla Jesús es el kairós, es decir, el «tiempo providencial» en el que Dios visita a su pueblo para liberarlo y para introducirlo en su Reino. Con estos dos «toques» aclara Jesús la finalidad de su martirio, ahora próximo.

MEDITATIO

Entre las dos lecturas de esta liturgia no resulta difícil captar una analogía temática: por un lado, el llanto de quien teme no poder leer el mensaje del libro; por otro, el lamento de Jesús por Jerusalén. Todo esto nos trae también a la memoria las lamentaciones que, ya en el Antiguo Testamento, expresan el dolor de Dios por la infidelidad de su pueblo. Por consiguiente, es justo que nos preguntemos qué significado se debe atribuir a este llanto y a este lamento.

Hemos de señalar, en primer lugar, el contraste entre «este día», caracterizado por la falta de respuesta de los contemporáneos de Jesús a su mensaje de paz, y «un día», ése en el que aparecerá el castigo de Dios dirigido a todos los que hayan ignorado deliberadamente su invitación a la salvación. Es en el corazón de la historia donde Dios, por medio de Jesús, quiere entrar y ser acogido: ése es el significado de la «visita» que desea hacer a todas sus criaturas. El tiempo es sagrado para Dios y para nosotros; es decisivo para Dios y para nosotros; es un don inmenso que nunca terminaremos de apreciar adecuadamente. Hemos de señalar aún la serie de verbos en futuro que caracterizan el lamento de Jesús: no se trata sólo de una amenaza, y mucho menos de un castigo que llegue al hombre desde fuera; se trata más bien de un sufrimiento profundo para Dios o para nosotros, un sufrimiento que no tiene sólo una relevancia negativa, sino también una positiva: es el sufrimiento que, a lo largo de toda la historia, se transforma en gracia, en cuanto cada uno de nosotros se enmienda y se convierte a su Señor.

ORATIO

«El camino de la paz» es un sueño que ha tenido la historia desde siempre, pero Jerusalén, escondiéndose detrás de sus muros, rechaza tu paz gritando: «¿Por qué?». Oh Señor, calma mis arrebatos de violencia para que, reconociendo tu paz, pueda decir: «¿Por qué no?».

La paz es un sueño que se va realizando día a día, semana a semana, mes a mes, a través de acciones concretas que modifican nuestros pensamientos, desgastan lentamente los viejos muros y crean en silencio nuevas aperturas. Oh Señor, haz que mis gestos de paz puedan contribuir a un futuro mejor, en el que el mundo pueda esperar y decir: «¿Por qué no?».

La paz no es el paraíso de unos pocos, sino un signo que abarca a la humanidad. Es una fuerza que, luchando contra la injusticia, la miseria, la ignorancia, la prepotencia, obra en favor del bien de todos sin discriminación. Oh Señor, dame el valor de desafiar la desaprobación de los poderosos o las críticas de los pusilánimes, para que, sin hacer víctimas ni entre los débiles ni entre los fuertes, pueda ser creíble y, frente a tu paz, puedan gritar todos: «¿Por qué no?». Oh Señor, haz que mis gestos de paz puedan contribuir a un futuro mejor, para que el mundo, esperando, pueda decir: «¿Por qué no?».

CONTEMPLATIO

Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues, cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa, la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre Eterno.

Con razón, entonces, se considera la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan y cada uno a su manera realizan la santificación del hombre, y así el cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro (Sacrosanctum concilium 7).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«¿Quién es digno de abrir el libro y romper sus sellos?» (Ap 5,2).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

A diferencia de tantos personajes antiguos, de Jesús no nos ha quedado ninguna imagen, ninguna escultura, ni siquiera una descripción física: a diferencia, por ejemplo, de su antepasado David, de Jesús ignoramos su aspecto, no conocemos su rostro. A pesar de todo, nuestra imaginación, aunque también nuestra misma «idea» de Dios, está condicionada por las innumerables imágenes del rostro de Jesús: iconos, frescos, cuadros, han intentado mostrarnos lo invisible, colmar la laguna dejada por quienes vieron el rostro de Jesús, por quienes vieron posarse su mirada sobre su propio rostro. Una vez ganada la batalla contra los iconoclastas, la imagen sagrada ha encontrado un terreno firme en el cristianismo, sin poder proporcionar nunca, no obstante, el «verdadero icono» de aquel que dijo de sí mismo: «El que me ve a mí ve al Padre» (Jn 14,9).

Los evangelios sinópticos nombran siete veces el rostro de Jesús, pero sin describirlo nunca: cinco veces lo hacen con referencia a la pasión y dos a propósito de la transfiguración. Entre estos dos polos -pasión y transfiguración- está situada la identidad perceptible de aquel a quien define Pablo como «la imagen del Dios invisible» (Col 1,15). Rostro desfigurado y rostro transfigurado, el Hijo del hombre es al mismo tiempo manifestación y ocultación de la imagen de Dios. Ante él se aparta la mirada y nos cubrimos el rostro, porque «no tiene apariencia, ni belleza, ni esplendor» (Is 53,2ss), o bien nos quedamos deslumbrados por su rostro «resplandeciente como el sol» (Mt 17,2) (E. Bianchi).

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