Lunes XXXIV Tiempo Ordinario (Impar) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Dn 1, 1-6. 8-20: No se encontró a ninguno como Daniel, Ananías, Misael y Azarías
- Salmo: Dn 3, 52. 53. 54. 55. 56: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres
+ Evangelio: Lc 21, 1-4: Vio una viuda pobre que echaba dos reales




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Francisco, Papa

Homilía (23-11-2015): Cuando la esperanza está en Dios


Misa en Santa Marta
Lunes 23 de noviembre del 2015

El Evangelio de hoy (Lc 21,1-4) nos habla de la pobre viuda que echa en el tesoro del templo dos moneditas, mientras que los ricos hacen ostentación de sus grandes ofrendas. Jesús afirma que esa viuda tan pobre ha echado más que todos, porque los demás dan de lo superfluo, mientras que ella, en su miseria, da todo lo que tiene para vivir.

En la Biblia, la viuda es la mujer sola, la que no tiene marido que la proteja; la mujer que debe apañárselas como pueda, la que vive de la caridad pública. La viuda de este texto del Evangelio era una viuda que tenía puesta su esperanza solo en el Señor. A mí me gusta ver en las viudas del Evangelio la imagen de la viudedad de la Iglesia que espera la vuelta de Jesús. La Iglesia es esposa de Jesús, pero su Señor se fue y su único tesoro es su Señor. Y la Iglesia, cuando es fiel, deja todo en espera de su Señor. En cambio, cuando la Iglesia no es fiel, o no es tan fiel o no tiene tanta fe en el amor de su Señor, intenta apañarse con otras cosas, con otras seguridades, más del mundo que de Dios.

Las viudas del Evangelio nos dan un bonito mensaje de Jesús sobre la Iglesia. Está la que salía de Naím, con el féretro de su hijo: lloraba, sola. Sí, la gente tan amable la acompañaba, pero su corazón estaba solo. Es la Iglesia viuda que llora cuando sus hijos mueren a la vida de Jesús. Está aquella otra viuda que, para defender a sus hijos, va al juez inicuo, y le hace la vida imposible, llamando a su puerta todos los días, diciéndole ¡hazme justicia! Al final le hace justicia. Es la Iglesia viuda que reza e intercede por sus hijos. Pero el corazón de la Iglesia está siempre con su Esposo, con Jesús. Está allá arriba. También nuestra alma –según los padres del desierto– se parece tanto a la Iglesia. Y cuando nuestra alma, nuestra vida, está más cerca de Jesús se aleja de tantas cosas mundanas, cosas que no sirven, que no ayudan y que nos alejan de Jesús. Así es nuestra Iglesia que busca a su Esposo, espera a su Esposo, esperando aquel encuentro, que llora por sus hijos, lucha por sus hijos, da todo lo que tiene porque su interés es solo su Esposo.

La viudedad de la Iglesia se refiere a que la Iglesia está esperando a Jesús: puede ser una Iglesia fiel a esa espera, esperando con confianza la vuelta del marido, o una Iglesia no fiel a esa viudedad, buscando seguridad en otras realidades: la Iglesia tibia, la Iglesia mediocre, la Iglesia mundana. Pensemos también en nuestras almas. ¿Nuestras almas buscan seguridad solo en el Señor o buscan otras seguridades que no gustan al Señor? En estos últimos días del Año Litúrgico nos vendrá bien preguntarnos en nuestra alma: si es como la Iglesia que quiere Jesús, si nuestra alma se dirige a su esposo y dice: ¡Ven Señor Jesús! Y que dejemos aparte todas las cosas que no sirven, que no ayudan a la fidelidad.

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Daniel 1,1-6.8-20: Excelencia de la ascesis cristiana. Para Daniel y los otros jóvenes judíos que estaban con él la vida en la corte dificultaba gravemente la fidelidad a la ley. Pero actuaron consecuentemente y Dios los premió, pues no solo les dotó de buen aspecto, sino que los colmó de toda clase de sabiduría, de forma que ante el rey quedaron por encima de los demás. Por ello el ascendiente de Daniel en la corte fue extraordinario. Dios premia siempre a quien es fiel a sus mandatos, y lo premia a veces ya en esta vida, pero con toda certeza en la otra.

En todo caso siempre el hombre fiel tiene la conciencia en paz, pues ha cumplido con su deber principal, que es obedecer a Dios. La vida ascética, bien llevada, nos conduce a los premios eternos, pero ya en esta vida los pregustamos, gozando de una mayor libertad de espíritu, la libertad propia de los hijos de Dios.

–El cántico de los tres jóvenes, en Daniel 3, nos sirve de Salmo responsorial: «Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres. Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito eres en el templo de tu santa gloria, Bendito eres sobre el trono de tu reino. Bendito eres tú que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos. Bendito en la bóveda del cielo». Siempre hemos de cantar himnos de alabanza y de acción de gracias al Señor por el bien que constantemente hace a su Iglesia y a nosotros en particular.

–Lucas 21,1-4: La generosidad de los pobres: el óbolo de la pobre viuda. La viuda entrega de su indigencia. Suele decirse que «solo se da aquello que se tiene»; pero ella solo posee lo que ha dado. Oigamos a San Agustín:

«Mucho abandonó quien se despojó de la esperanza del siglo, como aquella pobre viuda, que depositó dos ochavos en el cepillo del templo. Según el Señor nadie echó más que ella... ¿Quién se dignó poner los ojos en ella? Sólo Aquel que al verla no miró si la mano estaba llena o no, sino el corazón... Nadie dio tanto como la que nada reservó para sí» (Sermón 105,A,1).

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