Jueves XXXIV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ap 18, 1-2. 21-23; 19, 1-3. 9a: Ha caído Babilonia la grande
- Salmo: Sal 99, 2. 3. 4. 5: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero
+ Evangelio: Lc 21, 20-28: Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Apocalipsis 18,1-2.21-23–19,1-3,9: Ha caído Babilonia, la gran ciudad. Los elegidos entonan en el cielo un cántico eterno. Babilonia, símbolo del imperio mundano hostil al Reino, está condenada a la destrucción. Y el Señor se mantiene fiel a sus designios de salvación sobre los hombres. Escribe San Cesáreo de Arlés:

«¿Es que las ruinas de una sola ciudad pueden contener todos los espíritus impuros y todo pájaro impuro, o aquel tiempo en que la misma ciudad cayese, el mundo entero sería abandonado a los espíritus y a los pájaros impuros y éstos habitarán en las ruinas de una sola ciudad? No existe ciudad alguna que solo contenga almas impuras, a no ser la ciudad del diablo, en la cual habita toda impureza en los hombres malos de toda la tierra. Los reyes que dijo que perseguían a Jerusalén son los hombres malos que persiguen a la Iglesia.

«Cada vez que oís nombrar a Babilonia, hermanos queridísimos, no entendáis una ciudad construida con piedras, porque “Babilonia” significa “confusión”, como se ha repetido varias veces; pero reconoced que con este nombre se designa a los hombres soberbios, ladrones, lujuriosos e impíos, recalcitrantes en sus pecados; por el contrario, cada vez que vosotros oyéseis el nombre de Jerusalén, que quiere decir visión de paz, entended por ella los hombres santos que pertenecen a Dios» (Comentario al Apocalipsis 18,1-3).

–Con el Salmo 99 aclamamos al Señor y convocamos la tierra entera a «servir al Señor con alegría, a entrar en su presencia con vítores. Pues el Señor es Dios. Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño. Entremos por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre. El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades». Correspondámosle con todo nuestro amor, asociémonos a la liturgia de los ángeles y santos. Cantemos jubilosos los salmos en nuestra liturgia cristiana, en la que hemos de participar con mente y corazón.

–Lucas 21,20-28: Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. La profecía relativa al final de los tiempos augura primero el cerco de la ciudad santa por obra de los poderes paganos. Luego llegará la hora de los gentiles, en la que se desencadenará la persecución contra la Iglesia. Pero el triunfo es de Cristo y de su Iglesia. La misma historia de la Iglesia nos conforta en esta esperanza: ella sigue en pie y permanece, mientras que sus perseguidores perecieron y pasaron. Comenta San Ambrosio:

«De hecho, Jerusalén fue asediada y tomada por los ejércitos romanos, y por eso los judíos creyeron que se había cumplido entonces “la abominación de la desolación” (Mt 24,75; Dan 9,27), ya que los romanos arrojaron al templo la cabeza de un puerco, mofándose de las observancias rituales de los judíos. De ahí algo que yo no diría ni siquiera en estado de delirio. Y es que “la abominación de la desolación” es el execrable acontecimiento propio del anticristo, puesto que él, con sus funestos sacrilegios, mancha el santuario de las almas y, sentado, como sigue la narración en el templo, se quiere apropiar del trono del Dios omnipotente.

«Y en un sentido espiritual se nos previene muy atinadamente que debemos estar preparados, ya que él [el anticristo] desea poner la marca de su perfidia sobre el corazón de cada uno, y, falsificando las Escrituras, quiere hacer ver a través de éstas que él es Cristo. Y entonces es cuando llegará la desolación, puesto que muchos, cayendo en el error, se separarán de la verdadera religión» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.X, 15 y 16).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 326-329

1. Apocalipsis 18,1-2.21-23;19,1-3.9

a) La grandiosa escena de hoy resume toda la lucha entre el bien y el mal, entre Cristo y la Bestia.

Describe la ruina de Babilonia, o sea, Roma, a la que llama "la gran prostituta", porque ha embaucado con sus brujerías a todas las naciones y las ha hecho apostatar. La imagen de una gran piedra que es lanzada al fondo del mar es muy expresiva para describir la destrucción de la Bestia. En su territorio ya no habrá música ni fiesta ni luz de lámparas ni voz de novio o de novia. El silencio. La oscuridad. La ruina. La muerte.

Por el otro lado, la victoria. Con vocerío de una gran muchedumbre que canta himnos y aleluyas que también nosotros cantamos en Vísperas. Mientras el humo del incendio en que ha ardido el mal sube desde el silencio del oscuro abismo hasta el cielo, los salvados no cesan en sus cantos de alegría en la luz de Cristo.

b) Es la clave para interpretar la historia desde Dios: "derriba a los poderosos, enaltece a los humildes", como dijo María en su Magníficat.

El Apocalipsis no es un libro dulce, sino guerrero y valiente, que nos da ánimos en la lucha y nos hace mirar hacia el futuro confiados en el triunfo de Cristo y los suyos. La "ciudad orgullosa", las fuerzas del mal, caen al fondo del mar como el gran pedrusco y desaparecen. La comunidad del Cordero, los que no han apostatado ni se han dejado manchar por la corrupción, siguen en pie y no dejan de cantar.

Cuando entonamos Aleluyas a Dios y a Cristo, no lo hacemos con orgullo, ni satisfechos de nuestros méritos, ni vengándonos de los enemigos de Cristo, sino humildemente, y con el deseo de que esta salvación sea universal, que nadie sea tan insensato de quedar fuera de este cortejo que, en el día del juicio, pasarán a gozar para siempre de la vida de Dios.

Los entonamos, eso sí, con alegría agradecida, con la cabeza erguida, con las arpas en la mano y cantando "a pleno pulmón", como el ángel de la escena de hoy.

Cada vez que participamos en la Eucaristía, somos invitados a la comunión con las palabras que aquí dice el ángel: "dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero".

Eso es lo que dice la frase del Misal en latín, aunque nosotros la hayamos traducido a un nivel más sencillo y pobre: "la cena del Señor", o simplemente "la mesa del Señor". No se nos llama felices sólo por ser invitados a esta Eucaristía, sino porque esta Eucaristía es la garantía y la pregustación de un banquete más definitivo al que también estamos invitados: el banquete de bodas del Cordero, Cristo Jesús, con su Esposa, la Iglesia, en el cielo.

Es lo que el salmo nos ha hecho repetir, intercalando esta bienaventuranza, "dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero", entre las estrofas del salmo: "aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores".

2. Lucas 21,20-28

a) Es la tercera vez que Jesús anuncia, con pena, la destrucción de Jerusalén: "serán días de venganza... habrá angustia tremenda, caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones: Jerusalén será pisoteada por los gentiles".

También aquí Lucas mezcla dos planos: éste de la caída de Jerusalén -que probablemente ya había sucedido cuando él escribe- y la del final del mundo, la segunda venida de Cristo, precedida de signos en el sol y las estrellas y el estruendo del mar y el miedo y la ansiedad "ante lo que se le viene encima al mundo".

Pero la perspectiva es optimista: "entonces verán al Hijo del Hombre venir con gran poder y gloria". El anuncio no quiere entristecer, sino animar: "cuando suceda todo esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación".

b) Las imágenes se suceden una tras otra para describirnos la seriedad de los tiempos futuros: la mujer encinta, la angustia ante los fenómenos cósmicos, la muerte a manos de los invasores, la ciudad pisoteada. Esta clase de lenguaje apocalíptico no nos da muchas claves para saber adivinar la correspondencia de cada detalle.

Pero por encima de todo, está claro que también nosotros somos invitados a tener confianza en la victoria de Cristo Jesús: el Hijo del Hombre viene con poder y gloria. Viene a salvar. Debemos "alzar la cabeza y levantarnos", porque "se acerca nuestra liberación".

Sea en el momento de nuestra muerte, que no es final, sino comienzo de una nueva manera de existir, mucho más plena. Sea en el momento del final de la historia, venga cuando venga (mil años son como un día a los ojos de Dios). Entonces la venida de Cristo no será en humildad y pobreza, como en Belén, sino en gloria y majestad.

Levantaos, alzad la cabeza. Nuestra espera es dinámica, activa, comprometida.

Tenemos mucho que trabajar para bien de la humanidad, llevando a cabo la misión que iniciara Cristo y que luego nos encomendó a nosotros. Pero nos viene bien pensar que la meta es la vida, la victoria final, junto al Hijo del Hombre: él ya atravesó en su Pascua la frontera de la muerte e inauguró para sí y para nosotros la nueva existencia, los cielos nuevos y la tierra nueva.

"Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero" (1a lectura II)
"Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19,1-3.9a

Esta visión que se ofrece al evangelista Juan tiene también la finalidad de iluminar la historia del pueblo de Dios en marcha. El cielo y el resplandor que de él se difunde (c f. 18,1) indican, de una manera clara, la procedencia divina de la Palabra que va a ser proclamada. Sólo quien escucha y recibe el mensaje podrá caminar seguro hacia la meta final.

Por un lado, se proclama el final de Babilonia, símbolo de las potencias adversas al Reino de Dios y tendentes a arrancar un culto idolátrico a los hombres. Se trata de una auténtica derrota de Babilonia, aunque de momento en su historia pueda parecer vencedora. La ruina de la ciudad, según el juicio expresado por esta profecía, no es otra cosa que el mentís de cualquier intento humano de oponerse al designio divino. La ausencia total de alegría en ella -faltarán el son de los citaristas, la luz del candil y el canto del novio y de la novia-es signo de la ausencia de Dios y de la sordera total de sus habitantes a la voz del Señor, que llama a la conversión (18, 2.22ss).

Por el contrario, el aleluya proclamado inmediatamente después (19,1-3) expresa, con un contraste vigoroso e iluminador, la victoria de Dios sobre sus adversarios, la victoria del Cordero sobre sus enemigos y la alegría de los salvados con el poder de la pascua. El símbolo final de esta gozosa victoria es el «banquete de bodas» (19,9) que ofrece el Cordero a todos los invitados. Se trata de un símbolo bíblico bien conocido, que nos invita a compartir el gran misterio de salvación de Dios, nuestro salvador, en la fe y en la esperanza.

Evangelio: Lucas 21,20-28

Esta sección del «discurso escatológico» se subdivide claramente en dos partes: en la primera se describe la ruina de Jerusalén (vv. 20-24), en la segunda se describe el fin del mundo (vv. 25-28). La primera parte es la más característica de Lucas, ya que le gusta volver de la apocalíptica a la historia: «Cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos... son días de venganza» (cf vv. 20-22).

Queda claro, por consiguiente, que Lucas considera la destrucción de Jerusalén como un juicio de Dios dirigido contra el comportamiento precedente de sus habitantes. De ahí que la perspectiva mire más al pasado que al futuro. Hay, no obstante, un matiz particular que merece ser destacado: lo que le ocurre a Jerusalén tiene una finalidad que abre la perspectiva al universalismo: «Jerusalén será pisoteada por los paganos hasta que llegue el tiempo señalado» (v. 24), es decir, el tiempo del testimonio o, bien, el tiempo de los mártires (cf. Hechos de los Apóstoles).

Es sabido que a Lucas le gusta distinguir con claridad los tiempos de la historia de la salvación: el tiempo del antiguo Israel, la plenitud de los tiempos caracterizada por la presencia de Jesús y el tiempo de la Iglesia. Los tiempos de los paganos se insertan en esta última sección de la historia. En el paso de la primera a la segunda parte de este fragmento, Lucas deja entender que al tiempo de los paganos le sucederá el tiempo del juicio universal.

Los vv 25-28 se caracterizan por la venida del Hijo del hombre para el juicio: el creyente no tiene ningún motivo para temer, aunque la descripción de ese momento induzca sentimientos que suscitan el temor de Dios. El regreso del Señor se caracteriza, en efecto, por el «gran poder y gloria» (v. 27): él traerá consigo el don de la liberación total y definitiva, una «redención» que sólo puede ser un exquisito don divino.

MEDITATIO

Como hemos indicado un poco más arriba, Lucas señala en este fragmento de su evangelio las etapas principales de la historia de la salvación: el tiempo de la antigua alianza, el carácter central de la nueva y el momento de la parusía final. Con razón, por tanto, se ha calificado al tercer evangelista de teólogo de la historia de la salvación. Si, además de esto, recordamos que Lucas es el único de los evangelistas que ha sentido la necesidad de escribir los Hechos de los Apóstoles como continuación del tercer evangelio, comprenderemos cuál ha sido el designio unitario que ha concebido y llevado a cabo; para él, evangelista, ha significado ponerse al servicio de una obra evangelizadora que parte, ciertamente, de la historia de Jesús, pero que no puede dejar de abarcar también la historia de sus testigos de la comunidad cristiana de los primeros y de todos los tiempos.

También hoy se habla mucho de «evangelización», en ocasiones incluso de «nueva evangelización»: términos todos ellos apropiados y más que legítimos, a condición, no obstante, de que la obra de la evangelización sea reconducida a su centro neurálgico, que es el gran acontecimiento de la pascua de Jesús, y de que sea concebida como simple y lógica continuación de ese evangelio viviente que ha sido la persona misma de Jesús. Sólo así podrá la evangelización anunciar, prometer y dar la liberación-redención de la que habla el fragmento evangélico de hoy y que corresponde a una nueva creación. Jesús, en efecto, ha venido para liberar al hombre del pecado y para hacerle recuperar la frescura de la imagen primitiva de Dios; volverá al final para crear unos «cielos nuevos y una nueva tierra», pero, sobre todo, para perfeccionar en el hombre la imagen divina originaria.

ORATIO

«No temáis las amenazas ni os dejéis amedrentar. Dad gloria a Cristo, el Señor, y estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida explicaciones» (1 Pe 3,14-15).

Es la esperanza lo que me proporciona el valor para buscar mundos nuevos y para remover capas de escombros y de hábitos que me incrustan y me entierran en seguridades precarias. La esperanza de alcanzarte me hace que no desista nunca y me infunde el coraje necesario para seguir adelante a pesar de mis debilidades.

Es la esperanza lo que moviliza todos mis recursos para alcanzar la meta que tú me has reservado, para luchar contra una existencia incolora que, poco a poco, nos va achatando y paralizando. La esperanza de reconocerte, porque la vida se renueva y no se repite nunca cuando se abre a ti y se inspira en el Evangelio.

Es la esperanza lo que me da la fuerza necesaria para mantener viva mi luz, para no «rehacerme» como otros me quieren, vagando sin identidad y cerrado a la gracia. La esperanza de verte y quedar maravillado.

CONTEMPLATIO

«En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles, y nosotros nos veremos transformados». Al decir «nosotros», Pablo enseña que han de gozar junto con él del don de la transformación futura todos aquellos que, en el tiempo presente, se asemejan a él y a sus compañeros por la comunión con la Iglesia y por una conducta recta. Nos insinúa también el modo de esta transformación cuando dice: «Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad». Pero a esta transformación, objeto de una justa retribución, debe preceder otra transformación que es puro don gratuito.

La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien.

La primera transformación gratuita consiste en la justificación, que es una resurrección espiritual, don divino que es una incoación de la transformación perfecta que tendrá lugar en la resurrección de los cuerpos de los justificados, cuya gloria será entonces perfecta, inmutable y para siempre. Esta gloria inmutable y eterna es, en efecto, el objetivo al que tienden, primero, la gracia de la justificación y, después, la transformación gloriosa.

En esta vida somos transformados por la primera resurrección, que es la iluminación destinada a la conversión; por ella, pasamos de la muerte a la vida, del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe, de las malas acciones a una conducta santa. Sobre los que así obran no tiene poder alguno la segunda muerte. De ellos, dice el Apocalipsis: «Dichoso aquel a quien le toca en suerte la primera resurrección; sobre ellos la segunda muerte no tiene poder». Y leemos en el mismo libro: «El que salga vencedor no será víctima de la muerte segunda». Así como hay una primera resurrección, que consiste en la conversión del corazón, así hay también una segunda muerte, que consiste en el castigo eterno.

Que se apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de la mala a la buena conducta pasan de la muerte a la vida y, más tarde, serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa (Fulgencio de Ruspe, Sobre el perdón de los pecados, Libro 2, 11, 2-12, 1.3-4).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero» (Ap 19,9).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Ruego al Señor que me conceda la gracia de convertir mi muerte próxima en don de amor a la Iglesia. Podría decir que siempre la he amado; fue su amor el que me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y que por ella, y por nada más, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo sepa; y desearía tener la fuerza necesaria para decírselo como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el valor de hacer. Quisiera, por último, comprenderla en su historia, en su designio salvífico, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su humana e imperfecta consistencia, en sus desgracias y en sus sufrimientos, en las debilidades y miserias de tantos hitos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su perenne esfuerzo de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo.

Quisiera abrazarla, saludarla, amarla, en cada ser que la compone, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla. También porque no la dejo, no salgo de ella, sino que me uno y me confundo más y mejor con ella; la muerte es un progreso en la comunión de los santos (Pablo VI).

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