Viernes XXXIV Tiempo Ordinario (Par) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Ap 20, 1-4. 11—21, 2: Los muertos fueron juzgados según sus obras. Vi la nueva Jerusalén, que descendía del cielo
- Salmo: Sal 83, 3. 4. 5-6a y 8a: Esta es la morada de Dios con los hombres.
+ Evangelio: Lc 21, 29-33: Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que esta cerca el Reino de Dios




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Semana XXVII-XXXIV del Tiempo Ordinario. , Vol. 7, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

–Apocalipsis 20,1-4.11–21,2: Los muertos fueron juzgados según sus obras. Vi la nueva Jerusalén que descendía del cielo. Después de la victoria de Dios sobre los espíritus del mal, se hace alusión al juicio final, y aparecen los mártires como asesores de Cristo Juez. Luego, con el cielo nuevo y la tierra nueva, estalla la alegría eterna del universo renovado. El Apocalipsis anuncia para entonces mil años de perfecto reinado de Cristo. Y San Cesáreo de Arlés comenta:

«Estos mil años deben ser comprendidos como los años que van desde la venida de Nuestro Señor. Durante estos años el Señor prohibe al diablo que extravíe a los pueblos que están destinados a la vida eterna, para que puedan reconciliarse con Dios aquellos a los que antes había extraviado... Solamente los soberbios e impíos serán seducidos, pero los humildes y verdaderos cristianos no serán seducidos. “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos” (Mt 20,16)... Por falsos profetas se entiende a los herejes o los falsos cristianos. En verdad, después del tiempo en que el Señor ha sufrido, la Bestia y los falsos profetas mueren y son enviados al fuego hasta que se cumplan los mil años desde la venida del Señor... La nueva Jerusalén... Ha dicho todo esto a propósito de la gloria que la Iglesia tendrá después de la resurrección» (Comentario al Apocalipsis 20-21).

–Con el Salmo 83 decimos: «Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo»... Anhelemos los altares del Señor de los ejércitos, nuestro Rey y nuestro Dios. Dichosos los que viven en su casa, alabándolo siempre. Dichosos los que encuentran en Él su fuerza y caminan de baluarte en baluarte. Confiando en el Amor que el Señor nos tiene, no hemos de temer nada, si también nosotros hemos correspondido con gran amor al que el Señor nos tiene.

–Lucas 21,29-33: Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el Reino de Dios. La caída de Jerusalén fue un gran impulso providencial de Dios a su Iglesia, porque le ha obligado a abrirse decididamente a las naciones y a establecer un culto espiritual, liberado del particularismo del templo. Cada etapa de la evangelización del mundo, vinculada a cada etapa de la humanidad, es también un jalón en la historia de salvación que se consumará en la venida final de Cristo.

Cada conversión del corazón, mediante la cual el hombre se abre más y más a la acción del Espíritu del Resucitado, es una nueva manifestación de la venida de Cristo. Cada asamblea eucarística, reunida precisamente hasta que vuelva con pleno poder el Hijo del Hombre sobre la nube, es el jalón por excelencia de ese acontecimiento. Hemos de conocer los signos de los tiempos, como se conoce por los brotes de la higuera y de los árboles que la primavera está cerca.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos

Tiempo Ordinario. Semanas XXII-XXXIV. , Vol. 6, CPL, Barcelona, 1997
pp. 330-332

1. Apocalipsis 20,1-4 -21,2

a) Siguen las visiones enigmáticas y llenas de fantasía. El "dragón, que es la antigua serpiente, el diablo o Satanás", es arrojado al abismo, aunque luego estará "suelto por un poco de tiempo".

No sabemos qué significan esos "mil años" en que reinará Cristo con los suyos. Pero sí aparece claro, y es el mensaje principal, que el juicio va a ser serio y universal, por parte del que está sentado en el gran trono blanco. Cada uno será juzgado "según sus obras, escritas en los libros".

Los que han sido seguidores del Malo, serán "arrojados al lago de fuego, junto con la Muerte y el Abismo". Pero los que han dado testimonio de Jesús y "no han rendido homenaje a la bestia y a su imagen y no llevan su señal", pasarán a la vida, formando parte del "cielo nuevo y la tierra nueva, la ciudad santa, la nueva Jerusalén", a la que el vidente contempla como "enviada de Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo".

b) De nuevo la sentencia final, después de la gran batalla entre el bien y el mal. Ha llegado el tiempo de separar el trigo de la cizaña.

Los números -mil años- no son importantes. En una carta de Pedro se dice que "ante el Señor un día es como mil años y mil años, como un día" (2 P 3,8). Lo decisivo es que el juicio será sobre si hemos sabido ser fieles, si no nos hemos dejado contaminar por la corrupción del mal, si no hemos apostatado de nuestra fe por las mil tentaciones del maligno. Y que nos espera el gran triunfo en los cielos nuevos, como comunidad festiva del Señor.

Nuestro destino es la Jerusalén nueva, si hemos vencido, con la ayuda de Cristo, en nuestra lucha contra el mal. Ojalá se cumpla en nosotros la visión optimista del salmo: "ésta es la morada de Dios con los hombres... mi alma se consume y anhela los atrios del Señor... dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre".

2. Lucas 21,29-33

a) Jesús toma una comparación de la vida del campo para que sus oyentes entiendan la dinámica de los tiempos futuros: cuando la higuera empieza a echar brotes, sabemos que la primavera está cercana.

Así, los que estén atentos comprenderán a su tiempo "que está cerca el Reino de Dios", porque sabrán interpretar los signos de los tiempos. Algunas de las cosas que anunciaba Jesús, como la ruina de Jerusalén, sucederán en la presente generación. Otras, mucho más tarde. Pero "sus palabras no pasarán".

b) Jesús inauguró ya hace dos mil años el Reino de Dios. Pero todavía está madurando, y no ha alcanzado su plenitud.

Eso nos lo ha encomendado a nosotros, a su Iglesia, animada en todo momento por el Espíritu. Como el árbol tiene savia interior, y recibe de la tierra su alimento, y produce a su tiempo brotes y luego hojas y flores y frutos, así la historia que Cristo inició.

No hace falta que pensemos en la inminencia del fin del mundo. Estamos continuamente creciendo, caminando hacia delante. Cayó Jerusalén. Luego cayó Roma. Más tarde otros muchos imperios e ideologías. Pero la comunidad de Jesús, generación tras generación, estamos intentando transmitir al mundo sus valores, evangelizarlo, para que el árbol dé frutos y la salvación alcance a todos.

Permanezcamos vigilantes. En el Adviento, que empezamos mañana por la tarde, en vísperas del primer domingo, se nos exhortará a que estemos atentos a la venida del Señor a nuestra historia. Porque cada momento de nuestra vida es un "kairós", un tiempo de gracia y de encuentro con el Dios que nos salva.

"Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, la nueva Jerusalén arreglada como una novia" (1a lectura II)
"La primavera está cerca. Está cerca el Reino de Dios" (evangelio).

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Ferias Tiempo Ordinario (Semanas 26-34 Años Pares). , Vol. 8, Verbo Divino, Navarra, 2002

LECTIO

Primera lectura: Apocalipsis 20, 1-4.11-21,2

El tema de que se ocupa este fragmento es la nueva creación: Juan, encaminándose hacia el final de su magna visión, contempla una gran lucha entre la antigua serpiente y el Cordero inmolado. Como siempre, la lucha tendrá un final feliz: la victoria de Dios sobre Satanás es cierta y traerá con ella una novedad de vida y alegría a todos los creyentes. Todo esto se llevará a cabo en la ciudad de Dios, patria de todos aquellos que han sido «degollados por dar testimonio de Jesús y por anunciar la Palabra de Dios» (20,4) y lugar en el que todos los que no han adorado a la bestia ni a su estatua recuperan la vida y reinan con Cristo.

Es, por consiguiente, la ciudad de la alegría, la ciudad de la vida, que triunfa sobre la muerte; la ciudad de Dios, que elimina cualquier otra ciudad alternativa. En el centro de esta ciudad se erige un trono blanco y, sentado en él, aquel en cuyas manos está «el libro de la vida» (v. 12). Es una imagen estupenda y sencilla al mismo tiempo para hacernos comprender que todas nuestras decisiones y nuestras obras son conocidas por Dios y serán sopesadas por él en su divina sabiduría y bondad. Junto al libro de la vida encontramos el «estanque de fuego» (v. 14), que también recibe el nombre de «segunda muerte», destino tremendo de todos los que no están inscritos en el libro de la vida.

Con todo, la perspectiva final es absolutamente positiva: al final de la historia ya no tendrá la muerte ningún poder sobre los que siguieron al Cordero en su camino pascual. Serán admitidos a la plena y eterna comunión con Dios, simbolizada aquí por la Jerusalén celestial, que, «como una novia que se adorna para su esposo» (21,2), será la ciudad santa.

Evangelio: Lucas 21,29-33

En aquel tiempo, 29 les puso también Jesús esta comparación:

-Mirad la higuera y los demás árboles. 30 Cuando veis que echan brotes, os dais cuenta de que está próximo el verano. 31 Así también vosotros, cuando veáis realizarse estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca. 32 Os aseguro que no pasará esta generación antes de que todo esto suceda. 33 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Por último, en esta parte del «discurso escatológico», responde Jesús a la pregunta inicial: «Maestro, ¿cuándo será eso? ¿Cuál será la señal de que esas cosas están a punto de suceder?» (21,7). La respuesta viene de la mano de una parábola: la de la higuera. El v. 28 de este discurso había introducido ya el tema de la vigilancia: «Cobrad ánimo y levantad la cabeza». Ahora se retoma y desarrolla ampliamente el mismo tema. Aparece así la preocupación parenética del evangelista Lucas, que, en cuanto se le presenta la ocasión, exhorta a los destinatarios de su evangelio a extraer las debidas consecuencias del mensaje que les está entregando.

Mediante un pequeño retoque -a saber: añadiendo «y los demás árboles» (v. 29)- Lucas ha querido hacer inteligible la parábola de la higuera también a los de fuera de Palestina. Con todo, no es preciso aplicar a las realidades del Reino de Dios el ritmo de las estaciones: por consiguiente, el retorno del Señor no debe ser considerado, como lo es el verano, como el tiempo de los frutos y la cosecha. Lo único que se pretende afirmar es que, cuando aparezcan los signos premonitorios descritos en los vv. 20-28, entonces tendrá lugar la plena manifestación del poder del Dios que salva, esto es, el momento de la manifestación definitiva del Señor. En efecto, para Lucas -y esto es algo que conocemos bien-, el Reino de Dios está «ya» en medio de nosotros (cf. 12,20; 17,21): por eso intenta expresar aquí no el comienzo, sino la difusión del Reino de Dios hasta su última fase. «Se acerca vuestra liberación» (v. 28): es como decir que Cristo, el liberador, tras haber inaugurado ya entre nosotros el Reino de su Padre, está perfeccionando su misión de salvador.

MEDITATIO

Ya hemos hecho alusión al estilo parenético-exhortatorio de Lucas, signo que manifiesta una intención equivalente por parte de Jesús. Los verbos que se suceden indican claramente esta tendencia: «Mirad... cuando veis... os dais cuenta... sabed...». Ningún creyente se puede sustraer a esta invitación: tenemos el deber concreto no sólo de mirar y ver, sino también de darnos cuenta y comprender. No, a buen seguro, con la pretensión de sondear el misterio, sino con la plena confianza de poder apropiarnos del mensaje de consuelo y liberación que Jesús ha venido a traernos. Con otras palabras, Jesús lanza una llamada a la inteligencia de sus discípulos, sin ofrecerles una solución preparada y clara.

De este modo expresa asimismo su calidad de maestro, que tiende a implicar a sus discípulos en la comprensión del misterio que él mismo ha recibido de su Padre. Aquí se capta no sólo el trabajo, sino también la belleza de ese camino de búsqueda que el gran pedagogo Jesús indicó a la gente de su tiempo y sigue indicando todavía a cada hombre y a cada mujer de buena voluntad.

Para comprender, es decir, para leer en el fondo de los acontecimientos históricos que nos implican y nos esperan, nos ofrece Jesús una clave interpretativa: la luz de sus palabras y, sobre todo, la de su ejemplo. En efecto, el cristiano no pretende comprender sólo desde el punto de vista intelectual, sino también y sobre todo desde un punto de vista vital: lo que sucede en la historia individual y comunitaria puede ser comprendido como signo de una presencia divina, puede ser acogido como don del Señor, puede ser interpretado como estímulo para reemprender el camino del Evangelio, en perfecta fidelidad al mandamiento de Dios y al ejemplo de Jesús.

ORATIO

La muerte es la gran cita que nos espera a todos y que nuestra sociedad materialista ha convertido en un tabú insuperable, difundiendo su terror. Oh Señor Jesús, tú que venciste a la muerte, abre nuestros corazones y nuestras mentes para comprender que la muerte es un proceso humano como el nacimiento: es nacer a una existencia diferente.

La muerte es el punto de llegada tras la agotadora marcha de la vida, durante la cual caemos, nos cansamos, nos sentimos solos, sedientos, dudando de si podremos llegar a la meta. Oh Señor, libéranos del miedo a la muerte y haz que su pensamiento nos ayude a vivir mejor, para poder habitar un día en tu casa.

La muerte es asimismo el punto de partida para quien ha vivido bien., intentando conocerte cada vez mejor, amarte cada vez más y servirte en los hermanos. Oh Señor, concédenos experimentar en nuestro morir cotidiano el poder de tu resurrección, de suerte que podamos vivir cada acontecimiento a la luz radiante de la vida que nos espera.

CONTEMPLATIO

Tres son las enseñanzas del Señor: la esperanza de la vida, principio y término de nuestra fe; la justicia, comienzo y fin del juicio; el amor en la alegría y el regocijo, testimonio de las obras de la justicia.

El Señor, en efecto, nos ha manifestado, por medio de sus profetas, el pasado y el presente y nos ha hecho gustar por anticipado las primicias de lo porvenir. Viendo, pues, que estas cosas se van cumpliendo en el orden en el que él las había predicho, debemos llevar una vida más generosa y más excelsa en el temor del Señor. Por lo que respecta a mí, no como maestro, sino como uno de vosotros, os manifestaré algunas enseñanzas que os puedan alegrar en las presentes circunstancias.

Ya que los días son malos y que el Altivo mismo posee poder, debemos, estando vigilantes sobre nosotros mismos, buscar las justificaciones del Señor. Nuestra fe tiene como ayuda el temor y la paciencia, y como aliados la longanimidad y el dominio de nosotros mismos. Si estas virtudes permanecen santamente en nosotros, en todo lo que atañe al Señor, tendrán la gozosa compañía de la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y el conocimiento.

El Señor nos ha dicho claramente, por medio de los profetas, que no tiene necesidad ni de sacrificios ni de holocaustos ni de ofrendas, cuando dice: ¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? –dice el Señor–. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada. ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto (Carta de Bernabé).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Vi a la ciudad santa ataviada como una novia que se adorna para su esposo» (cf. Ap 21,2).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras, al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la sagrada liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la sagrada tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la Palabra del mismo Dios y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los profetas y de los apóstoles. [...]

La esposa del Verbo encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanza; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las sagradas liturgias. [...]

Así pues, con la lectura y el estudio de los libros sagrados «la Palabra de Dios se difunda y resplandezca» (2 Tes 3,1) y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la Palabra de Dios, que «permanece para siempre» (Is 40,8; cf. 1 Pe 1,23-25) (Dei Verbum 21, 23, 26).

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