Semana Santa: Viernes Santo (Pasión del Señor) – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Is 52, 13—53, 12:
- Salmo: Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25:
- 2ª Lectura: Heb 4, 14-16; 5, 7-9:
+ Evangelio: Jn 18, 1—19, 42:



Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

Padre Raniero Cantalamessa, OFM. CAP

Homilía (06-04-2007)

Celebración de la Pasión del Señor.
>Basílica de San Pedro. Viernes Santo, 6 de abril de 2007

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19, 25). Por una vez, dejemos aparte a María, su madre. Su presencia en el Calvario no necesita explicaciones. Era “su madre” y esto lo explica todo; las madres no abandonan a un hijo, aunque esté condenado a muerte. Pero, ¿por qué estaban allí las otras mujeres ¿Quiénes eran y cuántas eran?

Los evangelios refieren el nombre de algunas de ellas: María Magdalena; María, la madre de Santiago el menor y de Joset; Salomé, la madre de los hijos de Zebedeo; una cierta Juana y una cierta Susana (cf. Lc 8, 3). Estas mujeres habían seguido a Jesús desde Galilea; lo habían acompañado, llorando, en el camino al Calvario (cf. Lc 23, 27-28); en el Gólgota observaban “de lejos”, o sea, desde la distancia mínima que se les permitía, y poco después lo acompañan, con tristeza, al sepulcro, juntamente con José de Arimatea (cf. Lc 23, 55).

Este hecho está demasiado comprobado y es demasiado extraordinario como para pasar por encima de él apresuradamente. Las llamamos, con cierta condescendencia masculina, “las piadosas mujeres”, pero son mucho más que “piadosas mujeres”: son también “Madres Coraje”. Desafiaron el peligro que existía al mostrarse tan abiertamente a favor de un condenado a muerte. Jesús había dicho: “Dichoso aquel que no se escandalice de mí!” (Lc 7, 23). Estas mujeres son las únicas que no se escandalizaron de él.

Se discute mucho desde hace tiempo quién quiso la muerte de Jesús: los jefes de los judíos o Pilato, o ambos. En cualquier caso, una cosa es cierta: fueron los hombres, no las mujeres. Ninguna mujer está involucrada, ni siquiera indirectamente, en su condena. Hasta la única mujer pagana que se menciona en los relatos, la esposa de Pilato, se disoció de su condena (cf. Mt 27, 19). Es cierto que Jesús murió también por los pecados de las mujeres, pero históricamente sólo ellas pueden decir: “Somos inocentes de la sangre de este” (Mt 27, 24).

Este es uno de los signos más ciertos de la honradez y de la fidelidad histórica de los evangelios: el papel mezquino que desempeñan en ellos los autores y los inspiradores de los evangelios, y el maravilloso papel que desempeñan las mujeres. ¿Quién habría permitido que se conservara, para recuerdo imperecedero, la ignominiosa historia de su miedo, huida, negación, agravada además por la comparación con la conducta tan distinta de algunas pobres mujeres? ¿Quién, repito, lo hubiera permitido, si no se hubiera visto obligado por la fidelidad a una historia que ya se mostraba como infinitamente más grande que su propia miseria?

Siempre se ha planteado la pregunta de por qué las “piadosas mujeres” fueron las primeras en ver al Resucitado y se les encomendó la misión de anunciarlo a los Apóstoles. Era el modo más seguro de que su resurrección fuera poco creíble, pues el testimonio de una mujer no tenía peso alguno en un juicio. Tal vez por este motivo ninguna mujer figura en la larga lista de quienes vieron al Resucitado, según el relato de san Pablo (cf. 1 Co 15, 5-8). Los mismos Apóstoles, al inicio, tomaron las palabras de las mujeres como “un desatino” femenino y no les creyeron (cf. Lc 24, 11).

Los autores antiguos creyeron conocer la respuesta a esta pregunta. Las mujeres, dice en un himno Romano el Melode, son las primeras en ver al Resucitado porque una mujer, Eva, había sido la primera en pecar (Himnos 45, 6; ed. Paoline 1981, p. 406). Pero la verdadera respuesta es otra: las mujeres fueron las primeras en verlo resucitado porque habían sido las últimas en abandonarlo muerto, e incluso después de la muerte acudían a llevar aromas a su sepulcro (cf. Mc 16, 1).

Debemos preguntarnos el motivo de este hecho: ¿por qué las mujeres resistieron al escándalo de la cruz? ¿Por qué permanecieron cerca de Jesús cuando todo parecía acabado e incluso sus discípulos más íntimos lo habían abandonado y estaban organizando el regreso a casa?

La respuesta la dio anticipadamente Jesús cuando, contestando a Simón, dijo acerca de la pecadora que le había lavado y besado los pies: “Ha amado mucho” (Lc 7, 47). Las mujeres habían seguido a Jesús por él mismo, por gratitud del bien recibido de él, no por la esperanza de hacer carrera siguiéndolo a él. A ellas no se les habían prometido “doce tronos”; ellas no habían pedido sentarse a su derecha y a su izquierda en su reino. Como está escrito, lo seguían “para servirle” (Lc 8, 3; Mt 27, 55); además de María, su Madre, eran las únicas que habían asimilado el espíritu del Evangelio. Habían seguido las razones del corazón y estas no les habían engañado.

Así, su presencia junto al Crucificado y al Resucitado contiene una enseñanza vital para nosotros hoy. Nuestra civilización, dominada por la técnica, necesita un corazón para que el hombre pueda sobrevivir en ella, sin deshumanizarse del todo. Debemos dar más espacio a las “razones del corazón” si queremos evitar que nuestro planeta, mientras se sobrecalienta físicamente, vuelva a caer espiritualmente en una era glacial. La gran crisis de fe en el mundo de hoy consiste en que no se escuchan las razones del corazón, sino sólo las razones torcidas de la mente.

En esto, a diferencia de lo que sucede en otros muchos campos, la técnica nos ayuda poco. Se trabaja desde hace tiempo en un tipo de ordenador que “piensa” y muchos están convencidos de que se logrará. Pero nadie hasta ahora ha proyectado la posibilidad de un ordenador que “ame”, que se conmueva, que salga al encuentro del hombre en el plano afectivo, facilitándole amar, como le facilita calcular las distancias entre las estrellas, el movimiento de los átomos y la memorización de datos…

Por desgracia, la potenciación de la inteligencia y de las posibilidades cognoscitivas del hombre no va acompañada de la potenciación de su capacidad de amor. Esta última, más bien, al parecer no cuenta nada, aunque sabemos muy bien que la felicidad o la infelicidad no dependen tanto de conocer o no conocer, cuanto de amar o no amar, de ser amado o no ser amado. El motivo es muy sencillo: hemos sido creados “a imagen de Dios” y Dios es amor, Deus caritas est.

No es difícil entender por qué nos interesa tanto incrementar nuestros conocimientos y tan poco aumentar nuestra capacidad de amar: el conocimiento se traduce automáticamente en poder, el amor en servicio.

Una de las idolatrías modernas es la del “IQ”, el “coeficiente intelectual”. Existen varios métodos para medirlo. ¿Pero quién se preocupa de tener en cuenta también el “coeficiente del corazón”? Sin embargo, sólo el amor redime y salva, mientras que la ciencia y la sed de conocimiento, solas, pueden llevar a la condenación.

Es la conclusión del Fausto de Goethe y también es el grito que lanza el cineasta que hace clavar simbólicamente en el suelo los valiosos libros de una biblioteca y hace exclamar al protagonista: “Todos los libros del mundo no valen lo que una caricia” (en la película “Cento chiodi” de Ermanno Olmi). Antes que ellos, san Pablo había escrito: “La ciencia hincha, el amor en cambio edifica” (1 Co 8, 1). “Sin el amor —recordaba el Papa ayer en la misa Crismal— en el interior de la persona reina la oscuridad”.

Después de tantas eras que han tomado nombre del hombre —homo erectus, homo faber, hasta el homo sapiens-sapiens, o sea, el sapientísimo, de hoy—, es de desear que comience por fin para la humanidad una era de la mujer: una era del corazón, de la compasión, y que esta tierra deje ya de ser “la tierra que nos hace tan feroces” (Dante Alighieri, Paraíso, 22, v. 151).

Por doquier se siente la necesidad de dar más espacio a la mujer. No creemos que “el eterno femenino nos salvará” (W. Goethe, Fausto, final de la parte II: “Das Ewig-Weibliche zieht uns hinan”). La experiencia diaria demuestra que la mujer puede “elevarnos”, pero también que puede hacernos caer. También ella necesita ser salvada por Cristo. Pero es cierto que, una vez redimida por él y “liberada”, en el plano humano, de antiguas discriminaciones, ella puede contribuir a salvar nuestra sociedad de algunos males arraigados que constituyen amenazas: la violencia, la voluntad de poder, la aridez espiritual, el desprecio de la vida…

Sólo hay que evitar repetir el antiguo error gnóstico según el cual la mujer, para salvarse, debe dejar de ser mujer y transformarse en hombre (cf. Evangelio copto de Tomás, 114; Extractos de Teodoto, 21, 3). El prejuicio está tan enraizado en la cultura que las mujeres mismas a veces han acabado por sucumbir a él. Para afirmar su dignidad, han creído necesario asumir a veces actitudes masculinas, o bien minimizar la diferencia de los sexos, reduciéndola a un producto de la cultura. “La mujer no nace, se hace”, dijo una de sus ilustres representantes (Simone de Beauvoir, Le Deuxième Sexe, 1949).

Debemos sentirnos muy agradecidos a las “piadosas mujeres”. A lo largo del camino al Calvario, sus sollozos fueron el único sonido amigo que llegó a oídos del Salvador; mientras pendía de la cruz, sus “miradas” fueron las únicas que se posaron con amor y compasión en él.

La liturgia bizantina ha honrado a las piadosas mujeres dedicándoles un domingo del año litúrgico, el segundo después de Pascua, que toma el nombre de “domingo de las Miróforas“, esto es, de las portadoras de aromas. Jesús se alegra de que en la Iglesia se honre a las mujeres que lo amaron y creyeron en él durante su vida. Sobre una de ellas —la mujer que vertió en su cabeza un frasco de ungüento perfumado— hizo esta extraordinaria profecía, que se ha cumplido puntualmente a lo largo de los siglos: “Dondequiera que se proclame este evangelio, en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha hecho para memoria suya” (Mt 26, 13).

Sin embargo, no sólo debemos admirar y honrar a las piadosas mujeres, sino también imitarlas. San León Magno dice que “la pasión de Cristo se prolonga hasta el final de los siglos” (Sermón 70, 5: PL 54, 383) y Pascal ha escrito que “Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo” (Pensamientos, n. 553 Br). La Pasión se prolonga en los miembros del cuerpo de Cristo. Las numerosas mujeres, religiosas y laicas, que permanecen hoy al lado de los pobres, de los enfermos de sida, de los encarcelados, de los rechazados de cualquier tipo por parte de la sociedad, son herederas de las “piadosas mujeres”. A ellas, creyentes o no creyentes, Cristo les repite: “A mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

No sólo por el papel que desempeñaron en la Pasión, sino también por el que tuvieron en la Resurrección, las piadosas mujeres son un ejemplo para las mujeres cristianas de hoy. En la Biblia se encuentran, de un extremo a otro, los imperativos: “ve” o “id”, es decir, los envíos por parte de Dios. Es la palabra que dirigió a Abraham, a Moisés: “Ve, Moisés, a la tierra de Egipto”, a los profetas, a los Apóstoles: “Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura”.

Todos esos “id” son invitaciones dirigidas a hombres, pero existe un “id” dirigido a mujeres, el de la mañana de Pascua a las miróforas : “Entonces les dijo Jesús: “Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”” (Mt 28, 10). Con estas palabras las constituía primeras testigos de la resurrección, “maestras de los maestros”, como las llama un antiguo autor (Gregorio Antioqueno, Homilía sobre las mujeres miróforas, 11: PG 88, 1864 B).

Es una lástima que, a causa de la errónea identificación con la mujer pecadora que lava los pies de Jesús (cf. Lc 7, 37), María Magdalena haya acabado por alimentar infinitas leyendas antiguas y modernas y haya entrado en el culto y en el arte casi sólo en calidad de “penitente”, más que como la primer testigo de la Resurrección, “la apóstol de los apóstoles”, como la define santo Tomás de Aquino (Comentario al evangelio de san Juan, XX, 2519).

“Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos” (Mt 28, 8). Mujeres cristianas, seguid llevando a los sucesores de los apóstoles, a nosotros, sacerdotes y colaboradores suyos, el gozoso anuncio: “El Maestro está vivo. Ha resucitado. Os precede en Galilea, o sea, dondequiera que vayáis. No tengáis miedo”.

Continuad el sublime diálogo que la liturgia mantiene con María Magdalena en la secuencia de Pascua: “Mors et vita duello conflixere mirando: dux vitae mortuus regnat vivus” : “Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo: el Señor de la vida estaba muerto, pero ahora está vivo y reina”. La vida ha triunfado sobre la muerte: sucedió a Cristo y así nos sucederá un día también a nosotros. Juntamente con todas las mujeres de buena voluntad, vosotras sois la esperanza de un mundo más humano.

A la primera de las “piadosas mujeres” y su incomparable modelo, la Madre de Jesús, repitamos una antigua oración de la Iglesia: “Santa María, socorre a los pobres, sostén a los frágiles, conforta a los débiles: ora por el pueblo, ruega por el clero, intercede por el piadoso sexo femenino”: “Ora pro populo, interveni pro clero, intercede pro devoto femineo sexu” (Antífona del Magníficat, Común de las fiestas de la Virgen).

Homilía (21-03-2008)

Celebración de la Pasión del Señor.
Basílica de San Pedro. Viernes Santo, 21 de marzo de 2007

«Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: “No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca”. Para que se cumpliera la Escritura: “Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica”» (Jn 19, 23-24).

Siempre se ha planteado la pregunta de qué quiso decir el evangelista san Juan con la importancia que da a este detalle de la Pasión. Una explicación reciente es que la túnica recuerda al paramento del sumo sacerdote y que san Juan, por ello, quiso afirmar que Jesús no sólo murió como rey, sino también como sacerdote. Sin embargo, la Biblia no dice que la túnica del sumo sacerdote tuviera que ser sin costuras (cf. Ex 28, 4; Lv 16, 4). Por eso, los exégetas más autorizados prefieren atenerse a la explicación tradicional según la cual la túnica inconsútil simboliza la unidad de la Iglesia (cf. R. E. Brown, The Death of the Messiah, vol. 2, Doubleday, Nueva York 1994, pp. 955-958).

Cualquiera que sea la explicación que se dé del texto, una cosa es cierta: para san Juan, la unidad de los discípulos es la razón por la que Cristo muere: «Jesús iba a morir (…) para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 51-52). En la última cena él mismo había dicho: «No ruego sólo por estos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 20-21).

La alegre noticia que hay que proclamar el Viernes santo es que la unidad, antes que una meta por alcanzar, es un don que hay que acoger. Que la túnica estuviera tejida «de arriba abajo», escribe san Cipriano, significa que «la unidad que trae Cristo procede de lo alto, del Padre celestial, y por ello no puede ser rasgada por quien la recibe, sino que debe ser acogida en su integridad» (De unitate Ecclesiae, 7: CSEL 3, p. 215).

Los soldados dividieron en cuatro partes «los vestidos», o el manto, esto es, el indumento exterior de Jesús, no la túnica, que era el indumento interior, el que se llevaba en contacto directo con el cuerpo. También este es un símbolo. Los hombres podemos dividir a la Iglesia en su elemento humano y visible, pero no su unidad profunda, que se identifica con el Espíritu Santo. La túnica de Cristo ni fue dividida ni jamás podrá serlo. Es también inconsútil. Es la fe que profesamos en el Credo: «Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica».

Pero si la unidad ha de ser signo «para que el mundo crea», debe ser una unidad también visible, comunitaria. Es esta unidad la que se ha perdido y debemos recuperar. Es mucho más que relaciones de buena vecindad; es la misma unidad mística interior —«un solo Cuerpo y un solo Espíritu, una sola esperanza, un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (Ef 4, 4-6)—, acogida, vivida y manifestada, de hecho, por los creyentes. Una unidad que no se rompe con la variedad, sino que, por el contrario, se manifiesta a través de ella.

Después de la Pascua, los Apóstoles preguntaron a Jesús: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?». Hoy dirigimos frecuentemente a Dios esa misma pregunta: ¿Es ahora cuando vas a restablecer la unidad visible de tu Iglesia? También la respuesta es la misma de entonces: «A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hch 1, 6-8).

Lo recordaba el Santo Padre en la homilía que pronunció el pasado 25 de enero, en la basílica de San Pablo extramuros, en la conclusión de la Semana de oración por la unidad de los cristianos: «La unidad con Dios y con nuestros hermanos y hermanas —decía— es un don que viene de lo alto, que brota de la comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que en ella se incrementa y se perfecciona. No está en nuestro poder decidir cuándo o cómo se realizará plenamente esta unidad. Sólo Dios podrá hacerlo. Como san Pablo, también nosotros ponemos nuestra esperanza y nuestra confianza “en la gracia de Dios que está con nosotros”» (L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de febrero de 2008, p. 5).

También hoy será el Espíritu Santo, si nos dejamos guiar, quien nos conduzca a la unidad. ¿Cómo hizo el Espíritu Santo para realizar la primera fundamental unidad de la Iglesia: la unidad entre los judíos y los paganos? Descendió sobre Cornelio y su casa del mismo modo que lo había hecho en Pentecostés sobre los apóstoles. De modo que a Pedro no le quedó más que sacar la conclusión: «Por lo tanto, si Dios les ha concedido el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?» (Hch 11, 17).

De un siglo a esta parte hemos visto repetirse ante nuestros ojos este mismo prodigio a escala mundial. Dios ha derramado su Espíritu Santo de manera nueva e inusitada en millones de creyentes, pertenecientes a casi todas las denominaciones cristianas y, para que no hubiera dudas sobre sus intenciones, lo ha derramado con idénticas manifestaciones. ¿No es este un signo de que el Espíritu nos impulsa a reconocernos recíprocamente como discípulos de Cristo y a tender juntos a la unidad?

Es verdad que esta unidad espiritual y carismática, por sí sola, no basta. Lo vemos ya en los inicios de la Iglesia. La unidad entre judíos y gentiles, recién hecha, se vio amenazada por el cisma. En el así llamado concilio de Jerusalén hubo un «amplio debate» y al final se llegó a un acuerdo, anunciado a la Iglesia con la fórmula: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…» (Hch 15, 28).

Por tanto, el Espíritu Santo obra también por otro camino, que es la confrontación paciente, el diálogo y hasta el acuerdo entre las partes, cuando no está en juego lo esencial de la fe. Obra a través de las «estructuras» humanas y los «ministerios» instituidos por Jesús, sobre todo el ministerio apostólico y petrino. Es lo que llamamos hoy ecumenismo doctrinal e institucional.

Sin embargo, este ecumenismo doctrinal, o de vértice, tampoco es suficiente ni avanza si no va acompañado de un ecumenismo espiritual, de base. Lo repiten cada vez con mayor insistencia precisamente los máximos promotores del ecumenismo institucional. En el centenario de la institución de la Semana de oración por la unidad de los cristianos (1908-2008), al pie de la cruz deseamos meditar sobre este ecumenismo espiritual: en qué consiste y cómo podemos avanzar en él.

El ecumenismo espiritual nace del arrepentimiento y del perdón, y se alimenta con la oración. En 1977 participé en un congreso ecuménico carismático en Kansas City (Missouri, Estados Unidos). Había cuarenta mil personas, la mitad católicas (entre ellas el cardenal Suenens) y la otra mitad de diversas confesiones cristianas. Una tarde, uno de los animadores al micrófono comenzó a hablar de una forma que en aquella época me resultó extraña: «Vosotros, sacerdotes y pastores, llorad y lamentaos, porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado… Vosotros, laicos, hombres y mujeres, llorad y lamentaos, porque el cuerpo de mi Hijo está destrozado».

Comencé a ver a los participantes caer, uno tras otro, de rodillas a mi alrededor, muchos de ellos sollozando de arrepentimiento por las divisiones en el cuerpo de Cristo. Y todo esto mientras un cartel que se extendía de un lado a otro del estadio rezaba: «Jesus is Lord», «Jesús es el Señor». Me encontraba allí como un observador aún bastante crítico y no comprometido, pero recuerdo que pensé: Si un día todos los creyentes se reúnen para formar una sola Iglesia, será así: todos de rodillas, con el corazón contrito y humillado, bajo el gran señorío de Cristo.

Si la unidad de los discípulos debe ser un reflejo de la unidad entre el Padre y el Hijo, debe ser ante todo una unidad de amor, porque esa es la unidad que reina en la Trinidad. La Escritura nos exhorta a «hacer la verdad en la caridad» —veritatem facientes in caritate— (Ef 4, 15). Y san Agustín afirma que «sólo se entra en la verdad por la caridad» —non intratur in veritatem nisi per caritatem— (Contra Faustum, 32, 18: CCL 321, p. 779).

Lo extraordinario, con respecto a este camino hacia la unidad basado en el amor, es que ya está abierto de par en par ante nosotros. No podemos «quemar etapas» en cuanto a la doctrina, porque las diferencias existen y hay que resolverlas con paciencia en los lugares apropiados. Pero, en cambio, podemos quemar etapas en la caridad, y estar unidos desde ahora. El signo verdadero y seguro de la venida del Espíritu no es —escribe san Agustín— hablar en lenguas, sino el amor a la unidad: «Sabéis que tenéis el Espíritu Santo cuando accedéis a que vuestro corazón se adhiera a la unidad a través de una sincera caridad» (Serm. 269, 3-4: PL 38, 1236 s).

Meditemos en el himno a la caridad, de san Pablo. Cada frase de este himno adquiere un significado actual y nuevo si se aplica al amor entre los miembros de las diversas Iglesias cristianas, en las relaciones ecuménicas: «La caridad es paciente… La caridad no es envidiosa… No busca su interés… (o sólo el interés de la propia Iglesia). No toma en cuenta el mal (si acaso, el mal hecho a los demás). No se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad (no se alegra de las dificultades de las otras Iglesias, sino de sus éxitos espirituales). Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4 ss).

Esta semana hemos acompañado a su morada eterna a Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, pionera y modelo de este ecumenismo espiritual del amor. Demostró que la búsqueda de la unidad entre los cristianos no lleva a cerrarse al resto del mundo; sino que es, más bien, el primer paso y la condición para un diálogo más amplio con los creyentes de otras religiones y con todos los hombres que se interesan por el destino de la humanidad y por la paz.

Se ha dicho que «amarse no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección». También entre cristianos amarse significa mirar juntos en la misma dirección, que es Cristo. «Él es nuestra paz» (Ef 2, 14). Si nos convertimos a Cristo y vamos juntos hacia él, los cristianos nos acercaremos también entre nosotros, hasta ser, como él pidió, «uno con él y con el Padre». Ocurre como en los rayos de una rueda. Parten de puntos distantes de la circunferencia, pero a medida que se acercan al centro, también se acercan entre sí, hasta formar un solo punto.

A los cristianos divididos sólo los podrá unir una nueva oleada de amor a Cristo, por obra del Espíritu Santo. Es lo que está aconteciendo en la cristiandad y eso nos llena de estupor y de esperanza. «El amor de Cristo nos apremia al pensar que uno murió por todos» (2 Co 5, 14). El hermano de otra Iglesia —más aún, todo ser humano— es «aquel por quien murió Cristo» (Rm 14, 15), igual que murió por mí.

En este camino debe impulsarnos sobre todo un motivo. Lo que está en juego al inicio del tercer milenio ya no es lo mismo que al principio del segundo milenio, cuando se produjo la separación entre Oriente y Occidente; ni es lo mismo que a mitad de ese mismo milenio, cuando se produjo la separación entre católicos y protestantes. ¿Podemos decir que los problemas que apasionan a los hombres de hoy, y con los que se sostiene o se derrumba la fe cristiana, son la forma exacta como procede del Padre el Espíritu Santo, o la manera en que se realiza la justificación del pecador? El mundo ha seguido adelante y nosotros hemos seguido obsesionados por problemas y fórmulas cuyo significado el mundo ya ni siquiera conoce.

En las batallas medievales había un momento en que, superada la infantería, los arqueros y la caballería, el combate se concentraba en torno al rey. Ahí se decidía el resultado final del enfrentamiento. También para nosotros la batalla hoy se libra en torno al rey. Existen edificios o construcciones metálicas hechas de tal modo que si se toca cierto punto neurálgico, o se quita una piedra determinada, todo se derrumba. En el edificio de la fe cristiana esta piedra angular es la divinidad de Cristo. Si se quita esta piedra, todo se viene abajo y, antes que cualquier otra cosa, la fe en la Trinidad.

De ello se deduce que existen actualmente dos ecumenismos posibles: un ecumenismo de la fe y un ecumenismo de la incredulidad; uno que reúne a todos los que creen que Jesús es el Hijo de Dios, que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que Cristo murió para salvar a todos los hombres; y otro que reúne a cuantos, apoyándose en el símbolo de Nicea, siguen proclamando estas fórmulas, pero vaciándolas de su verdadero contenido. Un ecumenismo en el que, al límite, todos creen las mismas cosas, porque nadie cree ya en nada, en el sentido que la palabra «creer» tiene en el Nuevo Testamento.

«¿Quién es el que vence al mundo —escribe san Juan en su primera carta— sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). Siguiendo este criterio, el modo fundamentalmente de dividir a los cristianos no es entre católicos, ortodoxos y protestantes, sino entre quienes creen que Cristo es el Hijo de Dios y quienes no lo creen.

«El año segundo del rey Darío, el primer día del sexto mes, fue dirigida la palabra del Señor, por medio del profeta Ageo, a Zorobabel, hijo de Sealtiel, gobernador de Judá, y a Josué, hijo de Yehosadac, sumo sacerdote…: ¿Es acaso para vosotros el momento de habitar en vuestras casas artesonadas, mientras mi casa está en ruinas?» (Ag 1, 1-4).

Estas palabras del profeta Ageo se dirigen hoy a nosotros. ¿Es este el tiempo de seguir preocupándonos sólo de lo que afecta a nuestra orden religiosa, a nuestro movimiento, o a nuestra Iglesia? ¿No será precisamente esta la razón por la que también nosotros «sembramos mucho, pero cosechamos poco» (Ag 1, 6)? Predicamos y hacemos todo lo posible, pero el mundo se aleja de Cristo, en lugar de convertirse a él.

El pueblo de Israel escuchó la reprensión del profeta; cada uno dejó de embellecer su propia casa para reconstruir juntos el templo de Dios. Entonces Dios envió de nuevo a su profeta con un mensaje de consuelo y aliento, que es también para nosotros: «Mas ahora, ¡ten ánimo, Zorobabel!, oráculo del Seño. ¡Ten ánimo, Josué, hijo de Yehosadac, sumo sacerdote! ¡Ten ánimo, pueblo todo de la tierra!, oráculo del Señor. ¡A la obra!, que yo estoy con vosotros» (Ag 2, 4). ¡Ánimo, todos vosotros, a quienes tanto importa la causa de la unidad de los cristianos! ¡A la obra, que yo estoy con vosotros!, dice el Señor.

Homilía (10-04-2009)

Celebración de la Pasión del Señor.
Basílica de San Pedro. Viernes Santo, 10 de abril de 2009.

“Hasta la muerte, y muerte de cruz”

Christus factus est pro nobis oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis“: “Por nosotros Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. En el bimilenario del nacimiento del apóstol san Pablo, volvamos a escuchar algunas de sus ardientes palabras sobre el misterio de la muerte de Cristo que estamos celebrando. Nadie mejor que él puede ayudarnos a comprender su significado y su alcance.

A los Corintios escribe a modo de manifiesto: “Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, predicamos un Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Co 1, 22-24). La muerte de Cristo tiene un alcance universal: “Si uno murió por todos, por tanto todos murieron” (2 Co 5, 14). Su muerte ha dado un sentido nuevo a la muerte de cada hombre y cada mujer.

A los ojos de san Pablo la cruz asume una dimensión cósmica. Por ella Cristo derribó el muro de separación, reconcilió a los hombres con Dios y entre sí, destruyendo la enemistad (cf. Ef 2, 14-16). De aquí la tradición primitiva desarrolló el tema de la cruz árbol cósmico cuyo brazo vertical une el cielo y la tierra, y cuyo brazo horizontal reconcilia entre sí a los diversos pueblos del mundo. Acontecimiento cósmico y a la vez personalísimo: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2, 20). Por cada hombre, escribe el Apóstol, murió Cristo (cf. Rm 14, 15).

De todo ello brota el sentimiento de la cruz, ya no como castigo, reproche o causa de aflicción, sino como gloria y honor del cristiano, como una jubilosa seguridad, acompañada de profunda gratitud, en la que el hombre se eleva en la fe: “En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” (Ga 6, 14).

San Pablo plantó la cruz en el centro de la Iglesia como el palo mayor en el centro de la nave; hizo de ella el fundamento y el baricentro de todo. Fijó para siempre el marco del anuncio cristiano. Los evangelios, escritos después de él, seguirán su esquema, haciendo del relato de la pasión y muerte de Cristo el eje hacia el que se orienta todo.

Es sorprendente la empresa que llevó a término el Apóstol. Para nosotros hoy resulta relativamente fácil ver las cosas bajo esta luz, después de que la cruz de Cristo, como decía san Agustín, haya colmado la tierra y brille ahora sobre la corona de los reyes (cf. Enarr. in Psalmos, 54, 12: PL 36, 637). Cuando san Pablo escribía, la cruz todavía era sinónimo de la mayor ignominia, algo que ni siquiera se debía nombrar entre personas educadas.

El Año paulino no tiene como objetivo conocer mejor el pensamiento del Apóstol (esto lo hacen los estudiosos desde siempre, y conviene tener en cuenta que la investigación científica requiere tiempos más largos que un año); su finalidad es, más bien, como ha recordado en varias ocasiones el Santo Padre, aprender de san Pablo cómo responder a los desafíos actuales de la fe.

Uno de estos desafíos, tal vez el más abierto que se haya conocido hasta la fecha, se ha traducido en un eslogan publicitario escrito en los medios de transporte público de Londres y de otras ciudades europeas: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”.

El mayor efecto de este eslogan no está en la premisa “Dios no existe”, sino en la conclusión: “Disfruta de la vida”. Se sobreentiende el mensaje de que la fe en Dios impide disfrutar de la vida; es enemiga de la alegría. Sin ella habría más felicidad en el mundo. San Pablo nos ayuda a dar una respuesta a este desafío, explicando el origen y el sentido de todo sufrimiento, a partir del de Cristo.

¿Por qué “era necesario que el Cristo padeciera y entrara así en su gloria”? (Lc 24, 26). A esta pregunta se da a veces una respuesta “débil” y, en cierto sentido, tranquilizadora. Cristo, revelando la verdad de Dios, provoca necesariamente la oposición de las fuerzas del mal y de las tinieblas, y estas, como había ocurrido en los profetas, llevarán a su rechazo y a su eliminación. Por tanto, la frase “Era necesario que el Cristo padeciera” se entendería en el sentido de que “era inevitable que el Cristo padeciera”.

San Pablo da una respuesta “fuerte” a ese interrogante. La necesidad no es de orden natural, sino sobrenatural. En los países de antigua fe cristiana se asocia casi siempre la idea de sufrimiento y de cruz a la de sacrificio y de expiación: el sufrimiento —se piensa— es necesario para expiar el pecado y aplacar la justicia de Dios. Es esto lo que ha provocado, en la época moderna, el rechazo de toda idea de sacrificio ofrecido a Dios y, al final, la idea misma de Dios.

No se puede negar que a veces los cristianos hemos dado pie a esta acusación. Pero se trata de un equívoco que un conocimiento mejor del pensamiento de san Pablo ya ha aclarado definitivamente. Escribe que Dios decidió que Cristo “sirviera como instrumento de expiación” (Rm 3, 25); pero tal expiación no actúa sobre Dios para aplacarlo, sino sobre el pecado para eliminarlo. “Se puede decir que es Dios mismo, no el hombre, quien expía el pecado… La imagen es más la de la remoción de una mancha corrosiva o la neutralización de un virus letal que la de una ira aplacada por el castigo” (J. Dunn, La teologia dell’apostolo Paolo, Paideia, Brescia 1999, p. 227).

Cristo dio un contenido radicalmente nuevo a la idea de sacrificio. En él “ya no es el hombre el que ejerce una influencia sobre Dios para que se aplaque. Más bien, es Dios quien actúa para que el hombre desista de su enemistad contra él y hacia el prójimo. La salvación no empieza con la petición de reconciliación por parte del hombre, sino con la petición: “Reconciliaos con Dios” (2 Co 5, 20 ss)” (G. Theissen-A. Merz, Il Gesù storico. Un manuale, Queriniana, Brescia 2003, p. 573).

El hecho es que san Pablo se toma en serio el pecado, no lo banaliza. Para él el pecado es la causa principal de la infelicidad de los hombres, o sea, el rechazo de Dios, ¡no Dios! El pecado encierra a la criatura humana en la “mentira” y en la “injusticia” (cf. Rm 1, 18 ss; 3, 23), condena incluso al cosmos material a la “vanidad” y a la “corrupción” (cf. Rm 8, 19 ss) y también es la causa última de los males sociales que afligen a la humanidad.

Se hacen innumerables análisis de la crisis económica que aflige al mundo, investigando sus causas, pero ¿quién se atreve a meter el hacha en la raíz y a hablar de pecado? La élite financiera y económica mundial se había convertido en una locomotora enloquecida que avanzaba desenfrenadamente, sin preocuparse del resto del tren, que se había detenido distante en las vías. Íbamos todos “a contramano”.

El Apóstol presenta la avaricia insaciable como una “idolatría” (Col 3, 5) e indica en la desenfrenada codicia de dinero “la raíz de todos los males” (1 Tm 6, 10). ¿Podemos decir que se equivoca? ¿Por qué tantas familias reducidas a la miseria, masas de obreros sin trabajo, sino por la sed insaciable de ganancias por parte de algunos? ¿Por qué en el terremoto que se produjo estos días en los Abruzos se han desplomado tantos edificios construidos recientemente? ¿Por qué pusieron arena de mar en vez de cemento?

Con su muerte, Cristo no sólo denunció y venció el pecado; también dio un sentido nuevo al sufrimiento, incluso al que no depende del pecado de nadie, como es el caso del dolor de tantas víctimas del terremoto que asoló la cercana región de los Abruzos. Hizo del sufrimiento un camino a la resurrección y a la vida. El sentido nuevo que dio Cristo al sufrimiento no se manifiesta tanto en su muerte, cuanto en la superación de la muerte, es decir, en la resurrección. “Murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rm 4, 25): los dos acontecimientos son inseparables en el pensamiento de san Pablo y de la Iglesia.

Es una experiencia humana universal: en esta vida placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que, al elevarse una ola del mar, le sigue un hundimiento y un vacío que absorbe al náufrago hacia atrás. “Un no sé qué de amargo —escribió el poeta pagano Lucrecio— surge de lo más íntimo de todo placer y nos angustia en medio de las delicias” (De rerum natura iv, 1129). El consumo de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida suscitan en el momento la embriaguez del placer, pero llevan a la disolución moral, y frecuentemente también física, de la persona.

Cristo, con su pasión y muerte dio un vuelco a la relación entre placer y dolor. Él “en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz” (Hb 12, 2). No se trata ya de un placer que termina en sufrimiento, sino de un sufrimiento que lleva a la vida y al gozo. No se trata sólo de una sucesión distinta de las dos cosas; de este modo, la alegría, no el sufrimiento, es la que tiene la última palabra; y una alegría que durará eternamente. “Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él” (Rm 6, 9). Ni lo tendrá sobre nosotros.

Esta nueva relación entre sufrimiento y placer se refleja en el modo de marcar el tiempo en la Biblia. En el cálculo humano el día empieza con la mañana y concluye con la noche; para la Biblia, comienza con la noche y termina con el día: “Y atardeció y amaneció: día primero”, dice el relato de la creación (Gn 1, 5). No carece de significado que Jesús muriera por la tarde y resucitara por la mañana. Sin Dios, la vida es un día que termina en la noche; con Dios, es una noche que termina en el día, y un día sin ocaso.

Así pues, Cristo no vino para aumentar el sufrimiento humano o para predicar la resignación ante él; vino para darle un sentido y anunciar su fin y su superación. El eslogan de los autobuses de Londres y de otras ciudades lo leen también los padres con un hijo enfermo, las personas solas o las que se han quedado sin trabajo, los exiliados que han huido de los horrores de la guerra, quienes han sufrido graves injusticias en la vida… Yo trato de imaginar su reacción al leer las palabras: “Probablemente Dios no existe: disfruta de la vida”. ¿Con qué?

Ciertamente, el sufrimiento, especialmente el de los inocentes, sigue siendo un misterio para todos; pero sin fe en Dios se convierte en algo inmensamente más absurdo. Se lo priva hasta de la última esperanza de rescate. El ateísmo es un lujo que se pueden permitir sólo los privilegiados de la vida, los que han tenido todo, incluida la posibilidad de dedicarse a los estudios y a la investigación.

No es esa la única incongruencia de aquel eslogan publicitario. “Dios probablemente no existe”: así que incluso podría existir; no se puede excluir del todo que exista. Pero, querido hermano no creyente, si Dios no existe, yo no pierdo nada; en cambio, si existe, tú lo has perdido todo. Casi deberíamos dar las gracias al promotor de esa campaña publicitaria; ha servido a la causa de Dios más que muchos de nuestros argumentos apologéticos. Ha mostrado la pobreza de sus razones y ha contribuido a sacudir muchas conciencias adormecidas.

Sin embargo, Dios tiene una medida de juicio diferente a la nuestra y si ve la buena fe, o una ignorancia inculpable, salva también a quien durante la vida se ha esforzado por combatirlo. Los creyentes debemos prepararnos a sorpresas al respecto. “¡Cuántas ovejas están fuera del redil —exclama san Agustín— y cuántos lobos dentro!” (In Ioh. Evang. 45, 12).

Dios es capaz de hacer de sus detractores más encarnecidos sus apóstoles más apasionados. San Pablo es la demostración. ¿Qué había hecho Saulo de Tarso para merecer aquel encuentro extraordinario con Cristo? ¿Qué había creído, esperado, sufrido? A él se aplica lo que decía san Agustín de toda elección divina: “Busca el mérito, busca la justicia, reflexiona y mira si encuentras otra cosa fuera de la gracia” (La predestinación de los santos 15, 30: PL 44, 981). Así explica él su propia llamada: “Soy indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy” (1 Co 15, 9-10).

La cruz de Cristo es motivo de esperanza para todos y el Año paulino una ocasión de gracia también para quien no cree y está en búsqueda. Una cosa habla a su favor ante Dios: el sufrimiento. Como el resto de la humanidad, también los ateos sufren en la vida, y el sufrimiento, desde que el Hijo de Dios lo cargó sobre sí, tiene un poder redentor casi sacramental. Es un canal, escribía Juan Pablo II en la carta apostólica Salvifici doloris, a través del cual las energías salvíficas de la cruz de Cristo se ofrecen a la humanidad (cf.n. 23).

Dentro de pocos instantes, a la invitación a orar “por los que no creen en Dios” le seguirá una conmovedora oración del Santo Padre en latín. Traducida, dice así: “Dios omnipotente y eterno, que has puesto en el corazón de los hombres una nostalgia tan profunda de ti que sólo cuando te encuentran hallan la paz: haz que, más allá de todo obstáculo, todos reconozcan los signos de tu bondad y, animados por el testimonio de nuestra vida, tengan la alegría de creer en ti, único verdadero Dios y Padre de todos los hombres. Por Cristo nuestro Señor”.

Homilía (02-04-2010)

Celebración de la Pasión del Señor.
Basílica de San Pedro. Viernes Santo, 2 de abril de 2010.

“Teniendo, pues, tal sumo sacerdote que penetró los cielos, Jesús, el Hijo de Dios”: así comienza el pasaje de la carta a los Hebreos que hemos escuchado en la segunda lectura. En el Año sacerdotal, la liturgia del Viernes santo nos permite remontarnos a la fuente histórica del sacerdocio cristiano.

Esa liturgia es la fuente de las dos realizaciones del sacerdocio: la ministerial, de los obispos y de los presbíteros, y la universal de todos los fieles. De hecho, también esta se funda en el sacrificio de Cristo. Él, dice el Apocalipsis, “nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1, 5-6). Por ello, es de vital importancia entender la naturaleza del sacrificio y del sacerdocio de Cristo, porque tanto sacerdotes como laicos debemos llevar, aunque de forma distinta, la impronta de ese sacrificio y ese sacerdocio, y tratar de vivir sus exigencias.

La carta a los Hebreos explica en qué consiste la novedad y la unicidad del sacerdocio de Cristo, no sólo respecto al sacerdocio de la antigua alianza, sino también respecto a toda institución sacerdotal, incluso fuera de la Biblia. “Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros (…) penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Pues si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Hb 9, 11-14).

Esta es la novedad. Cualquier otro sacerdote ofrece algo fuera de sí; en cambio, Cristo se ofreció a sí mismo. Cualquier otro sacerdote ofrece víctimas, en cambio, Cristo se ofreció como víctima. San Agustín recogió en una fórmula célebre este nuevo tipo de sacrificio en el que sacerdote y víctima son la misma cosa: Ideo sacerdos, quia sacrificium: sacerdote por ser víctima (Confesiones, 10, 43).

En 1972 un famoso pensador francés lanzó la tesis según la cual “la violencia es el corazón y el alma secreta de lo sagrado” (cf. R. Girard, La violence et le sacré, Grasset, París 1972). De hecho, en el origen y en el centro de toda religión está el sacrificio, el rito del chivo expiatorio, que implica siempre destrucción y muerte. El periódico “Le Monde” aplaudía esa afirmación, diciendo que hacía de aquel año “un año para marcar con asterisco en los anales de la humanidad”. Pero ya antes de esa fecha, ese escritor se había vuelto a acercar al cristianismo, y en la Pascua de 1959 había hecho pública su “conversión”, declarándose creyente y volviendo a la Iglesia.

Esto le permitió, en los estudios sucesivos, no detenerse en el análisis del mecanismo de la violencia, sino también señalar cómo salir de él. Muchos, por desgracia, siguen citando a René Girard como aquel que denunció la alianza entre lo sagrado y la violencia, pero no dicen una sola palabra sobre el Girard que señaló en el misterio pascual de Cristo la ruptura total y definitiva de esa alianza.

Según él, Jesús desenmascara y rompe el mecanismo que sacraliza la violencia, haciéndose él mismo el “chivo expiatorio” voluntario, inocente, la víctima de toda la violencia. Cristo no vino con la sangre de otro, sino con la suya propia. No puso sus propios pecados sobre los hombros de los demás —hombres o animales—, sino que puso los pecados de los demás sobre sus propios hombros: “En el madero de la cruz cargó nuestros pecados en su cuerpo” (1 P 2, 24).

El proceso que lleva al nacimiento de la religión se ha invertido respecto a la explicación que Freud había dado de él. En Cristo es Dios quien se hace víctima, no la víctima (en Freud, el padre primordial) que, una vez sacrificada, es elevada a continuación a dignidad divina (el Padre de los cielos). Ya no es el hombre quien ofrece sacrificios a Dios, sino Dios quien se “sacrifica” por el hombre, entregando a la muerte por él a su Hijo unigénito (cf. Jn 3, 16). El sacrificio ya no sirve para “aplacar” a la divinidad, sino más bien para aplacar al hombre y hacerle desistir de su hostilidad hacia Dios y el prójimo.

Entonces, ¿se puede seguir hablando de sacrificio, a propósito de la muerte de Cristo y, por tanto, de la misa? Durante mucho tiempo el escritor rechazó este concepto, considerándolo demasiado marcado por la idea de violencia, pero después acabó por admitir su posibilidad, con toda la tradición cristiana, con la condición de ver, en el de Cristo, un nuevo tipo de sacrificio, y de ver en este cambio de significado “el hecho central en la historia religiosa de la humanidad”.

Visto a esta luz, el sacrificio de Cristo contiene un mensaje formidable para el mundo de hoy. Grita al mundo que la violencia es un residuo arcaico, una regresión a estadios primitivos y superados de la historia humana y —si se trata de creyentes— de un retraso culpable y escandaloso en la toma de conciencia del salto de calidad realizado por Cristo.

Recuerda también que la violencia siempre pierde. En casi todos los mitos antiguos la víctima es el vencido, y el verdugo el vencedor (cf. R. Girard, Il sacrificio, Milán 2004, pp. 73 s). Jesús cambió el signo de la victoria. Inauguró un nuevo tipo de victoria que no consiste en hacer víctimas, sino en hacerse víctima. Victor quia victima, “vencedor por ser víctima”, así define Agustín al Jesús de la cruz (Confesiones 10, 43).

El valor moderno de la defensa de las víctimas, de los débiles y de la vida amenazada nació sobre el terreno del cristianismo; es un fruto tardío de la revolución llevada a cabo por Cristo. Tenemos la prueba contraria. En cuanto se abandona (como hizo Nietzsche) la visión cristiana para resucitar la visión pagana, se pierde esta conquista y se vuelve a exaltar “al fuerte, al poderoso, hasta su punto más excelso: el superhombre”, y se define a la cristiana “una moral de esclavos”, fruto del resentimiento impotente de los débiles contra los fuertes.

Sin embargo, por desgracia, la misma cultura actual que condena la violencia, por otro lado la favorece y exalta. Se rasgan las vestiduras frente a ciertos actos de derramamiento de sangre, pero no se dan cuenta de que se les prepara el terreno con lo que se anuncia en la página de al lado del periódico o en el programa siguiente de la televisión. El gusto con el que se insiste en la descripción de la violencia y la competición para ver quién es el primero y el más crudo al describirla, no hacen sino favorecerla. El resultado no es una catarsis del mal, sino una incitación a él. Es inquietante que la violencia y la sangre se hayan convertido en uno de los ingredientes de mayor reclamo en las películas y en los videojuegos, que la gente se sienta atraída por ella y que se divierta mirándola.

El mismo autor recordado antes puso de manifiesto la matriz de la que se puso en marcha el mecanismo de la violencia: el mimetismo, la connatural inclinación humana a considerar deseables las cosas que desean los demás, y por tanto, a repetir las cosas que ven hacer a los demás. La psicología del “rebaño” es la que lleva a la elección del “chivo expiatorio” para encontrar, en la lucha contra un enemigo común —en general, el elemento más débil, el distinto— una cohesión totalmente artificial y momentánea.

Tenemos un ejemplo en la actual violencia de los jóvenes en los estadios, en las agresiones en las escuelas y en ciertas manifestaciones callejeras que dejan tras de sí ruina y destrucción. Una generación de jóvenes que ha tenido el rarísimo privilegio de no conocer una verdadera guerra y de no haber sido nunca llamados a las armas, se divierte (porque se trata de un juego, aunque estúpido y a veces trágico) inventando pequeñas guerras, impulsados por el mismo instinto que movía a la horda primitiva.

Pero hay una violencia aún más grave y generalizada que la de los jóvenes en los estadios y en las plazas. No hablo aquí de la violencia sobre los niños, de la que se han manchado desgraciadamente también no pocos miembros del clero; de ella se habla ya bastante fuera de aquí. Hablo de la violencia sobre las mujeres. Esta es una ocasión para hacer comprender a las personas y a las instituciones que luchan contra ella que Cristo es su mejor aliado.

Se trata de una violencia mucho más grave porque se realiza al abrigo de las paredes del hogar, sin que nadie lo sepa, si es que no se justifica incluso con prejuicios pseudo-religiosos y culturales. Las víctimas se encuentran desesperadamente solas e indefensas. Sólo hoy, gracias al apoyo y al aliento de muchas asociaciones e instituciones, algunas encuentran la fuerza de salir al descubierto y denunciar a los culpables.

Gran parte de esta violencia tiene trasfondo sexual. Es el varón que cree demostrar su virilidad cebándose contra la mujer, sin darse cuenta de que sólo está demostrando su inseguridad y cobardía. También con respecto a la mujer que se ha equivocado, ¡qué contraste entre la actuación de Cristo y la que aún tiene lugar en ciertos ambientes! El fanatismo invoca la lapidación; Cristo, a los hombres que le presentaron a una adúltera, les responde: “Quien de vosotros esté sin pecado, que le lance la primera piedra” (Jn 8, 7). El adulterio es un pecado que se comete siempre entre dos, pero por el cual sólo uno ha sido castigado (y en algunas partes del mundo sigue sucediendo).
La violencia contra la mujer nunca es tan odiosa como cuando se produce allí donde debería reinar el respeto y el amor recíproco, en la relación entre marido y mujer. Es verdad que la violencia no siempre es sólo y toda de una parte; que podemos ser violentos también con la lengua y no sólo con las manos, pero nadie puede negar que en la gran mayoría de los casos la víctima es la mujer.

Hay familias donde todavía el hombre se considera autorizado a alzar la voz y las manos sobre las mujeres de la casa. Esposa e hijos viven a veces bajo la constante amenaza de la “ira de papá”. A estos habría que decirles amablemente: “Queridos compañeros hombres, al crearnos varones, Dios no ha pretendido darnos el derecho de enfadarnos y dar puñetazos sobre la mesa por cualquier insignificancia. Las palabras dirigidas a Eva después de la culpa: “Él (el hombre) te dominará” (Gn 3, 16), era una amarga previsión, no una autorización.

Juan Pablo II inauguró la práctica de las peticiones de perdón por los fallos colectivos. Una de las más justas y necesarias es el perdón que una mitad de la humanidad debe pedir a la otra, los hombres a las mujeres, y que no debe ser genérica y abstracta. Debe llevar, especialmente a quien se declara cristiano, a gestos concretos de conversión, a palabras de disculpa y de reconciliación dentro de las familias y de la sociedad.

El pasaje de la carta a los Hebreos que hemos escuchado prosigue diciendo: “En los días de su vida mortal ofreció ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte”. Jesús conoció en toda su crudeza la situación de las víctimas, los gritos sofocados y las lágrimas silenciosas. Verdaderamente, “no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas”. En cada víctima de la violencia Cristo revive misteriosamente su experiencia terrena. También a propósito de cada una de ellas dice: “A mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

Por una rara coincidencia, este año nuestra Pascua cae en la misma semana que la Pascua judía, que es la antepasada y la matriz en la cual se formó. Esto nos impulsa a dirigir un pensamiento a los hermanos judíos. Ellos conocen por experiencia lo que significa ser víctimas de la violencia colectiva, y también por esto están dispuestos a reconocer sus síntomas recurrentes. En estos días he recibido la carta de un amigo judío y, con su permiso, comparto aquí una parte. Dice:

“Estoy siguiendo con disgusto el ataque violento y concéntrico contra la Iglesia, el Papa y todos los fieles por parte del mundo entero. El uso del estereotipo, el paso de la responsabilidad y la culpa personal a la colectiva me recuerdan los aspectos más vergonzosos del antisemitismo. Deseo, por tanto, expresarle a usted personalmente, al Papa y a toda la Iglesia mi solidaridad de judío de diálogo, y la de todos aquellos que en el mundo judío (y son muchos) comparten estos sentimientos de fraternidad. Nuestra Pascua y la vuestra tienen indudables elementos de alteridad, pero viven ambas en la esperanza mesiánica que seguramente nos reunirá en el amor del Padre común. Por ello le deseo a usted y a todos los católicos una feliz Pascua”.

Y también los católicos deseamos a los hermanos judíos una feliz Pascua. Lo hacemos con las palabras de su antiguo maestro Gamaliel, que se incorporaron al Seder pascual judío y de allí pasaron a la más antigua liturgia cristiana (las hemos rezado en el Oficio de lectura de ayer, tomadas de la homilía pascual de Melitón de Sardes): “Él nos hizo pasar de la esclavitud a la libertad, de la tristeza a la alegría, del luto a la fiesta, de las tinieblas a la luz, de la servidumbre a la redención”. Por ello decimos ante él: ¡Aleluya!” (Pesachim, x, 5 y Melitón de Sardes, Homilía pascual, 68: SCh 123, p. 98).

Homilía (06-04-2012)

Celebración de la Pasión del Señor.
Basílica de San Pedro. Viernes Santo, 6 de abril de 2012.

Algunos Padres de la Iglesia encerraron en una imagen todo el misterio de la redención. Imagina, decían, que haya tenido lugar en el estadio una lucha épica. Un valiente ha afrontado al cruel tirano que tenía esclavizada la ciudad, y con enorme esfuerzo y sufrimiento, lo ha vencido. Tú estabas en las graderías, no has luchado, ni te has esforzado ni te han herido. Pero si admiras al valiente, si te alegras con él por su victoria, si le tejes coronas, provocas y agitas a la asamblea por él, si te inclinas con alegría ante el vencedor, le besas la cabeza y le das la mano; en definitiva, si te exaltas por él hasta el punto de considerar como tuya su victoria, te digo que ciertamente tú tendrás parte en el premio del vencedor.

Pero aún hay más: supongamos que el vencedor no tenga ninguna necesidad del premio que ganó, sino que quiera más que nada, ver honrado a su sostenedor y considere como premio de su combate la coronación del amigo. En tal caso, aquel hombre ¿no obtendrá quizá la corona, incluso sin haber luchado ni haber sido herido? ¡Por supuesto que sí! (Nicola Cabasilas, Vida en Cristo, I, 9: PG 150, 517)

Así, dicen estos Padres, sucede entre Cristo y nosotros. «Él, en la cruz, ha vencido a su antiguo enemigo». «Nuestras espadas —exclama san Juan Crisóstomo—, no están ensangrentadas, no estábamos en la lucha, no tenemos heridas, la batalla ni siquiera la hemos visto, y he aquí que obtenemos la victoria. Suya fue la lucha, nuestra la corona. Y dado que hemos ganado también nosotros, debemos imitar lo que hacen los soldados en estos casos: con voces de alegría exaltamos la victoria, entonamos himnos de alabanza al Señor» (De coemeterio et de cruce: PG 49, 596)

No se podría explicar de una manera mejor el significado de la liturgia que estamos celebrando.

Pero lo que estamos haciendo, ¿es también una imagen, la representación de una realidad del pasado?, ¿o es la realidad misma? Las dos cosas. «Nosotros —decía san Agustín al pueblo— sabemos y creemos con fe muy cierta que Cristo murió una sola vez por nosotros (…). Sabéis perfectamente que todo esto sucedió una sola vez y sin embargo la solemnidad lo renueva periódicamente (…). Verdad histórica y solemnidad litúrgica no están en conflicto entre sí, como si la segunda fuera falsa y sólo la primera correspondiera a la verdad. La solemnidad a menudo renueva en los corazones de los fieles lo que la historia afirma que sucedió, en la realidad, una sola vez» (Sermón 220: PL 38, 1089).

La liturgia «renueva» el acontecimiento. Pablo VI precisó el sentido que la Iglesia católica da a esta afirmación usando el verbo «representar», entendido en el sentido fuerte de re-presentar, es decir, hacer nuevamente presente y operante lo sucedido (cf. Mysterium fidei: AAS 57, 1965, 753 ss).

Hay una diferencia sustancial entre nuestra representación litúrgica de la muerte de Cristo y, por ejemplo, la de Julio César en la tragedia homónima de Shakespeare. Nadie asiste vivo al aniversario de su muerte; Cristo sí, porque él resucitó. Sólo él puede decir, como lo hace en el Apocalipsis: «Estuve muerto, pero ahora vivo por los siglos de los siglos» (Ap 1, 18). En este día debemos estar atentos, al visitar los llamados «monumentos» o al participar en las procesiones del Cristo muerto, para no merecer el reproche que Cristo resucitado dirigió a las pías mujeres en la mañana de Pascua: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24, 5).

«La anámnesis, o sea, el memorial litúrgico —han afirmado algunos autores— hace al evento más verdadero de lo que sucedió históricamente la primera vez». En otras palabras, es más verdadero y real para nosotros, que lo revivimos «según el Espíritu», de lo que era para quienes lo vivían «según la carne», antes que el Espíritu Santo le revelara a la Iglesia su significado pleno.

Nosotros no estamos celebrando solamente un aniversario, sino un misterio. En la celebración nuevamente san Agustín explica la diferencia entre las dos cosas. La celebración «como en un aniversario» —explica san Agustín— no requiere otra cosa —dice— sino «indicar con una solemnidad religiosa el día preciso del año en el que se recuerda ese hecho»; en la celebración como un misterio («in sacramento»), «no solamente se conmemora un acontecimiento, sino que se hace de tal manera que se entienda su significado y sea acogido santamente» (Epistola 55, 1, 2: CSEL 34, 1, p. 170).

Esto lo cambia todo. No se trata sólo de asistir a una representación, sino de «acoger» su significado, de pasar de espectadores a actores. Por tanto, nos toca a nosotros elegir qué papel queremos representar en el drama, quién queremos ser: si Pedro, Judas, Pilato, la muchedumbre, el Cirineo, Juan, María… Nadie puede permanecer neutral; no tomar posición es tomar una bien precisa: la de Pilato que se lava las manos o la de la muchedumbre que desde lejos «estaba mirando» (Lc 23, 35). Si, al volver a casa esta noche, alguien nos pregunta: «¿De dónde vienes?, ¿dónde has estado?» respondamos, al menos en nuestro corazón: «¡En el Calvario!».

Todo esto no se realiza automáticamente, sólo por el hecho de haber participado en esta liturgia. Se trata, decía san Agustín, de «acoger» el significado del misterio. Esto se realiza con la fe. No hay música si no existe un oído que escuche, por más fuerte que toque la música la orquesta; no hay gracia donde no hay una fe que la acoja.

En una homilía pascual del siglo IV, el obispo pronunciaba estas palabras extraordinariamente modernas y, se diría, existencialistas: «Para cada hombre el principio de la vida es aquel a partir del cual Cristo fue inmolado por él. Pero Cristo se inmoló por él en el momento en que él reconoce la gracia y se vuelve consciente de la vida que le ha dado aquella inmolación» (Homilía pascual del año 387: SCH 36, p. 59 ss).

Esto sucedió sacramentalmente en el Bautismo, pero tiene que suceder conscientemente siempre de nuevo en la vida. Antes de morir debemos tener la valentía de hacer un acto de audacia, casi un golpe de mano: apropiarnos de la victoria de Cristo. ¡Una apropiación indebida! Algo lamentablemente común en la sociedad en la que vivimos, pero con Jesús no solamente no nos está prohibida, sino que se nos recomienda encarecidamente. «Indebida» aquí significa que no nos es debida, que no la hemos merecido nosotros, sino que se nos da gratuitamente, por la fe.

Pero vayamos a lo seguro; escuchemos a un doctor de la Iglesia. «Yo —escribe san Bernardo— lo que no puedo obtener por mí mismo, me lo apropio (literalmente, lo usurpo) con confianza del costado traspasado del Señor, porque está lleno de misericordia. Mi mérito, por lo tanto, es la misericordia de Dios. No soy pobre en méritos mientras él sea rico en misericordia. Pues si es grande la misericordia del Señor (cf. Sal 119, 156), yo tendré abundancia de méritos. ¿Y qué es de mi justicia? ¡Oh Señor, me acordaré solamente de tu justicia. De hecho, tu justicia es también la mía, porque tú eres para mí justicia de parte de Dios (cf. 1 Co 1, 30)» (Sermones sobre el Cantar de los cantares, 61, 4-5: PL 183, 1072).

¿Acaso este modo de concebir la santidad volvió a san Bernardo menos celoso de las buenas obras, menos comprometido en adquirir las virtudes? ¿Acaso dejaba de mortificar su cuerpo y de reducirlo a esclavitud (cf. 1 Co 9, 27), el apóstol Pablo, quien antes que todos y más que todos había hecho de esta apropiación de la justicia de Cristo la finalidad de su vida y de su predicación? (cf. Flp 3, 7-9).

En Roma, como por desgracia en todas las grandes ciudades, hay muchos que no tienen un techo. Tienen un nombre en todos los idiomas: homeless, clochards, barboni, mendigos: personas humanas que lo único que tienen son unos pocos harapos que visten y algún objeto que llevan en bolsas de plástico. Imaginemos que un día se difunde esta voz: en vía Condotti (todos saben lo que significa en Roma la vía Condotti) está la dueña de una boutique de lujo que, por alguna razón desconocida, por interés o generosidad, invita a todos los mendigos de la estación Termini a ir a su comercio, a dejar sus harapos sucios, a ducharse y después a elegir el vestido que deseen entre los que están expuestos y llevárselo, así, gratuitamente.

Todos dicen en su corazón: «¡Esto es una fábula, no sucederá nunca!». Es verdad, pero lo que no sucede nunca entre los hombres, puede suceder cada día entre los hombres y Dios, porque, ante él, aquellos mendigos somos nosotros. Es lo que sucede en una buena confesión: te despojas de tus harapos sucios, los pecados; recibes el baño de la misericordia y te levantas «con un traje de salvación y (…) envuelto con un manto de justicia» (Is 61, 9-10).

El publicano de la parábola que fue al templo a rezar dijo simplemente, pero desde lo más profundo de su corazón: «¡Oh Dios, ten piedad de este pecador!», y «volvió a su casa justificado» (Lc 18, 14), reconciliado, renovado, inocente. Si tenemos su fe y su arrepentimiento, lo mismo podrán decir de nosotros al volver a casa después de esta liturgia.

Entre los personajes de la Pasión con los que podemos identificarnos me doy cuenta de que he omitido uno, el que más espera que se siga su ejemplo: el buen ladrón. El buen ladrón hace una confesión completa de su pecado; le dice a su compañero que insulta a Jesús: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo» (Lc 23, 40 s). El buen ladrón se muestra aquí como un excelente teólogo. Solamente Dios, de hecho, sufre absolutamente siendo inocente; cualquier otra persona que sufre debe decir: «Yo sufro justamente», porque, aunque no sea responsable de la acción que se le imputa, nunca está enteramente libre de culpa. Solamente el dolor de los niños inocentes se asemeja al de Dios y por eso es tan misterioso y tan sagrado.

¡Cuántos delitos atroces, en los últimos tiempos, han quedado sin un culpable! ¡Cuántos casos sin resolver! El buen ladrón hace un llamamiento a los responsables: haced como yo, salid al descubierto, confesad vuestra culpa; experimentaréis también vosotros la alegría que yo sentí cuando escuché las palabras de Jesús: «¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!» (Lc 23, 43).

¡Cuántos reos confesos pueden confirmar que eso mismo les sucedió a ellos! Pasaron del infierno al paraíso el día que tuvieron el valor de arrepentirse y confesar su culpa. También yo he conocido alguno. El paraíso prometido es la paz de la conciencia, la posibilidad de mirarse en el espejo o mirar a los propios hijos sin tener que despreciarse.

No llevéis con vosotros a la tumba vuestro secreto; os procuraría una condena mucho más temible que la humana. Nuestro pueblo no es despiadado con quien se ha equivocado, si reconoce el mal realizado, sinceramente, no sólo por conveniencia. Por el contrario, está dispuesto a apiadarse y a acompañar al arrepentido en su camino de redención (que en todo caso se vuelve más breve). «Dios perdona muchas cosas, por una obra buena», dice Lucía en «Los Novios» de Alessandro Manzoni, al hombre que la había raptado. Más aún, debemos decir: él perdona muchas cosas por un acto de arrepentimiento. Lo prometió solemnemente: «Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana» (Is 1, 18).

Volvamos a hacer ahora lo que, como hemos escuchado al inicio, es nuestra tarea en este día: con voces de júbilo exaltemos la victoria de la cruz, entonemos himnos de alabanza al Señor. «O Redemptor, sume carmen temet concinentium» (Himno del domingo de Ramos y de la Misa crismal del Jueves Santo). Y tú, Redentor nuestro, acoge el canto que elevamos a ti.

Homilía (29-03-2013)

Basílica de San Pedro
Viernes Santo, 29 de marzo de 2013.

«Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús. Él fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre… para mostrar su justicia en el tiempo presente, siendo justo y justificador a los que creen en Jesús» (Rm 3, 23-26). Hemos llegado a la cumbre del Año de la fe y a su momento decisivo. ¡Esta es la fe que salva, «la fe que vence al mundo!» (1 Jn 5, 5). La fe, apropiación por la cual hacemos nuestra la salvación obrada por Cristo, y nos revestimos con el manto de su justicia. Por un lado está la mano extendida de Dios que ofrece su gracia al hombre; por otro lado, la mano del hombre que se alarga para acogerla mediante la fe. La «nueva y eterna alianza» está sellada con un apretón de manos entre Dios y el hombre.

Tenemos la posibilidad de asumir, en este día, la decisión más importante de la vida, aquella que abre las puertas de la eternidad: ¡creer! ¡Creer que «Jesús murió por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación!» (Rm 4, 25). En una homilía pascual del siglo iv, el obispo pronunciaba estas palabras excepcionalmente modernas y existenciales: «Para todos los hombres, el principio de la vida es aquello, a partir del cual Cristo ha sido inmolado por él. Pero Cristo se inmola por él cuando él reconoce la gracia y se hace consciente de la vida adquirida por aquella inmolación» (Homilía pascual del año 387, en SCh 36, p. 59 s.).

¡Qué extraordinario! Este Viernes Santo, celebrado en el Año de la fe y en presencia del nuevo sucesor de Pedro, podría ser, si se quiere, el principio de una nueva vida. El obispo Hilario de Poitiers, que se convirtió al cristianismo en edad adulta, mirando hacia atrás en su vida pasada, dijo: «Antes de conocerte, yo no existía».

Lo que se requiere es que no nos escondamos como Adán después de la culpa, que reconozcamos que tenemos necesidad de ser justificados; que no nos auto-justifiquemos. El publicano de la parábola subió al templo e hizo una breve oración: «Oh Dios, ten piedad de mí, pecador». Y Jesús dice que aquel hombre volvió a su casa «justificado», es decir, hecho justo, perdonado, hecho criatura nueva, creo que cantando alegremente en su corazón (cf. Lc 18, 14). ¿Qué había hecho de extraordinario? Nada, se había puesto del lado de la verdad delante de Dios, y es lo único que Dios necesita para actuar.

Al igual que quien escala una pared de montaña, después de superar un paso peligroso se detiene un momento para recuperar el aliento y admirar el nuevo panorama que se abre ante él, así lo hace también el apóstol Pablo al inicio del capítulo 5 de la Carta a los Romanos, después de haber proclamado la justificación por la fe: «Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por Él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5, 1-15).

En Cristo muerto y resucitado el mundo ha llegado a su destino final. El progreso de la humanidad avanza hoy a un ritmo vertiginoso, y la humanidad ve abrirse ante sí nuevos e inesperados horizontes fruto de sus descubrimientos. Sin embargo, puede decirse que ya ha llegado el final de los tiempos, porque en Cristo, elevado a la diestra del Padre, la humanidad ha llegado a su meta final. Ya han comenzado los cielos nuevos y la tierra nueva.

A pesar de todas las miserias, las injusticias y la monstruosidad existentes sobre la tierra, en Él se ha inaugurado ya el orden definitivo del mundo. Lo que vemos con nuestros ojos puede sugerirnos lo contrario, pero el mal y la muerte están realmente derrotados para siempre. Sus fuentes se han secado; la realidad es que Jesús es el Señor del mundo. El mal ha sido radicalmente vencido por la redención que Él obra. El mundo nuevo ya ha comenzado.

Una cosa sobre todo aparece diferente, vista con los ojos de la fe: ¡la muerte! Cristo ha entrado en la muerte como se entra en una oscura prisión; pero salió por la pared opuesta. No ha regresado de donde había venido, como Lázaro que vuelve a la vida para morir de nuevo. Abrió una brecha hacia la vida que nadie podrá ya cerrar, y a través de la cual todos pueden seguirle. La muerte ya no es un muro contra el que se estrella toda esperanza humana; se ha convertido en un puente hacia la eternidad. Un «puente de los suspiros», tal vez porque a nadie le gusta morir, pero un puente, ya no más un abismo que todo lo traga. «El amor es fuerte como la muerte», dice el Cantar de los Cantares (8, 6). ¡En Cristo ha sido más fuerte que la muerte!

En su Historia eclesiástica del pueblo inglés, Beda el Venerable narra cómo la fe cristiana hizo su ingreso en el norte de Inglaterra. Cuando los misioneros llegados de Roma arribaron a Northumberland, el rey del lugar convocó a un consejo de dignatarios para decidir si se les debía permitir o no difundir el nuevo mensaje. Algunos de los presentes se mostraron a favor, otros en contra. Era invierno y fuera había nieve y ventisca, pero la habitación estaba iluminada y cálida. En cierto momento un pájaro salió de un agujero de la pared, sobrevoló asustado un rato por la sala y luego desapareció por un agujero de la pared opuesta. Entonces se levantó uno de los presentes y dijo: «Majestad, nuestra vida en este mundo se asemeja a aquel pajarillo. No sabemos de dónde venimos, por un poco de tiempo gozamos de la luz y del calor de este mundo y luego desaparecemos de nuevo en la oscuridad, sin saber a dónde vamos. Si estos hombres son capaces de revelarnos algo del misterio de nuestra vida, debemos escucharles». La fe cristiana podría retornar a nuestro continente y al mundo secularizado por la misma razón por la que hizo su entrada: como la única que tiene una respuesta segura a los grandes interrogantes de la vida y de la muerte.

La cruz separa a los creyentes de los no creyentes porque para unos es escándalo y locura, y para otros es el poder de Dios y la sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1, 23-24); pero en un sentido más profundo, esta une a todos los hombres, creyentes y no creyentes. «Jesús tenía que morir no sólo por la nación, sino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 51 s.). Los nuevos cielos y la tierra nueva pertenecen a todos y son para todos: porque Cristo murió por todos. La urgencia que deriva de todo esto es evangelizar: «El amor de Cristo nos apremia, al pensar que uno murió por todos» (2 Co 5, 14). ¡Nos impulsa a la evangelización! Anunciamos al mundo la buena nueva de que «ya no hay condenación para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu, que da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte» (Rm 8, 1-2).

Un relato del judío Franz Kafka es un fuerte símbolo religioso y adquiere un significado nuevo, casi profético, oído el Viernes Santo. Se titula Un mensaje imperial. Habla de un rey que, en su lecho de muerte, llama a su lado a un súbdito y le susurra un mensaje al oído. Es tan importante aquel mensaje que se lo hace repetir, a su vez, al oído. Luego despide con un gesto al mensajero que se pone en camino. Pero oigamos directamente del autor lo que sigue de la historia, marcada por el tono onírico y casi de pesadilla típico de este escritor:

«Extendiendo primero un brazo, luego el otro, el mensajero se abre paso a través de la multitud y avanza ágil como ninguno. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. ¡Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría! En cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio interno, de los cuales no saldrá nunca. Y si lo terminara, no significaría nada: todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras. Y si esto lo consiguiera, no habría adelantado nada: tendría que cruzar los patios; y después de los patios el segundo palacio circundante. Y cuando finalmente atravesara la última puerta —aunque esto nunca, nunca podría suceder—, todavía le faltaría cruzar la ciudad imperial, el centro del mundo, donde se amontonan montañas de su escoria. Allí en medio, nadie puede abrirse paso a través de ella, ni siquiera con el mensaje de un muerto. Tú, mientras tanto, te sientas junto a tu ventana y te imaginas tal mensaje, cuando cae la noche» (F. Kafka, Un mensaje imperial, en Racconti, Milán 1972).

Desde su lecho de muerte, Cristo confió a su Iglesia un mensaje: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Todavía hay muchos hombres que están junto a la ventana y sueñan, sin saberlo, con un mensaje como el suyo. Juan, acabamos de oírlo, dice que el soldado traspasó el costado de Cristo en la cruz «para que se cumpliera la Escritura, que dice: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37)». En el Apocalipsis añade: «He aquí que viene entre las nubes, y todo ojo le verá, también aquellos que le traspasaron; y por Él todos los linajes de la tierra harán lamentación» (Ap 1, 7).

Esta profecía no anuncia la venida final de Cristo, cuando ya no será el momento de la conversión, sino del juicio. En su lugar describe la realidad de la evangelización de los pueblos. En ella se verifica una misteriosa, pero real venida del Señor que les trae la salvación. Lo suyo no será un grito de desesperación, sino de arrepentimiento y de consuelo. Es éste el significado de la escritura profética que Juan ve realizada en el costado traspasado de Cristo, es decir de Zacarías (12, 10): «Y derramaré sobre la casa de David y sobre los moradores de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica; y mirarán hacia mí, al que ellos traspasaron».

La evangelización tiene un origen místico; es un don que viene de la cruz de Cristo, de aquel costado abierto, de aquella sangre y agua. El amor de Cristo, como el trinitario, que es la manifestación histórica, es diffusivum sui, tiende a expandirse y a alcanzar a todas las criaturas, «especialmente a las más necesitadas de su misericordia». La evangelización cristiana no es conquista, no es propaganda; es el don de Dios para el mundo en su Hijo Jesús. Es dar a la Cabeza la alegría de sentir la vida fluir desde su corazón hacia su cuerpo, hasta vivificar a sus miembros más alejados.

Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia nunca se convierta en ese castillo complicado y sombrío descrito por Kafka, y el mensaje pueda salir de ella tan libre y feliz como cuando comenzó su carrera. Sabemos cuáles son los impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, como los que separan a las distintas Iglesias cristianas entre sí, la excesiva burocracia, los residuos de los ceremoniales, leyes y controversias del pasado, convertido ya en escombros. En el Apocalipsis, Jesús dice que Él está a la puerta y llama (Ap 3, 20). A veces, como señaló nuestro Papa Francisco, no llama para entrar, sino que toca desde dentro para salir. Salir a las «periferias existenciales del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia e indiferencia religiosa, y de todas las formas de miseria».

Ocurre como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, para adaptarse a las necesidades del momento, se han llenado de divisiones, escaleras, habitaciones y cubículos pequeños. Llega un momento en que se constata que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, sino que son un obstáculo, y entonces debemos tener el coraje de derribarlos y volver el edificio a la simplicidad y la sencillez de sus orígenes. Fue la misión que recibió un día un hombre que estaba orando ante el crucifijo de San Damián: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia».

«¿Quién está a la altura de este encargo?», se preguntaba aterrorizado el Apóstol frente a la tarea sobrehumana de ser en el mundo «el perfume de Cristo», y he aquí su respuesta que vale también hoy: «No porque podamos atribuirnos algo que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios, quien nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida» (2 Co 2, 16; 3, 5-6).

Que el Espíritu Santo, en este momento en que se abre para la Iglesia un tiempo nuevo, lleno de esperanza, reavive en los hombres que están en la ventana la espera del mensaje, y en los mensajeros, la voluntad de hacérselo llegar, incluso a costa de la vida.

Homilía (18-04-2014)

Celebración de la Pasión del Señor.
Basílica de San Pedro. Viernes Santo, 18 de abril de 2014.

Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús hay muchas pequeñas historias de hombres y de mujeres que han entrado en el radio de su luz o de su sombra. La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve, por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento. La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal a no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos.

Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce. Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el evangelista Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egéneto) en el traidor» (Lc 6, 16). Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.

¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos; otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle para que actuara también en el plano político contra los paganos. Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros espectáculos y novelas recientes. Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: ¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!

Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico. Los evangelios —las únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje— hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero. A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de Betania había protestado contra el despilfarro del perfume precioso derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran los pobres —hace notar Juan—, sino porque «era un ladrón y, puesto que tenía la caja, cogía lo que echaban dentro» (Jn 12, 6). Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: «¿Cuánto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15).

Pero ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla demasiado banal? ¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia; literalmente, «el ídolo de metal fundido» (cf. Ex 34, 17). Y se entiende el porqué. ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quien lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6, 24). El dinero es el «dios visible» (W. Shakespeare, Timón de Atenas, acto IV, escena 3), a diferencia del Dios verdadero que es invisible.

Mammona es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. Se opera una siniestra inversión de todos los valores. «Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9, 23); pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón.

«El apego al dinero —dice la Escritura— es la raíz de todos los males» (1 Tm 6, 10). Detrás de cada mal de nuestra sociedad está el dinero o, al menos, está también el dinero. Es el Moloch de bíblica memoria, al que se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32, 35), o el dios Azteca, al que había que ofrecer diariamente un cierto número de corazones humanos. ¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás de la explotación de la prostitución, detrás del fenómeno de las distintas mafias, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso —cosa que resulta horrible decir— a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sacra fames (Virgilio, Eneida, III, 56-57) por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?

Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero, ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?

En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil, se fue afirmando la idea, casi mítica, de la existencia de un «gran Anciano»: un personaje espabiladísimo y poderoso, que por detrás de los bastidores habría movido los hilos de todo, para fines que sólo él conocía. Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito; ¡se llama Dinero!

Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye. San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. Éste pregunta al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?» , y él responde que sí. Y el sacerdote: «¿Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos, devolviendo las cosas que has estafado a otros?» Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» «Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». Y así él muere impenitente y apenas muerto los parientes y amigos dicen entre sí: «¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!» (cf. San Francisco, Carta a los fieles, 1 y 2, Fuentes franciscanas).

Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin y se sentía al seguro para el resto de la vida: «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12, 20). Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción se encontraron en el banquillo de los imputados, o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». ¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? ¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, o del partido, si es eso lo que buscaban? ¿O más bien se han arruinado a sí mismos y a los demás? El dios dinero se encarga de castigar él mismo a sus adoradores.

La traición de Judas continúa en la historia y el traicionado es siempre él, Jesús. Judas vendió al jefe, sus imitadores venden su cuerpo, porque los pobres son miembros de Cristo. «Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25, 40). Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos que he mencionado. Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. Ha permanecido famosa la homilía que tuvo en un Jueves santo don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas». «Dejad —decía a los pocos feligreses que tenía delante—, que yo piense por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que quizás también vosotros tenéis dentro».

Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa que no sean las treinta monedas de plata. Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia. Puedo traicionarlo yo también, en este momento —y la cosa me hace temblar— si mientras predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio más que de participar en la inmensa pena del Salvador. Judas tenía un atenuante que yo no tengo. Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»; no sabía que era el hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.

Como cada año, en la inminencia de la Pascua, he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. Hay un detalle que cada vez me hace estremecer. En el anuncio de la traición de Judas, allí todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» «Herr, bin ich’s?». Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, el compositor inserta una coral que comienza así: «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!», «Ich bin’s, ich sollte büßen». Como todas las corales de esa ópera, expresa los sentimientos del pueblo que escucha; es una invitación para que también nosotros hagamos nuestra confesión del pecado.

El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió, y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Ocúpate tú. Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahorcarse» (Mt 27, 3-5). Pero no demos un juicio apresurado. Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús en el huerto y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada.

Es cierto que, hablando de sus discípulos, al Padre Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17, 12), pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad. También la otra tremenda palabra dicha de Judas: «Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14, 21) se explica con la enormidad del hecho, sin necesidad de pensar en un fracaso eterno. El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté ciertamente en el infierno.

Dante Alighieri, que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban condenado porque murió excomulgado. Herido de muerte en batalla, él confía al poeta que, en el último instante de vida, se rindió llorando a quien «perdona de buen grado» y desde el Purgatorio envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros: «Abominables mis pecados fueron; mas tan gran brazo tiene la bondad infinita, que acoge a quien la implora» (Purgatorio, III, 118-123).

He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona gustosamente, a arrojarnos también nosotros en los brazos abiertos del Crucificado. Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege. Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el huerto de los olivos, su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26, 50). Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle su perdón, ¡quién sabe cómo habrá buscado también el de Judas en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34), no excluye ciertamente de ellos a Judas.

¿Qué haremos, pues, nosotros? ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro? Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, pero también Judas tuvo remordimiento, hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!» y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia.

Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento! Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, pero aún más dulce experimentarlo como Redentor: como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: «¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8, 3).

La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia dice del pecado de Adán en el Exultet pascual: «¡Oh, feliz culpa, que nos mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentido, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan sino por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas!

Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, venerables padres, hermanos y hermanas: que la mañana de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón las palabras de un gran converso de nuestro tiempo, el poeta y dramaturgo Paul Claudel:

«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo! Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche. Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como se lanza un grito! […] Padre mío que me has generado antes de la aurora, estoy en tu presencia. Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas. Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno. El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio. Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido» (P. Claudel, Prière pour le Dimanche matin, en Œuvres Poétiques, Gallimard, París, 1967, p. 377).

Esto puede hacer de nosotros la Pascua de Cristo.

Manuel Garrido Bonaño: Año Litúrgico Patrístico

Tomo III: Tiempo de Pascua, Fundación Gratis Date.

«Tanto nos ha amado Dios que llegó a entregarnos, por el sacrificio, a su Hijo… que nos amó y se entregó por nosotros» (Jn 3,16; Gál 2,20).

Oración (del Misal anterior, tomada del Gelasiano): «Señor, Dios nuestro; Jesucristo, tu Hijo, al derramar sus sangre por nosotros, se adentró en su misterio pascual; recuerda, pues, que tu ternura y tu misericordia son eternas, santifica a tus hijos y protégelos siempre».

O bien (del Gelasiano): «Oh Dios, que por la Pasión de Cristo, Señor nuestro, has destruido la muerte, consecuencia del primer pecado, que a todos los hombres alcanza; te pedimos nos hagas semejantes a tu Hijo; así, quienes por nuestra naturaleza humana somos imagen de Adán, el hombre terreno, por la acción de tu gracia, seamos imagen de Jesucristo, el hombre celestial».

En el Calvario sobraron espectadores y faltaron creyentes. Sobró curiosidad y faltó amor. Sobró irresponsabilidad y faltó humilde sinceridad religiosa, salvo la Virgen María, la Madre de Jesús, San Juan, el discípulo amado, y las piadosas mujeres. Tengamos los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús… «hecho por nosotros obediente hasta la muerte y muerte de Cruz» (cf. Flp 2,5 ss.).

Isaías 52,13-53.12:  Él fue traspasado por nuestras rebeliones.  El cuarto cántico de Isaías sobre el Siervo de Dios nos presenta al Mesías como Víctima vicaria y solidaria, machacada por nuestros pecados. Varón de dolores; castigado y herido por nuestras iniquidades.

–Con el Salmo 30 decimos: «A Ti, Señor, me acojo, no quede yo nunca defraudado; Tú eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu; Tú, el Dios leal, me librarás»

Hebreos 4,14-16; 5,7-9: Experimentó la obediencia y se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Es una proclamación del Sacerdocio Mediador de Cristo, el Inocente, el Hijo muy amado, Víctima de nuestros pecados. Por ello es causa de salvación para cuantos creen en Él. 

Juan 18,1-19,42: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. La meditación de la Pasión evoca los acontecimientos del Calvario. No interesa tanto lo anecdótico de los sucesos, cuanto la obediencia, el Amor victimal y la inocencia redentora con que Jesús nos amó y se entregó por nosotros. Oigamos a San Agustín:

«Marchaba, pues, Jesús para el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la piedad, gran misterio; a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de la fe; a los ojos de la impiedad documento de ignominia; a los ojos de la piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de fijarse en la frente de los reyes; para los ojos de la impiedad, la mofa de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio. En la Cruz había de ser despreciado por los ojos de los impíos, y en ella ha de ser la gloria del corazón de los santos, como diría después San Pablo: “No quiero gloriarme, sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál 6,14). Él recordaba su cruz llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida, que no debía ser puesta debajo del celemín» (Tratado 119,1 sobre el Evangelio de San Juan).

Adrien Nocent

Con su propia sangre

Celebrar a Jesucristo, Tomo IV (Semana Santa y Tiempo Pascual), Sal Terrae, Santander 1981, pp. 87-92.

La carta a los Hebreos presenta a Cristo en su dignidad de pontífice que entra una sola vez en el santuario con su propia sangre (Hb 9,11-28). Este pasaje de la carta nos da una visión teológica del cordero inmolado. Cristo entró en el santuario de una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de becerros, sino con su propia sangre, habiéndonos adquirido una redención eterna (Hb 9, 12). Es mediador de una Nueva Alianza (Hb 9, 15). Pero la sangre de Cristo corrió de una vez para siempre; no es preciso que, a semejanza de la sangre de la Alianza antigua, corra de nuevo, sino que Cristo se manifestó de una vez para siempre para abolir el pecado (Hb 9, 26). Y ahora, Cristo ha entrado en el cielo para presentarse ante la faz de Dios en favor nuestro (Hb 9, 24). El pasaje de la carta se cierra con una gran esperanza que es una realidad que poseemos ya: “Así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de las multitudes, aparecerá por segunda vez, sin relación ya con el pecado, para dar la salvación a los que lo esperan” (Hb 9, 28).

La composición grandiosa de la carta no disimula que se trata aquí de una inmolación, y que la sangre entra directamente en las exigencias de la Alianza.

Cuando en la liturgia eucarística el celebrante presente a los fieles el pan consagrado diciéndoles: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, está significando con ello todo el misterio pascual, toda la vida de la Iglesia y nuestra propia vida. Ya en el cuarto evangelio señala Juan Bautista a Jesús de esta manera: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 01,29). Sin duda ninguna, al emplear Juan Bautista esta expresión, “Cordero de Dios”, se refiere instintivamente a una imagen corriente. En realidad, aquella imagen era doble: estaba relacionada o con el cordero pascual del Éxodo (c. 12), o con el cordero degollado de Isaías (c. 53).

“Lo guardaréis hasta el día 14 del mes y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido” (Ex 12,6-7).

El cordero del Éxodo es, pues, el cordero inmolado cuya sangre se derrama. Más adelante, en el versículo 23, leeremos: “El Señor va a pasar hiriendo a Egipto, y, cuando vea la sangre en el dintel y las jambas, el Señor pasará de largo y no permitirá al exterminador entrar en vuestras casas para herir”.

Así, la sangre interviene en la religión de Israel como en las religiones antiguas. La sangre representa la vida: en el Deuteronomio leemos: “Guárdate solamente de comer la sangre, porque la sangre es la vida..” (Dt 12, 23).

Esa vida, esa alma, depende estrechamente de Dios: “Yo soy el dueño de la muerte y de la vida. Yo hiero y yo curo…” (Dt 32, 39). El uso de la sangre en el culto, se inscribe, pues, en la recta intención de un pueblo que posee el sentido de la vida y el sentido de Dios. Muy claramente se advierte que la sangre, lo mismo que la vida, sólo le pertenece a Dios; ha de ser reservada para los sacrificios (Lv 3, 17).

La sangre sólo puede servir para la expiación (Lv 17, 1-8). De ahí se llega a darle naturalmente un valor de rescate. Debido a la sangre del cordero, el pueblo hebreo fue liberado de Egipto. Ya la sangre de la circuncisión era la sangre de la Alianza (Ex 4, 26), pero la sangre del cordero liberará a los hebreos y les vinculará con el Señor en una Alianza firme. Llegarán a ser un reino de sacerdotes, una nación consagrada (Ex 19, 6). La Alianza será sellada con sacrificios pacíficos en los que la sangre desempeña un papel esencial: Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó el documento de la Alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: -Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos. Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: -Esta es la sangre de la Alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos (Ex 24,5-8).

Aunque no está claro el papel de los jóvenes, el conjunto del texto proporciona indicaciones muy valiosas: una parte de la sangre es derramada sobre el altar, que representa a Dios, y la otra parte sobre el pueblo. En primer lugar, se rocía el altar, se proclaman las condiciones de la Alianza, el pueblo se compromete y es rociado con el resto de la sangre. Hay que señalar que el gesto comporta un significado raras veces subrayado. En efecto, la sangre se derrama sobre el altar antes de ser leído el documento de la alianza. Esto indica que es el pueblo el que se compromete primero. Yahvéh no está preso en su Alianza, pero él es quien sobre todo toma la iniciativa. La Alianza es un don gratuito por parte del Señor. “Ninguna reciprocidad hay entre derechos y deberes, como ocurre en las alianzas humanas”. Si se ha comprendido que la sangre significa la vida sobre la que Yahvéh tiene todos los derechos, y de la que nadie fuera de él y por él puede disponer, se convendrá en que el rito de la sangre en la Alianza significa una verdadera comunidad entre Dios y su pueblo. Yahvéh “comunica al pueblo una parte de su prerrogativa divina”. Y esto tiene una importancia capital. Por encima de una alianza jurídica, en esta Alianza por la sangre hay que ver una voluntad de Yahvéh de considerar a Israel como hijo suyo, con el que se ha unido con los vínculos de la sangre. Teniendo esto en cuenta, se comprende la amenaza hecha a Faraón: “Así habla Yavéh: Israel es mi hijo primogénito… Si te niegas a dejarle salir, yo mataré a tu hijo primogénito” (Ex 4, 22-23). Y mucho después, el libro de la Sabiduría afirmará que los egipcios, ante la pérdida de sus primogénitos, tuvieron que “confesar” que aquel pueblo era hijo de Dios (Sb 18, 13). Así pues, el sentido de este rito de aspersión parece haber sido el manifestar que la atadura vital que une a Israel con su Dios no es menos fuerte que los vínculos de la filiación de carne y sangre. La sangre de la Alianza, pues, no es sólo la sangre del rescate, sino que en igual medida y aún más, es la sangre mediante la cual Dios se vincula con su pueblo.

Toda la tradición cristiana ha visto en Cristo al cordero, al único verdadero Cordero, como lo canta el prefacio de la misa de Pascua. San Juan, con la forma de narrarnos los hechos de la Pasión se lo señala al mundo como el verdadero Cordero. Jesús es condenado a muerte la víspera de la fiesta de los ázimos. Lo dice Juan en dos ocasiones (Jn 18, 28; 19,14-31). Muere, por lo tanto, el día de la Pascua, que es cuando se inmolan los corderos en el templo. Muerto Cristo, san Juan es el único que señala puntualmente que no se le rompieron las piernas al crucificado, y el evangelista cita el texto de la disposición relativa al sacrificio del cordero pascual: “No le quebrantaréis ningún hueso” (Ex 12, 46).

Cuando escribe san Pablo a los cristianos de Corinto, les recomienda que vivan como ázimos, “porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo” (1 Co 5, 7). Por otra parte, en su enseñanza insiste san Pablo sobre el valor de la sangre en la expiación; la sangre sugiere el sacrificio, a la vez que el rescate y la justificación.

La primera carta de Pedro, considerada como una catequesis sacramental, señala frecuentemente a Jesús como el cordero sin pecado (1 Pe 1, 19) cuya sangre rescata a los hombres (1 Pe 1, 18). Este rescate por la sangre del cordero es una liberación de los ídolos (1 Pe 1, 14-18). Liberados por la sangre del Cordero, los cristianos han de ser “santos” en toda su conducta. Por otro lado, forman parte de un pueblo real, sacerdotal, y son llamados de las tinieblas a la luz (1 Pe 2, 9).

También para san Juan, Cristo es ese cordero (Jn 1, 29) sin pecado (Jn 8, 48 – 1 Jn 3, 5) que quita los pecados de los hombres (Jn 1, 29). A Cristo-Cordero que alcanzó la victoria le exalta sobre todo en el Apocalipsis. Jesús es el Cordero (Ap 5, 6) que con su sangre rescata a la humanidad (Ap 5, 9). Los cristianos son rescatados de la tierra (Ap 14, 3), forman una nación consagrada (Ap 5, 9). Han vencido a Satanás gracias a la sangre del Cordero (Ap 12, 1). Ahora pueden entonar el cántico de Moisés y el cántico del Cordero (Ap 15, 3). En el Apocalipsis de Juan volvemos a encontrar la teología fundamental del misterio de la Pascua. Pues este Cordero inmolado es también “el león de la tribu de Judá, el vástago de David, que puede abrir el rollo y sus siete sellos” (Ap 5, 5). El Cordero ha tomado posesión de su reino, y han llegado sus bodas con su esposa, que se ha trocado bellísima, esa esposa, la Iglesia, que con el Cordero invita al banquete de bodas (Ap 19, 6-9).

En esta visión, es el Cordero el que “quita” los pecados del mundo. Pero hay otro posible aspecto: el del Mesías doliente que “lleva” los pecados del mundo. Como se ha señalado con frecuencia, en el evangelio de Juan y en diversos pasajes, se emplean ciertos términos que pueden admitir significados distintos. El verbo griego “airo” lo mismo significa “quitar” que “llevar”. Con este último sentido estamos, pues, en la línea del canto del Siervo, de Isaías 53. Ya Jeremías se comparaba a sí mismo con un cordero que es llevado al matadero (Jr 11, 19). Esta imagen será repetida por Isaías; el Siervo, “maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca; como un cordero llevado al matadero” (Is 53, 7). San Juan repite esta misma expresión, cuando señala el silencio de Jesús ante Pilato (Jn 19, 9), y también san Mateo, al referir el comportamiento de Jesús ante el Sanedrín (Mt 26, 63). Cuando Felipe sube al carro del eunuco, éste iba leyendo Isaías 53: “Como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía…”. Felipe tomó entonces la palabra, y, empezando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Nueva de Jesús (Hech 8, 29-34). Creer en este cordero enmudecido es la condición para recibir el bautismo que Felipe va a administrar al eunuco. De esta manera ha unido Felipe dos aspectos del cordero en los que va inserta toda la teología de la Buena Nueva: la del cordero enmudecido que es llevado al matadero y la del cordero inmaculado cuya sangre derramada es la salvación de muchos, arrastrados por él en su triunfo definitivo sobre las potencias del mal.

El Oficio de Lectura, de la Liturgia de las Horas, ha elegido una de las catequesis de san Juan Crisóstomo en la que el santo enaltece el poder de la sangre de Cristo (San Juan Crisóstomo. Catequesis 3, 13-19; SC 50 bis, 147-177). “¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo?”. San Juan Crisóstomo ha recurrido aquí a la tipología; recuerda la sangre con que los israelitas habían rociado sus puertas. Si el ángel exterminador no se atrevió a entrar al ver aquella sangre, que no era más que una figura, más espantado quedaría aún al ver la realidad de la sangre de Cristo. Después pasa san Juan Crisóstomo a describir el agua y la sangre que manan del costado de Cristo en la cruz. El agua simboliza el bautismo, la sangre es sacramento. Primero el agua porque primero somos lavados por el bautismo, y luego, consagrados por el misterio. Los judíos sacrificaron un cordero, pero yo he aprendido a conocer el fruto cuya fuente es el sacrificio.

De su costado traspasado ha formado Cristo su Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva. San Crisóstomo cita a san Pablo: “Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos”, aludiendo con estas palabras al costado de Cristo. Cristo, pues, se unió a su Iglesia y nos alimenta. Con este mismo alimento nacemos y somos alimentados. Como una mujer se apresura a nutrir a su hijo con su propia sangre y con su propia leche, así Cristo nos alimenta a nosotros y nos hace renacer con su sangre.

Hans Urs von Balthasar

Murió por nosotros

Luz de la Palabra: Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones Encuentro, Madrid, 1994, pp. 55 ss.

Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al misterio central de la cruz, un misterio que ningún concepto humano puede expresar adecuadamente. Pero las tres aproximaciones bíblicas tienen algo en común: que el milagro inagotable e inefable de la cruz se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la primera lectura ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la segunda lectura, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la salvación; y el rey de los judíos, tal y como lo describe la pasión según san Juan, ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía la Escritura, para finalmente, con la sangre y el agua que brotó de su costado traspasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

1. El siervo de Yahvé.

Que amigos de Dios intercedieran por sus hermanos los hombres, sobre todo por el pueblo elegido, era un tema frecuente en la historia de Israel: Abrahán intercedió por Sodoma, la ciudad empecatada; Moisés hizo penitencia durante cuarenta días y cuarenta noches por el pecado de Israel y suplicó a Dios que no abandonara a su pueblo; profetas como Jeremías y Ezequiel tuvieron que soportar las pruebas más terribles por el pueblo. Pero ninguno de ellos llegó a sufrir tanto como el misterioso siervo de Dios de la primera lectura: el «hombre de dolores» despreciado y evitado por todos, «herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes,… que entregó su vida como expiación”. Pero este sacrificio produce su efecto: «Sus cicatrices nos curaron». Se trata ciertamente de una visión anticipada del Crucificado, pues es imposible que este siervo sea el pueblo de Israel, que ni siquiera expía su propio pecado. No, es el siervo plenamente sometido a Dios, en el que Dios «se ha complacido», sólo Dios, pues ¿quién sino El se preocupa de su destino? Durante siglos este siervo de Dios permaneció desconocido e ignorado por Israel, hasta que finalmente encontró un nombre en el Siervo Crucificado del Padre.

2. El sumo sacerdote.

En la Antigua Alianza el sumo sacerdote podía entrar una vez al año en el Santuario y rociarlo con la sangre sacrificial de un animal. Pero ahora, en la segunda lectura, el sumo sacerdote por excelencia entra «con su propia sangre» (Hb 9,12), por tanto como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y definitivo santuario, en el cielo ante el Padre; por nosotros ha sido sometido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios en la debilidad humana, «a gritos y con lágrimas»; y por nosotros el Hijo, sometido eternamente al Padre, «aprendió», sufriendo, a obedecer sobre la tierra, convirtiéndose así en «autor de salvación eterna» para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y sacrificio obedientes.

3. El rey.

En la pasión según san Juan Jesús se comporta como un auténtico rey en su sufrimiento: se deja arrestar voluntariamente; responde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que Dios ha amado al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un rey inocente ante el pueblo que grita «crucifícalo». «¿A vuestro rey voy a crucificar?», pregunta Pilato, y, tras entregar a Jesús para que lo crucificaran, manda poner sobre la cruz un letrero en el que estaba escrito: «El rey de los judíos». Y esto en las tres lenguas del mundo, irrevocablemente. La cruz es el trono real desde el que Jesús «atrae hacia él» a todos los hombres, desde el que funda su Iglesia, confiando su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de los apóstoles, y culmina la fundación confiándole al morir su Espíritu Santo viviente, que infundirá en Pascua.

Los tres caminos conducen, desde sitios distintos, al «refulgente misterio de la cruz» (fulget crucis mysterium); ante esta suprema manifestación del amor de Dios, el hombre sólo puede prosternarse en actitud de adoración.

J. Aldazabal: La Cruz de Cristo

Enséñame Tus Caminos (Tomo X): Los Domingos del Ciclo C, Dossiers CPL 99, Barcelona, 2003, pp. 147-152.

pp. 147-152.

I. La centralidad de la cruz de Cristo

Hoy empezamos en pleno el Triduo Pascual, ya inaugurado a modo de prólogo con la Eucaristía vespertina de ayer. Y lo hacemos dirigiendo nuestra mirada hacia la cruz de Cristo. 

El Viernes y el Sábado no tienen Eucaristía: se celebran, junto con el Domingo, como un único día, y la Eucaristía central de los tres días es la de la Vigilia, en la que afirmaremos que “Cristo Nuestra Pascua, ha sido inmolado” (prefacio). El Viernes, y también a ser posible el Sábado, se vive austeramente, con el ayuno llamado “pascual”, porque no tiene color penitencial, sino de inicio ya cúltico de la Pascua. 

El esquema de la celebración de hoy, que no es Eucaristía, sino una liturgia de la Palabra seguida de la adoración de la cruz y de la comunión, es: 

* después de una entrada austera, sin canto de entrada, y con una postración, 

* pasamos ya a escuchar las lecturas bíblicas, sobre todo la Pasión, 

* la Palabra termina, hoy con más solemnidad, con la Oración Universal, pidiendo a Dios, precisamente el día de la muerte de nuestro Sacerdote e Intercesor, que su salvación alcance a toda la humanidad; 

* a continuación realizamos un gesto simbólico muy expresivo: después de mostrar solemnemente la cruz de Cristo, la adoramos con un gesto -la genuflexión, el beso- que signifique bien nuestra gratitud y admiración; * y, aunque hoy no haya Eucaristía, desde 1955 sí podemos participar en la comunión del Cuerpo de Cristo que se consagró para hoy en la Eucaristía del Jueves. Al principio, nadie comulgaba en este Viernes, ya que no se celebra la Eucaristía; luego, durante siglos, comulgó sólo el sacerdote; Pío XII, en su reforma de la Semana Santa, introdujo la posibilidad de que la comunidad comulgara hoy. 

Como dice J. Castellano en su presentación de este día, las etapas de esta celebración son la Pasión proclamada (en las lecturas), la Pasión invocada (en la oración universal), la Pasión venerada (en el gesto de la adoración de todos) y la Pasión comunicada (en la comunión eucarística). 

Todo el día de hoy (y el de mañana) preside los lugares de culto la cruz del Salvador, centro de la atención de los fieles, como en la tarde-noche de ayer Jueves lo fue la Eucaristía. 

Isaías 52,13 – 53,12. El fue traspasado por nuestras rebeliones 

Las lecturas apuntan claramente a la muerte salvadora de Cristo. Empezando por el cuarto cántico del Siervo (el domingo de Ramos leímos el 3o , y entre semana también los otros dos), el poema que directamente se centra en la actitud de entrega del Siervo hasta la muerte. 

La descripción que hace el profeta del Siervo que carga con los males de la humanidad es en verdad dramática: “despreciado y desestimado… él soportó nuestros sufrimientos… leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones”. 

El salmo parece como un eco del cántico de Isaías, expresando el dolor del justo: “soy la burla de mis enemigos”, y, a la vez, de su confianza: “pero yo confío en ti, Señor, haz brillar tu rostro sobre tu siervo”. Repetimos como antífona las palabras de Cristo en la cruz: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. 

Hebreos 4,14-16; 5, 7-9. Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna 

El autor de la Carta a los Hebreos anima a sus lectores a la perseverancia en su seguimiento de Cristo. 

El argumento que les pone es que “no tenemos un Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas”, porque las ha experimentado él mismo en su vida. Describe la crisis de Jesús ante su muerte con palabras más expresivas todavía que las de los evangelistas (que hablaban de tristeza, miedo, pavor y tedio), cuando dice que “a gritos y con lágrimas presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte” y, “a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo a obedecer”. También dice que fue escuchado en su petición: no porque se le libró de la muerte antes, sino después de experimentarla. 

Juan 18,1 – 19,42. Pasión de N. S. Jesucristo

El Viernes Santo leemos cada año la Pasión según Juan, mientras que el domingo de Ramos se van alternando los otros tres evangelistas. De nuevo, hoy, una lectura pausada, expresiva, de la Pasión es el momento culminante de la celebración de la Palabra. La comunidad cristiana queda siempre impresionada por este relato del camino de Cristo a la cruz. 

La escena queda interrumpida en el punto más bajo del camino pascual de Cristo: la crucifixión, la muerte y la sepultura. El relato se completará en la noche de Pascua con el de la resurrección. 

II. La gran lección de la cruz

Juan termina su relato con las palabras del profeta Zacarías: “mirarán al que traspasaron”. Nosotros estamos hoy mirando impresionados a ese Cristo clavado en la cruz, el mismo a quien Pilato ha presentado al pueblo diciendo: “ahí tenéis al hombre” (“ecce homo”). Ahí está: perseguido como un criminal, calumniado, torturado física y moralmente, muerto. Las lecturas nos ayudan a entender toda la profundidad de este acontecimiento. 

Hoy dedicamos particular atención a la muerte de Cristo, el primer acto del “tránsito” o del “paso” pascual. La celebración la hacemos con vestiduras rojas, el color de la sangre, por la muerte del Primer Mártir, Cristo Jesús. No estamos de luto, sino que, en una celebración sobria e intensa, contemplamos con fe y admiración la entrega generosa de Cristo en solidaridad con el género humano. 

Las lecturas nos han presentado la teología del dolor de Cristo, como el Siervo que ha cargado sobre sus hombros el mal de toda la humanidad, como el que, enviado por Dios para salvarnos, aunque con gritos y lágrimas deseara ser librado de la muerte, obedeció hasta el final, experimentando en sí mismo todo el dolor que puede sufrir una persona. Dios nos salva asumiendo él con su propio dolor el desfase que se da entre su plan salvador y nuestra debilidad. Es el pensamiento que desarrolla con densidad teológica Juan Pablo II en su “Salvifici doloris” (“el sentido cristiano del dolor”) de 1984. 

Las lecturas y textos del día de hoy apuntan también al dolor de toda la Humanidad. En la cruz de Cristo se puede decir que están representados todos los que han sufrido antes y después de él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos, los que no han tenido suerte en la vida, los que sufren los horrores de la guerra o del hambre o de la soledad, los crucificados de mil maneras. También en nuestro caso el dolor, como en el de Cristo, tiene valor salvífico, aunque no acabemos de entender el sentido que pueda tener en el plan de Dios. 

Dios no está ajeno a nuestra historia. No es un Dios inaccesible, impasible. Por medio de su Hijo ha querido experimentar lo que es sufrir, llorar y morir. Nos ha salvado desde dentro. Cristo no sólo ha sufrido por nosotros, sino con nosotros y como nosotros. No nos ha salvado desde la altura, sino que ha asumido nuestro dolor. Es un ejemplo, como quiere el autor de la carta a los Hebreos, para todos los que se sienten cansados en su camino de fe y tentados de dimitir: este Cristo que camina hacia la cruz es “capaz de compadecerse de nuestras debilidades, porque ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”. 

El salmo de hoy nos invitaba a los que experimentamos alguna vez el dolor y el desánimo: “sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor”. Con el ejemplo de Cristo, tenemos más motivos todavía para aceptar en nuestras vidas el misterio del dolor y del mal. 

“Jesús, aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia. ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo. Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre” (CCE 2825). 

Pero con la esperanza de la Vida

Pero hoy no celebramos sólo la cruz. Celebramos la totalidad del Misterio Pascual. Aunque pongamos énfasis en la primera etapa del único movimiento pascual, la muerte en la cruz, los textos de hoy nos invitan a mirar hacia delante, hacia la resurrección. Ese Cristo muerto en la cruz resucitará por el poder de Dios, y el destino de gloria que le espera a él es también el que nos espera a nosotros. 

Las oraciones de hoy hablan también de la resurrección: “Jesucristo tu Hijo, a favor nuestro instituyó por medio de su sangre el misterio pascual” (oración inicial); “nos has renovado con la gloriosa muerte y resurrección de Jesucristo” (poscomunión). En la oración sobre el pueblo, se dice que esta comunidad “ha celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su santa resurrección”. 

También las lecturas dejan la puerta de la esperanza abierta. La de Isaías, con el canto del Siervo, ya asegura que este Siervo que “tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores… que justifica a muchos cargando con los crímenes de ellos”, luego “verá su descendencia y prolongará sus años”. 

Para la carta a los Hebreos, después del momento crítico de Jesús en su dolor, que terminó en la obediencia y en la entrega de la cruz, cambia el panorama: “y llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que obedecen en autor de salvación eterna”. 

La muerte de Jesús se celebra con seriedad, pero con aires de victoria. Durante el gesto de la adoración de la Cruz, se cantan antífonas como esta: “tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo”, o cantos como el “Victoria, tú reinarás”. Uno de los himnos clásicos del Viernes Santo es el “Vexilla Regis prodeunt”, “los estandartes del Rey avanzan”. Según el Misal Romano, en su tercera edición de 2002, también se puede cantar, durante esta adoración, el Stabat Mater dolorosa, porque la Madre del Salvador es la mejor maestra en nuestra sintonía con el dolor de Cristo Jesús. 

Lo que celebramos hoy da sentido a toda nuestra vida, también a nuestros momentos de dolor y fracaso. No se nos ha asegurado que los que creamos en Jesús no vamos a tener dificultades, o no vamos a experimentar la enfermedad o la soledad o el fracaso o la muerte. Pero sí se nos ofrece luz y fuerza para que nuestra vivencia de todos esos momentos sea en sintonía con Cristo. Aunque no entendamos del todo el misterio del mal o de la muerte, no son en vano, sino que tienen una fuerza salvadora y pascual, hacia la nueva vida que Dios nos prepara. 

Ese Cristo clavado en la cruz, que dedica palabras de perdón a sus vecinos condenados con él y ofrece su vida al Padre, es nuestro Modelo más vivo y convincente. Cuando hoy besamos la cruz, en signo de adoración a Cristo, le pedimos también que nos enseñe a vivir la nuestra, nuestra pequeña o gran cruz, con la misma entereza con que él la vivió. Cuando en la comunión participamos de su “cuerpo entregado por todos”, nos alegramos que la muerte salvadora de Cristo se nos comunique continuamente en este sacramento admirable de la Eucaristía. 

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