Ferias de Navidad antes de la Epifanía: 2 de Enero – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Jn 2, 22-28:
- Salmo: Sal 97, 1-2ab. 2cd-3ab. 3cd-4: El Señor revela a las naciones su victoria
+ Evangelio: Jn 1, 19-28:




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Juan 2,22-28: Permanezca en vosotros lo que habéis oído desde el principio. El anticristo, el que niega que Cristo es el Mesías y, por eso mismo, rechaza al Padre y al Hijo, es mentiroso. Mas los verdaderos creyentes tienen que permanecer fieles a cuanto han oído desde el principio. La unción de Dios, esto es, el Espíritu Santo, en quien han de permanecer, los adoctrinará.

Como Juan Bautista, hemos de confesar nosotros que Jesús es el Mesías prometido. No podemos forjar en nuestra mente un Cristo según nuestro capricho, ni crear ídolos. Hemos de aceptar la Palabra de Dios tal como se muestra en la Escritura, en la Tradición y es propuesta por el Magisterio de la Iglesia. Para decir un «sí» a Cristo hemos de proclamar un «no» a nosotros mismos, a nuestras pretensiones mesiánicas.

San Juan Apóstol es el único escritor del Nuevo Testamento que usa la palabra «anticristo» para designar los falsos «cristos» y falsos profetas. Por eso advierte a sus lectores que en el mundo existen muchos «anticristos». Son todos los que se oponen a Cristo y a su doctrina. Son todos los impostores, los falsos profetas, falsos mesías que van de una a otra parte difundiendo doctrinas malsanas para embaucar a la gente sencilla. Han existido siempre.

También hay maestros de la mentira en nuestros días, como lo muestran tantos documentos de la Sede Apostólica. La fidelidad a la enseñanza tradicional es condición esencial para permanecer en la doctrina auténtica que Cristo enseñó y confió a la Iglesia. La palabra de Cristo es una realidad tan sublime que el permanecer en ella nos procura un bien supremo: la inhabitación de la Santísima Trinidad en nuestra alma, que es la forma más perfecta de nuestra comunión con Dios.

A esto contribuye la unción que hemos recibido del Espíritu Santo, que no nos apartará del legítimo Magisterio de la Iglesia, sino que nos dará siempre el gusto y la inteligencia de la verdad revelada, el conocimiento especial de Dios y una iluminación esplendorosa, tal como aparece en muchas almas santas que han merecido el honor de los altares.

–El Salmo 97 es uno de los cantos del Reino de Israel restaurado después de la cautividad. El Señor que dio la libertad a Israel en el destierro ha operado por el Nacimiento de Jesucristo una nueva liberación en favor de toda la humanidad, esclava del pecado. Por eso decimos: «Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas».

Estábamos en sombras de muerte, en el pecado, en la esclavitud del demonio y del mundo, y ha aparecido la Luz verdadera que al venir a este mundo ilumina a todo hombre. Tenemos muchos motivos para dar gracias a Dios, alabarlo y cantar con alegría. Su diestra ha dado a Cristo la victoria y lo revela a las naciones, a todos los pueblos. Se acordó de su misericordia y de su fidelidad en favor de Israel, de la Iglesia, de todos los hombres. Por eso: «Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad».

Juan 1,19-28: En medio de vosotros hay uno que no conocéis. San Agustín ha comentado este pasaje evangélico unas trece veces. Aquí escogemos unos párrafos del sermón predicado en Cartago hacia el año 400:

«Tanto destaca Juan por su excelencia, que fue considerado no ya como precursor, sino como el mismo Cristo. Si la lámpara hubiese estado apagada o ennegrecida por el humo de la soberbia, cuando llegaron a él los judíos para preguntarle: «¿Tú quién eres? ¿Eres el Cristo, o Elías o un profeta?», él hubiese respondido: «lo soy». Habría hallado el momento oportuno para su jactancia cuando el error de los hombres le atribuía un falso honor. ¿Acaso hubiera tenido que esforzarse en convencerles de lo que se anticipaban a decirle quienes le interrogaban?

«Pero él, como humilde, fue enviado a preparar el camino al Excelso. Por eso era amigo del Esposo, porque era siervo que reconocía al Señor... ¡Cuánto se humilla quien era ensalzado tanto que lo consideraban el Cristo! «No soy digno, dice, de desatar la correa de su calzado». Y Cristo dice de Juan: «Nadie mayor que Juan Bautista»... Si ya Juan era un hombre tan grande que no había mayor que él ningún otro, quien es mayor que él es más que hombre. Pero quien es más que hombre, se hizo hombre por el hombre, y con razón florece sobre Él la santificación del Padre» (Sermón 308 A).

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 1


pp. 130 s.

1. Sigue el tema de los anticristos. Juan llama así a los que no creen en Jesús como el Mesías, el Ungido enviado por Dios, que ha asumido en verdad nuestra carne humana. Y si no creen en Cristo, tampoco creen en Dios Padre. Y al revés, el que confiesa su fe en Cristo, cree también en el Padre.

En su comunidad se ve que algunos, abandonando la doctrina que habían recibido desde el principio, habían ofuscado su fe en Cristo, tanto con herejías doctrinales como con una práctica descuidada en la vida. Juan quiere que sus lectores estén vigilantes y no se dejen seducir.

El verbo que más veces se repite es «permanecer». Un verbo que habla de fidelidad, de perseverancia, de mantenimiento de la verdadera fe, sin dejarse engañar. Permanecer en la doctrina es permanecer en comunión con Cristo y con Dios Padre, ungidos y movidos por su Espíritu, y ésta es la clave fundamental para que nuestra vida sea un éxito y no tengamos que avergonzarnos en su venida.

2. En el evangelio leemos el testimonio que Juan Bautista da de Jesús, siguiendo con la lectura del primer capítulo de Juan.

El Bautista, al que habíamos oído en el Adviento preparando los caminos del Señor, ahora lo señala ya presente en medio de Israel.

Con toda honradez da testimonio de que él, Juan, no es el Mesías: yo no soy.

Yo soy la voz que grita. Al que viene detrás de mí yo no soy digno de desatarle la correa de la sandalia. La Palabra es Jesús: Juan sólo es la voz. La luz es Cristo: Juan sólo es el reflejo de esa luz.

Y anuncia a Cristo: «en medio de vosotros hay uno que no conocéis, que existía antes que yo».

3. a) En los primeros días de este nuevo año, los que estamos celebrando en cristiano la Encarnación de Dios en nuestra historia, tenemos motivos para llenarnos de alegría y empezar el año en la confianza. El Dios-con-nosotros sigue siendo la base de nuestra fiesta, y permanecerle fieles la mejor consigna para el nuevo año.

Hemos aceptado a Cristo Jesús en nuestra historia, en nuestra existencia personal y comunitaria. No por eso sucederán milagros en nuestra vida, pero si Navidad continúa dentro de nosotros, y no sólo en los días del calendario, cambiará el color de todo el año.

El Señor saldrá a nuestro encuentro cada día, en la vida ordinaria, en los días felices y en los de tormenta, para darnos ánimos y sentido de vivir.

b) También nosotros experimentamos la presencia, en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea, del mal y de lo que podemos llamar «anticristos», O sea, lo que no es Cristo, lo que no es su Evangelio, sino el antievangelio.

Las bienaventuranzas de Jesús no coinciden para nada con las que nos ofrece el mundo. Haremos bien en mantener abiertos los ojos y saber discernir lo que es verdad y lo que es mentira.

Después de una semana de la Navidad, ¿«permanecemos» en la misma clave de fe y alegría, unidos al Padre y a Cristo, movidos por su Espíritu? ¿o ha sido una celebración fugaz y superficial?

Ojalá no nos dejemos engañar y Jesús sea el criterio de vida para todo el año que empieza.

c) Cara a los demás, podemos preguntarnos, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista, si somos buenos testigos de Jesús. ¿Somos su voz, su luz reflejada? ¿o nos predicamos a nosotros mismos? ¿sabemos decir, humildemente, «yo no soy»?

Nuestra misión como cristianos -y más si somos religiosos o sacerdotes- es decir a este mundo: «en medio de vosotros está...». Y ayudarles a que lo conozcan.

Ojalá, además, nosotros mismos no seamos anticristos: que no enseñemos lo contrario de lo que nos enseña Cristo Jesús.

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Adviento y Navidad. , Vol. 1, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 2,22-28

El fragmento revela las líneas esenciales de la falsa doctrina divulgada por los "anticristos" en una época atormentada del final del siglo primero: Jesús no es el Mesías, el Hijo de Dios. Esta herejía cristológica consideraba imposible que el Verbo se hubiese encarnado a la manera humana, auténtico escándalo para la mentalidad gnóstica. Pero para el apóstol Juan negar la divinidad de Jesús significaba no tener comunión con el Padre y la verdadera vida (vv. 22-23); negar la unión de lo divino y lo humano en Jesús significaba ser "anticristo", porque lo humano en Jesús es el reflejo perfecto de lo divino, es el reflejo del Padre (cf. Jn 14,9).

El cristiano debe permanecer fiel a la Palabra oída desde el principio, es decir, al misterio pascual en su integridad (muerte-resurrección) enseñado por los apóstoles. Sólo esta Palabra acogida en la fe, interiorizada y vivida en el Espíritu permite conservar la auténtica comunión con el Hijo y con el Padre (v. 24). Así pues, vivir en comunión con Dios significa poseer la promesa que Cristo ha hecho, es decir, «la vida eterna» (v. 25; 3,15; Jn 3,36). Y el creyente puede resistir al, seductor que enseña el error, vivir las radicales exigencias del evangelio y permanecer en la Palabra a la espera de la venida de Cristo porque ha recibido «la unción» del Espíritu Santo en el bautismo (v. 27). El Espíritu, fuerza interior que da la sabiduría, hace invencible y fuerte en la tentación al díscípulo de Jesús, lo impulsa a la evangelización y lo hace confiado en el retorno del Señor (v. 28).

Evangelio: Juan 1,19-28

El texto es el testimonio del Bautista ante la delegación enviada por las autoridades de Jerusalén a Betania, al otro lado del Jordán (v. 28).

A la pregunta: «Tú, ¿quién eres?» (v. 19), el Bautista confiesa, evitando cualquier malentendido acerca de su propia persona y de su propia misión, que no es el Cristo, el Salvador escatológico esperado. Este testimonio negativo en boca del Bautista es una auténtica confesión de fe en el mesianismo de Jesús. Siguen otras preguntas de los enviados a las que el Testigo responde diciendo no ser ni Elías (cf. Mal 3,1-3.23; Mc 9,11; Mt 7,10) ni el profeta (cf. Dt 18,15; 1 Mac 14,41), personajes esperados para el tiempo mesiánico. El desconcierto de sus interlocutores es grande.

El Bautista continúa explicando su propia identidad, definiéndose a sí mismo con las palabras del Segundo Isaías: «Voz que clama en el desierto» (v. 23) y prepara el camino al Cristo (cf. Is 40,3). Él no es la luz, es sólo la lámpara que arde y que testimonia la luz verdadera. Él no es la Palabra encarnada, es sólo la voz que prepara el camino con la purificación de los pecados y la conversión del corazón. Y a la ulterior insistencia de los fariseos sobre el motivo de su bautismo, Juan replica: «Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros hay uno a quien no conocéis» (v. 26).

El bautismo de Juan no es el del tiempo de la salvación, sino un rito de iniciación para prepararse a la acogida del Mesías, que se encuentra ya entre el pueblo. El Bautista acerca su propia persona a la de Cristo para poner de relieve la dignidad y grandeza de Jesús, cuya vida tiene dimensiones de eternidad: Juan no es digno de prestarle el más humilde de los servicios: desatarle las sandalias. El testimonio del Bautista pretende, pues, suscitar la fe en todo hombre hacia el gran desconocido, el portador de la salvación, que vive entre los hombres.

MEDITATIO

La fe del Bautista está orientada al anuncio de Jesús. El Mesías, pues, tanto en su aparecer como en el curso sucesivo de la historia humana, por él atravesada y revolucionada, no revela inmediata ni completamente su origen ni su misión. Es preciso que quien recibe de Dios el don de tocar el misterio de Cristo, reflexionando sobre los misterios de su historia, lo anuncie con la vida y la palabra, como el Bautista junto al Jordán. En efecto, el hombre forjado en la soledad del desierto se esconde y casi desaparece a la sombra de aquel que él presenta al mundo. Ésta, justamente, fue su misión: dar testimonio del Esperado que vive en medio de su pueblo.

También el cristiano de hoy está llamado a ser anunciador del evangelio y la Palabra de Jesús, la voz que grita con la vida la verdad de Cristo, a pesar de la pobreza que experimenta y la fragilidad de sus palabras

humanas. Cristiano es el hombre que se define en función de Cristo, de Aquel que viene siempre a los suyos para comunicar salvación y vida. Él da testimonio de Cristo, nos relaciona con él y le prepara su misión; es el heraldo que invita a volver al desierto para preparar espiritualmente el camino al Mesías; es el que reclama atención no para sí mismo, sino para el que está por llegar. Todo cristiano es un propagador de la Palabra de Dios en la aridez espiritual de nuestro mundo, el que allana el camino a los hermanos para que encuentren a Cristo, y es testigo del evangelio con la propia vida.

ORATIO

Señor Jesús, que has querido ser solidario con nosotros y solidario con el Padre, te pedimos nos enseñes a ser como el Bautista, auténticos testigos de tu amor a los hermanos. La tarea de tu testigo en el desierto fue la de empeñar su voz, sus fuerzas, su vida entera para que los hombres optasen por ti. Lo mismo nos ha dicho tu evangelista Juan, cuando ha recordado a su comunidad que el que no confiesa tu mesianismo no está en comunión contigo ni con el Padre (cf. 2,23).

Te rogamos, por eso, que refuerces nuestra fe en ti, único salvador de la humanidad, haciéndonos experimentar el poder de tu Espíritu, que nos ha sido dado en el bautismo, y que es nuestra fuerza y nuestro apoyo espiritual.

Señor Jesús, el Bautista se declaró indigno de desatar las correas de tus sandalias, él, el más grande de los nacidos de mujer, y así dio de sí mismo un testimonio de extraordinaria humildad y de servicio. Enséñanos a no presumir nunca de nosotros mismos en ninguna circunstancia de la vida, a ser humildes incluso cuando nos son confiados cargos de prestigio y de éxito, conocedores de que todo nos viene de tu bondad y de los dones que tú nos has regalado.

Queremos ser sólo un instrumento en tus manos para que tu reino de justicia y de amor se extienda al mundo entero. Queremos ser testigos de tu Palabra, siempre antigua y siempre nueva, que nos dejaste como testamento antes de tu retorno al Padre, la de la fe confesada ante toda la humanidad y del amor fraterno practicado con todos, sin acepción de personas.

CONTEMPLATIO

¿Quién es Jesús? Nosotros que tenemos este grandísimo y dulcísimo Nombre para repetírnoslo a nosotros mismos, nosotros que somos fieles, nosotros que creemos en Cristo, nosotros ¿sabemos bien quién es? ¿Sabríamos decirle una palabra directa y exacta: llamarlo verdaderamente por su nombre, invocarlo como luz del alma y repetirle: Tú eres el Salvador? ¿Sentir que nos es necesario y que no podemos estar sin él: es nuestro tesoro, nuestra alegría y felicidad, promesa y esperanza, nuestro camino, verdad y vida (...).

El Cristo que llevamos a la humanidad es el "Hijo del Hombre", como él mismo se ha llamado. Es el primogénito, el prototipo de la humanidad nueva, es el Hermano, el Compañero, el Amigo por excelencia. Sólo de Él se puede decir con plena verdad que «conocía al hombre por dentro» (Jn 2,25). Es el enviado de Dios, no para condenar al hombre sino para salvarlo (Pablo VI, Discurso del 14 de marzo de 1965).

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra:

«Yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia» (cf. Jn 1,27).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Narciso es el protagonista de un relato antiguo. Era un joven bellísimo que un día contempló su propia imagen reflejada en un espejo de agua. Se enamoró de ella ignorando que la imagen reflejada era él mismo. Se arrojó al agua y se ahogó.

Ningún relato ilustra mejor cuán engañosa es la felicidad fundada en el culto de sí, pero para mucha gente el alfa y la omega de la búsqueda de la felicidad reside en el propio «yo». Si el problema está en esto, en esto se encuentra también la respuesta. necesita una aportación externa? Sólo para enriquecerse con ella. Es la felicidad posesiva que descarta fríamente todo lo que podría atraer al hombre fuera del propio nido. El que padece esta enfermedad puede sentirse feliz exclusivamente de sí. Este "cerrarse en el propio capullo" se ha difundido de modo sorprendente en los últimos decenios. Se tiene la impresión de que todas las fronteras se cierran, que puertas y ventanas están atrancadas, que la calefacción central esté abierta al máximo. El lecho de plumas parece haberse convertido en el santuario de toda la familia.

La publicidad colabora a la inaación del yo, como podemos constatar sobre los muros de nuestras calles: mi banco (mímame, mis dineros, mi interés, mi porvenir, mi seguridad...). "Tú" o "él" casi han desaparecido.

La desaparición del espíritu de sacrificio produce una sociedad fría, que se hace también superconservadora. Se limita a preservar, no crea nada. ¡Y peor aún! Ante el sufrimiento, la búsqueda de la felicidad pierde su sentido: todo sufrimiento anula la felicidad. De este modo, el hombre se aleja de la verdad misteriosa para la cual la felicidad es bastante fuerte para integrar momentáneamente el sufrimiento y asumirlo. El sufrimiento contiene otra especie de felicidad, una felicidad de registro distinto, una felicidad que sólo conocen los que la han comprendido a la luz de la cruz, I?ero algo está claro para cada uno de nosotros: quien quiere ser feliz aquí abajo, debe estar dispuesto a dar cabida al sufrimiento (G. Danneels, Le stagioni della vita, Brescia 1998,225-2271.

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