Ferias de Navidad antes de la Epifanía: 4 de Enero – Homilías

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: 1 Jn 3, 7-10:
- Salmo: Sal 97, 1-2ab. 7-8a. 8b-9:
+ Evangelio: Jn 1, 35-42:




Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Manuel Garrido Bonaño

Año Litúrgico Patrístico

Tiempo de Adviento y de Navidad. , Vol. 1, Fundación Gratis Date, Pamplona, 2001

1 Juan 3,7-10: El que ha nacido de Dios no comete pecado, porque ha nacido de Dios. El pecado tiene su origen en el diablo, el espíritu del mal. Pero Cristo deshizo sus obras. Quien ha nacido de Dios tiene, por tanto, que rechazar el pecado y adherirse a la justicia y a la caridad fraterna. Lo que en realidad nos distingue como cristianos es nuestro vivir, ya que el cristiano debe ser santo y obrar la justicia. Por su naturaleza como cristiano tiene que ser impecable, pues ha nacido de Dios.

Pero, sin embargo, el hombre viejo permanece y ha de ser destruido con la ayuda de la gracia. A veces prevalece el hombre viejo y entonces contradice su ser de cristiano. Comenta San Agustín:

«Tal es, en consecuencia, el solo pecado del que, por voluntad suya, dará pruebas al mundo el de no creer en Él. Por la fe en Él se absuelven todos los pecados. Y se le atribuye sólo éste [pecado] por ser éste quien mantiene implicados los demás.

«En cambio, el fiel no tiene pecados, porque, creyendo, se hace hijo de Dios... Luego, quien cree en el Hijo de Dios, en tanto no peca en cuanto se adhiere a Él, haciéndose por adopción hijo y heredero de Dios y coheredero de Cristo. De ahí que diga Juan: «Quien ha nacido de Dios no peca». Y por eso, el pecado que ha de ser probado contra el mundo es éste de no creer en Él. Tal es también el pecado del quien dice el Señor: «Si no hubiera venido, no tendrían pecado» (Jn 15,22). Sin duda tendrían otros innumerables pecados; pero con la venida de Cristo, se les añadió a los que no creyeron éste de no haber creído, el cual impide la remisión de los otros. Pero a los que, por el contrario, creyeron, les fueron absueltos los demás, en razón de faltarles el pecado de la incredulidad» (Sermón 143,2, hacia 410-412).

–El Señor que nace en la humildad de un establo es el Rey del universo y lo rige con justicia y verdad. Aunque pequeño en lo humano, la Iglesia lo reconoce Rey del universo, y proclama que su reinado no tendrá fin. Por eso, alborozada, invita a cantarle con el Salmo 97: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas».

Jesucristo ha redimido a su pueblo, nos hace partícipes de su divinidad por la gracia santificante, nos ha dejado el sacrificio eucarístico y la Iglesia, puerto de salvación, con su doctrina, con los sacramentos y con la asistencia de Él mismo, que ha prometido estar con ella hasta el fin del mundo. Las maravillas del Nuevo Testamento son inmensamente más grandiosas que las realizadas en el Antiguo. Por eso: «Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan...El Señor rige el universo con justicia y los pueblos con rectitud».

Juan 1,35-42: Hemos encontrado al Mesías. El testimonio del Bautista es efectivo. Algunos de sus discípulos se hacen seguidores de Jesús. Ha cumplido Juan su misión. Ahora es Jesús el que todo lo polariza y con sus primeros discípulos comienza la vida de la Iglesia. Comenta San Juan Crisóstomo:

«Jesús, volviéndose y viendo que le seguían, les dijo: «¿qué buscais?» Por aquí podemos aprender que Dios no previene nuestra voluntad con sus dones, sino que cuando nosotros comenzamos a mostrar buena voluntad Él nos ofrece muchísimas ocasiones para salvarnos... Jesús pregunta para ganarse su confianza, al comenzar Él el diálogo y para darles confianza y mostrarles que merecen ser escuchados... Ellos dieron muestra de su interés no sólo con seguirlo, sino también por las preguntas que le dirigieron. Aunque no habían aprendido nada de Él, ni le habían oido predicar siquiera, le llamaron maestro, declarándose así discípulos suyos y revelando la razón por la que le seguían. «¿Dónde moras?» Lo que ellos querían era hablar con Él, escucharle y aprender con sosiego.

«Cristo los llevó consigo, animándoles aún más a seguirle al darles a entender que ya les había acogido entre los suyos. Les dirigió la palabra como a amigos, como si se tratara de viejos camaradas. El evangelista escribe a continuación que permanecieron con Él todo aquel día. Ni siguieron ellos a Cristo, ni Éste les llamó por otra razón que no fuera la de enseñarles su doctrina...

««Hemos encontrado al Mesías, que quiere decir el Cristo». Manifiesta el poder de la palabra del Maestro, que les había convencido de eso, y el intenso deseo y el celo que desde hacía mucho tiempo animaba a los discípulos. Esa frase es expresión de un alma que ardientemente deseaba la venida del Mesías y que exulta y se llena de alegría cuando ve la esperanza convertida en realidad y se apresura a anunciar a sus hermanos tan feliz noticia. Era, además, un gesto de amor fraterno, de profunda amistad, de generosidad desinteresada éste de comunicarse entre los parientes los tesoros espirituales.

«San Juan Bautista, tras haber dicho «he ahí al Cordero que bautiza en el Espíritu», dejó que sus discípulos aprendieran más claramente de Él mismo cuanto concernía a la verdad referente a Aquél. Lo mismo hizo Andrés: considerándose incapaz de explicar todo por sí mismo, llevó a su hermano hasta el manantial de la luz con tanta insistencia y firmeza que venció cualquier duda y todas las dificultades» (Homilías sobre el evangelio de San Juan 18 y 19)

Nosotros creamos en Jesús, en el Hijo de Dios. Tengámonos por infinitamente dichosos de poder contemplar todos los días en la Santa Misa y en la Sagrada Comunión la manifestación de Dios, efectuada un día en el Jordán. Pidamos a Jesús que nos conceda la gracia de poder contemplarle también un día todos juntos, allí donde ya el día del Señor no volverá a tener nunca fin.

José Aldazabal

Enséñame tus Caminos 1


pp. 135 ss.

1. «El que ha nacido de Dios no comete pecado».

Si ayer nos alegrábamos de la gran afirmación de que somos hijos, hoy la carta de Juan insiste en las consecuencias de esta filiación: el que se sabe hijo de Dios no debe pecar.

Se contraponen los hijos de Dios y los hijos del diablo. Los que nacen de Dios y los que nacen del maligno. El criterio para distinguirlos está en su estilo de vida, en sus obras.

«Quien comete el pecado es del diablo», porque el pecado es la marca del maligno, ya desde el principio. Mientras que «el que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él: no puede pecar porque ha nacido de Dios».

Es totalmente incompatible el pecado con la fe y la comunión con Jesús. ¿Cómo puede reinar en nosotros el pecado si hemos nacido de Dios y su semilla permanece en nosotros?

Los nacidos de Dios han de obrar justamente, como él es justo, y como Jesús es el Justo, mientras que «el que no obra la justicia no es de Dios».

Añade también el amor al hermano, que será lo que desarrollará en las páginas siguientes de su carta.

2. El testimonio que Juan el Bautista ha dado de Jesús hace que algunos de sus discípulos pasen a seguir al Mesías. Que era lo que quería Juan: «que yo mengüe y que él crezca».

Seguimos leyendo la primera página del ministerio mesiánico de Jesús.

Andrés y el otro discípulo le siguen, le preguntan dónde vive, conviven con él ese día, y así serán luego testigos suyos y la Buena Noticia se irá difundiendo.

Andrés corre a decírselo a su hermano Simón: «hemos encontrado al Mesías», y propicia de este modo el primer encuentro de Simón con Jesús, que le mira fijamente y le anuncia ya que su verdadero nombre va a ser Cefas, Piedra. Pedro.

3. a) La Navidad -el Dios hecho hombre- nos ha traído la gran noticia de que somos hijos en el Hijo, y hermanos los unos de los otros.

Pero también nos recuerda que los hijos deben abandonar el estilo del mundo o del diablo, renunciar al pecado y vivir como vivió Jesús. Si en días anteriores las lecturas nos invitaban con una metáfora a vivir en la luz, ahora más directamente nos dicen que desterremos el pecado de nuestra vida. El pecado no hace falta que sean fallos enormes y escandalosos. También son pecado las pequeñas infidelidades en nuestra vida de cada día, nuestra pobre generosidad, la poca claridad en nuestro estilo de vida. Navidad nos invita a un mayor amor en nuestro seguimiento de Jesús.

b) Empezamos el año con un programa ambicioso.

No quiere decir que nunca más pecaremos, sino que nuestra actitud no puede ser de conformidad con el pecado. Que debemos rechazarlo y desear vivir como Cristo, en la luz y en la santidad de Dios. Por desgracia todos tenemos la experiencia del pecado en nosotros mismos, que siempre de alguna manera es negación de Dios, ruptura con el hermano y daño contra nuestra propia persona, porque nos debilita y oscurece.

Cuando en nuestras opciones prevalece el pecado, por dejadez propia o por tentación del ambiente que nos rodea, no estamos siendo hijos de Dios.

Fallamos a su amor. La Plegaria Eucarística IV del Misal describe el pecado de nuestros primeros padres así: «cuando por desobediencia perdió tu amistad...».

Y al contrario: cuando renunciamos a nuestros intereses e instintos para seguir a Cristo, entonces sí estamos actuando como hijos, y estamos celebrando bien la Navidad.

En la bendición solemne de la Navidad el presidente nos desea esta gracia: «el Dios de bondad infinita que disipó las tinieblas del mundo con la encarnación de su Hijo... aleje de vosotros las tinieblas del pecado y alumbre vuestros corazones con la luz de la gracia».

c) Como los discípulos del Bautista en el evangelio, los cristianos somos llamados, a seguir a Cristo Jesús. Seguir es ver, experimentar, estar con, convivir con Jesús, conocer su voz, imitar su género de vida, y dar así testimonio de él ante todos.

Ese «venid y veréis» ha debido ser para nosotros la experiencia de la Navidad, si la estamos celebrando bien. ¿Salimos de ella más convencidos de que vale la pena ser seguidores y apóstoles de Jesús? ¿tenemos dentro una buena noticia para comunicar? ¿la transmitiremos a otros, como Andrés a su hermano Pedro?

d) La Eucaristía la celebramos con una humilde conciencia de que somos pecadores. Al inicio de la misa decimos a veces la hermosa oración penitencial: «yo confieso... por mi culpa, por mi culpa». Reconocemos que somos débiles pero le pedimos a Dios su ayuda y su perdón.

En el Padrenuestro pedimos cada día: «mas líbranos del mal», que también puede significar «mas líbranos del maligno».

Y somos invitados a la comunión asegurándonos que el Señor que se ha querido hacer nuestro alimento es ese Jesús que vino para «quitar el pecado del mundo».

Zevini-Cabra

Lectio Divina para cada día del año

Tiempo de Adviento y Navidad. , Vol. 1, Verbo Divino, Navarra, 2001

LECTIO

Primera lectura: 1 Juan 3,7-10

Juan, frente a la herejía gnóstica, afirma que el criterio distintivo de los hijos de Dios es una conducta recta y justa: «Quien practica la justicia es justo» (v. 7), como Jesús, que acató la voluntad del Padre. Por el contrario, «quien comete pecado procede del diablo» (v. 8). El combate entre el bien y el mal, entre Cristo y Satán, implica también al cristiano. El pecado, en efecto, es contrario al mundo de Dios y el que peca no puede ser hijo de Dios, sino hijo del diablo, porque Cristo es el vencedor del mal. Él ha instaurado los tiempos de la salvación (cf. 1,7; 2,2; 3,5) Yllama a sus seguidores a combatir el pecado (cf. Heb 12,1-4), a practicar la justicia (cf. 2,29; 3,10). Se puede, pues, poseer la filiación divina o la filiación humana: la primera procede de la acción de Dios en el corazón del creyente que se abre al Espíritu; la segunda nace en el corazón del que rechaza a Dios y vende el propio corazón al diablo. Así, «Quien ha nacido de Dios no comete pecado» (v. 9) porque «una semilla divina», esto es, la Palabra de Dios, rica por la fuerza del Espíritu, habita en el cristiano y lo colma (cf. Jn 3,5; Mc 4,3-8.14-20; Rom 8,14; Tit 3,5).

El hijo de Dios, que hace crecer y fructificar en sí la semilla de la Palabra, no podrá pecar jamás, porque ha hecho sitio a Dios, permaneciendo en Cristo, que actúa en su vida. La condición esencial, sin embargo, es la apertura constante al Espíritu de Dios viviendo una actitud de conversión continua. Entonces los signos concretos del cristiano serán la disponibilidad a la voluntad de Dios y el amor fraterno (v. 10).

Evangelio: Juan 1,35-42

Es el segundo testimonio público del Bautista sobre Jesús el que provoca el seguimiento de algunos de sus discípulos tras el Maestro (vv. 35-37). El texto presenta, armónicamente fundidos, el hecho histórico de la llamada de los primeros discípulos, descrito como descubrimiento del misterio de Cristo, y el mensaje teológico sobre la fe y sobre el seguimiento de Jesús. En este fragmento el evangelista nos presenta los rasgos característicos del verdadero camino para poder convertirse en discípulos de Cristo. Todo comienza con el testimonio y el anuncio de un testigo cualificado, en este caso el del Bautista («Éste es el Cordero de Dios»: v. 36), al que sigue un camino de auténtico discipulado («Siguieron a Jesús»: v. 37). Este seguimiento florece más tarde en un encuentro hecho de experiencia personal y de comunión con el Maestro («fueron. .. vieron... se quedaron con Él»: vv. 38-39). El coloquio entre Jesús y los discípulos versa sobre el sentido existencial de la identidad del Maestro que los invita a una experiencia de vida con él. Esta experiencia de intimidad termina con una profesión de fe «hemos encontrado al Mesías»; v. 41), que sucesivamente se hace apostolado y misión. En efecto, Andrés, después de haber hecho tal experiencia, conduce a su hermano hasta Jesús, que le cambia el nombre de Simón por Pedro, esto es, Cefas, para indicar la misión que desarrollará en la Iglesia.

El interés fundamental del fragmento se concentra, pues, sobre el origen de la fe y de su transmisión mediante el testimonio. Estamos ante un itinerario de fe y ante el descubrimiento del misterio de Jesús, a través del gradual conocimiento y adhesión de los discípulos, luego de la primera manifestación de Jesús como Mesías.

MEDITATIO

Leyendo el evangelio uno queda fascinado por el misterio de la persona de Jesús y por su gran humanidad, que colma y satisface las aspiraciones fundamentales del hombre. Buscar quién es Jesús es descubrirlo a través del comportamiento de las personas que se encuentran con Él. Penetrar en el misterio de Jesús significa observar el mundo que lo rodea y descubrir el modo en que él se relaciona con los otros. La llamada de discípulos tras el Maestro es un hecho que se repite en todo tiempo de la Iglesia. Es importante que un testigo sepa leer los acontecimientos de su vida y, penetrando por experiencia en lo íntimo del corazón de Jesús, sepa indicarlo a los otros. También la misión del Bautista, cuando Jesús se presentó en el Jordán, estaba para terminar: el amigo del esposo debe saber retirarse cuando llega el esposo (d. Jn 3,29-30) para ceder el puesto a otro.

Jesús, que no es de este mundo sino que viene del Padre, debe tomar la iniciativa en la vida de todo hombre. Él pasa siempre entre nosotros, esperando que alguno recoja el testimonio de quien lo anuncia. En la vida de cada uno de nosotros hay un día, un encuentro que ha marcado un cambio radical de nuestra existencia: la llamada personal e imprevisible de Dios con vistas a nuestra misión. Con frecuencia Él, para llamarnos, se sirve de otros "Juan Bautista", que pueden ser los padres, un amigo, un sacerdote, un libro, un retiro espiritual u otra cosa, pero es Él quien nos llama a seguirlo para construir un mundo nuevo. El peligro es que pase en vano por nosotros, por no haberlo escuchado atentamente.

ORATIO

Señor, cada día somos llamados a optar por pertenecerte o rechazarte. Es absurdo, además de peligroso, intentar conciliar lo incompatible. Has puesto en nuestros corazones de creyentes una fuerza, un germen divino: tu Palabra vivificada por el Espíritu Santo. Ella nos posibilita resistir al antiguo tentador y vencer el mal.

Tú nos dijiste con palabras del evangelista Juan que «el que ha nacido de Dios no puede pecar» (l Jn 3,9), porque somos tus hijos y para nosotros vivir es pertenecerte. Esta impecabilidad, sin embargo, no es una realidad ya adquirida sino, más bien, una conquista personal por realizar día a día con tu ayuda y con renuncias, sacrificios, mortificaciones, haciendo fructificar las semillas que son tu Palabra y tu gracia. Recibimos las dos en el bautismo y continuamente las alimentas con las innumerables gracias actuales que tú, Señor, das a quienes creen en ti. Nuestro compromiso quiere ser, pues, el de decirte "sí" en el "dejamos hacer" por tu Espíritu, poniendo en práctica tu Palabra para "obrar en justicia", que es compromiso de amor fraterno y entrega de nuestra vida a quien tiene necesidad de nuestra ayuda.

Señor, haz que en nuestra existencia cotidiana te sepamos buscar siempre con el mismo deseo de los primeros discípulos. A veces te buscamos sin saber quién eres ni dónde podemos encontrarte. Haznos ver cuál es tu morada en nuestro mundo y haz que nuestras fuerzas estén siempre al servicio de los pequeños y de los pobres, entre los cuales has elegido vivir.

CONTEMPLATIO

Hijo de Dios, en tu amor has venido a nosotros para hacer nuevas todas las cosas. Dame tu amor para que yo hable de tu amor a quien me escucha. Dios Altísimo, tú bajaste de los cielos para habitar con nosotros, pecadores. Para que yo pueda contar la belleza de tu amor, concédeme subir donde tú habitas. En tu amor ardiente permite que mi boca anuncie con garra tu buena noticia, concédeme cantar a plena voz tu gloria entre las gentes de esta tierra.

Venid, hermanos amadísimos. Hemos nacido de un solo bautismo. Queremos amar: el amor es la riqueza

grande de quien lo posee. Por el agua bautismal habéis llegado a ser hermanos del Hijo único. Venid, pues, y gustemos con sabiduría cuanto habla del amor. Hoy me conmuevo al hablaros del amor. El amor es delicia, venid y gustad su salvación. Sólo si el amor entra en tu corazón, tus pensamientos se harán luminosos como luz. Sí, tu inteligencia se abrirá a los misterios de Dios (Giacomo de Sarug, Cantico dell'Amor, en Fascicoli di meditazione 39, 3-5).

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra:

« Lo acompañaron, vieron donde vivía y se quedaron aquel día con Él» (Jn 1,39).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

«Maestro, ¿dónde vives?». Enséñame los cominos que conducen o mí mismo, revélame el refugio profundo que tu amor gratuito ha querido construirse en lo íntimo de mi ser. Hoz que, recorriendo hacia atrás uno tras otro los senderos de mi vida consciente, reencuentre siempre en sus orígenes tu gracia misericordioso que previene mis iniciativos y me ofrece mis verdaderos valores (...).

El Señor está presente también en los pequeños ocasiones en que nos ofrece hacer el bien o aceptar el sufrimiento; está presente en estos modestias morados como en los hostias consagrados: bajo las especies de lo contrariedad fortuito, del visitante inoportuno, de lo enfermedad fastidioso o del trabajo ingrato, de un sacrificio que se nos pide, de uno obediencia mediocre. Bajo estos especies está presente moralmente, como está presente corporalmente bajo los especies eucarísticos. Y mi vida transcurre próximo o estos morados; y el curso tortuoso de mis jornadas lo encuentro en codo momento. Pero yo soy demasiado ciego poro advertirlo y descuido los ocasiones de hacer el bien o de aceptar el sufrimiento, como se descuidan los cosos deshabitados o los tugurios en ruinas junto o lo carretero.

«Venid y ved». Señor, ábreme los ojos: que yo aprenda a conocerte en cada una de tus presencias humildes y aprenda a encontrarte en la prosa santificante de mi deber cotidiano. Porque tú habitas justo aquí. Y es en este deber humilde, sea cual sea, donde estoy seguro de encontrarte, no sólo de paso y como furtivamente, sino de modo estable y permanente... (P. Charles, La priére des hommes, París 1957).

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