Homilías Domingo II de Navidad

Lecturas

Aparte de las homilías, podrá ver comentarios de los padres de la Iglesia desglosados por versículos de aquellos textos que tengan enlaces disponibles.

- 1ª Lectura: Si 24, 1-2. 8-12:
- Salmo: Sal 147, 12-15. 19-20:
- 2ª Lectura: Ef 1, 3-6. 15-18:
+ Evangelio: Jn 1, 1-18:


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Basilio Magno, Obispo

Homilía: El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros

Hom. 2, 6; PG 31, 1459-1462. 1471-1474. Liturgia de las Horas (Día de Navidad)

Dios en la tierra, Dios en medio de los hombres, no un Dios que consigna la ley entre resplandores de fuego y ruido de trompetas sobre un monte humeante, o en densa nube entre relámpagos y truenos, sembrando el terror entre quienes escuchan; sino un Dios encarnado, que habla a las creaturas de su misma naturaleza con suavidad y dulzura. Un Dios encarnado, que no obra desde lejos o por medio de profetas, sino a través de la humanidad asumida para revestir su persona, para reconducir a sí, en nuestra misma carne hecha suya, a toda la humanidad. ¿Cómo, por medio de uno solo, el resplandor alcanza a todos? ¿Cómo la divinidad reside en la carne? Como el fuego en el hierro: no por transformación, sino por participación. El fuego, efectivamente, no pasa al hierro: permaneciendo donde está, le comunica su virtud; ni por esta comunicación disminuye, sino que invade con lo suyo a quien se comunica. Así el Dios-Verbo, sin jamás separarse de sí mismo puso su morada en medio de nosotros; sin sufrir cambio alguno se hizo carne; el cielo que lo contenía no quedó privado de él mientras la tierra lo acogió en su seno.

Busca penetrar en el misterio: Dios asume la carne justamente para destruir la muerte oculta en ella. Como los antídotos de un veneno, una vez ingeridos, anulan sus efectos, y como las tinieblas de una casa se disuelven a la luz del sol, la muerte que dominaba sobre la naturaleza humana fue destruida por la presencia de Dios. Y como el hielo permanece sólido en el agua mientras dura la noche y reinan las tinieblas, pero prontamente se diluye al calor del sol, así la muerte reinante hasta la venida de Cristo, apenas resplandeció la gracia de Dios Salvador y surgió el sol de justicia, fue engullida por la victoria (1Co 15, 54), no pudiendo coexistir con la Vida. ¡Oh grandeza de la bondad y del amor de Dios por los hombres!

Démosle gloria con los pastores, exultemos con los ángeles porque hoy ha nacido el Salvador, Cristo el Señor (Lc 2, 11). Tampoco a nosotros se apareció el Señor en forma de Dios, porque habría asustado a nuestra fragilidad, sino en forma de siervo, para restituir a la libertad a los que estaban en la esclavitud. ¿Quién es tan tibio, tan poco reconocido que no goce, no exulte, no lleve dones? Hoy es fiesta para toda creatura. No haya nadie que no ofrezca algo, nadie se muestre ingrato. Estallemos también nosotros en un canto de exultación.

San Agustín, obispo

Tratado: La misma vida se ha manifestado en la carne

Tratado 1,1.3 sobre la primera carta de san Juan: PL 35,1978.1980. Liturgia de las Horas (27 de diciembre)

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplaron y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida. ¿Quién es el que puede tocar con sus manos a la Palabra, si no es porque la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros?

Esta Palabra, que se hizo carne, para que pudiera ser tocada con las manos, comenzó siendo carne cuando se encarnó en el seno de la Virgen María; pero no en ese momento comenzó a existir la Palabra, porque el mismo san Juan dice que existía desde el principio. Ved cómo concuerdan su carta y su evangelio, en el que hace poco oísteis: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios.

Quizá alguno entienda la expresión “la Palabra de la vida” como referida a la persona de Cristo y no al mismo cuerpo de Cristo, que fue tocado con las manos. Fijaos en lo que sigue: Pues la vida se hizo visible. Así, pues, Cristo es la Palabra de la vida.

¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero no se había manifestado a los hombres, pero sí a los ángeles, que la contemplaban y se alimentaban de ella, como de su pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles.

Así, pues, la Vida misma se ha manifestado en la carne, para que, en esta manifestación, aquello que sólo podía ser visto con el corazón fuera también visto con los ojos, y de esta forma sanase los corazones. Pues la Palabra se ve sólo con el corazón, pero la carne se ve también con los ojos corporales. Éramos capaces de ver la carne, pero no lo éramos de ver la Palabra. La Palabra se hizo carne, a la cual podemos ver, para sanar en nosotros aquello que nos hace capaces de ver la Palabra.

Os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó, es decir, se ha manifestado entre nosotros, y, para decirlo aún más claramente, se manifestó en nosotros.

Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos. Que vuestra caridad preste atención: Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos: Ellos vieron al mismo Señor presente en la carne, oyeron las palabras de su boca y lo han anunciado a nosotros. Por tanto, nosotros hemos oído, pero no hemos visto.

Y por ello, ¿somos menos afortunados que aquellos que vieron y oyeron? ¿Y cómo es que añade: Para que estéis unidos con nosotros? Aquéllos vieron, nosotros no; y, sin embargo, estamos en comunión, pues poseemos una misma fe.

En esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa. La alegría completa es la que se encuentra en la misma comunión, la misma caridad, la misma unidad.

San Máximo de Turín

Sermón: Dos nacimientos de Cristo

Sermón 10, sobre la Natividad del Señor: PL 57,24

«Nacido antes de todos los siglos…, tomó carne de la Virgen María» (Credo)

Leemos, queridos hermanos, que en Cristo hay dos nacimientos; tanto el uno como el otro son expresión de un poder divino que nos sobrepasa absolutamente.

Por un lado, Dios engendra a su Hijo a partir de él mismo; por el otro, una virgen lo concibió por intervención de Dios… Por un lado, nace para crear la vida; por el otro, para quitar la muerte. Allí, nace de su Padre; aquí, nace a través de los hombres. Por ser engendrado por el Padre, es el origen del hombre; por su nacimiento humano, libera al hombre. Ni una ni otra forma de nacimiento se pueden expresar propiamente y al mismo tiempo son inseparables…

Cuando enseñamos que hay dos nacimientos en Cristo, no queremos decir que el Hijo de Dios nace dos veces, sino que afirmamos la dualidad de naturaleza en un solo y único Hijo de Dios. Por una parte, nace lo que ya existía; por otra parte se produce lo que todavía no existía. El bienaventurado evangelista Juan lo afirma con estas palabras: «En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios», y también: «La Palabra se hizo carne».

Así pues, Dios que estaba junto a Dios salió de él, y la carne de Dios que no estaba en él salió de una mujer. Así el Verbo se hizo carne, no de manera que Dios quede diluido en el hombre, sino para que el hombre sea gloriosamente elevado en Dios. Por eso Dios no nació dos veces, sino que hubo dos géneros de nacimientos –a saber el de Dios y el del hombre- por los cuales el Hijo único del Padre ha querido ser al mismo tiempo Dios y hombre en una sola persona: «¿Quién podría contar su nacimiento?» (Is 53,8 Vulg)

San Juan Pablo II, papa

Catequesis 02-01-1985

1. “El Verbo se hizo carne y habito entre nosotros” (Jn 1, 14).

En esta primera audiencia del nuevo año tenemos todavía vivo en nuestro espíritu el eco de las palabras con las que el Evangelista Juan anuncia el acontecimiento que señala el cumplimiento y el centro de la historia de la salvación y da al tiempo que sigue, es decir, al nuestro, un valor nuevo: éste es ya el tiempo de la permanencia de Dios con los hombres, porque Dios ha plantado su tienda entre nosotros.

Hemos acogido con los pastores la invitación a acercarnos al portal de Belén, movidos por el deseo de conocer más profundamente quién es Jesucristo y encontrar en El al Salvador “nacido para nosotros en la ciudad de David” (cf. Lc 211).

Junto al Pesebre hemos revivido el acontecimiento histórico del nacimiento de Jesús: en la celebración eucarística, mesa de la Palabra y del Pan del Señor, hemos conocido el misterio de su perenne presencia entre nosotros.

Demos gracias a Dios, queridísimos hermanos y hermanas, por este don que cada año nos es dado gustar nuevamente mediante la celebración de la liturgia de la Iglesia. Gracias a ella, cada hombre, por lejano que se halle en el tiempo del acontecimiento histórico, puede revivir los misterios eternos de Cristo y hacerse presente a la gracia del Verbo de Dios que se hizo hombre como nosotros.

2. La Navidad del Señor, por una providencial coincidencia, está vinculada a la celebración del comienzo del año civil. Es obvio, pues, que de este misterio tenga origen las felicitaciones de buen año que gustosos nos hacemos, recíprocamente. en esta primera audiencia del 1985.

Nuestro tiempo está marcado para siempre por la presencia de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. El primer día del año, que hemos celebrado festivamente ayer recordando el misterio de la maternidad divina de la Virgen, lleva en sí un doble significado: el del recuerdo de un año ya irrevocablemente pasado, y el de la proyección, llena de esperanza, hacia un futuro todavía totalmente por descubrir. Al confiar a la misericordia de Dios los días del año transcurrido con su peso de faltas, desilusiones y sufrimientos, miramos al año nuevo llevando en el corazón expectativas y miedos, temores y esperanzas. Pues bien, para todos aquellos que les gusta mirar adelante en su vida, Jesús ofrece un motivo particular de confianza. El, Hijo de Dios, hecho en la Encarnación hermano nuestro, con su presencia anuncia la superación del miedo : “No temáis, os traigo una buena nueva”, dice el Ángel a los pastores la noche de Navidad (Lc 2, 10). 

Jesucristo es, pues, la razón de nuestras felicitaciones con ocasión del año nuevo. En Él se funda nuestra espera de toda bendición de Dios; sentimos que Él sostiene nuestras fatigas y nuestro trabajo; sabemos que con Él podemos llevar nuestras cruces y empeñarnos en ser artífices de paz, perdonando y buscando siempre reconciliación y amistad.

El deseo primero y fundamental, por tanto, sea éste: que Jesucristo, contemplado por nosotros y comprendido con fe en el misterio de su Natividad, acompañe toda vicisitud del próximo año y nos esté siempre cercano.

3. El año nuevo nos espera también con sus deberes, y yo os pido ante todo una oración por los compromisos de mi ministerio pastoral, dirigido a toda la Iglesia, por las visitas y los viajes que deberé realizar.

Nuestra vida adquiere un sentido si cada uno sabe usar de la propia libertad para afrontar serenamente los deberes y las responsabilidades de su estado. El Espíritu Santo, que Jesucristo nos ha dado, sugerirá a todos los corazones bien dispuestos el camino a seguir en el nuevo año, en correspondencia a la vocación personal y a las exigencias de los hermanos necesitados. Deseo a todos vosotros que cada jornada del nuevo año, al concluirse, os lleve la alegría de haber realizado el bien que de vosotros se esperaba. No existe mayor consuelo en las fatigas cotidianas que el poder decir cada día al anochecer que nos hemos ” vestido de la caridad” de Cristo y hemos tratado de servir a los hermanos en el “vínculo de perfección” que se realiza en el amor (cf. Col 3, 14.)

El mensaje de la Navidad, proyectado en el año nuevo, no nos permite dejarnos arrollar por el desaliento a pesar de las nubes negras que dominan el horizonte. Conservamos la esperanza porque estamos seguros de que el Hijo de Dios, encarnación del poder infinito de su amor, está presente en la historia y en el tiempo. El nos guía y nos enseña a dar a los hombres aquel “suplemento de amor” del que sentimos tanta necesidad frente al aumento de odio y violencia.

4. Confiamos el nuevo año apenas comenzado a la protección de la Virgen, Madre de Dios. Es María quien nos puede decir con certeza que no estamos solos en nuestra historia. Justamente de Ella aprenderemos a decir, ante el anunciarse de la voluntad de Dios sobre nosotros, “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38); y esto cada día, en todo momento. Frente a las previsiones optimistas y felices, o bien pesimistas y preocupadas, María Santísima nos enseña a acoger la Palabra de Dios para comprender que todo el tiempo está proyectado hacia un futuro que se encuentra en las manos de Dios, porque se halla definitivamente marcado por el misterio de la Encarnación y la plena revelación de Jesucristo. Esta fe nos abre el corazón a una esperanza llena de consuelo y de gozo.

5. Con estos sentimientos, queridísimos, os bendigo, en el umbral del año nuevo, formulando los mejores deseos para vosotros que estáis aquí, para todos vuestros seres queridos, para los buenos deseos que tenéis en vuestro espíritu y para las actividades que desarrolláis en cumplimiento de los deberes inherentes a vuestra profesión. La bendición apostólica que gustoso os imparto sea para todos prenda y deseo de todo bien.

Catequesis, 13-01-1988

[…] 5. El orden soteriológico tiene su eje en la Encarnación; y también los “milagros-signos” de que hablan los Evangelios, encuentran su fundamento en la realidad misma del Hombre-Dios. Esta realidad-misterio abarca y supera todos los acontecimientos milagrosos en conexión con la misión mesiánica de Cristo. Se puede decir que la Encarnación es el “milagro de los milagros”, el “milagro” radical y permanente del orden nuevo de la creación.La entrada de Dios en la dimensión de la creación se verifica en la realidad de la Encarnación de manera única y, a los ojos de la fe, llega a ser “signo” incomparablemente superior a todos los demás “signos” milagrosos de la presencia y del obrar divino en el mundo. Es más, todos estos otros “signos” tienen su raíz en la realidad de la Encarnación, irradian de su fuerza atractiva, son testigos de ella. Hacen repetir a los creyentes lo que escribe el evangelista Juan al final del Prólogo sobre la Encarnación: “Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

6. Si la Encarnación es el signo fundamental al que se refieren todos los “signos” que dan testimonio a los discípulos y a la humanidad de que “ha llegado… el reino de Dios” (cf. Lc 11, 20), hay también un signo último y definitivo, al que alude Jesús, haciendo referencia al Profeta Jonás: “Porque, como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de a tierra” (Mt 12, 40): es el “signo” de la resurrección.

Jesús prepara a los Apóstoles para este “signo” definitivo, pero lo hace gradualmente y con tacto, recomendándoles discreción “hasta cierto tiempo”. Una alusión particularmente clara tiene lugar después de la transfiguración en el monte: “Bajando del monte, les prohibió contar a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitase de entre los muertos” (Mc 9, 9). Podemos preguntarnos el porqué de esta gradualidad. Se puede responder que Jesús sabía bien cómo se habrían de complicar las cosas si los Apóstoles y los demás discípulos hubiesen comenzado a discutir sobre la resurrección, para cuya comprensión no estaban suficientemente preparados, como se desprende del comentario que el evangelista mismo hace a continuación: “Guardaron aquella orden, y se preguntaban qué era aquello de ‘cuando resucitase de entre los os muertos’” (Mc 9, 10). Además, se puede decir que la resurrección de entre los muertos, aún anunciada una y otra vez, estaba en la cima de aquella especie de “secreto mesiánico” que Jesús quiso mantener a lo largo de todo el desarrollo de su vida y de su misión, hasta el momento del cumplimiento y de la revelación finales, que tuvieron lugar precisamente con el “milagro de los milagros”, la Resurrección, que, según San Pablo, es el fundamento de nuestra fe (cf. 1 Cor 15, 12-19).

Catequesis: Jesucristo, verdadero hombre 27-01-1988

[…] 3.  Los testimonios bíblicos sobre la verdadera humanidad de Jesucristo son numerosos y claros. Queremos reagruparlos ahora para explicarlos después en las próximas catequesis.

El punto de arranque es aquí la verdad de la Encarnación: “Et incarnatus est”, profesamos en el Credo. Más distintamente se expresa esta verdad en e el Prólogo del Evangelio de Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Carne (en griego “sarx”) significa el hombre en concreto, que comprende la corporeidad, y por tanto la precariedad, la debilidad, en cierto sentido la caducidad (“Toda carne es hierba”, leemos en el libro de Isaías 40, 6).

Jesucristo es hombre en este significado de la palabra “carne”.

Esta carne —y por tanto la naturaleza humana— la ha recibido Jesús de su Madre, María, la Virgen de Nazaret. Si San Ignacio de Antioquía llama a Jesús “sarcóforos” (Ad Smirn., 5), con esta palabra indica claramente su nacimiento humano de una Mujer, que le ha dado la “carne humana”. San Pablo había dicho ya que “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gál4, 4).

4. El Evangelista Lucas habla de este nacimiento de una Mujer, cuando describe los acontecimientos de la noche de Belén: “Estando allí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lc 2, 6-7). El mismo Evangelista nos da a conocer que, el octavo día después del nacimiento, el Niño fue sometido a la circuncisión ritual y “le dieron el nombre de Jesús” (Lc 2, 21). El día cuadragésimo fue ofrecido como “primogénito” en el templo jerosolimitano según la ley de Moisés (cf. Lc 2, 22-24).

Y, como cualquier otro niño, también este “Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría” (Lc 2, 40). “Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).

5. Veámoslo de adulto, como nos lo presentan más frecuentemente los Evangelios. Como verdadero hombre, hombre de carne (sarx), Jesús experimentó el cansancio, el hambre y la sed. Leemos: “Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre” (Mt4, 2). Y en otro lugar: “Jesús, fatigado del camino, se sentó sin más junto a la fuente… Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: dame de beber” (Jn 4, 6-7).

Jesús tiene pues un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la crucifixión. Durante la terrible agonía, mientras moría en el madero de la cruz, Jesús pronuncia aquel su “Tengo sed” (Jn 19, 28), en el cual está contenida una última, dolorosa y conmovedora expresión de la verdad de su humanidad.

6.  Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir como sufrió Jesús en el Gólgota, sólo un verdadero hombre ha podido morir como murió verdaderamente Jesús. Esta muerte la constataron muchos testigos oculares, no sólo amigos y discípulos sino, como leemos en el Evangelio de Juan, los mismos soldados que “llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 33-34).

“Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”: con estas palabras del Símbolo de los Apóstoles la Iglesia profesa la verdad del nacimiento y de la muerte de Jesús. La verdad de la Resurrección se atestigua inmediatamente después con las palabras: “al tercer día resucitó de entre los muertos”.

7. La Resurrección confirma de modo nuevo que Jesús es verdadero hombre: si el Verbo para nacer en el tiempo “se hizo carne”, cuando resucito volvió a tomar el propio cuerpo de hombre. Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir y morir en la cruz, sólo un verdadero hombre ha podido resucitar. Resucitar quiere decir volver a la vida en el cuerpo. Este cuerpo puede ser transformado, dotado de nuevas cualidades y potencias, y al final incluso glorificado (como en la Ascensión de Cristo y en la futura resurrección de los muertos), pero es cuerpo verdaderamente humano. En efecto, Cristo resucitado se pone en contacto con los Apóstoles, ellos lo ven, lo miran, tocan a las cicatrices que quedaron después de la crucifixión, y Él no sólo habla y se entretiene con ellos, sino que incluso acepta su comida: “Le dieron un trozo de pez asado, y tomándolo, comió delante de ellos” (Lc 24, 42-43). Al final Cristo, con este cuerpo resucitado y ya glorificado, pero siempre cuerpo de verdadero hombre, asciende al cielo, para sentarse “a la derecha del Padre”.

8. Por tanto, verdadero Dios y verdadero hombre. No un hombre aparente, no un “fantasma” (homo phantasticus), sino hombre real. Así lo conocieron los Apóstoles y el grupo de creyentes que constituyó la Iglesia de los comienzos. Así nos hablaron en su testimonio.

Notamos desde ahora que, así las cosas, no existe en Cristo una antinomia entre lo que es “divino” y lo que es “humano”. Si el hombre, desde el comienzo, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 27; 5, 1), y por tanto lo que es “humano” puede manifestar también lo que es “divino”, mucho más ha podido ocurrir esto en Cristo. Él reveló su divinidad mediante la humanidad, mediante una vida auténticamente humana. Su “humanidad” sirvió para revelar su “divinidad”: su Persona de Verbo-Hijo.

Al mismo tiempo Él como Dios-Hijo no era, por ello, “menos” hombre. Para revelarse como Dios no estaba obligado a ser “menos” hombre. Más aún: por este hecho Él era “plenamente” hombre, o sea, en la asunción de la naturaleza humana en unidad con la Persona divina del Verbo, Él realizaba en plenitud la perfección humana. Es una dimensión antropológica de la cristología, sobre la que volveremos a hablar.

Catequesis, 02-01-2002

1. […] prolongamos la contemplación del gran misterio de la Encarnación, que estamos viviendo en estos días y que constituye un auténtico fulcro del tiempo litúrgico.

Retomando la expresión de san Juan:  “El Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14), la reflexión doctrinal de la Iglesia ha acuñado el término “encarnación” para indicar el hecho de que el Hijo de Dios asumió plena y completamente la naturaleza humana para realizar en ella y a través de ella nuestra salvación. El Catecismo de la Iglesia católica recuerda que la fe en la encarnación real del Hijo de Dios es el “signo distintivo” de la fe cristiana (cf. n. 463).

Por lo demás, es lo que profesamos con las palabras del Credo niceno-constantinopolitano:  “Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó en el seno de la Virgen María y se hizo hombre”.

2. En el nacimiento del Hijo de Dios del seno virginal de María los cristianos reconocen la infinita condescendencia del Altísimo hacia el hombre y hacia la creación entera. Con la Encarnación, Dios viene a visitar a su pueblo:  “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo” (Lc 1, 68-69). Y la visita de Dios siempre es eficaz:  libera de la aflicción y da esperanza, trae salvación y alegría.

En el relato del nacimiento de Jesús, vemos que la alegre nueva de la venida del Salvador esperado es comunicada en primer lugar a un grupo de pobres pastores, como refiere el evangelio de san Lucas:  “Un ángel del Señor se presentó a los pastores” (Lc 2, 9). De ese modo, san Lucas, que en cierto sentido podríamos definir el “evangelista” de la Navidad, quiere subrayar la benevolencia y la delicadeza de Dios para con los pequeños y los humildes, a los que se manifiesta y que de ordinario están mejor dispuestos a reconocerlo y acogerlo.

La señal que se da a los pastores, la manifestación de la majestad infinita de Dios en un niño, está llena de esperanzas y promesas:  “Aquí tenéis la señal:  encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12).

Ese mensaje encuentra un eco inmediato en el corazón humilde y disponible de los pastores. Para ellos la palabra que el Señor les da a conocer es seguramente algo real, un “acontecimiento” (cf. Lc 2, 15). Por eso, acuden presurosos, encuentran la señal que se les había prometido e inmediatamente se convierten en los primeros misioneros del Evangelio, difundiendo en su entorno la buena nueva del nacimiento de Jesús.

3. En estos días hemos escuchado nuevamente el canto de los ángeles en Belén:  “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama” (Lc 2, 14). Este canto debe difundirse en el mundo también en nuestro tiempo, que entraña grandes esperanzas y extraordinarias aperturas en todos los ámbitos, pero que igualmente encierra fuertes tensiones y dificultades. Para que en el nuevo año, recién comenzado, la humanidad pueda avanzar de un modo más ágil y seguro por los caminos de la paz, hace falta la colaboración activa de todos.

Por eso, ayer, con ocasión de la Jornada mundial de la paz, quise subrayar el vínculo que existe entre la paz, la justicia y el perdón. Realmente “no hay paz sin justicia” y “no hay justicia sin perdón”. Por tanto, debe crecer en todos un fuerte deseo de reconciliación, sostenido por una sincera voluntad de perdón. A lo largo de todo el año nuestra oración debe hacerse más fuerte e insistente, para obtener de Dios el don de la paz y de la fraternidad, especialmente en las zonas más agitadas del mundo.

4. Así entramos en el nuevo año con confianza, imitando la fe y la dócil disponibilidad de María, que conserva y medita en su corazón (cf. Lc 2, 19) todas las cosas maravillosas que están aconteciendo ante sus ojos. Dios mismo realiza por medio de su Hijo unigénito la plena y definitiva salvación en favor de la humanidad entera.

Contemplamos a la Virgen mientras acoge entre sus brazos a Jesús para darlo a todos los hombres. Como ella, también nosotros miramos con atención y conservamos en el corazón las maravillas que Dios lleva a cabo cada día en la historia. Así aprenderemos a reconocer en la trama de la vida diaria la intervención constante de la divina Providencia, que todo lo guía con sabiduría y amor. Una vez más, ¡Feliz Año nuevo a todos!

Ángelus: 05-01-2003

1. La liturgia de este domingo nos vuelve a proponer, en el prólogo del evangelio de san Juan, el misterio sublime de la encarnación del Verbo eterno, que vino a habitar entre nosotros.

Escribe el evangelista:  “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”, que “brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la acogieron” (Jn 1, 4-5). Pero a los que la acogieron, les dio “poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). Y termina con esta afirmación solemne:  “A Dios nadie lo ha visto jamás:  el Hijo unigénito,  que está en el seno del Padre, es  quien  lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18).

Estas palabras, aunque resuenan en el corazón de la Iglesia desde hace más de dos mil años, conservan toda su novedad y actualidad. En Jesús, Hijo unigénito del Padre, Dios se revela totalmente y hace partícipe de su vida a todo ser humano que lo reconoce como Salvador. El Niño nacido en Belén es verdaderamente el “coetáneo” de toda persona que viene a la tierra.

2. Por tanto, es también nuestro “contemporáneo”. Los dones del Señor no caducan nunca. Esta es la buena nueva de la Navidad:  la luz divina, que inundó el corazón de María y de José, y guió los pasos de los pastores y de los Magos, brilla también hoy para nosotros.

El drama es que muchos no conocen a Cristo, luz del mundo, mientras que otros no lo acogen o, incluso, lo rechazan. Desgraciadamente, en nuestra sociedad se ha difundido una cultura impregnada de egoísmo y cerrada al conocimiento y al amor de Dios. Es una cultura que, rechazando de hecho una sólida referencia a la trascendencia divina, engendra extravío e insatisfacción, indiferencia y soledad, odio y violencia. ¡Cuán urgente es, por tanto, testimoniar con alegría el único mensaje de salvación, antiguo y siempre nuevo, del Evangelio de la vida y de la luz, de la esperanza y del amor!

3. María, Estrella de la evangelización, a quien invocamos con confianza, nos sostenga siempre para que permanezcamos fieles a la vocación cristiana y realicemos las aspiraciones de justicia y paz, que anhelamos ardientemente al inicio de este nuevo año.

Ángelus: 04-01-2004

1. En este primer domingo del nuevo año, el segundo después de la Navidad, la liturgia vuelve a proponer a nuestra meditación la estupenda página del prólogo del evangelio de san Juan.
“Al principio -escribe- era el Verbo…” (Jn 1, 1). El término griego es “Logos“, pero en la mente del Apóstol se trata de una referencia a la “Sabiduría”, que en el Antiguo Testamento es personificada como reguladora del cosmos y de la historia. “…Y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios… Todas las cosas fueron hechas por él” (Jn 1, 1. 3).

2. Sin embargo, la afirmación sorprendente es esta:  “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Precisamente san Juan, que fija la mirada de la fe en el origen divino de Cristo, insiste con fuerza en la realidad de su encarnación. Junta dos términos aparentemente incompatibles:  “Verbo” y “carne”. ¡Sí! Jesús es verdadero Dios verdadero hombre. Es el Hijo unigénito de Dios, a quien san Juan y los demás Apóstoles “vieron”, “oyeron” y “tocaron” (cf. 1 Jn 1, 1-3). En su humanidad, habita toda la plenitud de la divinidad (cf. Col2, 9).

3. Queridos hermanos, guiados por el evangelista san Juan, acerquémonos al misterio del Niño de Belén, en quien Dios ha revelado plenamente su rostro. Contemplemos en silencio, juntamente con la Virgen María, al Verbo eterno, que por nosotros se hizo niño. A cuantos creen en su nombre, hoy como entonces, les da el “poder de hacerse hijos de Dios” (cf. Jn 1, 12). ¡Este es el misterio y el don de la Navidad!

Ángelus, 02-01-2005

1. En este primer domingo del nuevo año resuena nuevamente en la liturgia el evangelio del día de Navidad:  “El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

El Verbo de Dios es la Sabiduría eterna, que actúa en el cosmos y en la historia; Sabiduría que en el misterio de la Encarnación se reveló plenamente, para instaurar un reino de vida, de amor y de paz.

2. La fe también nos enseña que, incluso en las pruebas más difíciles y dolorosas, como la calamidad que devastó en los días pasados el sureste asiático, Dios no nos abandona jamás:  en el misterio de la Navidad ha venido a compartir nuestra existencia.

El Niño de Belén es el mismo que, en la víspera de su muerte redentora, nos dejará el mandamiento de amarnos unos a otros como él nos ha amado (cf. Jn 13, 34). En el cumplimiento concreto de este mandamiento “suyo” él nos hace sentir su presencia.

3. Este mensaje evangélico da fundamento a la esperanza de un mundo mejor, a condición de que caminemos en “su” amor. Que, al inicio de un nuevo año, la Madre del Señor nos ayude a hacer nuestro este programa de vida.

Beato Pablo VI, papa

Catequesis: El Evangelio de la Navidad, 11-01-1979

El Evangelio de la Navidad

Navidad. Esta es una meditación sin fin, siempre inagotablemente rica en temas fundamentales que se refieren a nuestra relación con Dios. Nos despediremos de la celebración del gran acontecimiento navideño tomando para nosotros la ejemplaridad que le es propia, ejemplaridad tal que puede servirnos como revelación del pensamiento divino sobre nuestras cosas; y puede, además, conformar nuestra existencia presente a la forma que sirva mejor para acercarla a la de Dios hecho hombre. El Señor, ya antes de enseñarnos con su palabra, había sido nuestro maestro con el ejemplo de sus obras y con el Evangelio de su aparición entre nosotros en forma humana.

Sólo poner ante nuestra consideración la historia de la vida de Cristo suscita problemas que nunca conseguiremos resolver completamente, pero siempre veremos irradiar de la presencia de Cristo en el mundo tal luz de verdad, tal consuelo de esperanza y de vida que advertiremos que El es la luz del mundo; y que sólo dentro del cono luminoso de doctrina que la “Iglesia nos ofrece sobre El, podemos gozar de su luz y obtener nuestra salvación.

Lo que quiere decir que debemos sentirnos obligados a fijar la mirada de nuestra fe en Cristo Señor, con adhesión total de pensamiento y de vida. Recordemos las palabras finales del prólogo del Evangelio de San Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

Pero en este punto de nuestra contemplación sobre el Verbo de Dios hecho carne, en vez de encontrar su gloria nos encontramos en el marco de la vida temporal de Jesús, su humillación, su pequeñez, su anonadamiento; no encontramos la exaltación sino la negación de los valores de nuestra vida presente. El pesebre nos lo dice. La humildad de Cristo será nuestra sorpresa. Una humildad que mortifica nuestras expectativas mesiánicas y que nos obliga a modificar e incluso a contraponer la estima de lo que creemos bienes necesarios para nuestra existencia natural. Y esto lo recordamos refiriéndonos a dos virtudes cristianas, es decir, a dos dimensiones negativas características de nuestra presencia en el mundo; queremos decir la humildad y la pobreza.

El que Dios se haya querido manifestar y haya querido convivir con nosotros en humildad absoluta es algo que altera y transforma totalmente nuestros juicios sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con las cosas y con los acontecimientos del mundo. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt11, 29). Y esta postura de humildad afecta profundamente no sólo a las formas exteriores de la vida de Cristo, sino también a las formas esenciales de la vida, de la doctrina y de la misión de Dios hecho hombre. Debemos citar aquí una sentencia conocidísima de San Pablo que contiene la síntesis y nos ofrece la clave para la comprensión de la figura completa de Cristo; es la cita de las palabras relativas a la kénosis de Cristo, es decir, a su anonadamiento para cumplir el designio de nuestra redención, palabras de la Carta de San Pablo a los filipenses (2, 5-11): “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, quien, existiendo en forma de Dios, no reputó como botín (codiciable) ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en las regiones subterráneas, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”.

Nuestra meditación se detiene aquí y se hace admiración inmensa. La mortificación de Cristo se convierte en principio y modelo para nuestra exaltación. Esto sobre la humildad del Hombre Dios introducida con su aparición en el mundo; y se pueden hacer observaciones análogas sobre la pobreza de la venida de Cristo entre los hombres. Por todo ello se da un cambio radical en la evaluación de los bienes propios de la esfera natural de la vida presente; este cambio califica al cristianismo en el que la humildad y la pobreza encontrarán expresiones desconocidas en las concepciones naturales del vivir humano, y tendrá como recompensa la conquista sobrenatural del reino de Dios, de la vida nueva prometida a los humildes de corazón y a los pobres de espíritu.

¡Pensémoslo bien! ¡Esto es el Evangelio! (cf. San Agustín, Serm. 30; PL 38, 191-192; p.Giammaria da Spirano, I Fioretti di S. Francesco d’Assisi, Martello, Milán, 1960),

Con nuestra bendición apostólica.

Benedicto XVI, papa

Catequesis 03-01-2007

[…] Esta primera audiencia general del nuevo año se celebra aún en el clima navideño, en una atmósfera que nos invita a la alegría por el nacimiento del Redentor. Al venir al mundo, Jesús distribuyó abundantemente entre los hombres dones de bondad, de misericordia y de amor. Interpretando los sentimientos de los hombres de todos los tiempos, el apóstol san Juan afirma: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios” (1 Jn 3, 1). Quien se detiene a meditar ante el Hijo de Dios que yace inerme en el pesebre no puede por menos de quedar sorprendido por este acontecimiento humanamente increíble; no puede por menos de compartir el asombro y el humilde abandono de la Virgen María, que Dios escogió como Madre del Redentor precisamente por su humildad.

En el Niño de Belén todos los hombres descubren que son amados gratuitamente por Dios; con la luz de la Navidad se nos manifiesta a cada uno de nosotros la infinita bondad de Dios. En Jesús el Padre celestial inauguró una nueva relación con nosotros; nos hizo “hijos en su Hijo”. Durante estos días san Juan nos invita a meditar precisamente sobre esta realidad, con la riqueza y la profundidad de su palabra, de la que hemos escuchado un pasaje.

El Apóstol predilecto del Señor subraya que “somos realmente hijos” (cf. 1 Jn 3, 1). No somos sólo criaturas; somos hijos. De este modo Dios está cerca de nosotros; de este modo nos atrae hacia sí en el momento de su encarnación, al hacerse uno de nosotros. Por consiguiente, pertenecemos verdaderamente a la familia que tiene a Dios como Padre, porque Jesús, el Hijo unigénito, vino a poner su tienda en medio de nosotros, la tienda de su carne, para congregar a todas las gentes en una única familia, la familia de Dios, que pertenece realmente al Ser divino: todos estamos unidos en un solo pueblo, en una sola familia.

Vino para revelarnos el verdadero rostro del Padre. Y si ahora nosotros usamos la palabra Dios, ya no se trata de una realidad conocida sólo desde lejos. Nosotros conocemos el rostro de Dios: es el rostro del Hijo, que vino para hacer más cercanas a nosotros, a la tierra, las realidades celestes. San Juan explica: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero” (1 Jn 4, 10).

En la Navidad resuena en el mundo entero el anuncio sencillo y desconcertante: “Dios nos ama”. “Nosotros amamos -dice san Juan- porque él nos amó primero” (1 Jn 4, 19). Este misterio ya está puesto en nuestras manos porque, al experimentar el amor divino, vivimos orientados hacia las realidades del cielo. Y el ejercicio de estos días consiste también en vivir realmente orientados hacia Dios, buscando ante todo el Reino y su justicia, con la certeza de que lo demás, todo lo demás, se nos dará como añadidura (cf. Mt 6, 33). El clima espiritual del tiempo navideño nos ayuda a crecer en esta conciencia.

Sin embargo, la alegría de la Navidad no nos hace olvidar el misterio del mal (mysterium iniquitatis), el poder de las tinieblas, que trata de oscurecer el esplendor de la luz divina; y, por desgracia, experimentamos cada día este poder de las tinieblas. En el prólogo de su Evangelio, que hemos proclamado varias veces en estos días, el evangelista san Juan escribe: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la acogieron” (Jn 1, 5).

Es el drama del rechazo de Cristo, que, como en el pasado, también hoy se manifiesta y se expresa, por desgracia, de muchos modos diversos. Tal vez en la época contemporánea son incluso más solapadas y peligrosas las formas de rechazo de Dios: van desde el rechazo neto hasta la indiferencia, desde el ateísmo cientificista hasta la presentación de un Jesús que dicen moderno y posmoderno. Un Jesús hombre, reducido de modo diverso a un simple hombre de su tiempo, privado de su divinidad; o un Jesús tan idealizado que parece a veces personaje de una fábula.

Pero Jesús, el verdadero Jesús de la historia, es verdadero Dios y verdadero hombre, y no se cansa de proponer su Evangelio a todos, sabiendo que es “signo de contradicción para que se revelen los pensamientos de muchos corazones” (cf. Lc 2, 34-35), como profetizó el anciano Simeón. En realidad, sólo el Niño que yace en el pesebre posee el verdadero secreto de la vida. Por eso pide que lo acojamos, que le demos espacio en nosotros, en nuestro corazón, en nuestras casas, en nuestras ciudades y en nuestras sociedades.

En la mente y en el corazón resuenan las palabras del prólogo de san Juan: “A todos los que lo acogieron les dio poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). Tratemos de contarnos entre los que lo acogen. Ante él nadie puede quedar indiferente. También nosotros, queridos amigos, debemos tomar posición continuamente.

¿Cuál será, por tanto, nuestra respuesta? ¿Con qué actitud lo acogemos? Viene en nuestra ayuda la sencillez de los pastores y la búsqueda de los Magos que, a través de la estrella, escrutan los signos de Dios; nos sirven de ejemplo la docilidad de María y la sabia prudencia de José. Los más de dos mil años de historia cristiana están llenos de ejemplos de hombres y mujeres, de jóvenes y adultos, de niños y ancianos que han creído en el misterio de la Navidad y han abierto sus brazos al Emmanuel, convirtiéndose con su vida en faros de luz y de esperanza.

El amor que Jesús trajo al mundo al nacer en Belén une a los que lo acogen en una relación duradera de amistad y fraternidad. San Juan de la Cruz afirma: Dios “lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. (…) Pon los ojos sólo en él (…) y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas” (Subida del monte Carmelo, libro II, cap. 22, 4-5).

Queridos hermanos y hermanas, al inicio de este nuevo año renovemos en nosotros el compromiso de abrir a Cristo la mente y el corazón, manifestándole sinceramente la voluntad de vivir como verdaderos amigos suyos. Así seremos colaboradores de su proyecto de salvación y testigos de la alegría que él nos da para que la difundamos abundantemente en nuestro entorno.

Que nos ayude María a abrir nuestro corazón al Emmanuel, que asumió nuestra pobre y frágil carne para compartir con nosotros el fatigoso camino de la vida terrena. Con todo, en compañía de Jesús este fatigoso camino se transforma en un camino de alegría. Caminemos juntamente con Jesús, caminemos con él; así el año nuevo será un año feliz y bueno.

Ángelus: 04-01-2009

La liturgia nos propone volver a meditar en el mismo Evangelio proclamado en el día de Navidad, es decir, el Prólogo de san Juan. Después del bullicio de los días pasados con el afán de comprar regalos, la Iglesia nos invita a contemplar de nuevo el misterio del Nacimiento de Cristo para comprender mejor su profundo significado y su importancia para nuestra vida. Se trata de un texto admirable que ofrece una síntesis vertiginosa de toda la fe cristiana.

Comienza por lo alto: “En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1, 1); he aquí la novedad inaudita y humanamente inconcebible: “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14 a). No es una figura retórica, sino una experiencia vivida. La refiere san Juan, testigo ocular: “Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14 b). No es la palabra erudita de un rabino o de un doctor de la ley, sino el testimonio apasionado de un humilde pescador que, atraído en su juventud por Jesús de Nazaret, en los tres años de vida común con él y con los demás Apóstoles, experimentó su amor —hasta el punto de definirse a sí mismo “el discípulo al que Jesús amaba”—, lo vio morir en la cruz y aparecerse resucitado, y junto con los demás recibió su Espíritu. De toda esta experiencia, meditada en su corazón, san Juan sacó una certeza íntima: Jesús es la Sabiduría de Dios encarnada, es su Palabra eterna, que se hizo hombre mortal.

Para un verdadero israelita, que conoce las Sagradas Escrituras, esto no es una contradicción; al contrario, es el cumplimiento de toda la antigua Alianza: en Jesucristo llega a su plenitud el misterio de un Dios que habla a los hombres como a amigos, que se revela a Moisés en la Ley, a los sabios y a los profetas. Conociendo a Jesús, estando con él, escuchando su predicación y viendo los signos que realizaba, los discípulos reconocieron que en él se cumplían todas las Escrituras. Como afirmará después un autor cristiano: “Toda la divina Escritura constituye un único libro y este libro único es Cristo, habla de Cristo y encuentra en Cristo su cumplimiento” (Hugo de San Víctor, De arca Noe, 2, 8).

Cada hombre y cada mujer necesita encontrar un sentido profundo para su propia existencia. Y para esto no bastan los libros, ni siquiera las Sagradas Escrituras. El Niño de Belén nos revela y nos comunica el verdadero “rostro” de Dios, bueno y fiel, que nos ama y no nos abandona ni siquiera en la muerte. “A Dios nadie lo ha visto jamás —concluye el Prólogo de san Juan—: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1, 18).

La primera que abrió el corazón y contempló “al Verbo que se hizo carne” fue María, la Madre de Jesús. Una humilde muchacha de Galilea se convirtió así en la “sede de la Sabiduría”. Al igual que el apóstol san Juan, cada uno de nosotros está invitado a “acogerla en su casa” (cf. Jn 19, 27), para conocer profundamente a Jesús y experimentar el amor fiel e inagotable. Este es mi deseo para cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, al inicio de este año nuevo.

Ángelus: 03-10-2010

En este domingo —segundo después de Navidad y primero del año nuevo— me alegra renovar a todos mi deseo de todo bien en el Señor. No faltan los problemas, en la Iglesia y en el mundo, al igual que en la vida cotidiana de las familias. Pero, gracias a Dios, nuestra esperanza no se basa en pronósticos improbables ni en las previsiones económicas, aunque sean importantes. Nuestra esperanza está en Dios, no en el sentido de una religiosidad genérica, o de un fatalismo disfrazado de fe. Nosotros confiamos en el Dios que en Jesucristo ha revelado de modo completo y definitivo su voluntad de estar con el hombre, de compartir su historia, para guiarnos a todos a su reino de amor y de vida. Y esta gran esperanza anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas.

De esa revelación nos hablan hoy, en la liturgia eucarística, tres lecturas bíblicas de una riqueza extraordinaria: el capítulo 24 del Libro del Sirácida, el himno que abre la Carta a los Efesios de san Pablo y el prólogo del Evangelio de san Juan. Estos textos afirman que Dios no sólo es el creador del universo —aspecto común también a otras religiones— sino que es Padre, que “nos eligió antes de crear el mundo (…) predestinándonos a ser sus hijos adoptivos” (Ef 1, 4-5) y que por esto llegó hasta el punto inconcebible de hacerse hombre: “El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1, 14). El misterio de la Encarnación de la Palabra de Dios fue preparado en el Antiguo Testamento, especialmente donde la Sabiduría divina se identifica con la Ley de Moisés. En efecto, la misma Sabiduría afirma: “El creador del universo me hizo plantar mi tienda, y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, entra en la heredad de Israel”” (Si 24, 8). En Jesucristo, la Ley de Dios se ha hecho testimonio vivo, escrita en el corazón de un hombre en el que, por la acción del Espíritu Santo, reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col 2, 9).

Queridos amigos, esta es la verdadera razón de la esperanza de la humanidad: la historia tiene un sentido, porque en ella “habita” la Sabiduría de Dios. Sin embargo, el designio divino no se cumple automáticamente, porque es un proyecto de amor, y el amor genera libertad y pide libertad. Ciertamente, el reino de Dios viene, más aún, ya está presente en la historia y, gracias a la venida de Cristo, ya ha vencido a la fuerza negativa del maligno. Pero cada hombre y cada mujer es responsable de acogerlo en su vida, día tras día. Por eso, también 2010 será un año más o menos “bueno” en la medida en que cada uno, de acuerdo con sus responsabilidades, sepa colaborar con la gracia de Dios. Por lo tanto, dirijámonos a la Virgen María, para aprender de ella esta actitud espiritual. El Hijo de Dios tomó carne de ella, con su consentimiento. Cada vez que el Señor quiere dar un paso adelante, junto con nosotros, hacia la “tierra prometida”, llama primero a nuestro corazón; espera, por decirlo así, nuestro “sí”, tanto en las pequeñas decisiones como en las grandes. Que María nos ayude a aceptar siempre la voluntad de Dios, con humildad y valentía, a fin de que también las pruebas y los sufrimientos de la vida contribuyan a apresurar la venida de su reino de justicia y de paz.

Ángelus: 02-01-2011

Os renuevo a todos mis mejores deseos para el año nuevo y doy las gracias a cuantos me han enviado mensajes de cercanía espiritual. La liturgia de este domingo vuelve a proponer el Prólogo del Evangelio de san Juan, proclamado solemnemente en el día de Navidad. Este admirable texto expresa, en forma de himno, el misterio de la Encarnación, que predicaron los testigos oculares, los Apóstoles, especialmente san Juan, cuya fiesta, no por casualidad, se celebra el 27 de diciembre. Afirma san Cromacio de Aquileya que «Juan era el más joven de todos los discípulos del Señor; el más joven por edad, pero ya anciano por la fe» (Sermo II, 1 De Sancto Iohanne Evangelista: CCL 9a, 101). Cuando leemos: «En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1), el Evangelista —al que tradicionalmente se compara con un águila— se eleva por encima de la historia humana escrutando las profundidades de Dios; pero muy pronto, siguiendo a su Maestro, vuelve a la dimensión terrena diciendo: «Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). El Verbo es «una realidad viva: un Dios que… se comunica haciéndose él mismo hombre» (J. Ratzinger, Teologia della liturgia, LEV 2010, p. 618). En efecto, atestigua Juan, «puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria» (Jn 1, 14). «Se rebajó hasta asumir la humildad de nuestra condición —comenta san León Magno— sin que disminuyera su majestad» (Tractatus XXI, 2: CCL 138, 86-87). Leemos también en el Prólogo: «De su plenitud hemos recibido todos, gracia por gracia» (Jn 1, 16). «¿Cuál es la primera gracia que hemos recibido? —se pregunta san Agustín, y responde— Es la fe». La segunda gracia, añade en seguida, es «la vida eterna» (Tractatus in Ioh. III, 8.9: ccl 36, 24.25).

Catequesis 04-012-2012

[…] Estamos en el tiempo litúrgico de Navidad, que comienza la noche del 24 de diciembre con la vigilia y concluye con la celebración del Bautismo del Señor. El arco de los días es breve, pero denso de celebraciones y de misterios, y todo él se centra en torno a las dos grandes solemnidades del Señor: Navidad y Epifanía. El nombre mismo de estas dos fiestas indica su respectiva fisonomía. La Navidad celebra el hecho histórico del nacimiento de Jesús en Belén. La Epifanía, nacida como fiesta en Oriente, indica un hecho, pero sobre todo un aspecto del Misterio: Dios se revela en la naturaleza humana de Cristo y este es el sentido del verbo griego epiphaino, hacerse visible. En esta perspectiva, la Epifanía hace referencia a una pluralidad de acontecimientos que tienen como objeto la manifestación del Señor: de modo especial la adoración de los Magos, que reconocen en Jesús al Mesías esperado, pero también el Bautismo en el río Jordán con su teofanía —la voz de Dios desde lo alto— y el milagro en las bodas de Caná, como primer «signo» realizado por Cristo. Una bellísima antífona de la Liturgia de las Horas unifica estos tres acontecimientos en torno al tema de las bodas entre Cristo y la Iglesia: «Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial Esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los Magos acuden con regalos a las bodas del Rey y los invitados se alegran por el agua convertida en vino» (Antífona deLaudes). Casi podemos decir que en la fiesta de Navidad se pone de relieve el ocultamiento de Dios en la humildad de la condición humana, en el Niño de Belén. En la Epifanía, en cambio, se evidencia su manifestación, la aparición de Dios a través de esta misma humanidad.

En esta catequesis quiero hacer referencia brevemente a algún tema propio de la celebración de la Navidad del Señor a fin de que cada uno de nosotros pueda beber en la fuente inagotable de este Misterio y dar abundantes frutos de vida.

Ante todo, nos preguntamos: ¿Cuál es la primera reacción ante esta extraordinaria acción de Dios que se hace niño, que se hace hombre? Pienso que la primera reacción no puede ser otra que la alegría. «Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo»: así comienza la Misa de la noche de Navidad, y acabamos de escuchar las palabras del ángel a los pastores: «Os anuncio una gran alegría» (Lc 2, 10). Es el tema que abre el Evangelio, y es el tema que lo cierra porque Jesús Resucitado reprende a los Apóstoles precisamente por estar tristes (cf. Lc 24, 17) —incompatible con el hecho de que él permanece Hombre por la eternidad—. Pero demos un paso adelante: ¿De dónde nace esta alegría? Diría que nace del estupor del corazón al ver cómo Dios está cerca de nosotros, cómo piensa Dios en nosotros, cómo actúa Dios en la historia; es una alegría que nace de la contemplación del rostro de aquel humilde niño, porque sabemos que es el Rostro de Dios presente para siempre en la humanidad, para nosotros y con nosotros. La Navidad es alegría porque vemos y estamos finalmente seguros de que Dios es el bien, la vida, la verdad del hombre y se abaja hasta el hombre, para elevarlo hacia él: Dios se hace tan cercano que se lo puede ver y tocar. La Iglesia contempla este inefable misterio y los textos de la liturgia de este tiempo están llenos de estupor y de alegría; todos los cantos de Navidad expresan esta alegría. Navidad es el punto donde se unen el cielo y la tierra, y varias expresiones que escuchamos en estos días ponen de relieve la grandeza de lo sucedido: el lejano —Dios parece lejanísimo— se hizo cercano; «el inaccesible quiere ser accesible; él, que existe antes del tiempo, comenzó a ser en el tiempo; el Señor del universo, velando la grandeza de su majestad, asumió la naturaleza de siervo» —exclama san León Magno— (Sermón 2 sobre la Navidad, 2.1). En ese Niño, necesitado de todo como los demás niños, lo que Dios es: eternidad, fuerza, santidad, vida, alegría, se une a lo que somos nosotros: debilidad, pecado, sufrimiento, muerte.

La teología y la espiritualidad de la Navidad usan una expresión para describir este hecho: hablan de admirabile commercium, es decir, de un admirable intercambio entre la divinidad y la humanidad. San Atanasio de Alejandría afirma: «El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (De Incarnatione, 54, 3: pg 25, 192), pero sobre todo con san León Magno y sus célebres homilías sobre la Navidad esta realidad se convierte en objeto de profunda meditación. En efecto, el santo Pontífice, afirma: «Si nosotros recurrimos a la inenarrable condescendencia de la divina misericordia que indujo al Creador de los hombres a hacerse hombre, ella nos elevará a la naturaleza de Aquel que nosotros adoramos en nuestra naturaleza» (Sermón 8 sobre la Navidad: ccl 138, 139). El primer acto de este maravilloso intercambio tiene lugar en la humanidad misma de Cristo. El Verbo asumió nuestra humanidad y, en cambio, la naturaleza humana fue elevada a la dignidad divina. El segundo acto del intercambio consiste en nuestra participación real e íntima en la naturaleza divina del Verbo. Dice san Pablo: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Ga 4, 4-5). La Navidad es, por lo tanto, la fiesta en la que Dios se hace tan cercano al hombre que comparte su mismo acto de nacer, para revelarle su dignidad más profunda: la de ser hijo de Dios. De este modo, el sueño de la humanidad que comenzó en el Paraíso —quisiéramos ser como Dios— se realiza de forma inesperada no por la grandeza del hombre, que no puede hacerse Dios, sino por la humildad de Dios, que baja y así entra en nosotros en su humildad y nos eleva a la verdadera grandeza de su ser. El concilio Vaticano II dijo al respecto: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22); de otro modo permanece un enigma: ¿Qué significa esta criatura llamada hombre? Solamente viendo que Dios está con nosotros podemos ver luz para nuestro ser, ser felices de ser hombres y vivir con confianza y alegría. ¿Dónde se hace presente de modo real este maravilloso intercambio, para que se haga presente en nuestra vida y la convierta en una existencia de auténticos hijos de Dios? Se hace muy concreto en la Eucaristía. Cuando participamos en la santa misa presentamos a Dios lo que es nuestro: el pan y el vino, fruto de la tierra, para que él los acepte y los transforme donándonos a sí mismo y haciéndose nuestro alimento, a fin de que recibiendo su Cuerpo y su Sangre participemos en su vida divina.

Quiero detenerme, por último, en otro aspecto de la Navidad. Cuando el ángel del Señor se presenta a los pastores en la noche del nacimiento de Jesús, el evangelista san Lucas señala que «la gloria del Señor los envolvió de luz» (2, 9); y el Prólogo del Evangelio de san Juan habla del Verbo hecho carne como la luz verdadera que viene al mundo, la luz capaz de iluminar a cada hombre (cf. Jn 1, 9). La liturgia navideña está impregnada de luz. La venida de Cristo disipa las sombras del mundo, llena la Noche santa de un fulgor celestial y difunde sobre el rostro de los hombres el esplendor de Dios Padre. También hoy. Envueltos por la luz de Cristo, la liturgia navideña nos invita con insistencia a dejarnos iluminar la mente y el corazón por el Dios que mostró el fulgor de su Rostro. El primer Prefacio de Navidad proclama: «Porque gracias al misterio de la Palabra hecha carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo esplendor, para que, conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible». En el misterio de la Encarnación, Dios, después de haber hablado e intervenido en la historia mediante mensajeros y con signos, «apareció», salió de su luz inaccesible para iluminar el mundo.

En la solemnidad de la Epifanía, el 6 de enero, que celebraremos dentro de pocos días, la Iglesia propone un pasaje del profeta Isaías muy significativo: «¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora» (60, 1-3). Es una invitación dirigida a la Iglesia, la comunidad de Cristo, pero también a cada uno de nosotros, a tomar conciencia aún mayor de la misión y de la responsabilidad hacia el mundo para testimoniar y llevar la luz nueva del Evangelio. Al comienzo de la constitución Lumen gentium del concilio Vaticano II encontramos las siguientes palabras: «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este santo Concilio, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas» (n. 1). El Evangelio es la luz que no se ha de esconder, que se ha de poner sobre el candil. La Iglesia no es la luz, pero recibe la luz de Cristo, la acoge para ser iluminada por ella y para difundirla en todo su esplendor. Esto debe acontecer también en nuestra vida personal. Una vez más cito a san León Magno, que en la Noche Santa dijo: «Reconoce, cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios» (Sermón 1 sobre la Navidad, 3,2: ccl 138, 88).

Queridos hermanos y hermanas, la Navidad es detenerse a contemplar a aquel Niño, el Misterio de Dios que se hace hombre en la humildad y en la pobreza; pero es, sobre todo, acoger de nuevo en nosotros mismos a aquel Niño, que es Cristo Señor, para vivir de su misma vida, para hacer que sus sentimientos, sus pensamientos, sus acciones, sean nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones. Celebrar la Navidad es, por lo tanto, manifestar la alegría, la novedad, la luz que este Nacimiento ha traído a toda nuestra existencia, para ser también nosotros portadores de la alegría, de la auténtica novedad, de la luz de Dios a los demás. Una vez más deseo a todos un tiempo navideño bendecido por la presencia de Dios.

Catequesis 09-01-2013

Se hizo hombre.

En este tiempo navideño nos detenemos una vez más en el gran misterio de Dios que descendió de su Cielo para entrar en nuestra carne. En Jesús, Dios se encarnó; se hizo hombre como nosotros, y así nos abrió el camino hacia su Cielo, hacia la comunión plena con Él.

En estos días ha resonado repetidas veces en nuestras iglesias el término «Encarnación» de Dios, para expresar la realidad que celebramos en la Santa Navidad: el Hijo de Dios se hizo hombre, como recitamos en el Credo. Pero, ¿qué significa esta palabra central para la fe cristiana? Encarnación deriva del latín «incarnatio». San Ignacio de Antioquía —finales del siglo I— y, sobre todo, san Ireneo usaron este término reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de san Juan, en especial sobre la expresión: «El Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). Aquí, la palabra «carne», según el uso hebreo, indica el hombre en su integridad, todo el hombre, pero precisamente bajo el aspecto de su caducidad y temporalidad, de su pobreza y contingencia. Esto para decirnos que la salvación traída por el Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en que se encuentre. Dios asumió la condición humana para sanarla de todo lo que la separa de Él, para permitirnos llamarle, en su Hijo unigénito, con el nombre de «Abbá, Padre» y ser verdaderamente hijos de Dios. San Ireneo afirma: «Este es el motivo por el cual el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre, entrando en comunión con el Verbo y recibiendo de este modo la filiación divina, llegara a ser hijo de Dios» (Adversus haereses, 3, 19, 1: PG 7, 939cf. Catecismo de la Iglesia católica, 460).

«El Verbo se hizo carne» es una de esas verdades a las que estamos tan acostumbrados que casi ya no nos asombra la grandeza del acontecimiento que expresa. Y efectivamente en este período navideño, en el que tal expresión se repite a menudo en la liturgia, a veces se está más atento a los aspectos exteriores, a los «colores» de la fiesta, que al corazón de la gran novedad cristiana que celebramos: algo absolutamente impensable, que sólo Dios podía obrar y donde podemos entrar solamente con la fe. El Logos, que está junto a Dios, el Logos que es Dios, el Creador del mundo (cf. Jn 1, 1), por quien fueron creadas todas las cosas (cf. 1, 3), que ha acompañado y acompaña a los hombres en la historia con su luz (cf. 1, 4-5; 1, 9), se hace uno entre los demás, establece su morada en medio de nosotros, se hace uno de nosotros (cf. 1, 14). El Concilio Ecuménico Vaticano II afirma: «El Hijo de Dios… trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (const. Gaudium et spes, 22). Es importante entonces recuperar el asombro ante este misterio, dejarnos envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el verdadero Dios, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su misma vida (cf. 1 Jn 1, 1-4). Y no lo hizo con el esplendor de un soberano, que somete con su poder el mundo, sino con la humildad de un niño.

Desearía poner de relieve un segundo elemento. En la Santa Navidad, a menudo, se intercambia algún regalo con las personas más cercanas. Tal vez puede ser un gesto realizado por costumbre, pero generalmente expresa afecto, es un signo de amor y de estima. En la oración sobre las ofrendas de la Misa de medianoche de la solemnidad de Navidad la Iglesia reza así: «Acepta, Señor, nuestras ofrendas en esta noche santa, y por este intercambio de dones en el que nos muestras tu divina largueza, haznos partícipes de la divinidad de tu Hijo que, al asumir la naturaleza humana, nos ha unido a la tuya de modo admirable». El pensamiento de la donación, por lo tanto, está en el centro de la liturgia y recuerda a nuestra conciencia el don originario de la Navidad: Dios, en aquella noche santa, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se dio a sí mismo por nosotros; Dios hizo de su Hijo único un don para nosotros, asumió nuestra humanidad para donarnos su divinidad. Este es el gran don. También en nuestro donar no es importante que un regalo sea más o menos costoso; quien no logra donar un poco de sí mismo, dona siempre demasiado poco. Es más, a veces se busca precisamente sustituir el corazón y el compromiso de donación de sí mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación indica que Dios no ha hecho así: no ha donado algo, sino que se ha donado a sí mismo en su Hijo unigénito. Encontramos aquí el modelo de nuestro donar, para que nuestras relaciones, especialmente aquellas más importantes, estén guiadas por la gratuidad del amor.

Quisiera ofrecer una tercera reflexión: el hecho de la Encarnación, de Dios que se hace hombre como nosotros, nos muestra el inaudito realismo del amor divino. El obrar de Dios, en efecto, no se limita a las palabras, es más, podríamos decir que Él no se conforma con hablar, sino que se sumerge en nuestra historia y asume sobre sí el cansancio y el peso de la vida humana. El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, nació de la Virgen María, en un tiempo y en un lugar determinados, en Belén durante el reinado del emperador Augusto, bajo el gobernador Quirino (cf. Lc 2, 1-2); creció en una familia, tuvo amigos, formó un grupo de discípulos, instruyó a los Apóstoles para continuar su misión, y terminó el curso de su vida terrena en la cruz. Este modo de obrar de Dios es un fuerte estímulo para interrogarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse al ámbito del sentimiento, de las emociones, sino que debe entrar en lo concreto de nuestra existencia, debe tocar nuestra vida de cada día y orientarla también de modo práctico. Dios no se quedó en las palabras, sino que nos indicó cómo vivir, compartiendo nuestra misma experiencia, menos en el pecado. El Catecismo de san Pío X, que algunos de nosotros estudiamos cuando éramos jóvenes, con su esencialidad, ante la pregunta: «¿Qué debemos hacer para vivir según Dios?», da esta respuesta: «Para vivir según Dios debemos creer las verdades por Él reveladas y observar sus mandamientos con la ayuda de su gracia, que se obtiene mediante los sacramentos y la oración». La fe tiene un aspecto fundamental que afecta no sólo la mente y el corazón, sino toda nuestra vida.

Propongo un último elemento para vuestra reflexión. San Juan afirma que el Verbo, el Logosestaba desde el principio junto a Dios, y que todo ha sido hecho por medio del Verbo y nada de lo que existe se ha hecho sin Él (cf. Jn 1, 1-3). El evangelista hace una clara alusión al relato de la creación que se encuentra en los primeros capítulos del libro del Génesis, y lo relee a la luz de Cristo. Este es un criterio fundamental en la lectura cristiana de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento se han de leer siempre juntos, y a partir del Nuevo se abre el sentido más profundo también del Antiguo. Aquel mismo Verbo, que existe desde siempre junto a Dios, que Él mismo es Dios y por medio del cual y en vista del cual todo ha sido creado (cf. Col 1, 16-17), se hizo hombre: el Dios eterno e infinito se ha sumergido en la finitud humana, en su criatura, para reconducir al hombre y a toda la creación hacia Él. El Catecismo de la Iglesia católica afirma: «La primera creación encuentra su sentido y su cumbre en la nueva creación en Cristo, cuyo esplendor sobrepasa el de la primera» (n. 349). Los Padres de la Iglesia han comparado a Jesús con Adán, hasta definirle «segundo Adán» o el Adán definitivo, la imagen perfecta de Dios. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que dona la respuesta completa a la pregunta: «¿Quién es el hombre?». Sólo en Jesús se manifiesta completamente el proyecto de Dios sobre el ser humano: Él es el hombre definitivo según Dios. El Concilio Vaticano II lo reafirma con fuerza: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado… Cristo, el nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (const. Gaudium et spes, 22; cf. Catecismo de la Iglesia católica, 359). En aquel niño, el Hijo de Dios que contemplamos en Navidad, podemos reconocer el rostro auténtico, no sólo de Dios, sino el auténtico rostro del ser humano. Sólo abriéndonos a la acción de su gracia y buscando seguirle cada día, realizamos el proyecto de Dios sobre nosotros, sobre cada uno de nosotros.

Queridos amigos, en este período meditemos la grande y maravillosa riqueza del misterio de la Encarnación, para dejar que el Señor nos ilumine y nos transforme cada vez más a imagen de su Hijo hecho hombre por nosotros.

Francisco, papa

Ángelus, 05-01-2014

La liturgia de este domingo nos vuelve a proponer, en el Prólogo del Evangelio de san Juan, el significado más profundo del Nacimiento de Jesús. Él es la Palabra de Dios que se hizo hombre y puso su «tienda», su morada entre los hombres. Escribe el evangelista: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). En estas palabras, que no dejan de asombrarnos, está todo el cristianismo. Dios se hizo mortal, frágil como nosotros, compartió nuestra condición humana, excepto en el pecado, pero cargó sobre sí mismo los nuestros, como si fuesen propios. Entró en nuestra historia, llegó a ser plenamente Dios-con-nosotros. El nacimiento de Jesús, entonces, nos muestra que Dios quiso unirse a cada hombre y a cada mujer, a cada uno de nosotros, para comunicarnos su vida y su alegría.

Así Dios es Dios con nosotros, Dios que nos ama, Dios que camina con nosotros. Éste es el mensaje de Navidad: el Verbo se hizo carne. De este modo la Navidad nos revela el amor inmenso de Dios por la humanidad. De aquí se deriva también el entusiasmo, nuestra esperanza de cristianos, que en nuestra pobreza sabemos que somos amados, visitados y acompañados por Dios; y miramos al mundo y a la historia como el lugar donde caminar juntos con Él y entre nosotros, hacia los cielos nuevos y la tierra nueva. Con el nacimiento de Jesús nació una promesa nueva, nació un mundo nuevo, pero también un mundo que puede ser siempre renovado. Dios siempre está presente para suscitar hombres nuevos, para purificar el mundo del pecado que lo envejece, del pecado que lo corrompe. En lo que la historia humana y la historia personal de cada uno de nosotros pueda estar marcada por dificultades y debilidades, la fe en la Encarnación nos dice que Dios es solidario con el hombre y con su historia. Esta proximidad de Dios al hombre, a cada hombre, a cada uno de nosotros, es un don que no se acaba jamás. ¡Él está con nosotros! ¡Él es Dios con nosotros! Y esta cercanía no termina jamás. He aquí el gozoso anuncio de la Navidad: la luz divina, que inundó el corazón de la Virgen María y de san José, y guio los pasos de los pastores y de los magos, brilla también hoy para nosotros.

En el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios hay también un aspecto vinculado con la libertad humana, con la libertad de cada uno de nosotros. En efecto, el Verbo de Dios pone su tienda entre nosotros, pecadores y necesitados de misericordia. Y todos nosotros deberíamos apresurarnos a recibir la gracia que Él nos ofrece. En cambio, continúa el Evangelio de san Juan, «los suyos no lo recibieron» (v. 11). Incluso nosotros muchas veces lo rechazamos, preferimos permanecer en la cerrazón de nuestros errores y en la angustia de nuestros pecados. Pero Jesús no desiste y no deja de ofrecerse a sí mismo y ofrecer su gracia que nos salva. Jesús es paciente, Jesús sabe esperar, nos espera siempre. Ésto es un mensaje de esperanza, un mensaje de salvación, antiguo y siempre nuevo. Y nosotros estamos llamados a testimoniar con alegría este mensaje del Evangelio de la vida, del Evangelio de la luz, de la esperanza y del amor. Porque el mensaje de Jesús es éste: vida, luz, esperanza y amor.

Que María, Madre de Dios y nuestra Madre de ternura, nos sostenga siempre, para que permanezcamos fieles a la vocación cristiana y podamos realizar los deseos de justicia y de paz que llevamos en nosotros al incio de este nuevo año.

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