Jn 5, 1-3.5-16: Curación de un enfermo en la piscina de Betesda

Texto Bíblico

1 Después de esto, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. 2 Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, 3 y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. 5 Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. 6 Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?». 7 El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado». 8 Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar». 9 Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar. Aquel día era sábado, 10 y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: «Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla». 11 Él les contestó: «El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”». 12 Ellos le preguntaron: «¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?». 13 Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado. 14 Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: «Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor». 15 Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. 16 Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Ambrosio de Milán

Sobre los Misterios: Esperaba a un hombre que lo ayudase

«No tengo a nadie que me meta en la piscina» (Jn 5,7)
24s


Aquel paralítico (el de la piscina de Probática), esperaba un hombre que lo ayudase ¿A qué hombre sino al Señor Jesús nacido de una virgen, a cuya venida ya no era la sombra la que había de salvar a uno por uno, sino la realidad la que había de salvar a todos? El era, pues, al que esperaban que bajase, acerca del cual dijo el Padre a Juan Bautista: «Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo» (Jn 1,32).... Y, si el Espíritu descendió como paloma, fue para que tú vieses y entendieses en aquella paloma que el justo Noé soltó desde el arca una imagen de esta paloma y reconocieses en ello una figura del sacramento del bautismo...

¿Te queda aún lugar a duda? Recuerda cómo en el Evangelio el Padre te proclama con toda claridad: «Éste es mi Hijo, mi predilecto» (Mt 3,17), cómo proclama lo mismo el Hijo, sobre el cual se mostró el Espíritu Santo como una paloma, cómo lo proclama lo proclama el Espíritu Santo, que descendió como una paloma, cómo lo proclama el salmista: «La voz del señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales» (Sal 28,3)., cómo la Escritura te atestigua que, a ruegos de Gedeón, bajó fuego del cielo, y cómo también, por la oración de Elías, fue enviado un fuego que consagró el sacrificio (Jc 6,21;1R 18,38).

En los sacerdotes, no consideres sus méritos personales, sino su ministerio... Cree, pues, que está presente el Señor Jesús, cuando es invocado por la plegaria del sacerdote, ya que dijo: «Donde dos o tres están reunidos, allí estoy yo también» (Mt 18,20). Cuánto más se dignará estar presente donde está la Iglesia, donde se realizan los sagrados misterios. Descendiste, pues, a la piscina bautismal. Recuerda tu profesión de fe en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo... El mismo tenor de tu profesión de fe te induce a que creas en el Hijo igual que en el Padre, en el Espíritu igual que en el Hijo, con la sola excepción de que profesas que tu fe en la cruz se refiere únicamente a la persona del Señor Jesús.

Agustín de Hipona

Homilía: Admirable intercambio

«¿Quieres recobrar la salud?» (Jn 5,6)
124


Los milagros de Cristo simbolizan las diferentes circunstancias de nuestra salvación eterna…; esta piscina es símbolo del don precioso que nos hace el Verbo del Señor. En pocas palabras: esta agua es símbolo del pueblo judío; los cinco pórticos, son símbolo de la Ley, escrita por Moisés, en cinco libros. Esta agua, pues, estaba rodeada por cinco pórticos, como el pueblo lo estaba por la Ley. El agua que se agitaba y removía, es la Pasión sufrida por el Salvador en medio de este pueblo. El que bajaba hasta el agua era curado, pero solamente uno, siendo así figura de la unidad. Los que no pueden soportar que nadie les hable de la Pasión de Cristo, son unos orgullosos; no quieren descender hasta el agua, y por eso no se curan. Así dice el hombre altanero: «¿Cómo puedo creer que un Dios se ha encarnado, que un Dios ha nacido de una mujer, que un Dios ha sido crucificado, flagelado, cubierto de llagas, que ha muerto y ha sido sepultado? No; jamás podré yo creer en estas humillaciones de un Dios; son indignas de él».

Dejad hablar a vuestro corazón, mejor que a vuestra cabeza. Si las humillaciones de un Dios parecen indignas a los arrogantes, es porque están muy lejos de sanarse. Guardaos, pues, de este orgullo; si deseáis ser curados, aceptad bajar hasta el agua. Tendríais razón de alarmaros si se os dijera que Cristo ha sufrido algún cambio al encarnarse. Pero no… vuestro Dios permanece igual al que era, no temáis; no muere y os priva a vosotros mismos de morir. Sí, permanece lo que es; nace de una mujer, pero según la carne… Es en tanto que hombre que ha sido prendido, atado, flagelado, cubierto de ultrajes y al fin crucificado y muerto. ¿Por qué os asustáis? El Verbo del Señor permanece eternamente. Quien rechaza las humillaciones de un Dios, no quiere ser curado de la hinchazón mortal de su orgullo.

Nuestro Señor Jesucristo, pues, ha devuelto, por su encarnación, la esperanza a nuestra carne. Ha tomado para él los frutos demasiado conocidos y tan comunes a esta tierra, como son el nacimiento y la muerte. Efectivamente, el nacimiento y la muerte son bienes que la tierra poseía en abundancia; pero no eran propios de ésta ni la resurrección ni la vida eterna. Él ha encontrado aquí los malditos frutos de esta ingrata tierra, y nos ha dejado, en intercambio, los bienes de su reino celestial.

Juan Taulero

Sermón: Fue lavado en la sangre de Cristo

«¿Deseas recobrar la salud?» (Jn 5,6)
8, para el Viernes I de Cuaresma


Nuestro Señor llegó a la piscina de Betesda y encontró allí a un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo, y le dijo: «¿Quieres quedar sano?»... Hijos mío, fijaos bien en que este enfermo estaba allí desde hacía mucho tiempo, muchos años. Este enfermo estaba destinado para servir a la gloria de Dios y no a la muerte (Jn 11,4). ¡Oh, si nos esforzáramos a comprender, con espíritu de verdadera penitencia, la enseñanza profunda que hay en el hecho de que el enfermo esperaba desde hacía treinta y ocho años, que Dios lo curara y le ordenase marcharse de allí!

Esta enseñanza va dirigida a las personas que, apenas han comenzado una vida un poco diferente, si no ven en ellos los grandes cambios esperados, creen que todo está perdido y se quejan a Dios como si les tratara injustamente. Puesto que hay pocas personas que poseen esta noble virtud de poderse abandonar y resignar, que no se creen ser más de lo que son y soportan sus flaquezas, sus obstáculos y sus tentaciones hasta que el mismo Señor les sana... ¡qué poder y qué dominio de sí se dará a estas personas! Es a éstos a quien se les dirá: «Levántate, no debes seguir acostado, debes salir triunfante de toda clase de cautividad, ser desatado y andar con total libertad; llevarás tu lecho, es decir, lo que antes te llevaba ahora debes quitártelo de encima y llevarlo con poder y fuerza.» Aquel que el Señor liberará de sí mismo, éste estará bien liberado, su vida estará llena de gozo y, después de una larga espera tendrá una maravillosa libertad, de la que se ven privados los que creen poder liberarse ellos mismos y rompen sus ataduras antes de tiempo.

Esta piscina representa a la persona de nuestro Señor Jesucristo, digno de amor, y el agua removida en esta piscina, es la sangre bendita del Hijo de Dios tan querido, Dios y hombre, que nos lavó a todos con su sangre preciosa y que, por amor, quiere lavar a todos los que acuden a Él (1P 1,19; Ap 7,14) ...

Los enfermos pueden simbolizar a los hombres entregados al orgullo, a la cólera, al odio, a la avaricia, a la lujuria, lo que nos da a entender que todos los enfermos de este género, que pueden lavarse en la sangre de Cristo, serán completamente curados, si quieren sumergirse en esta agua. Los cinco pórticos de esta piscina pueden representar, en cierto sentido, las cinco heridas sagradas de nuestro Señor, por las cuales y en las cuales todos nosotros hemos sido salvados... Bajo estos pórticos de la piscina se albergaban un gran número de enfermos, y el que descendía a la piscina, en cuanto se agitaba el agua, quedaba completamente curado. ¿Qué significan pues esta agitación y este contacto, sino que el Espíritu Santo desciende desde lo alto sobre el hombre, y toca el interior del hombre, provocando allí una gran agitación, y que el interior de este hombre verdadera y completamente ha cambiado? No prueba más las cosas que le gustaban antes; y lo que le horrorizaba, ahora es su goce.

El desprecio, la pobreza exterior e interior, la renuncia, la vida interior, la humildad, el despego de todas las cosas creadas: he aquí lo que hace ahora su mayor felicidad. Cuando este contacto se efectúa, el enfermo, es decir el hombre exterior, desciende por completo al fondo de la piscina, y se lava en Cristo, en su sangre preciosísima y, por la virtud de este contacto, seguramente queda curado, como también está escrito en otro lugar: "todos los que le tocaban quedaron curados" (Mt 14,36).

Francisco de Sales

Tratado del Amor de Dios: Un querer paralítico

«Llevaba treinta y ocho años enfermo» (Jn 5,5)
Libro I, Cáp. 17. IV, 81-83


«Hay en Jerusalén, junto a la puerta probática, una piscina llamada, en hebreo, Betzata, que tiene cinco pórticos. En éstos yacía una multitud de enfermos... Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo... Díjole Jesús: levántate, toma tu camilla y anda.» Jn 5, 2.3.8

¡Dios mío, esas mentes tan grandes, que tenían tanto conocimiento de la divinidad y estaban tan inclinados a amarla, y luego les faltaba fuerza y valor para amarla como es debido!

En suma, Teótimo, nuestra miserable naturaleza, herida por el pecado, hace como las palmeras de estas regiones nuestras, que hasta producen ciertos frutos imperfectos, como intentos de verdaderos frutos, pero nada de producir dátiles de verdad, maduros y en sazón; eso es cosa reservada a regiones más cálidas.

Porque nuestro corazón humano produce, como naturalmente, ciertos comienzos de amor hacia Dios, pero eso de llegar a amarle sobre todas las cosas, que es la verdadera madurez del amor que se debe a ese Bien supremo, eso pertenece a los corazones que están animados y asistidos por la gracia celestial y están en estado de santa caridad.

Ese amor pequeño e imperfecto hacia el cual tienden los impulsos de la propia naturaleza, no es más que un querer sin querer, un querer que querría pero que no quiere, un querer estéril que no produce verdaderos efectos, un querer paralítico, que ve la piscina saludable del santo amor pero que no tiene la fuerza necesaria para lanzarse a ella.

En fin, ese querer es como un aborto de la buena voluntad. No tiene la vida del vigor generoso que se requiere, en efecto, para preferir antes a Dios que a todas las cosas, del cual es apóstol, hablando en la persona del pecador, exclama: «el querer está en mí, pero no encuentro el medio de llevarlo a cabo.»

Padres Apostólicos

Odas de Salomón: Los miembros agotados han sido reanimados y levantados

«Al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar» (Jn 5,9)
Hamman, coll. Ichtus 1957 I, p. 26


El Señor se da a conocer más y más. Se empeña en que se conozcan mejor los dones de la gracia recibida. Nos concede poder glorificar su nombre; nuestros espíritus cantan al Espíritu Santo. Porque ha brotado una fuente; se ha convertido en un torrente poderoso (Ez 47,1ss) Ha inundado el universo y lo arrastra hacia el templo. Los obstáculos de los hombres no han podido restañarlo, ni siquiera los que saben poner dique a las aguas. Porque se ha abocado sobre toda la tierra y la llena enteramente.

Todos los sedientos de la tierra han bebido del torrente; su sed ha sido saciada porque el Altísimo ha apagado su sed. Dichosos los servidores a quienes ha confiado esta agua; han podido calmar sus labios sedientos y levantar su voluntad paralizada. Las almas moribundas han sido liberadas de la muerte; los miembros agotados han sido reanimados y levantados. Esta agua ha dado vigor a sus pasos y luz a sus ojos. Todos han reconocido las aguas en el Señor; viven para siempre, gracias al agua viva. ¡Aleluya!

Sacad agua de la fuente del Salvador, porque ella está abierta para vosotros (cf Is 12,3). Venid, todos los sedientos (Is 51,1) a por agua, recibid el agua que apaga la sed.

Descansad en la fuente del Señor, fuente pura y transparente; ella apacigua vuestras almas.

Sus aguas son dulces más que la miel, no le iguala el néctar de las abejas, brota de la boca del Señor, del corazón del Señor (cf Jn 7,38).Se derrama, eterna e invisible. Antes de manifestarse, nadie la había visto. ¡Dichosos los que bebieron en esta fuente y han apagado su sed!

Máximo de Turín

Sermón: No desaproveches la gracia cuaresmal

«¿Quieres quedar sano?» (Jn 5,6)
para la Cuaresma, CC 202: PL 57, 585

PL

En el Antiguo Testamento leemos que en tiempo de Noé todo el género humano estaba perdido en el pecado, las cataratas del cielo se abrieron y durante cuarenta días las aguas de la lluvia se precipitaron sobre la tierra. Simbólicamente, durante cuarenta días la tierra fue empapada de agua. No se trata aquí tanto de un diluvio como de un bautismo. Fue un bautismo que quitó la iniquidad de los pecadores y liberó la justicia de Noé. Así, pues, el Señor, hoy como entonces, nos ha dado también a nosotros en la Cuaresma un tiempo para que durante el mismo número de días se abrieran los cielos para inundarnos de la misericordia divina. Una vez lavados en las aguas salvíficas del bautismo, nos ilumina el sacramento. Como entonces, las aguas se llevan la iniquidad de nuestras faltas y reafirman la justicia de nuestras virtudes.

La situación de hoy es la misma que en los días de Noé. El bautismo es un diluvio para el pecador y una consagración para los fieles. En el bautismo, el Señor salva la justicia y destruye la injusticia. Lo vemos en un hombre concreto: Pablo. Antes de ser purificado por los preceptos espirituales era un perseguidor de la Iglesia y un blasfemo. Una vez bañado por la lluvia celestial del bautismo, el blasfemo murió, murió el perseguidor, murió Saulo y llegó a la vida el apóstol, el justo, Pablo... Cualquiera que vive religiosamente la Cuaresma y observa las prescripciones del Señor experimenta dentro de sí la muerte al pecado y la vida a la gracia. Sucediendo a sí mismo, de alguna manera, muere como pecador y vive como justo.

Javier Lozano Barragán

Algunos milagros de curación en los Evangelios: Si quieres

«¿Quieres quedar sano?» (Lc 5,6)
n. 18, 23 de abril de 1997


Para algunos intérpretes de la S. Escritura, los 38 años que llevaba este paralítico esperando ser curado son todo un símbolo que recuerda los 38 años de castigo que el pueblo de Israel duró en el desierto, vagando para llegar a la tierra prometida. Serían a la vez un gran símbolo de los años que nuestro mundo lleva vagando por el desierto de la lejanía de Cristo, antes de encontrarse con El y poder ser curado de su parálisis para caminar hacia Dios. Hoy se encuentra nuestro mundo postrado en su Secularismo y si quiere, a la vez se encuentra con Cristo y puede levantarse y caminar; pero la condición es "si quiere". Cristo ofrece la posibilidad, la respuesta es de nosotros en nuestro mundo.




Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Cuaresma: Martes IV



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