Jn 6, 22-29: Discurso del Pan de Vida (i) – ¿Por qué me buscáis?

* Hay otros comentarios que no fueron agregados por falta de tiempo. Aparecerán en una próxima actualización de esta entrada.

Texto Bíblico

22 Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos. 23 Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. 24 Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
25 Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». 26 Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. 27 Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios». 28 Ellos le preguntaron: «Y ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?». 29 Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Juan



No SIEMPRE resultan útiles la clemencia y la suavidad, sino que a veces el Maestro necesita usar un lenguaje más punzante. Cuando el discípulo es perezoso y rudo, hay que echar mano del aguijón para que despierte de semejante gran desidia. Con frecuencia, en este pasaje y en otros, lo hizo el Hijo de Dios. Como se le acercaran las turbas y lo adularan y le dijeran: Maestro ¿cuándo viniste acá?, El para demostrar que desprecia los honores mundanos, y solamente busca la salvación de aquellos hombres, les responde un tanto ásperamente no sólo para corregirlos, sino también para revelar sus pensamientos y ponerlos de manifiesto.

¿Qué es lo que les dice? Como quien afirma y confirma se expresa así: En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis hartado. Con tales palabras los hiere y los reprende. Sin embargo, no procede con excesiva violencia, sino todavía con mucha indulgencia. Porque no les dijo: ¡Glotones! ¡voraces! Tantos milagros he obrado y no me habéis seguido ni habéis admirado los prodigios. Más moderadamente y con más clemencia, les dice: Me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saturado. Haciendo así referencia no únicamente a los milagros anteriores, sino también al presente. Como si les dijera: Para nada os movió ese milagro, sino que venís porque os habéis saturado.

Y que esto no lo dijera Jesús por meras conjeturas, muy pronto ellos mismos lo dejaron ver. Pues precisamente se le acercaron de nuevo para poder disfrutar otra vez de aquel bien. Por lo cual le decían: Nuestros padres comieron el maná en el desierto. De modo que de nuevo anhelan el alimento carnal, cosa digna de grave reprensión. Pero Jesús no se contenta con la reprensión, sino que añade la doctrina con estas palabras: Mirad de haceros no con el alimento corruptible, sino con el alimento permanente de vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre. Porque éste es a quien Dios, el Padre, acreditó con su sello.

Como quien dice: No busquéis y procuréis ese alimento, sino el otro espiritual. Mas, como hay quienes para vivir en el ocio abusan de estas palabras, como si Cristo hubiera prohibido el trabajo corporal, conviene contestarles, pues calumnian a todo el cristianismo y hacen con eso que sea burlado. Antes que nada conviene oír a Pablo. ¿Qué dice? Acordaos de la doctrina del Señor que dijo: Mayor dicha es dar que recibir. Pero ¿de dónde dará quien nada tiene? Pero ¿cómo es que Jesús le dice a Marta: Solícita andas y te inquietas por atender a muchas cosas, cuando pocas y aun una sola es la necesaria. María en realidad escogió la mejor parte?

Sobre el Evangelio de san Mateo



«El alimento que permanece para la vida eterna, es el que os dará el Hijo del hombre» (Jn 6,27)

Los judíos en Pascua, comían de pie, con las sandalias puestas y los bastones en las manos, con prisa (Éxodo 12,11). ¡Qué razón más fuerte puede mantenerte despierto! Ellos estaban alistándose para partir hacia la Tierra Prometida y se comportaban como viajeros; y tú, tú vas camino al cielo. Es por eso que siempre debemos permanecer en guardia... Los enemigos de Cristo han golpeado su santísimo cuerpo sin saber lo que hacían (Lucas 23,34); y tú, ¡tú lo recibirás en tu alma impura después de tanta generosidad! Porque Él no se conformó con hacerse hombre, ser flagelado y condenado a muerte: en su amor, quiso unirse aún más a nosotros, identificarse con nosotros no solamente por medio de la fe, sino realmente por la participación de su propio cuerpo...

Considera el gran honor que recibes, y a qué mesa estás siendo invitado. Aquel al que los ángeles miran y a la vez tiemblan, aquel al que no se atreven a mirar sin miedo, a causa del resplandor de la gloria que irradia su rostro, nosotros lo convertimos en nuestro alimento y nos unimos en comunión a Él, un solo cuerpo, una sola carne. “¿Quién hablará de las proezas del Señor, quién proclamará todas sus alabanzas?” (Sal 105,2). ¿Qué pastor nunca ha alimentado a sus ovejas con su propia carne?... A menudo sucede que las madres les confían a nodrizas sus hijos. Cristo no es así: Él nos alimenta con su propia sangre, nos convierte con Él en un solo cuerpo.

Sobre el Evangelio de san Juan



Vale la pena responder a todo esto, no únicamente para excitar a los perezosos, si es que quieren; sino además para que no parezca que la Sagrada Escritura se contradice. Porque en otra parte dice el apóstol: Os exhortamos, hermanos, que os aventajéis aún más. Y que tengáis como punto de honra vivir sosegadamente, atender a vuestros propios negocios y trabajar con las propias manos, a fin de presentaros honorablemente a la vista de los extraños y de que nada os falte? Y también: El que hurtaba, ya no hurte; más bien fatiguese trabajando con sus propias manos en alguna labor buena, de suerte que tenga para compartir con el que sufre penuria. Ordena aquí Pablo no simplemente trabajar, sino hacerlo con tanto esfuerzo que aún se ayude a los indigentes. Y en otra parte dice: Para mis necesidades y de los que me acompañan han proveído estas mis manos. Y a los corintios les decía: Entonces ¿en qué consiste mi mérito? En que os he predicado el evangelio gratuitamente $ Y cuando fue a esa ciudad: permaneció en la casa de Aquila y Priscila y trabajaba. Pues ellos eran fabricantes de tiendas de campaña Todo esto parece contradecir la sentencia del Salvador. Pero, en fin, dése ya la solución.

¿Qué responderemos? Que no andar solícito no significa dejar el trabajo, sino no apegarse a las cosas de este mundo; es decir, no andar solícitos por la seguridad y descanso del día de mañana, sino tener eso como cosa superflua. Puede quien trabaja atesorar, pero no para el día de mañana; puede el que trabaja atesorar, pero sin preocupación. Porque preocupación y trabajo son cosas distintas. Que se trabaje, pero no para confiar en el trabajo, sino para ayudar al indigente. Lo que se dice de Marta no se refiere al trabajo ni al oficio, sino a que se ha de tener cuenta con el tiempo; y que el tiempo de los sermones no se ha de emplear en cosas temporales. De modo que no lo dijo Jesús para tener ociosa a Marta, sino para atraerla a escuchar.

Como si le dijera: Ven para que yo te enseñe lo que de verdad es necesario. ¿Andas solícita acerca de la comida? ¿Tratas de agasajarme y prepararme una mesa bien provista? Prepárame mejor otro manjar. Atiende a mis palabras. Imita el empeño de tu hermana. De modo que no prohíbe la hospitalidad ¡lejos tal cosa! ¡ni se hable de eso! Lo que enseña es que al tiempo de la predicación no se ha de cuidar de tales cosas. Y cuando dice: Haceos no del alimento que perece, no significa que se haya de vivir en el ocio, pues el ocio es sobre todo ese alimento que perece (ya que dice la Escritura: La desidia enseñó todas las maldades); sino que indica el deber de trabajar y también de compartir. Este alimento no perece.

Quien vive en ocio y se entrega a los placeres del vientre, se procura un alimento que perece. Por el contrario, si alguno mediante su trabajo proporciona a Cristo alimento, bebida, vestido, nadie que no esté loco dirá que se procura un alimento perecedero, puesto que es un alimento tal que por él se promete el reino de los cielos y también los bienes de allá arriba. Este alimento permanece para siempre. En cambio el otro lo llamó alimento que perece, tanto porque la turba ningún aprecio hizo de la fe ni se preocupó de investigar quién era el que había obrado el milagro o con qué poder, sino únicamente de llenar el vientre sin trabajar.

Como si les dijera: Nutrí vuestros cuerpos para que por este medio os buscarais otro alimento que permanece y que puede nutrir vuestras almas; pero vosotros corréis de nuevo hacia el alimento terreno. Por eso no entendéis que yo no quise llevaros a ese alimento imperfecto, sino al otro extra-temporal, que da la vida eterna y alimenta no los cuerpos sino las almas. Y luego, pues había hablado de Sí enalteciéndose y diciendo que El lo proporcionaría, para que no se sintieran ofendidos con semejantes palabras, sino que le dieran crédito, refiere el don y dádiva al Padre. Por eso, una vez que dijo: El cual os dará el Hijo del hombre, añadió: Porque éste es a quien Dios, el Padre, acreditó con su sello. Es decir, os lo envió precisamente para que os trajera este alimento. También puede explicarse de otro modo, pues en otro lugar dijo Cristo: Quien escucha mis palabras, a éste ha señalado el Padre con su sello, porque Dios es veraz. Lo ha señalado con su sello quiere decir lo ha manifestado claramente. Esto es lo que a mí me parece que se da a entender. Porque lo selló el Padre no quiere decir sino que lo manifestó, lo reveló dando testimonio de El. En realidad El mismo se manifestó; pero como hablaba a judíos, trajo al medio el testimonio del Padre.

Aprendamos, pues, carísimos, a pedir a Dios lo que es conveniente que a Dios se le pida. Las cosas del siglo, como quiera que sucedan nos acarrean daño. Si nos enriquecemos, sólo en este tiempo gozamos; si empobrecemos, nada molesto sufriremos. Ya vengan sucesos tristes, ya alegres, no tienen virtud en lo referente a la tristeza o al placer: ambos hay que despreciarlos, como cosas que velocísimamente pasan y desaparecen. Por esto con razón esta vida se llama camino, pues sus cosas pasan y no duran mucho tiempo. En cambio lo futuro, sea suplicio, sea reino, es inmortal. Pongamos pues en esto gran empeño, para que huyamos del suplicio y consigamos el reino.

¿Qué utilidad hay en los placeres presentes? Hoy son y mañana desaparecerán. Hoy son flor espléndida, mañana serán polvo que se disipa. Hoy son fuego encendido, mañana serán ceniza apagada. No son así las cosas espirituales, sino que siempre permanecen en flor y en brillo, y cada día resplandecen más aún. Estas riquezas nunca perecen, nunca cambian de dueño, jamás se acaban, jamás acarrean cuidados, envidias ni calumnias; no destrozan el cuerpo, no corrompen el alma, no traen consigo soberbia ni envidia: cosas todas que sí se encuentran en las riquezas mundanas.

Aquella gloria no se eleva en soberbia, no engendra hinchazón, jamás se acaba, jamás se oscurece. Quietud y placer en el cielo son para siempre, perennemente inconmovibles e inmortales, sin término ni acabamiento. Pues bien, anhelemos esa otra vida. Si la anhelamos ya no nos cuidaremos para nada de lo presente, sino que todo esto lo despreciaremos y lo burlaremos. Aun cuando alguno nos llame al palacio (que es lo que se tiene por felicidad suma), no asentiremos, apoyados en la dicha esperanza. Quienes están poseídos del amor a lo celestial, tienen esotro por vil y de ningún precio.

Al fin y al cabo, todo cuanto se acaba no se ha de desear en demasía. Lo que cesa y hoy es y mañana perece, aunque sea lo máximo, se reputa por mínimo y despreciable. Busquemos, pues, no lo que huye y pasa, sino lo que permanece sin cambio; para que así podamos alcanzarlo, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Hilario de Poitiers

Sobre la Trinidad (De Trinitate)



«La voluntad de Dios es que creáis en el que Él ha enviado» (Jn 6,29)

Somos pobres y pedimos que remedies nuestra indigencia; nosotros ponemos nuestro esfuerzo tenaz en penetrar las palabras de tus profetas y apóstoles y llamamos con insistencia para que se nos abran las puertas de la comprensión de tus misterios.

Confiamos, pues, en que tú harás progresar nuestro tímido esfuerzo inicial y que, a medida que vayamos progresando, lo afianzarás, y que nos llamarás a compartir el espíritu de los profetas y apóstoles; de este modo, entenderemos sus palabras en el mismo sentido en que ellos las pronunciaron y penetraremos el verdadero significado de su mensaje. Nos disponemos a hablar de lo que ellos anunciaron de un modo velado: que tú, el Dios eterno, eres el Padre del Dios eterno unigénito, que tú eres el único no engendrado y que el Señor Jesucristo es el único engendrado por ti desde toda la eternidad, sin negar, por esto, la unicidad divina, ni dejar de proclamar que el Hijo ha sido engendrado por ti, que eres un solo Dios, confesando al mismo tiempo, que el que ha nacido de ti, Padre, Dios verdadero, es también Dios verdadero como tú.

Otórganos, pues, un modo de expresión adecuado y digno, ilumina nuestra inteligencia, haz que no nos apartemos de la verdad de la fe; haz también que nuestras palabras sean expresión de nuestra fe, es decir, que nosotros, que por los profetas y apóstoles te conocemos a ti, Dios Padre y al único Señor Jesucristo , y que argumentamos ahora contra los herejes que esto niegan, podamos también celebrarte a ti como Dios en el que no hay unicidad de persona y confesar a tu Hijo, en todo igual a ti.

Agustín de Hipona

Sobre el Evangelio de san Juan



La barca en el lago, figura de la Iglesia

Mientras tanto, puesto arriba él solo, Gran Sacerdote que, mientras el pueblo estaba fuera, entró a lo interior del velo —a este sacerdote significó, en efecto, el sacerdote aquel de la Ley antigua, el cual hacía esto una vez al año— (Cf Hb 9,12b); puesto, pues, él arriba, ¿qué padecían en la navecilla los discípulos? De hecho, situado él en las alturas, la navecilla aquella prefiguraba a la Iglesia. Si no entendemos primeramente respecto a la Iglesia lo que la navecilla padecía, aquello no era significativo, sino simplemente pasajero; si, en cambio, vemos que se expresa en la Iglesia la verdad de las significaciones, es manifiesto que los hechos de Cristo son géneros de locuciones. Pues bien, afirma, cuando se hizo tarde, sus discípulos bajaron hacia el mar y, tras haber subido a una nave, vinieron a la otra parte del mar, a Cafarnaún. Ha dicho que se acabó rápidamente lo que sucedió después. Vinieron a la otra parte del mar, a Cafarnaún. Y vuelve a exponer cómo vinieron: pasaron navegando por el lago. Y, mientras navegaban hacia ese lugar adonde dijo que ya habían llegado, expone, recapitulando, qué sucedió: Ya se habían hecho las tinieblas, y Jesús no había venido hacia ellos (Jn 6,16-17). Con razón tinieblas, porque no había venido la Luz. Ya se habían hecho las tinieblas, y Jesús no había venido hacia ellos. En cuanto se acerca el fin del mundo, crecen los errores, aumentan los terrores, crece la iniquidad, crece la infidelidad; por eso, en el evangelista Juan mismo, se muestra suficiente y abiertamente como luz la caridad, hasta el punto de decir: «Quien odia a su hermano está en las tinieblas»- (1Jn 2,11)-14 (Mt 24,12)-15 (Jn 6,18-19)-16 (Mt 24,13), rapidísimamente se apaga, crecen esas tinieblas de los odios fraternos, cada día crecen. Y Jesús no viene aún. ¿Cómo aparece que crecen? Porque abundará la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos (Mt 24,12). Crecen las tinieblas y Jesús no viene aún. Al crecer las tinieblas, al enfriarse la caridad, al abundar la iniquidad, eso mismo son las olas que turban la nave; las tempestades y los vientos son los gritos de los maldicientes. Por eso se enfría la caridad, por eso las olas aumentan y se turba la nave.

La barca, a flote en medio de la tempestad

Por soplar un viento grande, el mar se levantaba. Las tinieblas crecían, la inteligencia menguaba, la iniquidad aumentaba. Como hubiesen remado casi veinticinco o treinta estadios (Jn 6,18-19). Entre tanto hacían el recorrido, avanzaban, y ni los vientos aquellos ni las tempestades ni las olas ni las tinieblas lograban que la nave no avanzase o que se hundiese suelta, sino que iba entre todos esos males. En efecto, porque abundará la iniquidad y se enfría la caridad de muchos, crecen las olas, aumentan las tinieblas, el viento se ensaña; pero, sin embargo, la nave avanza, pues quien persevere hasta el fin, éste será salvado (Mt 24,13). Tampoco ha de ser despreciado el número de estadios, pues no podría no significar nada lo que está dicho: Como hubiesen remado casi veinticinco o treinta estadios, entonces vino Jesús hacia ellos. Bastaría decir «veinticinco», bastaría decir «treinta», máxime porque corresponde a quien calcula, no a quien afirma. ¿Acaso peligraría la verdad en quien calcula, si dijera «casi treinta estadios», o «casi veinticinco»? Pero de los veinticinco hizo treinta. Examinemos el número veinticinco. ¿De qué consta, de qué está hecho? De un quinario. Ese número quinario se refiere a la Ley. Ésos son los cinco libros de Moisés; ésos son los cinco pórticos aquellos que contenían a los enfermos; ésos son los cinco panes que alimentaron a cinco mil hombres. El número vigésimo quinto, pues, significa la Ley, porque cinco por cinco, esto es, cinco veces cinco, dan veinticinco, el quinario al cuadrado. Pero a esta Ley, antes de llegar el Evangelio, le faltaba la perfección. En cambio, la perfección está en el número senario. Por eso Dios terminó el mundo en seis días (Cf Gn 2,1),  y los cinco mismos se multiplican por seis para que seis por cinco den treinta, de forma que la Ley se cumpla mediante el Evangelio. Hacia quienes, pues, cumplen la Ley vino Jesús. Y vino, ¿cómo? Pisando las olas (Cf Jn 6,19), teniendo bajo los pies todas las hinchazones del mundo, aplastando todas las grandezas del mundo. Esto sucede a medida que se añade tiempo al tiempo y a medida que avanza la edad del mundo. Se aumentan en este mundo las tribulaciones, se aumentan los males, se aumentan las destrucciones, se acumula todo esto: Jesús pasa pisando las olas.

¿Por qué teméis, cristianos?

Y, sin embargo, las tribulaciones son tan grandes, que hasta los mismos que han creído en Jesús, y que se esfuerzan por perseverar hasta el fin, se espantan por si desertan; aunque Cristo pisa las olas y hunde las ambiciones y alturas mundanas, el cristiano se espanta. ¿Acaso no le ha sido predicho esto? Incluso al caminar Jesús en las olas, con razón temieron (Jn 6,19) como los cristianos, aun teniendo esperanza en el siglo futuro, se conturban ordinariamente por la destrucción de las cosas humanas cuando ven hundirse la altura de este siglo. Abren el Evangelio, abren las Escrituras y hallan predicho allí todo eso, porque el Señor lo hace. Hunde las grandezas del siglo, para ser glorificado por los humildes. De la altura de esas cosas está predicho: «Destruirás ciudades firmísimas», y: Las espadas del enemigo acabaron en final y destruiste ciudades (Sal 9,7). ¿Por qué, pues, teméis, cristianos? Cristo dice: Yo soy, no temáis. ¿Por qué os espantáis de estas cosas? ¿Por qué teméis? Yo lo predije, yo lo hago, es necesario que suceda. Yo soy, no temáis. Quisieron, pues, acogerlo en la nave al reconocerlo y gozosos, hechos seguros. E inmediatamente la nave estuvo junto a la tierra a que iban (Jn 6,20-21). Junto a la tierra se hizo el final; de lo húmedo a lo sólido, de lo turbado a lo firme, del viaje al final.

Atraviesa el lago caminando

Al día siguiente, la turba que estaba al otro lado del mar de donde habían venido, vio que allí no había sino una única navecilla, y que no había entrado con sus discípulos a la nave, sino que sus discípulos se habían ido solos. Pero detrás llegaron de Tiberíades unas naves junto al lugar donde habían comido el pan tras haber dado gracias el Señor. Como, pues, la turba hubiese visto que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, ascendieron a las navecillas y vinieron a Cafarnaún a buscar a Jesús (Jn 6,22-24). Sin embargo, se les insinuó tan gran milagro, pues vieron que a la nave habían ascendido los discípulos solos y que allí no había otra nave. Pues bien, de allí llegaron también junto al lugar donde habían comido el pan unas naves en que las turbas lo siguieron. No había ascendido, pues, con los discípulos, allí no había otra nave; ¿cómo Jesús se encontró súbitamente al otro lado de mar, sino porque caminó sobre el mar, para mostrar un milagro?

Y como las turbas lo hubiesen hallado. He aquí que se presenta a las turbas por las que había temido ser raptado, y había huido al monte. Confirma absolutamente y nos insinúa que todo eso se ha dicho en misterio y que ha sucedido como sacramento grande para significar algo. Ahí está quien de las turbas había huido al monte. ¿Acaso no habla con las turbas mismas? Deténganlo ahora, háganlo rey. Y, como lo hubiesen hallado al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo has llegado aquí? (Jn 6,25).

Tras el sacramento del milagro, él añade un sermón para, si es posible, alimentar a quienes ya habían sido alimentados, y con las palabras saciar las mentes de aquellos cuyos vientres sació de pan; pero si comprenden; y, si no comprenden, para que no perezcan los fragmentos se recogerá lo que no entienden. Hable, pues, y escuchemos: Jesús les respondió y dijo: En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis de mis panes. Me buscáis por la carne, no por el espíritu. ¡Cuantísimos no buscan a Jesús sino para que les haga bien según el tiempo! Uno tiene un negocio, busca la intercesión de los clérigos; oprime a otro uno más poderoso, se refugia en la Iglesia; otro quiere que se intervenga a su favor ante quien el primero vale poco; uno de una manera, otro de otra; cotidianamente se llena de individuos tales la Iglesia. Apenas se busca a Jesús por Jesús. Me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis de mis panes. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que permanece para vida eterna. Me buscáis a mí por otra cosa; buscadme por mí. Por cierto, se insinúa a sí mismo como ese alimento que más adelante aclara él: El que os dará el Hijo del hombre (Jn 6,26-27). Creo que aguardabas comer de nuevo panes, recostarte de nuevo, saciarte de nuevo. Pero había dicho: «No el alimento que perece, sino el que permanece para vida eterna», como se había dicho a aquella mujer samaritana «Si supieras quién te pide de beber, quizá le hubieses pedido a él y te daría agua viva», cuando ella dijo: ¿Cómo tú, si no tienes pozal y el pozo es hondo? Respondió a la samaritana: Si supieras quien te pide de beber, tú le hubieses pedido a él y te daría un agua gracias a la cual quien la bebiere no tendrá más sed, porque quien bebiere de esta agua tendrá sed de nuevo (Jn 4,10 13). Ella se alegró y, la que se fatigaba por el esfuerzo de sacarla, quiso recibirla como para no padecer sed corporal; y así, entre conversaciones de esta laya, llegó al pozo espiritual; también aquí sucede absolutamente de este modo.

Marcado con el sello de Dios Padre

Este alimento, pues, que no perece, sino que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, pues a éste marcó el Padre, Dios (Jn 6,27). No toméis a este Hijo del hombre como a otros hijos de hombres de quienes está dicho: En cambio, los hijos de los hombres esperarán en la protección de tus alas (Sal 35,8). Ese hijo de hombre puesto aparte por cierta gracia del Espíritu y, según la carne, hijo de hombre, retirado del número de los hombres 18, es el Hijo del hombre. Ese Hijo del hombre e Hijo de Dios, ese hombre es también Dios. En otro lugar, al interrogar a los discípulos pregunta: ¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre? Y ellos: Unos que Juan, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Y él: Vosotros, en cambio, ¿quién decís que soy yo? Respondió Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo (Mt 16,13-16). Él se llamó el Hijo del hombre, y Pedro lo llamó el Hijo del Dios vivo. Uno recordaba muy bien lo que misericordiosamente había mostrado; el otro recordaba lo que permanecía en la claridad. La Palabra de Dios resalta su abajamiento, el hombre reconoce la claridad de su Señor. Y supongo, hermanos, que de verdad es justo esto: se rebajó por nosotros; glorifiquémoslo nosotros, pues es hijo de hombre no por él, sino por nosotros. Era, pues, hijo de hombre de ese modo, cuando la Palabra de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Por eso, en efecto, a éste marcó el Padre, Dios. ¿Qué es marcar sino poner algo propio? De hecho, marcar es poner sobre una cosa algo para que ella no se confunda con las demás. Marcar es poner marca a una cosa. A cualquier cosa a que pones marca le pones marca precisamente para que, no confundida con otras, puedas reconocerla. El Padre, pues, lo marcó. ¿Qué significa: marcó? Le dio algo propio para que no se equipare con los hombres. Por eso está dicho de él: Te ungió Dios, tu Dios, con óleo de exultación más que a tus compañeros (Sal 44,8). Signar, pues, ¿qué es? Tener retirado; esto significa: más que a tus compañeros. Afirma: «Por eso, no me despreciéis por ser hijo de hombre y pedidme no el alimento que perece, sino el que permanece para vida eterna. Soy, en efecto, hijo de hombre, pero sin ser uno de vosotros; soy hijo de hombre, de forma que el Padre, Dios, me marca. ¿Qué significa “me marca”? Me da algo propio, mediante lo que, en vez de ser yo confundido con el género humano, el género humano sea liberado mediante mí».

La promesa de Jesús, superior al maná de Moisés

Pues les había dicho: «Trabajad no por la comida que perece, sino por la que permanece para vida eterna», le dijeron, pues: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? ¿Qué haremos? preguntan. Podremos cumplir este precepto, observando ¿qué? Respondió Jesús y les dijo: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió (Jn 6,28). Eso es, pues, comer el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. ¿Para qué preparas dientes y vientre? Cree y has comido. Por cierto, la fe se distingue de las obras, como dice el Apóstol «que el hombre es justificado sin obras mediante fe» (Rm 3,28), y hay obras que, sin la fe de Cristo, parecen buenas y no son buenas porque no se refieren al fin en virtud del cual son buenas: Pues fin de la Ley es Cristo para justicia a favor de todo el que cree (Rm 10,4). Por eso no quiso distinguir de la obra la fe, sino que dijo que la fe misma es obra, pues esa misma fe es la que obra mediante el amor (Cf Ga 5,6). No dijo «Ésta es vuestra obra», sino: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió, para que quien se gloría, gloríese en el Señor (1Co 1,31).

Porque, pues, los invitaba a la fe, ellos todavía pedían signos para creer. Mira los judíos, no piden signos. Le dijeron, pues: ¿Qué signo, pues, haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué realizas? (Jn 6,30). ¿Acaso era poco haber sido saciados con cinco panes? De hecho, sabían esto, preferían a este alimento el maná del cielo. En cambio, el Señor Jesús decía ser de tal clase que se anteponía a Moisés, pues Moisés no osó decir de sí que daría el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Ése prometía algo más que Moisés, pues mediante Moisés se prometía un reino, tierra que manaba leche y miel, paz temporal, abundancia de hijos, salud corporal y todo lo demás, temporal, sí, pero espiritual en figura porque en el Viejo Testamento se prometía al hombre viejo. Observaban, pues, lo prometido mediante Moisés y observaban lo prometido mediante Cristo. Aquél prometía en la tierra un vientre lleno, pero de alimento que perece; éste prometía el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Observaban que él prometía más, y como que aún no veían que hacía cosas mayores. Así pues, observaban la calidad de las que había hecho Moisés, y aún querían que hiciese algunas mayores quien las prometía tan grandes. «¿Qué haces, preguntan, para que te creamos?». Y, para que sepas que equiparaban a este milagro los milagros aquellos y que, por eso, juzgaban menores esos que hacía Jesús, afirman: Nuestros padres comieron en el desierto el maná (Sal 77,24; Jn 6,31). Pero ¿qué es el maná? Quizá lo despreciáis. Como está escrito: Les dio a comer maná. Mediante Moisés, nuestros padres recibieron del cielo pan, mas Moisés no les dijo: Trabajad por el alimento que no perece. Tú prometes el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna, mas no haces obras tales cuales hizo Moisés. Él no dio panes de cebada, sino que dio maná venido del cielo.

John Henry Newman

Christ Manifested in Remembrance



«Rabí, ¿cuándo has llegado aquí?... Lo que Dios espera...es que creáis...!» (Jn 6,28ss)

Cristo no da testimonio de sí mismo ni dice quién es ni de dónde viene. Él está entre sus contemporáneos como el que sirve (cf Lc 22,27) Aparentemente, sólo después de la resurrección, y sobre todo, después de su ascensión, cuando el Espíritu ya había venido, los apóstoles comprendieron quién era aquel que había estado con ellos. Cuando todo lo demás había acabado, no antes, ellos lo supieron. De manera que aquí vemos, creo yo, la manifestación de un principio general que se presenta ante nosotros a menudo, tanto en la Escritura como en la vida del mundo: No reconocemos la presencia de Dios en el instante que está con nosotros, sino después, cuando volvemos la mirada sobre los acontecimientos pasados.

Acontecimientos agradables o dolorosos: no sabemos en el momento su significado. No vemos en ellos la mano de Dios. Si tenemos fe, confesamos lo que no vemos y acogemos todo lo que nos acontece como venido de su mano. Con todo, tanto si lo aceptamos con espíritu de fe como no, no hay otro medio de aceptarlo que la fe. No vemos nada. No comprendemos cómo puede suceder tal cosa o a qué sirve tal otra. Un día, Jacob exclama: “Todo se vuelve contra mí.” (Gn 42,36) Realmente parece que fuera así... Y no obstante, todas sus desventuras se habían de trocar en bienes. Considerad su hijo José, vendido por sus hermanos, llevado a Egipto, encarcelado de cuerpo y de espíritu, esperando que el Señor se compadeciera de él. Repetidamente dice el texto sagrado: “El Señor estaba con José.” ... Una vez pasada la calamidad, comprendió lo que en su momento resultaba tan incomprensible y dijo a sus hermanos: “Dios me envió delante de vosotros para salvar vuestras vidas...No fuisteis vosotros quienes me enviasteis a este lugar sino Dios.” (Gn 45,7)

¡Prodigiosa providencia, silenciosa y no obstante tan eficaz, constante e infalible! Ella destruye las maquinaciones del diablo. Satanás no puede conocer la mano de Dios que obra en el curso de los acontecimientos.

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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Lunes III



PD: Revisar comentario del Crisóstomo.

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