Jn 6, 30-35 Discurso del Pan de Vida (ii): Yo soy el verdadero Pan del cielo

*Otros comentarios y homilías podrían aparecer en actualizaciones posteriores

Texto Bíblico

30 Le replicaron: «¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”». 32 Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». 34 Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan».
35 Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás;

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Crisóstomo

Sobre el Evangelio de san Juan



NADA HAY peor que la gula, nada más vergonzoso. Esta es la que cierra el entendimiento y lo hace rudo y vuelve carnal al alma. Esta ciega y no deja ver. Observa cómo fue eso lo que obró en los judíos. Porque ansiando ellos los placeres del vientre y no pensando en nada espiritual, sino únicamente lo de este siglo. Cristo los excitó con abundantes discursos, llenos unas veces de acritud, otras de suavidad y perdón. Pero ni aún así se levantaron a lo alto, sino que permanecieron por tierra.

Atiende, te ruego. Les había dicho: Me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque comisteis de los panes y os habéis saturado. Los punzó arguyéndoles; les mostró cuál es el pan que se ha de buscar al decirles: Haceos no del alimento que perece; y aun les añadió el premio diciendo: sino el pan para la vida eterna. Y enseguida sale al encuentro de la objeción de ellos con decirles que ha sido enviado por el Padre. ¿Qué hacen ellos? Como si nada hubieran oído, le dicen: ¿Qué debemos hacer para lograr la merced de Dios? No lo preguntaban para aprender y ponerlo por obra, como se ve por lo que sigue, sino queriendo inducirlo a que de nuevo les suministre pan para volver a saturarse. ¿Qué les responde Cristo?: Esta es la obra que quiere Dios: que creáis en el que El envió. Instan ellos: ¿Qué señal nos das para que la veamos y creamos en ti? Nuestros padres comieron el maná en el desierto.

¡No hay cosa más necia y más estulta que eso! Cuando el milagro estaba aún delante de sus ojos, como si nada se hubiera realizado le decían: ¿Qué señal nos das? Y ni siquiera le dan opción a escoger, sino que piensan que acabarán por obligarlo a hacer otro milagro como el que se verificó en tiempo de sus ancestros. Por eso le dicen: Nuestros padres comieron el maná en el desierto. Creían que por este camino lo excitarían a realizar ese mismo milagro que los alimentaría corporalmente. Porque ¿por cuál otro motivo no citan sino ése, de entre los muchos verificados antiguamente; puesto que muchos tuvieron lugar en Egipto, en el mar, en el desierto? Pero sólo le proponen el del maná. ¿No es acaso esto porque aún estaban reciamente bajo la tiranía del vientre? Pero, oh judíos: ¿cómo es esto que aquel a quien vosotros llamasteis profeta y lo quisisteis hacer rey por el milagro que visteis, ahora, como si nada se hubiera realizado, os le mostráis tan ingratos y pérfidos, que aún le pedís una señal, lanzando voces dignas de parásitos y de canes famélicos? ¿De modo que ahora, cuando vuestra alma está hambreada, venís a recordar el maná?

Y advierte bien la ironía. No le dijeron: Moisés hizo este milagro; y tú ¿cuál haces? porque no querían volvérselo contrario. Sino que emplean una forma sumamente honorífica en espera del alimento. No le dijeron: Dios hizo aquel prodigio; y tú ¿cuál haces? porque no querían parecer como si lo igualaran a Dios. Tampoco nombran a Moisés, para no parecer que lo hacen inferior a Cristo. Sino que invocaron el hecho simple y dijeron: Nuestros padres comieron el maná en el desierto. Podía Cristo haberles respondido: Mayor milagro he hecho yo que no Moisés. Yo no necesito de vara ni de súplicas, sino que todo lo he hecho por mi propio poder. Si traéis al medio el maná, yo os di pan. Pero no era entonces ocasión propicia para hablarles así, pues el único anhelo de Cristo era llevarlos al alimento espiritual.

Observa con cuán eximia prudencia les responde: No fue Moisés quien os dio pan bajado del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan que viene del cielo. ¿Por qué no dijo: No fue Moisés, sino soy yo, sino que sustituyó a Moisés con Dios y al maná consigo mismo? Fue porque aún era grande la rudeza de los oyentes, como se ve por lo que sigue. Puesto que con tales palabras no los cohibió. Y eso que al principio ya les había dicho: Me buscáis no porque hayáis comprendido las señales, sino porque comisteis de los panes y os habéis saturado. Y como esto era lo que buscaban, en lo que sigue también los corrige. Pero ellos no desistieron.

Cuando prometió a la mujer samaritana que le daría aquella agua, no hizo mención del Padre, sino que dijo: Si supieras quién es el que te dice: Dame de beber, quizá tú le pedirías, y te daría agua viva. Y en seguida: El agua que yo daré; y tampoco hace referencia al Padre. Aquí, en cambio, sí la hace. Pues bien, fue para que entiendas cuán grande era la fe de la samaritana y cuán grande la rudeza de los judíos. En cuanto al maná, en realidad no venía del Cielo. Entonces ¿cómo se dice ser del cielo? Pues es al modo como las Escrituras hablan de: Las aves del cielo;1 y también: Tronó desde el cielo Dios?

Y dice del pan verdadero, no porque el milagro del maná fuera falso, sino porque era sólo figura y no la realidad. Y al recordar a Moisés se antepuso a éste, ya que ellos no lo anteponían; más aún, tenían por más grande a Moisés. Por lo cual, habiendo dicho: No fue Moisés quien os dio, no añadió: Yo soy el que os doy, sino dijo que el Padre lo daba. Ellos le respondieron: Danos de ese pan para comer, pues aún pensaban que sería una cosa sensible y material y esperaban llenar sus vientres. Y tal era el motivo de que tan pronto acudieran a él. ¿Qué dice Cristo? Poco a poco los va levantando a lo alto; y así les dice: El pan de Dios es el que desciende del cielo y da la vida al mundo. No a solos los judíos sino a todo el mundo.

Y no habla simplemente de alimento, sino de otra vida diversa. Y dice vida porque todos ellos estaban muertos. Pero ellos siguen apegados a lo terreno y le dicen: Danos ese pan. Los reprochaba de una mesa sensible; pero en cuanto supieron que se trataba de una mesa espiritual, ya no se le acercan. Les dice: Yo soy el pan de vida. El que a mí viene jamás tendrá hambre y el que cree en mí jamás padecerá sed. Pero yo os tengo dicho que aunque habéis visto mis señales, no creéis.

Ya el evangelista se había adelantado a decir: Habla de lo que sabe y da testimonio de lo que vio y nadie acepta su testimonio. Y Cristo a su vez: Hablamos lo que sabemos y testificamos lo que hemos visto, pero no aceptáis nuestro testimonio. Va procurando amonestarlos de antemano y manifestarles que nada de eso lo conturba, ni busca la gloria humana, ni ignora lo secreto de los pensamientos de ellos, así presentes como futuros. Yo soy el pan de vida. Ya se acerca el tiempo de confiar los misterios. Mas primeramente habla de su divinidad y dice: Yo soy el pan de vida. Porque esto no lo dijo acerca de su cuerpo, ya que de éste habla al fin, cuando declara: El pan que yo daré es mi carne. Habla pues todavía de su divinidad. Su carne, por estar unida a Dios Verbo, es pan; así como este pan, por el Espíritu Santo que desciende, es pan del cielo.

Pero aquí no usa ya de testigos, como en el discurso anterior, pues allá tenía como testigos los panes del milagro y los oyentes aún simulaban creerle. Acá en cambio aún lo contradecían y le argumentaban. Por lo cual finalmente ahora expone plenamente su sentencia. Ellos siguen esperando el alimento corporal y no se perturban hasta el momento en que pierden la esperanza de obtenerlo. Mas ni aun así calló Cristo, sino que los increpa con vehemencia. Los que allá mientras comían lo llamaron profeta, ahora se escandalizan y lo llaman hijo de artesano. No lo trataban así cuando estaban comiendo, sino que decían: Este es el Profeta. Y aun lo querían hacer rey. Ahora hasta se indignan al oírlo decir que ha venido del Cielo. Mas no era ése el motivo verdadero de su indignación, sino el haber perdido la esperanza de volver a disfrutar de la mesa corporal. Si su indignación fuera verdadera, debían investigar cómo era pan de vida, cómo había bajado del Cielo. Pero no lo hacen, sino que solamente murmuran.

Y que no sea aquélla la causa verdadera de su indignación se ve porque cuando Jesús les dijo: Mi Padre os da el pan, no le dijeron: Pídele que nos dé, sino ¿qué?: Danos ese pan. Jesús no les había dicho: Yo os daré, sino: Mi Padre os da. Pero ellos, por la gula, pensaban que él podía dárselo. Pues bien, quienes esto creían ¿en qué forma debieron escandalizarse cuando lo oyeron decir que era el Padre quien se lo daría?

¿Cuál es pues el motivo verdadero? Que en cuanto oyeron que ya no comerían, ya no creyeron; y ponen como motivo el que Jesús les hable de cosas elevadas. Por eso les dice: Me habéis visto y no creéis, dándoles a entender así los milagros como el testimonio de las Escrituras. Pues dice: Ellas dan testimonio de Mí; y también: ¿Cómo podéis creer vosotros que captáis la gloria unos de otros?

Todos los que me da el Padre vienen a mí; y a cuantos vengan a mí Yo no los desecharé. ¿Observas cómo pone todos los medios para salvar a los hombres? Añadió esto para que no pareciera que hablaba de ligero y que procedía en vano. Y ¿qué es lo que dice?: Todos los que me da el Padre vienen a mí y yo los resucitaré al final de los tiempos. ¿Por qué trae al medio la resurrección, como don concedido a los que creen, puesto que también los impíos la participarán? Porque habla no de la resurrección común, sino de una peculiar resurrección. Pues como al principio dijera: No los echaré fuera y no dejaré perecer a ninguno, luego añadió lo de la resurrección.

En la resurrección los hay que son echados fuera, puesto que dice: Tomadlo y arrojadlo a las tinieblas exteriores. Y los hay que perecen, como se deja entender con decir: Temed más bien al que puede arrojar el alma y el cuerpo a la gehenna. En consecuencia, lo que dice: Doy la vida eterna, quiere decir: Y saldrán resucitados para condenación los que obraron perversamente; y los que obraron bien, para vida. En conclusión, que aquí habla de la resurrección de los buenos.

Mas ¿qué significa cuando dice: Todos los que me da el Padre vienen a Mí? Púnzalos por su incredulidad y declara que quienes no creen en El traspasan la voluntad del Padre. No lo dice abiertamente, pero sí lo da a entender. Y vemos que continuamente procede así para declarar que los que no creen en El no lo ofenden a El solo sino además al Padre. Puesto que si tal es su voluntad y para eso vino al mundo, para salvar al mundo, traspasan su voluntad. Como si dijera: Cuando el Padre me envía alguno, nada le impide que se me acerque. Luego continúa: Nadie puede venir a Mí si mi Padre no lo atrae. Y Pablo dijo: Jesús los entrega al Padre: Cuando haya entregado el reino a Dios Padre. Así como el Padre cuando da no por eso se priva de lo que da, así el Hijo cuando entregó todo, no se defraudó a Sí mismo. Se dice que entrega porque por El tenemos acceso al Padre.

Ese por el cual se dice también del Padre, como en Pablo: Por el cual habéis sido llamados a la comunión de su Hijo; o sea por voluntad del Padre. Y Jesús dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te lo revelaron la carne y la sangre? De modo que en este pasaje viene a decir poco más o menos: La fe en Mí no es cosa pequeña, sino que necesita la gracia de arriba. Y en todas partes establece lo mismo: que el alma generosa, atraída por Dios, necesita de la fe. Quizá diga alguno: Si todos los que te da el Padre vienen a Ti; y aquellos a quienes El atrae; y si nadie puede venir a Ti si no se le concede el don de allá arriba, aquellos a quienes no hace semejante don el Padre se encuentran libres de toda culpa. Todo eso es palabrería y vanas excusas. Porque también se necesita nuestra voluntad, ya que a ella le toca el ser enseñada y creer.

Por lo mismo, con las palabras: Todos los que me da el Padre, no quiere decir sino que: no es cosa de poco precio creer en Mí, ni depende eso de humano raciocinio, sino que se necesita una revelación de lo alto y un alma piadosa que acepte semejante revelación. Y aquello otro: El que viene a Mí será salvo, significa que gozará de especial y grande providencia. Pues por esto vino Cristo y tomó carne y forma de siervo.

Luego continuó: Porque he descendido del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió. ¿Qué dices, Señor? ¿De modo que una es tu voluntad y otra la de tu Padre? Pues para que nadie opine semejante cosa, quita la sospecha añadiendo: Y ésta es la voluntad de aquel que me envió: que todo el que ve al Hijo y cree en El, tenga vida eterna. Pero ¿acaso no es ésta tu misma voluntad, Señor? ¿Por qué entonces en otra parte dices: Fuego vine a traer a la tierra ¿y qué otra cosa anhelo sino que se encienda? Si pues esto es lo que quieres, manifiestamente es una misma voluntad, ya que en otra parte aseguras: Así como el Padre resucita a los muertos y los hace revivir, así el Hijo da vida a quienes le place.

Y ¿cuál es la voluntad del Padre? ¿Acaso no es que de ésos no perezca ninguno? Esto mismo anhelas tú también. De modo que no es ésta una voluntad y otra aquélla. Del mismo modo en otro lugar establece la igualdad con el Padre más determinadamente cuando dice: Yo y mi Padre vendremos y haremos en él morada. ll En una palabra, como si dijera: No he venido a hacer otra cosa, sino lo que el Padre quiere; y no tengo otra voluntad sino la de mi Padre. Porque todo lo de mi Padre es mío, y todo lo mío es de El. Si pues las cosas todas del Padre y del Hijo son comunes, lógicamente dice Cristo: No he venido para hacer mi voluntad. Sin embargo, esto no lo declara aquí sino que lo deja para el fin; pues, como ya dije, oculta aún lo más sublime y lo encubre como con una sombra, para declarar con esto que, si les hubiera dicho ésta es mi voluntad, lo habrían despreciado.

Les dice que El coopera con la voluntad de su Padre con el objeto de infundirles más temor. Como si les dijera: ¿Qué es lo que pensáis? ¿que con no creer en Mí me irritáis? ¡Es a mi Padre a quien movéis a ira! Porque esta es la voluntad del que me envió, que de todos los que me dio Yo a ninguno deje perecer. Les demuestra de este modo que El no necesita del culto de ellos, y que no ha venido en busca de utilidad propia y propios honores, sino para la salvación de ellos. Es lo mismo que dijo en el discurso anterior: Yo no necesito que otro hombre dé testimonio de Mí. Y además: Os digo esto para que os salvéis. Porque continuamente se empeña en declarar que ha venido para la salvación de ellos.

Y dice que El prepara la gloria del Padre, para que no recaiga sobre El sospecha alguna. Y que por tal motivo lo haga, lo manifiesta en lo que sigue más adelante: El que busca su voluntad, busca su propia gloria. Mas el que busca la gloria de aquel que lo envió, éste es sincero y no hay en él deslealtad. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga vida eterna, y Yo lo resucitaré al final de los tiempos. ¿Por qué menciona la resurrección con tanta frecuencia? Para que no circunscriban la providencia de Dios a sólo las cosas presentes; de manera que si acá no disfrutan de bienes, no por eso se tornen más desidiosos, sino que esperen los bienes futuros; y que si al presente no son castigados, no lo desprecien, sino que aguarden la otra vida.

Ahora bien, si ellos en nada aprovecharon, empeñémonos nosotros en aprovechar, tratando con frecuencia de la resurrección. Si nos acomete el deseo de enriquecernos, de robar, de hacer algo perverso, pensemos al punto en aquel último día e imaginemos aquel tribunal: este pensamiento reprimirá la pasión del ánimo mucho mejor que cualquier freno. Digamos a otros y a nosotros mismos continuamente: Resurrección hay y un tribunal temible nos espera. Si vemos a alguno que anda hinchado y alegre por los bienes presentes, digámosle y hagámosle ver que todo eso acá se quedará. Si a otro lo encontramos adolorido y oprimido por las fatigas, representémosle eso mismo, o sea, que las cosas tristes todas tienen acá su término. Si lo hallamos perezoso y disipado, repitámosle lo mismo, o sea, que de su desidia sufrirá el castigo.

Semejante sentencia curará nuestras almas mejor que cualquiera medicina. Porque sí hay resurrección; y a las puertas está y no muy lejana la resurrección. Pues dice Pablo: Todavía un poco y el que ha de venir vendrá y no tardará. Y también: Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo; es decir, buenos y malos. Estos para que delante de todos queden avergonzados; aquéllos para que delante de todos aparezcan más brillantes. Así como acá los jueces públicamente castigan a los perversos y honran a los buenos, así sucederá allá; de manera que para unos la vergüenza sea mayor, y para otros la gloria sea más espléndida.

Pues bien, imaginemos esto día por día. Si continuamente lo meditamos, ninguna cosa presente y pasajera nos impedirá. Lo que se ve es pasajero; lo que no se ve es eterno. Mutuamente repitámonos unos a otros esto mismo y digámonos: ¡Hay resurrección! ¡hay juicio! ¡hemos de dar cuenta de nuestras obras! Repitan esto los que andan pensando que existe el hado y quedarán libres de semejante enfermedad muy pronto. Porque si hay resurrección, habrá juicio y no existe el hado, por más que en afirmarlo se esfuercen.

Pero? ya me está dando vergüenza el enseñar esto a cristianos y decirles que existe la resurrección; y sin embargo no se han persuadido de que no existe la necesidad fatal del hado, ni suceden las cosas al acaso: semejante hombre en realidad no es cristiano. Por tal motivo os ruego, os suplico que nos purifiquemos de todo pecado y pongamos todos los medios para obtener indulgencia y perdón para aquel día. Quizá pregunte alguno: ¿cuándo será la consumación, cuándo la resurrección? Mucho tiempo ha pasado ya y nada de eso ha acontecido. Y sin embargo, creedme: ¡acontecerá! También antes del diluvio decían lo mismo los hombres y se burlaban de Noé. Pero llegó el diluvio y ahogó a todos los que no creían en él, y solamente se salvó el que creyó y salió libre. Tampoco los contemporáneos de Lot esperaban el castigo divino, hasta que llegó el momento en que el fuego y los rayos acabaron con todos. Y ni entonces ni cuando Noé hubo señales previas de lo que iba a suceder; sino que cuando todos estaban entregados a los banquetes y a la embriaguez, descargó sobre ellos aquel daño inevitable. Por lo cual dice Pablo: Cuando digan ¡paz y seguridad! entonces de improviso los asaltará el exterminio, como los dolores de parto a una mujer encinta, y no escaparán.

¿Qué es lo que tú dices? ¿No esperas la resurrección? ¿no el juicio? Los demonios confiesan estas verdades ¿y tú no las confiesas? Porque ellos dicen: ¿Vienes ya antes de ahora para atormentarnos? 16 Sin duda quienes hablan de tormentos futuros, saben bien que hay juicio y rendición de cuentas y suplicios. No provoquemos a Dios atreviéndonos a cosas necias y no dando fe a la resurrección. Así como en las demás cosas Cristo fue nuestro principio, lo mismo será en ésta. Por tal motivo se le llama: Primogénito de entre los muertos. Pero si no habrá resurrección ¿cómo será primogénito, puesto que ninguno de los muertos iría después de El? Si no hay resurrección ¿cómo existirá la justicia divina, pues tantos malvados viven prósperamente y tantos buenos pasan su vida en estrecheces? ¿Cuándo recibirá cada cual conforme a sus merecimientos si no hay resurrección? Nadie de los que viven correctamente niega la resurrección: los buenos cada día la anhelan y lanzan aquella voz santa: ¡Venga tu reino! ¿Quiénes son los que no creen en ella? Los que van por los caminos de la iniquidad y llevan una vida perversa, como lo asegura el profeta: En todo tiempo sus caminos están manchados; muy lejos están de él tus juicios. ¡No, no hay hombre que viva virtuosamente y no crea en la resurrección! Los que no tienen conciencia de pecado, dicen, afirman, esperan, creen que resucitarán. No irritemos a Dios. Oigámoslo que dice: Temed al que es poderoso para echar el alma y el cuerpo en la gehenna, y tornémonos mejores con el santo temor; y libres de semejante ruina, hagámonos dignos del Reino de los Cielos. Ojalá todos lo alcancemos, por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea la gloria al Padre, juntamente con su adorable, santísimo y vivificador Espíritu, ahora y siempre y por infinitos siglos de siglos. Amén.

Justino

Apología: No es un alimento común

«El verdadero pan del cielo» (Jn 6,32)
nn. 66-67


A nadie es lícito participar de la Eucaristía si no cree que son verdad las cosas que enseñamos, y no se ha purificado en aquel baño que da la remisión de los pecados y la regeneración, y no vive como Cristo nos enseñó.

Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria sino que, así como Cristo, nuestro salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarno.

Los apóstoles, en efecto, en sus tratados, llamados Evangelios, nos cuentan que así les fue mandado, cuando Jesús, tomando pan y dando gracias, dijo: Haced esto en conmemoración mía. Esto es mi cuerpo; y luego, tomando del mismo modo en sus manos el cáliz, dio gracias, y dijo: Esta es mi sangre, dándoselo a ellos solos. Desde entonces seguimos recordándonos siempre unos a otros estas cosas; y los que tenemos bienes acudimos en ayuda de los que no los tienen, y permanecemos unidos. Y siempre que presentamos nuestras ofrendas alabamos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo.

El día llamado del sol se reúnen todos en un lugar, lo mismo los que habitan en la ciudad que los que viven en el campo, y, según conviene, se leen los tratados de los apóstoles y los escritos de los profetas, según el tiempo lo permita.

Luego, cuando el lector termina, el que preside se encarga de amonestar, con palabras de exhortación, a la imitación de cosas tan admirables.

Después nos levantamos todos a la vez y recitamos preces; y a continuación, como ya dijimos, una vez que concluyen las plegarias, se trae pan, vino y agua: y el que preside pronuncia con todas sus fuerzas preces y acciones de gracias, y el pueblo responde «Amén»; tras de lo cual se distribuyen los dones sobre los que se ha pronunciado la acción de gracias, comulgan todos, y los diáconos se encargan de llevárselo a los ausentes.

Los que poseen bienes de fortuna y quieren, cada uno da, a su arbitrio, lo que bien le parece, y lo que se recoge se deposita ante el que preside, que es quien se ocupa de repartirlo entre los huérfanos y las viudas, los que por enfermedad u otra causa cualquiera pasan necesidad, así como a los presos y a los que se hallan de paso como huéspedes; en una palabra, él es quien se encarga de todos los necesitados.

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque en este día, que es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Le crucificaron, en efecto, la víspera del día de Saturno, y al día siguiente del de Saturno, o sea el día del sol, se dejó ver de sus apóstoles y discípulos y les enseñó todo lo que hemos expuesto a vuestra consideración.

Agustín de Hipona

Sobre el Evangelio de san Juan



La promesa de Jesús, superior al maná de Moisés

Pues les había dicho: «Trabajad no por la comida que perece, sino por la que permanece para vida eterna», le dijeron, pues: ¿Qué haremos para realizar las obras de Dios? ¿Qué haremos? preguntan. Podremos cumplir este precepto, observando ¿qué? Respondió Jesús y les dijo: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió (Jn 6,28). Eso es, pues, comer el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. ¿Para qué preparas dientes y vientre? Cree y has comido. Por cierto, la fe se distingue de las obras, como dice el Apóstol «que el hombre es justificado sin obras mediante fe» (Rm 3,28), y hay obras que, sin la fe de Cristo, parecen buenas y no son buenas porque no se refieren al fin en virtud del cual son buenas: Pues fin de la Ley es Cristo para justicia a favor de todo el que cree (Rm 10,4). Por eso no quiso distinguir de la obra la fe, sino que dijo que la fe misma es obra, pues esa misma fe es la que obra mediante el amor (Cf Ga 5,6). No dijo «Ésta es vuestra obra», sino: Ésta es la obra de Dios: que creáis en quien él envió, para que quien se gloría, gloríese en el Señor (1Co 1,31).

Porque, pues, los invitaba a la fe, ellos todavía pedían signos para creer. Mira los judíos, no piden signos. Le dijeron, pues: ¿Qué signo, pues, haces tú, para que lo veamos y te creamos? ¿Qué realizas? (Jn 6,30). ¿Acaso era poco haber sido saciados con cinco panes? De hecho, sabían esto, preferían a este alimento el maná del cielo. En cambio, el Señor Jesús decía ser de tal clase que se anteponía a Moisés, pues Moisés no osó decir de sí que daría el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Ése prometía algo más que Moisés, pues mediante Moisés se prometía un reino, tierra que manaba leche y miel, paz temporal, abundancia de hijos, salud corporal y todo lo demás, temporal, sí, pero espiritual en figura porque en el Viejo Testamento se prometía al hombre viejo. Observaban, pues, lo prometido mediante Moisés y observaban lo prometido mediante Cristo. Aquél prometía en la tierra un vientre lleno, pero de alimento que perece; éste prometía el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna. Observaban que él prometía más, y como que aún no veían que hacía cosas mayores. Así pues, observaban la calidad de las que había hecho Moisés, y aún querían que hiciese algunas mayores quien las prometía tan grandes. «¿Qué haces, preguntan, para que te creamos?». Y, para que sepas que equiparaban a este milagro los milagros aquellos y que, por eso, juzgaban menores esos que hacía Jesús, afirman: Nuestros padres comieron en el desierto el maná (Sal 77,24; Jn 6,31). Pero ¿qué es el maná? Quizá lo despreciáis. Como está escrito: Les dio a comer maná. Mediante Moisés, nuestros padres recibieron del cielo pan, mas Moisés no les dijo: Trabajad por el alimento que no perece. Tú prometes el alimento que no perece, sino que permanece para vida eterna, mas no haces obras tales cuales hizo Moisés. Él no dio panes de cebada, sino que dio maná venido del cielo.

El verdadero pan es Jesús

Les dijo, pues, Jesús: En verdad, en verdad os digo: No os ha dado Moisés el pan venido del cielo, sino mi Padre os dio desde el cielo el pan, pues el pan verdadero es el que desciende del cielo y da vida al mundo(Jn 6,32-33). Verdadero pan, pues, es el que da vida al mundo y ése mismo es el alimento del que poco antes he dicho: Trabajad no por el alimento que perece, sino por el que permanece para vida eterna. El maná, pues, significaba esto y todo aquello eran signos míos. Habéis amado mis signos; ¿despreciáis al que significaban? Moisés, pues, no ha dado el pan venido del cielo; Dios da pan. Pero ¿qué pan? ¿Quizá maná? No, sino el pan que el maná significó, a saber, al Señor Jesús en persona. Mi Padre os da el verdadero pan, pues el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo. Le dijeron, pues: Señor, danos siempre este pan (Jn 6,32-34). Como aquella mujer samaritana a quien está dicho: «Quien bebiere de esta agua no tendrá sed nunca», al entender ella esto según el cuerpo, pero en todo caso, porque quería carecer de necesidad, dice a continuación: «Señor, dame de esta agua» (Jn 4,13.15), así también ésos: Señor, danos este pan que nos restaure y no falte.

Teresa de Calcuta

La Palabra para ser hablada



«Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, nunca más tendrá hambre» (Jn 6,34)

En las Escrituras, se cuestiona la ternura de Dios por el mundo, y leemos que "Dios amó tanto al mundo, que le entregó a su Hijo" Jesús (Jn 3,16) para que sea como nosotros, y nos anuncie la buena noticia de que Dios es amor, que Dios os ama y me ama. Dios quiere que nos amemos unos otros, como él nos ha amado (cf. Jn 13,34).

Todos nosotros sabemos, mirando la cruz, hasta qué punto Jesús nos ha amado. Cuando miramos la Eucaristía, sabemos cuánto nos ama ahora. Por eso, él mismo se hizo "pan de vida" con el fin de satisfacer nuestra hambre con su amor, y luego, como si esto no fuera suficiente para él, se convirtió él mismo en hambriento, en indigente, en desalojado, con el fin de que vosotros y yo, pudiéramos satisfacer su hambre con nuestro amor humano. Porque para esto hemos sido creados, para amar y ser amados.

Balduino de Ford

El Sacramento del Altar



«Mi Padre os da el verdadero pan bajado del cielo» (Jn 6,32)

Dios, cuya naturaleza es bondad, cuya sustancia es amor, cuya vida es benevolencia, queriendo mostrarnos la dulzura de su naturaleza y la ternura que siente hacia sus hijos, envió a su Hijo a este mundo, el pan de los ángeles (Sal 77,25) “por el amor extremo con que nos amó” (Ef 2,4) “Porque Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).

Este es el verdadero maná que el Señor hizo llover del cielo como alimento de los hombres...éste el que Dios en su bondad ha preparado para sus pobres (Sal 67,9ss). Porque Cristo, que descendió por todos los hombres y hasta el lugar concreto de cada hombre, atrae a todos hacia si por su bondad inefable. No rechaza a nadie y admite a todos los hombres a la conversión. Para todos los que le reciben es dulzura deliciosa. Únicamente él puede colmar todos los anhelos del hombre... y se adapta de manera diferente a unos y a otros, según sus tendencias, sus deseos y apetitos...

Cada uno encuentra en él un sabor distinto...Porque no tiene el mismo sabor para el que se convierte y comienza el camino como para el que avanza en él o está ya llegando a la meta. No tiene el mismo sabor en la vida activa que en la vida contemplativa, ni para el que usa de este mundo como el que vive apartado de él, para el célibe y el hombre casado, para el que ayuna y distingue los días como para el que considera todos iguales. (cf Rm 14,5)...

Este maná cura las enfermedades, alivia los dolores, anima en los esfuerzos y fortalece la esperanza... Aquellos que lo han saboreado “siempre tendrán hambre” (Ecl 24,29). Los que tienen hambre serán saciados.

Juan van Ruysbroeck

Comentario



«Danos siempre de este pan.» (Jn 6,34)

Como primer signo de amor, Jesús nos ha dado su carne como comida, su sangre como bebida. Es una cosa inaudita que exige de nosotros admiración y estupor. Lo propio del amor es dar siempre y recibir siempre. Ahora bien, el amor de Jesús es a la vez pródigo y ávido. Todo lo que tiene, todo lo que es, lo da. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, él lo asume.

Tiene un hambre infinita... Cuanto más nuestro amor le deja actuar, más ampliamente gustaremos de él. Tiene un hambre inmensa, insaciable. Sabe bien que somos pobres, pero no lo tiene en cuenta. Se hace pan él mismo dentro de nosotros, haciendo desaparecer primero, por su amor, vicios, faltas y pecados. Luego, cuando nos ve purificados, llega, ávido, para asumir nuestra vida y cambiarla en la suya, la nuestra llena de pecados, la suya llena de gracia y de gloria, preparada para nosotros, con tal de que renunciemos...Todos los que aman, me comprenderán. Nos da a experimentar un hambre y una sed eternas.

A esta hambre, a esta sed nos da en alimento su cuerpo y su sangre. Cuando los recibimos con devoción interior, su sangre llena de calor y de gloria corre desde Dios hasta nuestras venas. El fuego prende en el fondo de nosotros y el gusto espiritual nos penetra el alma y el cuerpo, el gusto y el deseo. Nos hace semejantes a sus virtudes: él vive en nosotros y nosotros en él.

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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Martes III



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