Jn 6, 35-40: Discurso del Pan de Vida (iii): La voluntad del Padre

Texto Bíblico

35 Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; 36 pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. 37 Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, 38 porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 39 Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. 40 Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Agustín, Sobre el Evangelio de san Juan 25

35. «Les dijo Jesús: "Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed".» El que viene a mí, esto es, el que cree en mí. Y cuando dijo: no tendrá hambre, debe entenderse esto mismo, y cuando dice que nunca tendrá sed, con una y otra cosa significa aquella saciedad eterna en donde nunca hay hambre.

36. Vosotros pues deseáis el pan del cielo, el mismo que tenéis a la vista, pero no lo coméis. Por esto sigue: «Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis.»

37. No soy yo quien ha perdido al pueblo de Dios, porque vosotros me habéis visto y no me habéis creído. Por esto sigue: «Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera...» Aquel interior de donde no se sale fuera es un gran santuario, un dulce apartamiento sin tedio, sin la amargura de los malos pensamientos y sin la interposición de las tentaciones y de los dolores. Del cual se dice: "Entra en el goce de tu Señor" (Mt 25,21).

38-39. Y por qué no arrojará fuera, lo explica diciendo: «porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.» El alma se separó de Dios porque era soberbia y así por la soberbia fuimos arrojados. Pero volvemos por medio de la humildad, pues el médico, cuando estudia la enfermedad, si cura lo que ha sido producido por una causa y no extirpa la causa misma, manifestará que sólo cura por un poco de tiempo, mas durará la enfermedad mientras no desaparezca la causa. Con el fin de curar las causas de todas las enfermedades (esto es, la soberbia), bajó el Hijo de Dios y se hizo humilde. ¿Por qué, pues, ¡oh hombre! te ensoberbeces? El Hijo de Dios se ha hecho humilde por ti. Pudieras avergonzarte quizá de imitar a un hombre humilde. Imita al menos a un Dios humilde y ésta es la recomendación de la humildad: "No he venido a hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me envió". Porque la soberbia hace su propia voluntad y la humildad hace la voluntad de Dios. Y por tanto, no arrojaré fuera al que viene a mí porque no he venido a hacer mi voluntad. Siendo humilde he venido a enseñar la humildad y el que viene a mí se incorpora conmigo y se hace humilde, porque no hace su voluntad, sino la de Dios; y no será arrojado fuera. Si lo había sido antes, fue porque era soberbio, y a mí no puede venir el que no sea humilde. Lo que se arroja fuera es la soberbia; el que observa la humildad, no se separa de la verdad. Por lo tanto, no arrojará fuera al que viene a El, porque no viene a hacer su voluntad, como manifiesta cuando añade: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día.» Le fue dado todo aquél que observa la humildad (Mt 18,14). No hay voluntad en el Padre de que perezca siquiera uno, aunque sea de los más pequeñuelos. De los soberbios puede perecer alguno, pero de los pequeños ninguno perece. Porque si no os hacéis como este pequeñuelo, no entraréis en el reino de la gloria (Mt 18,3).

39-40. «Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día.» Y ved cómo habla aquí de aquellas dos resurrecciones: el que viene a mí, resucita ahora, haciéndose humilde en mis miembros; pero lo resucitaré en el último día. Y para probar lo que había dicho: "que todo aquello que el Padre me dio" y respecto de lo que dijo después: "que nada se pierda", añade: «Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida ...» Antes dijo también (Jn 5,24): "El que oye mi palabra y cree en Aquél que me envió", y ahora dice: «... el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna...»No dijo: y cree en el Padre, porque lo mismo es creer en el Hijo que creer en el Padre, puesto que así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también concedió al Hijo que tuviera vida en sí mismo; (Jn 5,26) para que éste concediera que todo aquél que vea al Hijo y crea en El tenga vida eterna, y creyendo y pasando la vida, pase como aquella primera resurrección. Y como esta vida no es la única, habla también de la segunda: «... y que yo le resucite el último día.»

Juan Crisóstomo, Sobre el Evangelio de san Juan 44

35. En lo que sigue el Señor los va a iniciar en el conocimiento de los misterios. En primer término, habla de su divinidad, por lo que les dice: «Les dijo Jesús: "Yo soy el pan de la vida”» Y no dijo esto refiriéndose a su cuerpo, porque de esto habló más adelante cuando dijo: "el pan que os daré, es mi propia carne". Pero ahora habla de su divinidad, porque su carne es pan por la Palabra de Dios, que se convierte en pan celestial para todo aquél que recibe su mismo espíritu.

36. «Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis.» O acaso en aquellas palabras "os he dicho", da a conocer el testimonio de las Escrituras, al cual se había referido antes, cuando decía: "Ellas son las que dan testimonio de mí" (Jn 5,39). Y en otro lugar les había dicho: "porque he venido en nombre de mi Padre, y no me habéis recibido" (Jn 5,43). Y en cuanto a lo que les dijo: "Y que me habéis visto", etc., se refiere, aunque de una manera oculta, a los milagros.

37. Cuando dice: «Todo lo que me dé el ...», demuestra que no es una cosa contingente el creer en Jesucristo, ni se consigue por medio de la sola razón humana, sino que necesita de aquella revelación que procede de lo alto, aun en el alma piadosa que recibe la revelación. Por donde no están exentos de culpa aquéllos a quienes el Padre no da, porque también necesitamos de la voluntad propia para creer. Por medio de esto refuta la incredulidad de aquéllos, manifestando que el que no cree en El se opone a la voluntad del Padre. Mas San Pablo dice que el Hijo los traerá al Padre (1Cor 15,24), esto es, cuando entregue el reino a Dios y al Padre. Y así como el Padre cuando da no se priva de nada, así tampoco el Hijo cuando entrega. Y se dice que el Hijo entrega, porque somos llevados al Padre por medio de El, y respecto del Padre se ha dicho: "Por medio del que habéis sido llamados a vivir en sociedad con su Hijo. Y así, el que viene a mí se salvará, porque he venido y he tomado carne en beneficio de éstos" (1Jn 2; 1Cor 1,9).

38. Por esto sigue: «porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.» Pero, ¿qué dices?, ¿unas cosas son tuyas y otras cosas son de El? Y para que nadie vaya a pensar cosa parecida, añadió: "Y ésta es la voluntad de aquel Padre que me envió: que todo aquél que ve al Hijo, tenga vida eterna". Y por esto quiere también el Hijo, porque Este da la vida a los que quiere. ¿Qué es, pues, lo que dice? No he venido a hacer más que lo que el Padre quiere, como no teniendo separada mi voluntad de la del Padre; todas las cosas que son del Padre son mías. Pero no dijo esto, porque lo deja para el fin. Y entretanto oculta las cosas superiores.

39. «Y esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día.» Respecto a lo que dijo "que nada pierda de todo aquello", no da a entender que necesite cuidar de ellos, sino que dice esto para que obtengan su salvación. Y después que había dicho: "que nada pierda de aquello, y no lo echaré fuera", añade: "Sino que lo resucitaré en el último día". Porque en el día de la resurrección serán arrojados todos los malos, según dice por San Mateo (Mt 22,13): "Cogedlo, y arrojadlo a las tinieblas exteriores". Porque ellos mismos serán los que se perderán, como dice también por medio de San Mateo (Mt 10,28): "Quien puede perder su cuerpo y su alma en el infierno". Y por esto, muchas veces les habla de la resurrección, para que no juzguen la providencia de Dios sólo por las cosas presentes, sino también atendiendo a la otra vida.

Varios Padres, Comentario

35. «Les dijo Jesús: "Yo soy el pan de la vida...» No dijo: yo soy el pan de alimento, sino de la vida. Y como todas las cosas estaban muertas, Jesucristo nos da vida por medio de sí mismo. Luego es un pan, no de la vida ordinaria, sino de aquélla que no concluye con la muerte. Por esto añade: «... El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed".»
No se tendrá sed ni hambre, esto es, de oír la palabra de Dios, ni se cansará, ni será mortificado con sed intelectual, como sucedería cuando no tuviera el agua del bautismo y la santificación por el Espíritu Santo (Teofilacto).

36. «Pero ya os lo he dicho: Me habéis visto y no creéis.» Como diciendo: no he dicho esto porque yo piense que seréis saciados con este pan, sino más bien lo digo para que os avergoncéis de vuestra incredulidad, porque veis y no creéis (Alcuino).

37. «Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera;» Todo aquél a quien el Padre traiga con el fin de que crea en mí, vendrá a mí por medio de la fe, de tal modo, que a mí se una. Y a todo aquél que venga a mí por medio de la fe y de las buenas acciones, no lo echaré fuera, esto es, habitará conmigo en el secreto de su conciencia limpia y al fin lo recibiré en la eterna bienaventuranza (Alcuino).

«Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera;» Dice "Todo" en absoluto para designar la plenitud de los fieles. Porque éstos son los que el Padre da al Hijo, cuando por medio de una inspiración interior les hace creer en el Hijo (Beda)

38. 38. «... Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.» No dice esto porque hace lo que no quiere, puesto que da a conocer que su obediencia está subordinada a la voluntad del Padre, queriendo El cumplir la voluntad del Padre (San Hilario, De Trin., 1, 3).



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Ireneo de Lyon

Contra las herejías: La eucaristía, arras de la resurrección

«Yo soy el pan de vida» (Jn 6,35)
Libro 5, 2, 2-3: SC 153, 30-38 (Liturgia de las Horas)


Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la substancia humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo.

Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con ella se sostiene y se vigoriza la substancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues, pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte de este mismo cuerpo?

Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo, hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y mero espíritu —pues un espíritu no tiene carne y huesos—, sino de un organismo auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo, y se fortalece con el pan, que es su cuerpo.

Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después, cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados entierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre. El es, pues, quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad.

Juan Pablo II

Ángelus (01-08-1982)



No sólo de pan vive el hombre

Entre las palabras de vida eterna, pronunciadas por el Hijo de Dios, tienen un significado particular las que se refieren al Pan de Vida. Dice Cristo: "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed" (Jn 6, 35). Así, pues, "no sólo de pan vive el hombre": no sólo de alimento material.

En cambio, con la fuerza de la palabra la que sale de la boca de Dios", se convierte en Pan Cristo mismo: el Verbo Encarnado. Se hace Pan: manjar de las almas, alimento para la vida eterna.

Así dice a sus oyentes: "mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo" (Jn 6, 33).

Por lo tanto, no sólo de pan material vive el hombre. Es indispensable la Palabra de Dios y el Pan, que con la fuerza de esta Palabra, se convierte en el Cuerpo de Cristo: alimento de vida eterna.

En la liturgia eucarística hay dos mesas preparadas para nosotros: la mesa de la Palabra de Dios y la mesa del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Oremos para que todos se acerquen dignamente a estas dos mesas, recibiendo el alimento de la Vida Eterna. Oremos para que la vida eucarística crezca y se haga más profunda en nosotros y en toda la Iglesia.

Audiencia General (09-09-1987)



Sólo se puede dar la vida si se ha recibido

[...] Jesús dice: "Yo soy... la vida" (Jn 14, 6). El hombre, que es una criatura, puede "tener vida", la puede incluso "dar", de la misma manera que Cristo "da" su vida para la salvación del mundo (cf. Mc 10, 45 y paralelos). Cuando Jesús habla de este ?dar la vida? se expresa como verdadero hombre. Pero El "es la vida" porque es verdadero Dios. Lo afirma Él mismo antes de resucitar a Lázaro, cuando dice a la hermana del difunto, Marta: "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11, 25). En la resurrección confirmará definitivamente que la vida que El tiene como Hijo del hombre no está sometida a la muerte. Porque Él es la Vida, y, por tanto, es Dios. Siendo la Vida, El puede hacer partícipes de ésta a los demás: "El que cree en mí, aunque muera vivirá" (Jn 11, 25). Cristo puede convertirse también "en la Eucaristía" en "el pan de la vida" (cf. Jn 6, 35-48), "el pan vivo bajado del cielo" (Jn 6, 51). También en este sentido Cristo se compara con la vid la cual vivifica los sarmientos que permanecen injertados en Él (cf. Jn 15, 1), es decir, a todos los que forman parte de su Cuerpo místico.

[...] Cristo: verdadero Dios y verdadero Hombre. ?YO SOY? como nombre de Dios indica la Esencia divina, cuyas propiedades o atributos son: la Verdad, la Luz, la Vida, y lo que se expresa también mediante las imágenes del Buen Pastor o del Esposo. Aquel que dijo de Sí mismo: ?Yo soy el que soy? (Ex 3, 14), se presentó también como el Dios de la Alianza, como el Creador y, a la vez, el Redentor, como el Emmanuel: Dios que salva. Todo esto se confirma y actúa en la Encarnación de Jesucristo.

Mensaje (15-08-1992)



A los Jóvenes, con ocasión de la VIII Jornada Mundial de la Juventud

Cristo ha abolido la distancia entre el hombre y Dios

[…] La vida de cada uno de nosotros ha sido pensada antes de la creación del mundo, y con razón podemos repetir con el salmista: "Señor, tú me sondeas y me conoces... tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno" (Sal 139).

Esta vida, que estaba en Dios desde el principio (cf. Jn 1, 4), es vida que se dona, que nada retiene para sí y que, sin cansarse, libremente se comunica. Es luz, "la luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9). Es Dios, que vino a poner su tienda entre nosotros (cf. Jn 1, 14) para indicarnos el camino de la inmortalidad propia de los hijos de Dios y para hacerlo accesible.

En el misterio de su cruz y de su resurrección, Cristo ha destruido la muerte y el pecado, ha abolido la distancia infinita que existía entre cada hombre y la vida nueva en él. "Yo soy la resurrección y la vida -proclama-; quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11, 25).

Cristo realiza todo esto donando su Espíritu, dador de vida, en los sacramentos; particularmente en el bautismo, sacramento que hace de la existencia recibida de los padres, frágil y destinada a la muerte, un camino hacia la eternidad; en el sacramento de la penitencia que renueva continuamente la vida divina gracias al perdón de los pecados; en la Eucaristía "pan de vida" (cf. Jn 6, 35), que alimenta a los "vivos" y hace firmes sus pasos en la peregrinación terrena, hasta poder llegar a decir con el apóstol san Pablo: "Yo vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).

A las Familias (02-02-1994)



A los Jóvenes, con ocasión de la VIII Jornada Mundial de la JuventudCristo ha abolido la distancia entre el hombre y Dios

Una pregunta clave para entender la existencia

[...] Desde el momento de la concepción y, más tarde, del nacimiento, el nuevo ser está destinado a expresar plenamente su humanidad, a «encontrarse plenamente» como persona (GS 24). Esto afecta absolutamente a todos, incluso a los enfermos crónicos y los minusválidos. «Ser hombre» es su vocación fundamental; «ser hombre» según el don recibido; según el «talento» que es la propia humanidad y, después, según los demás «talentos». En este sentido Dios ama a cada hombre «por sí mismo». Sin embargo, en el designio de Dios la vocación de la persona humana va más allá de los límites del tiempo. Es una respuesta a la voluntad del Padre, revelada en el Verbo encarnado: Dios quiere que el hombre participe de su misma vida divina. Por eso dice Cristo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).

El destino último del hombre, ¿no está en contraste con la afirmación de que Dios ama al hombre «por sí mismo»? Si es creado para la vida divina, ¿existe verdaderamente el hombre «para sí mismo»? Ésta es una pregunta clave, de gran interés, tanto para el inicio como para el final de la existencia terrena: es importante para todo el curso de la vida. Podría parecer que, destinando al hombre a la vida divina, Dios lo apartara definitivamente de su existir «por sí mismo» (GS 24). ¿Qué relación hay entre la vida de la persona y su participación en la vida trinitaria? Responde san Agustín: «Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones I,1: CCL 27,1). Este «corazón inquieto» indica que no hay contradicción entre una y otra finalidad, sino más bien una relación, una coordinación y unidad profunda. Por su misma genealogía, la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, participando precisamente en su Vida, existe «por sí misma» y se realiza. El contenido de esta realización es la plenitud de vida en Dios, de la que habla Cristo (cf.Jn 6, 37-40), quien nos ha redimido previamente para introducirnos en ella (cf. Mc 10, 45).

Audiencia General (20-09-2000)



El Espíritu nos pone en relación con Cristo y con el Padre

Al cristiano, iluminado por la gracia del Espíritu, Dios se le manifiesta verdaderamente con su rostro paterno. Puede dirigirse a Dios con la confianza que santa Teresa de Lisieux muestra en este intenso pasaje autobiográfico. "El pajarito quisiera volar hacia el sol esplendoroso que encandila sus ojos. Quisiera imitar a las águilas, sus hermanas, a las que ve elevarse a las alturas hasta el fuego divino de la Trinidad (...). Pero, tristemente, lo más que puede hacer es agitar sus alitas. Volar no entra aún en sus posibilidades (...). Entonces, con audaz abandono, se queda contemplando su sol divino. Nada podrá infundirle miedo, ni el viento ni la lluvia" (Manuscrits autobiographiques, París, 1957, p. 231).

[…] Cristo nos da la vida misma de Dios, una vida que supera el tiempo y nos introduce en el misterio del Padre, en su alegría y luz infinita. Lo testimonia el evangelista san Juan transmitiendo las sublimes palabras de Jesús:  "Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo" (Jn 5, 26). "Esta es la voluntad de mi Padre:  que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día. (...) Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 40. 57).

Esta participación en la vida de Cristo, que nos hace "hijos en el Hijo", es posible gracias al don del Espíritu. En efecto, el Apóstol nos presenta el hecho de que somos hijos en íntima relación con el Espíritu Santo:  "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios" (Rm 8, 14).

El Espíritu nos pone en relación con Cristo y con el Padre. "Por este Espíritu, que es el don eterno, Dios uno y trino se abre al hombre, al espíritu humano. El soplo oculto del Espíritu divino hace que el espíritu humano se abra, a su vez, a la acción de Dios salvífica y santificante. (...) En la comunión de gracia con la Trinidad se dilata el área vital del hombre, elevada a nivel sobrenatural por la vida divina. El hombre vive en Dios y de Dios:  vive según el Espíritu y desea lo espiritual" (Dominum et vivificantem, 58).

Audiencia General (25-10-2000)



La Eucaristía: participar de la vida de Dios

[…] El cuarto evangelista, san Juan, destaca esta orientación de la Eucaristía hacia la plenitud del reino de Dios dentro del célebre discurso sobre el "pan de vida" que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaúm. El símbolo que utiliza como punto de referencia bíblico es, como ya hemos mencionado, el del maná dado por Dios a Israel peregrino en el desierto. A propósito de la Eucaristía Jesús afirma solemnemente:  "Si uno come de este pan, vivirá para siempre (...). El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día (...). Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 51. 54. 58). La "vida eterna", en el lenguaje del cuarto evangelio, es la misma vida divina que rebasa las fronteras del tiempo. La Eucaristía, al ser comunión con Cristo, es también participación en la vida de Dios, que es eterna y vence la muerte. Por eso Jesús declara:  "Esta es la voluntad del que me ha enviado; que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre:  que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo lo resucite el último día" (Jn 6, 39-40).

5. Desde esta perspectiva, como decía sugestivamente un teólogo ruso, Sergej Bulgakov, "la liturgia es el cielo en la tierra". Por eso, en la carta apostólica Dies Domini, recogiendo palabras de Pablo VI, exhorté a los cristianos a no abandonar "este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor. ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la alianza de amor entre Dios y su pueblo:  signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna" (n. 58; cf.Gaudete in Domino, conclusión).

Mensaje (22-02-2005)



Jornada Mundial de las Misiones, 22-02-2005"Misión: Pan partido para el mundo"

[...] En nuestra época, la sociedad humana parece que está envuelta por espesas tinieblas, mientras es turbada por acontecimientos dramáticos y trastornada por catastróficos desastres naturales. Pero, como durante "la noche en que fue entregado" (1Cor 11, 23), también hoy Jesús "parte el pan" (Mt 26, 26) para nosotros, y en las Celebraciones eucarísticas se ofrece a sí mismo bajo el signo sacramental de su amor por todos. Por esto he querido recordar que "la Eucaristía no sólo es expresión de comunión en la vida de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para toda la humanidad" (Mane nobiscum Domine, 27); es "pan del cielo" que, dando la vida eterna (cfr.Jn 6, 33), abre el corazón de los hombres a una gran esperanza.

El mismo Redentor, que a la vista de la muchedumbre necesitada sintió compasión "porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9, 36), presente en la Eucaristía, continúa a lo largo de los siglos manifestando compasión hacia la humanidad que se encuentra en la pobreza y en el sufrimiento...

También hoy Cristo manda a sus discípulos: "dadles vosotros de comer" (Mt 14, 16). En su nombre, los misioneros acuden a tantas partes del mundo para anunciar y ser testigos del Evangelio. Los misioneros hacen resonar, con su acción, las palabras del Redentor: "Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed" (Jn 6, 35); ellos mismo se hacen "pan partido" para los hermanos, llegando a veces hasta el sacrificio de la vida.

¡Cuántos misioneros mártires en este tiempo nuestro! ¡Que su ejemplo arrastre muchos jóvenes en el camino de la heroica fidelidad a Cristo! La Iglesia tiene necesidad de hombres y de mujeres que estén dispuestos a consagrarse totalmente a la gran causa del Evangelio.

[…] Que la Virgen, Madre de Dios, nos ayude a revivir la experiencia del Cenáculo, para que nuestras comunidades eclesiales sean auténticamente "católicas"; es decir, Comunidades donde la "espiritualidad misionera", que es "comunión íntima con Cristo" (Redemptoris Missio, 88), se sitúa en íntima relación con la "espiritualidad eucarística", que tiene como modelo a María, "Mujer eucarística" (Ecclesia de Eucharistia, 53); Comunidades que permanecen abiertas a la voz del Espíritu y a las necesidades de la humanidad; Comunidades donde los creyentes, y especialmente los misioneros, no dudan en hacerse "pan partido para la vida del mundo".

¡A todos mi Bendición!

Benedicto XVI

Homilía (21-08-2005)



Viaje apostólico a Colonia con motivo de la XX Jornada Mundial de la Juventud.
Homilía en la Explanada de Marienfeld, Colonia (Alemania)
Domingo 21 de agosto de 2005El sentido profundo de la Eucaristía

Queridos jóvenes: Ante la sagrada Hostia, en la cual Jesús se ha hecho pan para nosotros, que interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6, 35), comenzamos ayer por la tarde el camino interior de la adoración. En la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión. Con la celebración eucarística nos encontramos en aquella "hora" de Jesús, de la cual habla el evangelio de san Juan. Mediante la Eucaristía, esta "hora" suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los discípulos, él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición. Sin embargo, sucede algo nuevo. Da gracias a Dios non solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante la cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los discípulos también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas:  "Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi Sangre". Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal?la crucifixión?, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin  es  la  transformación  del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo:  la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto convierte la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior, superada; en ella está ya presente la resurrección. La muerte ha sido, por así decir, profundamente herida, tanto que, de ahora en adelante, no puede ser la última palabra.

Esta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención:  lo que desde lo más íntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porque se entrega realmente a sí mismo.

Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra "adoración" en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.

Volvamos de nuevo a la última Cena. La novedad que allí se verificó, estaba en la nueva profundidad de la antigua oración de bendición de Israel, que ahora se hacía palabra de transformación y nos concedía el poder participar en la "hora" de Cristo. Jesús no nos ha encargado la tarea de repetir la Cena pascual que, por otra parte, en cuanto aniversario, no es repetible a voluntad. Nos ha dado la tarea de entrar en su "hora". Entramos en ella mediante la palabra del poder sagrado de la consagración, una transformación que se realiza mediante la oración de alabanza, que nos sitúa en continuidad con Israel y con toda la historia de la salvación, y al mismo tiempo nos concede la novedad hacia la cual aquella oración tendía por su íntima naturaleza.

Esta oración, llamada por la Iglesia "plegaria eucarística", hace presente la Eucaristía. Es palabra de poder, que transforma los dones de la tierra de modo totalmente nuevo en la donación de Dios mismo y que nos compromete en este proceso de transformación. Por eso llamamos a este acontecimiento Eucaristía, que es la traducción de la palabra hebrea berachaagradecimiento, alabanza, bendición, y asimismo transformación a partir del Señor:  presencia de su "hora". La hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor. En otras palabras:  es Dios quien ha vencido, porque él es Amor. La hora de Jesús quiere llegar a ser nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la celebración de la Eucaristía, nos dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el Señor pretende. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida.

No se trata de positivismo o ansia de poder, cuando la Iglesia nos dice que la Eucaristía es parte del domingo. En la mañana de Pascua, primero las mujeres y luego los discípulos tuvieron la gracia de ver al Señor. Desde entonces supieron que el primer día de la semana, el domingo, sería el día de él, de Cristo. El día del inicio de la creación sería el día de la renovación de la creación. Creación y redención caminan juntas. Por esto es tan importante el domingo. Está bien que hoy, en muchas culturas, el domingo sea un día libre o, juntamente con el sábado, constituya el denominado "fin de semana" libre. Pero este tiempo libre permanece vacío si en él no está Dios.

Queridos amigos, a veces, en principio, puede resultar incómodo tener que programar en el domingo también la misa. Pero si tomáis este compromiso, constataréis más tarde que es exactamente esto lo que da sentido al tiempo libre. No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena!
Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza:  no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida.

Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar:  ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no. Y de este modo, junto al olvido de Dios existe como un "boom" de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en este contexto. Puede darse también la alegría sincera del descubrimiento. Pero, a menudo la religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que agrada, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la religión buscada a la "medida de cada uno" a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que nos indica el camino:  Jesucristo.

Tratemos nosotros mismos de conocerlo cada vez mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia él. Por esto es tan importante el amor a la sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura. Es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia en su fe creciente y la ha hecho y hace penetrar cada vez más en las profundidades de la verdad (cf. Jn 16, 13). El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una obra maravillosa, en la cual la fe secular se explica sintéticamente:  el Catecismo de la Iglesia católica. Yo mismo, recientemente, he presentado el Compendio de ese Catecismo, que ha sido elaborado a petición del difunto Papa. Son dos libros fundamentales que querría recomendaros a todos vosotros.

Obviamente, los libros por sí solos no bastan. Construid comunidades basadas en la fe. En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Buscad la comunión en la fe como compañeros de camino que juntos continúan el itinerario de la gran peregrinación que primero nos señalaron los Magos de Oriente. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles.

Una vez más, debo volver a la Eucaristía. "Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan", dice san Pablo (1 Co 10, 17). Con esto quiere decir:  puesto que recibimos al mismo Señor y él nos acoge y nos atrae hacia sí, seamos también una sola cosa entre nosotros. Esto debe manifestarse en la vida. Debe mostrarse en la capacidad de perdón. Debe manifestarse en la sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Debe manifestarse en la disponibilidad para compartir. Debe manifestarse en el compromiso con el prójimo, tanto con el cercano como con el externamente lejano, que, sin embargo, nos atañe siempre de cerca.

Existen hoy formas de voluntariado, modelos de servicio mutuo, de los cuales justamente nuestra sociedad tiene necesidad urgente. No debemos, por ejemplo, abandonar a los ancianos en su soledad, no debemos pasar de largo ante los que sufren. Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos dónde y cómo somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que preocuparse sólo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé que vosotros como jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera exactamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes seguimos.

¡Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida como verdaderos adoradores de Dios! Amén.

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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Miércoles III



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