Jn 6, 44-51: Discurso del Pan de Vida (iv) – Quien come este Pan no muere

Texto Bíblico

44 Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. 45 Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. 47 En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
48 Yo soy el pan de la vida. 49 Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; 50 este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. 51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Efrén de Siria

Sermón: La cruz de Cristo, salvación del género humano


Sermón sobre nuestro Señor 20, 3-4.9: Opera, ed. Lamy, 1, 152-158. 166-168

Opera ed. Lamy

Nuestro Señor fue conculcado por la muerte, pero él, a su vez, conculcó la muerte, pasando por ella como si fuera un camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro Señor salió cargado con su cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.

La muerte le mató gracias al cuerpo que tenía; pero él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero él, a su vez, acabó con la muerte. La muerte destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el abismo hubiera podido tragarle si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte. Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros.

Porque la muerte llegó hasta Eva, la madre de todos los vivientes. Eva era la viña, pero la muerte abrió una brecha en su cerco, valiéndose de las mismas manos de Eva; y Eva gustó el fruto de la muerte, por lo cual la que era madre de todos los vivientes se convirtió en fuente de muerte para todos ellos.

Pero luego apareció María, la nueva vid que reemplaza a la antigua; en ella habitó Cristo, la nueva Vida. La muerte, según su costumbre, fue en busca de su alimento y no advirtió que, en el fruto mortal, estaba escondida la Vida, destructora de la muerte; por ello mordió sin temor el fruto, pero entonces liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.

El admirable hijo del carpintero llevó su cruz a las moradas de la muerte, que todo lo devoraban, y condujo así a todo el género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, por otro árbol, el de la cruz, alcanzó la mansión de la vida. En el árbol, pues, en que había sido injertado un esqueje de muerte amarga, se injertó luego otro de vida feliz, para que confesemos que Cristo es Señor de toda la creación.

¡A ti la gloria, a ti que con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida!

¡A ti la gloria, a ti que asumiste un cuerpo mortal e hiciste de él fuente de vida para todos los mortales!

Tú vives para siempre; los que te dieron muerte se comportaron como los agricultores: enterraron la vida en el sepulcro, como el grano de trigo se entierra en el surco, para que luego brotara y resucitara llevando consigo a otros muchos.

Venid, hagamos de nuestro amor una ofrenda grande y universal; elevemos cánticos y oraciones en honor de aquel que, en la cruz, se ofreció a Dios como holocausto para enriquecernos a todos.

Juan Pablo I

Audiencia General (27-09-1978): La virtud teologal de la caridad

«Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,48)


«Dios mío, con todo el corazón y por encima de todo os amo a Vos, bien infinito y felicidad eterna nuestra; por amor vuestro amo al prójimo como a mí mismo y perdono las ofensas recibidas. Señor, haced que os ame cada vez más» Es una oración muy conocida entretejida con frases bíblicas. Me la enseñó mi madre. La rezo varias veces al día también ahora; y trataré de explicárosla palabra por palabra como lo haría un catequista de la parroquia.

Estamos en la «tercera lámpara de la santificación» de que hablaba el Papa Juan: la caridad.

Amo. En clase de filosofía, el profesor me decía: ¿Conoces el campanario de San Marcos? ¿Sí? Esto significa que éste ha entrado de alguna manera en tu mente; físicamente sigue estando donde estaba, pero ha impreso en tu interior una especie de retrato suyo intelectual. En cambio, ¿amas el campanario de San Marcos? Esto quiere decir que ese retrato te empuja desde dentro y te mueve, casi como que te lleva, te hace caminar con el alma hacia el campanario que está fuera. Resumiendo: amar significa viajar, correr con el corazón hacia el objeto amado. Dice la Imitación de Cristo: el que ama currit, volat, laetatur, corre, vuela, disfruta ( I. III, cap. V, 4).

Amar a Dios es, por tanto, viajar con el corazón hacia Dios. Un viaje precioso. De muchacho me entusiasmaban los viajes narrados por Julio Verne («Veinte mil leguas de viaje submarino», «De la tierra a la luna», «La vuelta al mundo en 80 días», etc). Pero los viajes del amor a Dios son mucho más interesantes. Están contados en las vidas de los santos. Por ejemplo, San Vicente de Paúl, cuya fiesta celebramos hoy, es un gigante de la caridad: amó a Dios como se ama a un padre y a una madre; él mismo fue un padre para prisioneros, enfermos, huérfanos y pobres. San Pedro Claver, consagrándose enteramente a Dios, se firmaba «Pedro, esclavo de los negros para siempre».

El viaje comporta a veces sacrificios, pero éstos no nos deben detener. Jesús está en la cruz: ¿lo quieres besar? No puedes por menos de inclinarte hacia la cruz y dejar que te puncen algunas espinas de la corona, que tiene la cabeza del Señor (cf. Sales, Oeuvres, Annecy, t. XXI, pág. 153) No puedes hacer lo que el bueno de San Pedro que supo muy bien gritar «Viva Jesús» en el monte Tabor, donde había gozo, pero ni siquiera se dejó ver junto a Jesús en el monte Calvario, donde había peligro y dolor (cf. Sales, Oeuvres, t. XV, pág. 140)

El amor a Dios es también viaje misterioso: es decir, uno no lo emprende si Dios no toma la iniciativa primero. «Nadie —ha dicho Jesús— puede venir a mí si el Padre no le atrae» (Jn 6, 44). Se preguntaba San Agustín: y entonces ¿dónde queda la libertad humana? Pero Dios que ha querido y construido esta libertad, sabe cómo respetarla aun llevando los corazones al punto que Él se propone: parum est voluntate, etiam voluptate traheris, Dios te atrae no sólo de modo que tú mismo llegues a quererlo, sino hasta de manera que gustes de ser atraído (San Agustín, In Io. Evang. Tr. 26, 4)

Juan Pablo II

Ecclesia de Eucharistia: Un don total

«El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,51)
nn. 13-14


Por su íntima relación con el sacrificio del Gólgota, la Eucaristía es sacrificio en sentido propio y no sólo en sentido genérico, como si se tratara del mero ofrecimiento de Cristo a los fieles como alimento espiritual. En efecto, el don de su amor y de su obediencia hasta el extremo de dar la vida (cf. Jn 10, 17-18), es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aún, de toda la humanidad (cf. Mt 26, 28; Mc 14, 24; Lc 22, 20; Jn 10, 15), pero don ante todo al Padre: « sacrificio que el Padre aceptó, correspondiendo a esta donación total de su Hijo que se hizo «obediente hasta la muerte» (Fl2, 8) con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal en la resurrección ».

Al entregar su sacrificio a la Iglesia, Cristo ha querido además hacer suyo el sacrificio espiritual de la Iglesia, llamada a ofrecerse también a sí misma unida al sacrificio de Cristo. Por lo que concierne a todos los fieles, el Concilio Vaticano II enseña que « al participar en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con ella ».

La Pascua de Cristo incluye, con la pasión y muerte, también su resurrección. Es lo que recuerda la aclamación del pueblo después de la consagración: « Proclamamos tu resurrección ». Efectivamente, el sacrificio eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se hace en la Eucaristía « pan de vida » (Jn6, 35.48), « pan vivo » (Jn 6, 51). San Ambrosio lo recordaba a los neófitos, como una aplicación del acontecimiento de la resurrección a su vida: « Si hoy Cristo está en ti, Él resucita para ti cada día ». San Cirilo de Alejandría, a su vez, subrayaba que la participación en los santos Misterios « es una verdadera confesión y memoria de que el Señor ha muerto y ha vuelto a la vida por nosotros y para beneficio nuestro ».

Veritatis Splendor: «Ven, y sígueme» (Mt 19, 21)

«Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí» (Jn 6,45b)
n. 19


19. El camino y, a la vez, el contenido de esta perfección consiste en la sequela Christi, en el seguimiento de Jesús, después de haber renunciado a los propios bienes y a sí mismos. Precisamente ésta es la conclusión del coloquio de Jesús con el joven: «luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21). Es una invitación cuya profundidad maravillosa será entendida plenamente por los discípulos después de la resurrección de Cristo, cuando el Espíritu Santo los guiará hasta la verdad completa (cf. Jn 16, 13).

Es Jesús mismo quien toma la iniciativa y llama a seguirle. La llamada está dirigida sobre todo a aquellos a quienes confía una misión particular, empezando por los Doce; pero también es cierto que la condición de todo creyente es ser discípulo de Cristo (cf.Hch 6, 1). Por esto, seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana: como el pueblo de Israel seguía a Dios, que lo guiaba por el desierto hacia la tierra prometida (cf. Ex13, 21), así el discípulo debe seguir a Jesús, hacia el cual lo atrae el mismo Padre (cf. Jn 6, 44).

No se trata aquí solamente de escuchar una enseñanza y de cumplir un mandamiento, sino de algo mucho más radical: adherirse a la persona misma de Jesús, compartir su vida y su destino, participar de su obediencia libre y amorosa a la voluntad del Padre. El discípulo de Jesús, siguiendo, mediante la adhesión por la fe, a aquél que es la Sabiduría encarnada, se hace verdaderamente discípulo de Dios (cf. Jn 6, 45). En efecto, Jesús es la luz del mundo, la luz de la vida (cf. Jn 8, 12); es el pastor que guía y alimenta a las ovejas (cf. Jn 10, 11-16), es el camino, la verdad y la vida (cf. Jn 14, 6), es aquel que lleva hacia el Padre, de tal manera que verle a él, al Hijo, es ver al Padre (cf. Jn 14, 6-10). Por eso, imitar al Hijo, «imagen de Dios invisible» (Col 1, 15), significa imitar al Padre.

Redemptoris Missio: Conversión y bautismo

« Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado» (Jn 6,44)
n. 46


El anuncio de la Palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su Evangelio mediante la fe. La conversión es un don de Dios, obra de la Trinidad; es el Espíritu que abre las puertas de los corazones, a fin de que los hombres puedan creer en el Señor y « confesarlo » (cf. 1 Cor 12, 3). De quien se acerca a él por la fe, Jesús dice: « Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no lo atrae » (Jn 6, 44).

La conversión se expresa desde el principio con una fe total y radical, que no pone límites ni obstáculos al don de Dios. Al mismo tiempo, sin embargo, determina un proceso dinámico y permanente que dura toda la existencia, exigiendo un esfuerzo continuo por pasar de la vida « según la carne » a la « vida según el Espíritu (cf. Rom 8, 3-13). La conversión significa aceptar, con decisión personal, la soberanía de Cristo y hacerse discípulos suyos.

La Iglesia llama a todos a esta conversión, siguiendo el ejemplo de Juan Bautista que preparaba los caminos hacia Cristo, « proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados » (Mc 1, 4), y los caminos de Cristo mismo, el cual, « después que Juan fue entregado, marchó ... a Galilea y proclamaba la Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" » (Mc 1, 14-15).

Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de « proselitismo »; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la « Buena Nueva » de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación. La grandeza de este acontecimiento resuena en las palabras de Jesús a la Samaritana: « Si conocieras el don de Dios » y en el deseo inconsciente, pero ardiente de la mujer: « Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed » (Jn 4,10.15).

Homilía (15-10-1979): Necesitamos dialogar con Dios

«Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”» (Jn 6,45)
Misa de Inauguración del Curso Académico de las Universidades y Centros de Estudios Eclesiásticos de Roma
Basílica de San Pedro.


La humildad es la contraseña de todo científico que tiene una relación honesta con la verdad cognoscitiva. Ella ante todo abrirá el camino para que arraigue en su espíritu la disposición fundamental, necesaria para toda investigación teológica merecedora de este nombre. Esta disposición fundamental es la fe.

Reflexionemos: la Revelación consiste en la iniciativa de Dios, que ha salido personalmente al encuentro del hombre para entablar con él un diálogo de salvación. Es Dios quien comienza la conversación y es Dios quien la prosigue. El hombre escucha y responde. Pero la respuesta que Dios espera del hombre no se reduce a una fría valoración intelectualista de un contenido abstracto de ideas. Dios se encuentra con el hombre y le habla porque lo ama y quiere salvarlo. Por esto, la respuesta del hombre debe ser ante todo aceptación agradecida de la iniciativa divina y abandono confiado en la fuerza preveniente de su amor.

Entrar en diálogo con Dios significa dejarse encantar y conquistar por la figura luminosa (doxa) de Jesús revelador y por el amor (agape) del que lo ha enviado. Y en esto precisamente consiste la fe. Con ella el hombre, iluminado interiormente y atraído por Dios, trasciende los límites del conocimiento puramente natural y tiene una experiencia de El, que de otro modo le estaría vedada. Ha dicho Jesús: "Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae" (Jn 6, 44). "Nadie", por esto, tampoco el teólogo.

El hombre, observa Santo Tomás, mientras está in statu viae, puede alcanzar alguna inteligencia de los misterios sobrenaturales, gracias al uso de su razón, pero sólo en cuanto la razón se apoya sobre el fundamento firme de la fe, que es participación del conocimiento mismo de Dios y de los bienaventurados comprensores: "Fides est in nobis ut perveniamus ad intelligendum quae  credimus" (In Boeth. de Trin. q. 2. a. 2, ad 7). Es el pensamiento de toda la tradición teológica, y en particular la actitud del gran Agustín: "creyendo llegas a ser capaz de entender; si no crees, nunca conseguirás entender... Por lo tanto, que te purifique la fe, para que te sea concedido llegar al conocimiento pleno" (Im lo. Evan. Tr. 36, núm. 7). En otro lugar observa a este propósito:"Habet namque fides oculos suos, quibus quodammodo videt verum esse quod nondum videt" (Ep. 120 ad Consentium, núm. 2. 9), y por esto resulta que "intelectui fides aditum aperit, infidelitas claudit" (Ep. 137 ad Volusianum, núm. 4, 15).

La conclusión a que llega el obispo de Hipona se convertirá en clásica: "La inteligencia es el fruto de la fe. Por  lo tanto no trates de entender para creer, sino cree para entender" (In Io. Evan. Tr. 29, núm. 6). Es una advertencia sobre la que debe reflexionar el que "hace teología": efectivamente, también hoy existe el peligro de pertenecer a la falange de los garruli ratiocinatores (De Trin. 2, 4), a quienes Agustín invitaba a cogitationes suas carnales non dogmatizare (Ep. 187 ad Dardanum, núm. 8; 29). Sólo la "obediencia a la fe" (cf. Rom 16, 26), con la que el hombre se abandona totalmente a Dios con plena libertad, puede hacer entrar en la comprensión profunda y sabrosa de las verdades divinas.

Audiencia General (10-04-1985): Atraídos por Dios a través de la fe

«En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna» (Jn 6,47)
nn. 2. 4


Si queremos profundizar, pues, en la comprensión de lo que es la fe, de lo que quiere decir "creer", lo primero que se nos presenta es la originalidad de la fe en relación con el conocimiento racional de Dios, partiendo "de las cosas creadas".

La originalidad de la fe está ante todo en su carácter sobrenatural. Si el hombre en la fe da la respuesta a la "auto-revelación de Dios" y acepta el plan divino de la salvación, que consiste en la participación en la naturaleza y en la vida íntima de Dios mismo, esta respuesta debe llevar al hombre por encima de todo lo que el ser humano mismo alcanza con las facultades y las fuerzas de la propia naturaleza, tanto en cuanto a conocimiento como en cuanto a voluntad: efectivamente, se trata del conocimiento de una verdad infinita y del cumplimiento transcendente de las aspiraciones al bien y a la felicidad, que están enraizadas en la voluntad, en el corazón: se trata, precisamente, de "vida eterna".

"Por medio de la revelación divina —leemos en la Constitución Dei Verbum— Dios quiso manifestarse a Sí mismo y sus planes de salvar al hombre, para que el hombre se haga partícipe de los bienes divinos, que superan totalmente la inteligencia humana" (n. 6). La Constitución cita aquí las palabras del Concilio Vaticano I (Const. dogm Dei Filius , 12), que ponen de relieve el carácter sobrenatural de la fe.

Así, pues, la respuesta humana a la auto-revelación de Dios, y en particular a su definitiva auto-revelación en Jesucristo, se forma interiormente bajo la potencia luminosa de Dios mismo que actúa en lo profundo de las facultades espirituales del hombre, y, de algún modo, en todo el conjunto de sus energías y disposiciones. Esa fuerza divina se llama gracia, en particular, la gracia de la fe.

3. Leemos también en la misma Constitución del Vaticano II: "Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede 'a todos gusto en aceptar y creer la verdad' (palabras del II Concilio Arausicano repetidas por el Vaticano I). Para que el hombre pueda comprender cada vez más profundamente la Revelación, el Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe con sus dones" (Dei Verbum , 5).

La Constitución Dei Verbum se pronuncia de modo sucinto sobre el tema de la gracia de la fe; sin embargo, esta formulación sintética es completa y refleja la enseñanza de Jesús mismo, que ha dicho: "Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le atrae" (Jn 6, 44). La gracia de la fe es precisamente esta "atracción" por parte de Dios, ejercida en relación con la esencia interior del hombre, e indirectamente de toda la subjetividad humana, para que el hombre responda plenamente a la "auto-revelación" de Dios en Jesucristo, abandonándose a Él. Esa gracia previene al acto de fe, lo suscita, sostiene y guía: su fruto es queel hombre se hace capaz ante todo de "creer a Dios" y cree de hecho. De este modo, en virtud de la gracia preveniente y cooperante se instaura una "comunión" sobrenatural interpersonal que es la misma viva estructura que sostiene la fe, mediante la cual el hombre, que cree en Dios, participa de su "vida eterna": "conoce al Padre y a su enviado Jesucristo" (cf. Jn 17, 3) y, por medio de la caridad entra en una relación de amistad con ellos (cf. Jn 14, 23; 15, 15).

Esta gracia es la fuente de la iluminación sobrenatural que "abre los ojos del espíritu"; y, por lo mismo, la gracia de la fe abarca particularmente la esfera cognoscitiva del hombre y se centra en ella. Logra de ella la aceptación de todos los contenidos de la Revelación en los cuales se desvelan los misterios de Dios y los elementos del plan salvífico respecto al hombre. Pero, al mismo tiempo, la facultad cognoscitiva del hombre bajo la acción de la gracia de la fe tiende a la comprensión cada vez más profunda de los contenidos revelados, puesto que tiende hacia la verdad total prometida por Jesús (cf. Jn 16, 13), hacia la "vida eterna". Y en este esfuerzo de comprensión creciente encuentra apoyo en los dones del Espíritu Santo, especialmente en los que perfeccionan el conocimiento sobrenatural de la fe: ciencia, entendimiento, sabiduría...

Según este breve bosquejo, la originalidad de la fe se presenta como una vida sobrenatural, mediante la cual la "auto-revelación" de Dios arraiga en el terreno de la inteligencia humana, convirtiéndose en la fuente de la luz sobrenatural, por la que el hombre participa, en medida humana, pero a un nivel de comunión divina, de ese conocimiento, con el que Dios se conoce eternamente a Sí mismo y conoce toda otra realidad en Sí mismo.

Audiencia General (28-08-1985): Dios cercano y escondido

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51)
n. 5


Ese Dios, que al revelarse, habló por medio de los profetas y últimamente por medio del Hijo, sigue siendo un "Dios escondido". Escribe el apóstol Juan al comienzo de su Evangelio: "A Dios nadie lo vio jamás. Dios unigénito, que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Por medio del Hijo, el Dios de la revelación se ha acercado de manera única a la humanidad. El concepto de Dios que el hombre adquiere mediante la fe, alcanza su culmen en esta cercanía. Sin embargo, aún cuando Dios se ha hecho todavía más cercano al hombre con la encarnación, continúa siendo, en su Esencia, el Dios escondido. "No que alguno —leemos en el mismo Evangelio de Juan— haya visto al Padre, sino sólo el que está en Dios ése ha visto al Padre" (Jn 6, 46).

Así, pues, Dios, que se ha revelado a Sí mismo al hombre, sigue siendo para él en esta vida un misterio inescrutable. Este es el misterio de la fe. El primer artículo del símbolo "creo en Dios" expresa la primera y fundamental verdad de la fe, que es al mismo tiempo, el primer y fundamental misterio de la fe. Dios, que se ha revelado a Sí mismo al hombre, continúa siendo para el entendimiento humano Alguien que simultáneamente es conocido e incomprensible. El hombre durante su vida terrena entra en contacto con el Dios de la revelación en la "oscuridad de la fe". Esto se explica en todo un filón clásico y moderno de la teología que insiste sobre la inefabilidad de Dios y encuentra una confirmación particularmente profunda —y a veces dolorosa— en la experiencia de los grandes místicos. Pero precisamente esta "oscuridad de la fe" —como afirma San Juan de la Cruz— es la luz que inefablemente conduce a Dios.(cf. Subida al monte Carmelo 2 S 9, 3)

Este Dios es, según las palabras de San Pablo, "el Rey de reyes y Señor de señores, el único inmortal, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio, ni podrá ver" (1 Tim 6, 15-16).

La oscuridad de la fe acompaña indefectiblemente la peregrinación terrena del espíritu humano hacia Dios, con la espera de abrirse a la luz de la gloria sólo en la vida futura, en la eternidad. "Ahora vemos por un espejo y oscuramente, pero entonces veremos cara a cara" (1 Cor 13, 12).

"In lumine tuo videbimus lumen". "Tu luz nos hace ver la luz" (Sal 35, 10)."Tu luz nos hace ver la luz"(Sal 35/36, 10).

Audiencia General (09-08-2000): El encuentro decisivo con Cristo Palabra encarnada

«El que está junto a Dios: ese ha visto al Padre» (Jn 6,46)
nn. 5-6


La venida de Cristo a nosotros tiene como finalidad llevarnos al Padre. En efecto, "a Dios nadie lo ha visto jamás:  el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Esta revelación histórica, realizada por Jesús con gestos y palabras, nos toca profundamente a  través  de la acción interior del Padre (cf. Mt 16, 17; Jn 6, 44-45) y la iluminación del Espíritu Santo (cf. Jn 14, 26; 16, 13). Por eso, Jesús resucitado lo derrama como principio de perdón de los pecados (cf. Jn 20, 22-23) y manantial del amor divino en nosotros (cf. Rm 5, 5). Así se realiza una comunión trinitaria que comienza ya durante la existencia terrena y tiene como meta la plenitud de la visión, cuando "seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2).

Ahora Cristo sigue caminando a nuestro lado por los senderos de la historia, cumpliendo su promesa:  "He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). Está presente a través de su Palabra, "Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los Apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día (el fiel) se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está como muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo" (Orientale lumen, 10).

Cristo está presente, además, en la Eucaristía, fuente de amor, de unidad y de salvación. Resuenan constantemente en nuestras iglesias las palabras que él pronunció un día en la sinagoga de la localidad de Cafarnaúm, junto al lago de Tiberíades. Son palabras de esperanza y de vida:  "El que come mi carne y bebe mi  sangre, permanece  en mí, y yo en él" (Jn 6, 56). "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo  lo  resucitaré  el  último día" (Jn 6, 54).

Benedicto XVI

Sacramentum Caritaris: Forma eucarística de la vida cristiana

«El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo» (6,51)
n. 70


El culto espiritual – logiké latreía (Rm 12,1)

El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que « quien coma de este pan vivirá para siempre » (Jn 6,51). Pero esta « vida eterna » se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: « El que me come vivirá por mí » (Jn 6,57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio « creído » y « celebrado » contiene en sí un dinamismo que lo convierte en principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. Análogamente a lo que san Agustín dice en las Confesiones sobre el Logos eterno, alimento del alma, poniendo de relieve su carácter paradójico, el santo Doctor imagina que se le dice: « Soy el manjar de los grandes: crece, y me comerás, sin que por eso me transforme en ti, como el alimento de tu carne; sino que tú te transformarás en mí ». En efecto, no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; « nos atrae hacia sí ».

La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial, ya que expresa, al mismo tiempo, tanto el inicio como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiké latreía. A este respecto, las palabras de san Pablo a los Romanos son la formulación más sintética de cómo la Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios: « Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable » (Rm 12,1). En esta exhortación se ve la imagen del nuevo culto como ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. La insistencia del Apóstol sobre la ofrenda de nuestros cuerpos subraya la concreción humana de un culto que no es para nada desencarnado. A este propósito, el santo de Hipona nos sigue recordando que « éste es el sacrificio de los cristianos: es decir, el llegar a ser muchos en un solo cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, que los fieles conocen bien, y en el que se les muestra claramente que en lo que se ofrece ella misma es ofrecida ». En efecto, la doctrina católica afirma que la Eucaristía, como sacrificio de Cristo, es también sacrificio de la Iglesia, y por tanto de los fieles. La insistencia sobre el sacrificio —« hacer sagrado »— expresa aquí toda la densidad existencial que se encuentra implicada en la transformación de nuestra realidad humana ganada por Cristo (cf. Flp 3,12).

Catecismo de la Iglesia Católica

Catecismo de la Iglesia Católica: Creer en Jesucristo, el Hijo de Dios

«Yo he visto al Padre» (Jn 6,46)
nn. 151. 1427-1429 .2837


Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en Aquel que él ha enviado, «su Hijo amado», en quien ha puesto toda su complacencia (Mc 1,11). Dios nos ha dicho que les escuchemos (cf. Mc 9,7). El Señor mismo dice a sus discípulos: «Creed en Dios, creed también en mí» (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,18). Porque «ha visto al Padre» (Jn 6,46), él es único en conocerlo y en poderlo revelar (cf. Mt 11,27).

591 Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo "nacimiento de lo alto" (Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el "endurecimiento" (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la "incredulidad" (Rm 11, 20).

Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que "recibe en su propio seno a los pecadores" y que siendo "santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación" (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10).

De ello da testimonio la conversión de san Pedro tras la triple negación de su Maestro. La mirada de infinita misericordia de Jesús provoca las lágrimas del arrepentimiento (Lc22,61) y, tras la resurrección del Señor, la triple afirmación de su amor hacia él (cf Jn 21,15-17). La segunda conversión tiene también una dimensión comunitaria. Esto aparece en la llamada del Señor a toda la Iglesia: "¡Arrepiéntete!" (Ap 2,5.16).

San Ambrosio dice acerca de las dos conversiones que, «en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia» (Epistula extra collectionem 1 [41], 12).

«De cada día». La palabra griega, epiousion, no tiene otro sentido en el Nuevo Testamento. Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de «hoy» (cf Ex16, 19-21) para confirmarnos en una confianza «sin reserva». Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8). Tomada al pie de la letra (epiousion: «lo más esencial»), designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, «remedio de inmortalidad» (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 20, 2) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf Jn 6, 53-56) Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este «día» es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre «cada día».

«La Eucaristía es nuestro pan cotidiano [...] La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos [...] Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada día en la Iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación» (San Agustín, Sermo 57, 7, 7).

El Padre del cielo nos exhorta a pedir como hijos del cielo el Pan del cielo (cf Jn6, 51). Cristo «mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial» (San Pedro Crisólogo, Sermo 67, 7)

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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Jueves III



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