Jn 8, 1-5: La mujer adúltera

Jn 8,1-11


La promesa y los dones de Dios son irrevocables; por ello a la destrucción y el exilio siguen el perdón y la vuelta a la tierra prometida, una vez que el resto del pueblo elegido ha reconocido sus culpas; esta etapa de los profetas que anuncian la salvación y el nuevo tiempo del Mesías describe estas gracias de Dios como el don de un agua regeneradora que favorece el regreso de los desterrados.
El Señor salva de la muerte a la mujer adúltera perdonándole sus pecados, manifestándose así como Vida y reconciliación nuestra.

  • Jn 8,1-5

Se menciona por primera vez la noche en el Monte de los Olivos: cf. Mc 11,11.19; Lc 21,37; Jn 18,2. Sin duda por la oración nocturna practicada en Galilea (Mc 1,35; Lc 6,12; Jn 6,15).
Oposición habitual: el pueblo viene a Él; mientras que los escribas y fariseos buscan sorprenderlo en delito flagrante de contradicción con la Ley mosaica.

… se sentó y de puso a enseñarles

“El acto de estar sentado representa la humildad de la Encarnación. Y cuando el Señor estaba sentado, el pueblo venía a El, porque después que se hizo visible por la naturaleza humana que tomó, empezaron a oírle muchos y a creer en El, porque veían que se había aproximado a ellos por medio de la humanidad. Mientras que los pacíficos y sencillos admiraban las palabras del Salvador, los escribas y los fariseos le preguntaban, no para aprender, sino para estorbar a la verdad”. (Alcuino)

|| Nm 5,12-16; Dt 17,5.7; 22,22 : El sacerdote la hará ponerse de pie delante del Señor: Es esto lo que se realiza aquí al pie de la letra, porque Jesús es Dios, los fariseos ponen a esta mujer en medio (v. 3), de pie (v. 9). Jesús no es menos exigente que la Ley mosaica: cf. || Mt 5,27. Pero por amor:

“Frente a esta mujer culpable, humillada horriblemente y que debe sufrir el martirio, y de esos hombres sin corazón que sólo piensan en su odio cubierto de celo, Él que sabe el secreto de las conciencias y de la conducta de cada uno, restablece la verdad de que por encima de la Ley que castiga las faltas conocidas está la justicia del Legislador que golpea las culpas escondidas bajo apariencia de virtud. Era este el fondo de la revolución que Él había venido a realizar… El Dios que es Espíritu, Espíritu de amor, movimiento que se da, en el que no hay superficie, sino una profundidad infinita, un Ser totalmente profundo e interior, en el que sólo una relación interior ponen tres Personas en posesión de ese mismo Ser que entre ellas se comunican sin reserva y sin fin, donde sólo hay Luz igual al Ser, idéntica al mismo, y Amor idéntico e igual a la Luz y al Ser, donde uno ve todo lo que ve el otro, donde los tres se unen en esta visión que es la visión de su amor… ese Dios estaba totalmente ausente de esos corazones donde reinaba el odio.” (A. Guillerand, El abismo de Dios, p. 297).

  • Jn 8,6 || Ez 33,11; 2 Sa 11,2.4-5.12-13

Para tentarle: Aquello que “tienta” a Cristo es la misericordia. Y es en eso mismo que Él actúa como Dios, como el Señor del Antiguo Testamento. Aparte del || de Ez 33,11, ver los dos grandes himnos a la Misericordia: Sal 103,8-14 y Sb 12,16-19.

Jesús se inclinó y se puso a escribir con el dedo en la tierra: Como una forma de no mirar a esta mujer en su vergüenza, y de significar que Él, a quien el Padre ha dado el poder de juzgar, “no juzga –en el sentido de condenar– a nadie” (v. 11.15). Quien ejerce la función de acusador se llama Satán; Dios, por su parte, se mantiene a la derecha del pobre para salvarlo de aquellos que juzgan su alma (Sal 109,6.31).

“Por la tierra debe entenderse el corazón humano, que suele dar su fruto por medio de acciones buenas o malas. Con el dedo, que es flexible en sus articulaciones, se expresa la sutileza del discernimiento. Nos da a conocer en esto que cuando veamos una acción mala en nuestro prójimo, no debemos condenarla en seguida, sino que primeramente, volviendo al secreto de nuestro corazón, examinémosla con cuidado y solicitud”. (Alcuino)

  • Jn 8,7-11 || Mt 7,1; Rm 3,23-24

Por el contrario, Jesús se incorpora para mirar a los acusadores. Su respuesta es conforme a la advertencia hecha en la parábola de la paja en el ojo ajeno (Mt 7,3-5). Él no contradice la Ley de Moisés, sino que hace tomar conciencia de lo que desarrollará San Pablo más adelante: en justicia, todos somos condenables (cf. Ga 3,10-11). La salvación es gracia, don, amor de Dios; por lo tanto, para el hombre, humilde gratuidad y comprensión fraterna de las debilidades de nuestros hermanos.

“No dijo no sea apedreada, para que no pareciese que hablaba contra la Ley. Tampoco dijo sea apedreada, porque había venido, no a perder lo que había encontrado, sino a buscar lo que se había perdido. ¿Pues qué responderá? “El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero”. Esta es la voz de la justicia. Sea castigada la pecadora, pero no por los pecadores. Cúmplase la Ley, pero no por medio de los mismos que la quebrantan” (San Agustín, in Joannem, tract. 33,5-6 [PL 35,1650]).

“El que no se juzga a sí mismo antes, desconoce lo recto al juzgar a otro, y si esto lo sabe únicamente de oídas no podrá juzgar rectamente los méritos ajenos, porque la conciencia de su inocencia propia no le suministra la regla del juicio” (San Gregorio, Moralium 14, 15).

Jesús se quedó sólo con la mujer…

“Unicamente quedaron dos, la miseria y la misericordia, pues sigue: “Y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en pie, en medio”. Yo creo que aquella mujer se quedó aterrada, porque esperaba ser castigada por Aquél en quien no se podía encontrar culpa alguna. Mas Aquél que había rechazado a sus adversarios con la lengua de la justicia, levantando hacia ella sus ojos de mansedumbre, le preguntó: “Y enderezándose Jesús, le dijo: mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?” Dijo ella: ninguno, Señor”. Hemos oído antes la voz de la justicia; oigamos ahora la voz de la mansedumbre: “Y Jesús, ni yo tampoco te condenaré” 2. Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: “Vete, y no peques ya más”. Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al hombre. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: “vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho”. Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez ( Sal 24,8) (San Agustín, in Joannem, tract. 33,5-6 [PL 35,1650]).

Concluyamos pues con estas hermosas palabras del Papa Benedicto XVI:

“El evangelista san Juan pone de relieve un detalle: mientras los acusadores lo interrogan con insistencia, Jesús se inclina y se pone a escribir con el dedo en el suelo. San Agustín observa que el gesto muestra a Cristo como el legislador divino: en efecto, Dios escribió la ley con su dedo en las tablas de piedra. Jesús, por tanto, es el Legislador, es la Justicia en persona. Y ¿cuál es su sentencia? “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra”. Estas palabras están llenas de la fuerza de la verdad, que desarma, que derriba el muro de la hipocresía y abre las conciencias a una justicia mayor, la del amor, en la que consiste el cumplimiento pleno de todo precepto (cf. Rm 13, 8-10). Es la justicia que salvó también a Saulo de Tarso, transformándolo en san Pablo (cf. Flp 3, 8-14).
Cuando los acusadores “se fueron retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos”, Jesús, absolviendo a la mujer de su pecado, la introduce en una nueva vida, orientada al bien: “Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más”. Es la misma gracia que hará decir al Apóstol: “Una cosa hago: olvido lo que dejé detrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Flp 3, 13-14). Dios sólo desea para nosotros el bien y la vida; se ocupa de la salud de nuestra alma por medio de sus ministros, liberándonos del mal con el sacramento de la Reconciliación, a fin de que nadie se pierda, sino que todos puedan convertirse” (Benedicto XVI, Ángelus, 21 de marzo de 2010).

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