Jn 8, 12-20: Jesús es la luz del mundo

Texto Bíblico

12 Jesús les habló de nuevo diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». 13 Le dijeron los fariseos: «Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero». 14 Jesús les contestó: «Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. 15 Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; 16 y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y el que me ha enviado, el Padre; 17 y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. 18 Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre». 19 Ellos le preguntaban: «¿Dónde está tu Padre?». Jesús contestó: «Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre».
20 Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Juan Mediocre de Nápoles

Sermones: Ama al Señor y sigue sus caminos

«Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12)
Sermón 7: PLS 4, 785-786

PLS

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. El veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.

Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras, se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. El es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.

Agustín de Hipona

Sermón: ¿De qué luz habla el Señor?

«Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12)
n. 34


Las palabras del Señor: «Yo soy la luz del mundo» son, a mi parecer, claras para los que tienen ojos capaces de participar de esta luz; pero los que no tienen más ojos que los del cuerpo se sorprenden al oír que nuestro Señor Jesucristo dice: «Yo soy la luz del mundo». E incluso es posible que haya quien diga: ¿Cristo, no será este sol que a través de su amanecer y su ocaso determina el día?.... No, Cristo no es eso. El Señor no es ese sol creado sino aquél por quien el sol fue creado. «Por medio de él se hizo todo y sin él no se hizo nada de lo que se ha hecho» (Jn 1,3). Él es, pues, la luz que ha creado esta luz que vemos. Amemos esta luz, comprendámosla, deseémosla para poder un día, conducidos por ella, llegar hasta ella y vivir en ella de manera que ya no podamos morir...

Veis, hermanos, veis, si es que tenéis unos ojos que ven las cosas del alma, cual es esta luz de la que el Señor habla: «El que me sigue no camina en las tinieblas.» Sigue este sol y veremos como tú ya no andarás en las tinieblas. Hele aquí que se levanta y viene hacia ti; el otro sol, siguiendo su curso, se dirige a occidente; pero tú debes andar hacia el sol naciente que es Cristo.

«El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Los fariseos le dijeron: "tú das testimonio de tí mismo y tu testimonio no vale"... Jesús les respondió: "sí, yo doy testimonio de mí mismo y mi testimonio es válido, porque sé de dónde vengo y a donde voy". La luz muestra los objetos que alumbra, y al mismo tiempo se muestra a ella misma... «Yo sé de dónde vengo y a donde voy."

El que está delante de vosotros y el que habla posee lo que no dejó: viniendo aquí abajo, no dejó el cielo, y regresando allí, no nos abandonó... Esto es imposible para el hombre, esto es imposible para el mismo sol: cuando se dirige hacia occidente, abandona oriente y, hasta que regresa a oriente, no está allí más. Pero nuestro Señor Jesucristo, viene sobre tierra y está en el cielo; regresa al cielo, y está sobre tierra...

San Pedro escribe: "Así tenemos más confirmada la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día" (2P 1,19). Cuando venga nuestro Señor, según las palabras del apóstol Pablo, "Él iluminará lo que esconden las tinieblas" (1Co 4,5)... Ante tal luz, las antorchas no nos serán necesarias: no leeremos más a los profetas, no abriremos más las epístolas de los apóstoles, no pediremos más el testimonio de Juan Bautista, no necesitaremos más el Evangelio.

Todas las Escrituras, que nos sirvieron de antorchas en medio de la noche de nuestro mundo, desaparecerán... ¿Qué veremos?... "En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios" (Jn 1,1). Vendrás a sacar de la fuente de donde surgió el rocío que te fue dado, de donde salieron estos rayos quebrantados que llegaban dando mil rodeos hasta tu corazón envuelto con tinieblas. Verás al descubierto la luz misma... "Lo que un día seremos aún no se ha manifestado. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es" (1Jn 3,2)... Yo, yo voy a dejar este libro; fue bueno gozar de su luz juntos, pero aunque no lo tengamos, no perdemos esta luz.

Clemente de Alejandría

Stromata: Luz verdadera, nueva creación

«Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12)
[Falta referencia]


Cuando tú, Señor Jesús, me conduces a la luz y encuentro a Dios, gracias a ti y, gracias a ti, recibo al Padre, soy coheredero contigo (Rm 8,17), ya que tú no te avergüenzas de tenerme como hermano. (Hb 2,11) Apartemos, pues, el olvido de la verdad, venzamos la ignorancia. Habiendo disipado las tinieblas que nos envuelven como una nube, contemplemos al Dios verdadero y proclamemos: «Bendita sea la luz verdadera.»

Porque la luz ha brillado sobre nosotros que estábamos hundidos en las tinieblas y en la sombra de la muerte. (Lc 1,79), luz más pura que el sol y más bella que la vida de este mundo. Esta luz es la vida eterna y todos aquellos que participan en la luz tienen vida eterna. La noche huye de la luz, se esconde por miedo y cede ante el día del Señor. La luz que no se puede apagar se ha extendido por todas partes, de Oriente a Occidente. Esto es lo que significa «la creación nueva». En efecto, el sol de justicia (Ml 3,20) que ilumina toda cosa resplandece sobre toda la humanidad, a ejemplo de su Padre que hace salir el sol sobre todos los seres humanos (Mt 5,45) y deja caer sobre ellos el rocío de la verdad.

Juan Pablo II

Audiencia General (24-06-1987): ¿Para qué ha sido enviado Cristo?

«Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis» (Jn 5,43)


En todo el Nuevo Testamento hallamos expresada la verdad sobre el envío del Hijo por parte del Padre, que se concreta en la misión mesiánica de Jesucristo. En este sentido, son particularmente significativos los numerosos pasajes del Evangelio de Juan, a los que es preciso recurrir en primer lugar.

Dice Jesús hablando con los discípulos y con sus mismos adversarios: «Yo he salido y vengo de Dios, pues yo no he venido de mí mismo, antes es Él quien me ha mandado» (Jn 8, 42). «No estoy solo, sino yo y el Padre que me ha mandado» (Jn 8, 16). «Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre, que me ha enviado, da testimonio de mí» (Jn 8, 18). «Pero el que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no le conocéis. Yo le conozco porque procedo de Él y Él me ha enviado» (Jn 7, 28-29). «Estas obras que yo hago, dan en favor mío testimonio de que el Padre me ha enviado» (Jn 5, 36). «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4, 34).

Muchas veces, como se ve en el Evangelio joánico, Jesús habla de Sí mismo ?en primera persona? como de alguien mandado por el Padre.

[...] La verdad sobre Jesucristo como Hijo enviado por el Padre para la redención del mundo, para la salvación y la liberación del hombre prisionero del pecado (y por consiguiente de las potencias de las tinieblas), constituye el contenido central de la Buena Nueva. Cristo Jesús es el «Hijo unigénito» (Jn 1, 18), que, para llevar a cabo su misión mesiánica «no reputó como botín (codiciable) el ser igual a Dios, antes se anonadó tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres... haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2, 6-8). Y en esta situación de hombre, de siervo del Señor, libremente aceptada, proclamaba: «El Padre es mayor que yo» (Jn 14, 28), y: «Yo hago siempre lo que es de su agrado» (Jn 8, 29).

Pero precisamente esta obediencia hacia el Padre, libremente aceptada, esta sumisión al Padre, en antítesis con la «desobediencia» del primer Adán, continúa siendo la expresión de la unión más profunda entre el Padre y el Hijo, reflejo de la unidad trinitaria: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre y que según el mandato que me dio el Padre, así hago» (Jn 14, 31). Más todavía, esta unión de voluntades en función de la salvación del hombre, revela definitivamente la verdad sobre Dios, en su Esencia íntima: el Amor; y al mismo tiempo revela la fuente originaria de la salvación del mundo y del hombre: la «Vida que es la luz de los hombres» (cf. Jn 1, 4).

Audiencia General (02-09-1987): Participó de nuestra muerte para que participemos de su vida

«Mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vengo y adonde voy» (Jn 8,14)
nn. 3-4.9


Cuando Jesús alude a la propia venida desde el Padre al mundo, sus palabras hacen referencia generalmente a su preexistencia divina. Esto está claro de modo especial en el Evangelio de Juan. Jesús dice ante Pilato: «Yo para esto he nacido y par esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37); y quizás no carece de importancia el hecho de que Pilato le pregunte más tarde: «¿De dónde eres tú?» (Jn 19, 9). Y antes aún leemos: «Mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde vengo y adonde voy» (Jn 8, 14). A propósito de ese «¿De dónde eres tú?», en el coloquio nocturno con Nicodemo podemos escuchar una declaración significativa: «Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo» (Jn 3, 13). Esta «venida» del cielo, del Padre, indica la «preexistencia» divina de Cristo incluso en relación con su «marcha»: «¿Qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí donde estaba antes?», pregunta Jesús en el contexto del «discurso eucarístico» en las cercanías de Cafarnaum (cf. Jn 6, 62).

Toda la existencia terrena de Jesús como Mesías resulta de aquel «antes» y a él se vincula de nuevo como a una «dimensión» fundamental, según la cual el Hijo es «una sola cosa» con el Padre. ¡Cuán elocuentes son, desde este punto de vista, las palabras de la «oración sacerdotal» en el Cenáculo!: «Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 4-5).

La expresión de Cristo: «Salí del Padre y vine al mundo» (Jn 16, 28) contiene un significado salvífico, soteriológico. Todos los Evangelistas lo manifiestan. El Prólogo de Juan lo expresa en las palabras: «A cuantos lo recibieron (= al Verbo), dióles poder de venir a ser hijos de Dios», la posibilidad de ser engendrados de Dios (cf. Jn 1, 12-13).

Esta es la verdad central de toda la soteriología cristiana, vinculada orgánicamente con la realidad revelada de Dios-Hombre. Dios se hizo hombre a fin de que el hombre pudiera participar realmente de la vida de Dios, más aún, pudiese llegar a ser él mismo, en cierto sentido, Dios. Ya los antiguos Padres de la Iglesia tuvieron claro conocimiento de ello. Baste recordar a San Ireneo, el cual, exhortando a seguir a Cristo, único maestro verdadero y seguro, afirmaba: «Por su inmenso amor Él se ha hecho lo que nosotros somos, para darnos la posibilidad de ser lo que Él es» (cf. Adversus haereses, V, Praef.: PG 7, 1.120).

Esta verdad nos abre horizontes ilimitados, en los cuales situar la expresión concreta de nuestra vida cristiana, a la luz de la fe en Cristo, Hijo de Dios, Verbo del Padre.

Audiencia General (30-09-1987): El Juicio de Dios: amor y libertad

«No penséis que vaya yo a acusaros ante mi Padre» (Jn 5,45)
nn. 5-7


Sin duda Cristo es y se presenta sobre todo como Salvador. No considera su misión juzgar a los hombres según principios solamente humanos (cf. Jn 8, 15). Él es, ante todo, el que enseña el camino de la salvación y no el acusador de los culpables. «No penséis que vaya yo a acusaros ante mi Padre; hay otro que os acusará, Moisés..., pues de mí escribió él» (Jn 5, 45-46). ¿En qué consiste, pues, el juicio? Jesús responde: «El juicio consiste en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3, 19).

Por tanto, hay que decir que ante esta Luz que es Dios revelado en Cristo, ante tal Verdad, en cierto sentido, las mismas obras juzgan a cada uno. La voluntad de salvar al hombre por parte de Dios tiene su manifestación definitiva en la palabra y en la obra de Cristo, en todo el Evangelio hasta el misterio pascual de la cruz y de la resurrección. Se convierte, al mismo tiempo, en el fundamento más profundo, por así decir, en el criterio central del juicio sobre las obras y conciencias humanas. Sobre todo en este sentido «el Padre... ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar» (Jn 5, 22), ofreciendo en Él a todo hombre la posibilidad de salvación.

Por desgracia, en este mismo sentido el hombre ha sido ya condenado, cuando rechaza la posibilidad que se le ofrece: «el que cree en Él no es juzgado; el que no cree, ya está juzgado» (Jn 3, 18). No creer quiere decir precisamente: rechazar la salvación ofrecida al hombre en Cristo («no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios»: ib.). Es la misma verdad a la que se alude en la profecía del anciano Simeón, que aparece en el Evangelio de Lucas cuando anunciaba que Cristo «está para caída y levantamiento de muchos en Israel» (Lc 2, 34). Lo mismo se puede decir de a alusión a la «piedra que reprobaron los edificadores» (cf. Lc 20, 17-18).

Pero es verdad de fe que «el Padre... ha entregado al Hijo todo el poder de juzgar» (Jn 5, 22). Ahora bien, si el poder divino de juzgar pertenece a Cristo, es signo de que Él —el Hijo del hombre— es verdadero Dios, porque sólo a Dios pertenece el juicio y puesto que este poder de juicio está profundamente unido a la voluntad de salvación, como nos resulta del Evangelio, este poder es una nueva revelación del Dios de la Alianza, que viene a los hombres como Emmanuel, para librarlos de la esclavitud del mal. Es la revelación cristiana del Dios que es Amor.

Queda así corregido ese modo demasiado humano de concebir el juicio de Dios, visto sólo como fría justicia, o incluso como venganza. En realidad, dicha expresión, que tiene una clara derivación bíblica, aparece como el último anillo del amor de Dios. Dios juzga porque ama y en vistas al amor. El juicio que el Padre confía a Cristo es según la medida del amor del Padre y de nuestra libertad.

Mensaje (25-07-2001): Decisión que cambia la existencia

«Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12)
Mensaje para la XVII Jornada Mundial de la Juventud, n. 3


"Vosotros sois la luz del mundo....". Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano.

Cuando la luz va menguando o desaparece completamente, ya no se consigue distinguir la realidad que nos rodea. En el corazón de la noche podemos sentir temor e inseguridad, esperando sólo con impaciencia la llegada de la luz de la aurora. Queridos jóvenes, ¡a vosotros os corresponde ser los centinela de la mañana (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la llegada del sol que es Cristo resucitado!

La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: "Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).

El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad (cf. Veritatis splendor, 88).

En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, es necesario que precisamente vosotros, queridos jóvenes, reafirméis que la fe es una decisión personal que compromete toda la existencia. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de vuestra vida! De este modo os haréis misioneros con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajéis y viváis, seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidéis: ¡"No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín" (cf. Mt 5,15).

Benedicto XVI

Verbum Domini (30-09-2010): Luz que vence las tinieblas

«Luz del mundo» (Jn 8,12)
n. 12


Cristo es «la luz del mundo » (Jn 8,12), la luz que « brilla en la tiniebla » (Jn 1,54) y que la tiniebla no ha derrotado (cf. Jn 1,5). Aquí se comprende plenamente el sentido del Salmo 119: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero » (v. 105); la Palabra que resucita es esta luz definitiva en nuestro camino. Los cristianos han sido conscientes desde el comienzo de que, en Cristo, la Palabra de Dios está presente como Persona. La Palabra de Dios es la luz verdadera que necesita el hombre. Sí, en la resurrección, el Hijo de Dios surge como luz del mundo. Ahora, viviendo con él y por él, podemos vivir en la luz.

Discurso (24-09-2011): Yo soy - vosotros sois... la luz del mundo

«Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12)
Vigilia de Oración con los Jóvenes. Feria de Friburgo de Brisgovia


En todas las iglesias, en las catedrales y conventos, en cualquier lugar donde los fieles se reúnen para celebrar la Vigilia pascual, la más santa de todas las noches, ésta se inaugura encendiendo el cirio pascual, cuya luz se transmite después a todos los participantes. Una pequeña llama se irradia en muchas luces e ilumina la casa de Dios a oscuras. En este maravilloso rito litúrgico, que hemos imitado en esta vigilia de oración, se nos revela mediante signos más elocuentes que las palabras el misterio de nuestra fe cristiana. Él, Cristo, que dice de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8, 12), hace brillar nuestra vida, para que se cumpla lo que acabamos de escuchar en el Evangelio: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14). No son nuestros esfuerzos humanos o el progreso técnico de nuestro tiempo los que aportan luz al mundo. Una y otra vez, experimentamos que nuestro esfuerzo por un orden mejor y más justo tiene sus límites. El sufrimiento de los inocentes y, más aún, la muerte de cualquier hombre, producen una oscuridad impenetrable, que quizás se esclarece momentáneamente con nuevas experiencias, como un rayo en la noche. Pero, al final, queda una oscuridad angustiosa.

Puede haber en nuestro entorno tiniebla y oscuridad y, sin embargo, vemos una luz: una pequeña llama, minúscula, más fuerte que la oscuridad, en apariencia poderosa e insuperable. Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido a la muerte – Él vive – y la fe en Él, penetra como una pequeña luz todo lo que es oscuridad y amenaza. Ciertamente, quien cree en Jesús no siempre ve en la vida solamente el sol, casi como si pudiera ahorrarse sufrimientos y dificultades; ahora bien, tiene siempre una luz clara que le muestra una vía, el camino que conduce a la vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). Los ojos de los que creen en Cristo vislumbran incluso en la noche más oscura una luz, y ven ya la claridad de un nuevo día.

La luz no se queda aislada. En todo su entorno se encienden otras luces. Bajo sus rayos se perfilan los contornos del ambiente, de forma que podemos orientarnos. No vivimos solos en el mundo. Precisamente en las cosas importantes de la vida tenemos necesidad de otros. En particular, no estamos solos en la fe, somos eslabones de la gran cadena de los creyentes. Ninguno llega a creer si no está sostenido por la fe de los otros y, por otra parte, con mi fe, contribuyo a confirmar a los demás en la suya. Nos ayudamos recíprocamente a ser ejemplos los unos para los otros, compartimos con los otros lo que es nuestro, nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro afecto. Y nos ayudamos mutuamente a orientarnos, a discernir nuestro puesto en la sociedad.

Queridos amigos, «Yo soy la luz del mundo – vosotros sois la luz del mundo», dice el Señor. Es algo misterioso y grandioso que Jesús diga lo mismo de sí y y de nosotros todos juntos, es decir, «ser luz». Si creemos que Él es el Hijo de Dios, que ha sanado a los enfermos y resucitado a los muertos; más aún, que Él ha resucitado del sepulcro y vive verdaderamente, entonces comprendemos que Él es la luz, la fuente de todas las luces de este mundo. Nosotros, en cambio, experimentamos una y otra vez el fracaso de nuestros esfuerzos y el error personal a pesar de nuestras buenas intenciones. No obstante los progresos técnicos, el mundo en que vivimos, por lo que se ve, nunca llega en definitiva a ser mejor. Sigue habiendo guerras, terror, hambre y enfermedades, pobreza extrema y represión sin piedad. E incluso aquellos que en la historia se han creído «portadores de luz», pero sin haber sido iluminados por Cristo, única luz verdadera, no han creado ningún paraíso terrenal, sino que, por el contrario, han instaurado dictaduras y sistemas totalitarios, en los que se ha sofocado hasta la más pequeña chispa de humanidad.

Llegados a este punto, no debemos silenciar el hecho de que el mal existe. Lo vemos en tantos lugares del mundo; pero lo vemos también, y esto nos asusta, en nuestra vida. Sí, en nuestro propio corazón existe la inclinación al mal, el egoísmo, la envidia, la agresividad. Quizás se puede controlar esto de algún modo con una cierta autodisciplina. Pero es más difícil con formas de mal más bien oscuras, que pueden envolvernos como una niebla difusa, como la pereza, la lentitud en querer y hacer el bien. En la historia, algunos finos observadores han señalado frecuentemente que el daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres. «Vosotros sois la luz del mundo». Solamente Cristo puede decir: «Yo soy la luz del mundo». Todos nosotros somos luz únicamente si estamos en este «vosotros», que a partir del Señor llega a ser nuevamente luz. Y lo mismo que el Señor afirma de la sal, como signo de amonestación, que podría llegar a ser insípida, de igual modo en las palabras sobre la luz ha incluido una pequeña advertencia. En vez de poner la luz sobre el candelero, se puede meter debajo del celemín. Preguntémonos: ¿cuántas veces ocultamos la luz de Dios bajo nuestra inercia, nuestra obstinación, de manera que no puede brillar por medio de nosotros en el mundo?

Queridos amigos, esta noche, en la que estamos reunidos en oración en torno al único Señor, vislumbramos la verdad de la Palabra de Cristo, según la cual no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Esta asamblea brilla en los diversos sentidos de la palabra: en la claridad de innumerables luces, en el esplendor de tantos jóvenes que creen en Cristo. Una vela puede dar luz solamente si la llama la consume. Sería inservible si su cera no alimentase el fuego. Permitid que Cristo arda en vosotros, aun cuando ello comporte a veces sacrificio y renuncia. No temáis perder algo y, por decirlo así, quedaros al final con las manos vacías. Tened la valentía de usar vuestros talentos y dones al servicio del Reino de Dios y de entregaros vosotros mismos, como la cera de la vela, para que el Señor ilumine la oscuridad a través de vosotros. Tened la osadía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones resplandezca el amor de Cristo, llevando así la luz al mundo. Confío que vosotros y tantos otros jóvenes ... seáis llamas de esperanza que no queden ocultas. «Vosotros sois la luz del mundo». «Donde está Dios, allí hay futuro». Amén.

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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)




Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Juan Crisóstomo, in Ioannem, hom. 51

12. De otro modo, como le atribuían por patria a Galilea, y dudaban si sería alguno de los profetas (o que sería un profeta cualquiera), quiso demostrar que no era un profeta, sino el dominador de todo el universo. Por esto dice: “Y otra vez les habló Jesús diciendo: “Yo soy la luz del mundo”, no sólo de Galilea, ni de Palestina, ni de Judea.

En sentido espiritual, dijo: “No anda en tinieblas”, esto es, no permanece en el error. Por eso alaba a Nicodemo y a los sirvientes y les enseña a vencer los engaños (o a prevenir los fraudes) que hay en el error, pero que no eclipsarán a la luz.

13. Como el Señor había dicho: “Yo soy la luz del mundo, y el que me sigue no anda en tinieblas”, los judíos quisieron contradecir esto. Por ello sigue: “Y los fariseos le dijeron: “tú das testimonio de ti mismo”, etc.

14. Pero el Señor destruyó cuanto ellos habían dicho. Por esto sigue: “Jesús les respondió y dijo: aunque yo de mí mismo doy testimonio, verdadero es mi testimonio”. Esto lo dijo para deshacer aquella idea que tenían, creyendo que era un mero hombre, y dice a continuación la causa: “Porque sé de dónde vine y a dónde voy”, esto es, soy de Dios, soy Dios e Hijo de Dios. No dijo esto terminantemente porque siempre mezcla lo humilde con lo grande. El mismo Dios es el mejor testigo de sí mismo y el más digno de fe.

15. Así como cuando se vive según la carne se vive mal, así, cuando se juzga según la carne se juzga injustamente. Y como hubieran podido decir: “Si juzgamos injustamente, ¿por qué no nos convences de ello? ¿por qué no condenas?”, añadió: “Mas yo no juzgo a nadie”.

16. Como diciendo: “por esto he dicho no juzgo, como no pretendiendo juzgar, porque si juzgase, os condenaría con justicia; pero ahora no es tiempo de juzgar”. Pero da idea del juicio futuro, cuando añade: “Porque yo no soy solo; mas yo y el Padre que me envió”, manifestando que no los condenará El solo, sino también el Padre. Esto lo dijo respondiendo a sus sospechas, porque no creían que el Hijo era digno de fe si el Padre no daba testimonio de ello.

17-19. Si se toma simplemente lo que se lleva dicho, resulta una cuestión: que se ha ordenado entre los hombres que haya verdad en la boca de dos o tres testigos, porque uno solo no es digno de fe. ¿Pero cómo vamos a hacer extensiva a Dios esta razón? De otro modo no podría ser verdad lo que se dice: que entre los hombres, cuando dos dan testimonio de algo ajeno, su testimonio es verdadero (esto es, al atestiguar dos); pero si uno de ellos da testimonio de sí mismo, no puede decirse que hay dos testigos. No dijo esto con otro fin que con el de manifestar que El no era menor que el Padre; de otro modo no hubiera dicho: “Yo, y el Padre que me envió”. Véase también que su poder en nada ha sido disminuido por el Padre. El hombre, cuando es digno de fe por sí mismo, no necesita de testimonio, pero esto es cuando se trata de cosas ajenas; respecto de lo que a El le toca, al necesitar de testimonio ajeno no se consideraría como digno de fe. Pero aquí sucede todo lo contrario, porque atestiguando de cosa propia y teniendo el testimonio de otro, dijo que El era digno de fe.

Y dice esto para manifestar que de nada les aprovecha decir que conocen al Padre si no conocen al Hijo.

20. Hablaban en el templo por orden los maestros, y allí hablaba Jesús; sobre esto murmuraban y le acusaban, porque se hacía igual al Padre.

San Agustín, in Ioannem, tract. 34-36

12. Los maniqueos creyeron que ese sol visible a los ojos de la carne era Nuestro Señor Jesucristo, pero la Iglesia católica desaprueba tal error, porque no es el Señor un sol creado, sino quien creó al sol. Todas las cosas fueron creadas por El, y para nosotros se hizo esa Luz que estando debajo del sol produjo el sol. Pero está encubierta con la nube de la carne, no para que se oscurezca, sino para mitigar sus rayos. Hablando a través de la nube de la carne, la luz que no puede faltar, la luz de la sabiduría, dice a los hombres: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 1,3).

Y hace que separes tus miradas de la carne, y te lleva a la visión del espíritu cuando añade: “El que me sigue, no anda en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida”. No cree suficiente el decir, “Tendrá la luz”, sino que añade “de la vida”. Estas palabras del Señor están conformes con las del salmo: “Con tu luz veremos la luz, porque en ti se encuentra la fuente de la vida” (Sal 35,10). En los usos de la vida corporal una cosa es la luz y otra la fuente; la boca busca la fuente, los ojos la luz. Pero en cuanto a Dios lo mismo es la luz que la fuente. El mismo que te alumbra para que veas, es el que mana para que bebas. Las promesas que hace las expresa con un futuro, mas fijó el tiempo presente para lo que debemos hacer. Dice: “El que me sigue, tendrá”. Ahora sigue por la fe; después poseerá en la realidad. Sigamos al sol visible, y entonces le seguiremos hacia el Occidente, que es hacia donde camina; y porque si no, él te abandonará aunque tú no quieras dejarle. El Señor está todo en todas partes; si no te separas de El, El nunca se ocultará para ti. Deben temerse las tinieblas de las costumbres, no de los ojos. Y si de los ojos, no de los exteriores, sino de los interiores, por los que no se distingue lo blanco de lo negro, sino lo justo de lo injusto.

13-16. Verdadero es el testimonio de la luz, ya se manifieste a sí misma, ya dé a conocer los objetos. El profeta dijo verdad; pero ¿de dónde la tomó si no la hubiese bebido en la fuente de la verdad? Luego, idóneo es Jesús cuando da testimonio de sí mismo. Y diciendo: “Porque sé de dónde vine y a dónde voy”, da a entender que se refería al Padre. El Hijo daba gloria al Padre, por quien había sido enviado. ¿Cuánto, pues, debe glorificar el hombre a Aquél por quien ha sido creado? Mas cuando vino no se separó del cielo, ni cuando volvió a él nos ha abandonado. ¿Qué os admiráis? Es Dios, no puede hacer lo que El ese sol que nos alumbra, porque cuando va al Occidente abandona el Oriente. Pero así como el sol ilumina del mismo modo el rostro del que ve como el del ciego, aunque con su luz ve uno y no el otro, así la sabiduría de Dios (el Verbo de Dios) en todas partes está presente (aun entre los infieles). Pero éstos no la ven, porque no tienen ojos en su alma. Mas para distinguir el Señor a sus fieles de sus enemigos los judíos (como queriendo separar la luz de las tinieblas), añadió: “Pero vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy”. Estos judíos veían al hombre, pero no veían a Dios. Por esto el Señor añadió: “Vosotros juzgáis según la carne”, a saber, cuando decís: “Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero”.

Como no conocéis a Dios y veis al hombre, de aquí que yo os parezca soberbio, porque doy testimonio de mí mismo, pues todo hombre aparece soberbio y arrogante cuando pretende dar testimonio laudable de sí mismo. Porque los hombres somos débiles y podemos mentir y decir verdad; pero la luz no puede mentir.

Esto puede entenderse de dos maneras. Dice: “Yo no juzgo a nadie”, de la misma manera como dice en otro lugar: “Yo no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo” (Jn 3,17); no lo decía negando que habría de juzgar, sino dilatándolo. Y, como había dicho: “Vosotros juzgáis según la carne”, y añadió: “Yo no juzgo a nadie”; para que entiendas que Jesucristo no juzga según la carne, como El fue juzgado por los hombres; mas para que se sepa que Jesucristo es juez, añade: “Y si yo juzgo, mi juicio es verdadero”.

Mas si el Padre está contigo, ¿cómo te ha enviado? Señor, entonces tu misión es tu Encarnación. Aquí estaba Jesucristo según la carne, pero no se había separado del Padre, porque el Padre y el Hijo se encontraban en todas partes. Avergüénzate, sabeliano [1]; porque no dijo yo soy el Padre y yo mismo soy a la vez el Hijo, sino “No soy solo”, porque está conmigo el Padre. Distingue, por lo tanto, las personas; distingue la inteligencia; conoce que el Padre es el Padre y el Hijo es el Hijo; pero no digas que el Padre es mayor y el Hijo es menor. Son una sola esencia, una sola coeternidad, una igualdad perfecta. Luego es verdadero mi juicio, dijo, porque soy Hijo de Dios. Y para que se comprenda que el Padre está conmigo, no soy Hijo de tal naturaleza que haya de dejar al Padre; he tomado la forma de siervo, pero no he perdido la de Dios. Había hablado del juicio; ahora va a tratar del testimonio. Por esto sigue: “Y en vuestra Ley está escrito”, etc.

17-18. ¿Pretenden, acaso, los maniqueos fundar sus calumnias en que Jesús no dijo: “en la Ley de Dios”, sino: “está escrito en vuestra Ley”? Ante lo cual, ¿quién no conoce el espíritu de las Sagradas Escrituras [2]? Dijo, pues, “en vuestra Ley”, esto es “en la que os ha sido dada”. Del mismo modo como el Apóstol decía: “mi Evangelio”, el que asegura haber recibido, no de los hombres, sino por la revelación de Jesucristo (contra Faustum, 16, 13).

Enciérrase una importante cuestión, que aparece velada de gran misterio, en las palabras del Señor, cuando dijo: “En la boca de dos o tres testigos se encuentra toda palabra de verdad (Dt 17,6), porque puede suceder que mientan dos. La casta Susana estuvo en peligro por dos testigos falsos; todo el pueblo mintió contra Jesucristo; ¿cómo puede entenderse que en la boca de dos o tres testigos se encuentra toda palabra de verdad, sino diciendo, que de este modo se da a conocer la Santísima Trinidad por medio del misterio, porque en Ella se encuentra la constante estabilidad de la verdad? Por tanto dirá: “aceptad nuestro raciocinio, para que no experimentéis el castigo”. Dejo para después el juicio, pero no el testimonio; por esto sigue: “Yo soy el que doy testimonio de mí mismo”, etc.

19-20. Aquéllos que habían oído decir al Señor: “Vosotros juzgáis según la carne”, demostraron que habían escuchado porque creyeron que el Padre de Jesús era de carne. Por esto sigue: “Y le decían, ¿dónde está tu Padre?”, etc. Como diciendo: “Te hemos oído decir: “Yo no soy sólo, sino que somos yo y el Padre que me ha enviado”; pero nosotros te vemos solo: manifiéstanos que tu Padre está contigo”.

Como si dijera: “Preguntáis ¿en dónde está tu Padre? como si ya me conocierais a mí; como si yo fuera sólo lo que veis. Pues porque no me conocéis, yo no os manifiesto a mi Padre. Y así como a mí me creéis hombre, creéis que mi Padre es también hombre. Sabed que según lo que vosotros veis soy una cosa, y según lo que no veis, otra. Yo hablo de mi Padre oculto, estando yo también oculto; primero debéis conocerme, y después conoceréis a mi Padre”. Y esto es lo que añade: “Si me conocieseis a mí, en verdad que conoceríais a mi Padre.

¿Qué quiere decir: “Si me conocieseis, también conoceríais en verdad a mi Padre”, sino que “yo y el Padre somos una misma cosa” (Jn 10,30)? Cuando vemos a uno que se parece a otro generalmente decimos: “si has visto a uno ya has visto al otro”. Y se dice así, por la semejanza que hay entre ellos. Pues lo mismo da a entender el Señor cuando dice: “Si me conociereis, en verdad que también conoceríais a mi Padre”; no porque el Padre es el Hijo, sino porque el Hijo es semejante al Padre.

Aquí la palabra “acaso” implica una especie de increpación, aunque parece palabra dubitativa. Muchas veces sucede entre los hombres que hablan con duda de lo que conocen con certeza, empleando palabras que la indican, como cuando uno se disgusta con un criado, y le dice: “Me despreciais; reflexiona: quizá soy tu amo”. Así hace también el Señor cuando reprende a los infieles y dice: “Acaso conoceríais también a mi Padre”.

Gran confianza tenía, y no mostraba temor, porque en realidad no había de padecer hasta que El quisiera. Por esto sigue: “Y ninguno le echó mano, porque aun no había venido su hora”, etc. Cuando algunos oyen esto creen que Jesús vivió bajo la presión del hado. Mas si hado, tal como algunos lo entendieron, viene de fado (que equivale a hablar) [3], ¿cómo el Verbo de Dios podía estar sujeto al hado? ¿Dónde están los hados? Dirás que en el cielo, en el orden y giro de los astros. ¿Y cómo puede estar sujeto al hado Aquél por quien han sido hechos el cielo y los astros, siendo así que tu voluntad (si te conduces rectamente) puede ir más allá de los astros? ¿Acaso porque sabes que la humanidad de Jesucristo estuvo debajo del cielo, crees que el poder de Jesucristo estuvo subordinado al cielo? Mas no había venido aún su hora. No la hora en la que se viera obligado a morir, sino en la que se dignase dejarse matar.


Notas

[1] Sostenían que el Padre y el Hijo no eran sino diferentes aspectos o condiciones de un solo y mismo ser. En sus inicios fueron también llamados “patripasianos” por sostener que era el Padre el que padeció en la cruz. Luego afirmaron que Dios era una sola persona que en su tarea como creador toma el nombre de Verbo; el Verbo es Dios que se manifiesta a sí mismo en la creación. La fe de la Iglesia enseña que: “Las personas divinas son realmente distintas entre sí. Dios es único pero no solitario. Padre, Hijo, Espíritu Santo no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 254). “Creemos firmemente y afirmamos sin ambages que hay un solo verdadero Dios, inmenso e inmutable, incomprensible, todopoderoso e inefable, Padre, Hijo y Espíritu Santo: Tres Personas, pero una Esencia, una Substancia o Naturaleza absolutamente simple”. (Concilio de Letrán IV, Catecismo de la Iglesia Católica, 202)

[2] Los maniqueos afirmaban la coexistencia de dos principios, uno para el bien y otro para el mal, actuantes en el universo, oponiéndose entre sí hasta una resolución que es la vuelta al estado primero de todo.

[3] El “hado” es una divinidad o fuerza desconocida que, según algunos paganos, obraba irresistiblemente sobre las demás divinidades, y sobre los seres humanos y los sucesos. Para algunos filósofos eran una serie y orden de causas íntimamente ligadas entre sí que necesariamente producen su efecto.

Alcuino

12. Como había absuelto a aquella mujer de su culpa, para que no dudasen de si podría perdonar pecados quien aparecía como puro hombre, se dignó demostrar más claramente el poder de su divinidad. Por esto dice: “Y otra vez les habló Jesús diciendo: “Yo soy la luz del mundo”.

13. «Los fariseos le dijeron: “Tú das testimonio de ti mismo: tu testimonio no vale.”» Hablaron como si sólo fuese el Señor quien diese testimonio, cuando consta que mandó antes de tomar carne muchos testigos, que predijeron todos sus misterios.

18. «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo y también el que me ha enviado, el Padre, da testimonio de mí.» También puede entenderse lo que dijo en este sentido: si vuestra Ley aprueba el testimonio de dos hombres, que pueden ser engañados y mentir, o atestiguar muchas cosas falsas e inciertas, ¿por qué razón no creéis que es verdadero mi testimonio y el de mi Padre, que es firme con estabilidad suprema?

20. «Estas palabras las pronunció en el Tesoro». Gaza, en el idioma persa, quiere decir riquezas y filattein (φυλλατειν ), guardar, porque era un lugar del templo en donde se guardaban los tesoros [1].


Notas

[1] El gazofilacio era el lugar donde se recogían las limosnas, rentas y riquezas, en el templo de Jerusalén.

Beda

12. En lo que debe observarse que no dice yo soy la luz de los ángeles, o del cielo, sino la luz del mundo, esto es, de los hombres, que habitan en las tinieblas, según dicen aquellas palabras: “Para alumbrar a aquellos que están sentados en la sombra y en las tinieblas de la muerte” (Lc 1,79).

18. «Yo soy el que doy testimonio de mí mismo y también el que me ha enviado, el Padre, da testimonio de mí.» En muchas ocasiones el Padre da testimonio de su Hijo, como cuando dice: “Yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7), “Este es mi Hijo muy amado” (Mt 3,17).

20. «Estas palabras las pronunció en el Tesoro». Habló el Señor en el gazofilacio, porque se dirigía a los judíos por medio de parábolas. Y empezó como a abrir el gazofilacio cuando manifestó a sus discípulos las cosas del cielo. Por esto el gazofilacio estaba en el templo, porque lo que la Ley y los profetas habían dicho, por medio de figuras, se refería a Dios.

Teofilacto

12. Pueden aducirse en contra de Nestorio estas palabras; porque no dijo que en mí está la luz del mundo, sino que yo soy la luz del mundo, porque el que parecía sólo hombre era el Hijo de Dios y la luz del mundo. Por tanto el Hijo de Dios no habitaba (como afirma Nestorio con mucha palabrería) en un simple hombre [1].

13. «Tú das testimonio de ti mismo…» Como si dijese: “Vosotros, como veis mi carne, creéis que soy sólo carne y no Dios, pero juzgáis con las falacias de la carne”.

19a. «Y le decían: ¿En dónde está tu Padre? ». Algunos indican que los judíos dijeron esto en tono de injuria o de desprecio; le vituperan como si fuera hijo de fornicación, y de padre desconocido, o como aludiendo a la humilde condición del que se creía su padre, esto es, de José. Como diciéndole: “tu padre es vil y desconocido, ¿por qué nos lo citas con tanta frecuencia?” Como no le preguntaban deseando aprender, sino tentándole, no respondió a la pregunta anterior. Por esto sigue: “Respondió Jesús; ni me conocéis a mí, ni a mi Padre”.

19b. «No me conocéis ni a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre.» Avergüéncese Arrio, porque si, según él, el Hijo es criatura, ¿cómo el que conoce a la criatura conoce a Dios? [2] Ni aun el que conoce la naturaleza del ángel conoce la naturaleza divina, pero si el que conoce al Hijo también conoce al Padre, es porque el Hijo es consustancial con el Padre.


Notas

[1] “La herejía nestoriana veía en Cristo una persona humana junto a la persona divina del Hijo de Dios. Frente a ella S. Cirilo de Alejandría y el tercer Concilio Ecuménico reunido en Efeso, en el año 431, confesaron que el Verbo, al unirse en su persona a una carne animada por un alma racional, se hizo hombre. La humanidad de Cristo no tiene más sujeto que la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido y hecho suya desde su concepción. Por eso el Concilio de Efeso proclamó en el año 431 que María llegó a ser con toda verdad Madre de Dios mediante la concepción humana del Hijo de Dios en su seno: Madre de Dios, no porque el Verbo de Dios haya tomado de ella su naturaleza divina, sino porque es de ella, de quien tiene el cuerpo sagrado dotado de un alma racional, unido a la persona del Verbo, de quien se dice que el Verbo nació según la carne.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 466).

[2] Los arrianos sostenían que el Hijo es la primera y suprema criatura de Dios, creado directamente por el Padre para crear a través de El todo el universo. El Padre le participa sus prerrogativas divinas como don por su fidelidad. “El primer Concilio Ecuménico de Nicea, en el año 325, confesó en su Credo que el Hijo de Dios es engendrado, no creado, de la misma substancia [ homousios ] que el Padre y condenó a Arrio que afirmaba que el Hijo de Dios salió de la nada (80) y que sería de una substancia distinta de la del Padre.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 465)

Orígenes, in Ioannem, tom. 18

19-20. Parece que está en contradicción lo que ahora dice Jesús: “Ni me conocéis a mi ni a mi Padre” con lo que en otra ocasión había dicho: “Me conocéis, y sabéis de dónde vengo” (Jn 7,28). Pero cuando dice “me conocéis” lo dice a ciertos jerosolimitanos que decían: “¿Por ventura han creído verdaderamente nuestros príncipes que éste es el Cristo?”; mas cuando dijo: “No me conocéis”, lo dijo a los fariseos. A los jerosolimitanos había dicho: “Es veraz el que me ha enviado, a quien vosotros no conocéis” (Jn 7,28). Mas alguno preguntará, ¿cómo es verdad lo que dice: “Si me conocieseis, también conoceríais a mi Padre”, siendo así que los jerosolimitanos a quienes dijo “me conocéis” (Jn 7,28) no conocían al Padre? A esto debe contestarse, que el Salvador hablaba de sí unas veces refiriéndose a la naturaleza humana, y otras a la divina. Por ello, cuando dice: “Me conocéis” habla de sí como hombre; y cuando dice: “No me conocéis”, habla de sí como Dios.

Conviene saber aquí que los herejes opinan que con esto se prueba claramente que no es Padre de Jesucristo el Dios a quien los judíos adoraban, porque dicen: “si el Salvador hablaba a los fariseos que adoraban a Dios como autor del Universo, es evidente que el Padre de Jesús es otro distinto del autor del Universo, a quien los fariseos no habían conocido”. Pero dicen esto, sin atender al modo de expresarse de las Sagradas Escrituras. Y así, si alguno no obra según el conocimiento que de Dios le dieron sus padres, y no vive bien, decimos de éste que no tiene conocimiento de Dios. Del mismo modo como se dice de los hijos de Heli, que no conocían a Dios por su mucha malicia, se dice también que los fariseos no conocían al Padre, porque no vivían conforme a lo ordenado por el Creador. Tiene otro significado esto de conocer a Dios, porque una cosa es conocer a Dios y otra creer en El sencillamente. Dice en el Salmo: “Reposad, y ved que yo soy el Dios” (Sal 45,11). ¿Quién no entiende que esto se dice para un pueblo que cree en su Creador? Hay, pues, mucha diferencia entre creer conociendo, y solamente creer. Pero cuando dice el Salvador a los fariseos: “Ni me conocéis ni a mi Padre”, pudo decirles con mucha razón: “no creéis siquiera en mi Padre, porque quien niega al Hijo no tiene conocimiento del Padre; esto es: ni por la fe ni por la razón”. Además, dice la Escritura en otro lugar que aquéllos que viven junto a otro, le conocen. Adán conoció a Eva cuando estuvo junto a ella. Y si conoce a su mujer el que vive junto a ella, el que está cerca de Dios participa de su mismo espíritu, y conoce a Dios. Y si esto es así, los fariseos no conocían ni al Padre ni al Hijo (1Sam 2). A pesar de esto, puede suceder que alguno conozca a Dios y no conozca al Padre (esto es, que alguno tenga en realidad noticias de Dios y no del Padre), porque en las muchas oraciones que vemos en la Ley antigua, no encontramos que ninguno diga al orar: “Dios Padre”, y sin embargo le rogaban como a Dios y Señor, sin anticipar la gracia que se había de dispensar a todo el mundo, por medio de Jesucristo, que había de juntarlos a todos en esta filiación, al tenor del salmo (Sal 21,23): “Anunciaré tu nombre a mis hermanos”.
Prosigue: “Estas palabras dijo Jesús en el gazofilacio, enseñando en el templo”

En casi todos los lugares se ve la siguiente adición: “Estas palabras dijo Jesús en tal sitio”. Si reflexionas un poco, encontrarás la oportunidad de la adición. Es, pues, el gazofilacio un lugar donde se guarda el dinero ofrecido para gloria de Dios y socorro de los pobres. Las monedas tienen palabras diversas y llevan impresa la imagen de algún rey grande. Contribuya, pues, cada cual a la edificación del templo, llevando al gazofilacio espiritual todo lo que pueda, para la gloria de Dios y el bien general. Eran de mucha más utilidad las ofrendas que Jesús llevó al gazofilacio del templo que todas las que habían ofrecido los demás, porque ofrecía palabras de vida eterna. Cuando Jesús habló en el gazofilacio nadie le detuvo, porque sus palabras eran más fuertes que aquéllos que le querían prender, no habiendo debilidad alguna en las palabras que habló el Verbo de Dios.

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