Jn 10, 22-30: Revelación de Jesús en la fiesta de la Dedicación (i)

Texto Bíblico

22 Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. 23 Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. 24 Los judíos, rodeándolo, le preguntaban: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». 25 Jesús les respondió: «Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. 26 Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. 27 Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, 28 y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. 30 Yo y el Padre somos uno».

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Atanasio de Alejandría

Obras: Fe sin desviaciones

«Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30)
Símbolo “Quicumque”, [Falta referencia]


He aquí la fe católica: veneramos a un Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad, sin confundir a las personas, sin dividir la sustancia: una es, en efecto, la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una misma divinidad, una gloria igual, una misma majestuosidad eterna. Así como es el Padre, es el Hijo y el Espíritu Santo: increado es el Padre, increado el Hijo e increado el Espíritu Santo... De este modo el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo ellos no son tres dioses, sino un mismo Dios...

Esta es la fe sin desviaciones: nosotros creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre: Él es Dios, de la sustancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y Él es hombre, de la sustancia de su madre, nacido en el tiempo: Dios perfecto, hombre perfecto, compuesto de un alma razonable y un cuerpo humano, igual al Padre según la divinidad, inferior al Padre según la humanidad. Aunque Él sea Dios y hombre, no existen dos cristos sino un solo Cristo: uno, no porque la divinidad haya pasado a la carne, sino porque la humanidad fue asumida por Dios; una unión no por mezcla de sustancias, sino por la unidad de la persona. Porque, al igual que el alma razonable y el cuerpo forman un hombre, Dios y el hombre forman un Cristo. Él sufrió por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre; desde allí vendrá a juzgar a vivos y muertos.

Agustín de Hipona

De Trinitate: La vida eterna es conocerle

«¿Hasta cuando nos vas a tener en suspenso?» (Jn 10,24)
I, 13, 30-3


Como es igual al Padre, el Hijo de Dios no recibe el poder de juzgar, ya que lo posee con el Padre. Lo recibe para que buenos y malos lo vean juzgar, porque es el Hijo del hombre. Ver al Hijo del hombre se les dará a los malvados por sí mismos, pero la visión de su divinidad sólo se dará a los limpios de corazón, porque son ellos los que verán a Dios (Mt 5,8). ¿Qué es la vida eterna, sino esta visión, que será denegada a los impíos? "Que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo» (Jn 17,3). ¿Cómo conocerán a Jesucristo, si no como el verdadero Dios, el que se muestra a sí mismo a ellos? Él se mostrará lleno de bondad en la visión que descubrirá a los limpios de corazón. "Qué bueno es el Dios de Israel para los rectos de corazón" (Sal 72,1). Sólo Dios es bueno.

He aquí por qué aquel que llamó al Señor «maestro bueno» , y le pidió consejo para llegar a la vida eterna, recibe esta respuesta: "¿por qué me preguntas sobre lo que es bueno?". "Nadie es bueno salvo el mismo Dios" (Mc 10, 17-18). Este hombre que le ha interrogado no sabe a quién se ha acercado y lo ha tomado por un simple hijo del hombre... "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia" (Flp 2, 6-7). Este es Él, el único Dios, Padre, Hijo, Espíritu Santo, que aparecerá tan solo para alegría inalterable de los justos.

Juan Pablo II

Audiencia General (30-10-1985): Murió por ser Dios

«El que cree en el Hijo posee la vida eterna» (Jn 10,36)
nn. 4-5


El Hijo

La misión de Jesucristo de revelar al Padre, manifestándose a Sí mismo como Hijo, no carecía de dificultades. Efectivamente tenía que superar los obstáculos derivados de la mentalidad estrictamente monoteísta de los oyentes, que se había formado por medio de la enseñanza del Antiguo Testamento, en la fidelidad a la Tradición, la cual se remontaba a Abraham y a Moisés, y en la lucha contra el politeísmo. En los Evangelios, y especialmente en el de Juan, encontramos muchos indicios de esta dificultad que Jesucristo supo superar con habilidad, presentando con suma pedagogía signos de revelación a los que se dejaron abrir los discípulos bien dispuestos.

Jesús hablaba a sus oyentes de modo claro e inequívoco: "El Padre, que me ha enviado, da testimonio de mí". Y a la pregunta: "¿Dónde está tu Padre?", respondía: "Ni a mí me conocéis ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre..." "Yo hablo lo que he visto en el Padre...". Luego a los oyentes que objetaban: "Nosotros tenemos por Padre a Dios...", les rebatía: "Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios... es Él que me ha enviado...", en verdad, en verdad os digo: Antes que Abraham naciese, era yo" (Cf. Jn 8, 12-59).

Cristo dice "Yo soy", igual que siglos antes, al pie del monte Horeb, había dicho Dios a Moisés, cuando le preguntaba el nombre: "Yo soy el que soy" (Cfr. Ex 3, 14). Las palabras de Cristo: "Antes que Abraham naciese, Yo Soy", provocaron la reacción violenta de los oyentes que "buscaban... matarlo, porque decía a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios" (Jn 5, 18). En efecto, Jesús no se limitaba a decir: "Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también" (Jn 5, 17), sino que incluso proclamaba: "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10, 30)

En los días dramáticos que finalizan si vida, Jesús es arrastrado al tribunal del Sanedrín, donde el mismo Sumo Sacerdote le dirige la pregunta-imputación: "Te conjuro por Dios vivo a que me digas si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios" (Mt 26, 63). Jesús responde: "Tú lo has dicho" (ib., 64).

La tragedia se consuma y se pronuncia contra Jesús la sentencia de muerte.

Cristo, revelador del Padre y revelador de Sí mismo como Hijo del Padre, murió porque hasta el fin dio testimonio de la verdad sobre su filiación divina.

Con el corazón colmado de amor nosotros queremos repetirle también hoy con el Apóstol Pedro el testimonio de nuestra fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16).

Audiencia General (08-07-1987): Jesucristo: Hijo íntimamente unido al Padre

«Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 24-30)


«Abbá-Padre mío»: Todo lo que hemos dicho en la catequesis anterior, nos permite penetrar más profundamente en la única y excepcional relación del hijo con el Padre, que encuentra su expresión en los Evangelios, tanto en los Sinópticos como en San Juan, y en todo el Nuevo Testamento. Si en el Evangelio de Juan son más numerosos los pasajes que ponen de relieve esta relación (podríamos decir «en primera persona»), en los Sinópticos (Mt y Lc) se encuentra, sin embargo, la frase que parece contener la clave de esta cuestión: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27 y Lc 10, 22).

El Hijo, pues, revela al Padre como Aquel que lo «conoce» y lo ha mandado como Hijo para «hablar» a los hombres por medio suyo (cf. Heb 1, 2) de forma nueva y definitiva. Más aún: precisamente este Hijo unigénito el Padre «lo ha dado» a los hombres para la salvación del mundo, con el fin de que el hombre alcance la vida eterna en Él y por medio de Él (cf. Jn 3, 16).

Muchas veces, pero especialmente durante la última Cena, Jesús insiste en dar a conocer a sus discípulos que está unido al Padre con un vínculo de pertenencia particular. «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío», dice en la oración sacerdotal, al despedirse de los Apóstoles para ir a su pasión. Y entonces pide la unidad para sus discípulos, actuales y futuros, con palabras que ponen de relieve la relación de esa unión y «comunión» con la que existe sólo entre el Padre y el Hijo. En efecto, pide: «Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, a fin de que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y conozca el mundo que tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí» (Jn 17, 21-23).

Al rezar por la unidad de sus discípulos y testigos, al revelar Jesús al mismo tiempo qué unidad, qué «comunión» existe entre Él y el Padre: el Padre está «en el» Hijo y el Hijo «en el» Padre. Esta particular «inmanencia», la compenetración recíproca —expresión de la comunión de las personas— revela la medida de la recíproca pertenencia y la intimidad de la recíproca realización del Padre y del Hijo. Jesús la explica cuando afirma: «Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío» (Jn 17, 10). Es una relación de posesión recíproca en la unidad de esencia, y al mismo tiempo es una relación de don. De hecho dice Jesús: «Ahora saben que todo cuanto me diste viene de ti» (Jn 17, 7).

Se pueden captar en el Evangelio de Juan los indicios de la atención, del asombro y del recogimiento con que los Apóstoles escucharon estas palabras de Jesús en el Cenáculo de Jerusalén, la víspera de los sucesos pascuales. Pero la verdad de la oración sacerdotal de algún modo ya se había expresado públicamente con anterioridad el día de la solemnidad de la dedicación del templo. Al desafío de los que se habían congregado: «Si eres el Mesías, dínoslo claramente», Jesús responde: «Os lo dije y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mi». Y a continuación afirma Jesús que los que lo escuchan y creen en Él, pertenecen a su rebaño en virtud de un don del Padre: «Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco... Lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 24-30).

La reacción de los adversarios en este caso es violenta: «De nuevo los judíos trajeron piedras para apedrearlo». Jesús les pregunta por qué obras provenientes del Padre y realizadas por Él lo quieren apedrear, y ellos responden: «Por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios». La respuesta de Jesús es inequívoca: «Si no hago las obras de mi Padre no me creáis; pero si las hago, ya que no me creéis a mí, creed a la obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (cf. Jn 10, 31-38).

Tengamos bien en cuenta el significado de este punto crucial de la vida y de la revelación de Cristo. La verdad sobre el particular vínculo, la particular unidad que existe entre el Hijo y el Padre, encuentra la oposición de los judíos: Si tú eres el Hijo en el sentido que se deduce de tus palabras, entonces tú, siendo hombre, te haces Dios. En tal caso profieres la mayor blasfemia. Por lo tanto, los que lo escuchaban comprendieron el sentido de las palabras de Jesús de Nazaret: como Hijo, Él es «Dios de Dios» —«de la misma naturaleza que el Padre»—, pero precisamente por eso no las aceptaron, sino que las rechazaron de la forma más absoluta, con toda firmeza. Aunque en el conflicto de ese momento no se llega a apedrearlo (cf. Jn 10, 39); sin embargo, al día siguiente de la oración sacerdotal en el Cenáculo, Jesús será sometido a muerte en la cruz. Y los judíos presentes gritarán: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40), y comentarán con escarnio: «Ha puesto su confianza en Dios; que Él lo libre ahora, si es que lo quiere, puesto que ha dicho: soy el Hijo de Dios» (Mt 27, 42-43).

También en la hora del Calvario Jesús afirma la unidad con el Padre. Como leemos en la Carta a los Hebreos: «Y aunque era Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia» (Heb 5, 8). Pero esta «obediencia hasta la muerte» (cf. Flp 2, 8) era la ulterior y definitiva expresión de la intimidad de la unión con el Padre. En efecto, según el texto de Marcos, durante a agonía en la cruz, «Jesús... gritó: ‘!Eloí, Eloí, lamá sabactáni?’, que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34). Este grito —aunque las palabras manifiestan el sentido del abandono probado en su psicología de hombre sufriente por nosotros— era la expresión de la más intima unión del Hijo con el Padre en el cumplimiento de su mandato: «He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar» (cf. Jn 17, 4). En este momento la unidad del Hijo con el Padre se manifestó con una definitiva profundidad divino-humana en el misterio de la redención del mundo.

También en el Cenáculo Jesús dice a los Apóstoles: «Nadie viene al Padre sino por mí. Si me habéis conocido, conoceréis también a mi Padre... Felipe, le dijo: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Jesús le dijo: Felipe, ¿tanto tiempo ha que estoy con vosotros y aún no me habéis conocido? El que me ha visto (ve) a mí ha visto (ve) al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?» (Jn 14, 6-10).

«Quien me ve a mí, ve al Padre». El Nuevo Testamento está todo plagado de la luz de esta verdad evangélica. El Hijo es «irradiación de su (del Padre) gloria", e «impronta de su substancia» (Heb 1, 3). Es «imagen del Dios invisible» (Col 1, 15). Es la epifanía de Dios. Cuando se hizo hombre, asumiendo «la condición de siervo» y «haciéndose obediente hasta la muerte» (cf. Flp 2, 7-8), al mismo tiempo se hizo para todos los que lo escucharon «el camino»: el camino al Padre, con el que es «la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

En la fatigosa subida para conformarse a la imagen de Cristo, los que creen en Él, como dice San Pablo, «se revisten del hombre nuevo...», y «se renuevan sin cesar, para lograr el perfecto conocimiento de Dios» (cf. Col 3, 10), según la imagen del Aquél que es «modelo». Este es el sólido fundamento de la esperanza cristiana.

Audiencia General (26-08-1987): Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

«El Padre y yo somos uno» (Jn 10,30)


«Creo... en Jesucristo, su único Hijo (= de Dios Padre), nuestro Señor; que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y nació de Santa María Virgen». El ciclo de catequesis sobre Jesucristo, que desarrollamos aquí, hace referencia constante a la verdad expresada en las palabras del Símbolo Apostólico que acabamos de citar. Nos presentan a Cristo como verdadero Dios —Hijo del Padre— y, al mismo tiempo, como verdadero Hombre, Hijo de María Virgen. Las catequesis anteriores nos han permitido y cercarnos a esta verdad fundamental de la fe. Ahora, sin embargo, debemos tratar de profundizar su contenido esencial: debemos preguntarnos qué significa «verdadero Dios y verdadero Hombre». Es esta una realidad que se desvela ante los ojos de nuestra fe mediante a autorrevelación de Dios en Jesucristo. Y dado que ésta —como cualquier otra verdad revelada— sólo se puede acoger rectamente mediante la fe, entra aquí en juego el «rationabile obsequium fidei» el obsequio razonable de la fe. Las próximas catequesis, centradas en el misterio del Dios-Hombre, quieren favorecer una fe así.

Ya anteriormente hemos puesto de relieve que Jesucristo hablaba a menudo de sí, utilizando el apelativo de “Hijo del hombre” (cf. Mt 16, 28; Mc 2, 28). Dicho título estaba vinculado a la tradición mesiánica del Antiguo Testamento, y al mismo tiempo, respondía a aquella “pedagogía de la fe”, a la que Jesús recurría voluntariamente. En efecto, deseaba que sus discípulos y los que le escuchaban llegasen por sí solos al descubrimiento de que “el Hijo del hombre” era al mismo tiempo el verdadero Hijo de Dios. De ello tenemos una demostración muy significativa en la profesión de Simón Pedro, hecha en los alrededores de Cesarea de Filipo, a la que nos hemos referido en las catequesis anteriores. Jesús provoca a los Apóstoles con preguntas y cuando Pedro llega al reconocimiento explícito de su identidad divina, confirma su testimonio llamándolo “bienaventurado tú, porque no es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado sino mi Padre” (cf. Mt 16, 17). Es el Padre, el que da testimonio del Hijo, porque sólo Él conoce al Hijo (cf. Mt 11, 27).

Sin embargo, a pesar de la discreción con que Jesús actuaba aplicando ese principio pedagógico de que se ha hablado, la verdad de su filiación divina se iba haciendo cada vez más patente, debido a lo que Él decía y especialmente a lo que hacía. Pero si para unos esto constituía objeto de fe, para otros era causa de contradicción y de acusación. Esto se manifestó de forma definitiva durante el proceso ante el Sanedrín. Narra el Evangelio de Marcos: “El Pontífice le preguntó y dijo: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús dijo: Yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mc 14, 61-62). En el Evangelio de Lucas la pregunta se formula así: “Luego, ¿eres tú el Hijo de Dios? Díjoles: vosotros lo decís, yo soy” (Lc 22, 70).

La reacción de los presentes es concorde: “Ha blasfemado... Acabáis de oír la blasfemia... Reo es de muerte” (Mt 26, 65-66). Esta acusación es, por decirlo así, fruto de una interpretación material de la ley antigua.

Efectivamente, leemos en el Libro del Levítico: “Quien blasfemare el nombre de Yahvé será castigado con la muerte; toda la asamblea lo lapidará” (Lev 24, 16). Jesús de Nazaret, que ante los representantes oficiales del Antiguo Testamento declara ser el verdadero Hijo de Dios, pronuncia —según la convicción de ellos— una blasfemia. Por eso “reo es de muerte”, y la condena se ejecuta, si bien no con la lapidación según la disciplina veterotestamentaria, sino con la crucifixión, de acuerdo con la legislación romana. Llamarse a sí mismo “Hijo de Dios” quería decir “hacerse Dios” (cf. Jn 10, 33), lo que suscitaba una protesta radical por parte de los custodios del monoteísmo del Antiguo Testamento.

Lo que al final se llevó a cabo en el proceso intentado contra Jesús, en realidad había sido ya antes objeto de amenaza, como refieren los Evangelios, particularmente el de Juan. Leemos en él repetidas veces que los que lo escuchaban querían apedrear a Jesús, cuando lo que oían de su boca les parecía una blasfemia. Descubrieron una tal blasfemia, por ejemplo, en sus palabras sobre el tema del Buen Pastor (cf. Jn 10, 27. 29), y en la conclusión a la que llegó en esa circunstancia: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30). La narración evangélica prosigue así: “De nuevo los judíos trajeron piedras para apedrearle. Jesús les respondió: Muchas obras os he mostrado de parte de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Respondiéronle los judíos: Por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Jn 10, 31-33).

Análoga fue la reacción a estas otras palabras de Jesús: “Antes que Abraham naciese, era yo” (Jn 8, 58). También aquí Jesús se halló ante una pregunta y una acusación idéntica: “¿Quién pretendes ser?” (Jn 8, 53), y la respuesta a tal pregunta tuvo como consecuencia la amenaza de lapidación (cf. Jn 8, 59).

Está, pues, claro, que si bien Jesús hablaba de sí mismo sobre todo como del “Hijo del hombre”, sin embargo todo el conjunto de lo que hacía y enseñaba daba testimonio de que Él era el Hijo de Dios en el sentido literal de la palabra: es decir, que era una sola cosa con el Padre, y por tanto: también Él era Dios, como el Padre. Del contenido unívoco de este testimonio es prueba tanto el hecho de que El fue reconocido y escuchado por unos: “muchos creyeron en Él”: (cf. por ejemplo Jn 8, 30); como, todavía más, el hecho de que halló en otros una oposición radical, más aún, la acusación de blasfemia con la disposición a infligirle la pena prevista para los blasfemos en la Ley del Antiguo Testamento.

[...] Entre las afirmaciones de Cristo resulta especialmente significativa la expresión: “YO SOY”. El contexto en el que viene pronunciada indica que Jesús recuerda aquí la respuesta dada por Dios mismo a Moisés, cuando le dirige la pregunta sobre su Nombre: “Yo soy el que soy... Así responderás a los hijos de Israel: Yo soy me manda a vosotros” (Ex 3, 14). Ahora bien, Cristo se sirve de la misma expresión “Yo soy” en contextos muy significativos. Aquel del que se ha hablado, concerniente a Abraham: “Antes que Abraham naciese, ERA YO”; pero no sólo ése. Así, por ejemplo: “Si no creyereis que YO SOY, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24), y también: “Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que YO SOY” (Jn 8, 28), y asimismo: “Desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que YO SOY” (Jn 13, 19).

Este “Yo soy” se halla también en otros lugares de los Evangelios sinópticos (por ejemplo Mt 28, 20; Lc 24, 39); pero en las afirmaciones que hemos citado el uso del Nombre de Dios, propio del Libro del Éxodo, aparece particularmente límpido y firme. Cristo habla de su “elevación” pascual mediante la cruz y la sucesiva resurrección: “Entonces conoceréis que YO SOY”. Lo que quiere decir: entonces se manifestará claramente que yo soy aquel al que compete el Nombre de Dios. Por ello, con dicha expresión Jesús indica que es el verdadero Dios. Y aún antes de su pasión Él ruega al Padre así: “Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío” (Jn 17, 10), que es otra manera de afirmar: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30).

Ante Cristo, Verbo de Dios encarnado, unámonos también nosotros a Pedro y repitamos con la misma elevación de fe: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16).

Audiencia General (27-01-1988): Jesucristo, verdadero hombre

«“Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 30)
nn. 1-8


Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre: es el misterio central de nuestra fe y es también la verdad-clave de nuestras catequesis cristológicas. Esta mañana nos proponemos buscar el testimonio de esta verdad en la Sagrada Escritura, especialmente en los Evangelios, y en la Tradición cristiana.

Hemos visto ya que en los Evangelio, Jesucristo se presenta y se da a conocer como Dios-Hijo, especialmente cuando declara: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn 10, 30), cuando se atribuye a Sí mismo el nombre de Dios «Yo soy» (cf. Jn 8, 58), y los atributos divinos; cuando afirma que le «ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18): el poder del juicio final sobre todos los hombres y el poder sobre la ley (Mt 5, 22. 28. 32. 34. 39. 44) que tiene su origen y su fuerza en Dios, y por último el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 22-23), porque aún habiendo recibido del Padre el poder de pronunciar el «juicio» final sobre el mundo (cf. Jn 5, 22), Él viene al mundo «a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19, 10).

Para confirmar su poder divino sobre la creación, Jesús realiza «milagros», es decir, «signos» que testimonian que junto con Él ha venido al mundo el reino de Dios.

Pero este Jesús que, a través de todo lo que «hace y enseña» da testimonio de Sí como Hijo de Dios, a la vez se presenta a Sí mismo y se da a conocer como verdadero hombre. Todo el Nuevo Testamento y en especial los Evangelios atestiguan de modo inequívoco esta verdad, de la cual Jesús tiene un conocimiento clarísimo y que los Apóstoles y Evangelistas conocen, reconocen y transmiten sin ningún género de duda. Por tanto, debemos dedicar la catequesis de hoy a recoger y a comentar al menos en un breve bosquejo los datos evangélicos sobre esta verdad, siempre en conexión con cuanto hemos dicho anteriormente sobre Cristo como verdadero Dios.

Este modo de aclarar la verdadera humanidad del Hijo de Dios es hoy indispensable, dada la tendencia tan difundida a ver y a presentar a Jesús sólo como hombre: un hombre insólito y extraordinario, pero siempre y sólo un hombre. Esta tendencia característica de los tiempos modernos es en cierto modo antitética a la que se manifestó bajo formas diversas en los primeros siglos del cristianismo y que tomó el nombre de «docetismo». Según los «docetas» Jesucristo era un hombre «aparente»: es decir, tenía la apariencia de un hombre pero en realidad era solamente Dios.

Frente a estas tendencias opuestas, la Iglesia profesa y proclama firmemente la verdad sobre Cristo como Dios-hombre: verdadero Dios y verdadero Hombre; una sola Persona —la divina del Verbo— subsistente en dos naturalezas, la divina y la humana, como enseña el catecismo. Es un profundo misterio de nuestra fe: pero encierra en sí muchas luces.

Los testimonios bíblicos sobre la verdadera humanidad de Jesucristo son numerosos y claros. Queremos reagruparlos ahora para explicarlos después en las próximas catequesis.

El punto de arranque es aquí la verdad de la Encarnación: «Et incarnatus est», profesamos en el Credo. Más distintamente se expresa esta verdad en e el Prólogo del Evangelio de Juan: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14). Carne (en griego «sarx») significa el hombre en concreto, que comprende la corporeidad, y por tanto la precariedad, la debilidad, en cierto sentido la caducidad («Toda carne es hierba», leemos en el libro de Isaías 40, 6).

Jesucristo es hombre en este significado de la palabra «carne».

Esta carne —y por tanto la naturaleza humana— la ha recibido Jesús de su Madre, María, la Virgen de Nazaret. Si San Ignacio de Antioquía llama a Jesús «sarcóforos» (Ad Smirn., 5), con esta palabra indica claramente su nacimiento humano de una Mujer, que le ha dado la «carne humana». San Pablo había dicho ya que «envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4, 4).

El Evangelista Lucas habla de este nacimiento de una Mujer, cuando describe los acontecimientos de la noche de Belén: «Estando allí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre» (Lc 2, 6-7). El mismo Evangelista nos da a conocer que, el octavo día después del nacimiento, el Niño fue sometido a la circuncisión ritual y «le dieron el nombre de Jesús» (Lc 2, 21). El día cuadragésimo fue ofrecido como «primogénito» en el templo jerosolimitano según la ley de Moisés (cf. Lc 2, 22-24).

Y, como cualquier otro niño, también este «Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría» (Lc 2, 40). «Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2, 52).

Veámoslo de adulto, como nos lo presentan más frecuentemente los Evangelios. Como verdadero hombre, hombre de carne (sarx), Jesús experimentó el cansancio, el hambre y la sed. Leemos: «Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre» (Mt 4, 2). Y en otro lugar: «Jesús, fatigado del camino, se sentó sin más junto a la fuente... Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: dame de beber» (Jn 4, 6-7).

Jesús tiene pues un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la crucifixión. Durante la terrible agonía, mientras moría en el madero de la cruz, Jesús pronuncia aquel su «Tengo sed» (Jn 19, 28), en el cual está contenida una última, dolorosa y conmovedora expresión de la verdad de su humanidad.

Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir como sufrió Jesús en el Gólgota, sólo un verdadero hombre ha podido morir como murió verdaderamente Jesús. Esta muerte la constataron muchos testigos oculares, no sólo amigos y discípulos sino, como leemos en el Evangelio de Juan, los mismos soldados que «llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 33-34).

«Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado»: con estas palabras del Símbolo de los Apóstoles la Iglesia profesa la verdad del nacimiento y de la muerte de Jesús. La verdad de la Resurrección se atestigua inmediatamente después con las palabras: «al tercer día resucitó de entre los muertos».

La Resurrección confirma de modo nuevo que Jesús es verdadero hombre: si el Verbo para nacer en el tiempo «se hizo carne», cuando resucito volvió a tomar el propio cuerpo de hombre. Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir y morir en la cruz, sólo un verdadero hombre ha podido resucitar. Resucitar quiere decir volver a la vida en el cuerpo. Este cuerpo puede ser transformado, dotado de nuevas cualidades y potencias, y al final incluso glorificado (como en la Ascensión de Cristo y en la futura resurrección de los muertos), pero es cuerpo verdaderamente humano. En efecto, Cristo resucitado se pone en contacto con los Apóstoles, ellos lo ven, lo miran, tocan a las cicatrices que quedaron después de la crucifixión, y Él no sólo habla y se entretiene con ellos, sino que incluso acepta su comida: «Le dieron un trozo de pez asado, y tomándolo, comió delante de ellos» (Lc 24, 42-43). Al final Cristo, con este cuerpo resucitado y ya glorificado, pero siempre cuerpo de verdadero hombre, asciende al cielo, para sentarse «a la derecha del Padre».

Por tanto, verdadero Dios y verdadero hombre. No un hombre aparente, no un «fantasma» (homo phantasticus), sino hombre real. Así lo conocieron los Apóstoles y el grupo de creyentes que constituyó la Iglesia de los comienzos. Así nos hablaron en su testimonio.

Notamos desde ahora que, así las cosas, no existe en Cristo una antinomia entre lo que es «divino» y lo que es «humano». Si el hombre, desde el comienzo, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 27; 5, 1), y por tanto lo que es «humano» puede manifestar también lo que es «divino», mucho más ha podido ocurrir esto en Cristo. Él reveló su divinidad mediante la humanidad, mediante una vida auténticamente humana. Su «humanidad» sirvió para revelar su «divinidad»: su Persona de Verbo-Hijo.

Al mismo tiempo Él como Dios-Hijo no era, por ello, «menos» hombre. Para revelarse como Dios no estaba obligado a ser «menos» hombre. Más aún: por este hecho Él era «plenamente» hombre, o sea, en la asunción de la naturaleza humana en unidad con la Persona divina del Verbo, Él realizaba en plenitud la perfección humana. Es una dimensión antropológica de la cristología, sobre la que volveremos a hablar.

Audiencia General (09-03-1988): La fe en Jesucristo

«Soy uno con el Padre» (Jn 10,30)
nn. 1-11


La formulación de la fe de la Iglesia en Jesucristo:
definiciones conciliares (I)


1. "Creemos... en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito (μονογενή) del Padre, es decir, de la sustancia del Padre. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consubstancial al Padre (όμοούσιον τώ πατρί) por quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó, se hizo hombre, padeció, y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos..." (cf. DS 125).

Este es el texto de la definición con la que el Concilio de Nicea (año 325) enunció la fe de la Iglesia en Jesucristo: verdadero Dios y verdadero hombre; Dios-Hijo, consubstancial al Padre Eterno y hombre verdadero, con una naturaleza como la nuestra. Este texto conciliar entró casi al pie de la letra en la profesión de fe que repite la Iglesia en la liturgia y en otros momentos solemnes, en la versión del Símbolo niceno-constantinopolitano (año 381; cf. DS 150), en torno al cual gira todo el ciclo de nuestras catequesis.

El texto de la definición dogmática conciliar reproduce los elementos esenciales de la cristología bíblica, que hemos venido analizando a lo largo de las catequesis precedentes de este ciclo. Estos elementos constituían, desde el principio, el contenido de la fe viva de la Iglesia de los tiempos apostólicos, como ya hemos visto en la última catequesis. Siguiendo el testimonio de los Apóstoles la Iglesia creía y profesaba, desde el principio, que Jesús de Nazaret, hijo de María, y, por tanto, verdadero hombre, crucificado y resucitado, es el Hijo de Dios, es el Señor (Kyrios), es el único Salvador del mundo, dado a la humanidad al cumplirse la "plenitud de los tiempos" (cf. Gál 4, 4).

La Iglesia ha custodiado, desde el principio, esta fe y la ha transmitido a las sucesivas generaciones cristianas. La ha enseñado y la ha defendido, intentando —bajo la guía del Espíritu de Verdad— profundizar en ella y explicar su contenido esencial, encerrado en los datos de la Revelación. El Concilio de Nicea (año 325) ha sido, en este itinerario de conocimiento y formulación del dogma, una auténtica piedra miliar. Ha sido un acontecimiento importante y solemne, que señaló, desde entonces, el camino de la fe verdadera a todos los seguidores de Cristo, mucho antes de las divisiones de la cristiandad en tiempos sucesivos. Es particularmente significativo el hecho de que este Concilio se reuniera poco después de que la Iglesia (año 313) hubiera adquirido libertad de acción en la vida pública sobre todo el territorio del Imperio romano, como si quisiera significar con ello la voluntad de permanecer en la una fides de los Apóstoles, cuando se abrían al cristianismo nuevas vías de expansión.

En aquella época, la definición conciliar refleja no sólo la verdad sobre Jesucristo, heredada de los Apóstoles y fijada en los libros del Nuevo Testamento, sino que refleja también, de igual manera, la enseñanza de los Padres del período postapostólico, que —como se sabe— era también el período de las persecuciones y de las catacumbas. Es un deber, aunque agradable, para nosotros, nombrar aquí al menos a los dos primeros Padres que, con su enseñanza y santidad de vida, contribuyeron decididamente a transmitir la tradición y el patrimonio permanente de la Iglesia: San Ignacio de Antioquía, arrojado a las fieras en Roma, en el año 107 ó 106, y San Ireneo de Lión, que sufrió el martirio probablemente en el año 202. Fueron ambos Obispos y Pastores de sus Iglesias. De San Ireneo queremos recordar aquí que, al enseñar que Cristo es "verdadero hombre y verdadero Dios", escribía: "¿Cómo podrían los hombres lograr la salvación, si Dios no hubiese obrado su salvación sobre la tierra? ¿O cómo habría ido el hombre a Dios, si Dios no hubiese venido al hombre?" (Adv. haer. IV, 33. 4). Argumento —como se ve— soteriológico, que, a su vez, halló también expresión en la definición del Concilio de Nicea.

El texto de San Ireneo que acabamos de citar está tomado de la obra "Adversus haereses", o sea, de un libro que salía en defensa de la verdad cristiana contra los errores de los herejes, que, en este caso, eran los ebionitas. Los Padres Apostólicos, en su enseñanza, tenían que asumir muy a menudo la defensa de la auténtica verdad revelada frente a los errores que continuamente se oían de modos diversos. A principios del siglo IV, fue famoso Arrio, quien dio origen a una herejía que tomó el nombre de arrianismo. Según Arrio, Jesucristo no es Dios: aunque es preexistente al nacimiento del seno de María, fue creado en el tiempo. El Concilio de Nicea rechazó este error de Arrio y, al hacerlo, explicó y formuló la verdadera doctrina de la fe de la Iglesia con las palabras que citábamos al comienzo de esta catequesis. Al afirmar que Cristo, como Hijo unigénito de Dios es consubstancial al Padre (όμοούσιον τώ πατρί), el Concilio expresó, en una fórmula adaptada a la cultura (griega) de entonces, la verdad que encontramos en todo el Nuevo Testamento. En efecto, sabemos que Jesús dice de Sí mismo que es "uno" con el Padre ("Yo y el Padre somos uno": Jn 10, 30), y lo afirma en presencia de un auditorio que, por esta causa, quiere apedrearlo por blasfemo (cf. Jn 10, 31). Lo afirma ulteriormente durante el juicio, ante el Sanedrín, hecho éste que va a costarle la condena a muerte. Una relación más detallada de los lugares bíblicos sobre este tema se encuentra en las catequesis precedentes. De su conjunto, resulta claramente que el Concilio de Nicea, al hablar de Cristo como Hijo de Dios, "de la misma substancia que el Padre" (έκ τής ούσίας τού πατρός ), "Dios de Dios", eternamente "nacido, no hecho", no hace sino confirmar una verdad precisa, contenida en la Revelación divina, hecha verdad de fe de la Iglesia, verdad central de todo el cristianismo.

Cuando el Concilio la definió, se puede decir que ya estaba todo maduro en el pensamiento y en la conciencia de la Iglesia para llegar a una definición como ésta. Se puede decir igualmente que la definición no cesa de ser actual también para nuestros tiempos, en los que antiguas y nuevas tendencias a reconocer a Cristo solamente como un hombre, aunque sea como un hombre extraordinario, y no como Dios, se manifiestan de muchos modos. Admitirlas o secundarlas sería destruir el dogma cristológico, pero significaría, al mismo tiempo, la aniquilación de toda la soteriología cristiana. Si Cristo no es verdadero Dios, entonces no transmite a la humanidad la vida divina. No es, por consiguiente, el Salvador del hombre en el sentido puesto de relieve por la Revelación y la Tradición. Al violar esta verdad de fe de la Iglesia, se desmorona toda la construcción del dogma cristiano, se anula la lógica integral de la fe y de la vida cristiana. porque se elimina la piedra angular de todo el edificio.

Pero hemos de añadir inmediatamente que, al confirmar de modo solemne y definitivo esta verdad, en el Concilio de Nicea la Iglesia, al mismo tiempo, sostuvo, enseñó y defendió la verdad sobre la verdadera humanidad de Cristo. También esta otra verdad había llegado a ser objeto de opiniones erradas y de teorías heréticas. En particular, hay que recordar en este punto el docetismo (de la expresión griega "δοκείν" = parecer). Esta concepción anulaba la naturaleza humana de Cristo, sosteniendo que Él no poseía un cuerpo verdadero, sino solamente una apariencia de carne humana. Los docetas consideraban que Dios no habría podido nacer realmente de una mujer, que no habría podido morir verdaderamente en la cruz. De esta posición se seguía que en toda la esfera de la encarnación y de la redención teníamos sólo una ilusión de la carne, en abierto contraste con la Revelación contenida en los distintos textos del Nuevo Testamento, entre los cuales se encuentra el se San Juan: "... Jesucristo, venido en carne" (1 Jn 4, 2); "El Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14), y aquel otro de San Pablo, según el cual, en esta carne, Cristo se hizo "obediente hasta la muerte y una muerte de cruz" (cf. Flp 2, 8).

Según la fe de la Iglesia, sacada de la Revelación, Jesucristo era verdadero hombre. Precisamente por esto, su cuerpo humano estaba animado por un alma verdaderamente humana. Al testimonio de los Apóstoles y de los Evangelistas, unívoco sobre este punto, correspondía la enseñanza de la Iglesia primitiva, como también la de los primeros escritores eclesiásticos, por ejemplo, Tertuliano (De carne Christi, 13, 4), que escribía: "En Cristo... encontramos alma y carne, es decir, un alma alma (humana) y una carne carne". Sin embargo, corrían opiniones contrarias también sobre este punto, en particular, las de Apolinar, obispo de Laodicea (nacido alrededor del año 310 en Laodicea de Siria y muerto alrededor del 390), y sus seguidores (llamados apolinaristas), según los cuales no habría habido en Cristo una verdadera alma humana, porque habría sido sustituida por el Verbo de Dios. Pero está claro que también en este caso se negaba la verdadera humanidad de Cristo.

De hecho, el Papa Dámaso I (366-384), en una carta dirigida a los obispos orientales (a. 374), indicaba y rechazaba contemporáneamente los errores tanto de Arrio como de Apolinar: "Aquellos (o sea, los arrianos) ponen en el Hijo de Dios una divinidad imperfecta: éstos (es decir, los apolinaristas) afirman falsamente una humanidad incompleta en el Hijo del hombre. Pero, si verdaderamente ha sido asumido un hombre incompleto, imperfecta es la obra de Dios, imperfecta nuestra salvación, porque no ha sido salvado todo el hombre... Y nosotros, que sabemos que hemos sido salvados en la plenitud del ser humano, según la fe de la Iglesia católica, profesamos que Dios, en la plenitud de su ser, ha asumido al hombre en la plenitud de su ser". El documento damasiano, redactado cincuenta años después de Nicea, iba principalmente contra los apolinaristas (cf. DS 146). Pocos años después, el Concilio I de Constantinopla (año 381) condenó todas las herejías del tiempo, incluidos el arrianismo y el apolinarismo, confirmando lo que el Papa Dámaso I había enunciado sobre la humanidad de Cristo, a la que pertenece por su naturaleza una verdadera alma humana (y, por tanto, un verdadero intelecto humano, una libre voluntad) (cf. DS 146, 149, 151).

El argumento soteriológico con el que el Concilio de Nicea explicó la encarnación, enseñando que el Hijo, consubstancial al Padre, se hizo hombre, " por nosotros los hombres y por nuestra salvación", halló nueva expresión en la defensa de la verdad íntegra sobre Cristo, tanto frente al arrianismo como contra el apolinarismo, por parte del Papa Dámaso y del Concilio de Constantinopla. En particular, respecto de los que negaban la verdadera humanidad del Hijo de Dios, el argumento soteriológico fue presentado de un modo nuevo: para que el hombre entero pudiera ser salvado, la entera (perfecta) humanidad debía ser asumida en la unidad del Hijo: "quod non est assumptum, non est sanatum" (cf. S. Gregorio Nacianceno, Ep. 101 ad Cledon.).

El Concilio de Calcedonia (año 451), al condenar una vez más el apolinarismo, completó en cierto sentido el Símbolo niceno de la fe, proclamando a Cristo "perfectum in deitate, eundem perfectum in humanitate": "nuestro Señor Jesucristo, perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre (compuesto) de alma racional y del cuerpo, consubstancial al Padre por la divinidad, y consubstancial a nosotros por la humanidad (όμοούσιον ήμίν  ... χατά τήν άνδρωπότητα") 'semejante a nosotros en todo menos en el pecado' (cf Heb 4. 15), engendrado por el Padre antes de los siglos según la divinidad, y en estos últimos tiempos, por nosotros y por nuestra salvación, de María Virgen y Madre de Dios, según la humanidad, uno y mismo Cristo Señor unigénito..." (Symbolum Chalcedonense DS 301).

Como se ve, la fatigosa elaboración del dogma cristológico realizada por los Padres y Concilios, nos remite siempre al misterio del único Cristo, Verbo encarnado por nuestra salvación, como nos lo ha hecho conocer la Revelación, para que creyendo en Él y amándolo, seamos salvados y tengamos la vida (cf. Jn 20, 31).

Audiencia General (23-03-1988): Dimensión humana y divina de Cristo

«Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí» (Jn 10,25)
nn. 3-5


La formulación de la fe en Jesucristo: definiciones conciliares (III)

Hay que observar aún que, según la lógica del dogma cristológico, el efecto de la dualidad de naturalezas en Cristo es la dualidad de voluntad y operaciones, aún en la unidad de la persona. Esta verdad fue definida por el Concilio III de Constantinopla (VI Concilio Ecuménico), en el año 681 —como, por otra parte lo hizo ya el Concilio Lateranense del 649 (cf. DS, 500)— contra los errores de los monotelitas, que atribuían a Cristo una sola voluntad.

El Concilio condenó la "herejía de una sola voluntad y una sola operación en dos naturalezas... de Cristo", que mutilaba en el mismo Cristo una parte esencial de su humanidad, y "siguiendo a los cinco santos Concilios Ecuménicos y a los santos e insignes Padres", de acuerdo con ellos, "definía y confesaba" que en Cristo hay "dos voluntades naturales y dos operaciones naturales...; dos voluntades que no están en contraste entre sí... , sino (que son) tales que la voluntad humana permanece sin oposición o repugnancia, o mejor, esté sometida a su voluntad divina omnipotente..., según lo que Él mismo dice: 'Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado´ (Jn 6, 38)" (cf. DS, 556).

Esta es la enseñanza de los primeros Concilios: en ellos, junto con la divinidad, queda totalmente clara la dimensión humana de Cristo. Él es verdadero hombre por naturaleza, capaz de actividad humana, conocimiento humano, voluntad humana, conciencia humana y, añadamos, de sufrimiento humano, paciencia, obediencia, pasión y muerte. Sólo por la fuerza de esta plenitud humana se pueden comprender y explicar los textos sobre la obediencia de Cristo hasta la muerte (cf. Flp 2, 8; Rom 5, 19; Heb 5, 8), y, sobre todo, la oración de Getsemaní: "...no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22, 42; cf. Mc 14, 36). Pero es verdad igualmente que la voluntad humana y el obrar humano de Jesús pertenecen a la Persona divina del Hijo: precisamente en Getsemani tiene lugar la invocación: "Abbá, Padre" (Mc 14, 36). De su Persona divina Él es bien consciente, como revela por ejemplo, cuando declara: "Antes de que Abraham existiera, Yo Soy" (Jn 8, 58), y en otros pasajes evangélicos que examinamos ya a su debido tiempo. Es cierto que, como verdadero hombre, Jesús posee una conciencia específicamente humana, conciencia que descubrimos continuamente en los Evangelios. Pero, al mismo tiempo, su conciencia humana pertenece a ese "Yo" divino, por el cual puede decir: "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30). No hay ningún texto evangélico del que resulte que Cristo habla de Sí mismo como de una persona humana, aún cuando de buen grado se presenta como "Hijo del hombre": palabra densa de significado que, bajo los velos de la expresión bíblica y mesiánica, parece indicar ya la pertenencia de Aquel que la aplica a sí mismo a un orden diverso y superior al del común de los mortales en cuanto a la realidad de su Yo. Palabra en la que resuena el testimonio de la conciencia íntima de su propia identidad divina.

Como conclusión de nuestra exposición de la cristología de los grandes Concilios, podemos saborear toda la densidad de la página del Papa San León Magno en su Carta al obispo Flaviano de Constantinopla (Tomus Leonis, 13 de junio, 449), que fue como la premisa del Concilio de Calcedonia y que resume el dogma cristológico de la Iglesia antigua: "...el Hijo de Dios, bajando de su trono celeste, pero no alejándose de la gloria del Padre, entra en las flaquezas de este mundo, engendrado por nuevo orden, por nuevo nacimiento... Porque Él que es verdadero Dios es también verdadero hombre, y no hay en esta unidad mentira alguna, al darse juntamente (realmente) la humildad del hombre y la alteza de la divinidad. Pues al modo que Dios no se muda por la misericordia (con la que se hace hombre), así tampoco el hombre se aniquila por la dignidad (divina). Una y otra forma, en efecto, obra lo que le es propio en comunión con la otra, es decir, que el Verbo obra lo que pertenece al Verbo, la carne cumple lo que atañe a la carne. Uno de ellos resplandece por los milagros, el otro sucumbe por las injurias. Y así como el Verbo no se aparta de la igualdad de la gloria paterna, así tampoco la carne abandona la naturaleza de nuestro género". Y, después de referirse a numerosos textos evangélicos que constituyen la base de su doctrina, San León concluye: "No es de la misma naturaleza decir: 'Yo y el Padre somos uno' (Jn 10, 30), que decir: 'El Padre es más grande que Yo´ (Jn 14, 28). De hecho, aunque en el Señor Jesucristo haya una sola persona de Dios y del hombre, sin embargo, una cosa es aquello de lo que se deriva para el uno y para el otro la ofensa, y otra cosa es aquello de lo que emana para el uno y para el otro la gloria. De nuestra naturaleza Él tiene una humanidad inferior al Padre; del Padre le deriva una divinidad igual a la del Padre" (cf. DS, 294-295).

Estas formulaciones del dogma cristológico, aún pudiendo aparecer difíciles, encierran y dejan traslucir el misterio del Verbum caro factum, anunciado en el prólogo del Evangelio de San Juan ante el cual sentimos la necesidad de postrarnos en adoración junto con aquellos altos espíritus que lo han honrado también con sus estudios y reflexiones para nuestra utilidad y la de toda la Iglesia.

Audiencia General (01-06-1988): Clave para comprender la misión de Cristo

«Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente» (Jn 10,24)
nn. 1-5


La misión de Cristo El Hijo unigénito que revela al Padre

"Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo..." (Heb 1, 1 ss.). Con estas palabras, bien conocidas por los fieles, gracias a la liturgia navideña, el autor de la Carta a los Hebreos habla de la misión de Jesucristo, presentándola sobre el fondo de la historia de la Antigua Alianza. Hay, por un lado, una continuidad entre la misión de los Profetas y la misión de Cristo; por otro lado, sin embargo, salta enseguida a la vista una clara diferencia. Jesús no es sólo el último o el más grande entre los Profetas: el Profeta escatológico como era llamado y esperado por algunos. Se distingue de modo esencial de todos los antiguos Profetas y supera infinitamente el nivel de su personalidad y de su misión. Él es el Hijo del Padre, el Verbo-Hijo, consubstancial al Padre.

Esta es la verdad clave para comprender la misión de Cristo. Si Él ha sido enviado para anunciar la Buena Nueva (el Evangelio) a los pobres, si junto con Él "ha llegado a nosotros" el reino de Dios, entrando de modo definitivo en la historia del hombre, si Cristo es el que da testimonio de la verdad contenida en la misma fuente divina, como hemos visto en las catequesis anteriores, podemos ahora extraer del texto de la Carta a los Hebreos que acabamos de mencionar, la verdad que unifica todos los aspectos de la misión de Cristo: Jesús revela a Dios del modo más auténtico, porque está fundado en la única fuente absolutamente segura e indudable: la esencia misma de Dios. El testimonio de Cristo tiene, así, el valor de la verdad absoluta.

En el Evangelio de Juan encontramos la misma afirmación de la Carta a los Hebreos, expresada de modo más conciso. Leemos al final del prólogo: "A Dios nadie le ha visto jamás. El Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1, 18).

En esto consiste la diferencia esencial entre la revelación de Dios que se encuentra en los Profetas y en todo el Antiguo Testamento y la que trae Cristo, que dice de Sí mismo: "Aquí hay algo más que Jonás" (Mt 12, 41). Para hablar de Dios está aquí Dios mismo, hecho hombre: "El Verbo se hizo carne" (cf. Jn 1, 14). Aquel Verbo que "está en el seno del Padre" (Jn 1, "8) se convierte en "la luz verdadera" (Jn 1, 9), "la luz del mundo" (Jn 8, 12). El mismo dice de Sí: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).

Cristo conoce a Dios como el Hijo que conoce al Padre y al mismo tiempo, es conocido por Él: "Como me conoce el Padre (ginoskei) y yo conozco a mi Padre...", leemos en el Evangelio de Juan (Jn 10, 15), y casi idénticamente en los Sinópticos: "Nadie conoce bien al Hijo (epiginoskei) sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar" (Mt 11, 27; cf. Lc 10, 22).

Por tanto, Cristo, el Hijo, que conoce al Padre, revela al Padre. Y, al mismo tiempo, el Hijo es revelado por el Padre. Jesús mismo, después de la confesión de Cesarea de Filipo, lo hace notar a Pedro, quien lo reconoce como "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). "No te lo ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16, 17).

Si la misión esencial de Cristo es revelar al Padre, que es "nuestro Dios" (cf. Jn 20, 17) al propio tiempo Él mismo es revelado por el Padre como Hijo. Este Hijo "siendo una sola cosa con el Padre" (cf. Jn 10, 30), puede decir: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14, 9). En Cristo, Dios se ha hecho "visible": en Cristo se hace realidad la "visibilidad" de Dios. Lo ha dicho concisamente San Ireneo: "La realidad invisible del Hijo era el Padre y la realidad visible del Padre era el Hijo" (Adv. haer., IV, 6, 6).

Así, pues, en Jesucristo, se realiza la autorrevelación de Dios en toda su plenitud. En el momento oportuno se revelará luego el Espíritu que procede del Padre (cf. Jn 15, 26), y que el Padre enviará en el nombre del Hijo (cf. Jn 14, 26).

Audiencia General (24-08-1988): Unión íntima con el Padre

«Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30)
nn. 1-8


Cristo, modelo de oración y de vida filialmente unida al Padre p>Jesucristo es el Redentor. Esto constituye el centro y el culmen de su misión; es decir, la obra de la redención incluye también este aspecto: Él se ha convertido en modelo perfecto de la transformación salvífica del hombre. En realidad, todas las catequesis precedentes de este ciclo se han desarrollado en la perspectiva de la redención. Hemos visto que Jesús anuncia el Evangelio del reino de Dios; pero también hemos aprendido de Él que el reino entra definitivamente en la historia del hombre sólo en la redención por medio de la cruz y la resurrección. Entonces Él "entregará" este reino a los Apóstoles, para que permanezca y se desarrolle en la historia del mundo mediante la Iglesia. De hecho, la redención lleva en sí la "liberación" mesiánica del hombre, que de la esclavitud del pecado pasa a la vida en la libertad de los hijos de Dios.

Jesucristo es el modelo más perfecto de esa vida, como hemos visto en los escritos apostólicos citados en la catequesis precedente. Aquel que es el Hijo consubstancial al Padre, unido a El en la divinidad ("Yo y el Padre somos uno", Jn 10, 30), mediante todo lo que "hace y enseña" (cf. Act 1, 1) constituye el único modelo en su género de vida filial orientada y unida al Padre. En referencia a este modelo, reflejándolo en nuestra conciencia y en nuestro comportamiento, podemos desarrollar en nosotros un modo y una orientación de vida "que se asemeje a Cristo" y en la que se exprese y realice la verdadera "libertad de los hijos de Dios" (cf. Rom 8, 21).

De hecho, como hemos indicado en diversas ocasiones, toda la vida de Jesús estuvo orientada hacia el Padre. Esto se manifiesta ya en la respuesta que dio a sus padres cuando tenía doce años y lo encontraron en el templo: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2, 49). Hacia el final de su vida, el día antes de la pasión, "sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre" (Jn 13, 1), ese mismo Jesús dirá a los Apóstoles: "Voy a prepararos un lugar; y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros... En la casa de mi Padre hay muchas mansiones" (Jn 14, 2-3).

Desde el principio hasta el fin, esta orientación teocéntrica de la vida y de la acción de Jesús es clara y unívoca. Lleva a los suyos "hacia el Padre", creando un claro modelo de vida orientada hacia el Padre. "Yo he cumplido el mandamiento de mi Padre y permanezco en su amor". Y Jesús considera su "alimento" este "permanecer en su amor, es decir, el cumplimiento de su voluntad: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). Es lo que dice a sus discípulos junto al pozo de Jacob en Sicar. Ya antes, en el transcurso del diálogo con la samaritana, había indicado que ese mismo "alimento" deberá ser la herencia espiritual de sus discípulos y seguidores: "Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque así quiere el Padre que sean los que lo adoran" (Jn 4, 23).

Los "verdaderos adoradores" son, ante todo, los que imitan a Cristo en lo que hace". Y Él lo hace todo imitando al Padre: "Las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado" (Jn 5, 36). Más aún: "El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre; lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo" (Jn 5, 19).

Encontramos así un fundamento perfecto a las palabras del Apóstol, según las cuales somos llamados a imitar a Cristo (cf. 1 Cor 11, 1; 1 Tes 1, 6), y, en consecuencia, a Dios mismo: "Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos" (Ef 5, 1). La vida "que se asemeja a Cristo" es al mismo tiempo una vida semejante a la de Dios, en el sentido más pleno de la palabra.

El concepto de "alimento" de Cristo, que durante su vida fue el cumplimiento de la voluntad del Padre, se inserta en el misterio de su obediencia, que llegó hasta la muerte de cruz. Entonces fue un alimento amargo, como se manifiesta sobre todo en la oración de Getsemaní y luego durante toda la pasión y la agonía de la cruz: "Abbá, Padre; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú" (Mc 14, 36). Para entender esta obediencia, para entender incluso por qué este "alimento" resultó tan amargo, es necesario mirar toda la historia del hombre sobre la tierra, marcada por el pecado, es decir, por la desobediencia a Dios, Creador y Padre. "El Hijo que libera" (cf. Jn 8, 36), libera por consiguiente mediante su obediencia hasta la muerte. Y lo hace revelando hasta el fin su plena entrega de amor: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23, 46). En esta entrega, en este "abandonarse" al Padre, se afirma sobre toda la historia de la desobediencia humana, la unión divina contemporánea del Hijo con el Padre: "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10, 30). Y aquí se expresa lo que podemos definir como aspecto central de la imitación a la que el hombre es llamado en Cristo: "Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12, 50; y además Mc 3, 35).

Con su vida orientada completamente "hacia el Padre" y unida profundamente a El, Jesucristo es también modelo de nuestra oración, de nuestra vida de oración mental y vocal. Él no solamente nos enseñó a orar, sobre todo en el Padrenuestro (cf. Mt 6, 9 ss.), sino que el ejemplo de su oración se ofrece como momento esencial de la revelación de su vinculación y de su unión con el Padre. Se puede afirmar que en su oración se confirma de un modo especialísimo el hecho de que "sólo el Padre conoce al Hijo", "y sólo el Hijo conoce al Padre" (cf. Mt 11, 27; Lc 10, 22).

Recordemos los momentos más significativos de su vida de oración. Jesús pasa mucho tiempo en oración (por ejemplo, Lc 6, 12; 11, 1), especialmente en las horas nocturnas, buscando además los lugares más adecuados para ello (por ejemplo, Mc 1, 35; Mt 14, 23; Lc 6, 12). Con la oración se prepara para el bautismo en el Jordán (Lc 3, 21) y para la institución de los Doce Apóstoles (cf. Lc 6, 12-13). Mediante la oración en Getsemaní se dispone para hacer frente a la pasión y muerte en la cruz (cf. Lc 22, 42). La agonía en el Calvario está impregnada toda ella de oración: desde el Salmo 22, 1: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", a las palabras: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34), y al abandono final: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (Lc 23, 46). Sí, en su vida y en su muerte, Jesús es modelo de oración.

Sobre la oración de Cristo leemos en la Carta a los Hebreos que "Él, habiendo ofrecido, en los días de su vida mortal, ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aún siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia" (Heb 5, 7-8). Esta afirmación significa que Jesucristo ha cumplido perfectamente la voluntad del Padre, el designio eterno de Dios acerca de la redención del mundo, a costa del sacrificio supremo por amor. Según el Evangelio de Juan, este sacrificio era no sólo una glorificación del Padre por parte del Hijo, sino también una glorificación del Hijo, de acuerdo con las palabras de la oración "sacerdotal" en el Cenáculo: "Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos lo que tú le has dado" (Jn 17, 1-2). Fue esto lo que se cumplió en la cruz. La resurrección a los tres días fue la confirmación y casi la manifestación de la gloria con la que "el Padre glorificó al Hijo" (cf. Jn 17, 1). Toda la vida de obediencia y de "piedad" filial de Cristo se fundía con su oración, que le obtuvo finalmente la glorificación definitiva.

Este espíritu de filiación amorosa, obediente y piadosa, se refleja incluso en el episodio ya recordado, en el que sus discípulos pidieron a Jesús que les "enseñara a orar" (cf. Lc 11, 1-2). A ellos y a todas las generaciones de sus seguidores, Jesucristo les transmitió una oración que comienza con esa síntesis verbal y conceptual tan expresiva: "Padre nuestro". En esas palabras está la manifestación del Espíritu de Cristo, orientado filialmente al Padre y poseído completamente por las "cosas del Padre" (cf. Lc 2, 49). Al entregarnos aquella oración a todos los tiempos, Jesús nos ha transmitido en ella y con ella un modelo de vida filialmente unida al Padre. Si queremos hacer nuestro para nuestra vida este modelo, si debemos, sobre todo, participar en el misterio de la redención imitando a Cristo, es preciso que no cesemos de repetir el "Padrenuestro" como Él nos ha enseñado.

Discurso (14-08-1991): Yo soy, me acuerdo, velo...

«Yo soy» (Jn 10,20)
Vigilia de Oración en Czestochowa, VI Jornada Mundial de la Juventud, nn. 1-4


En esta vigilia de oración, cargada de extraordinaria intensidad de sentimientos, quisiera centrar vuestra atención, queridos jóvenes, en tres palabras-guía: Yo soy (la palabra). Me acuerdo. Velo.

A. Yo soy (la Palabra)

«Yo soy»: éste es el nombre de Dios. Así respondió una Voz a Moisés desde la zarza ardiente, cuando preguntaba cuál era el nombre de Dios. «Yo soy el que soy» (Ex 3, 14): con este nombre el Señor envió a Moisés a Israel, esclavo de Egipto, y al faraón-opresor: «Yo-Soy me ha enviado a vosotros» (Ex 3, 14). Con este nombre Dios sacó a su pueblo elegido de la esclavitud, para sellar una alianza con Israel:

«Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Ex 20, 2-3).

«Yo-Soy», este nombre es el fundamento de la antigua Alianza.

Ese nombre constituye también el fundamento de la nueva Alianza. Jesucristo dice a los judíos: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30). «Antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8, 58). «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8, 28).

En medio de nosotros, que velamos, se ha detenido la cruz. Habéis traído aquí esta cruz y la habéis levantado en medio de nuestra asamblea. En esta cruz se ha manifestado «hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1) el «Yo-Soy» divino de la Alianza nueva y eterna. «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que (el hombre no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

La cruz es el signo del amor inefable, el signo que revela que «Dios es amor» (cf. 1 Jn 4, 8).

Mientras se acercaba la noche, antes del sábado de Pascua, Jesús fue retirado de la cruz y depositado en el sepulcro. El tercer día se presentó resucitado en medio de sus discípulos, que estaban «sobresaltados y asustados», diciéndoles: «La paz con vosotros (...); soy yo mismo» (cf. Lc 24, 36-37. 39): el «Yo-Soy» divino de la Alianza, del Misterio pascual y de la Eucaristía.

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios para poder existir y decir a su Creador «yo soy». En este «yo soy» humano se contiene toda la verdad de la existencia y de la conciencia. «Yo soy» ante ti, que «Eres».

Cuando Dios pregunta al primer hombre: «¿Dónde estás?», Adán responde: «Me escondí de ti» (cf. Gn 3, 9-10), tratando de no estar delante de Dios. ¡No puedes esconderte, Adán! No puedes no estar delante de quien te ha creado, de quien ha hecho que «tú seas», delante de quien «escruta los corazones y conoce» (cf. Rm 8, 27).

Habéis llegado a Jasna Góra, queridos amigos, donde desde hace muchos años se canta el himno «Estoy junto a ti».

El mundo que os rodea, la civilización moderna, ha influido mucho para quitar ese «Yo Soy» divino de la conciencia del hombre. Tiende a vivir como si Dios no existiera. Este es su programa.

Pero, si Dios no existe, tú, hombre, ¿podrás existir de verdad?

Habéis venido aquí, queridos amigos, para recuperar y confirmar profundamente esta identidad humana: «yo soy», delante del «Yo Soy» de Dios. Mirad la cruz en la que el «Yo-Soy» significa «Amor». ¡Mirad la cruz y no os olvidéis! Que el «estoy junto a ti» siga siendo la palabra clave de toda vuestra vida...

Audiencia General (10-03-1999): Misterio que supera nuestra inteligencia

Dan testimonio de mí las obras que hago en nombre de mi Padre (Jn 10,25)
nn. 1-4


La relación de Jesús con el Padre revelación del misterio trinitario

Como hemos visto en la catequesis anterior, con sus palabras y sus obras Jesús mantiene una relación muy especial con «su» Padre. El evangelio de san Juan subraya que cuanto él comunica a los hombres es fruto de esta unión íntima y singular: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 30). Y también: «Todo lo que tiene el Padre es mío» (Jn 16, 15). Existe una reciprocidad entre el Padre y el Hijo, en lo que conocen de sí mismos (cf. Jn 10, 15), en lo que son (cf. Jn 14, 10), en lo que hacen (cf. Jn 5, 19; 10, 38) y en lo que poseen: «Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío» (Jn 17, 10). Es un intercambio recíproco que encuentra su expresión plena en la gloria que Jesús obtiene del Padre en el misterio supremo de la muerte y la resurrección, después de que él mismo se la ha dado al Padre durante su vida terrena: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. (...) Yo te he glorificado en la tierra. (...) Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti» (Jn 17, 1.4 s).

Esta unión esencial con el Padre no sólo acompaña la actividad de Jesús, sino que determina todo su ser. «La encarnación del Hijo de Dios revela que Dios es el Padre eterno, y que el Hijo es consubstancial al Padre, es decir, que es en él y con él el mismo y único Dios» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 262). El evangelista san Juan pone de relieve que los jefes religiosos del pueblo reaccionan precisamente ante esta pretensión, al no tolerar que llame a Dios su propio Padre y, por tanto, se haga a sí mismo igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33; 19, 7).

En virtud de esta armonía en el ser y en el obrar, tanto con sus palabras como con sus obras, Jesús revela al Padre: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1, 18). La «predilección» de que goza Cristo es proclamada en su bautismo, según la narración de los evangelios sinópticos (cf. Mc 1, 11; Mt 3, 17; Lc 3, 22). El evangelista san Juan la remonta a su raíz trinitaria, o sea, a la misteriosa existencia del Verbo «con» el Padre (cf. Jn 1, 1), que lo ha engendrado en la eternidad.

Partiendo del Hijo, la reflexión del Nuevo Testamento, y después la teología enraizada en ella, han profundizado el misterio de la «paternidad» de Dios. El Padre es el que en la vida trinitaria constituye el principio absoluto, el que no tiene origen y del que brota la vida divina. La unidad de las tres personas es comunión de la única esencia divina, pero en el dinamismo de relaciones recíprocas que tienen en el Padre su fuente y su fundamento. «El Padre es el que engendra; el Hijo, el que es engendrado, y el Espíritu Santo, el que procede» (Concilio lateranense IV: Denzinger Schönmetzer, 804).

De este misterio, que supera infinitamente nuestra inteligencia, el apóstol san Juan nos ofrece una clave, cuando proclama en la primera carta: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Este vértice de la revelación indica que Dios es ágape, o sea, don gratuito y total de sí, del que Cristo nos dio testimonio especialmente con su muerte en la cruz. En el sacrificio de Cristo, se revela el amor infinito del Padre al mundo (cf. Jn 3, 16; Rm 5, 8). La capacidad de amar infinitamente, entregándose sin reservas y sin medida, es propia de Dios. En virtud de su ser Amor, él, antes aún de la libre creación del mundo, es Padre en la misma vida divina: Padre amante que engendra al Hijo amado y da origen con él al Espíritu Santo, la Persona-Amor, vínculo recíproco de comunión.

Basándose en esto, la fe cristiana comprende la igualdad de las tres personas divinas: el Hijo y el Espíritu son iguales al Padre, no como principios autónomos, como si fueran tres dioses, sino en cuanto reciben del Padre toda la vida divina, distinguiéndose de él y recíprocamente sólo en la diversidad de las relaciones (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 254).

Misterio sublime, misterio de amor, misterio inefable, frente al cual la palabra debe ceder su lugar al silencio de la admiración y de la adoración. Misterio divino que nos interpela y conmueve, porque por gracia se nos ha ofrecido la participación en la vida trinitaria, a través de la encarnación redentora del Verbo y el don del Espíritu Santo: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, creyentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: «Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que todo converge en el Padre, mediante Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esto es lo que subraya el Catecismo de la Iglesia católica: «Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259).

El Hijo se ha convertido en «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29); a través de su muerte, el Padre nos ha reengendrado (cf. 1 P 1, 3; también Rm 8, 32; Ef 1, 3), de modo que en el Espíritu Santo podemos invocarlo con la misma expresión usada por Jesús: Abbá (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 6). San Pablo ilustra ulteriormente este misterio, diciendo que «el Padre nos ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido» (Col 1, 12-13). Y el Apocalipsis describe así el destino escatológico de quien lucha y vence con Cristo la fuerza del mal: «Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3, 21). Esta promesa de Cristo nos abre una perspectiva maravillosa de participación en su intimidad celestial con el Padre.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI)

El Dios de Jesucristo: Nadie puede soltarse de la mano del Padre

«Nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre» (Jn 10,29)
[Falta referencia]


Dios es. La fe cristiana añade: Dios es como Padre, Hijo y Santo Espíritu, uno en tres personas. En la cristiandad un silencio molesto rodea este centro de su fe. ¿La Iglesia no ha ido demasiado lejos? ¿No valdría más dejarlo como una cosa muy grande, muy impenetrable, de carácter inaccesible? ¿Por otra parte, tal realidad puede significar algo para nosotros?

Por cierto, este artículo de fe nos expresa en cierto modo que Dios es Todo Otro, que es infinitamente más grande que nosotros, que sobrepasa todo nuestro pensamiento, todo nuestro ser. Pero si no tenía nada que decirnos, su contenido no nos habría sido revelado... ¿Qué significa esto? Comencemos allí dónde Dios también comenzó: él se llama Padre. La paternidad humana puede dar una idea de lo que es. Pero allí dónde no hay más que paternidad, allí dónde la paternidad se vive más como un fenómeno biológico más que humano y espiritual, hablar de Dios Padre, es una forma de hablar vacía...

Allí dónde la paternidad no aparece más que como azar biológico sin recurso humano o como tiranía que hay que rechazar, está herida la estructura profunda del ser humano. Para ser plenamente hombre necesitamos de un padre con verdadero sentido del término: una responsabilidad frente al otro, sin dominar al otro pero devolviéndole su libertad; es decir un amor que no desea tomar posesión del otro sino que le quiere en su verdad más íntima, que está en su creador. Esta manera de ser padre sólo es posible con la condición de aceptar de ser hijo; aceptar la palabra de Jesús: "Vosotros tenéis un solo Padre, el que está en los cielos" (Mt 23,9), es la condición interior para que los hombres puedan ser padres de la mejor manera...

Hay que completar nuestro pensamiento: el hecho de que en la Biblia Dios aparece fundamentalmente bajo la imagen de Padre incluye el hecho de que el misterio del maternal también, está presente en él en su origen... No es una abstracción que el hombre es "imagen de Dios" (Gn 1,27) -esto nos presentaría sólo a un Dios abstracto. El lo es en su realidad concreta, es decir en la relación.

Catecismo de la Iglesia Católica

Catecismo de la Iglesia Católica: Creer es morir a sí mismo para nacer de nuevo

«Os lo he dicho, y no creéis» (Jn 10,25)
nn. 587-591


III. Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador

Si la Ley y el Templo de Jerusalén pudieron ser ocasión de "contradicción" (cf. Lc 2, 34) entre Jesús y las autoridades religiosas de Israel, la razón está en que Jesús, para la redención de los pecados —obra divina por excelencia—, acepta ser verdadera piedra de escándalo para aquellas autoridades (cf. Lc 20, 17-18; Sal 118, 22).

Jesús escandalizó a los fariseos comiendo con los publicanos y los pecadores (cf. Lc 5, 30) tan familiarmente como con ellos mismos (cf. Lc 7, 36; 11, 37; 14, 1). Contra algunos de los "que se tenían por justos y despreciaban a los demás" (Lc 18, 9; cf. Jn 7, 49; 9, 34), Jesús afirmó: "No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores" (Lc 5, 32). Fue más lejos todavía al proclamar frente a los fariseos que, siendo el pecado una realidad universal (cf. Jn 8, 33-36), los que pretenden no tener necesidad de salvación se ciegan con respecto a sí mismos (cf. Jn 9, 40-41).

Jesús escandalizó sobre todo porque identificó su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo con respecto a ellos (cf. Mt 9, 13; Os 6, 6). Llegó incluso a dejar entender que compartiendo la mesa con los pecadores (cf. Lc 15, 1-2), los admitía al banquete mesiánico (cf. Lc 15, 22-32). Pero es especialmente al perdonar los pecados, cuando Jesús puso a las autoridades de Israel ante un dilema. Porque como ellas dicen, justamente asombradas, "¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?" (Mc 2, 7). Al perdonar los pecados, o bien Jesús blasfema porque es un hombre que pretende hacerse igual a Dios (cf. Jn 5, 18; 10, 33) o bien dice verdad y su persona hace presente y revela el Nombre de Dios (cf. Jn 17, 6-26).

Sólo la identidad divina de la persona de Jesús puede justificar una exigencia tan absoluta como ésta: "El que no está conmigo está contra mí" (Mt 12, 30); lo mismo cuando dice que él es "más que Jonás [...] más que Salomón" (Mt 12, 41-42), "más que el Templo" (Mt 12, 6); cuando recuerda, refiriéndose a que David llama al Mesías su Señor (cf. Mt 12, 36-37), cuando afirma: "Antes que naciese Abraham, Yo soy" (Jn 8, 58); e incluso: "El Padre y yo somos una sola cosa" (Jn 10, 30).

Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén que creyeran en él en virtud de las obras de su Padre que él realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo "nacimiento de lo alto" (Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte como blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por "ignorancia" (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el "endurecimiento" (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la "incredulidad" (Rm 11, 20).

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Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Pascua: Martes IV



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  • Socorro Álvarez

    Muchas gracias por este trabajo! Es de gran ayuda!
    En el material para el día de hoy la lectura del Evangelio no concuerda.

    Saludos y gracias nuevamente

    • Saludos. El Evangelio para el martes IV de Pascua es éste. A no ser que en tu país sea alguna fiesta especial y por ese motivo haya una lectura diferente. Por mi parte he verificado y el evangelio es efectivamente éste.
      Editado: Había en efecto un error, no en la referencia bíblica, sino en el texto que se presentaba. Como el texto se consulta directamente de una versión electrónica de la Biblia, le había indicado una referencia errónea, del capítulo 3 de san Juan, pero ya ha sido corregido, no me había dado cuenta. Gracias por indicar el error.