Jn 11, 1-45: La resurrección de Lázaro

Texto Bíblico

1 Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. 2 María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. 3 Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». 4 Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». 5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6 Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. 7 Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». 8 Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». 9 Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él». 11 Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». 12 Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». 13 Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. 14 Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, 15 y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». 16 Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». 17 Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. 18 Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; 19 y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
20 Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. 21 Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. 22 Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». 23 Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». 24 Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». 25 Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; 26 y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». 27 Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
28 Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». 29 Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: 30 porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. 31 Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. 32 Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». 33 Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció 34 y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».
35 Jesús se echó a llorar. 36 Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». 37 Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». 38 Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. 39 Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». 40 Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». 41 Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; 42 yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». 43 Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». 44 El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».
45 Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)



Homilías, comentarios y meditaciones desde la tradición de la Iglesia

Sermón: Era necesaria la muerte de Lázaro para que, con Lázaro ya en el sepulcro, resucitase la fe de los discípulos

«Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis.» (Jn 11, 14-15)
Sermón 6 : PL 52, 375-377

PL

Regresando de ultratumba, Lázaro sale a nuestro encuentro portador de una nueva forma de vencer la muerte, revelador de un nuevo tipo de resurrección. Antes de examinar en profundidad este hecho, contemplemos las circunstancias externas de la resurrección, ya que la resurrección es el milagro de los milagros, la máxima manifestación del poder, la maravilla de las maravillas.

El Señor había resucitado a la hija de Jairo, jefe de la sinagoga, pero lo hizo restituyendo simplemente la vida a la niña, sin franquear las fronteras de ultratumba. Resucitó asimismo al hijo único de su madre, pero lo hizo deteniendo el ataúd, como anticipándose al sepulcro, como suspendiendo la corrupción y previniendo la fetidez, como si devolviera la vida al muerto antes de que la muerte hubiera reivindicado todos sus derechos.

En cambio, en el caso de Lázaro todo es diferente: su muerte y su resurrección nada tienen en común con los casos precedentes: en él la muerte desplegó todo su poder y la resurrección brilla con todo su esplendor. Incluso me atrevería a decir que si Lázaro hubiera resucitado al tercer día, habría evacuado toda la sacramentalidad de la resurrección del Señor: pues Cristo volvió al tercer día a la vida, como Señor que era; Lázaro fue resucitado al cuarto día, como siervo.

Mas, para probar lo que acabamos de decir, examinemos algunos detalles del relato evangélico. Dice: Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Al expresarse de esta manera, intentan pulsar la fibra sensible, interpelan al amor, apelan a la caridad, tratan de estimular la amistad acudiendo a la necesidad. Pero Cristo, que tiene más interés en vencer la muerte que en repeler la enfermedad; Cristo, cuyo amor radica no en aliviar al amigo, sino en devolverle la vida, no facilita al amigo un remedio contra la enfermedad, sino que le prepara inmediatamente la gloria de la resurrección.

Por eso, cuando se enteró —dice el evangelista—de que Lázaro estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Fijaos cómo da lugar a la muerte, licencia al sepulcro, da libre curso a los agentes de la corrupción, no pone obstáculo alguno a la putrefacción ni a la fetidez; consiente en que el abismo arrebate, se lleve consigo, posea. En una palabra, actúa de forma que se esfume toda humana esperanza y la desesperanza humana cobre sus cotas más elevadas, de modo que lo que se dispone a hacer se vea ser algo divino y no humano.

Se limita a permanecer donde está en espera del desenlace, para dar él mismo la noticia de la muerte, y anunciar entonces su decisión de ir a casa de Lázaro. Lázaro —dice— ha muerto, y me alegro. ¿Es esto amar? Se alegraba Cristo porque la tristeza de la muerte en seguida se convertiría en el gozo de la resurrección. Me alegro por vosotros. Y ¿por qué por vosotros? Pues porque la muerte y la resurrección de Lázaro era ya un bosquejo exacto de la muerte y resurrección del Señor, y lo que luego iba a suceder con el Señor, se anticipa ya en el siervo. Era necesaria la muerte de Lázaro para que, con Lázaro ya en el sepulcro, resucitase la fe de los discípulos.

«Cuando Jesús vio llorar a María, y que los judíos que llegaron con él estaban llorando, le embargó una profunda emoción». María llora, los judíos lloran, el mismo Cristo llora. ¿Crees que todos sienten la misma pena? María, la hermana del muerto, llora porque no pudo retener a su hermano, ni evitar la muerte. Ella está bien convencida de la resurrección pero la pérdida de su mejor apoyo, el pensamiento de una falta cruel, la tristeza de una larga separación, son lágrimas que ella no puede evitar. La imagen implacable de la muerte no puede ser que no nos toque y moleste, cualquiera que sea nuestra fe. Los judíos también lloraron, en recuerdo de su condición mortal, porque no esperan la eternidad. Un mortal no puede dejar de llorar ante la muerte.

¿Cuál de estas penas siente Cristo? ¿Ninguna? entonces ¿por qué llora? Él dijo: «Lázaro está muerto, y me alegro ». Pero he aquí que derrama lágrimas como los mortales, al mismo tiempo que Él difunde una vez más el Espíritu de la vida. Hermanos, este es el hombre: bajo la influencia de la alegría, como bajo el efecto de la pena, derrama las lágrimas. Cristo no llora en la desolación de la muerte, en recuerdo de la alegría, aquel que por su palabra, una palabra, debe despertar a los muertos a la vida eterna (Jn 5,48). ¿Cómo podemos pensar que Cristo lloró por debilidad humana, cuando el Padre Celestial llora a su hijo pródigo, no cuando se marcha, sino a la hora del regreso? (Lc 15,20). Él permitió que Lázaro muriera, porque quería resucitar a un muerto y así mostrar su gloria, permitió que su amigo descendiera a los infiernos para que Dios apareciera, liberando al hombre del infierno.

Agustín de Hipona

Sobre el Evangelio de san Juan: Si no crees estás muerto

«El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá» (Jn 11, 25)
Sermón 49,15 sobre el evangelio de Juan


«El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que vive y cree en mí no morirá para siempre». ¿Qué es lo que dice? «El que en mí, aunque haya muerto como Lázaro, vivirá» porque Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. Ya, respecto a Abraham, Isaac y Jacob, los patriarcas muertos hacía tiempo, Jesús había dado a los judíos la misma respuesta: «Yo soy el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No Dios de muertos sino de vivos, porque para él todos están vivos» (Lc 20,38). ¡Cree, pues, que aunque mueras, vivirás! Pero si no crees, aunque estés vivo, estás realmente muerto. ¿De dónde le viene la muerte al alma? De que ya no tiene fe. ¿De dónde le viene la muerte al cuerpo? De que el alma ya no está en él. El alma de tu alma es la fe.

«El que cree en mí, aunque su cuerpo esté muerto, tendrá vida en su alma hasta que el cuerpo mismo resucite para no morir ya nunca más. Y cualquiera que vive en su carne y cree en mí, aunque su cuerpo deba morir por un tiempo, vivirá para la eternidad a causa de la vida del Espíritu y de la inmortalidad de la resurrección».

Esto es lo que quiere decir Jesús al responder a Marta: «¿Crees tú esto?». «Sí, Señor, le responde ella, creo que tú eres el Cristo, el hijo de Dios, venido a este mundo. Creyendo esto he creído que tú eres la resurrección, que tú eres la vida, que el que cree en ti, aunque muera, vivirá; he creído que el que vive y cree en ti, no morirá eternamente».

John Henry Newman

Obras: Le hizo salir de la tumba para entrar Él

«Marta le dijo: Sí, Señor, yo creo» (Jn 11, 27)
«Las lágrimas de Cristo en la tumba de Lázaro» PPS, vol. 3, n. 10


Cristo vino para resucitar a Lázaro, pero el impacto de este milagro será la causa inmediata de su arresto y crucifixión (Jn 11, 46 s). Sintió que Lázaro estaba despertando a la vida a precio de su propio sacrificio, sintió que descendía a la tumba, de dónde había hecho salir a su amigo. Sentía que Lázaro debía vivir y él debía morir, la apariencia de las cosas se había invertido, la fiesta se iba a hacer en casa de Marta, pero para él era la última pascua de dolor. Y Jesús sabía que esta inversión había sido aceptada voluntariamente por él. Había venido desde el seno de su Padre para expiar con su sangre todos los pecados de los hombres, y así hacer salir de su tumba a todos los creyentes, como a su amigo Lázaro, devolviéndolos a la vida, no por un tiempo, sino para toda la eternidad.

Mientras contemplamos la magnitud de este acto de misericordia, Jesús le dijo a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá, y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.»

Hagamos nuestras estas palabras de consuelo, tanto en la contemplación de nuestra propia muerte, como en la de nuestros amigos. Dondequiera que haya fe en Cristo, allí está el mismo Cristo. Él le dijo a Marta: «¿Crees esto?». Donde hay un corazón para responder: «Señor, yo creo», ahí Cristo está presente. Allí, nuestro Señor se digna estar, aunque invisible, ya sea sobre la cama de la muerte o sobre la tumba, si nos estamos hundiendo, o en aquellos seres que nos son queridos. ¡Bendito sea su nombre! nada puede privarnos de este consuelo: vamos a estar tan seguros, a través de su gracia, de que Él está junto a nosotros en el amor, como si lo viéramos. Nosotros, después de nuestra experiencia de la historia de Lázaro, no dudamos un instante que él está pendiente de nosotros y permanece a nuestro lado.





Uso Litúrgico de este texto (Homilías)

Tiempo de Cuaresma: Domingo V (Ciclo A)



Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Crisóstomo In Ioannem hom., 61-63

1-5. Es preciso notar que ésta no fue aquella meretriz de que nos hace mención San Lucas; pues ésta fue honesta y diligente en recibir a Cristo.

Por este medio ellas intentaban mover a compasión a Cristo, porque todavía lo miraban como hombre. Por eso no acudieron a El como el centurión y el funcionario, sino que envían a uno, porque por la mucha familiaridad que tenían con El tenían gran confianza. Además, la pena las retenía en casa.

Aquí la partícula ut no es de causa, sino de efecto [1]; pues la enfermedad tenía otra causa, y Jesús se valió de ella para procurar la gloria de Dios.
“Y amaba Jesús a Marta, y a María su hermana, y a Lázaro”.

Aquí el evangelista nos enseña que no debemos afligirnos si vemos enfermos a los virtuosos y amigos de Dios.

6-10. Esto es, a fin de que muriese, fuese enterrado y dijeran ya hiede, para que nadie pudiera decir: No estaba muerto cuando lo resucitó, fue solamente un letargo y no muerte.
Y prosigue: “Y pasados éstos, dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea”.

En ninguna parte había dicho de antemano el Señor a sus discípulos a qué lugar había de ir, y aquí lo dice a fin de que no se sobrecogieran repentinamente de terror, pues temían tanto este viaje que le dicen: “Los discípulos le dijeron: Maestro, ¿ahora querían apedrearte los judíos, y vas allí otra vez?”. Temían aún por El y por sí mismos, porque todavía no estaban afirmados en la fe.

Como diciendo: el que no tiene conciencia de ningún crimen, no tendrá que temer ninguna astucia; pero el que obró mal, la sufrirá. Y así, no conviene tener mucho miedo, porque no hemos hecho nada que sea digno de muerte. O bien de otro modo: El que ve la luz de este mundo ha de estar seguro, y con más razón el que está conmigo, a no ser que se separe de mí.

11-16. El Señor, después de animar una vez a sus discípulos, los conforta de nuevo manifestándoles que no irán a Jerusalén sino a Betania. “Esto dijo, y después les dijo: Lázaro, nuestro amigo, duerme, mas voy a despertarle del sueño”; como si dijera: no voy para disputar otra vez con los judíos, sino para despertar a nuestro amigo. Por eso dice: nuestro amigo, para demostrar la necesidad de su viaje.

Los discípulos quisieron impedir su ida a Judea: “Y dijeron sus discípulos: Señor, si duerme, sanará”. El sueño, para los que están enfermos, es casi siempre una señal de salud. Como si dijeran: si duerme, no es conveniente que vayas a despertarlo.

Replicará alguno: ¿Cómo los discípulos no entendieron que había muerto por estas palabras “Voy a despertarle del sueño”, ya que era insensato hacer una jornada tan larga para despertar a Lázaro de su sueño? A esto respondemos, que ellos creyeron ver en esto un enigma como otros que habían escuchado del Salvador.

No añadió aquí: “Voy a despertarle del sueño” porque no quería publicar con las palabras lo que quería significar con los hechos, enseñándonos a huir de la vanagloria y que no debemos contentarnos con prometer.
“Y me huelgo por vosotros de no haber estado allí”.

Todos los discípulos temían a los judíos, principalmente Tomás: “Tomás, pues, llamado Dídymo, dijo entonces a los otros condiscípulos: vamos también nosotros y muramos con El”. El era el más débil de todos y el menos firme en la fe. Más tarde llegó a ser el más fuerte y el más heroico, porque él solo recorrió todo el orbe, llevándolo su celo en medio de pueblos que querían su muerte.

17-27. El Señor había tardado dos días, y dos días antes había llegado la noticia de la muerte de Lázaro. El llegó, pues, al cuarto día.

Que equivalían a dos millas. El evangelista marca esta distancia para mostrar que era conveniente se hallasen presentes muchos judíos de Jerusalén, y por eso añade: “Y muchos judíos habían venido a Marta y a María para consolarlas”, etc. Pero, ¿cómo estos judíos venían a consolar a las que eran amadas de Cristo, después de haber proclamado que si alguno confesase a Cristo fuera arrojado de la sinagoga? Esto era a causa de los oficios debidos a la desgracia o por respeto a la nobleza de estas mujeres, o porque los que allí se hallaban no eran malos, pues muchos de ellos creían. Todo esto que dice el evangelista es para probar que Lázaro estaba realmente muerto.

No toma a su hermana para ir a recibir a Cristo; quiere ella hablarle aparte y prevenirlo de lo que había ocurrido. Pero cuando el Señor la hace recobrar esperanza, entonces fue y llamó a María.

Porque creía en Jesús, pero no de la manera que convenía, pues todavía no conocía que era Dios, y por eso decía: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”.

No conocía ella aún que podía hacer esto por propia virtud y esto se deduce de las palabras siguientes: “Mas también sé ahora, que todo lo que pidieres a Dios te lo otorgará Dios”, expresándose así como si hablara con un hombre virtuoso y extraordinario.

El Señor la instruye en misterios que ella ignoraba: “Jesús le dijo: resucitará tu hermano”. No dijo: pediré que resucite. Si hubiera dicho: no tengo necesidad de ayuda, todo lo hago en virtud de mi propio poder, hubiera sido demasiado duro para una mujer, mientras que decir “resucitará” era un término medio.

Esta mujer había oído hablar a Cristo muchas cosas acerca de su resurrección. Pero el Señor manifiesta aún más su autoridad con estas palabras: “Yo soy la resurrección y la vida”, enseñando que no tiene necesidad de la ayuda de nadie, pues si la tuviere, ¿cómo había de ser la resurrección? Si El mismo es la vida, no se circunscribe a un lugar determinado. Existiendo en todas partes, puede sanar en todos los lugares.

Diciendo ella “todo lo que pidieres”, El dice: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá”, manifestando de este modo que El es el dispensador de los bienes y a El debemos pedir. Por este medio eleva su inteligencia, porque no era sólo la resurrección de Lázaro la que se pretendía, sino que todos los que estaban presentes fueran testigos de la resurrección.

Me parece que esta mujer no entendió las palabras de Cristo, pero creyó que significaban algo grande, extraordinario. No conoció, sin embargo, lo que era. Por eso preguntada sobre una cosa, responde por otra.

28-32. Entre tanto, las palabras de Cristo tuvieron la virtud de poner fin al dolor de Marta, porque su misma devoción para con el Maestro no la dejaba sentir en su presencia lo que podía recordar la causa de su dolor. “Y dicho esto”, etc.

Por eso llama a su hermana en secreto; porque si los judíos hubieran sabido que Cristo venía, se habrían retirado y no habrían sido testigos del milagro.

Estando todo el mundo allí, ella llorando y llena de aflicción, no esperó a que el Maestro viniese hacia ella, ni se ocupó de su dignidad propia, ni el llanto la detuvo; sino que, levantándose, al punto le salió al encuentro. “Ella, cuando lo oyó, se levantó luego y se fue a El”.

Marchaba sin prisa, para que no pareciera que buscaba con afán la ocasión de hacer el milagro, sino para que fuera pedido por ellos. Y esto es lo que el evangelista parece que quiere insinuar; o bien porque ella caminaba de prisa para anticipársele. No vino sola, sino trayendo consigo a todos los judíos, de donde se sigue: “Los judíos, pues, que estaban en la casa con ella, la siguieron”, etc.

Esta era más ferviente que su hermana: ni se avergonzó de la muchedumbre, ni temió nada de lo que muchos de ellos, que eran enemigos de Cristo, pudieran sospechar de El. Y menospreciando los respetos humanos se entregó por completo a la gloria de su Maestro, que allí estaba.

33-41. Mientras que María habla, nada le dice Cristo, y tampoco le dice lo que había hablado a su hermana, porque la muchedumbre era numerosa y el momento no era adecuado para tales palabras, sino que condesciende y se humilla, manifestando su humana naturaleza. En el momento de hacer un milagro tan grande y ganar así muchos discípulos, manifiesta su humanidad y atrae por medio de esta condescendencia a multitud de testigos: “Jesús cuando la vio llorando gimió en su ánimo y se turbó a sí mismo”.

El no quiere tomar la iniciativa en nada, sino saberlo todo por boca de otro y hacerlo todo a ruegos de ellos, para no dar lugar a la más mínima sospecha.

Aun no había dado señal alguna de que iba a resucitarlo. Así, más parecía que iba a llorar que a resucitar, y por eso le dicen: “Ven y lo verás”.

Los que así hablaron eran de sus enemigos. Lo que debía admirarlos sobre su poder -esto es, la vista dada a un ciego de nacimiento-, les sirve para infamarlo, y hablan como si no hubiera hecho tal milagro. Con esto ponen más de manifiesto su malicia, porque no habiendo llegado todavía Cristo al sepulcro empiezan las acusaciones, sin haber visto el fin de este suceso. “Mas Jesús, gimiendo otra vez en sí mismo, fue al sepulcro”. El evangelista repite con intención que el Señor lloró y gimió, para manifestarnos que realmente se revistió de la naturaleza humana, y porque refiere prodigios mayores que los que cuentan los otros evangelistas. Por eso mismo, en orden a la naturaleza humana, dice cosas más humildes que los demás.

Pero ¿por qué no lo resucitó cuando yacía bajo la losa? ¿Acaso el que con su voz hizo levantar a un muerto, no podía levantar la losa? No lo hizo para hacerlos testigos del milagro y para que no pudieran decir como dijeron del ciego: “No es éste”. Las manos que separaban la losa y los hombres que se acercaban al sepulcro serían testigos de que él era.

Estas palabras son un argumento poderoso para sellar los labios a los impíos a fin de que tengan por testimonios de este milagro las manos levantando la piedra, los oídos escuchando las palabras de Cristo, la vista que ve a Lázaro resucitar y el olfato que siente el hedor.

Porque esta mujer no se acordaba de que Cristo le había dicho: “El que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá”; y a los discípulos también había dicho: “Para que sea glorificado el Hijo de Dios por ella”. Al hablar aquí de la gloria de Dios, alude a la gloria del Padre. La flaqueza de aquellos que lo escuchaban era el motivo de la diversidad en sus palabras. Entre tanto, el Señor no quería turbar a los que se hallaban presentes y por eso dice: “Verás la gloria de Dios”.

42-45. Esto es, que no hay nada contrario entre tú y yo. No manifiesta que es menos que su Padre y que no tiene tanto poder, porque esto se dice a los amigos y a los iguales en dignidad. Así, para mostrar que no está necesitado de la oración [1], añade: “Yo bien sabía que siempre me oyes”. Como si dijera: para que se haga mi voluntad no tengo necesidad de orar para persuadirte, porque una es nuestra voluntad. Pero El lo dice con palabras encubiertas, a causa de la necedad de los que lo escuchaban, porque Dios no mira tanto a su dignidad como a nuestra salvación. Por eso en sus predicaciones habla pocas cosas grandes -y ésas, ocultas-, mientras que abundan mucho las humildes.

No dijo, pues, para que crean que soy menor -porque sin la oración yo nada puedo hacer-, sino: “Que Tú me has enviado”. No dijo: Tú me has enviado débil, reconociendo mi servidumbre y sin poder hacer nada por mí mismo; sino: Me has enviado para que no crean que soy contrario a Dios, para que no digan: no es de Dios, y para manifestar que hago esta obra según tu voluntad.

No dijo: Resucita tú, sino, ven fuera, como hablándole a un vivo, a aquel que hacía poco había muerto. Y por eso no dijo: en el nombre del Padre, ven fuera; o: Padre resucítalo; sino que uniendo todas estas cosas y después de haber orado, hace brillar su poder por el acto mismo; porque ésta es la señal de su sabiduría: mostrar su poder por medio de sus acciones y su condescendencia por medio de sus palabras.

Lázaro salió atado (ligado) para que no se creyera que era un fantasma. En el hecho de salir ligado hace resplandecer una maravilla tan grande como la de su resurrección. “Jesús les dijo: Desatadle”, a fin de que los que lo tocasen y se acercasen a él, se persuadieran de que era él y no otro. “Y dejadle ir”. Esto lo hace por humildad, pues no lo conduce ni lo lleva consigo como prueba del milagro.

San Agustín

In Ioannem tract., 49.

1-5. La resurrección de Lázaro es el milagro que más se publica entre todos los que hizo el Señor. Pero si nos fijamos en quién lo hizo, más bien debemos alegrarnos que admirarnos. Resucitó al hombre el que hizo al hombre, y más es crearlo que resucitarlo. En Betania había enfermado Lázaro; por eso dice: “De Betania, aldea de María y de Marta”, etc., cuya aldea estaba próxima a Jerusalén.

Ellas no dijeron, ven y sánalo; ni se atrevieron tampoco a decir: mándalo desde ahí y aquí se hará la curación. “He aquí que el que amas está enfermo”; como diciendo: basta que lo sepas, porque no amas y abandonas.

Porque la misma muerte no era para la muerte, sino para hacer un milagro, mediante el cual los hombres creerían en Cristo y evitarían la verdadera muerte. Por eso el Señor añade: “Sino para gloria de Dios”, en donde indirectamente el Señor se llama a sí mismo Dios, contra los herejes que dicen que el Hijo de Dios no es Dios. Escucha las palabras que siguen, y que se refieren a la gloria de este Dios: “Para que sea glorificado el Hijo de Dios por ella”, esto es, por la enfermedad.

El enfermo, ellas tristes, todos amados. Tenían, pues, esperanza, porque eran amados de quien es el consuelo de los afligidos y la salud de los enfermos.

6-10. En donde estuvo para ser apedreado, y de donde parecía haber huido para no serlo. Huyó como hombre, pero volvió allí como olvidándose de su debilidad y haciendo brillar su poder.

El Señor los corrige cuando siendo hombres pretenden dar consejo a Dios, y siendo discípulos a su Maestro. “Jesús respondió: ¿Por ventura no son doce las horas del día?”. Para enseñarnos que El que es el día, eligió doce discípulos. En este número no preveía a Judas, sino a su sucesor, pues cuando él cayó lo sucedió Matías, y el número doce quedó íntegro. El día ilumina las horas para que por la predicación de las horas crea el mundo en el día. Seguidme a mí si no queréis tropezar. “El que anduviese de día no tropieza”, etc.

11-16. Dijo que dormía y era verdad, porque dormía para el Señor y sólo estaba muerto para los hombres, que no podían resucitarlo. Pero el Señor lo resucitaba del sepulcro con tanta facilidad como tú no tienes cuando despiertas a un hombre que duerme. Luego en virtud de su poder dijo que dormía, conforme a lo que dijo el Apóstol (1Tes 4,12): “No quiero que ignoréis respecto a los que duermen”. Los llamó dormidos porque predijo que habían de resucitar. Pero así como entre los que diariamente duermen y se despiertan, cada uno sueña -unos tienen sueños alegres, otros atormentadores-, así, cada cual tiene su razón para dormir y su razón para levantarse.

Los discípulos respondieron según lo que habían entendido. “Mas Jesús había hablado de su muerte, y ellos entendieron que decía del dormir de sueño”.

El les dice claramente lo que les había dicho de una manera misteriosa: “Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto”.

El había sido anunciado como enfermo, no como muerto. Pero ¿qué podía estar oculto a los ojos de Aquel que lo había creado, y a cuyas manos había ido el alma del difunto? El les dice: “Me huelgo por vosotros de no haber estado allí, para que creáis”, a fin de que empezaran a admirarse de que el Señor decía que había muerto sin haberlo visto ni oído. Aquí debemos recordar que la fe de los discípulos aún se estaba formando por medio de milagros. No comenzaba la fe en ellos, sino que se desarrollaba. Las palabras “para que creáis” quieren decir: para que creáis con más fuerza.

17-27. Muchas cosas pueden decirse sobre estos cuatro días, pues una misma cosa puede tener diversas significaciones. El pecado original con que el hombre nace, es el primer día de muerte; cuando el hombre infringe la ley natural, es el segundo día de muerte; la Ley de la Escritura dada por Moisés y de origen divino, cuando es menospreciada, es el tercer día de muerte. Viene, por fin, el Evangelio, y lo quebrantan los hombres; he aquí el cuarto día de su muerte. Pero el Señor no desdeña venir a resucitar a todos éstos.

No le dice: Te ruego que resucites a mi hermano, porque ¿cómo sabía ella que le era útil resucitarlo? Solamente dice: Sé que si quieres, puedes hacerlo; ahora bien, que lo hagas, eso queda a tu juicio, no al mío.

La palabra resucitará fue ambigua, porque no dijo ahora, y por eso Marta le dijo: “Bien sé que resucitará en el último día”. De aquella resurrección estoy cierta; de ésta no.

Dice, pues: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás”. Porque la vida del alma es la fe. “Y todo aquel que vive (en la carne) y cree en mí (aunque muera en el tiempo por la muerte del cuerpo) no morirá jamás”.

O bien, creyendo que tú eres el Hijo de Dios, he creído que tú eres la vida, porque aquel que cree en ti, aun cuando muera vivirá.

28-32. Debe notarse que el evangelista llama silencio a la voz baja, porque ¿cómo es que calló cuando añadió, diciendo: “El Maestro está aquí y te llama”?

Debe notarse también, que el evangelista no dice dónde, cuándo y cómo el Señor llamara a María, a fin de hacernos comprender por las palabras de Marta lo que El omitiera en fuerza de la brevedad de la narración.

Donde se ve que Marta no se le habría anticipado si ella hubiera sabido la llegada de Jesús.
“Jesús aún no había llegado a la aldea”, etc.

Al evangelista le tocó decirnos esto, a fin de enseñarnos por qué motivo había allí muchos judíos cuando Lázaro fue resucitado, y era para que hubiese muchos testigos de un milagro tan grande como fue la resurrección de un muerto de cuatro días.
Prosigue: “Y María, cuando llegó a donde Jesús estaba, luego que le vio se postró a sus pies”.

33-41. ¿Quién podía turbarlo sino El mismo? Cristo se turbó porque quiso; tuvo hambre porque quiso. En su poder estaba el tener tal aflicción o no tenerla, porque el Verbo tomó un cuerpo y un alma, uniéndose toda la naturaleza humana en la unidad de persona; y por esto, allí en donde está el soberano poder, la debilidad no se turba sino al arbitrio de la voluntad.

Gime en ti mismo si quieres revivir, se dice a todo hombre que está agobiado bajo el peso de una mala costumbre. “Era una gruta, y habían puesto una losa sobre ella”. Muerto bajo la piedra, reo bajo la Ley, porque la Ley fue dada a los judíos escrita sobre piedra. Todos los reos están bajo la Ley, porque la Ley no se ha hecho para el justo (1Tim 1).

En sentido místico, las palabras: “Quitad la losa” quieren decir: Quitad el peso de la Ley; predicad la gracia.

42-45. Todo el que peca, muere; pero Dios, por su misericordia infinita, resucita las almas a fin de que no mueran por toda la eternidad. Así, pues, nosotros creemos que en los tres muertos que el Salvador resucitó en sus cuerpos, se nos da a entender algo relativo a la resurrección de las almas.

O bien, la muerte está dentro cuando el pensamiento del mal no se ha convertido en acto exterior por la obra; pero si pusiste por obra el mal pensamiento, llevaste la muerte fuera de la puerta.

Y sin embargo, el Señor amaba a Lázaro, porque si no amara a los pecadores, no hubiera bajado del cielo a la tierra. La expresión “ya hiede” cuadra perfectamente a aquel que tiene hábito de pecar, porque empieza a exhalar una reputación detestable y un hedor insufrible. Con razón dijo: “Es muerto de cuatro días”, porque el último de los elementos es la tierra. Esta expresión significa el abismo de los pecados terrenales, esto es, de los apetitos carnales.

O bien, de otra manera: cuando desprecias, yaces muerto; cuando confiesas, sales adelante. ¿Qué otra cosa es salir adelante, sino manifestarse saliendo de lugar oculto? Pero Dios hace que te confieses gritando en voz alta, esto es, llamándote por una gracia singular. El muerto que se adelanta está aún atado de pies y manos; es reo aún. Por eso, para que se desataran los pecados dijo a los ministros: “Desatadle y dejadle ir”, es decir, lo que desatareis en la tierra será desatado en el cielo.

De verb. Dom. serm., 52

1-5. Una enfermedad mortal se había apoderado de Lázaro. El fuego abrasador de la fiebre devoraba de día en día el cuerpo de este desgraciado. Las dos hermanas estaban al lado del que se debilitaba, y llorando su desgracia no se separaban un momento del lecho del joven enfermo. Por eso dice de ellas el texto sagrado: “Enviaron, pues, sus hermanas a decir a Jesús: Señor he aquí que el que amas está enfermo”.

28-32. ¡Oh concierto desleal! ¡Tú estás aún sobre la tierra y el amigo Lázaro muere! ¿Si muere el amigo, qué sucederá al enemigo? Poco es que sólo las alturas no te obedezcan; he aquí que los infiernos han arrebatado a tu amado.

33-41. No debemos suponer que esta pregunta fuese hecha porque ignorara el lugar de la sepultura, sino porque quería probar la fe del pueblo.

Incluso María y Marta, hermanas de Lázaro, que habían visto a Cristo resucitar frecuentemente muertos, apenas creían que podría resucitar a su hermano. “Marta, que era hermana del difunto, le dice: Señor, ya hiede”, etc.

La gloria de Dios se manifiesta en resucitar a un cadáver de cuatro días y que hedía.
“Quitaron, pues, la losa”.

42-45. Cristo vino al sepulcro en que Lázaro dormía y al punto lo llamó del sepulcro, no como si estuviera vivo o dispuesto a oírle: “Y habiendo dicho esto, gritó en alta voz: Lázaro, ven fuera”. Lo llama por su nombre para que los demás muertos no se vean obligados a resucitar.

Lib. 83 quaest qu. 65

33-41. Que El pregunte me parece significar así nuestra vocación, que se hace en secreto, porque la predestinación de nuestra vocación está oculta, y la señal de este secreto es la pregunta del Señor, como si ignorara cuando nosotros mismos lo ignoramos. O también quizá porque el Señor en otro lugar dice que ignora a los pecadores. “No os conocí” (Mt 7,23), porque los pecados traspasan su disciplina y sus preceptos. “Le dicen: Ven, Señor, y lo verás”.

El Señor ve, cuando se compadece, y por eso dice el profeta (Sal 24,18): “Mira mi humildad y mi fatiga, y perdona todos mis pecados”.
“Y lloró Jesús”, etc.

¿Por qué, pues, Cristo lloró, sino porque enseñó a los hombres que debían llorar?

¿Qué quiere decir “le amaba”? No vine a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que hagan penitencia (Mt 9,13). “Y algunos de ellos dijeron: ¿Pues éste, que abrió los ojos del que nació ciego, no podría hacer que éste no muriese?”. Más es lo que va a hacer: que un muerto resucite.

En cuyas palabras creo que están significados aquellos que querían imponer la ley de la circuncisión a los que venían a la Iglesia de en medio de los gentiles, o bien aquellos que viven en el seno de la Iglesia de una manera corrompida, y son escándalo para los que quieren creer.

42-45. Aunque nosotros creamos con fe sincera que la resurrección de Lázaro sea real en el sentido histórico, sin embargo yo no dudo que aquí se encierre una verdad en el sentido alegórico, pues cuando a los hechos se da un sentido alegórico, no por eso dejan de ser verdaderos.

O bien, en Lázaro que yace en el sepulcro, vemos al alma agobiada bajo el peso de sus pecados.

El Señor gimió en sí mismo, lloró, gritó en alta voz, porque con dificultad se levanta aquel a quien oprime el peso de la costumbre. Cristo se turba a sí mismo para que aprendas cómo debes turbarte cuando te veas agobiado bajo el peso de tantos pecados. Porque la fe del hombre que se disgusta a sí mismo debe gemir en la acusación de sus malas acciones, para que la costumbre de pecar ceda a la violencia del arrepentimiento. Cuando dice: yo hice aquello y Dios me lo ha perdonado, oí el Evangelio y lo menosprecié, ¿qué hago? Entonces gime Cristo, porque gime la fe. En la voz del que gime está la esperanza de la resurrección.

Lázaro, saliendo del sepulcro, representa al alma separándose de sus apetitos carnales. El salir atados los pies y las manos con vendas, nos enseña que aun los que abandonan las cosas carnales y sirven de corazón la ley de Dios, mientras están revestidos de este cuerpo no están libres de las tentaciones de la carne. Y el estar su rostro cubierto con un sudario nos enseña que en esta vida no podemos tener plena inteligencia. “Desatadle y dejadle ir”. Estas palabras nos anuncian que después de esta vida desaparecerán todos los velos para que podamos ver cara a cara.

Beda

1-5. El evangelista había dicho que el Señor había ido a la otra ribera del Jordán; entonces es cuando aconteció que Lázaro enfermó. “Y había un enfermo llamado Lázaro, de Betania”. De aquí es que en algunos ejemplares se encuentre colocada la conjunción copulativa et para que se enlacen las palabras siguientes con las que preceden. Lázaro significa ayudado, [1]y en efecto, entre todos los muertos resucitados por el Señor, éste fue el más ayudado, pues no sólo lo resucita muerto, sino cuatro días después de muerto.

11-16. O bien los discípulos reprendidos con las anteriores palabras del Señor no se atrevieron a replicar más. Pero Tomás, sobre todos, exhortó a sus compañeros a ir a morir con El, en lo cual se deja ver su gran constancia, pues hablaba como si fuera él capaz de hacer lo que a los otros exhortaba, olvidándose de su fragilidad como Pedro.

17-27. Todavía el Señor no había entrado en la aldea; Marta le salió al encuentro cuando aún estaba fuera de ella. “Marta, pues, cuando oyó que venía Jesús, le salió a recibir”, etc.

28-32. No dijo María tanto como Marta había dicho, porque como es habitual en los que lloran, no pudo ella decir todo lo que quería, todo lo que tenía en su alma.

33-41. Los hombres suelen llorar en la muerte de los seres que les son queridos. Conforme a esta costumbre, los judíos pensaban que el Señor lloraba; “Y dijeron entonces los judíos ¡ved cómo le amaba!”

Esta gruta estaba hecha en una roca. Se dice monumento (monumentum) porque instruye a la mente (mentem moneat) y le trae a la memoria los muertos [1].

“Dijo Jesús: Quitad la losa”. Estas palabras son de admiración y no de desesperación.

42-45. Los que van a anunciar a los fariseos son aquellos que viendo las buenas obras de los siervos de Dios, los persiguen con su odio y se esfuerzan en infamarlos.

Alcuino

1-5. Y como había muchas mujeres con este nombre, a fin de no errar, nos la señala por una acción muy conocida: “Y María era la que había ungido al Señor con ungüento”, etc.

6-10. Después que la enfermedad de Lázaro le fue anunciada al Señor, esperó a que pasaran cuatro días para que después se descubriese más la grandeza del milagro. “Y cuando oyó que estaba enfermo”, etc.

17-27. El Señor había diferido su llegada hasta que pasaran cuatro días para que la resurrección de Lázaro fuese más gloriosa: “Vino, pues, Jesús, y halló que había ya cuatro días que estaba en el sepulcro”.

O bien, el primer pecado que existió fue la soberbia en el corazón, el segundo el consentimiento, el tercero el acto y el cuarto el hábito.
“Y Betania distaba de Jerusalén como unos quince estadios”.

Por eso “soy la resurrección”, porque soy la vida. El mismo, en cuya virtud resucitará después con los demás, puede hacerlo resucitar ahora.

Por la vida del espíritu y la inmortalidad de la resurrección. Sabía el Señor, para quien nada hay oculto, que ella creía esto, pero la excita a hacer una confesión por la cual se salvara: “¿Crees esto?”, le dice. “Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo que has venido a este mundo”.

28-32. Mientras estuviste con nosotros, ningún mal, ninguna enfermedad osó aparecer en vuestra presencia, porque conocieron que teníamos por huésped y por habitante la vida misma.

33-41. El que era fuente de piedad lloraba como hombre al que iba a resucitar en virtud del poder de su divinidad.

42-45. Como Cristo en cuanto hombre era menor que el Padre, le pide la resurrección de Lázaro, y por eso dice que ha sido oído: “Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre”, etc.

Cristo resucita porque El es quien por sí mismo vivifica interiormente; los discípulos desatan porque por medio del ministerio de los sacerdotes, son absueltos los que son vivificados.

Teofilacto

1-5. Y porque eran mujeres, a las cuales no conviene salir de casa con frecuencia. Las palabras: “He aquí que el que amas está enfermo”, expresan una gran piedad y gran fe. Creían que había un poder tan grande en el Señor, que parecía extraño que la enfermedad hubiera podido atacar a un hombre a quien El tanto amaba. “Y cuando lo oyó Jesús, les dijo: esta enfermedad no es para muerte”.

6-10. Algunos entienden por este día el tiempo que precede a la pasión, y por la noche la pasión misma. Les dice, pues: “Mientras es de día”, esto es, mientras no se acerca el tiempo de la pasión, no tropezaréis, porque los judíos no os perseguirán. Pero cuando llegue la noche, es decir, mi pasión, entonces llegará para vosotros la noche de las penas.

11-16. Algunos han entendido este pasaje de este modo: Me alegro por vosotros, pues el que no haya yo estado allí hará que vuestra fe sea mayor; porque si hubiese estado lo habría sanado en su enfermedad (y hubiera sido una pequeña prueba de mi poder). Mas como ha sobrevenido la muerte estando yo ausente, os afirmaréis más en la fe en mí viendo que puedo resucitar a un muerto ya en putrefacción.

17-27. Al principio no lo descubre a su hermana, queriendo ocultar esto a los que estaban presentes, porque si adivinaba María que Cristo se acercaba, hubiera ido a su encuentro; los judíos que estaban presentes la habrían acompañado, y habrían sabido la venida de Jesús, lo cual Marta no quería.
“Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”.

Como dudando que El, estando ausente, podía impedir si quisiera la muerte de su hermano.

28-32. O juzgó ella la presencia de Cristo como un llamamiento hecho a su hermana, como si dijera: no puedes excusarte de ir a su encuentro estando El ahí.

Aunque parece que se empequeñece con estas palabras: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto”.

33-41. Para hacer patente su naturaleza humana, le ordena realizar lo que es de su condición, mandándoselo por virtud del Espíritu Santo. Y El mismo domina sus emociones. El Señor nos muestra su naturaleza sufriendo todas estas cosas, ya dándonos pruebas de que era hombre verdadero y no en la apariencia, ya enseñándonos que es preciso poner límites tanto a la tristeza como a la alegría, porque no padecer y no entristecerse es propio de los brutos, así como la superabundancia de estos sentimientos es propio de la mujer.
Y dijo: “¿En dónde le pusisteis?”.

Esto lo dice Marta desconfiando, como creyendo imposible ver resucitado a su hermano, a causa de los días que habían transcurrido desde su muerte.

Cristo recuerda a esta mujer todas las cosas de que con ella había hablado, y lo hace como creyéndola olvidada de sus palabras: “Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si creyeres verás la gloria de Dios?”.

42-45. La voz alta del Salvador que resucitó a Lázaro es el signo de la gran trompeta que ha de sonar en la resurrección universal (1Cor 15,52). Elevó más la voz para refrenar la lengua de los gentiles, que imaginaban que las almas de los difuntos se encontraban en los sepulcros. Por eso lo llama fuera con un grito, como si estuviera algo distante. Y así como la resurrección universal se hará en un abrir y cerrar de ojos, así también se hizo esta resurrección singular. Por eso añade el evangelista: “Y en el mismo punto salió el que había estado muerto”, etc. Lo cual no es más que una preparación para que se verifique lo que dice San Juan (Jn 5,25): “Viene la hora, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán”.

Orígenes In Ioannem tom. 28

33-41. La tardanza en quitar esta losa fue motivada por la hermana del difunto. Porque si no hubiera dicho “Ya hiede, porque es muerto de cuatro días”, no se habría dicho: “Dijo Jesús: Quitad la losa: quitaron, pues la losa” con lo cual se retrasó el quitar la losa. Es más ventajoso no poner obstáculos entre los mandatos de Jesús y su ejecución.

42-45. Elevó, en verdad, los ojos a lo alto, porque elevó su inteligencia, haciéndola subir por medio de la oración a su excelso Padre. Por eso para orar siguiendo el ejemplo de Cristo es necesario elevar a lo alto los ojos de su corazón, apartándolos de las cosas presentes tanto en su memoria como en sus pensamientos e intenciones. Si se ha hecho, pues, una promesa a los que oran como es debido, según aquellas palabras: “Clamarás, y dirá: Aquí estoy” (Is 58,9), ¿qué habremos de pensar del Salvador? Iba a rogar por la resurrección de Lázaro, pero Aquel que sólo es buen Padre por excelencia, escuchó su oración antes de haberla concluido. Para terminar su oración, añade la acción de gracias diciendo: “Padre, te doy las gracias, etc., para que crean que Tú me has enviado”.

No se dice que un grito lo despertara, y así se cumplió lo que acababa de decir (Jn 2): “Voy a despertarlo del sueño”. Mas el Padre, que escuchó la oración de su Hijo, resucitó a Lázaro y de este modo la resurrección de Lázaro es la obra común del Hijo y del Padre que lo escuchó. Porque así como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así también el Hijo da la vida a aquellos que quiere.

El Señor había dicho más arriba (Jn 11,42): “Mas por el pueblo que está alrededor lo dije, para que crean que tú me has enviado”. Si ninguno de los que estaban presentes hubiera creído, entonces habría dicho esto como hombre que no conoce el porvenir. Para evitar esto añade el evangelista: “Muchos, pues, de los judíos creyeron en El; mas algunos de ellos se fueron a los fariseos y les dijeron lo que había hecho Jesús”. Estas palabras son ambiguas, y no dicen claramente si los que fueron a los fariseos eran parte de aquella multitud que había creído en El y que fueron a proponer a los enemigos de Cristo que se reconciliaran con El, o bien eran de los que no creían, y que fueron para excitar contra Cristo la tenaz envidia de los fariseos. Yo creo que el evangelista quiso decir esto último, porque llama multitud a aquellos que habían creído en fuerza de los hechos de que habían sido testigos, como si fuesen pocos todos los demás, de los cuales añade: “Mas algunos de ellos”, etc.

San Hilario De Trin. lib. 10

42-45. No tuvo necesidad de orar por sí, sino que rogó por nosotros, para que no ignorásemos que era Hijo del Padre. Por eso añade: “Mas por el pueblo que está alrededor lo dije, para que crean que Tú me has enviado”. Estas palabras que no eran para El de utilidad alguna, eran de gran provecho para aumento de nuestra fe. El no tenía necesidad de socorro, pero nosotros sí de enseñanza.

San Gregorio

42-45. Porque resucita a la niña en la casa, al joven fuera de la puerta, y a Lázaro en el sepulcro. En efecto, yace muerto en la casa el que está en pecado, y es conducido como fuera de la puerta el que comete el pecado en público sin pudor alguno (Moralium 4, 29).

El que a la perpetración del crimen añade la costumbre del pecado está oprimido bajo el peso de la sepultura, pero la gracia divina ilumina con frecuencia a estos pecadores con los resplandores de su luz (Moralium 4, 29).

Se dice a Lázaro: “Ven fuera”, para excitarlo a pasar de su pecado oculto a la confesión de su pecado por su propia boca, de manera que el que yace envuelto en su conciencia por el pecado, salga de él por medio de la confesión (Moralium 13).

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