Jn 12, 24-26: Donde esté yo, estará mi servidor

Texto Bíblico

24 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 25 El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. 26 El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.

Sagrada Biblia, Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española (2012)


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Agustín, obispo

Sermón: Si amamos a Cristo, sigámoslo

Sermón 304 : PL 38, 1385 (Liturgia de las Horas, 10 de Agosto)

«El que ama su vida la pierde, el que la pierde la gana para la vida eterna» (Jn 12,25)

La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.

También nosotros, hermanos, si amamos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.

Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!

Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Ya que habéis resucitado con Cristo, aspirad a los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.

Sermón: Si os amáis, no améis la vida de este mundo.

Sermón 305

«Donde esté yo, allí también estará mi servidor» (Jn 12,26)

Vuestra fe, hermanos, reconoce a ese grano caído en tierra, ese grano que la muerte ha multiplicado. Vuestra fe le reconoce porque habita en vuestros corazones. Ningún cristiano duda en creer lo que Cristo ha dicho de sí mismo. Pero una vez que este grano ha muerto y se ha multiplicado, muchos granos han caído en tierra. San Lorenzo es uno de ellos, y nosotros celebramos hoy el día en que fue sembrado. Vemos qué inmensa cosecha ha nacido de todos esos granos esparcidos por toda la tierra; y este espectáculo nos llena de gozo si, no obstante y por la gracia de Dios, pertenecemos a su granero.

Porque todo no todo lo que forma parte de la cosecha entra en el granero: es la misma lluvia, útil y fecunda, la que hace crecer tanto el grano como la paja, y nadie entroja a los dos en el mismo granero. Para nosotros ahora es el tiempo de escoger…

Escuchadme pues, granos sagrados, porque no dudo que muchos de vosotros lo sois… Escuchadme, o mejor aún, escuchad en mí a aquel que, se nombró primero a sí mismo, buen grano. No améis vuestra vida en este mundo. Si verdaderamente os amáis, no améis así vuestra vida y entonces la salvaréis… «El que ama su propia vida en este mundo la perderá». Es el buen grano quien lo dice, el grano que fue echado en tierra y que murió para dar mucho fruto. Escuchadle, porque lo que ha dicho lo ha hecho.

Él nos instruye y, con su ejemplo, nos enseña el camino. Cristo no estuvo agarrado a la vida de este mundo; vino a este mundo para despojarse de sí mismo, para dar su vida y retomarla cuando quisiera… Es verdadero Dios y verdadero hombre, hombre sin pecado para quitar el pecado del mundo, revestido de un poder tan grande que pudo decir con toda verdad: «Yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla» (Jn 10,18).

Sermón: La muerte de uno solo

Sermón para la fiesta de los mártires

«Si el grano de trigo cae en tierra y muere, dará mucho fruto» (Jn 12,24)

Las proezas gloriosas de los mártires, ornamento de la Iglesia en todo el mundo, nos hacen comprender a nosotros la verdad de lo que acabamos de cantar: «El Señor siente profundamente la muerte de los que lo aman» (Sal 115,15). En efecto, tiene un gran precio a nuestros ojos y a los ojos de aquel por cuyo nombre murieron los mártires. Pero el precio de estas muertes es la muerte de uno solo. ¿Cuántos muertos ha rescatado muriendo él sólo, porque, si no hubiese muerto, el grano de trigo no se hubiera multiplicado? Habéis oído lo que dijo cuando se acercaba a su pasión, cuando se acercaba nuestra redención: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere dará mucho fruto» (Jn 12,24). Cuando su costado fue abierto por la lanza, salió sangre y agua, salió el precio del universo (cf Jn 19,34).

Los fieles y los mártires fueron rescatados; pero la fe de los mártires fue probada, su sangre es testimonio. «Cristo ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» (1Jn 3,16). Y en otro lugar: «Si te sientas a la mesa de un poderoso, mira bien a quién tienes delante» (Prov 23,1). Es una mesa espléndida donde comes con el amo del banquete que es él mismo. El es quien invita, él mismo es la comida y la bebida también. Los mártires prestaron atención a lo que comieron y bebieron para preparar luego lo mismo.

Pero ¿cómo podían hacer otro tanto que su maestro, si él no les hubiera dado primero para que luego pudieran imitarle? Esto es lo que nos recomienda el salmo que hemos cantado: «El Señor siente profundamente la muerte de los que lo aman» (Sal 115,15).

San Juan Pablo II, papa

Catequesis, Audiencia General (09-11-1988)

Miércoles 9 de noviembre de 1988

Sentido del sufrimiento a la luz de la pasión del Señor

“Si el grano de trigo… muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24).
1. La redención realizada por Cristo al precio de la pasión y muerte de cruz, es un acontecimiento decisivo y determinante en la historia de la humanidad, no sólo porque cumple el supremo designio divino de justicia y misericordia, sino también porque revela a la conciencia del hombre un nuevo significado del sufrimiento. Sabemos que no hay un problema que pese más sobre el hombre que éste, particularmente en su relación con Dios. Sabemos que desde la solución del problema del sufrimiento se condiciona el valor de la existencia del hombre sobre la tierra. Sabemos que coincide, en cierta medida, con el problema del mal, cuya presencia en el mundo cuesta tanto aceptar.

La cruz de Cristo ―la pasión― arroja una luz completamente nueva sobre este problema, dando otro sentido al sufrimiento humano en general.

2. En el Antiguo Testamento el sufrimiento es considerado, globalmente, como pena que debe sufrir el hombre, por parte de Dios justo, por sus pecados. Sin embargo, permaneciendo en el ámbito de tal horizonte de pensamiento, basado en una revelación divina inicial, el hombre encuentra dificultad al dar razón del sufrimiento del que no tiene culpa, o lo que es lo mismo, del inocente. Problema tremendo cuya expresión “clásica” se encuentra en el Libro de Job. Añádase, sin embargo, que en el Libro de Isaías el problema se ve ya desde una luz nueva, cuando parece que la figura del Siervo de Yahvé constituye una preparación particularmente significativa y eficaz en relación con el misterio pascual, en cuyo centro se colocará, junto al “Varón de dolores”, Cristo, el hombre sufriente de todos los tiempos y de todos los pueblos.

El Cristo que sufre es, como ha cantado un poeta moderno, “el Santo que sufre”, el Inocente que sufre, y, precisamente por ello, su sufrimiento tiene una profundidad mucho mayor en relación con la de todos los otros hombres, incluso de todos los Job, es decir de todos los que sufren en el mundo sin culpa propia. Ya que Cristo es el único que verdaderamente no tiene pecado, y que, más aún, ni siquiera puede pecar. Es, por tanto, Aquél ―el único― que no merece absolutamente el sufrimiento. Y sin embargo es también el que lo ha aceptado en la forma más plena y decidida, lo ha aceptado voluntariamente y con amor. Esto significa ese deseo suyo, esa especie de tensión interior de beber totalmente el cáliz del dolor (cf. Jn 18, 11), y esto “por nuestros pecados, no sólo por los nuestros sino también por los de todo el mundo”, como explica el Apóstol San Juan (1 Jn 2, 2). En tal deseo, que se comunica también a un alma sin culpa, se encuentra la raíz de la redención del mundo mediante la cruz. La potencia redentora del sufrimiento está en el amor.

3. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido del sufrimiento. Ya no basta ver en él un castigo por los pecados. Es necesario descubrir en él la potencia redentora, salvífica del amor. El mal del sufrimiento, en el misterio de la redención de Cristo, queda superado y de todos modos transformado: se convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien. Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo, completa “lo que falta a las tribulaciones de Cristo en la persona que sufre, en favor de su Cuerpo” (cf. Col 1, 24): el Cuerpo es la Iglesia como comunidad salvífica universal.

4. En su enseñanza, llamada normalmente prepascual, Jesús dio a conocer más de una vez que el concepto de sufrimiento, entendido exclusivamente como pena por el pecado, es insuficiente y hasta impropio. Así, cuando le hablaron de algunos galileos “cuya sangre Pilato había mezclado con la de sus sacrificios”, Jesús preguntó: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas…? aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?” (Lc 13, 1 – 2.4). Jesús cuestiona claramente tal modo de pensar, difundido y aceptado comúnmente en aquel tiempo, y hace comprender que la “desgracia” que comporta sufrimiento no se puede entender exclusivamente como un castigo por los pecados personales. “No, os lo aseguro” ―declara Jesús―, y añade: “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” (Lc 13, 3-4). En el contexto, confrontando estas palabras con las precedentes, es fácil descubrir que Jesús trata de subrayar la necesidad de evitar el pecado, porque este es el verdadero mal, el mal en sí mismo y permaneciendo la solidaridad que une entre sí a los seres humanos, la raíz última de todo sufrimiento. No basta evitar el pecado sólo por miedo al castigo que se puede derivar de él para el que lo comete. Es menester “convertirse” verdaderamente al bien, de forma que la ley de la solidaridad pueda invertir su eficacia y desarrollar, gracias a la comunión con los sufrimientos de Cristo, un influjo positivo sobre los demás miembros de la familia humana.

5. En ese sentido suenan las palabras pronunciadas por Jesús mientras curaba al ciego de nacimiento. Cuando los discípulos le preguntaron. “Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”. Jesús respondió: “Ni él pecó, ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9, 1-3). Jesús, dando la vista al ciego, dio a conocer las “obras de Dios”, que debían revelarse en aquel hombre disminuido, en favor de él y de cuantos llegaran a conocer el hecho. La curación milagrosa del ciego fue un “signo” que llevó al curado a creer en Cristo e introdujo en el ánimo de otros un germen saludable de inquietud (cf. Jn 9, 16). En la profesión de fe del que recibió el milagro se manifestó la esencial “obra de Dios”, el don salvífico que recibió junto con el don de la vista: “¿Tú crees en el Hijo del hombre? … ¿Y quién es, Señor, para que crea en él?… Le has visto; el que está hablando contigo, ese es… ¡Creo, Señor!” (Jn 9, 35-38).

6. En el fondo de este acontecimiento vislumbramos algún aspecto de la verdad del dolor a la luz de la cruz. En realidad, un juicio que vea el sufrimiento exclusivamente como castigo del pecado, va contra el amor del hombre. Es lo que aparece ya en el caso de los interlocutores de Job, que le acusan sobre la base de argumentos deducidos de una concepción de la justicia carente de toda apertura al amor (cf. Job 4 ss). Esto se ve mejor aún en el caso del ciego de nacimiento: “¿Quién pecó, el o sus padres, para que haya nacido ciego?” (Jn 9, 2). Es como señalar con el dedo a alguno. Es un sentenciar que pasa del sufrimiento visto como tormento físico, al entendido como castigo por el pecado: alguno debe haber pecado en ese caso, el interesado o sus padres. Es una censura moral: ¡sufre, por eso, debe haber sido culpable!

¡Para poner fin a este modo mezquino e injusto de pensar, era necesario que se revelase en su radicalidad el misterio del sufrimiento del Inocente, del Santo, del “Varón de dolores”! Desde que Cristo escogió la cruz y murió en el Gólgota, todos los que sufren, particularmente los que sufren sin culpa, pueden encontrarse con el rostro del “Santo que sufre”, y hallar en su pasión la verdad total sobre el sufrimiento, su sentido pleno, su importancia.

7. A la luz de esta verdad, todos los que sufren pueden sentirse llamados a participar en la obra de la redención realizada por medio de la cruz. Participar en la cruz de Cristo quiere decir creer en la potencia salvífica del sacrificio que todo creyente puede ofrecer junto al Redentor. Entonces el sufrimiento se libera de la sombra del absurdo, que parece recubrirlo, y adquiere una dimensión profunda, revela su significado y valor creativo. Se diría, entonces, que cambia el escenario de la existencia, del que se aleja cada vez más la potencia destructiva del mal, precisamente porque el sufrimiento produce frutos copiosos. Jesús mismo nos lo revela y promete, cuando dice: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 23-24) ¡Desde la cruz a la gloria!

8. Es necesario iluminar con la luz del Evangelio otro aspecto de la verdad del sufrimiento. Mateo nos dice que “Jesús recorría las aldeas… proclamando la Buena Nueva del reino y sanando toda enfermedad y dolencia” (Mt 9, 35). Lucas a su vez narra que cuando interrogaron a Jesús sobre el significado correcto del mandamiento del amor, respondió con la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 30-37). De estos textos se deduce que, según Jesús, el sufrimiento debe impulsar, de forma particular, al amor al prójimo y al compromiso por prestarle los servicios necesarios. Tal amor y tales servicios, desarrollados en cualquier forma posible, constituyen un valor moral fundamental que “acompaña” al sufrimiento. Más aún, Jesús, hablando del juicio final, ha dado particular relieve al concepto de que toda obra de amor llevada a cabo en favor del hombre que sufre, se dirige al Redentor mismo: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). En estas palabras se basa toda la ética “cristiana del servicio, también el social, y la valoración definitiva del sufrimiento aceptado a la luz de la cruz.

¿No se podía sacar de aquí la respuesta que, también hoy, espera la humanidad? Esa sólo se puede recibir de Cristo crucificado, “el Santo que sufre”, que puede penetrar en el corazón mismo de los problemas humanos más tormentosos, porque ya está junto a todos los que sufren y le piden la infusión de una esperanza nueva.

Benedicto XVI, papa

Homilía (15-06-2006): El Pan, símbolo de la Pasión

Durante la celebración eucarística en la Solemnidad de Corpus Christi
Basílica de San Juan de Letrán. Jueves 15 de junio de 2006

[…] La oración con la que la Iglesia, durante la liturgia de la misa, entrega este pan al Señor lo presenta como fruto de la tierra y del trabajo del hombre. En él queda recogido el esfuerzo humano, el trabajo cotidiano de quien cultiva la tierra, de quien siembra, cosecha y finalmente prepara el pan. Sin embargo, el pan no es sólo producto nuestro, algo hecho por nosotros; es fruto de la tierra y, por tanto, también don, pues el hecho de que la tierra dé fruto no es mérito nuestro; sólo el Creador podía darle la fertilidad.

Ahora podemos también ampliar un poco más esta oración de la Iglesia, diciendo:  el pan es fruto de la tierra y a la vez del cielo. Presupone la sinergia de las fuerzas de la tierra y de los dones de lo alto, es decir, del sol y de la lluvia. Tampoco podemos producir nosotros el agua, que necesitamos para preparar el pan. En un período en el que se habla de la desertización y en el que se sigue denunciando el peligro de que los hombres y los animales mueran de sed en las regiones que carecen de agua, somos cada vez más conscientes de la grandeza del don del agua y de que no podemos proporcionárnoslo por nosotros mismos.

Entonces, al contemplar más de cerca este pequeño trozo de Hostia blanca, este pan de los pobres, se nos presenta como una síntesis de la creación. Concurren el cielo y la tierra, así como la actividad y el espíritu del hombre. La sinergia de las fuerzas que hace posible en nuestro pobre planeta el misterio de la vida y la existencia del hombre nos sale al paso en toda su maravillosa grandeza. De este modo, comenzamos a comprender por qué el Señor escoge este trozo de pan como su signo. La creación con todos sus dones aspira, más allá de sí misma, hacia algo todavía más grande. Más allá de la síntesis de las propias fuerzas, y más allá de la síntesis de la naturaleza y el espíritu que en cierto modo experimentamos en ese trozo de pan, la creación está orientada hacia la divinización, hacia las santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo.

Pero todavía no hemos explicado plenamente el mensaje de este signo del pan. El Señor hizo referencia a su misterio más profundo en el domingo de Ramos, cuando le presentaron la petición de unos griegos que querían encontrarse con él. En su respuesta a esa pregunta, se encuentra la frase:  “En verdad, en verdad os digo:  si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). El pan, hecho de granos  molidos,  encierra el misterio de la Pasión. La harina, el grano molido, implica que el grano ha muerto y resucitado. Al ser molido y cocido manifiesta  una  vez más el misterio mismo de  la Pasión. Sólo a través de la muerte llega la resurrección, el fruto y la nueva vida.

Las culturas del Mediterráneo, en los siglos anteriores a Cristo, habían intuido profundamente este misterio. Basándose en la experiencia de este morir y resucitar, concibieron mitos de divinidades que, muriendo y resucitando, daban nueva vida. El ciclo de la naturaleza les parecía como una promesa divina en medio de las tinieblas del sufrimiento y de la muerte que se nos imponen. En estos mitos, el alma de los hombres, en cierto modo, se orientaba hacia el Dios que se hizo hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz y así abrió para todos nosotros la puerta de la vida.

En el pan y en su devenir los hombres descubrieron una especie de expectativa de la naturaleza, una especie de promesa de la naturaleza de que tendría que existir un Dios que muere y así nos lleva a la vida. Lo que en los mitos era una expectativa y lo que el mismo grano esconde como signo de la esperanza de la creación, ha sucedido realmente en Cristo. A través de su sufrimiento y de su muerte voluntaria, se convirtió en pan para todos nosotros y, de este modo, en esperanza viva y creíble:  nos acompaña en todos nuestros sufrimientos hasta la muerte. Los caminos que recorre con nosotros, y a través de los cuales nos conduce a la vida, son caminos de esperanza.

Cuando, en adoración, contemplamos la Hostia consagrada, nos habla el signo de la creación. Entonces reconocemos la grandeza de su don; pero reconocemos también la pasión, la cruz de Jesús y su resurrección. Mediante esta contemplación en adoración, él nos atrae hacia sí, nos hace penetrar en su misterio, por medio del cual quiere transformarnos, como transformó la Hostia.

La Iglesia primitiva también encontró en el pan otro simbolismo. La “Doctrina de los Doce Apóstoles”, un libro escrito en torno al año 100, refiere en sus oraciones la afirmación:  “Como este fragmento de pan estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino” (IX, 4:  Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 86). El pan, hecho de muchos granos de trigo,  encierra también un acontecimiento de unión:  el proceso por el cual muchos granos molidos se convierten en pan es un proceso de unificación. Como nos dice san Pablo (cf. 1 Co 10, 17), nosotros mismos, que somos muchos, debemos llegar a ser un solo pan, un solo cuerpo. Así, el signo del pan se convierte a la vez en esperanza y tarea.

De modo semejante nos habla también el signo del vino. Ahora bien, mientras el pan hace referencia a la vida diaria, a la sencillez y a la peregrinación, el vino expresa la exquisitez de la creación:  la fiesta de alegría que Dios quiere ofrecernos al final de los tiempos y que ya ahora anticipa una vez más como indicio mediante este signo. Pero el vino habla también de la Pasión:  la vid debe podarse muchas veces para que sea purificada; la uva tiene que madurar con el sol y la lluvia, y tiene que ser pisada:  sólo a través de esta  pasión  se  produce  un vino de calidad.

En la fiesta del Corpus Christi contemplamos sobre todo el signo del pan. Nos recuerda también la peregrinación de Israel durante los cuarenta años en el desierto. La Hostia es nuestro maná; con él el Señor nos alimenta; es verdaderamente el pan del cielo, con el que él se entrega a sí mismo. En la procesión, seguimos este signo y así lo seguimos a él mismo. Y le pedimos:  Guíanos por los caminos de nuestra historia. Sigue mostrando a la Iglesia y a sus pastores el camino recto. Mira a la humanidad que sufre, que vaga insegura entre tantos interrogantes. Mira el hambre física y psíquica que la atormenta. Da a los hombres el pan para el cuerpo y para el alma. Dales trabajo. Dales luz.

Dales a ti mismo. Purifícanos y santifícanos a todos. Haznos comprender que nuestra vida sólo puede madurar y alcanzar su auténtica realización mediante la participación en tu pasión, mediante el “sí” a la cruz, a la renuncia, a las purificaciones que tú nos impones. Reúnenos desde todos los confines de la tierra. Une a tu Iglesia; une a la humanidad herida. Danos tu salvación. Amén.

Vía Crucis: Un nuevo inicio

Palatino. Viernes Santo 2 de abril de 2010

[…] Esta noche hemos contemplado a Jesús en su rostro lleno de dolor, despreciado, ultrajado, desfigurado por el pecado del hombre; mañana por la noche lo contemplaremos en su rostro lleno de alegría, radiante y luminoso. Desde que Jesús fue colocado en el sepulcro, la tumba y la muerte ya no son un lugar sin esperanza, donde la historia concluye con el fracaso más completo, donde el hombre toca el límite extremo de su impotencia. El Viernes Santo es el día de la esperanza más grande, la esperanza madurada en la cruz, mientras Jesús muere, mientras exhala su último suspiro clamando con voz potente: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Poniendo su existencia «donada» en las manos del Padre, sabe que su muerte se convierte en fuente de vida, igual que la semilla en la tierra tiene que deshacerse para que la planta pueda crecer. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Jesús es el grano de trigo que cae en tierra, se deshace, se rompe, muere, y por esto puede dar fruto. Desde el día en que Cristo fue alzado en ella, la cruz, que parece ser el signo del abandono, de la soledad, del fracaso, se ha convertido en un nuevo inicio: desde la profundidad de la muerte emerge la promesa de la vida eterna. En la cruz brilla ya el esplendor victorioso del alba del día de la Pascua.

En el silencio de esta noche, en el silencio que envuelve el Sábado Santo, embargados por el amor ilimitado de Dios, vivimos en la espera del alba del tercer día, el alba del triunfo del Amor de Dios, el alba de la luz que permite a los ojos del corazón ver de modo nuevo la vida, las dificultades, el sufrimiento. La esperanza ilumina nuestros fracasos, nuestras desilusiones, nuestras amarguras, que parecen marcar el desplome de todo. El acto de amor de la cruz, confirmado por el Padre, y la luz deslumbrante de la resurrección, lo envuelve y lo transforma todo: de la traición puede nacer la amistad, de la negación el perdón, del odio el amor.

Concédenos, Señor, llevar con amor nuestra cruz, nuestras cruces cotidianas, con la certeza de que están iluminadas con la claridad de tu Pascua. Amén.


Comentarios exegéticos

X. Léon-Dufour, Lectura del Evangelio de Juan: Fecundidad de la caída en tierra

Vol. II (Jn 5-12). Biblioteca de Estudios Bíblicos (69). Sígueme, Salamanca (1992), pp. 367-370.

v. 24.

El camino de la glorificación anunciada se precisa con ayuda de la imagen del grano de trigo, en una antítesis vigorosa: «si no muere»- «si muere» y «permanece solo»-«da fruto en abundancia». La caída en tierra es la condición de la fecundidad del grano de trigo. 

La imagen del grano de trigo es familiar al nuevo testamento. A través de ella, Pablo significa la transformación de los cuerpos en la resurrección final (1 Cor 15, 35-38). Jesús la utiliza en las parábolas del reino de los cielos (Mt 13, 3ss par; Me 4, 26-29). Pero mientras que en la parábola del sembrador la semilla es la palabra de Cristo, en Jn, en el contexto de la hora, el grano de trigo es identificado con el mismo Cristo. En esta pequeña parábola Jesús traduce el «es preciso» de la pasión motivándolo por el fruto que ha de dar: el grano que muere no se queda solo, es decir, solitario, sino que produce otros granos, en abundancia; la glorificación se describe a través de esta multiplicación. Esto es lo que la palabra correspondiente en el quiasmo, el v. 32, permite precisar: «y yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos los hombres a mí». En 4, 35, la «cosecha» designaba a los samaritanos que venían a Jesús. 

Ensanchando su perspectiva, el lector no puede menos de ver en esta palabra sobre el grano de trigo una alusión al pan de la vida que es el mismo Jesús (6, 35.48), al pan que es su carne, «dada por la vida del mundo» (6, 51). A partir de una ley de la creación, Jesús significa el misterio por el que se realiza la creación nueva41, y este misterio vale también para el creyente que, unido a Jesús, «dará mucho fruto»; es lo que desarrollará la alegoría de la viña y del viñador (15, 1-8), diciendo que el sarmiento ha de ser podado y sobre todo permanecer unido a la cepa. 

v. 25.

El principio enunciado en el v. 24 a propósito del mismo Jesús podía aplicarse también al creyente; el v. 25 repite en un lenguaje diferente la misma ley para este último. De nuevo la formulación es antitética: literalmente «amar»-«odiar» su propia vida, y «perderla» se opone a «mantenerla como vida eterna». La pareja amar-odiar procede del lenguaje semítico al que le gusta enfrentar los extremos42; de ahí la traducción que hemos adoptado: «apegarse»-«no apegarse» a su propia vida. El término psykhé, traducido por «propia vida», corresponde al hebreo nefes y designa en el griego de los Setenta y en el nuevo testamento al hombre individual en cuanto que vive, y a veces lo que nosotros llamamos «el yo». Es válida la traducción de ten psykhen autoü por «su propia vida»; el inconveniente está en que desaparece entonces la diferencia cualitativa con el término zoé, que viene a continuación y que significa la vida en sentido fuerte; sin embargo, el adjetivo «eterna» (zdé aióniós) restituye este matiz. 

La enseñanza que se presenta en este versículo se encuentra cinco veces en la tradición sinóptica43, en la que se ha trasmitido de diversas maneras una palabra auténtica de Jesús, y la precisión «por mi causa» señala que la sentencia se refiere al cristiano44. La formulación de Jn, que le es propia, omite esta precisión y adquiere de este modo la forma de un principio que, si se refiere manifiestamente al discípulo, puede valer también de Jesús mismo; en este sentido es una repetición de la palabra sobre el grano de trigo en cuanto a la necesidad de «morir», aquí de morir a sí mismo. 

El sentido, abstrayendo lo que se dice de la «vida eterna», es universal: lo que dice corresponde a una verdad antropológica reconocida. La existencia puede considerarse como «mía» y yo puedo querer estrecharla y conservarla como si se bastara a sí misma o se agitara en sí misma, como un bien único que hay que defender a toda costa, como una propiedad que depende sólo de mí. Pues bien, entonces se me escapa como el agua que me empeñase en retener ávidamente entre mis manos, siendo así que no puedo dominar su fuente y que está corriendo sin cesar. Al revés, si no me aferró a esta existencia, si acepto abrirme al otro y por tanto morir a lo que me repliega sobre mí mismo, he aquí que esta muerte no es sino un «éxtasis» y mi existencia abierta de este modo se mantiene con firmeza45; según Jesús, «como vida eterna». Y sabemos que para Jn la vida eterna es la comunión con Dios mismo. 

v. 26

Esta palabra puede relacionarse con la anterior, referida por la tradición sinóptica en una vinculación inmediata con ella. Jn ha modificado su tenor, pero ha mantenido la unión de las dos sentencias46. Su continuidad aquí es evidente: el v. 26a viene a explicitar, en función de la adhesión a Jesús, la abnegación de sí mismo que el v. 25 asentaba como principio de vida verdadera. Para los sinópticos se trata de responder a la cuestión: «¿quién es el verdadero discípulo?» Es aquel que toma su cruz y sigue a Jesús. Para Jn la cuestión subyacente es distinta: «¿cómo ver a Jesús?». Sólo se ve a Jesús en donde está: de ahí la llamada a «seguirlo». Aquí seguir no equivale a creer como en 8, 12, ya que la adhesión de fe está puesta de antemano en la voluntad de «servir» a Jesús; equivale entonces a seguir a Jesús hasta su muerte47. Jn escribe en una época en que se perseguía a los cristianos- la actitud que se se requiere, en continuidad con la exigencia afirmada en el v. 25, es la disponibilidad para enfrentarse con la prueba, e incluso con la muerte, para seguir a Jesús. Sin embargo, es posible al mismo tiempo otra lectura: Jesús le pediría al discípulo una fe que le hiciera seguir a Jesús hasta en su muerte, es decir, que le hiciera reconocer al Hijo de Dios incluso en el escándalo de la cruz. 

Esta llamada va acompañada de una promesa, expresada primero de manera enigmática y luego con claridad. Leamos el texto: Jesús dice en primer lugar: «Donde yo estoy, allí estará también mi servidor». ¿Dónde está Jesús? No se indica. ¿Quiere decir Jesús, según el contexto, que está en la cruz y que el discípulo participará en su pasión? En este caso, el honor que el Padre concede al discípulo correspondería a la participación en la gloria del Hijo. Es posible; pero en el v. 32 la elevación en la cruz se formula como un anuncio, no como el estado presente de Jesús, e igualmente en el v. 28 la voz celestial anuncia una glorificación futura; los dos aspectos de la hora «llegada» se distancian entonces respecto al momento en que Jesús habla, a pesar del triple «ahora» de anticipación. El giro «donde yo estoy» aparece de nuevo en 14, 3 y en 17, 24 con la función de situar también a los discípulos en el mismo «lugar»; en 7, 34 introducía una negación: «donde yo estoy, no podéis venir vosotros». Entonces estamos autorizados a concluir que, en labios de Jesús, «donde yo estoy» designa su unión permanente con el Padre; por eso esta expresión se emplea siempre en presente, mientras que el servidor «estará» donde esté Jesús. Así lo confirma la continuación de la promesa, que menciona al Padre vuelto hacia el discípulo. 


Notas


41. Es inútil recurrir a los «misterios» de las religiones helenísticas o al tema universal de la renovación continua de la naturaleza. La parábola se refiere a un acontecimiento único, el de la hora, y no al ciclo que se repite indefinidamente. 
42. Amar-odiar: cf. Mt 6, 24; Le 14, 26. Sobre la asociación de dos términos contrarios, cf. Jn 10, 10; Dt 28, 6; 2 Sam 3, 25… 
43. Mt 16, 24s par; 10, 38s par. 
44. Situada en un marco histórico de persecución, la palabra de Jesús invita a desprenderse de la propia vida, tal como se dispone a hacer Jesús para ser fiel a su misión. Los discípulos se han asociado a esta empresa. La Iglesia primitiva ha explicitado esta relación con Jesús añadiendo en Mt y en Me la precisión «por mi causa». Le 17, 33 y Jn, que no conservan esta precisión, ponen esta palabra en un contexto escatológico. 
45. Cf. X. Léon-Dufour, Jesús y Pablo ante la muerte, 69-72. 
46. Cf. Mt 16, 24 par; 10, 38 par; sobre todo Mc 8, 34. 
47. El término diakonéō significa en general «servir a la mesa», y pasa luego a designar el servicio mutuo. Empleado solamente en Jn 12, 26, equivale a douleúō (13, 16; 15, 20), y sirve para evocar la actitud de Jesús al lavar los pies de sus  discípulos (13, 1-11) y recomendándoles el servicio mutuo (13, 12-20).

Biblia Nácar-Colunga Comentada

Cristo anuncia su glorificación por su muerte, 12:23-36.

El discurso de Cristo, literariamente, es respuesta a la comunicación de Felipe y Andrés (v.23), aunque el verbo usado (αποκρίνεται)! lo mismo puede significar “responder” que “tomar la palabra,” “hablar.” Como aquí, en que el tono del mismo rebasa la respuesta directa. Los “griegos” no deben estar presentes. Ni había llegado la hora de la evangelización directa por Cristo de los gentiles. En cambio, se introduce después una “muchedumbre” que estaba presente (v.29) y que interviene en diálogo con Cristo (v.34.30). Todo esto hace pensar que el episodio de los griegos” sirve de pretexto literario para evocar con ello la universalidad del fruto de la muerte de Cristo, en el discurso que Jesús, con este motivo literario, pronuncia. No sería más que un caso concreto de la estructura sintética del evangelio de Jn y del desarrollo evangélico de su teología; lo mismo que desarrolla aquí temas con cronología diversa, varios pasajes están en otros lugares. Se ve, en partes, el artificio redaccional.

La Enseñanza de Cristo Sobre Su Muerte (v.23-26).

La “hora” de la muerte de Cristo “ya llegó,” pues es inminente. Hecha la entrada mesiánica en Jerusalén, el período para su muerte está ya en marcha. Esta “hora” es la tantas veces anunciada (Jn 2:4; 7:30; 8:20; 13:1; 17:1) y la que reguló su vida.

Pero esta “hora” es la hora en que el Hijo del hombre “será glorificado.” Jn es el evangelista que, por excelencia, destaca la muerte de Cristo como su triunfo: no sólo victoria sobre el pecado, sino “paso,” pascua, al Padre (Jn 13:1) e ingreso de su humanidad en la plenitud de sus derechos divinos (Jn 17:1b.5.24). Es un tema eje en el enfoque del evangelio de Jn.

Ilustración de este triunfo es la comparación parabólica con el grano de trigo. Si éste no “cae” en tierra y “muere,” no fructifica; queda él solo; pero, si “muere,” es cuando fructifica y “da mucho fruto.” No es una consideración científica del grano que muere, pues si esto sucediera, no surgiría la espiga. Es una apreciación popular, usual. Posiblemente un refrán o casi calcado en él. Lo que Cristo enseña con un símil es la riqueza del fruto universal (Jn 11:52) de su muerte.

Los dos versículos siguientes encierran una enseñanza calcada en el ejemplo de su muerte.

El que “sirve” a Cristo ha de “seguirle.” Donde Cristo está, también deberá estar él. Si El está ahora en la muerte, también el servidor ha de “seguirle” por este camino. Es el tema tan repetido por los sinópticos: “El que quiera venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16:24 par.). La enseñanza no se limita a solos los apóstoles o discípulos; la universalidad de la formulación lo indica. Esto exige, en “orden a la vida eterna,” perder su “alma” en este “mundo.” En Jn, frecuentemente, el “mundo” tiene el sentido de los hombres malos. Por eso, el que quiera “guardarla” intacta y preservarla (Jn 17:12) para la vida eterna, ha de perderla para la vida de este “mundo” malo, ha de “odiar su alma.” “Alma,” conforme al modo semita, está por vida o persona. Y “odiar” (o μισών) es el modo semita, hiperbólico y rotundo , de expresar lo que no se quiere o no se debe hacer (Dt 21:15; Rom 9:13; Mt 10:37; comp. Lc 14:26).

El premio a este “servicio” y “seguimiento” a Cristo es que el Padre le “honrará.”

J. Mateos – J. Barreto, El Evangelio de Juan: La Hora final (caer en tierra)

Análisis Lingüístico y Comentario Exegético. Segunda Edición. Cristiandad, Madrid (1979), pp. 558-560.

24 «Sí, os lo aseguro: Si el grano de trigo caído en la tierra no muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto». 

En esta declaración solemne y central explica Jesús cómo se producirá el fruto de la misión, suya y de los discípulos (cf. 17,18: Igual que a mí me enviaste al mundo, también yo los he enviado a ellos al mundo; cf. 20,21). 

No se puede producir vida sin dar la propia. La vida es fruto del amor y no brota si el amor no es pleno, si no llega al don total. Amar es darse sin escatimar; hasta desaparecer, si es necesario, como individuo y como comunidad. Jesús va a entregarse por sus ovejas (10,11), ha aceptado la muerte y prevé ya el fruto. 

En la metáfora del grano que muere en la tierra, la muerte es la condición para que se libere toda la energía vital que contiene; la vida allí encerrada se manifiesta de una forma nueva. Jesús afirma que el hombre posee muchas más potencialidades de las que aparecen, y que solamente el don de sí total las libera para que ejerzan toda su eficacia. El fruto comienza en el mismo grano que muere. 

La muerte de que habla Jesús no es suceso aislado, sino la culminación de un proceso de donación de sí mismo. Es el último acto de una donación constante, que sella definitivamente la entrega haciéndola irreversible. 

En el contexto del acercamiento de los paganos muestra Jesús que ellos van a ser el fruto. Los griegos y la multitud son una anticipación y una promesa de fecundidad. Hay esperanza para todos, que formarán un solo rebaño con el único pastor (10,16; 11,52). 

La fecundidad no va a depender de la transmisión de un mensaje doctrinal, sino de una muestra extrema de amor. El amor es el mensaje (19,22 Lect.). 

La infecundidad del grano que no muere se expresa de modo inesperado: permanece él solo. El fruto son los hombres que se agregan a la nueva comunidad, pasando de la muerte a la vida (5,24). 

25 «Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este es conservarse para una vida definitiva». 

Dar la propia vida, condición para la fecundidad, es la suprema medida del amor. Explica Jesús a los discípulos que tal decisión no es una pérdida para el hombre, sino su máxima ganancia; no significa frustrar la propia vida, sino llevarla a su completo éxito. Infundir temor es la gran arma del orden injusto. Quien no teme ni a la propia muerte, lo desarma; es soberanamente libre y está libre para amar totalmente. 

El temor a perder la vida es el gran obstáculo a la entrega; Jesús advierte que poner límite al compromiso por apego a la vida es llevarla al fracaso. La única línea de desarrollo para el hombre es la actividad del amor, y alcanzará su cima cuando el amor llegue a su expresión suprema. El apego a la vida lleva a todas las abdicaciones; llegará el momento en que el hombre ceda ante la amenaza. N o solamente le será imposible amar hasta el límite, sino que acabará cometiendo la injusticia o callando ante ella. 

El amor leal consiste en olvidarse del propio interés y seguridad, en seguir trabajando por la vida, dignidad y libertad del hombre en medio y a pesar del sistema de muerte. El ámbito donde se ha desarrollado la actividad de Jesús y va a continuar la de sus discípulos (15,18) es «el mundos que lo odia, porque él denuncia que su modo de obrar es perverso (7,7). Jesús se declara dispuesto a su enfrentamiento último. Para dar vida está dispuesto a dar la suya propia. Así muestra la grandeza y la fuerza de su amor, que es el de Dios mismo. 

El fruto supone una muerte; la entrega exige fe en la fecundidad del amor. 

26a «El que quiera ayudarme, que me siga». 

Ha advertido Jesús que el secreto de la fecundidad está en el don de la propia vida. Ahora invita a seguirlo en ese camino: el del servicio total. Ser discípulo consiste en colaborar en su misma tarea, dispuesto a sufrir su misma suerte, en medio de la hostilidad y la persecución, y con la posibilidad de perderlo todo. Jesús expone con estas palabras el mismo mensaje contenido en la exigencia de «comer su carne y beber su sangre» (6,35 Lect.). 

26b «y así, allí donde yo estoy, estará también el que me ayuda». 

Jesús está en la esfera del Espíritu, que es la de Dios (7,34; 8, 23 Lects). Quien se decide a seguirlo entra en esa esfera divina. Estar donde está Jesús significa permanecer unido a él, permanecer en su amor (15,4.9b); pero no d e modo estático, sino dinámico, dejándose llevar del Espíritu, q u e e s amor y entrega (15,10.12.14). L a capacidad d e amar, que en Jesús es plena desde el principio, ha de ser desarrollada en el discípulo por el ejercicio y la actividad. Así va siguiendo a Jesús, hasta alcanzar como meta u n amor como e l suyo (13,34; 17,24). 

Jesús «el Hijo» tiene su lugar propio en el hogar del Padre. La adhesión dinámica d e l seguimiento hace a l hombre hijo d e Dios (1,12; 14,6 Lect.); por ella va adquiriendo su semejanza con el Padre hasta que, en el don total, la presencia del Padre sea plena en él. Llega así a realizar en sí mismo el proyecto creador. 

El lugar de Jesús es, por tanto, el de la plenitud del amor que va a demostrar en la cruz, de donde brotará el fruto y desde donde tirará de todos hacia sí. La comunidad, que debe ser fecunda, lo será en ese seguimiento, estando donde está é l , viviendo e n e l don continuo y total. L a muerte será el último acto del don hecho en cada momento. 

En una ocasión anterior había dicho Jesús a los dirigentes judíos que no eran capaces de ir adonde él está (7,34), porque ellos habían elegido el camino contrarío al del amor al hombre. Por eso su pecado, la opresión que ejercen y la injusticia que cometen, los lleva a la muerte (8, 21.24). Sólo hay vida, realización del hombre, donde hay amor. Esta frase explica la anterior: Despreciar la propia vida …es conservarse para una vid i definitiva. 

El hombre libre creado por Jesús es dueño de su vida y por eso puede darla (8,32 Lect.). Lo que posee es su presente, y en cada presente puede entregarse del todo. Tal es el sentido de «morir»: ir entregando la propia vida, no porque otros la arrebaten, sino libremente, como don de sí. Cuando el hombre va dando su vida, el Padre, por su medio, va comunicando vida a otros y acrecentándola en el hombre mismo, que se hace semejante a él. Vivir es dar vida; la vida se tiene en la medida en que se da. 

26c «A quien me ayude lo honrará el Padre». 

En paralelo con 8,50, donde Jesús afirmaba que el Padre se ocupa de su gloria, declara aquí que también se ocupa del honor de los discípulos. Ellos van a perderlo, como él, en su enfrentamiento con el mundo, van a renunciar al honor humano (5,41; 7,18), pero van a recibirlo del Padre (5,44); él los acogerá como hijos. 

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