Jn 13, 21-33.36-38: Traición de Judas y despedida

El Texto (Jn 13, 21-33.36-38)

21 Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior y declaró:

«En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará.»

22 Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. 23 Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. 24 Simón Pedro le hace una seña y le dice: «Pregúntale de quién está hablando.» 25 El, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: «Señor, ¿quién es?» 26 Le responde Jesús: «Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar.» Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. 27 Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto.» 28 Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. 29 Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que nos hace falta para la fiesta», o que diera algo a los pobres.
30 En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche.

31 Cuando salió, dice Jesús:

«Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él.
32 Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto.»
33 «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros.

36 Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde.» 37 Pedro le dice: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti.» 38 Le responde Jesús: «¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.»

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

Crisóstomo In Ioannem hom., 71-72

21a. Como el Señor estaba consolando a los apóstoles, que debían recorrer todo el mundo, y los fortalecía con doble consuelo, al pensar que el traidor estaba privado de ambos, se entristeció. Y esto significa el evangelista, cuando dice: «Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior…»

22. Y como no lo determinó por el nombre, de aquí nació en todos el temor. Por esto sigue: «Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba» “, no teniendo conciencia de tal maldad y, sin embargo, creyendo que la afirmación de Cristo era más digna de creerse que sus propios pensamientos.

23. Temblando todos, y aun el mismo que era cabeza (a saber, Pedro), Juan, que era el amado, se reclinó en el seno de Jesús. Por esto sigue: «Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús.»

Si quieres, pues, aprender la causa de esta familiaridad, sabe que era el amor; por eso dice “a quien amaba Jesús”. Porque aunque los otros también eran amados, sin embargo, éste era más que los otros.

24. Quiere, pues, manifestar, que él era ajeno al crimen, y dice también esto para que no se piense que Pedro recurrió a él como a su superior, puesto que sigue: «Simón Pedro le hace una seña y le dice: “Pregúntale de quién está hablando”.» En todas partes se encuentra Pedro impetuoso en el amor, y aunque fue el primero en preguntar, no habló, sino que quiso saber mediante Juan. En todas ocasiones la Escritura manifiesta a Pedro entusiasta, y teniendo familiaridad con Juan.

26a. Ni aun entonces expresó nominalmente el Señor quién era el traidor, pues sigue: «Le responde Jesús: “Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar.”» Y este modo de denunciarlo era para convertir, porque ya que no se avergonzó por la comunidad de la mesa, debió hacerlo por la participación del pan.

27a. «Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás…» En tanto que formaba parte de la asamblea, no se atrevía el diablo a invadirlo, contentándose con inspirarle desde el exterior, pero cuando Jesús lo desenmascaró y expulsó, ya con toda libertad se apoderó de él.

27b-28. «Jesús le dice: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto.”» Cuando dice esto, no es a modo del que manda o aconseja, sino del que reprueba y manifiesta que El no quería impedir la traición. span class=”citaBiblia”>«Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía.» Cualquiera que se fije, dudará en este pasaje. Al preguntarle los discípulos”¿Quién es?” (Jn 13,24), dijo: “A quien yo dé el pan mojado” (Jn 13,26), y sin embargo no lo entendieron. Puede suponerse que Jesús lo dijo secretamente para que nadie lo oyera, y por lo mismo Juan pregunta inclinado sobre el pecho, como quien dice, al oído; porque acaso Pedro lo hubiera matado, si Jesús lo descubre. Y así dice que ninguno de los convidados se había enterado, ni aun Juan, que de ninguna manera pensaba que un discípulo llegase a tal grado de iniquidad, de la cual, como él estaba tan lejos, no hacía a nadie capaz ni por sospechas. Ignoraron, pues, la causa de las cosas que había dicho Cristo. Qué era lo que ellos creían, lo manifiesta posteriormente San Juan: «Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta”, o que diera algo a los pobres.»

29. «Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta”, o que diera algo a los pobres.» En verdad ninguno de sus discípulos llevaba dineros, pero, por lo que aquí se dice, se insinúa que algunas mujeres los alimentaban de sus haberes. Y así, el que recomendaba que no llevemos ni manto, ni báculo, ni dinero, llevaba, sin embargo, bolsa para atender a los menesterosos, para que aprendamos que por muy pobres y crucificados para el mundo que estemos, debemos siempre cuidarnos de este ministerio. Jesús obraba muchas cosas para nuestra enseñanza.

30b. Y añade: «Era de noche.» , para manifestar la osadía de Judas, a quien no pudo detener ni cohibir lo importuno de la hora de su primer impulso.

32. «“Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”.» Esto es, por sí mismo, no por medio de otra persona. “Y al punto le glorificará”. Como diciendo: No largo tiempo después, sino inmediatamente aparecerán en la cruz todas las cosas dignas de gloria; porque el sol retrocedió, las piedras se abrieron, y muchos cuerpos de aquellos que dormían, resucitaron. De esta suerte levantó de nuevo los pensamientos de sus discípulos, que se habían abatido, y les aconseja que no se entristezcan, antes se alegren.

33. Como los discípulos habían oído que Jesús había dicho aquello a los judíos, para que no creyesen que también se les decía a ellos de la misma manera, dijo, hijitos.

Dijo esto para levantar el amor de sus discípulos, porque cuando hemos visto ausentarse a las personas amadas, nos llenamos de pena, y más cuando no podemos nosotros ir al lugar a que ellos van. También demostró que su muerte es cierta traslación a sitio más conveniente, inaccesible a los cuerpos mortales.

36. «Simón Pedro le dice: “Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde.”» Grande amor es éste que vence al fuego en vehemencia, y cuya energía no hay prohibición que pueda detenerla. Pedro, el más fervoroso, oyendo las palabras “Donde yo voy, vosotros no podéis venir” (Jn 13,33), le preguntó: “Díjole Simón Pedro: Señor ¿dónde vas?”.

37. Pedro, ni oyendo esto enfrenó su deseo, sino que sigue adelante, en posesión ya de aquella esperanza. Y como no abrigaba el temor de traición, continuó preguntando en medio del silencio de todos sus compañeros:«Pedro le dice: “¿Por qué no puedo seguirte ahora?…» . ¿Qué dices, oh Pedro? He dicho que no puedes y tú insistes en que puedes. Ya sabrás por la experiencia, que ese amor que me tienes de nada sirve si te falta el auxilio de lo alto.

38. «Le responde Jesús: “¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.”» Es por esto evidente que el Señor permitió la caída de Pedro, porque podía haberla evitado desde un principio, pero como lo veía dominado por la arrogancia, no lo impelió ciertamente a la negación, sino que lo abandonó a sí mismo para que aprendiera lo débil que era, y no estuviese sujeto a tales peligros cuando recibiese en sus manos el mando de la tierra; antes se conociese a sí mismo, recordando las anteriores debilidades.

San Agustín In Ioannem tract., 60-64

21a. «Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior…» No hizo mención de esto anteriormente, pero como ya debía descubrir al traidor para que no se ocultara entre los demás, se entristeció en su espíritu. Y como el mismo traidor ya estaba a punto de salir para conducir allí a los judíos, a quienes había de hacer entrega de Jesús, lo entristeció su próxima pasión y el peligro inminente, y la mano amenazante del traidor, de quien ya se conocía su intención. El Señor se dignó también dar a conocer con su turbación que cuando una causa urgente obliga a separar antes de recogerse la mies a algunos de los falsos hermanos, no puede hacerse esto sin que la Iglesia se entristezca. Se turbó, no en cuanto a la carne, sino en el espíritu; porque las personas espirituales, en tales ocasiones de escándalo, no se turban por la perversidad, sino por la caridad, no sea que al cortar las malas cizañas se arranque de raíz el trigo. Y además, aun teniendo misericordia del mismo Judas, que había de perecer, se turba, no por debilidad de su alma, sino por su propia voluntad. Porque no se turba porque alguien lo obligue, sino que se turbó a sí mismo (como se ha dicho antes). En el hecho de turbarse consuela a los débiles en su propio cuerpo (esto es, en su Iglesia), para que si alguno se turba con la muerte de los suyos, no se crea por esto condenado.

Caigan, pues, por tierra los argumentos de los estoicos, que dicen que en el sabio no cabe la perturbación de los ánimos. Así como juzgan a la verdad vanidad, así llaman estupor a la salvación. Túrbese, pues, el ánimo cristiano, no por la miseria, sino por la misericordia.

21b. «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará.» “Uno de vosotros”, por el número, no por el mérito; en apariencia, no en realidad [1].

22. «Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba.» De tal modo era piadoso el amor que alimentaban hacia su Maestro, que su propia debilidad humana los estimulaba a los unos contra los otros.

23. «Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús.» Este era Juan, de quien es este Evangelio, como después se manifiesta. Era costumbre entre todos aquellos que nos han legado las Escrituras, que, cuando cuenta algo de ellos la divina narración, al ocuparse de sí mismos hablan como si fuera de otros. ¿Y qué pierde con esto la verdad, si se dice la misma cosa y se evita la jactancia del que la cuenta?

24. «Simón Pedro le hace una seña y le dice: “Pregúntale de quién está hablando”.» Se ha de notar aquí la locución de decir algo, no por sonidos, sino tan sólo por señas: “hace señas, y dice”, esto es, dice haciendo señas. Si, pues, con sólo pensar se dice algo, según aquello “dijeron entre sí” (Jn 12,19), ¿cuánto más haciendo señas, cuando ya se manifiesta expresamente, por medio de signos, lo que se ha concebido interiormente?

25. «El, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?”» Esto mismo que dice ahora “sobre el pecho”, más arriba lo había dicho en el seno.

¿Qué otra cosa puede significarse en el pecho sino lo más oculto y secreto? Porque, ciertamente, el interior del pecho es el secreto de la sabiduría.

26b. «Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote.» Judas, contrario a lo que piensan algunos que leen con poco cuidado, no recibió solamente el cuerpo de Cristo, porque se entiende que ya el Señor había distribuido a todos ellos el sacramento de su cuerpo y sangre, entre los cuales estaba incluido el mismo Judas. Y por fin, se llega al punto en que, según la narración de Juan, el Señor manifestó al traidor por un trozo de pan que mojó y le dio. Tal vez por el hecho de mojar el pan se significa la traición de Judas, porque no todas las cosas quedan lavadas por mojarlas, sino que algunas se mojan para mancharlas. Y si es que el mojar el pan designa algún bien, no sin razón seguirá la condenación al que desagradece este bien.

27a. «Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás…» Entró en él para poseerlo plenamente como entregado a discreción, sin que por eso dejase de estar en él cuando pactó con los judíos el precio a que había de entregar al Señor. Cuando San Lucas dice: “Y Satanás entró en Judas, y éste habló con los príncipes de los Sacerdotes” (Lc 22,3-4), ya había llegado al sitio de la cena de esta manera. Pero después entró en él, no para tentarlo como si hasta entonces le hubiera sido extraño, sino para poseerlo como cosa propia.

Aquí dicen algunos: ¿Cómo es esto? ¿El pan que Cristo le entregó de su mesa, merecía que después de él penetrase Satanás? A lo que respondemos, que por esto debemos aprender cuánto debe evitarse el recibir el bien de mala manera. Porque si se pierde el que no aprecia el cuerpo del Señor (esto es, no lo discierne de las demás comidas), ¿cómo debe ser castigado el que se acerca a su mesa fingiéndose amigo, siendo enemigo?

27b. «Jesús le dice: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto.”» Diciendo esto, no aconsejó el mal, sino que lo predijo no para cooperar a la perdición del pérfido, sino consultando a la salvación de los fieles.

29. «Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta”, o que diera algo a los pobres.» El Señor, por lo tanto, tenía bolsa para conservar lo que los fieles le daban, y para atender a las necesidades de los suyos y a los demás necesitados. Entonces se instituyó la forma de los bienes eclesiásticos, para que entendiéramos lo que se nos preceptuaba (Mt 6), de que no debíamos pensar en el día de mañana. Y no es esto prohibir que los santos tengan algún dinero, sino que a Dios no ha de servirse por estas miras, ni que se abandone el camino de la justicia por temor a la pobreza.

32. «“Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”.» Por la salida del inmundo, todos quedaron purificados con el que los purificaba. Algo semejante acontecerá cuando, separada la cizaña del trigo, resplandezcan los justos como el sol, en el reino de su Padre (Mt 13,43). Previendo el Señor que esto mismo aconteció al separarse Judas, que era la cizaña, dijo a los santos apóstoles, que habían quedado como el trigo: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre”, etc., como diciendo: He aquí lo que acontecerá en mi glorificación, donde no habrá ninguno de los malos, ni perecerá ninguno de los buenos. Por esto no dijo: ésta es la señal de la glorificación del Hijo del hombre, sino: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre”. Como tampoco se dijo que la piedra simbolizaba a Cristo, sino: “La piedra era Cristo” (1Cor 10,4). La Escritura suele denominar las cosas que significan algo, por los nombres de lo significado. Mas la glorificación del Hijo del hombre es que Dios sea glorificado en El, y de aquí que añada: “Y Dios es glorificado en El”. Por último, como para esclarecer este punto, prosigue: “Si el Hijo es glorificado en El (porque no vino a hacer su propia voluntad, sino la voluntad del que le envió), también Dios lo glorificará en sí mismo”, refiriéndose a la naturaleza humana, que había sido tomada por el Verbo y dotada de eternidad interminable. “Y al punto lo glorificará”, dice, manifestando su propia resurrección, que no sería como la nuestra al fin del mundo, sino inmediatamente. Y hasta puede entenderse de esta glorificación la frase: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre”, diciendo ahora no por su próxima pasión, sino por su futura resurrección, como si ya hubiese sucedido lo que tan próximo consideraba.

33. «“Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros.”» Habiendo dicho más arriba: “Y al punto le glorificará”, para que no creyesen que Dios lo iba a glorificar de tal forma que no pudiese estar unido a ellos en la convivencia que existe en la tierra, dijo en seguida: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros…» Como diciendo: al punto seré glorificado por la resurrección, pero no ascenderé al cielo inmediatamente, como está escrito en los Hechos de los Apóstoles: “Estuvo con ellos cuarenta días después de la resurrección”. Estos cuarenta días los significó diciendo: “Aún estaré un poco con vosotros”.

Puede también interpretarse así: Aún estoy yo como vosotros en la enfermedad de esta carne, a saber, hasta que muriese y resucitase. Después que resucitó, estuvo con ellos en cuanto a la presencia corporal, pero no en cuanto a la debilidad de la carne. Según otro evangelista, dijo después de la resurrección (Lc 24,44): “Os dije esto, cuando aún estaba con vosotros”, esto es, cuando yo existía en carne mortal como vosotros. Mas ahora estaba ciertamente vestido de la misma carne, pero no participaba con ellos de la mortalidad. Hay también otra presencia divina, inaccesible a los sentidos mortales, de la que El mismo dice: “He aquí que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos” (Mt 28,20). Esto no significa: aunque estoy un poco con vosotros, pues no es poco hasta la consumación de los siglos. Y si esto es todavía poco porque a los ojos de Dios mil años son como un solo día, no parece que ha querido significar aquí esto cuando sigue diciendo: “A donde yo voy, vosotros no podéis venir”. ¿Por ventura no podían ir a donde El vaya en el último día? De los cuales diría después: “Padre, quiero que éstos estén conmigo donde yo estoy” (Jn 17,24).

O dice esto porque no estaban dispuestos todavía para seguir a Jesús, muriendo por la justicia. ¿Cómo, pues, lo iban a seguir si no estaban preparados para el martirio? ¿Y cómo iban a seguir a Jesús, que caminaba a la inmortalidad de la carne, ellos que morirían en cualquier tiempo para no resucitar hasta el último día? ¿Y cómo podrían seguir a Jesús, que iba al seno de su Padre, cuando nadie puede gozar de tal felicidad si no se perfecciona en el amor? Cuando esto dijo a los judíos, no añadió: “ahora”; mas ellos no podían ir en ese momento, pero podían ir después. Y por tal razón continuó: “Y a vosotros os digo, ahora “.

36. El discípulo habló al Maestro como para seguirle, y por esta causa el Señor, que veía su alma, le respondió así: «Simón Pedro le dice: “Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde.”» Establece aquí una dilación; no destruye la esperanza, sino que la confirmó con las siguientes palabras: “Mas me seguirás después”. ¿Para qué te apresuras, oh Pedro? Aun no te ha dado la piedra la solidez de su espíritu. No te llenes de soberbia con tu presunción, ahora no puedes. Pero tampoco desesperes, después “me seguirás”.

38. «Le responde Jesús: “¿Que darás tu vida por mí?…»¿Harás por ventura tú en mi obsequio, lo que yo aún no hago por ti? ¿Te adelantarás, siendo así que no puedes seguir? ¿Cómo presumes a tanto? Escucha lo que tú eres: «En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.”» Tú, que me prometes morir, negarás tres veces tu vida. Veía Pedro el deseo que lo animaba, pero no conocía sus propias fuerzas. El enfermo se jactaba de buenos deseos, pero el médico conocía la enfermedad. ¿Podrá decirse (como quieren algunos, presentando una excusa legítima) que el apóstol Pedro no negó a Cristo, contestando a la criada que lo interrogó, que él no conocía a tal hombre, como expresamente aseveran los demás evangelistas? Como si aquel que niega a Cristo hombre, no negara a Cristo y no negara en El la humanidad que tomó por nosotros, y todo por temor de perder la vida que El nos dio. ¿Qué otra cosa lo hace cabeza de la Iglesia sino la humanidad? ¿Y cómo puede pertenecer al cuerpo de Cristo el que lo niega como hombre? Pero ¿para qué insistir más? El Señor no dijo: “no cantará el gallo”, sin que hayas negado tres veces al Hijo del hombre, sino “sin que me hayas negado”. ¿Qué significa este me, sino lo que El era? Cualquier cosa que de El negó, a Cristo negó, y sin duda es ilícito. Cristo dijo y predijo esto; Pedro negó a Cristo sin género alguno de duda. No tratemos de justificar a Pedro acusando a Cristo. Pedro, en su debilidad, comprendió lo enorme de su pecado, y demostró con su llanto cuánto mal había cometido negando a Cristo. Ni cuando tales cosas decimos se debe creer que nos es grato inculpar al primero de los apóstoles. Antes queremos sacar de esta consideración la enseñanza de cuán débiles son las fuerzas humanas y la propia confianza.

Sucedió, pues, en el alma de Pedro, la muerte que él prometía para el cuerpo, pero de distinta manera que él pensaba. Porque antes de la muerte y resurrección del Señor, murió en cuanto negó, pero resucitó mediante el llanto.

«Le responde Jesús: “¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.”» Recuerdan a Pedro esto de su negación predicha, no sólo Juan sino también los otros tres. Pero no todos tratan de este recuerdo en la misma ocasión, porque Mateo y Marcos hablan de ella después que el Señor salió de la casa en que habían comido la Pascua; Lucas y Juan antes de que de allí saliese. Pero fácilmente podemos entenderlo, o bien diciendo que aquellos la narraron como recapitulación, o bien éstos como precedente. A no ser que se prefiera decir, que cosas tan diversas, tanto en palabras como en sentencias, que profirió el Señor para alentar a Pedro a su valiente determinación de morir con el Señor o por el Señor, fueron proferidas en distintos tiempos, y que tres veces Pedro hizo las promesas arrogantes, en diversos lugares de la conversación de Cristo, y tres veces le respondió el Señor que lo había de negar antes que el gallo cantase (De cons. evang., 3, 2).


Notas

[1] San Agustín sigue diciendo en el mismo Tratado 61 sobre San Juan: “…Por lo tanto, no uno que es de vosotros, sino uno que saldrá de entre vosotros. Porque, ¿de qué otra manera puede entenderse este ‘uno de vosotros’,…sino de la misma manera en que el escritor de este mismo Evangelio habla en su epístola: ‘Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros; pues si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros.’ (1Jn 2,19)?

Orígenes In Ioannem tom. 32

21a. «Jesús se turbó en su interior…» Dice que se turbó en el espíritu. Esto, como es cosa humana (esto es, la pasión), provenía de la exuberancia de espíritu. Porque si algún santo vive en el espíritu y obra y padece, ¿cuánto más ha de decirse esto de Jesús, que es el primero de todos los santos?

22. «Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba.» Se acordaban de que eran hombres y que era variable el sentimiento más perfecto, y susceptible el apetito de querer lo contrario de lo que antes había querido.

23. «Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús.» Opino, pues, que el recostarse Juan en el seno del Verbo, significa como si habitase en sus más recónditos pensamientos.

25. «El, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?”» Habiendo descansado primero sobre el seno, después subió y lo hizo sobre el pecho de Jesús; como si al contentarse con el regazo y no elevarse hasta el pecho, esto hubiera sido un obstáculo para que Jesús le confiase lo que Pedro deseaba saber. Por esto de que posteriormente se reclinó sobre el pecho, se expresa que era discípulo especial de Jesús por mayor y más superabundante gracia.

27a. «Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás…» Atiéndase que Satanás no penetró primero en Judas, sino que inspiró en su corazón que entregase al Maestro. Mas después del pan penetró en él. Por lo cual hemos de cuidar que Satanás no logre introducir en nuestro corazón ninguna de sus flechas, porque si alguna penetrara, él formaría asechanzas hasta introducirse.

Convenía, según creo, por la oferta del pan, retirar del malvado el bien que él juzgaba tener; y privado de este bien, quedó expedito para que Satanás lo invadiese.

27b. «Jesús le dice: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto.”» Cabe dudar a quién se dirijan estas palabras, porque lo mismo a Judas que a Satanás pudo haber dicho el Señor “Lo que haces, hazlo presto”, provocando al adversario a la lucha, o al traidor, para que ayudase a su pasión, que había de ser la salvación del mundo, lo que no quería se retardase ni evitase, sino que se apresurase cuanto fuera posible.

30a. «En cuanto tomó Judas el bocado, salió…» De este modo hablaba el Salvador a Judas: “Lo que haces, hazlo presto”. Y el traidor en esto solo le obedece por lo pronto, porque apenas recibió el pan, no se detuvo un instante. “Y así, cuando recibió el trozo de pan, salió al punto”. Y en verdad salió, no sólo alejándose de la casa en que estaba, sino separándose de Jesús por completo. En mi sentir, Satanás, que había penetrado en él tras el pan, no toleraba que Judas perseverase con Jesús, porque entre Jesús y Satanás no puede haber relación alguna. No será fuera de propósito el preguntar por qué al decir “Recibiendo el pan”, no se añade “Y comiéndole”. ¿Es acaso que Judas, recibió el pan y no lo comió? Quizá el diablo, que lo había inspirado que hiciese traición a su Maestro, temió que, recibido el pan por Judas, si lo comía se desvaneciese el influjo que en su corazón había inspirado, y, por tanto, al punto que lo recibió se entró en él, e inmediatamente Judas dejó la casa. Puede también opinarse, que así como el que come el pan del Señor indignamente, o bebe su cáliz, come y bebe su propia condenación, también el pan que Jesús dio, para unos fue de salvación, pero para Judas fue de condenación, de tal manera, que tras el pan se introdujo Satanás.

30b. «Era de noche.» La noche sensible es la imagen de la confusa noche que había invadido el alma de Judas.

31-32. Después de los prodigios que se habían realizado por los milagros y por la transfiguración, la gloria del Hijo del hombre empieza desde el momento en que Judas sale llevando consigo a Satanás, que lo había invadido, fuera del lugar en que estaba Jesús. Por esta razón dice: «Cuando salió, dice Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él.”» Y aquí no se habla de la gloria del Verbo Unigénito, sino del hombre que descendía de la estirpe de David. Porque si se dice con verdad en la muerte de Cristo, que glorifica a Dios: “Despojó los principados y las potestades, triunfando en el leño de su cruz” (Col 2), y aquello otro: “Conciliando por la sangre de Cristo todas las cosas, las del cielo y las de la tierra” (Col 1). En todo esto fue glorificado el Hijo del hombre y Dios también es glorificado en El. Por esta razón continúa: “Y Dios ha sido glorificado en El”. Porque no puede glorificarse Cristo, sin que lo sea al propio tiempo el Padre. Mas como todo el que es glorificado lo es por alguien, si se pregunta por quién lo es el Hijo del hombre, veremos la respuesta en lo que sigue: «“Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”.»

El nombre gloria no se toma aquí en el sentido de los paganos, que la definen como un conjunto de alabanzas que se tributa por muchos. Es cosa clara que aquí se trata de algo diferente, según las palabras del Exodo (Ex 40,32-33), que dice que el tabernáculo está lleno de la gloria de Dios, y que la presencia o rostro de Moisés se había llenado de gloria. En efecto, en sentido literal hubo en el tabernáculo cierta presencia divina, lo mismo que en el rostro de Moisés mientras hablaba con Dios. Pero en sentido espiritual, la gloria de Dios es la que alumbra el entendimiento haciéndolo elevarse y sobreponerse a todas las cosas materiales, deificándolo por la visión divina que escudriña y en las cosas que contempla. Por esto, figuradamente fue Moisés glorificado, en el hecho de tornarse divino por el entendimiento. Pero no puede establecerse comparación entre la excelencia de Cristo y el conocimiento de Moisés, que glorificó su faz, porque creo que el Hijo es el resplandor de toda la gloria divina, como dice San Pablo: “Siendo el cual el esplendor de la gloria”, etc (Heb 1,3). Además, de este foco luminoso de gloria proceden los resplandores singulares, reflejándose en las creaturas racionales, y por eso no creo que nadie pueda recibir todo el esplendor de la gloria divina, sino el Hijo. En cuanto el Hijo no era conocido por el mundo, no era tampoco glorificado en el mundo. Mas como el Padre dio a algunos de los que estaban en el mundo el conocimiento de Jesús, fue glorificado entonces el Hijo del hombre en aquellos que lo conocieron. De aquí que transmitió su gloria a los que lo conocían. Porque los que contemplan con pura mirada la divina gloria, se transfiguran, a su imagen, de la gloria del glorificado en gloria de glorificadores. Cuando se aproximaba la hora en que debía realizarse el prodigio de que el mundo, mediante su conocimiento, mereciera la gloria glorificándole, dijo: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre”. Y como nadie ha conocido al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo hubiese revelado, el Hijo, por gracia natural, debía revelar al Padre (Mt 11,27). Por esta causa se conoce que Dios es glorificado en El. O bien puede entenderse que Dios es glorificado, si conocemos con perfección a Jesús: “El que a mí me ve, ve también a mi Padre” (Jn 14,19). Porque se verá en el Verbo, siendo este Dios e imagen invisible de Dios, el Padre que lo engendró. De este modo se entenderá más claramente todo lo que aquí se dice. Porque así como el nombre de Dios es blasfemado por algunos entre los gentiles, así el nombre excelso del Padre es ensalzado por las buenas obras de los santos que resplandecen ante los hombres. ¿En quién ha aparecido mejor la gloria de Dios, que en Jesús? Jamás cometió pecado, y en su boca no hubo dolo. Siendo, pues, el Hijo de tal condición, fue glorificado, y Dios se glorifica en El. Y si Dios se glorifica en El, el Padre da al Hijo algo mayor de lo que hizo el Hijo del hombre. Porque es muy superior y de más subido precio la gloria que recae en el Hijo del hombre cuando lo glorifica el Padre, que la del Padre cuando se glorifica en El. Y así, convenía que la gloria del más poderoso superase a la otra. Además, como estas cosas debían acontecer en seguida (me refiero a que el Hijo del hombre fuese glorificado en Dios), continúa así: “Y al punto le glorificará”.

33. «“Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, vosotros no podéis venir, os digo también ahora a vosotros.”» Cuando dice hijitos, designa la infancia en que estaban aún sus almas, porque éstos que ahora son llamados hijitos, después de la resurrección son hermanos, así como antes de ser hijitos fueron siervos.

Esto se puede explicar de una manera muy sencilla, diciendo que ya no había de estar con sus discípulos. Pero profundizando algo más, quizá pueda decirse que en realidad dejó de estar con ellos no mucho tiempo después, no porque estuviera ausente de ellos, según la presencia corporal, sino porque pasado muy poco tiempo, “vosotros os escandalizaréis en mí esta noche” (Mc 14,24). Y en ese sentido no estaba con ellos quien tan sólo mora plenamente en los que están en gracia. Pero aunque no estaba con ellos, ellos, sin embargo, habían de buscar a Jesús, como Pedro, que después de negarlo, lloraba tristemente buscándolo. Por esta razón sigue: “Me buscaréis, y así como dije a los judíos donde yo voy, vosotros no podéis venir”. Buscar a Jesús, es buscar al Verbo, la sabiduría, la justicia, la verdad, la virtud divina: todo esto es Cristo. A los discípulos que quieren seguir a Jesús -no corporalmente, como creen las personas rudas, sino en la forma que recomendaba en estas palabras (Lc 14,27): “Quien no toma su cruz y me sigue no puede ser discípulo mío”- les dice aquí el Señor: “Donde yo voy, vosotros no podéis venir”. Porque aunque hubieran querido seguir al Verbo y confesarlo, no tenían aún poder para esto. Aún no se les había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado (Jn 7,39).

33b. Como diciendo: A vosotros os hablo, no sin aducir el adverbio ahora. Porque los judíos, como preveía que habían de morir en sus maldades, en breve tiempo no podían marchar a donde Jesús iba, pero los discípulos podían seguir al Verbo después de algún tiempo.

Beda

25. «El, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?”» El descansar en su regazo y en su pecho, no sólo fue un indicio de amor presente, sino también signo de algo futuro, a saber: para que allí escuchase la voz, que después diese a conocer a los siglos.

38. «Le responde Jesús: “¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.”» Esta sentencia puede interpretarse de dos maneras. En primer lugar, de un modo afirmativo, como si dijese: Darás tu vida por mí, pero ahora, temiendo la muerte de la carne, incurres en la muerte del alma. En segundo lugar, en tono represivo, como si dijese: ¿Harás por ventura tú en mi obsequio, lo que yo aún no hago por ti?

38. «Le responde Jesús: “¿Que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces.”» Que cada cual tome de aquí ejemplo de arrepentimiento, y si ha caído no se desespere, sino que siempre confíe en que puede hacerse digno de perdón.

San Hilario De Trin. lib. 2.9

31. «Dios ha sido glorificado en él…» Se refiere a la gloria del cuerpo, por la cual se manifiesta la gloria de Dios, como tomando el cuerpo su propia gloria por los consuelos que le comunicaba la naturaleza divina. Y como Dios es glorificado en El, por la misma razón lo glorificó en sí. Y lo glorificó Dios en sí por el incremento de gloria que recibió, de la misma suerte que el que reina en la gloria (que es la gloria de Dios), pasa por este hecho a la gloria de Dios. Y así tenía que permanecer todo en Dios, en cuanto es permitido a la naturaleza humana. Tampoco quiso pasar en silencio el tiempo, para significar como cosa de presente, al salir el traidor Judas a realizar su traición, la gloria que después de la pasión le estaba reservada por la resurrección, y distinguirla de aquella con que Dios lo glorificaría en sí posteriormente. Aquélla era la gloria de Dios manifestada por la resurrección; ésta la que gozaría permaneciendo en el seno de Dios.

31. A mi juicio no hay ninguna ambigüedad en la interpretación de estas palabras: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre» Esta gloria pertenecía a la carne, no al Verbo. Lo que yo me pregunto es qué significa en esto que sigue: “Y Dios es glorificado en El”. Y no siendo uno el Hijo del hombre y otro el Hijo de Dios (porque el Verbo se hizo carne) (Jn 1,14), pregunto quién es glorificado por el Hijo del hombre (que es también Hijo de Dios). Veamos ahora qué significa lo tercero: “Si Dios es glorificado en El, también Dios lo glorificará en sí mismo”. El hombre ciertamente no se glorifica por sí mismo. Por el contrario, en el hombre, aunque reciba la gloria, es glorificado por Dios. Pero El es Dios mismo. Y por tanto es necesario, o que sea Cristo el que se glorifica en la carne, o el Padre el que se glorifica en Cristo. Si Cristo, Cristo que se glorifica en la carne es Dios; si el Padre (también Dios), tendremos el misterio de la unidad, porque el Padre se glorifica en el Hijo. Pero porque Dios glorifique en sí mismo a Dios glorificado en el Hijo del hombre, ¿cómo puede deducirse la conclusión impía de que Cristo no es Dios según la verdad de naturaleza, como si estuviera fuera de sí, porque glorifica en sí? Así, al que el Padre glorifica, hay que confesarlo en igual gloria, y el que se ha de glorificar en la gloria del Padre, debe también participar de todo aquello que está en el Padre.

San Gregorio Moralium 2, 2

30b. «Era de noche.» Por la cualidad del tiempo se expresa el fin de la acción. Judas, que no había de implorar el perdón, aprovecha la noche para la perfidia.


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Francisco de Sales, El libro de los cuatro amores, IV, cap. 5

«Antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces.» (Jn 13,38)

San Pedro, uno de los apóstoles, se hizo culpable ante el Señor porque negaba conocerle, y no sólo esto, lo maldecía, blasfemaba, asegurando que no sabía de quien le hablaban (Mt 26,69). ¡Qué golpe para el corazón de Nuestro Señor! ¡Ah, pobre Pedro, qué dices y qué haces! No sabes quien es, aquel que te llamó en persona para que fueras su apóstol, tú que habías confesado que él era el Hijo de Dios vivo (Mt 16,18). ¡Ah, hombre miserable, cómo te atreves a decir que no sabes quien es! ¿No es aquel que hace poco estaba delante de ti para lavarte los pies, que te alimentó con su cuerpo y su sangre?

¡Que nadie presuma de sus buenas obras ni piense que no tiene nada que temer, ya que San Pedro aunque había recibido tantas gracias y había prometido acompañar al Señor a la prisión y a la muerte, ahora lo negaba ante una simple insinuación de una camarera.

San Pedro, oyendo cantar el gallo, se acordó de lo que había hecho y lo que le había dicho su buen Maestro. Y reconociendo su falta salió y lloró amargamente y recibió el perdón de todos sus pecados. ¡Oh, bienaventurado Pedro, por esta contrición recibiste el perdón general de tu gran deslealtad frente al Señor!… Sé que fueron las miradas sagradas de Nuestro Señor que penetraron tu corazón y te abrieron los ojos para reconocer tu pecado…. Desde entonces, no dejó de llorar, principalmente cuando oía cantar al gallo por la noche y en la madrugada… Por este medio, de gran pecador se convirtió en un gran santo.

San Juan Crisóstomo, Homilía 1, sobre la conversión

«Judas salió inmediatamente, era de noche.» (Jn 13,30)

Judas había expresado su arrepentimiento: “He pecado entregando sangre inocente” (Mt 27,4). Pero el diablo, que había entendido estas palabras, comprendió que Judas estaba en el buen camino y esta transformación le asusta. Después reflexionó: Su maestro es benevolente; en el momento que fue traicionado por él, lloró por su suerte y le ha apelado de mil maneras, sería sorprendente si no lo recibe cuando se arrepiente con toda su alma, se da por vencido para que le ayuden si se levanta y reconoce su culpa. ¿No es por esto por lo qué fue crucificado? Después de estas reflexiones, introdujo una profunda tristeza en la mente de Judas, y lo empujó a una inmensa desesperación, lo desconcertó, y le acosó hasta empujarlo al suicidio para privarlo de la vida después de despojarlo de sus sentimientos de arrepentimiento.

No hay duda de que, de haber estado aún vivo se habría salvado: sólo hay que ver el ejemplo de los verdugos. En efecto, si Cristo ha salvado a los que le crucificaron; si, incluso en la cruz, ruega al Padre e intercede por el perdón de sus pecados (Lc 23,34), ¿cómo no habría acogido al traidor con una benevolencia total, donde se ha demostrado la sinceridad de su conversión? … Pedro le negó tres veces después de participar en la comunión de los santos misterios, y sus lágrimas le absolvieron (Mt 26,75, Jn 21,15 s). Pablo, el perseguidor, el blasfemo, el presuntuoso, Pablo que no sólo ha perseguido al crucificado sino a todos sus discípulos, se convirtió en apóstol después de su conversión. Dios sólo nos pide una ligera penitencia para concedernos el perdón de nuestros pecados.

San Máximo de Turín, Sermón 36 : PL 57, 605

“Judas, se acercó a Jesús…, y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron”(Mc 14,45s)

La paz es un don de la resurrección de Cristo. A las puertas de la muerte, no vaciló en darle esta paz al discípulo que lo entregaba; abrazó al traidor como se abraza al amigo fiel. No creáis que el beso que el Señor le dio a Judas Iscariote estuvo inspirado por otro sentimiento que el de la ternura. Cristo sabía que Judas lo traicionaría. Sabía lo que significaba este signo de amor, y no escapó de el. He aquí la amistad: al que debe morir, no niega un último abrazo; a los seres queridos, no les retira esta última manifestación de dulzura. Pero Jesús esperaba también que este gesto revolviera a Judas y que, asombrado por su bondad, no traicionaría al que le amaba, no entregaría al que le abrazaba. Así este beso fue concedido como una prueba: si lo aceptaba, sería un lazo de paz entre Jesús y su discípulo; si Judas le traicionaba, este beso criminal se convertía en su propia acusación.

El Señor le dice: “¿Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc 22,48) ¿Dónde está el complot del enemigo? ¿Dónde se esconde su astucia? Todo lo secreto se descubre. El traidor se traiciona antes de traicionar a su Maestro. ¿Entregas al Hijo del hombre con un beso? ¿Con sello del amor, hieres? ¿Con gesto de la ternura, derramas sangre? ¿Con el signo de la paz, traes la muerte? ¿Dime en qué consiste este amor? ¿Das un beso y amenazas? Pero estos besos, con los que el servidor traiciona a su Señor, el discípulo a su maestro, el elegido a su creador, estos besos no son besos, sino veneno.

Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret II, c. 3

El misterio del traidor

La perícopa del lavatorio de los pies nos pone ante dos formas diferentes de reaccionar a este don por parte del hombre: Judas y Pedro. Inmediatamente después de haberse referido al ejemplo que da a los suyos, Jesús comienza a hablar del caso de Judas. Juan nos dice a este respecto que Jesús, profundamente conmovido, declaró: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar» (13,21).

Juan habla tres veces de la «turbación» o «conmoción» de Jesús: junto al sepulcro de Lázaro (cf. 11,33.38); el «Domingo de Ramos», después de las palabras sobre el grano de trigo que muere, en una escena que remite muy de cerca a la hora en el Monte de los Olivos (cf. 12,24- 27) y, por último, aquí. Son momentos en los que Jesús se encuentra con la majestad de la muerte y es tocado por el poder de las tinieblas, un poder que Él tiene la misión de combatir y vencer. Volveremos sobre esta «conmoción» del alma de Jesús cuando reflexionemos sobre la noche en el Monte de los Olivos.

Volvamos a nuestro texto. El anuncio de la traición suscita comprensiblemente al mismo tiempo agitación y curiosidad entre los discípulos. «Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, estaba en la mesa a su derecha. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?”. Jesús le contestó: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado”» (13,23ss).

Para comprender este texto hay que tener en cuenta primero que en la cena pascual estaba prescrito cómo acomodarse a la mesa. Charles K. Barrett explica el versículo que acabamos de citar de la siguiente manera: «Los participantes en una cena estaban recostados sobre su izquierda; el brazo izquierdo servía para sujetar el cuerpo; el derecho quedaba libre para poderlo usar. Por tanto, el discípulo que estaba a la derecha de Jesús tenía su cabeza inmediatamente delante de Jesús y, consiguientemente, se podía decir que estaba acomodado frente a su pecho. Como es obvio, podía hablar confidencialmente con Jesús, pero el suyo no era el puesto de honor; éste estaba a la izquierda del anfitrión. No obstante, el puesto ocupado por el discípulo amado era el de un íntimo amigo.; Barrett hace notar en este contexto que existe una descripción paralela en Plinio (p. 437).

Tal como está aquí, la respuesta de Jesús es totalmente clara. Pero el evangelista nos hace saber que, a pesar de ello, los discípulos no entendieron a quién se refería. Podemos suponer por tanto que Juan, repensando lo acontecido, haya dado a la respuesta una claridad que no tenía para los presentes en aquel momento. En 13,18 nos pone sobre la buena pista. En él Jesús dice: «Tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”» (Sal 41,10; cf. Sal 55,14). Éste es el modo de hablar característico de Jesús: con palabras de la Escritura, Él alude a su destino, insertándolo al mismo tiempo en la lógica de Dios, en la lógica de la historia de la salvación.

Estas palabras se hacen totalmente transparentes después; queda claro que la Escritura describe verdaderamente su camino, aunque, por el momento, permanece el enigma. Inicialmente se alcanza a entender únicamente que quien traicionará a Jesús es uno de los comensales; pero posteriormente se va clarificando que el Señor tiene que padecer hasta el final y seguir hasta en los más mínimos detalles el destino de sufrimiento del justo, un destino que aparece de muchas maneras sobre todo en los Salmos. Jesús debe experimentar la incomprensión, la infidelidad incluso dentro del círculo más íntimo de los amigos y, de este modo, «cumplir la Escritura». Él se revela como el verdadero sujeto de los Salmos, como el «David» del que provienen, y a través del cual adquieren sentido.

En lugar de la expresión usada por la Biblia griega para decir «comer», Juan utiliza el término trógein —con el cual Jesús indica en su gran sermón sobre el pan el «comer» su cuerpo y su sangre, es decir, recibir el Sacramento eucarístico (cf. Jn 6,54-58)— y, de este modo, añade una nueva dimensión a la palabra del Salmo retomada por Jesús como profecía sobre su propio camino. Así, la palabra del Salmo proyecta anticipadamente su sombra sobre la Iglesia que celebra la Eucaristía, tanto en el tiempo del evangelista como en todos los tiempos: con la traición de Judas, el sufrimiento por la deslealtad no se ha terminado. «Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba, el que compartía mi pan, me ha traicionado» (Sal 41,10). La ruptura de la amistad llega hasta la fraternidad de comunión de la Iglesia, donde una y otra vez se encuentran personas que toman «su pan» y lo traicionan.

El sufrimiento de Jesús, su agonía, perdura hasta el fin del mundo, ha escrito Pascal basándose en estas consideraciones (cf. Pensées, VII, 553). Podemos expresarlo también desde el punto de vista opuesto: en aquella hora, Jesús ha tomado sobre sus hombros la traición de todos los tiempos, el sufrimiento de todas las épocas por el ser traicionado, soportando así hasta el fondo las miserias de la historia.

Juan no da ninguna interpretación psicológica del comportamiento de Judas; el único punto de referencia que nos ofrece es la alusión al hecho de que, como tesorero del grupo de los discípulos, Judas les habría sustraído su dinero (cf. 12,6). Por lo que se refiere al contexto que nos interesa, el evangelista dice sólo lacónicamente: «Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (13,27).

Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas. Y, sin embargo, la luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: «He pecado», dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero (cf. Mt 27,3ss). Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo. Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mismo y sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. De este modo, nos hace ver el modo equivocado del arrepentimiento: un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente la propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento.

La certeza de la esperanza forma parte del verdadero arrepentimiento, una certeza que nace de la fe en que la Luz tiene mayor poder y se ha hecho carne en Jesús.

Juan concluye el pasaje sobre Judas de una manera dramática con las palabras: «En cuanto Judas tomó el bocado, salió. Era de noche» (13,30). Judas sale fuera, y en un sentido más profundo: sale para entrar en la noche, se marcha de la luz hacia la oscuridad; el «poder de las tinieblas» se ha apoderado de él (cf. Jn 3,19; Lc 22,53).

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