Jn 14, 21-26: El Paráclito os lo enseñará todo

El Texto (Jn 14, 21-26)

21 El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.»

22 Le dice Judas – no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» 23 Jesús le respondió:

«Si alguno me ama,
guardará mi Palabra,
y mi Padre le amará,
y vendremos a él,
y haremos morada en él.
24 El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado.
25 Os he dicho estas cosas estando entre vosotros.
26 Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Agustín, In Ioannem tract., 75-77

21. «El que tiene mis mandamientos y los guarda…» Quien tiene presentes los mandamientos en la memoria y los guarda en la vida; quien los tiene en sus palabras, y los practica en sus obras; quien los tiene en sus oídos, y los practica haciendo; quien los tiene obrando y perseverando, «ése es el que me ama». El amor debe demostrarse con obras, para que su nombre no sea infructuoso.

«…y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré» Pero ¿qué es eso de le amaré? ¿Es que al presente no ama? Se explica esta dificultad por lo siguiente: «y me manifestaré a él.», esto es, hasta tal punto lo amaré, que me manifestaré a él, y obtendremos como premio de nuestra fe la visión. Entonces nos amaba hasta concedernos la fe; después hasta darnos la visión. Ahora amamos creyendo lo que veremos, mas entonces amaremos viendo lo que hemos creído.

Prometió que sería visto por sus amadores, como Dios con el Padre, y no a la manera que era visto en la tierra, en cuerpo, y hasta por los malos (Ad Paulinam de videndo Deo cap. 1).

22. Como el Señor había dicho “Todavía un poco, y el mundo no me verá, pero vosotros me veréis” (Jn 14,19), le interroga acerca de este punto Judas, no el traidor que se denominaba Iscariotes, sino aquel que dejó una epístola entre las Escrituras canónicas. Por eso dice: «Le dice Judas – no el Iscariote -: “Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?”» Le pregunta la causa por qué se ha de manifestar a ellos y no al mundo. Y el Señor le explica la causa por qué se ha de manifestar a ellos y no a los extraños, a saber: porque lo aman, y aquéllos no. Respondió Jesús y les dijo: “Si alguien me ama, guardará mis palabras”, etc.

23. «Jesús le respondió: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará…”» El amor aparta del mundo a los santos. Es el único que hace a los concordes habitar en la mansión en que el Padre y el Hijo moran. Ellos dan este amor, a los que concederán por fin su contemplación. Hay cierta manifestación interior de Dios, que los impíos desconocen por completo, porque para éstos no hay manifestación alguna de Dios Padre y Espíritu Santo. La del Hijo pudo existir, pero en carne, que no es tampoco como aquélla, ni pudo ser por mucho tiempo, sino por breve, y esto no para alegría, sino para condenación; no para premio, sino para castigo. Después continúa: «” …y vendremos a él”» En efecto, vienen a nosotros, si vamos nosotros a ellos; vienen con su auxilio, nosotros con la obediencia; vienen iluminándonos, nosotros contemplándolos; vienen llenándonos de gracias, nosotros recibiéndolas, para que su visión no sea para nosotros algo exterior, sino interno, y el tiempo de su morada en nosotros no transitorio sino eterno. Por eso continúa: «”… y haremos morada en él.”».

¿Creerá alguien quizá que porque el Padre y el Hijo habitan en sus escogidos, se excluya al Espíritu Santo? ¿Pues no dice más arriba hablando del Espíritu Santo: “Con vosotros habitará y en vosotros estará”? (Jn 14,17). ¿O es que hay alguien tan inclinado a lo absurdo que crea que con la venida del Padre y del Hijo, se apartará el Espíritu Santo para ceder el puesto a personas mayores? Mas a este pensamiento natural, responde la Sagrada Escritura, cuando dice: “Para que permanezca eternamente con vosotros” (Jn 14,16). Tendrá, pues, la misma mansión que el Padre y el Hijo por toda la eternidad. Porque ni el Espíritu Santo viene sin Ellos, ni Ellos sin El. Mas para hacer la separación de la Trinidad, se dicen algunas cosas de cada una de las personas separadamente. Sin embargo, no pueden entenderse excluyendo las otras, por la unidad de sustancia.

24. Acaso quiso establecer cierta distinción con la palabra al decir “palabras” en plural: «El que no me ama no guarda mis palabras», para que cuando se refiriese a “la palabra” (esto es, el Verbo) que no es de sí misma sino «del Padre que me ha enviado», esto se entendiese de El mismo. Porque El no es Verbo de sí mismo, sino del Padre; así como tampoco es imagen de sí mismo, sino del Padre; ni Hijo de sí mismo, sino del Padre. Por eso atribuye con mucha razón al Autor de todo cuanto hace igualmente, porque de El le viene el serle igual en todo.

25. «Os he dicho estas cosas estando entre vosotros.» La convivencia que les promete para lo futuro es distinta de aquella que al presente les concede. La primera es espiritual y radica en lo interior; ésta corporal y susceptible de manifestarse a lo exterior por los ojos y los oídos.

26. «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.» Sugerirá (esto es, nos traerá a la memoria) y aun debemos entender que se nos manda no olvidar, que los salubérrimos preceptos que Cristo nos conmemoró, pertenecen a la gracia.

Teofilacto

21a. «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama…» Como diciendo: Vosotros creéis que es signo de amor el contristaros por mi muerte, y yo sólo reputo como signo el observar mis mandatos. Qué ventajas reporta el que ama, lo manifiesta diciendo: «porque el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.»

21b. «y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.»Dijo esto porque después de la resurrección aparecería a ellos en forma corporal que dejase ver mejor la divinidad, y les predice esto para que después no crean que es un simple espíritu o fantasma. Y entonces, viéndolo, no desconfíen, sino que recuerden que se aparece a ellos porque han guardado sus mandamientos. De esta manera quedarían obligados a guardarlos siempre, para que siempre se aparezca a ellos.

26. «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.» En efecto, el Espíritu Santo, no sólo enseñó, sino que también recordó. Enseñó todo aquello que Cristo no había enseñado por superar a nuestras fuerzas, y recordó todas las cosas que el Señor había dicho, y que ya sea por su oscuridad, ya sea por la torpeza de ellos, no habían podido conservar en la memoria.

San Gregorio In Evang. hom 30

23. «Jesús le respondió: “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.”» La prueba del amor está en las obras: el amor de Dios nunca es ocioso, porque si es muy intenso obra grandes cosas, y cuando rehúye obrar ya no es amor.

Viene en verdad al corazón de algunos, y no hace morada en ellos, porque si bien se vuelven a Dios por la contrición, después, cuando están en la tentación, se olvidan del arrepentimiento y vuelven a sus pecados, como si no los hubieran deplorado. Pero en el corazón del que ama a Dios verdaderamente, Dios desciende y mora: porque de tal manera está penetrado del amor divino, que ni aun en el tiempo de la tentación lo echa en olvido. Verdaderamente ama a Dios aquel que no se deja dominar un momento en su alma por los malos deleites.

24. Tanto más se aleja uno del amor supremo cuanto más se acerca a las cosas inferiores. Por esta razón dice: «El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado.». En el amor del Creador deben buscarse, pues, la lengua, el entendimiento y la vida.

26. «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre…» La palabra griega παρακλητο [1] (quiere decir abogado y consolador. Y se llama abogado, porque se interpone entre nuestras culpas y la justicia del Padre, haciendo que aquellos que de su inspiración se llenan, se conviertan en penitentes. Y se llama consolador el mismo Espíritu, porque libra de la aflicción el alma de aquellos que, habiendo merecido el perdón de sus pecados, los prepara con esa esperanza.

«… os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.» Ociosa será la enseñanza del doctor si el Espíritu Santo no asiste al corazón del que oye, y así nadie adjudique al maestro lo que oye de sus labios. Porque si en su interior no está el que enseña, la lengua del doctor trabaja en vano para expresarse. Ni aun el mismo Creador habla al hombre para su enseñanza, si no hace preceder al Espíritu Santo por la unción. ¿Acaso es que el Hijo habla y el Espíritu Santo enseña, de tal suerte, que al hablar el Hijo sigamos la doctrina y la entendamos por el auxilio del Espíritu Santo? Luego toda la Trinidad dice y enseña; pero la débil inteligencia humana no puede comprender sus operaciones, sino atribuyéndolas separadamente a las personas.

Debemos inquirir por qué se dice del mismo Espíritu Santo: “Os sugerirá todas las cosas”, siendo oficio de inferior el sugerir. Pero como también por sugerir entendemos algunas veces el hecho de suministrar, decimos que el Espíritu invisible sugiere, no porque inspire en nosotros la ciencia de lo profundo, sino la de lo oculto.


Notas

[1] En griego, παρακλητος, el que ayuda consolando, exhortando, mediando. También significa abogado, particularmente el que aboga ante Dios.

San Juan Crisóstomo In Ioannem hom., 74

22-24. Pensó acaso Judas que como nosotros vemos los muertos entre sueños, de la misma suerte habrían de verle. Por tanto, pregunta: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Como diciendo: ¡Ay de nosotros! Que morirás y luego te presentarás como muerto. Para que no incurrieran en este error, dice: «Yo y mi vendremos a él». Como diciendo: De la misma manera que el Padre se manifestará, me manifestaré yo. «Y haremos morada en él.», lo cual no es propio de los sueños. «Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado», como diciendo: No sólo a mí, sino que tampoco al Padre ama el que no oye mi palabra. Dice esto, porque nada habla fuera del Padre, ni nada que Este desapruebe.

25. Habiéndoles dicho algunas cosas de las cuales unas eran inteligibles y otras no entendieron, para que no se turbasen, prosigue: «Os he dicho estas cosas estando entre vosotros.»

26. Los prepara para que pueda hacérseles más llevadera su ausencia corporal, prometiéndoles que ésta será origen y fuente de grandes bienes para ellos. Porque mientras El no se ausentase y no viniese el Espíritu Santo, nada grande podían saber. Sigue por ende: «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.»

26. «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.» Constantemente le llama Paráclito, porque alivia sus aflicciones.

Dídimo, De Spiritu sancto

26. «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.» El Salvador afirma que el Espíritu Santo será enviado por el Padre en su nombre, siendo propiamente el nombre de Salvador el del Hijo. De este modo se significa con esta palabra la unidad de naturaleza, y la propiedad (si es lícito expresarse así) de las personas. El venir en nombre del Padre, es sólo propio del Hijo, salvadas las relaciones entre el Padre y el Hijo, y ninguno otro viene en el nombre del Padre, sino, por ejemplo, en el nombre del Señor, Dios Todopoderoso. Como los siervos que vienen en el nombre del Señor, por lo mismo que están sometidos y sirven, testimonian al Señor (siendo siervos del Señor), así también el Hijo, que viene en el nombre del Padre, lleva su nombre, porque así se prueba como tal Hijo Unigénito. Y como el Espíritu Santo se envía en el nombre del Hijo, se demuestra la unidad en que está con el Hijo: de donde también se dice Espíritu del Hijo por su adopción, haciendo hijos a aquellos que habían querido recibirle. Mas este Espíritu Santo, que viene en el nombre del Hijo enviado por el Padre, enseñará todas las cosas a los que han sido perfeccionados en el nombre de Cristo, en cuanto aquéllas corresponden a lo espiritual y a los sacramentos intelectuales de la verdad y de la sabiduría. Mas enseñará, no como se aprenden ciertas artes y la ciencia con esfuerzo y diligencia, sino como corresponde a aquel arte que es a la vez doctrina y sabiduría, inspirando invisiblemente el Espíritu de la verdad la ciencia de lo divino en el entendimiento.

Alcuino

21. Por el amor y observancia de sus mandamientos se llevará a cabo lo que se empezó por El, a saber: que El esté en nosotros y nosotros en El. Y para que se comprenda que esta felicidad es asequible a todos y no sólo a los apóstoles, añade: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama…»


Homilías, comentarios, meditaciones desde la Tradición de la Iglesia

San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios, n. 30

«El Paráclito os recordará todo lo que os he dicho» (Jn 14,26)

«Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada». Pensad en ello, hermanos muy amados, ¡Qué fiesta recibir a Dios en la morada de nuestro corazón! Si un amigo rico y poderoso quisiera entrar en tu casa, obviamente, limpiarías toda la casa, para que nada le molestara al entrar. Lo mismo quien prepara para Dios la morada de su alma, limpia la suciedad de sus malas acciones.

Fíjate bien lo que dice la Verdad: “vendremos y haremos en su casa nuestra morada». Porque Dios puede pasar por el corazón de algunos sin hacer su casa.

Cuando tienen remordimientos, ven bien la mirada de Dios; pero cuando viene la tentación, olvidan el propósito de su anterior arrepentimiento y caen en sus pecados, como si nunca los hubieran llorado. Por el contrario, en el corazón de quien verdaderamente ama a Dios, que observa sus mandamientos, el Señor viene y hace su casa, porque el amor de Dios le llena tanto que no se aparta de este amor en el momento de la tentación. Por lo tanto aquel cuya alma no acepta ser dominada por un mal placer, ama verdaderamente a Dios… de aquí esta precisión: “Aquellos que no me aman, no guardan mis palabras”. Examinaros cuidadosamente, queridos hermanos; Preguntaros si realmente amais a Dios. Pero no os fiéis de la respuesta de vuestro corazón sin compararlo con vuestras acciones.

«El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado.» (cf Jn 14,26)

El Espíritu os enseñará todo. Porque si el Espíritu no toca el corazón de los que escuchan, la palabra de los que enseñan sería vana. Que nadie atribuya a un maestro humano la inteligencia que proviene de sus enseñanzas. Si no fuera por el Maestro interior, el maestro exterior se cansaría en vano hablando.

Vosotros todos que estáis aquí, oís mi voz de la misma manera; y no obstante, no todos comprendéis de la misma manera lo que oís. La palabra del predicador es inútil si no es capaz de encender el fuego del amor en los corazones. Aquellos que dijeron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32) habían recibido este fuego de boca de la misma verdad. Cuando uno escucha una homilía, el corazón se enardece y el espíritu se enciende en el deseo de los bienes del reino de Dios. El auténtico amor que le colma, le provoca lágrimas y al mismo tiempo le llena de gozo. El que escucha así se siente feliz de oír estas enseñanzas que le vienen de arriba y se convierten dentro de nosotros en una antorcha luminosa, nos inspiran palabras enardecidas. El Espíritu Santo es el gran artífice de estas transformaciones en nosotros.

Beato Juan van Ruysbroeck, Las Bodas espirituales, III

«El Espíritu Santo os lo enseñará todo» (Jn 14,26)

La vida contemplativa es la vida del cielo… En efecto, gracias al amor de unión con Dios, el hombre traspasa su ser de criatura, para descubrir y saborear la opulencia y las delicias que el mismo Dios es y que deja que fluyan sin cesar en lo más escondido del ser humano, allí donde éste es semejante a la nobleza de Dios. Cuando el hombre recogido y contemplativo llega así a encontrar su imagen eterna, y cuando, en esta nitidez, gracias al Hijo, encuentra su lugar en el seno del Padre, es iluminado por la verdad divina…

Porque es preciso saber que el Padre celestial, abismo viviente, a través de las obras y con todo lo que vive en él, se gira hacia su Hijo como hacia su eterna Sabiduría (Pr 8,22s); y esta misma Sabiduría, con todo lo que vive en ella y a través de sus obras, se refleja en el Padre, es decir, en este abismo del cual ella ha salido. De este encuentro brota la tercera Persona, la que es entre el Padre y el Hijo, es decir, el Espíritu Santo, su común amor, que es uno con ellos en unidad de naturaleza. Este amor abraza y atraviesa con fruición al Padre, al Hijo y a todo lo que vive en ellos, y esto con una opulencia y un gozo tal que todas las criaturas quedan absortas en un silencio eterno. Porque la maravilla inaccesible, escondida en este amor, sobrepasará eternamente a la comprensión de toda criatura.

Cuando reconocemos esta maravilla y la saboreamos sin asombro, es señal de que nuestro espíritu se encuentra más allá de sí mismo y que se hace uno con el Espíritu de Dios, saboreando y contemplando sin medida, igual que Dios saborea y contempla su propia riqueza en la unidad de su profundidad viviente, según su modo de ser increado… Este delicioso encuentro, que se realiza en nosotros según el modo de Dios, se renueva constantemente… Porque de la misma manera que el Padre mira sin cesar todas las cosas como nuevas en su nacimiento en su Hijo, son de la misma forma amadas de manera nueva por el Padre y por el Hijo en el constante fluir del Santo Espíritu. Este es el encuentro del Padre y del Hijo en el cual somos amorosamente abrazados, gracias al Santo Espíritu, en un amor eterno.

San Juan Pablo Magno, papa

Homilía, Ischia, 05-05-2002 : Sólo el amor es creíble

VISITA PASTORAL A ISCHIA (ITALIA)

[Hay] una tercera palabra que quisiera dirigiros:  “¡ama!”. La escucha y la acogida abren el corazón al amor. El pasaje del evangelio de san Juan que acabamos de leer nos ayuda a comprender mejor esta misteriosa realidad. Nos muestra que el amor es la plena realización de la vocación de la persona según el designio de Dios. Este amor es el gran don de Jesús, que nos hace verdadera y plenamente hombres. “El que acepta mis mandamientos y los guarda -dice el Señor-, ese me ama. Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelará a él” (Jn 14, 21).

Cuando nos sentimos amados, nos resulta más fácil amar. Cuando experimentamos el amor de Dios, estamos más dispuestos a seguir a Aquel que amó a sus discípulos “hasta el extremo” (Jn13, 1), es decir, hasta la entrega total de sí mismo.

La humanidad necesita hoy, tal vez más que nunca, este amor, porque sólo el amor es creíble. La fe inquebrantable en este amor inspira en los discípulos de Jesús de todas las épocas pensamientos de paz, abriendo horizontes de perdón y concordia. Ciertamente, esto es imposible según la lógica del mundo, pero todo resulta posible para quien se deja transformar por la gracia del Espíritu de Cristo, derramada con el bautismo en nuestro corazón (cf. Rm 5, 5).

5. … Sé dócil y obediente a la palabra de Dios y serás laboratorio de paz y de auténtico amor. Así llegarás a ser una Iglesia cada vez más acogedora, donde todos se sientan como en su casa. Los que vengan a visitarte saldrán fortalecidos en el cuerpo, pero aún más robustecidos en el espíritu.

Bajo la guía iluminada y prudente de tu pastor, sé una comunidad que sepa escuchar, una tierra dispuesta a acoger, y una familia que se esfuerce por amar a todos en Cristo.

Te encomiendo a la Virgen María, Madre del Amor hermoso, para que te ayude a hacer que resplandezca tu identidad de Iglesia de Cristo, de Iglesia del amor.

Que te sirvan de ejemplo y te ayuden tus santos patronos, en los que se ha concretado de modo visible y creíble la caridad divina.

… El soplo del Espíritu de Cristo te impulsa hacia los horizontes ilimitados de la santidad. No temas. Al contrario, rema mar adentro con confianza. Avanza siempre con confianza.

¡Alabado sea Jesucristo!

Catequesis, Audiencia general, 13-10-1999 : Poder amar es fruto del Misterio Pascual

[…] 3. La caridad constituye la esencia del «mandamiento» nuevo que enseñó Jesús. En efecto, la caridad es el alma de todos los mandamientos, cuya observancia es ulteriormente reafirmada, más aún, se convierte en la demostración evidente del amor a Dios: «En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5, 3). Este amor, que es a la vez amor a Jesús, representa la condición para ser amados por el Padre: «El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21).

El amor a Dios, que resulta posible gracias al don del Espíritu, se funda, por tanto, en la mediación de Jesús, como él mismo afirma en la oración sacerdotal: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17, 26). Esta mediación se concreta sobre todo en el don que él ha hecho de su vida, don que por una parte testimonia el amor mayor y, por otra, exige la observancia de lo que Jesús manda: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando» (Jn 15, 13-14).

La caridad cristiana acude a esta fuente de amor, que es Jesús, el Hijo de Dios entregado por nosotros. La capacidad de amar como Dios ama se ofrece a todo cristiano como fruto del misterio pascual de muerte y resurrección.

4. La Iglesia ha expresado esta sublime realidad enseñando que la caridad es una virtud teologal, es decir, una virtud que se refiere directamente a Dios y hace que las criaturas humanas entren en el círculo del amor trinitario. En efecto, Dios Padre nos ama como ama Cristo, viendo en nosotros su imagen. Esta, por decirlo así, es dibujada en nosotros por el Espíritu Santo, que como un artista de iconos la realiza en el tiempo.

También es el Espíritu Santo quien traza en lo más íntimo de nuestra persona las líneas fundamentales de la respuesta cristiana. El dinamismo del amor a Dios brota de una especie de «connaturalidad» realizada por el Espíritu Santo, que nos «diviniza», según el lenguaje de la tradición oriental.

Con la fuerza del Espíritu Santo, la caridad anima la vida moral del cristiano, orienta y refuerza todas las demás virtudes, las cuales edifican en nosotros la estructura del hombre nuevo. Como dice el Catecismo de la Iglesia católica, «el ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino» (n. 1827). Como cristianos, estamos siempre llamados al amor.

Homilía, Bucarest, 09-05-1999 : Amar a Cristo

VIAJE PASTORAL A RUMANÍA

5. «Al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él» (Jn 14, 21).

Estas palabras, que Jesús dirigió a sus discípulos la víspera de su pasión, son hoy para nosotros una invitación urgente a proseguir por este camino de fidelidad y amor. Amar a Cristo es el fin último de nuestra existencia: amarlo en las situaciones concretas de la vida, para que se manifieste al mundo el amor del Padre; amarlo con todas nuestras fuerzas, para que se realice su proyecto de salvación y los creyentes lleguen en él a la comunión plena. ¡Que jamás se apague en el corazón este ardiente deseo!

[…] No tengáis miedo: abrid de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo salvador. Él os ama y está cerca de vosotros; os llama a un renovado compromiso de evangelización. La fe es don de Dios y patrimonio de incomparable valor, que hay que conservar y difundir. Para defender y promover los valores comunes, estad siempre abiertos a una colaboración eficaz con todos los grupos étnico-sociales y religiosos, que componen vuestro país. Que todas vuestras decisiones estén animadas siempre por la esperanza y el amor.

María, Madre del Redentor, os acompañe y proteja, para que podáis escribir nuevas páginas de santidad y de generoso testimonio cristiano en la historia… Amén.

Catequesis, Audiencia general, 10-03-1999 : Participar en la plenitud de la vida divina

[…] La fe cristiana comprende la igualdad de las tres personas divinas: el Hijo y el Espíritu son iguales al Padre, no como principios autónomos, como si fueran tres dioses, sino en cuanto reciben del Padre toda la vida divina, distinguiéndose de él y recíprocamente sólo en la diversidad de las relaciones (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 254).

Misterio sublime, misterio de amor, misterio inefable, frente al cual la palabra debe ceder su lugar al silencio de la admiración y de la adoración. Misterio divino que nos interpela y conmueve, porque por gracia se nos ha ofrecido la participación en la vida trinitaria, a través de la encarnación redentora del Verbo y el don del Espíritu Santo: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

4. Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, creyentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: «Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que todo converge en el Padre, mediante Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esto es lo que subraya el Catecismo de la Iglesia católica: «Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259).

El Hijo se ha convertido en «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29); a través de su muerte, el Padre nos ha reengendrado (cf. 1 P 1, 3; también Rm 8, 32; Ef 1, 3), de modo que en el Espíritu Santo podemos invocarlo con la misma expresión usada por Jesús: Abbá (cf. Rm 8, 15; Ga 4, 6). San Pablo ilustra ulteriormente este misterio, diciendo que «el Padre nos ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz. Él nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido» (Col 1, 12-13). Y el Apocalipsis describe así el destino escatológico de quien lucha y vence con Cristo la fuerza del mal: «Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono» (Ap 3, 21). Esta promesa de Cristo nos abre una perspectiva maravillosa de participación en su intimidad celestial con el Padre.

Catequesis, Audiencia general, 24-04-1991 : Magisterio íntimo del Espíritu

2. El Espíritu Santo fue Luz y Maestro interior para los Apóstoles que debían conocer a Cristo en profundidad, a fin de poder llevar a cabo la tarea de ser sus evangelizadores. Lo ha sido y lo es para la Iglesia y, en la Iglesia, para los creyentes de todas las generaciones; de modo particular, para los teólogos y los maestros del espíritu, para los catequistas y los responsables de comunidades cristianas. Lo ha sido y lo es también para todos aquellos que, dentro y fuera de los límites visibles de la Iglesia, quieren seguir los caminos de Dios con corazón sincero y, sin culpa, no encuentran quién los ayude a descifrar los enigmas del alma y a descubrir la verdad revelada. Ojalá que el Señor conceda a todos nuestros hermanos ―millones, es más, millares de millones― la gracia del recogimiento y de la docilidad al Espíritu Santo en los momentos que pueden ser decisivos en su vida.

Para nosotros, los cristianos, el magisterio íntimo del Espíritu Santo es una certeza gozosa, fundada en la palabra de Cristo sobre la venida del «otro Paráclito» que, según decía, «el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26). «Os guiará hasta la verdad completa» (Jn 16, 13).

3. Como resulta de este texto, Jesús no confía su palabra sólo a la memoria de sus oyentes: esta memoria será auxiliada por el Espíritu Santo, que reavivará continuamente en los Apóstoles el recuerdo de los acontecimientos y el sentido de los misterios evangélicos.

De hecho, el Espíritu Santo guió a los Apóstoles en la transmisión de la palabra y de la vida de Jesús, inspirando ya sea su predicación oral y sus escritos, ya la redacción de los evangelios, como hemos visto en su momento en la catequesis sobre el Espíritu Santo y la revelación.

Pero sigue siendo él mismo el que ayuda a los lectores de la Escritura para que comprendan el significado divino que encierra el texto, del que es inspirador y autor principal: sólo él puede hacer conocer «las profundidades de Dios» (1 Co 2, 10), tal como están contenidas en el texto sagrado; él es quien ha sido enviado para instruir a los discípulos sobre las enseñanzas del Maestro (cf. Jn 16, 13).

[…] 6. El Espíritu Santo enseña al cristiano la verdad como principio de vida y le muestra la aplicación concreta de las palabras de Jesús en su vida. Además, hace descubrir la actualidad del Evangelio y su valor para todas las situaciones humanas, adapta la inteligencia de la verdad a todas las circunstancias, a fin de que esta verdad no permanezca sólo como abstracta y especulativa, y libera al cristiano de los peligros de la doblez y de la hipocresía.

Por eso, el Espíritu Santo ilumina a cada uno personalmente, para guiarlo en su comportamiento, indicándole el camino que tiene que seguir y abriéndole por lo menos alguna perspectiva en relación con el proyecto del Padre acerca de su vida. Es la gran gracia de luz que san Pablo pedía para los Colosenses: «La inteligencia espiritual», capaz de hacer que ellos comprendan la voluntad divina. En efecto, los tranquilizaba: «Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad [de Dios] con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena…» (Col 1, 9-10). Para todos nosotros es necesaria esta gracia de luz, a fin de que conozcamos bien la voluntad de Dios sobre nosotros y podamos vivir plenamente nuestra vocación personal.

No faltan nunca problemas que a veces parecen insolubles. Pero el Espíritu Santo socorre en las dificultades e ilumina. Puede revelar la solución divina, como en el momento de la Anunciación para el problema de la conciliación de la maternidad con el deseo de conservar la virginidad. Aunque no se trate de un misterio único, como el de la intervención de María en la encarnación del Verbo, puede decirse que el Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de la mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables.

7. El Espíritu Santo concede y obra todo esto en el alma mediante sus dones, gracias a los cuales es posible practicar un buen discernimiento, no según los criterios de la sabiduría humana, que es necedad ante Dios, sino de la divina, que puede parecer necedad a los ojos de los hombres (cf. 1 Co 1, 18-25). En realidad, sólo el Espíritu «todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Co 2, 10-11). Y si hay oposición entre el espíritu del mundo y el Espíritu de Dios, Pablo recuerda a los cristianos: «Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado» (1 Co 2, 12). A diferencia del «hombre natural», el «hombre espiritual» (pneumaticòs), está abierto sinceramente al Espíritu Santo y es dócil y fiel a sus inspiraciones (cf. 1 Co 2, 14-16). Por eso tiene habitualmente la capacidad de un juicio recto, bajo la guía de la sabiduría divina.

8. Un signo del contacto real con el Espíritu Santo en el discernimiento es y será siempre la adhesión a la verdad revelada como la propone el Magisterio de la Iglesia. El Maestro interior no inspira el disentimiento, la desobediencia y ni siquiera la resistencia injustificada frente a los pastores y maestros establecidos por él mismo en la Iglesia (cf. Hch 20, 29). A la autoridad de la Iglesia, como dice el Concilio en la constitución Lumen gentium (n. 12), compete «ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5, 12 y 19-21)». Esta línea de sabiduría eclesial y pastoral viene también del Espíritu Santo.

Catequesis, Audiencia general, 20-03-1991: Inhabitación del Espíritu en nosotros

5. Jesús mismo, la víspera de su partida de este mundo para volver al Padre mediante la cruz y la ascensión al cielo, anuncia a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 16-17). Pero Él mismo dice que esa presencia del Espíritu Santo, su inhabitación en el corazón humano, que implica también la del Padre y del Hijo, está condicionada por el amor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).

En el discurso de Jesús, la referencia al Padre y al Hijo incluye al Espíritu Santo, a quien san Pablo y la tradición patrística y teológica atribuyen la inhabitación trinitaria, porque es la Persona-Amor y, por otra parte, la presencia interior es necesariamente espiritual. La presencia del Padre y del Hijo se realiza mediante el Amor y, por tanto, en el Espíritu Santo. Precisamente en el Espíritu Santo, Dios, en su unidad trinitaria, se comunica al espíritu del hombre.

Santo Tomás de Aquino dirá que sólo en el espíritu del hombre (y del ángel) es posible esta clase de presencia divina ―por inhabitación―, pues sólo la criatura racional es capaz de ser elevada al conocimiento, al amor consciente y al goce de Dios como Huésped interior: y esto tiene lugar por medio del Espíritu Santo que, por ello, es el primero y fundamental Don (Summa Theol., I, q. 38, a. 1).

6. Pero, por esta inhabitación, los hombres se convierten en «templos de Dios», de Dios-Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien habita en ellos, como recuerda el Apóstol a los Corintios (cf. 1 Co 3, 16). Y Dios es santo y santificante. Más aún, el mismo Apóstol especifica un poco más adelante: «¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en vosotros y habéis recibido de Dios?» (1 Co 6, 19). Por consiguiente, la inhabitación del Espíritu Santo implica una especial consagración de toda la persona humana (San Pablo subraya en ese texto su dimensión corpórea) a semejanza del templo. Esta consagración es santificadora, y constituye la esencia misma de la gracia salvífica, mediante la cual el hombre accede a la participación de la vida trinitaria en Dios. Así, se abre en el hombre una fuente interior de santidad, de la que deriva la vida «según el Espíritu», como advierte Pablo en la carta a los Romanos (8, 9): «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros”. Aquí se funda la esperanza de la resurrección de los cuerpos, porque «si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).

7. Es preciso notar que la inhabitación del Espíritu Santo ―que santifica a todo el hombre, alma y cuerpo― confiere una dignidad superior a la persona humana, y da nuevo valor a las relaciones interpersonales, incluso corporales, como advierte san Pablo en el texto de la primera carta a los Corintios que acabamos de citar (1 Co 6, 19).

El cristiano, mediante la inhabitación del Espíritu Santo, llega a encontrarse en una relación particular con Dios, que se extiende también a todas las relaciones interpersonales, tanto en el ámbito familiar como en el social. Cuando el Apóstol recomienda «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4, 30), se basa en esta verdad revelada: la presencia personal de un Huésped interior, que puede ser «entristecido» a causa del pecado ―mediante todo pecado― , ya que éste es siempre contrario al amor. Él mismo, como Persona-Amor, morando en el hombre, crea en el alma una especie de exigencia interior de vivir en el amor. Lo sugiere san Pablo cuando escribe a los Romanos que el amor de Dios (es decir, la poderosa corriente de amor que viene de Dios) «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

Catequesis, Audiencia general, 26-09-1990 : El Espíritu, garante de la Verdad

3. En el discurso de despedida, el Parakletos es llamado varias veces el Espíritu de la verdad (cf. Jn 14, 17). Y a esa característica se vincula la misión que le ha sido confiada con respecto a los Apóstoles y a la Iglesia: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26). “Enseñar”, “recordar”: estas actividades manifiestan claramente que el Espíritu es una Persona; sólo una persona las puede llevar a cabo. La misión de predicar la verdad, confiada por Cristo a los Apóstoles y a la Iglesia, está ligada, y lo seguirá estando siempre, con la actividad personal del Espíritu de la verdad.

La misma observación vale para el “testimonio” que debe dar de Cristo ante el mundo. “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí (Jn 15, 26). Sólo una persona puede dar testimonio de otra. Los Apóstoles deberán dar testimonio de Cristo. Su testimonio de personas humanas estará apoyado y confirmado por el testimonio de una Persona divina, el Espíritu Santo.

4. Por eso mismo, el Espíritu Santo es también el maestro invisible que seguirá impartiendo de generación en generación la misma enseñanza de Cristo: su Evangelio. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir” (Jn 16, 13). De aquí se deduce que el Espíritu Santo no sólo velará en la Iglesia por la solidez y la identidad de la verdad de Cristo, sino que también indicará el camino de la transmisión de esa verdad a las generaciones, siempre nuevas, que se sucederán en las diversas épocas, a los pueblos y a las sociedades de los diversos lugares, dando a cada uno la fuerza para adherirse interiormente a esa verdad y para conformarse a ella en la propia vida.

[…]  7. Jesús anuncia que el Espíritu Santo vendrá para permanecer con nosotros: “Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14, 16); para que esté él mismo, no sólo su poder, su sabiduría, su acción, sino él mismo como Persona.

Más aún: él mismo permanecerá no sólo “con nosotros”, sino también “en nosotros”. “Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y en vosotros está” (Jn 14, 17). Estas palabras expresan la inhabitación del Espíritu Santo como huésped interior del corazón del hombre: de todo hombre que lo acoge, de todas las almas que se adhieren a Cristo. También el Padre y el Hijo vendrán a “hacer morada” en estas almas (Jn14, 23); por consiguiente, toda la Trinidad está presente en ellas, pero tratándose de una presencia espiritual, esa presencia se refiere de modo más directo a la Persona del Espíritu Santo.

8. Por esta presencia operante en el alma, el hombre puede llegar a ser aquel “adorador verdadero” del Dios que “es espíritu” (Jn 4, 24), como dice Jesús en el encuentro con la samaritana junto al pozo de Jacob (cf. Jn 4, 23). La hora de aquellos que “adoran al Padre en espíritu y en verdad” ha llegado con Cristo y se hace realidad en toda alma que acoge al Espíritu Santo y vive según su inspiración y bajo su dirección personal. Es lo más grande y lo más santo en la espiritualidad religiosa del cristianismo.

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Catequesis, Audiencia general, 04-04-1984 : Frutos del perdón sacramental

[…] Cuando el sacramento de la reconciliación nos encuentra en pecado grave y lo recibimos con las disposiciones necesarias, entonces nos libera de las culpas y nos devuelve la vida de gracia. Ciertamente la absolución que se nos ofrece en nombre de Dios en Cristo, a través de la mediación de la Iglesia, no hace ciertamente que los pecados cometidos no hayan sido cometidos en su realidad histórica. Pero por medio de ella, la potencia de la misericordia divina nos conduce de nuevo a la dignidad de hijos de Dios, que habíamos recibido en el bautismo.

El catecismo nos ha enseñado a hablar de “gracia habitual”, esto es, de una vida nueva y divina que se nos da: ésta hace presente en nosotros el “Espíritu de Cristo” (Rom 8, 9), que nos “conforma” con el Señor Jesús (cf. Rom 8, 29), a fin de que en la fraternidad eclesial encontrada de nuevo (cf. 1Cor 2, 11) podamos “repetir” en nosotros (cf Ef 2, 3-6) el misterio de la muerte y de la resurrección del Redentor, recuperando y revalorizando así de modo nuevo el elemento auténticamente humano de la existencia.

2. No se trata, pues, de “algo” que se nos aplica como desde el exterior. En el creyente pecador y perdonado vuelve a “habitar” el Espíritu Santo (cf. Rom 8, 11; 1Cor 2, 12; 3, 16; 16, 19; 2 Cor 3, 3; 5, 5; Gál 3, 2-5; 4, 6) como nos prometió el Señor Jesús (cf. Jn 14, 15-17); más aún, vuelve a “poner su morada” Cristo mismo con el Padre (cf. Jn 14, 23; Ap 3, 20).

Y una presencia semejante no se da sin consecuencias felices sobre el ser y el actuar del fiel, liberado de la culpa mortal. Este queda de nuevo transformado íntimamente, cambiado ontológicamente, de manera que se convierte otra vez en “criatura nueva” (Gál 6, 15), “partícipe de la naturaleza divina” (cf. 2Pe 1, 34), singularmente “marcada” y modelada a imagen y semejanza del Hijo de Dios (cf. 1Cor 12, 13; 2Cor 1, 21-22; Ef 1, 13; 4, 30).

Aún más: el fiel, liberado de la culpa mortal, vuelve a adquirir un nuevo principio de acción que es el mismo Espíritu, de manera que se hace capaz de un conocimiento y una voluntad nueva según Dios (cf. 1 Jn 3, 1-2: 4, 7-8): vive para el Padre como Cristo (cf. Jn 6, 58), ora (cf. Rom 8, 26-27), ama a los hermanos (cf. 1Cor 12, 4-11; Jn 13, 34), espera la “herencia” futura (cf. Rom 8, 17; Gál 4, 7; Tit 3, 7), “dejándose guiar por el Espíritu”, como nos asegura San Pablo en la Carta a los Gálatas (cf. 5, 18). Y esta renovación no se yuxtapone, sino que absorbe, sana y transfigura el elemento humano, de modo que hay que “estar alegres en el Señor” (cf. Flp 4-8, “probarlo todo y quedarse con lo que es bueno (cf. 1Tes 5, 21).

3. Pero el sacramento de la penitencia no se limita a devolver la gracia del bautismo. Ofrece aspectos nuevos de conformación con Cristo, que son propios de la conversión, en cuanto ésta es ratificada y completada por la absolución sacramental después del pecado.

Una sólida tradición espiritual expresa este don propio del sacramento de la reconciliación con los términos “espíritu de compunción”.

¿Qué significa y qué implica éste? El “espíritu de compunción”, en su fondo, es una particular unión con Cristo vencedor del pecado, de las pasiones y de las tentaciones. Incluye, pues, un lúcido y singular conocimiento de la culpa, pero no como motivo de angustia, sino como motivo de gozosa gratitud, desde el momento en que se la descubre como perdonada, hasta llegar a percibir como un instintivo disgusto hacia el mal. Incluye también una percepción particular de la fragilidad humana, que permanece todavía en parte incluso después del sacramento recibido, y que puede llevar nuevamente a “satisfacer los deseos de la carne” (Gál 5, 16): “fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, rencillas, disensiones, divisiones, envidias, homicidios, embriagueces, orgías y otras cosas como éstas” (Gál 5, 19-20), mientras que la gracia recibida de nuevo debe llevar al “fruto del Espíritu” que es “caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gál 5, 22).

El “espíritu de compunción”, además, comporta el don de una peculiar claridad en descubrir el compromiso de la vida cristiana en todos sus sectores morales y en su aplicación a la persona concreta, y, a la vez, comporta el don de una nueva capacidad de realización de tales responsabilidades. Todo esto porque el perdón de Dios, recibido en el sacramento de la penitencia, nos asemeja de modo originalísimo a Jesucristo, que murió y resucitó para quitar “el pecado del mundo” (Jn 1, 29) y para ser “redención” (cf. Mt 20, 28; Ef 1, 7; Col 1, 14) de los pecados de cada uno de nosotros.

Este “espíritu de compunción”, pues, no es en modo alguno tristeza o miedo, sino la explosión de un gozo derivado de la potencia y de la misericordia de Dios, que en el Señor Jesús borra las culpas, y a quien estamos llamados a corresponder con delicadeza de conciencia y fervor de caridad.

Benedicto XVI, papa

Catequesis, Audiencia general, 11-10-2006 : La pregunta de Judas Tadeo

Se sabe poco de él [de Judas Tadeo]. Sólo san Juan señala una petición que hizo a Jesús durante la última Cena. Tadeo le dice al Señor:  “Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?”. Es una cuestión de gran actualidad; también nosotros preguntamos al Señor:  ¿por qué el Resucitado no se ha manifestado en toda su gloria a sus adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué sólo se manifestó a sus discípulos? La respuesta de Jesús es misteriosa y profunda. El Señor dice:  “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y pondremos nuestra morada en él” (Jn 14, 22-23). Esto quiere decir que al Resucitado hay que verlo y percibirlo también con el corazón, de manera que Dios pueda poner su morada en nosotros. El Señor no se presenta como una cosa. Él quiere entrar en nuestra vida y por eso su manifestación implica y presupone un corazón abierto. Sólo así vemos al Resucitado.

Ángelus, 11-06-2006 : Huellas del Dios Trino en el universo

Gracias al Espíritu Santo, que ayuda a comprender las palabras de Jesús y guía a la verdad completa (cf. Jn 14, 26; 16, 13), los creyentes pueden conocer, por decirlo así, la intimidad de Dios mismo, descubriendo que él no es soledad infinita, sino comunión de luz y de amor, vida dada y recibida en un diálogo eterno entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, como dice san Agustín, Amante, Amado y Amor.

En este mundo nadie puede ver a Dios, pero él mismo se dio a conocer de modo que, con el apóstol san Juan, podemos afirmar:  “Dios es amor” (1 Jn 4, 8. 16), “hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él” (Deus caritas est, 1; cf. 1 Jn 4, 16). Quien se encuentra con Cristo y entra en una relación de amistad con él, acoge en su alma la misma comunión trinitaria, según la promesa de Jesús a los discípulos:  “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

Todo el universo, para quien tiene fe, habla de Dios uno y trino. Desde los espacios interestelares hasta las partículas microscópicas, todo lo que existe remite a un Ser que se comunica en la multiplicidad y variedad de los elementos, como en una inmensa sinfonía. Todos los seres están ordenados según un dinamismo armonioso, que analógicamente podemos llamar “amor”. Pero sólo en la persona humana, libre y racional, este dinamismo llega a ser espiritual, llega a ser amor responsable, como respuesta a Dios y al prójimo en una entrega sincera de sí. En este amor, el ser humano encuentra su verdad y su felicidad. Entre las diversas analogías del misterio inefable de Dios uno y trino que los creyentes pueden vislumbrar, quisiera citar la de la familia, la cual está llamada a ser una comunidad de amor y de vida, en la que la diversidad debe contribuir a formar una “parábola de comunión”.

Obra maestra de la santísima Trinidad, entre todas las criaturas, es la Virgen María:  en su corazón humilde y lleno de fe Dios se preparó una morada digna para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en ella una correspondencia perfecta, y en su seno el Hijo unigénito se hizo hombre. Con confianza filial dirijámonos a María, para que, con su ayuda, progresemos en el amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

Pablo VI, papa

Exhortación apostólica Gaudete in Domino (09-05-1975) : La alegría espiritual

30. El Espíritu que procede del Padre y del Hijo, de quienes es el amor mutuo viviente, es, pues, comunicado al Pueblo de la nueva Alianza y a cada alma que se muestre disponible a su acción íntima. El hace de nosotros su morada, dulce huésped del alma [7]. Con él habitan en el corazón del hombre el Padre y el Hijo (cf. Jn 14,23). El Espíritu Santo suscita en el hombre una oración filial, que brota de lo más profundo del alma, y que se expresa en alabanza, acción de gracias, expiación y súplica. Entonces podemos gustar la alegría propiamente espiritual, que es fruto del Espíritu Santo (cf. Rom 14,17; Gál 5,22): consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino, conocido por la fe y amado con la caridad que proviene de él. Esta alegría caracteriza por tanto todas las virtudes cristianas. Las pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la semilla de una realidad más alta, quedan transfiguradas. Esta alegría espiritual, aquí abajo, incluirá siempre en alguna medida la dolorosa prueba de la mujer en trance de dar a luz, y un cierto abandono aparente, parecido al del huérfano: lágrimas y gemidos, mientras que el mundo hará alarde de satisfacción, falsa en realidad. Pero la tristeza de los discípulos, que es según Dios y no según el mundo, se trocará pronto en una alegría espiritual que nadie podrá arrebatarles (cf.Jn 16,20-22; 2 Cor 1,4; 7,4-6).

Catecismo de la Iglesia Católica

244 El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los Apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre (cf. Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (cf. Jn 7,39), revela en plenitud el misterio de la Santa Trinidad.

245 La fe apostólica relativa al Espíritu fue proclamada por el segundo Concilio Ecuménico en el año 381 en Constantinopla: “Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre” (DS 150). La Iglesia reconoce así al Padre como “la fuente y el origen de toda la divinidad” (Concilio de Toledo VI, año 638: DS 490). Sin embargo, el origen eterno del Espíritu Santo está en conexión con el del Hijo: “El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza […] por eso, no se dice que es sólo el Espíritu del Padre, sino a la vez el espíritu del Padre y del Hijo” (Concilio de Toledo XI, año 675: DS 527). El Credo del Concilio de Constantinopla (año 381) confiesa: “Con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria” (DS 150).

246 La tradición latina del Credo confiesa que el Espíritu “procede del Padre y del Hijo(Filioque)”. El Concilio de Florencia, en el año 1438, explicita: “El Espíritu Santo […] tiene su esencia y su ser a la vez del Padre y del Hijo y procede eternamente tanto del Uno como del Otro como de un solo Principio y por una sola espiración […]. Y porque todo lo que pertenece al Padre, el Padre lo dio a su Hijo único al engendrarlo a excepción de su ser de Padre, esta procesión misma del Espíritu Santo a partir del Hijo, éste la tiene eternamente de su Padre que lo engendró eternamente” (DS 1300-1301).

247 La afirmación del Filioque no figuraba en el símbolo confesado el año 381 en Constantinopla. Pero sobre la base de una antigua tradición latina y alejandrina, el Papa san León la había ya confesado dogmáticamente el año 447 (cf. Quam laudabilitier: DS 284) antes incluso que Roma conociese y recibiese el año 451, en el concilio de Calcedonia, el símbolo del 381. El uso de esta fórmula en el Credo fue poco a poco admitido en la liturgia latina (entre los siglos VIII y XI). La introducción del Filioque en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano por la liturgia latina constituye, todavía hoy, un motivo de no convergencia con las Iglesias ortodoxas.

248 La tradición oriental expresa en primer lugar el carácter de origen primero del Padre por relación al Espíritu Santo. Al confesar al Espíritu como “salido del Padre” (Jn 15,26), esa tradición afirma que éste procede del Padre por el Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental expresa en primer lugar la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo diciendo que el Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque). Lo dice “de manera legítima y razonable” (Concilio de Florencia, 1439: DS 1302), porque el orden eterno de las personas divinas en su comunión consubstancial implica que el Padre sea el origen primero del Espíritu en tanto que “principio sin principio” (Concilio de Florencia 1442: DS 1331), pero también que, en cuanto Padre del Hijo Único, sea con él “el único principio de que procede el Espíritu Santo” (Concilio de Lyon II, año 1274: DS 850). Esta legítima complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la realidad del mismo misterio confesado.

260 El fin último de toda la economía divina es la entrada de las criaturas en la unidad perfecta de la Bienaventurada Trinidad (cf. Jn 17,21-23). Pero desde ahora somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: “Si alguno me ama —dice el Señor— guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14,23).

«Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Misterio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora» (Beata Isabel de la Trinidad, Oración)

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